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Archivos Junio 2015

La noticia se publicó en la prensa local hace unos años. Su novio le había rociado con gasolina y luego le había prendido fuego en medio de un descampado. Cuando llegó al hospital todavía estaba consciente y los médicos le explicaron que los daños eran irreversibles y que solo le quedaban unas dos horas de vida. Le dijeron que pidiera lo que quisiera, y ella pidió un polo de hielo. Sólo tenía dieciocho años. Era casi una niña.

Uno nunca sabe cuál es su misión en la vida. A lo mejor solo llegamos aquí para cuidar un perro o regar unos geranios, o para educar a un niño con los valores que puedan cambiar el mundo dentro de unos años. Nos planteamos sueños casi irrealizables, cumplimos horarios, aprobamos exámenes y pagamos impuestos. En los obituarios se recogen los logros profesionales y académicos, pero casi nadie habla de lo que parece que no tiene importancia, de esos gestos cotidianos que a veces son los que dan más sentido a nuestra existencia. Hace unos días leí en los periódicos que había fallecido un señor llamado Juan Jiménez Martín. Hablaban de él como gran profesor y como hombre destacado dentro de la historia del atletismo en Gran Canaria. Estaba su foto. Fue entonces cuando lo reconocí. Ese señor era el que yo llevaba viendo desde hacía muchos años cómo regaba y cuidaba los árboles de la calle Perdomo. También coincidíamos algunas veces comprando comida en un establecimiento cercano a su casa. Su casa está en esa misma calle, la reconocerán porque su balcón parece una especie de selva tropical en medio del cemento y el asfalto.
Los árboles de la calle Perdomo, en el tramo que discurre entre Triana y Viera y Clavijo, no son unos árboles cualquiera. Gracias a los cuidados de Juan Jiménez son posiblemente de los más grandes, frondosos y llamativos de Las Palmas de Gran Canaria. Esos árboles ya están echando de menos a quien les ayudó a crecer tan alto. Ahora los riegan los empleados del ayuntamiento, pero todos sabemos que en la vida, sobre todo en los primeros años, uno crece o se desarrolla con más fuerza y confianza si encuentra a su lado una mano amiga que ayude sin pedir nada a cambio. Juan Jiménez era feliz contemplando la belleza de esos árboles que estos días dejan caer más hojas de la cuenta. Todos creen que esas hojas caídas tienen que ver con los ciclos de la naturaleza; pero cada una de ellas es una especie de lágrima que esos enormes árboles dejan caer al suelo desde el que tantas veces les regaba aquel señor con gafas que miraba más hacia sus copas y hacia sus ramas que hacia la gente. Ya sé que no es noticia que un señor cuide de unos árboles, pero esa calle no sería la que ahora es si cada noche, cuando ya casi no paseaba nadie, no hubiera bajado aquel señor con un balde lleno de agua. Nunca me paré a hablar con él. Temía interrumpirle en su conversación silenciosa con algunos de esos árboles que ahora conservan el tacto de sus manos o la admiración de su mirada cuando veía que rebrotaba una rama que parecía muerta para siempre. Juan Jiménez Martín rebrota ahora en cada una de las ramas de esos árboles de la calle Perdomo. No pasen nunca más de largo junto a ellos. Acuérdense siempre de que hubo alguien empeñado en embellecer el recorrido de cada uno de nuestros pasos.

Aquella mujer se despertó sobresaltada. No se atrevía a abrir los ojos. Escuchaba el llanto de la muñeca que tuvo de niña. Había cumplido cincuenta años y estaba en un hotel de paso. La muñeca debía tener su misma edad. Cuando abrió los ojos la vio sentada en el pequeño sillón en el que había dejado su ropa doblada la noche anterior. Había envejecido como ella, pero lloraba como mismo lo hacía de niña cuando le quitaban la chupa. Ella se levantó y le puso la chupa. Y luego la acunó como cuando la acunaba con cinco o seis años. Nunca volvieron a saber nada de ella. Unos decían que la habían visto rondar los acantilados de la costa y otros creyeron reconocerla en el aeropuerto. La historia de la muñeca no le importaba a nadie.

