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Archivos Mayo 2015

No había publicado nunca nada.  Cada vez que escribía dudaba de los tiempos verbales. Comenzaba en presente y en mitad del relato cambiaba al futuro o al pasado. Narraba siempre en primera persona, aunque se empeñara en contar que no hablaba nunca de ella misma. Cuando publicaba verbos en futuro desaparecía de repente de nuestra vista. Si escribía en pasado, envejecía repentinamente y las arrugas entristecían su semblante. Ella no se daba cuenta de nada. Éramos nosotros, que ya estábamos muertos hacía muchos años, los que veíamos cómo aparecía y desaparecía según los verbos que utilizara en esos textos inéditos que acababa rompiendo en mil pedazos cada mañana. 

Estaba acostumbrado a que ella confundiera su nombre todo el rato. No le importaba cómo le llamaba. Lo único que quería es que cada mañana le buscara entre las sábanas cuando él aún tenía los ojos cerrados y podía ser cualquiera de aquellos hombres que ella imaginaba entre sus brazos.

Cantaba boleros en la calle. No tenía un horario fijo. Llegaba, cantaba y se marchaba cuando consideraba que ya tenía el dinero suficiente. Vivía al día. Con el dinero de la pensión pagaba la comida y una habitación con cuarto de baño en un hostal venido a menos. Cantaba para ir al cine todos los días. Desde que tenía el dinero para la entrada se volvía a su cuarto y esperaba a que empezara la sesión de la tarde. No le importaba ver la misma película muchas veces. Solo vivía para cantar y para ver un rato las otras vidas que se aparecían en las pantallas. Todo lo demás le daba lo mismo. Ella lo veía todos los días cuando pasaba por aquella calle. Le daba la moneda a otra amiga para que se la pusiera en el plato. Le pagaba la mitad de la entrada que él le pedía luego en la taquilla. Cuando eran jóvenes se miraban muchas veces al cruzarse por la calle. Ella entonces soñaba a todas horas con que un joven como él la invitara al cine. Nunca la invitó nadie al cine. Quizá por eso aceptó ese trabajo, para soñar que cada uno de esos hombres solitarios querrían invitarla a ver la película con ellos. Ese cantante nunca la mira a los ojos cuando pide la entrada. 

Nos contó que sus padres no la dejaban jugar cuando era niña porque era demasiado alta. Siempre tuvo problemas con la columna. Se desconsolaba viendo a sus hermanas y a sus primas corriendo de un lado para otro. Ella era muy flaca y muy alta, y sus padres temían todo el rato que acabara como esas figuras de porcelana que se quiebran cuando caen al suelo. Siempre se sintió una figura de porcelana, y aun hoy, cuando la arrastran en la silla de ruedas de la residencia de mayores, sigue sintiéndose como aquella niña que solo podía jugar con sus muñecas.

La empresa me pagaba para que llamara por teléfono y ofreciera el catálogo de ofertas de sus productos. Casi todos me insultaban. Nos obligaban a llamar a la hora de la siesta. Los jefes sabían que después de las comidas es cuando más se entristecen los solitarios, y muchos sí es verdad que compraban los productos para poder hablar un rato con nosotras. Nos sabíamos la ley de memoria. Cuando alguien nos decía que quién nos había dado su teléfono le espetábamos esa ley y le invitábamos a que evitara la publicidad de sus datos en el lugar correspondiente. Sabíamos el nombre de la persona a la que llamábamos. Podía haber dos personas que se llamaran igual en la isla; pero era imposible que tuvieran el mismo número de teléfono. No reconoció mi voz. Me insultó y me dijo que me iba a perseguir hasta el infierno por haberlo despertado. Yo me mantuve en silencio. Hace veinte años llamaba a ese número y escuchaba las palabras más hermosas que jamás me hayan dicho. Él soñaba entonces con ser poeta y estaba enamorado de mí como no se ha vuelto a enamorar nadie en todos estos años. Colgué y les dije a los de la agencia que el usuario de ese teléfono era un indeseable al que deberían borrar de la lista.



