los blogs de Canarias7

Archivos Abril 2015

A lo mejor no esperabas nada. Dicen que si te pones la ropa al revés es que estás esperando algún regalo. Tú te has puesto el pijama al revés y no te has dado cuenta. Ya estás dormida. Tal vez solo andabas buscando que los sueños te regalaran lo que la vida te arrebata a diario.

Odia la felicidad de los días de playa. Le gustó la playa hasta los doce años. Después no ha vuelto a bajar a la orilla. Hace unos días cumplió diecisiete años. La llaman gorda en el instituto. Todas llegan morenas el lunes. A ella ni siquiera le preguntan que dónde ha estado metida el fin de semana, ni por qué regresa siempre tan pálida y tan triste.

Salió de casa y escuchó una lejana bocina de barco. En aquel crucero que se estaba aproximando al Puerto de La Luz venía el que luego sería su gran amor durante casi veinte años. A esa hora de la mañana ella caminaba preocupada por cosas del trabajo y él se estaba despertando en un camarote junto a otra mujer con la que todavía seguía casado.

Si cierras los ojos detienes el tiempo. Los niños creen que no les vemos cuando tienen los ojos cerrados. También a veces, en medio de esa oscuridad abisal de nuestros adentros, aparecen imágenes que creíamos olvidadas para siempre. Las fotografías en papel se revelaban en la oscuridad de una habitación en donde todo parecía más cercano a la alquimia que a la técnica. Ahora todos sacamos fotos con el teléfono móvil y casi nos creemos un Korda o un Cartier-Bresson cuando inmortalizamos una puesta de sol o cualquier paisaje que vamos encontrando en nuestros viajes diarios. Pero hace años, las fotografías sí tenían mucho de mágico y de misterioso, y cuando llegaba el fotógrafo todos intuíamos que estábamos viviendo algo importante. En el Noroeste de Gran Canaria ese fotógrafo que llegaba a las fiestas, a los cumpleaños o a los sucesos que luego salían en los periódicos se llamaba Paco Rivero.
Todas las fotos de Paco Rivero se encuentran a salvo en la Fundación Canaria Néstor Álamo. Retrataba lo cotidiano y lo protocolario, y por su cámara desfilaba todo el paisanaje que se iba encontrando por las calles y por los campos. Estos días se exponen imágenes de algunos de sus trabajos etnográficos en la Casa Museo Antonio Padrón de Gáldar. Lo que se puede ver es solo la punta del iceberg de todo lo que dejó Rivero en miles de negativos que todavía se están digitalizando. Fotografió mucho los campos de las Medianías del norte de la isla y en ellos se fijó siempre en lo que iban haciendo todos aquellos artesanos o agricultores anónimos que mantenían intactas las tradiciones de cientos de años. Uno se detiene siempre ante aquellos semblantes castigados muchas veces por el hambre y por el agotamiento de un trabajo que no cesaba hasta que el sol caía más allá del pinar de Tamadaba. Pero también aparece la sonrisa limpia del pasado, aquella vida más unida a la naturaleza, y por supuesto con mucha más cercanía humana que la de ahora. El otro día me comentaba una pareja alemana que lleva cuarenta años viviendo en la isla que ya la gente no sonríe como hacía años y que ahora casi parecemos berlineses. Ellos vinieron buscando esas imágenes que aparecen en las fotos de Paco Rivero. Y probablemente tienen razón y ya no nos parecemos a nuestros abuelos, ni tenemos la templanza y la serenidad de entonces. Sin embargo no era todo tan idílico en aquellos años, y detrás de esas sonrisas había muchas veces un dolor callado e inmenso. Desde la lejanía sí es cierto que uno tiene la impresión de que quienes nos contemplan en esas imágenes en blanco y negro sabían aprovechar mucho mejor su tiempo. Cuando miras cualquiera de esas fotos estás cerrando los ojos y recordando cómo éramos mucho antes de que estuviéramos todo el rato mirándonos a través de las pantallas.

Él escribía en su cuerpo cuando andaban enredados en la cama. Ella le pedía que le escribiera versos en la espalda. Siempre tenía un bolígrafo en la mesa de noche para cuando estaba llegando al orgasmo. Él nunca llegaba a leer lo que escribía porque cuando ella temblaba de placer toda la tinta se perdía entre sus poros para siempre. De eso hace muchos años y él ya está muerto. A veces ella escribe en un papel. Deja que se muevan sus dedos y no piensa en nada. Luego descubre versos, a veces procaces y casi siempre tiernos. Y recuerda el trazo de todas aquellas letras que tantas noches escribieron delirios en su cuerpo.