Caminábamos cogidos de la mano junto a un carro de niño vacío en medio de la calle.Tú eras la niña del carro y yo el padre. El cielo estaba nublado y no había nadie. Otras veces yo he sido el niño y tú la madre. También íbamos de la mano. Siempre hemos ido de la mano a todas partes. Más allá de todas las calles, las selvas y las playas. Y también más allá de todas las civilizaciones que solo dejaron estatuas.

No se acostumbraba al nombre de ninguna calle. Cambió de casa quince veces en dos años, y en cada una de ellas se tuvo que empadronar en el ayuntamiento. Siempre le tocó el mismo funcionario. El empleado municipal no se atrevió a preguntarle nunca por el motivo de aquellos cambios constantes, pero fue trazando en un mapa el dibujo de sus destinos domiciliarios. Hoy se ha empadronado nuevamente, pero ese funcionario sabe que será su última casa. En el dibujo es la esquina que le faltaba a la cruz que ha ido dibujando sin darse cuenta a lo largo de los dos últimos años. Ese hombre sabe que esas cruces son las mismas que les ponen a los muertos cuando descansan.

Pongamos que hay alguien que siempre está atento a nuestra vida. Todos intuimos alguna vez que no solo nos acompaña la sombra. Imaginamos a una especie de narrador omnisciente que va siguiendo cada uno de nuestros pasos. Un narrador omnisciente lo ve todo siempre en todas partes, no se le escapa nada, y se asemeja a ese dios que a veces también soñamos los humanos para no sentirnos solos en medio de la nada. Imaginemos que ese mismo narrador es quien nos escribe, o que por lo menos es quien decide si finalmente nos tocará la Lotería Primitiva o si acabaremos como parias durmiendo en un banco de cualquier plaza olvidada. Hay decisiones y pasos que dependen de nosotros, pero otras muchas contingencias de nuestra vida diaria ya nos vienen dadas de antemano. Uno abre los ojos algunas mañanas y al paso de unas horas se puede encontrar que le han cambiado todos los escenarios cotidianos.
Pongamos que ese escritor que nos observa desde lejos, y que acaso nos escribe como escribimos nosotros sobre personajes que supuestamente no habitan en ninguna parte, sí sabe dónde están los desaparecidos y los olvidados. Porque no solo mueren quienes desaparecen para siempre; también lo hacen los que jamás nos volvemos a encontrar en ninguna parte. Hace unos días hablaba de esas desapariciones con algunos compañeros de carrera. Nos reunimos después de mucho tiempo, y más o menos teníamos localizados a todos los que compartieron el sueño de ser periodistas hace un par de décadas. Ya no hablamos de años cuando nos reencontramos para no asustarnos del paso del tiempo. Tampoco confesamos que al final nos terminamos pareciendo a esos que se citan para recordar siempre las mismas anécdotas. Por eso cada vez llama más gente para disculpar su ausencia. Pero hay otros que nunca llaman y de los que no sabemos nada desde que terminamos la carrera. En cada orla, casi siempre hay dos o tres personas que desaparecen sin dejar huella. No consta en ninguna parte que estén muertos, o por lo menos no ha llegado esa noticia al resto de compañeros. Tampoco encuentras su rastro cuando los buscas en Google o en las redes sociales. A veces parece como si se los hubiera tragado la tierra o como si ese narrador omnisciente quisiera jugar con nosotros todo el rato. Esos desaparecidos son los únicos que se mantienen jóvenes al paso del tiempo. Seguimos recordándolos como mismo eran entonces, con los cabellos aún sin blanquear. Sin estar presentes en esas reuniones, son los más nombrados. Querríamos saber dónde están, pero curiosamente todos intuimos que están al lado nuestro o en otro país con otro nombre o firmando con un seudónimo para empezar de nuevo. Más tarde o más temprano, todos nos convertimos en una especie de seudónimos de nuestras propias existencias.