Veía todas sus películas, se compraba la ropa exactamente igual que ella y movía las manos dibujando sus mismos gestos. Una vivía en Holywood y la otra en un pueblo pequeño de Gran Canaria. En ese pueblo la conocían por el nombre de la actriz. Era la mujer más guapa, pero no quiso nunca a ningún hombre. Ella soñaba con el galán con el que estuvo casada la actriz casi veinte años. Ahora tiene ochenta años, los mismos que la diva de Holywood que se ha operado tres o cuatro veces para aparecer un poco más joven en la pantalla. Ella no se ha operado nunca y tampoco ha rodado ninguna película. Sus padres murieron y sus hermanas se fueron a vivir lejos de la isla. Tiene todas las paredes de la casa llena de fotos de esa actriz norteamericana. Ayer leyó que estaba muy enferma y que apenas le daban unos días de vida. La actriz falleció en Los Ángeles a las dos y diez de la madrugada. Ella abrió un momento los ojos a las diez y media de la mañana, pero ya sabía que estaba muerta antes de que escuchara en la radio la noticia que anunciaba el fallecimiento de una de los últimas celebridades del cine en blanco y negro. Tardaron casi una semana en descubrir el cadáver.

Ella llega, se cambia de ropa y comienza a limpiar la casa. Yo ya sé cómo va a dejar la casa antes de que comience a pasar la aspiradora. Solo hay que escuchar las canciones que entona. Realmente ella limpia para cantar todo el rato. Podría dedicarse a otra cosa, pero creo que necesita la música para seguir sobreviviendo cada mañana. Con los boleros los suelos se quedan más brillantes que con las baladas, aunque con ambos repertorios mancha de lágrimas algunas de las baldosas. Yo prefiero los días en que llega cantando salsa o pachangas para bailongos de verbenas. Esas mañanas sí es verdad que a veces se vuelve muy loca y termina rompiendo alguna cosa. Yo le digo que me encierro a trabajar en mi despacho, pero lo único que hago es escuchar cómo canta. Nunca me ha contado que fue cantante. Todo eso lo averigüé tecleando su nombre en Internet. La llamaban La Espantadora de tristezas. Gisela Pérez, La Espantadora de tristezas, así es como la presentaban en todas las salas. Yo me quedé viudo hace dos años y necesito escuchar a Gisela cada mañana. No le he comentado nada. Ella tampoco me ha dicho que fue cantante y que un día desapareció para siempre de los escenarios. Muchos la dan por muerta. Cantaba en otro continente y ya hace más de treinta años de aquella espantada. La comparaban con Toña la Negra. Hoy ha llegado cantando tangos. Es la primera vez que canta tangos en mi casa. No sé cómo quedarán los suelos después de tantos desgarros del alma.

41hhibDOqSL._BO2,204,203,200_PIsitb-sticker-v3-big,TopRight,0,-55_SX324_SY324_PIkin4,BottomRight,1,22_AA346_SH20_OU30_.jpgHace cinco años, viví obsesionado con el músico francés Camille Saint-Saëns. Investigué todo lo que pude de su vida, indagué sobre sus reiteradas estancias en Gran Canaria y fui acumulando información por todas partes. Luego me senté a escribir una pequeña novela que salió de un tirón en apenas dos meses. Una vez escrita, la dejé reposar casi cinco años. Volví a ella en enero. Borré mucho, se la pasé a algunos amigos para que la valoraran y finalmente me he decidido a publicarla. Vuelvo a apostar por el proyecto de ATTK Editores. Me fue de maravilla con El destino de las palabras, y creo que han ido consolidando un catálogo que vale mucho la pena. Aquí les dejo la sinopsis y el enlace la obra. La pueden adquirir con un solo golpe de clic en este enlace. También pueden descargarse gratuitamente un fragmento de la novela. Espero que les guste.