Se encontró la esquela con su nombre cuando leía el periódico en aquella terraza del Paseo de Las Canteras. Aún no sabía que se iba a morir al día siguiente y que a veces la tinta confunde la fecha de los muertos. Luego publican fe de erratas que los que fallecen nunca leen.

Nunca se dejaba tocar el cuello cuando la besaba. Jamás le pregunté por qué en el momento en que acercaba mis dedos a su nuca me daba un pequeño manotazo. Hoy encontré su diario. Lo contaba en la página cuarenta y cuatro, en una entrada fechada en 1998. Toda su vida se había sentido atada a un pasado que ni siquiera era capaz de recordar. Sentía la cadena en su cuello, el agobio de un tiempo lejano que oscurecía debajo de sus cabellos.

Se ponían cada tarde en la parada de la guagua. Extendían un cartón y jugaban al dominó.Hacía años que no circulaba un coche por aquella carretera. La última guagua había llegado al pueblo hacía diez años, dos días antes de que lo hundieran. Solo quedaban ellos cuatro debajo de las aguas.

Eran los días en que las sopladeras infladas sobrevolaban el salón de nuestra casa. Te gustaban las azules y las rojas y no te cansabas nunca de mirarlas. Jamás entendiste por qué empezaban a desinflarse. Te ponías triste a medida que iban empequeñeciendo. Por eso llegó un momento en que dejamos de comprarte sopladeras para celebrar tus cumpleaños. Yo tampoco he entendido nunca por qué las sopladeras se van haciendo cada vez más pequeñas. Entonces te mentía con teorías científicas para no tener que explicarte en qué consiste el paso del tiempo.

Nunca equivocan los caminos. Son los únicos que repiten todos los pasos a diario. No miran hacia los lados ni escuchan el canto de los pájaros. A la ida corren como velocistas pensando solo en su dosis y a la vuelta regresan como maratonianos que ya no tienen fuerzas para seguir sumando días y kilómetros. Pero siempre vuelven. Yo creo que pisando cada día en los mismos adoquines y en las mismas sombras de las aceras. Ni siquiera les detiene el rojo imperativo de los semáforos.

Acariciaba disimuladamente la arena. A su alrededor corrían sus nietos y sus hijos hablaban con su esposa. Él estaba tendido en silencio con los ojos cerrados. En esa misma playa amó a otra mujer que no había olvidado ni un solo día desde hacía sesenta años. La recuerda desnuda con la arena pegada a su piel. Cualquiera de esos granos que él acaricia ahora suavemente pudo haber sido parte de su cuerpo.

Se dejó cambiar el nombre desde el primer día que él se equivocó. La llamó Aurora y luego la besó. No quiso detener aquel primer beso para decirle que se llamaba Carmen. Fue Aurora durante los quince años que duró su idilio. Ahora ha vuelto a ser Carmen y a estar sola hasta que alguien venga de nuevo y le cambie el nombre con un beso.

Hace unas semanas, la directora de la revista C7, Lola Santana, me pidió una crónica de lo que había pasado en España en los últimos diez años para el número especial que publica hoy la revista por su décimo aniversario. Comparto con ustedes el texto que preparé para la publicación. Faltan las fotos y la magnífica maquetación que pueden encontrar en la revista.