Cada mañana le sonreían los patos de la cortina del baño. Ella se desnudaba delante de ellos antes de entrar en la ducha. Yo era uno de esos patos. Ya sé que no me creen. Nadie cree a quien dice que fue pato de cortina de bañera antes que humano. Pero ella sí me creyó cuando la paré la primera vez en la calle. Le dije el número exacto de lunares que tenía en su cuerpo. Y le conté que había renunciado a ser un pato sonriente de cortina solo para saber qué se sentía tocando aquella piel que yo veía erizarse cada vez que el agua fría mojaba su espalda.

Hay días en que uno se levanta y solo está pendiente de que pasen las horas. No sabes qué hacer porque no te quieres ir lejos del lugar al que esperabas acudir desde hace años. No hablo de amor. El amor es siempre una cita inaplazable, pero también lo es el fútbol cuando uno está unido a unos colores desde la infancia, o desde mucho tiempo antes de venir al mundo. Ya mi abuelo era de Las Palmas cuando casi no dormía pendiente del destino del Victoria de Pacuco Jorge o de Alfonso Silva. Y mi padre también era de la Unión Deportiva antes de que se fundara el equipo uniendo los destinos de los cinco grandes rivales de la isla. Un equipo que nace de un sacrificio como ese ha de ser siempre algo más que un club de fútbol. No es fácil conciliar colores, sentimientos y recuerdos. La Unión Deportiva cuenta con una historia que se remonta mucho más allá de 1949. Cuando yo nací, en 1967, estaba en Primera División; pero ya digo que yo era de la Unión Deportiva mucho antes de venir al mundo o de que nos jugáramos el ascenso contra el Real Zaragoza.
No sabía qué hacer el domingo. Llegué a acudir al santoral a ver si encontraba algún vaticinio que me sosegara. Se celebraba el día de san Apolinar y el de san Leufrido. Eran santos que no me decían nada, pero les juro que me encomendé a ellos como quien se agarra a un clavo ardiendo. Y no digo que san Leufrido o san Apolinar hayan logrado el ascenso; pero les aseguro que jamás olvidaré que el 21 de junio se celebran sus onomásticas. Tampoco olvidaré a mi abuelo, el mayor aficionado de la Unión Deportiva que haya conocido nunca. Murió en 1974, pero le recuerdo contándome las gestas amarillas o explicándome por qué Las Palmas era su equipo. Yo ahora me siento como me imagino que se sentiría mi abuelo cuando ganamos en el Nou Camp con los goles de Germán y de Niz, o como cuando eliminamos al Torino. También he recordado lo que me contaba de Silva y de Mujica, y de todos aquellos años que Armas Marcelo cuenta en esa prodigiosa novela que lleva por título Cuando éramos los mejores. Ayer volvimos a ser los mejores. Y regresamos a Primera División. Y tuve la suerte de celebrar el ascenso con mi padre como cuando él me llevaba de niño y nos abrazábamos después de un gol de Germán o de Brindisi. Pero todo eso, como decía al principio, lo venía celebrando mucho antes de que aconteciera. Han sido muchos años con este sueño metido en la cabeza. Otra vez volveré a mirar en el calendario de la Liga buscando los enfrentamientos con el Real Madrid, con el Bilbao o con el Barça. Siempre fue así cuando era niño. Me alegro especialmente por los niños que podrán mirar dentro de unas semanas ese calendario poblado de mitos. Y también por todos esos aficionados que hace un año lloraron el quebranto de un gran sueño. Soy feliz. Tan feliz como ya presentía que lo iba a ser antes de venir al mundo. De amarillo, por supuesto. Como mi abuelo, como mi padre.

La conocí por error. Esto lo puedo escribir ahora, después de haber vivido quince años con ella. Llegué a la celebración y miré el dibujo de la distribución de las mesas. Me tocaba entre Alejandra y Lucía. No conocía a ninguna de las dos. Me enamoré de Alejandra sobre la marcha. Nos casamos al año siguiente, casi con los mismos invitados distribuidos en mesas parecidas a las de nuestro encuentro. En la boda de aquel amigo yo tenía que haberme sentado junto a los compañeros de Facultad, pero ella alteró la lista y el dibujo de las mesas. Quería casarse conmigo a toda costa. Me conocía de leerme en el periódico. En aquella mesa en la que nunca me senté estaba la mujer de la que realmente andaba enamorado en aquel tiempo. Se llamaba Noelia y no he vuelto a saber nada de ella en todos estos años.