En la sinopsis de la novela se explica que Camille Saint-Saëns estuvo en la isla de Gran Canaria en siete ocasiones diferentes entre 1889 y 1909. Se sabe muy poco de esas visitas. Lo que se plantea en esta historia es la aparición de un diario oculto que el músico habría dejado en Villa Melpómene. Este diario apócrifo cuenta sus impresiones sobre el arte, la belleza y la vida. Al mismo tiempo, nos cuenta el amor que vivió con un joven profesor inglés que en aquellos años vivía en la isla formando a algunas de las hijas de la destacada colonia británica. Toda esta investigación la lleva a cabo un biógrafo francés de origen español que se acerca a la realidad actual de Canarias y que, igualmente, vive una historia de amor con una profesora de un instituto cercano a Melpómene, la casona en la que Saint-Saëns habitó y compuso algunas de sus obras más reconocidas. Hasta el momento nadie ha encontrado esos escritos en Melpómene; pero sí son reales muchas de las referencias que cuenta Saint-Saëns sobre su vida y su obra. Nuevamente, la portada de ATTK Editores es obra del pintor Augusto Vives.

Ya hace mucho tiempo que todos los políticos ganan. En su robótico manual de comportamiento también están previstos los gestos y las palabras ante la derrota. Los que triunfan sí se saltan el guion establecido algunas veces y se muestran humanos; pero tampoco se parece su euforia a las de aquellas primeras elecciones de los setenta o principios de los ochenta, entre otras cosas porque entonces las celebraban con ciudadanos y y ahora solo las celebran con los militantes. Me gusta bajar el volumen de la tele y fijarme en cada uno de los gestos de los políticos que hablan en campaña. Cada partido tiene ensayados sus movimientos de brazos y hasta la manera en que hacen girar los ojos cuando hablan. En las fotografías me fijo en dónde colocan las manos, y también se nota que han asistido a sesiones de fotogenia para que ninguno de ellos se acabe alejando de la marca. Incluso los que quieren ir de rompedores se terminan pareciendo a los otros más tarde o más temprano.
Pero en todas las campañas me quedo siempre con la tristeza de los carteles electorales cuando ya no interesan ni las consignas, ni las caras de los que siempre sonríen en el poste de un semáforo o de una farola oxidada. Esos carteles han soportado mañanas lluviosas, solajeros y esos rayones de los estudiantes que se entretienen pintando bigotes en las caras de los candidatos. A veces los retiran con premura, pero otras veces nos vamos encontrando esas imágenes cada vez más ajadas y más desgastadas por el tiempo. Me pongo en la piel del candidato vapuleado por las urnas. Lo imagino encerrado en su casa o yendo hacia la sede del partido oculto tras unas gafas de sol o en un coche con cristales tintados, y me puedo imaginar su cara cuando se va tropezando con el cartel de su sonrisa en todas partes. En cambio al ganador lo imagino ufano, casi saludándose a sí mismo, y caminando por la calle entre esas sonrisas con retoques informáticos y electorales. Mañana cada cual hablará de las elecciones según le vaya en los recuentos, aunque todos sabemos de antemano que casi todas las promesas se acaban enredando con la realidad diaria hasta que se convierten en papel mojado. En ese día después me pregunto siempre por el destino de todos esos carteles que a esta hora todavía nos sonríen en las calles. Los imagino apilados en grandes naves industriales, o entremezclados en vertederos en donde importa poco la sigla, el color de la bandera o la cara rutilante de quien aparece en la foto. Pero antes de ese destino, estarán unos cuantos días en las farolas como esos viejos que se quedan en los bancos mirando hacia ninguna parte, y se desteñirán con el siroco y con la lluvia como aquellos carteles de los circos que quedaban en las calles cuando ya los leones y los payasos se habían marchado a otra ciudad lejana.


Su padre le decía cuando era pequeño que la música sonaba mejor con los ojos cerrados. Le despertaba con Yehudi Menuhin tocando en el violín las sonatas de Bach. Él se quedaba en la cama y recuerda que casi volaba detrás de todos aquellos acordes. Su padre venía a veces y le daba la mano. Hace años que no ve a su padre. Vivieron juntos toda la vida. La madre murió cuando él tenía tres años. Estudió música en el conservatorio. Su padre soñaba con verlo alguna vez sobre el escenario del teatro en el que trabajaba como acomodador desde que había cumplido los veinte años. Él toca en una esquina de una ciudad lejana. Siente el sudor de muchos días en su camisa cada vez que levanta el arco o cuando tensa las cuerdas del violín en un escorzo casi imposible. Su padre cierra los ojos cuando tocan los violines de la orquesta cada sábado. Su hijo solo está pendiente del sonido de las pocas monedas que le van echando en el plato los transeúntes de esa ciudad lejana.