Diez años fue lo que duró la guerra entre los aqueos y los troyanos. Terminó cuando los primeros lograron introducir un gran caballo de madera más allá de las murallas de Troya. También duró diez años la odisea de Ulises para regresar a Ítaca. La vida cambia mucho en diez años aunque a veces parezca que no cambia absolutamente nada. Lo descubres cuando te acercas a la hemeroteca o cuando repasas los nombres, los acontecimientos y los recuerdos que se fueron quedando en el olvido. El pasado, al final, no es más que una sucesión de efemérides que vamos datando para no extraviarnos en la inmensidad del tiempo. Lo que ha sucedido en España entre 2005 y 2015 se parece mucho al viaje de Ulises por el mar Egeo. Y uno quiere pensar, como Homero, en la maldición de algún Polifemo vengativo. Solo así se entendería el final de tantos sueños y la crónica de tantos naufragios cotidianos.
En abril de 2005 había en España dos millones de parados y ahora estamos por encima de los cuatro millones. A veces las cifras hablan por sí solas y dicen todo lo que no alcanzan a expresar las palabras. También en 2005 comprábamos casas, coches y los bancos nos facilitaban todo el dinero que necesitáramos para cumplir con los sueños que ellos mismos nos habían inventado. Luego hemos ido viendo que todo era una entelequia y una gran burbuja que ha terminado dejándonos con las manos vacías y con miles de personas en las calles por no poder hacer frente a esas ataduras a unos bancos a los que tuvimos que rescatar con el dinero de todos para que siguieran especulando.
La memoria es casi siempre fotográfica. Buscando los hechos más relevantes de la última década me encontré con la fotografía de Adolfo Suárez abrazado por el Rey Juan Carlos en un jardín en el que el ex presidente andaba totalmente desorientado. Esa imagen conmovedora que anticipaba la muerte del político que timoneó la transición se parecía mucho a lo que nos ha sucedido a los españoles en los últimos años. De repente, nos dimos cuenta de que andábamos entre sombras y de que todo lo que creíamos que estaba asentado se venía abajo irremisiblemente. La corrupción lo había podrido casi todo. Miraras donde miraras aparecían Bárcenas, Gürteles, ERES, tarjetas opacas y hasta un yerno del entonces rey de España moviéndose en ese lodazal que había detrás de las promesas electorales y de las fotografías oficiales. Tuvimos un presidente que negaba la crisis que llegaba y que como casi todos los presidentes se alejó de la realidad con la mayoría absoluta. Fue lo mismo que le pasó antes a Felipe González o a José María Aznar. José Luis Rodríguez Zapatero fue valiente cuando llegó y sacó a las tropas españolas de Irak o cuando aprobó el matrimonio homosexual. Pero luego llegaron los eufemismos y las medias verdades, y más tarde llegó otro presidente que nos acabó hablando a través de una televisión de plasma para que no le preguntáramos sobre ninguno de los compromisos incumplidos que recogía su programa electoral. Rajoy llega al poder en 2010, paradójicamente el mismo año en el que tiene lugar el movimiento del 15 M, que conoció el mundo como Spanish Revolution. Nada surge de repente, por eso la irrupción de nuevos partidos como Podemos o Ciudadanos no son más que la consecuencia de todo ese pasado de corrupción, eufemismos, mentiras y hartazgo ante las presiones de los que especulan más allá de nuestras fronteras. La sensación que hemos tenido los españoles en estos últimos años es que nos han gobernado desde Bruselas y Berlín con la martingala de una crisis que, a su vez, se generó desde la caída de Lehman Brothers en el otro lado de un planeta cada vez más caótico y globalizado.
Una de las imágenes más descorazonadoras para los canarios en estos diez años fue la del accidente de Spanair en Barajas. Nunca hemos vuelto a subir a un avión como habíamos subido hasta entonces. Y al paso de tanto tiempo nos encontramos con que ni siquiera se ha hecho justicia con los muertos. Esa lentitud de la justicia en España tiene mucho que ver con todo lo que está pasando. Sin embargo, esta década cumplió con el deseo que más repetían los españoles cada vez que se les preguntaba por los problemas que querrían que desaparecieran para siempre. Llegó el fin de ETA. Esa ha sido una de las mejores noticias en estos años. Es cierto que ahora vivimos con la zozobra de un terrorismo islámico que sigue removiendo los lodos de la sinrazón y el fanatismo en los que siempre se mueven los extremismos y los grandes sátrapas de la historia. Y luego está Cataluña y todo ese proceso inacabado (y aparentemente interminable) de los nacionalismos y las identidades. Y detrás de todo, una Constitución que debe mirar más allá de los años setenta del siglo pasado.
Para los futboleros también fue esta década la de los grandes sueños cumplidos. La selección ganó dos Eurocopas y un Mundial. El gol de Iniesta aún nos sigue pareciendo mentira a varias generaciones que vivíamos el fútbol con la sensación de que siempre terminaba en derrota y en catástrofe. Si cerrara los ojos, la imagen de Iniesta con el nombre de Jarque en la camiseta también sería uno de los iconos de esta década. En el deporte se cuenta un Mundial de baloncesto, otro de balonmano, un campeón de Fórmula 1 y un tenista llamado Rafael Nadal que, como Iniesta, nos ha regalado algunas de las grandes imágenes deportivas de estos últimos años.
Pero con el paso del tiempo, aquel mismo rey que ayudaba a Suárez a caminar entre las tinieblas de su mente, apareció un día rodeado de elefantes muertos en Botsuana. Y poco tiempo después desapareció su imagen de las fotos oficiales, de las monedas y de los sellos. Llegó Felipe VI acompañado de una reina que hasta hacía poco era alguien como cualquiera de nosotros. Ese cambio, unido a lo que suceda en las próximas citas electorales, creo que devendrá en una nueva transición como aquella que fuimos perdiendo a medida que nos endiosábamos. O tal vez, como sucede casi siempre a lo largo de la historia, solo asistamos a otro cambalache lampedusiano en donde todo cambia para que todo siga siendo más o menos parecido. Pero a todos esos cambios del pasado hay que unirles las nuevas posibilidades tecnológicas y las redes sociales, esas conexiones permanentes y casi asfixiantes que nos han cambiado la realidad de arriba abajo. Vivimos más informados que nunca y, sin embargo, creo que jamás hemos estado tan desorientados. Creemos que todo se guarda para siempre y, paradójicamente, es cuando menos memoria histórica y personal estamos teniendo. Cuando fui a documentarme para este repaso me encontré, por ejemplo, que apenas había canciones que recordaran esta década. Tampoco perduran los libros, ni las películas, ni los héroes más o menos cotidianos. Todo desaparece casi de repente. Y la fama es ahora un reality show lleno de gente que presume de su ignorancia y de su insolencia. Hace unos días anunciaron el hallazgo de los huesos de Cervantes. Ese sería un perfecto final quijotesco para estos años en los que hemos vivido peligrosamente. Pero vuelvo al principio y espero que esta década no haya sido más que un viaje necesario para regresar por fin a Ítaca. Eso sí, aún tenemos que tener cuidado para no extraviarnos con los peligrosos cantos de tantas sirenas que aparecen ahora por todas partes.