Salió del trabajo y se abrazó a un árbol. Era viernes por la tarde. Estaba lloviendo. En su casa no la esperaba nadie. Una mujer guapa abrazada a un árbol del parque. No buscaron más datos. Ahora casi todos los sucesos son notas de alcance que no indagan en la vida de nadie. El árbol lo talaron unos días más tarde. Ella regresa algunas veces. No habla con nadie. No ha vuelto al trabajo. Tampoco regresó a su casa. Una mujer que a lo mejor no existe más que en el abrazo de un árbol talado.

Aquella niña te llamaba desde una fuente de una ciudad vieja. Estabas de paso. El eco de sus palabras aún te despierta algunas madrugadas. Te recuerda a tu voz cuando en la escuela declamabas poemas o repetías las tablas de multiplicar del siete o del nueve. La voz de aquella niña se quedó en la fuente apagada. No fuiste capaz de asomarte a ver quién era. Tuviste miedo de que hubiera agua en el fondo. Sabías que podías encontrarte con el reflejo de tu propia cara en otro tiempo y en otra ciudad lejana. A veces te sueñas con tirabuzones y con un vestido del siglo diecinueve. Y sabes que no eres más que la misma niña que te llamaba aquella tarde desde una fuente de piedra desgastada por el tiempo.


El escritor comenzó a cantar con voz ronca de alcohólico derrotado. Yo estaba en la última fila. Se levantó de la mesa y fue entonando una canción desgarrada y triste por toda la sala. Presentaba su último libro. A mí me miró con unos ojos tristes y grandes que se parecían a los de Onetti cuando miraba al infinito desde su cama. No sabíamos que se estaba despidiendo. Al día siguiente me llamaron para decirme que había muerto. La cirrosis le había destrozado el hígado. Hacía años que nadie leía sus libros. Todos decían que era un escritor maldito con un talento insuperable, pero él sabía que sus textos estaban tan huérfanos de lectores como su alma.

El día te lo puedo alegrar cualquier detalle intrascendente. Yo ya no hago grandes proyectos. Viví siempre soñando en el mañana, y de repente ese mañana me dejó un día a la intemperie. Ni siquiera soy capaz de contar los detalles. Perdí el amor, luego el trabajo, me vi sin dinero, una ciudad lejana, una confianza ciega en mi talento, qué sé yo, si realmente supiera algo no estaría como ahora. Cuando lo vi quise agacharme sobre la marcha, pero pasaba una mujer guapa que no me miró a la ojos. Las mujeres hace tiempo que no me miran cuando voy por la calle. Si no hubiera sido una calle peatonal sí lo hubiera recogido sobre la marcha. Me esperé a unos metros y ahora lo tengo en mi bolsillo, un cigarro casi entero que me fumaré en un banco de la plaza mirando a las palomas y a ese cielo que está igual que cuando tenía toda la vida por delante. Me gusta ver cómo desaparece el humo del cigarro después de cada calada. Nunca tiro las colillas. Cuando no tengo suerte ni dinero me salvan esas colillas que guardo en cualquier bolsillo de la chaqueta. No sé de quién sería ese cigarrillo casi entero que me he encontrado en la calle. Tiene una mancha de carmín. A lo mejor era de una esas mujeres guapas que nunca me miran a los ojos. La mujer con la que estuve algunos años también era guapa, pero no fumaba.


Si dormía con la cabeza hacia el Norte soñaba con ciudades nevadas y amores fríos. Los días del Este se despertaba más temprano, como si reconociera el sol aun antes de que brillara en su ventana. Cuando se recostaba hacia el Sur volaba tan lejos que casi le era imposible escuchar el sonido del despertador por la mañana. Solo descansaba cuando decidía dormir hacia el Oeste dejando que el sueño también fuera un crepúsculo interminable.