Llegó al supermercado y comenzó a llenar su carro. Cuando llegó a la zona de las cervezas vio que no estaba la marca que llevaba comprando desde hacía cinco años. Le preguntó a una chica que estaba reponiendo y le dijo que no le sonaba de nada esa marca y que estaba segura de que nunca la había visto en las estanterías de ese supermercado. Los demás compradores estaban atentos a la conversación y uno de ellos apoyó los argumentos de la empleada: llevaba comprando desde hacía dos años y nunca había visto esa marca de cerveza. Él estaba seguro de que se había llevado un paquete a su casa hacía solo una semana. Comenzó a sudar y se sintió desolado. Llegó a su casa sin esas cervezas. Se tomaba una cada noche desde hacía muchos años. Siempre solo, mirando a la tele, o poniendo alguna canción romántica cuando sentía que se había enamorado de alguna mujer que se había tropezado por la calle. No le quedaban cervezas y no sabía qué era lo que le estaba pasando. Lo confundía todo. Tenía ganas de orinar y ni siquiera se acordaba dónde estaba el cuarto de baño de su propia casa.

El narrador omnisciente es el único que sabe que ellos jamás volverán a encontrarse. Podría cambiar la ruta diaria de cada uno de sus pasos; pero se niega a que sus historias tengan finales felices.

No era lo mismo. Llevaba treinta años resolviendo aquel crucigrama del periódico que firmaba un señor con el seudónimo de Markus. No hacía ningún otro crucigrama. Cada tarde, al llegar del trabajo, almorzaba, y luego se preparaba un café mientras iba rellenando cada una de las casillas que Markus había ideado con palabras que se cruzaban casi milagrosamente. Ella se hubiera enamorado de un señor como Markus. Su marido llegaba siempre de la oficina con manías persecutorias. Todos los días había alguien que le estaba haciendo la vida imposible. Ella le escuchaba mientras resolvía los acertijos propuestos por Markus. Hace una semana, un obituario del periódico anunció que se había muerto el crucigramista que llevaba con ellos cuarenta años. Estaba su foto. Markus era el mejor amigo de su hermano en la infancia. Recuerda que le miraba siempre con ojos de enamorado, y que incluso estuvo en su boda. No sabía que era él quien hacía aquellos crucigramas. Él tampoco supo que durante treinta años ella solo estuvo pendiente de cada una de las palabras que iba entrecruzando. Markus se llamaba Andrés Pérez Martínez y trabajó siempre como cajero en un banco.

El tiempo se traiciona a sí mismo cuando coinciden varios campanarios. En Vegueta, las campanas de Santo Domingo siempre se adelantan unos segundos a las de la Catedral de Santa Ana. Cuando ya has terminado de contar las primeras, comienzan a resonar como un eco lejano las segundas. Y eso lleva sucediendo mucho antes de que llegara Einstein.