Cuando todo está oscuro, el teclado ensaya las historias que terminará escribiendo ese hombre que ahora duerme en una habitación al fondo de la casa. Las teclas se mueven lentamente confundiéndose con el ruido de la nevera o con los ecos lejanos de los pocos automóviles que a esas horas circulan por las calles. A veces ese hombre se despierta sobresaltado en la madrugada y se acerca a su mesa de trabajo; pero en ese momento el teclado se detiene para que él piense que está escribiendo su último sueño.



Él nunca volvió a encontrar aquel sabor adictivo y extraño en ninguno de sus besos. Acababa de comer fresas. Ella comió fresas muchas otras veces antes de besarle; pero siempre le faltó el veneno que llevaban aquellas fresas del primer beso.

Alguien me explicó hace años lo que era la elegancia. Fue una mujer bella, algo mayor que yo, en un país lejano. Yo le pregunté que cómo se las arreglaba para estar siempre tan guapa. Ella miró al cielo y señaló hacia unas gaviotas que en esos momentos volaban en dirección a la costa. Recuerdo perfectamente su respuesta: "las gaviotas cuando vuelan nunca saben si las están mirando". Me costó entenderla entonces, pero con el tiempo me he repetido cientos de veces esa frase. Hay que ser pájaro que vuela sin que sepa que le están mirando también cuando se escribe, cuando se ama o cuando se quiere mantener a salvo esa ética y esa dignidad que cada vez cuesta más encontrar entre los humanos. Sé que aquella mujer murió hace años, pero estoy seguro de que partió como mismo volaban aquellas gaviotas ajenas a nuestras miradas.

No se atrevía a telefonear. Solo se levantaba para ir al baño. Sus padres estaban desesperados y ya se habían jubilado en sus trabajos. No habían podido salir de vacaciones desde hacía muchos años. La chica a la que tenía que haber llamado había cambiado de número y de casa. Se había casado y tenía dos hijos que ya estaban estudiando en la universidad. Él también estudiaba en la universidad. Cursaba quinto de Derecho. Decía siempre que quería ser juez. Sus compañeros eran todos abogados, jueces o fiscales. Él estaba siempre en pijama. Habían discutido. No recuerda el motivo, pero sí que tenía que haberla llamado aquella misma tarde para disculparse. Lleva veinticinco años delante del teléfono.