Olivares puede ser Noel o Pepe, o simplemente puedes confundirlo con una frase que camina por las calles de Las Palmas de Gran Canaria. Lleva muchos años escribiéndose, tanto esa frase como el personaje que se asoma desde esas palabras. Si lo buscas en librerías o bibliotecas tendrás que preguntar por Noel Olivares; pero seguro que te lo habrás tropezado mil veces por las calles que frecuentas a diario. Yo a veces lo veo y no me acerco. Lo observo desde lejos. Va casi siempre con la mirada perdida, un hombre alto y flaco de sesenta años que aparenta muchos menos y que parece que está todo el rato asomándose a un espejo imaginario. Cualquier mirada la convierte en un reflejo de su propia alma, cualquier objeto, y también esas sombras que los demás no vemos cuando caminamos presurosos por las aceras.
Cuando me paro a hablar con él me siento como si estuviera deteniendo a alguien en su proceso creativo. Tengo la sensación de que Pepe (los amigos le llamamos Pepe) me saluda entre dos frases o que acaba de poner un punto y aparte en su nuevo pensamiento. Siempre me recomienda libros que me cuesta una barbaridad encontrar en los rastreos de Internet o en las librerías de viejo. Nunca decepciona con esas recomendaciones y me ha descubierto a muchos de esos escritores que, como Cansinos Assens, han vivido el divino fracaso de la escritura sabiendo que el tiempo no es más que una conjetura de sueños. Ahora Noel Olivares (que sigue siendo Pepe) presenta su último libro. Se titula Historias monumentales, y como no podía ser menos son relatos breves que nunca pasan de las dos hojas. En cada uno de ellos subyace la ironía, la elipsis, la sorpresa final y, sobre todo, se asoma ese poeta, porque Olivares es un poeta, o más que poeta es un verso suelto en medio de lo prosaico y de esa vida diaria que se nota enseguida que él no entiende aunque no nos diga nunca nada. Como dijo Emilio González Déniz en la presentación del libro, las historias mínimas, el microrelato, o lo que Dolores Campos-Herrero llamaba Breverías, han existido siempre, y desde luego mucho antes de que Monterroso nos presentara un dinosaurio dormido en el tiempo. En esas distancia cortas, Noel Olivares se mueve mejor que cuando lo ves extraviado alguna vez por las calles de Gran Canaria. No mira al vacío cuando levanta la mirada a las nubes que pasan. Lo único que hace todo el tiempo es buscar argumentos que alguna vez enseña en sus libros para que los demás podamos sentir ese inmenso goce que es sentirte palabra mientras lees. Él se siente renglón, o adjetivo, o metáfora cuando camina desgarbado por la calle. Siempre sonríe cuando habla; pero su sonrisa parece que viene de otro tiempo, lo mismo que sus palabras, que terminan siendo una especie de ecos necesarios en medio de tantas frases hueras y de tantos silencios extraños.

Se encontró el Ipad encendido en la habitación que limpiaba. Tenía abierta la cuenta de Facebook de una mujer atractiva. Por lo menos esa era su foto. Ella era una puesta de sol en Facebook. Probó a escribir algo en el perfil de aquella mujer que había olvidado el aparato en la mesa de noche de un hotel de paso. Durante diez minutos fue otra. Se le declararon quince hombres y tres mujeres cuando dijo que solo buscaba amor y un poco de ternura. La gobernanta la llamó al busca para que fuera a otra planta del hotel. Miró el Ipad y se alejó de aquellos amores que la otra rechazaría sin miramientos cuando regresara de la calle. En su puesta de sol no se atreve a escribir que está sola y que en junio es cuando más echa de menos los abrazos.

Lo estaban cubriendo con unas sábanas. Apareció muerto en la calle. Pintaba cuadros. En el otro lado del planeta él se levantaba y se dirigía por vez primera a un lienzo. Nunca antes había pintado. Una mujer le paró luego en una estación de trenes y le dijo que alguien le había dejado el alma antes de marcharse. No se había tropezado nunca con aquella mujer. El que dormía en la calle solo había perdido su cuerpo. Aquel incipiente pintor del otro lado del mundo no sabía que solo estaba eligiendo los colores del último amanecer que habían vislumbrado los ojos de quien ya no respiraba.