No tenía zoológicos en mi infancia, aunque convivía con los animales a todas horas. Mi abuelo tenía decenas de jaulas con pájaros cantores y palomares que ahora zurean en todos mis recuerdos. En la casa de mi otra abuela había una perra y una gata, y en las paredes que daban a una huerta seguíamos el proceso mágico que acababa convirtiendo las orugas en mariposas. Había perros callejeros por las calles y los gatos se asomaban a cualquier azotea. En la plaza sobrevolaban las palomas a todas horas y siempre seguíamos a las bandadas de gaviotas que al atardecer buscaban las rocas de la costa. Había patos en la presa y lagartos que se asomaban al sol de los barrancos, ranas y sapos en los estanques, y también corujas que atezaban un poco más la oscuridad de las noches. En esas noches también se escuchaba siempre el sonido del viento o el eco lejano de las campanas que iban contando las horas.
Alguien me habló de unas tortugas que había junto al Mercado Central de Las Palmas de Gran Canaria. Yo recuerdo un mono que se llamaba Felipe en el parque Doramas, y también algunas cacatúas y unos cuantos pavos reales; pero no conservo la imagen de esas tortugas que tuve que ver cuando iba al Estadio Insular a ver jugar a Carnevali o a Morete. Hay veces que quieres recordar lo que intuyes que has vivido y no hallas rastro alguno en tu memoria. Quienes me llevaban al fútbol me dicen que pasamos muchas veces delante de aquellas tortugas, y que yo me quedaba mirando su lentitud de siglos y su sigilo cuando se asomaban como quien se asoma a un mundo extraño lleno de gentes y de edificios. Uno a veces también se vuelve tortuga y se esconde dentro de sí mismo; pero ese mundo secreto no lo conoce nadie, y los otros creen que dormimos o que solo desaparecemos un rato de su vista. Hace tiempo que no visito zoológicos cuando viajo. La última vez salí triste del zoo de Berlín, y jamás he olvidado la mirada melancólica de una jirafa que parecía que buscaba la sabana mientras seguía a una bandada de pájaros que regresaban al sur huyendo del invierno. Entonces recordé el poema que Rilke le dedica a una pantera del Jardín des Plantes de París que acaba viendo el mundo como una sucesión de rejas interminables desde su jaula. Esa pantera se parecería a aquella jirafa que se quedó habitando en el frío de Berlín mientras veía pasar las nubes y los pájaros que regresaban a su casa. Dicen que yo miré muchas veces a los ojos de aquellas tortugas y que me apenaba por el poco espacio que tenían para andar por el mundo. Busco esos ojos en mi memoria y me acabo extraviando entre mis propios recuerdos, como las jirafas que no pueden regresar a la sabana, como la pantera que confunde la vida con las rejas, como todos los que olvidan sin darse cuenta. Ni siquiera recuerdo el nombre que le puse a cada una de aquellas tortugas lentas.

Mirabas la foto de principios de siglo de la calle Viera y Clavijo. Alguien la había coloreado. Tú estabas sentado en una zumería de esa misma calle viendo pasar a la gente. Recorrían el mismo espacio de la fotografía. Incluso estaban algunos de los edificios de aquellos tiempos. Tú mirabas la foto y mirabas a la gente, y llegaba un momento en que se acababan confundiendo los tiempos. Te llamaba la atención que en aquella foto no hubiera nadie en la calle. A lo mejor la sacaron un domingo muy temprano o estaban esperando a que algún día alguien la coloreara y a que luego llegaras tú para que hubiera gente entre la vida y la imagen.

Si miras hacia atrás descubrirás que nunca fue fácil. Tampoco ahora será fácil. Siempre habrá envidiosos, indeseables, lenguaraces, ingratos y miserables. Desde el patio del colegio hasta el día en que te mueras, aunque ninguno de ellos va a conseguir que no sigas avanzando por el camino correcto. A lo mejor te equivocas, pero no pasa nada por volver a empezar de nuevo las veces que haga falta. Los otros se van quedando atrás, hazme caso, como quedaron atrás los indeseables de hace unos años. Ni siquiera recuerdas sus caras o sus nombres, aunque es verdad que al final todos esos canallas se acaban pareciendo. Pero no dejes de mirar hacia atrás las veces que haga falta, para que te vuelvas a sentir fuerte y para recordar que les ganaste una y otra vez sin más armas que tu perseverancia y tu confianza en el trabajo y en el tiempo.

Lo primero que hace cada mañana según sale de la cama es dirigirse a la cocina a romper un huevo contra un plato. Ella se dio cuenta desde las primeras veces que amanecieron juntos. Luego comenzaron a vivir en la misma casa. Llevan treinta años conviviendo y aún no se ha atrevido a preguntarle qué es lo que busca cuando rompe ese huevo justo antes de que amanezca. Él se queda mirando largo rato hacia la yema y la clara y luego lo echa todo por el fregadero. No se atreve a contarle que se siente pájaro y que cada vez que rompe el cascarón está buscando al dios de las aves para que lo rescate.