La muerte a veces es una sucesión de llamadas inesperadas. También se empeña en escribir sus necrológicas con el mismo azar con el que nos enreda a los que seguimos leyendo en los libros lo que no encontramos en las rayas de nuestras manos. Primero me llamaron para decirme que había muerto Günter Grass. Sobre la marcha traté de recordar los argumentos que dejó escritos y hasta el nombre de algunos de sus personajes y, cuando estaba viajando a la Alemania del pasado, me volvieron a llamar para decirme que se acababa de morir Eduardo Galeano.
He leído mucho más a Galeano que a Grass, entre otras cosas porque escribía en mi idioma y porque además solía acercarse a temas que me interesaban y que me eran más cercanos. Los dos fueron escritores comprometidos y ambos intuyeron que a veces el mundo se comprende mucho mejor escribiendo. Uno se lleva el eco de sus personajes para siempre en su memoria. Galeano, además, era una de mis referencias futboleras. Pocos han explicado tan bien qué es lo que buscamos cuando seguimos la trayectoria de un balón que sigue rodando siempre en el patio del colegio. Los dos eran poetas, y por tanto entendían la prosa como un ardid que también traspasa la epidermis de quien cree que lee sin saber que realmente se está leyendo a sí mismo. Uno contó América y el otro Europa, y ambos se acercaron a sus continentes desde la ficción o la crónica, desde el personaje o desde quienes vivieron en primera fila lo que luego terminaron contando. Pero sobre todo fueron dos escritores que supieron rastrear en sus recuerdos y que jamás traicionaron lo que guardaron en sus memorias. Esa señora que nunca se cansa de arrastrarnos hacia las sombras, quiso ayer extender su guadaña entre dos continentes. Ella cree que los ha llevado al olvido; pero Eduardo Galeano y Günter Grass habían descubierto hacía mucho tiempo que a la muerte se le derrota fácilmente con palabras. Por eso escribieron. Siempre quedará un niño avisándonos con sus redobles o unos abrazos que un uruguayo dejó escritos para que nunca nos faltara la esperanza; aunque al final, sí era verdad que el uruguayo tenía una mujer atravesada entre sus párpados.

Hemos sobrevivido a muchos apocalipsis, a predicciones de gurús enloquecidos o a fechas con números supuestamente premonitorios. Dejamos atrás hace mucho tiempo aquel 1984 en el que parecía que el mundo se iba a convertir en un planeta inhabitable. Orwell no sabía entonces que el Gran Hermano terminaría siendo un programa hortera de la tele y que muchas veces no sabríamos quién está detrás de las máquinas y de las estimaciones bursátiles. También quedó atrás la Odisea del espacio de Kubrick o aquel apocalíptico año 2000 que cantaba Miguel Ríos. Incluso estamos a punto de llegar al 2018 en el que vivía Blade Runner y no somos aquellos replicantes viviendo en estaciones siderales con el destino escrito de antemano. Muchos querrían que fuéramos esos replicantes, pero nos salvamos por humanos y por todo lo que conlleva esa imprevisible condición que nos puede llevar a ser Belén Esteban o Stephen Hawkings.
También nos salvamos por la poesía. Estos días ha llegado a mis manos un libro de alguien que nació a finales de los ochenta del siglo pasado. Convivió con muchos canales de televisión y se encontró con Internet a los cinco o seis años. Digamos que tenía todas las papeletas para ser una mujer tecnológica y alejada de los versos, pero los versos se conoce que aparecen en las circunstancias más inesperadas (y también cuando no encontramos puertas de salida en ninguna parte). Se llama Elena Garbisu Arocha y acaba de publicar Ventiario, un libro de poemas que ha obtenido el premio Saulo Torón que otorga la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Elena tiene veintiséis años, pero ha escrito versos con la experiencia vital y poética de quien lleva muchas décadas asomada al mundo. Una vez más, te das cuenta de que las edades literarias son relativas si ha habido lecturas y si se ha mirado a la vida con ojos nuevos cada mañana. También hay heridas que no logran cicatrizar ni el tiempo, ni ninguna de esas posibilidades tecnológicas que nos venden a diario. Elena escribe en un poema lo siguiente: "Yo quiero ser piedra, dijo, y ser lanzado lejos de este siglo". Se lo dedica a Héctor y deja que sea el protagonista de la dedicatoria quien tome la voz en el poema como si escribiera un relato de su propia conciencia. Es mentira que todo esté perdido o que la poesía tenga los días contados. Busquen este libro y verán que todos esos vaticinios que hablan del fin de la literatura no son más que mendaces e interesadas opiniones de los que quieren que no sigamos pensando. Vuelvo a lo que escribe Elena Garbisu Arocha: "Juega a los dados con la filosofía/ y pierde todas sus vidas./ Pierde sus partidas y las nuestras." Los dados eternos de los que también escribía César Vallejo, ese destino que seguirá inventando poetas para salvarnos del tedio.