A los dioses también les fallan las cuentas y a veces escriben improvisando a sus personajes. No siempre sucede lo que ellos desean. Los suicidas, por ejemplo, se niegan a seguir los designios que les tenían marcados. También se les enamoran los que querían solitarios o se les vuelven anacoretas los que tenían que haber sido los reyes de las pistas de baile.

Cada mañana se encontraba los botes de crema de la cara abiertos y descubría huellas de dedos que no eran suyas. Ella también quería mantener tersa la piel. Cuando dormía la otra andaba a sus anchas por la casa, con sus mismos ojos, sus mismas piernas y las mismas arrugas en la cara. Le sentaban igual de bien aquellas marcas de cremas con nombres franceses. Mientras una dormía la otra seguía mirándose en el espejo como si tuviera veinte años. Todos dormimos sin saber que dejamos al otro despierto a pocos metros de nuestra cama y de esos sueños que nos distraen durante las madrugadas. Ella se acuesta siempre con la cara empegostada justo cuando la otra se dirige al cuarto de baño.

Todo lo que escribía se repetía luego en el siguiente párrafo. Sus textos eran siempre dobles y te hacías un lío tremendo para seguir el hilo de las historias que iba contando. Él decía que no se daba cuenta. Ni siquiera corrigiendo era capaz de descubrir esa duplicidad constante de sus palabras y de sus personajes. Solo le leemos los hermanos. Nos gustan sus historias. Se parece mucho a las que escribía Kafka. Mi padre le puso Franz por el escritor checo, y él se fue desdoblando desde que era niño sin apenas darse cuenta. Ahora está encerrado en su cuarto todo el día y dice que se siente como un insecto extraño.

Reconocía a la gente por la ropa que llevaba. Las chaquetas, los pantalones, los trajes y las faldas habían pasado por sus manos. Estaba doce horas diarias encerrado al fondo de aquella lavandería que ofrecía los mejores precios del vecindario. A él le pagaban una miseria, pero no podía quejarse. No tenía papeles y no hablaba el idioma que se escuchaba por las calles. Miraba siempre desorientado hacia todos los lados, sin conocer las letras que aparecían en los restaurantes o en los escaparates. Dormía en un piso compartido con doce personas. De vez en cuando le regalaban unos pantalones o una camisa de alguien que había muerto o que había desaparecido sin ir a recoger su ropa. Siempre quedan prendas olvidadas en alguna parte cuando nos marchamos. Sabía dónde solía mancharse el traje de aquella señora que comía en una terraza o reconocía el olor a sudor del ejecutivo que pasaba a su lado sin mirarle. La ciudad solo era una sucesión de prendas de ropa que él planchaba como un autómata durante doce horas diarias.

No hacía más que gastar bromas a todas horas. Nosotros nos reíamos con sus ocurrencias. Hay que reconocer que tenía gracia y que era capaz de encontrar el lado cómico de todo lo que veía. Yo lo miraba de lejos, desde el otro lado de la barra. Nunca hablé con él, pero se dio cuenta muchas veces de que lo estaba observando. Me gusta mirar a los demás sin que sepan que los están mirando. Él sabía que yo había reconocido su infinita tristeza. Por eso no se acercaba. Se reía a mandíbula batiente y con estruendosas carcajadas, pero sus ojos nunca le reían sus gracias. Averigüé quién era y dónde vivía. No quiero contar su vida por si alguien la reconoce, pero sí les digo que tiene motivos para ser el hombre más desgraciado del planeta. Supongo que por eso necesita esas bromas diarias. Los otros creen que es un vivalavirgen o un caricato que jamás se toma nada en serio. A mí me ha mirado con esos ojos de infinita tristeza, y me da una pena enorme cada vez que lo veo haciéndose el gracioso como uno de esos payasos que siempre llevan la procesión por dentro.

Se parece a su perro. Él dice que recogió a su perro en la calle totalmente desorientado, que hubiera muerto atropellado o hambriento de no haberlo encontrado. Él también estaría muerto si no hubiese sido por ella. Desde que lo dejó está como su perro. Los dos se miran como queriendo encontrar algún asidero al que agarrarse. No quiere reconocer que siempre ha necesitado una correa para andar por el mundo. Se lo comenté el otro día y se enfureció. Le dije que hablaba de una correa metafórica, pero él no estaba para metáforas. Ya hoy estaba con otra mujer caminando por la calle. No me ha saludado. Era ella la que llevaba la correa del perro. La de él no se veía en su mano, pero por cómo agachaba el cuello cuando andaba se notaba que estaba mucho más tirante y más tensa que la de su perro.