Siempre dejaba la tele encendida cuando salía a la calle. Incluso miraba la programación y seleccionaba la cadena según el programa que estuvieran emitiendo a la vuelta del trabajo. A veces ponía dibujos animados. Entonces, cuando abría la puerta, se imaginaba a su mujer y a sus hijos esperándolo en el salón para disfrutar de la tarde. Le bastaban esos segundos de incertidumbre diaria para no sentirse la persona más sola y más desdichada del mundo.

Quien sabe que tiene pocos días en el mundo aprende a escribir detenidamente cada uno de sus recuerdos. Me lo dijo aquel hombre hace cuatro meses. No se escondió ni se agarró a falsas esperanzas. Tampoco se dejó morir. Aprovechó esa prórroga que la vida le estaba regalando para no desperdiciar ni un solo segundo. Llamó indeseables a los indeseables que le rodeaban y se acercó todo lo que pudo a quienes le brindaban afecto y cariño. No se separaba casi nunca de su nieto pequeño. Él sabía que estaba quedándose en cada uno de los pequeños gestos que compartían a diario. Le enseñó todas las palabras que pudo y le llevó a una montaña para que viera el horizonte desde lo más alto. Estaba seguro de que nunca olvidaría aquella impresionante vista. También sabía que alguna vez reconocería su cara detrás de cada una de aquellas palabras que iba eligiendo para quedarse un poco más de tiempo en sus recuerdos.

No hace falta que enseñes las cartas. Siempre se acaba viendo el as de picas o el rey de corazones. Los tahúres saben descubrir el brillo de cada carta en la mirada del jugador que tienen enfrente. También en la vida te delatan tus propios ojos aunque tú creas que no estamos viendo cada una de tus trampas.

Cada tiempo tiene sus historias. Los lugares no son más que escenarios en los que entramos y salimos personajes ávidos de gloria, timoratos, enamorados, arrabaleros, burócratas, resentidos o agraciados con la suerte que a veces regala el destino a los bien nacidos. Gran Canaria es una ínsula tan extraña como aquella que cantaban los poetas, un territorio rodeado de mar embravecido o de playas edénicas en las que parece que la muerte no es más que una ficción propia de las novelas. Esa isla tiene un eco de palabras que se ha llevado el viento de la prisa y también cientos de historias reales o mágicas sin las que no se podría entender este presente tan extraño que habitamos entre Arinaga y Tasarte. Por eso es tan necesaria la literatura que ha sabido contar lo que antes no era más que un bisbiseo perdido entre neblinas y sahumerios. Bardinia es un territorio mítico que ha creado Emilio González Déniz para que ver si alguna vez podemos llegar a entendernos y a mirarnos con esa distancia necesaria que regalan los grandes argumentos.
Estos días se ha reeditado una de las mejores novelas de la literatura canaria de todos los tiempos. Hablo de Bastardos de Bardinia. En esas páginas escritas por González Déniz hace treinta años se detuvo el tiempo. Desde el primer párrafo uno se adentra en atávicas historias que se entremezclan con la naturaleza humana y con todo lo universal que tiene lo pequeño cuando se cuenta sin miedo y sin remordimientos. Emilio convierte en literatura lo verosímil, como la visita del Papa Pío XII (aun como cardenal Pacelli) a un pueblo de Gran Canaria, y luego logra que lo que queda fuera del raciocinio se acabe convirtiendo en un hecho casi cotidiano, como aquellas leyendas que nos contaban las abuelas con aparecidos, resucitados o barrancos que casi podían confundirse con los infiernos, o con aquelarres de tibicenas y de oscuras sombras tenebrosas. El escritor es, por encima de todo, un gran escuchador que luego es capaz de llevar a sus novelas las voces y las palabras que ha ido oyendo, imaginando o inventando mientras andaba entre la gente. Aquí Emilio González Déniz muestra toda la musicalidad de la literatura que escribe. Al final casi todo es ritmo y es técnica. Siempre eché de menos palabras como chirote que me he encontrado en ese aire cercano y reconocible de esta gran novela. También me faltaban los puntos de vista de los derrotados, de aquellos que salieron para Cubita La Bella y no volvieron, o de los que vinieron siendo otros muy distintos a los que un día se marcharon persiguiendo la estela de sus sueños. Ahora que todo lo silencia el ruido o la pantalla, o que aparecen tantos impostores de la palabra por todas partes, es el momento de regresar a casa a través del sortilegio de las letras. Volvamos a Bardinia para entender Gran Canaria.

Algunas mañanas se conectaba a Facebook como quien se coloca un termómetro debajo del sobaco. A medida que pasaban las horas y se iba despertando la gente comenzaba esa fiebre diaria de mirarse y de seguirse por todas partes. Nunca acababa bien el día si no había sido capaz de desconectarse a tiempo. La hipertermia textual iba unida casi siempre a una hipotermia cada vez más preocupante de los sentimientos.

No hay calle con más de veinte años que no se acabe pareciendo a Pompeya. Habrá tiendas, mujeres, hombres o perros que ya no forman parte de ella, pero que se mantendrán intactos en el recuerdo de quien lleva mucho tiempo recorriendo esas aceras. Siempre habrá una foto fija bajo la lava del tiempo.

El taxista era un bocazas. Me di cuenta desde que subí al coche junto a la Catedral. Pasamos delante de la escultura de Galdós y me señaló a los borrachos diciéndome burlonamente que era gente ocupada. Repetía una y otra vez su burda ocurrencia y no entendía que yo no le riera la gracia. Eran las diez de la mañana y aquellos hombres ya estaban beodos y derrotados sobre los bancos. El joven que conducía el taxi iba cantando el estribillo en inglés de una canción hortera que sonaba en la radio.
Cuando le pagué se remangó todo lo que pudo la camisa para que le viera los tatuajes. Ese era el tipo que se había reído de aquellos borrachos tristes. No le tuvo que gustar mi mirada, y seguro que empezó a maldecirme desde que cerré la puerta del taxi. Yo también me quedé maldiciendo el estribillo hortera de aquella canción de discoteca que me estuvo persiguiendo hasta la noche junto con el recuerdo de cada uno de los derrotados que he ido conociendo a lo largo de los años, de todos esos hombres que el taxista decía que estaban ocupados y que no hacían más que beber y dejarse morir al solajero. Galdós miraba desde arriba como miró y contó a tantos personajes parecidos a ellos.

Le gustaba el café amargo y los besos que no tenían prisa por llegar a ninguna parte. Afuera continuaba la rutina y se seguían despellejando todos los gregarios que no besaban hacía mucho tiempo. Eran jóvenes y felices. Recuerda la torre de San Francisco el Grande y la tarde enrojeciendo más allá de Las Vistillas. Los dos fumaban entonces. Él ya lo ha dejado hace muchos años. No sabe si ella seguirá fumando. No la ha vuelto a ver desde hace más de treinta años. Aquel ático de La Latina tenía un patio con girasoles y geranios, y también un molinillo rojo que siempre giraba enloquecido anticipando las tormentas de mayo.

Acaba de morir Jesús Hermida, y sobre la marcha aparece Kennedy, la llegada del hombre a la luna y una particular manera de contar los grandes acontecimientos que le tocó vivir en primera fila. Luego casi pasó a formar parte de nuestra familia cuando entraba en casa con De Cerca o Su turno, en aquellos años en los que la política contaba con gente que debatía públicamente en el Congreso o delante de una cámara.
Más tarde inauguró la tele matinal y organizó inolvidables tertulias de sobremesa con Cela o Fernán Gómez presidiendo aquellas fiestas de la palabra. Veníamos de la Carta de Ajuste y del himno nacional a las doce de la noche. Otros tiempos, otras caras, no sé si mejores o peores; pero desde luego que con gente que te llevaba a querer ser periodista para no perderte lo que acontecía lejos de tu pueblo. Jesús Hermida decía siempre que venía de un humilde pueblo de marineros y que se asomaba al mundo con el asombro de quien lo ve todo el tiempo por vez primera.