Mi padre no sabía peinarme y mi madre había muerto cuando yo tenía dos años. Siempre se reían de mi pelo cuando llegaba al colegio. Él se empeñaba en hacerme un moño o unas trenzas y solo enredaba mi cabello como una madeja interminable. Toda mi infancia estuvo marcada por el pelo y por la tristeza de mi padre. Murió hace cinco meses. Yo ya he cumplido treinta años. El día de su entierro me fui a una peluquería y pedí que me raparan. Nadie entendió lo que hice con mi pelo; pero mi padre sí lo hubiera entendido, y seguro que, si le hubieran dejado, me habría rapado de niña para no sentirse tan solo y tan desorientado cuando tenía que peinarme cada mañana antes de ir al colegio.


Alba Sabina navega las noches rebuscando versos en las sombras olvidadas. Dice que es insomne para no decir que es poeta. Y en esas largas noches escribe lo que otros sueñan o lo que ella soñó cuando habitaba dentro de los libros que han ido dibujando sus paisajes. Alba Sabina Pérez nació en Santa Cruz de Tenerife en 1984, el mismo año en que Carl Lewis volaba sobre el tartán olímpico de Los Ángeles y cuando Bruce Springteen cantaba Dancing in the dark con voz desgarrada. Alba acaba de publicar Ya nadie lee a Penti Saaritsa, un poemario de los que se te quedan en la memoria aunque no hayas tenido intención de memorizar ni un solo poema, uno de esos libros que se adentran en tu recuerdo como todo lo que es bello o lo que emociona más allá del tiempo. El libro lo publica en Madrid Ediciones La Palma. Uno se quita el sombrero ante la labor editorial que está llevando a cabo Nicolás Melini en Ediciones La Palma, un oasis para lo poesía en medio de tanta nada y de tantas voces que confunden en las pantallas.
Penti Saaritsa es un poeta finlandés al que iremos a buscar después de leer a Alba y de seguir el rastro de todos los poetas que se asoman más allá de sus versos. Hay mucha madurez y muchas lecturas en Alba Sabina. La poesía se escribe realmente cuando no se está escribiendo, cuando las heridas no cicatrizan ni siquiera con el tiempo, y cuando la noche es larga y parece que navega hacia donde mismo se perderá nuestro destino cuando dejemos atrás los huesos que articulan nuestros movimientos, o las letras que trazamos como quien cava en la arena buscando salidas nuevas.
Por los versos de Alba Sabina se asoman Nabokov, Bukowski, Truffaut o Kandinsky, y también caminamos por las calles oscuras de Budapest ("Budapest negro nuevamente/ salpicado de sauces rusos/ que no sobrevivieron al invierno"), por un París con sombras de un gran cementerio lleno de poetas muertos, y también entre la luz velazqueña de un Madrid en donde el mar se acaba convirtiendo en un recuerdo de los veranos que nunca vuelven. "La adolescencia/ es una esquina de mi bolso/ donde amargan los sonetos/ de Elisabeth Barret Browning". Eso es lo que nos cuenta Alba cuando mira a esa edad en la que se forjan los poetas sin saber que están entrando en ese camino sin retorno de los versos. Esos versos subrayados una y otra vez que, como ella escribe, nunca desciframos dónde se encuentran. "Lolita ha muerto/Y un mendigo en una biblioteca/ Es el único que sigue/ Leyendo a Nabokov". Alba Sabina también escribe de un tahúr que consigue siempre lo que no se propone. Springsteen cantaba en 1984 que algo estaba pasando en algún sitio. Siempre pasa algo en todas partes. Solo hay que saber encontrarlo, o leerlo, o dar con el verso que termine escribiendo el oxímoron de nuestra propia eternidad tan efímera y tan pasajera.

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