Cada vez que abres los ojos se produce un big bang cuyo alcance queda a muchos años luz de tu propia mirada. No hace falta que choque un meteorito contra el planeta para que todo cambie de arriba abajo. El sonido de tus pasos cuando caminas por calles silenciosas también se asemeja a esos impactos que transforman los paisajes. Cada cual vive sus cataclismos y sus renacimientos a diario, y nos enamoramos y nos desenamoramos, y nos sorprendemos, y nos decepcionamos, y volvemos nuevamente a sorprendernos sin que haya aparecido ningún meteorito, ni ningún acontecimiento que no alcancemos a entender más tarde o más temprano. Nuestro big bang siempre es sutil a los ojos de los otros, aun cuando en nuestros adentros se estén removiendo hasta las entrañas. Tú sonríes y la gente cree que no te pasa nada. Basta un solo gesto para engañar al mundo o para seguir interpretando sin que nadie atisbe lo que realmente esconde la mirada de tu personaje.
Tampoco podemos estar quietos aunque queramos. Nos parecemos tanto a los océanos que cuando miramos mucho tiempo el vaivén de las aguas casi parece que formamos parte de ellas. Pascal dijo que el problema de los hombres venía por no saber quedarse quietos en sus casas. Si nos hubiéramos estado quietos, aún seguiríamos dibujando bisontes y pintaderas en las cuevas. El que sí tenía razón era Francisco de Quevedo. Siempre que vuelvo a los libros de Quevedo me encuentro a un escritor cada día más sabio, más profético y más moderno. En El Buscón acababa diciendo que nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y de costumbres. A veces vamos cambiando de ciudades, de casas o de amores sin darnos cuenta de que el problema lo llevamos en nuestra propia sombra por donde quiera que vayamos. Ese reflejo oscuro e intangible nunca se aleja de nosotros. El otro día, un niño pequeño se enfadaba con su sombra y le decía que no lo estuviera siguiendo todo el rato por las calles. Sus padres no sabían cómo explicarle que esa sombra le acompañaría hasta el mismo momento en que dejara de ser reflejo y se terminara confundiendo con ella más allá de la nada. Los niños no entienden ni la nada ni la sombra, y nosotros para entender el mundo que leemos a diario en los periódicos tendríamos que volver al Buscón, al Lazarillo o a Guzmán de Alfarache. Al final solo son los pícaros los que se salvan del hambre y de la cárcel, esos maleantes con corbata que ya saben de antemano que vienen a engañarnos. Cuando te timan, te quedas siempre perplejo mirando a los celajes. A veces creemos que estamos aprendiendo y que nunca más nos terminarán robando ningún sueño. Sin embargo, una y otra vez contemplamos atónitos cómo nos roban hasta la silueta de nuestras propias sombras.

Tenía decenas de uniformes en su ropero. En una gran ciudad como aquella, nadie se fijaba si un día iba vestida de policía y al día siguiente de dependienta de unos grandes almacenes. Algunos días cambiaba de papel varias veces. Solo tenia que ir a su ropero para ser alguien diferente. Nadie conocía su nombre. Tenía dinero y no le hacía falta trabajar. Vivía en el ático de un rascacielos. A medida que iba bajando pisos en el ascensor se iba poniendo en la piel del uniforme que llevara puesto.

Había seguido su camino lejos de ella. Tenía su misma cara y repetía cada uno de sus gestos. Se encontraron entre millones de almas. Era imposible que no se reconocieran. Hacía treinta años que la había perdido en el quinto mes de embarazo.

Dormimos cada noche en una calle distinta para que nuestro coche no parezca que está abandonado. Los guardias les ponen papeles a los vehículos que se abandonan en la calle y pasan de largo ante los que duermen en ellas; pero si duermes en uno de esos coches corres el riesgo de que te encuentren. Ella y yo lo perdimos todo hace mucho tiempo. Con lo que nos quedó pudimos comprar este viejo trasto que iban a mandar al potrero. Los cristales los hemos cubierto de papeles para que no nos vean desde fuera, y ella ha puesto un pequeño cartel en el que se ofrece a limpiar casas o a cuidar niños. Yo he puesto otro para hacer arreglos o llevar mercancías. Nadie nos llama nunca al teléfono móvil. Por la noche ponemos la radio muy baja para no molestar a los vecinos con insomnio. También hablamos entre susurros todo el tiempo. Uno de los dos se queda siempre en el coche para que no nos roben lo poco que tenemos.

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