Escribía su nombre en el vaho de los espejos para que los del otro lado también le tuvieran en cuenta.

Se vestían de princesas y salían a la calle sin darse cuenta de que aquel mundo era la antesala del infierno. Sonreían felices entre prostitutas, proxenetas y yonquis desorientados. Tenían cuatro años y aún no sabían que la vida no era un cuento de hadas. Cuando se encontraban a sus madres caminando de arriba abajo pensaban que eran reinas y que aquellos tipos con los que desaparecían durante un rato eran como los príncipes azules que salían en los cuentos.

Se pintaban los labios para que las dejaran entrar al cine a ver películas no toleradas. Eran los años cincuenta y la censura prohibía la entrada a las menores cuando había besos. El taquillero se confundía siempre con el carmín, y ellas con catorce años ya aparentaban diecinueve. Las dos aprendieron de aquellas estrellas del celuloide que los besos había que darlos con los ojos cerrados. Una de ellas murió hace tiempo; pero la otra se seguía pintando los labios y cerraba los ojos cuando se quedaba sola en la habitación de la residencia.


Nunca iba los domingos. Prefería visitar a su madre los lunes o los miércoles por la tarde. La cuidadora le decía que venía su hijo y ella repetía siempre que aún no se había casado y que solo tenía un hermano. Él era el hermano de su madre cuando regresaba a casa.

Fue su mejor amigo entre los seis y los doce años. Siempre se preguntó qué habría sido de él. Se mudó de ciudad y desapareció de las calles y del colegio. Hoy se sentó en la guagua frente a él. Lo reconoció por el tic nervioso que tenía en la ceja. Él también se tocó la oreja varias veces como cuando era niño. Hacía años que no se tocaba la oreja de esa manera. Se miraron solo unos segundos. Su amigo olía a alcohol y tenía pinta de estar durmiendo en la calle. Bajó los ojos durante todo el trayecto. Sabe que también lo reconoció desde un primer momento. Recordó los juegos y los sueños que se contaban hace casi cuarenta años. Ni siquiera lo miró cuando bajó de la guagua. Prefería que el otro pensara que no lo había reconocido y que no había visto la sombra de la derrota en su mirada. Vivía fuera del mundo, como cuando era niño y decía siempre que quería ser astronauta.

Llega casi una hora y media antes de entrar al trabajo para poder aparcar el coche. Al principio escuchaba la radio, pero le ponía de mal humor toda esa sucesión de latrocinios y de corruptelas. Si acaso sintoniza algunas de las cadenas que solo emiten música. Ve pasar a la gente y aprovecha para maquillarse mirando al espejo retrovisor. Piensa en su vida en medio de ese silencio de las calles antes de que amanezca, encerrada en su coche, como quien lleva una casa a cuestas a todas partes. Hoy ha visto pasar al hombre del que está enamorada. Lleva saliendo con él desde hace un año. Iba de la mano de otra mujer y junto a ellos caminaban dos niños cargados con las mochilas del colegio. Parecía una familia feliz. Ella se agachó cuando ya estaban cerca. No sabe si él reconocería su coche. No tiene ganas de ir a trabajar. Hace media hora que tenía que haber llegado. Tiene cinco llamadas perdidas de ese hombre. Acaba de telefonear al trabajo diciendo que hoy llegará un poco más tarde porque no encuentra aparcamiento.

No escribes realmente para nadie y al mismo tiempo te estás dirigiendo a todo el mundo. El escritor elige palabras mirando a una hoja en blanco o a un cursor que parpadea nervioso aguardando un adjetivo o un verso que lo salve. Muñoz Molina trataba de explicar el otro día esa paradoja que hermana a la soledad y al bullicio en unos cuantos renglones. Decía que al escribir para uno mismo o para nadie se escribe para la gran fraternidad de los desconocidos. Yo también escribo para mí mismo o para nadie, como si necesitara decirme en alto todo aquello que no entiendo si no lo veo escrito en alguna parte; pero al mismo tiempo, cuando uno está inmerso en una novela o se pierde en la cadencia de un poema, también tiene en mente al lector o a la lectora que querría que leyera esas palabras.
Yo querría que el artículo de este primer domingo de abril fuera para Dolores Lorenzo Velázquez. La conocí hace más de un año en un taller literario que imparto en Arucas. El otro día me dijo que no estaba con ánimo para asistir a clase, aunque luego no me costó convencerla para que entrara. Tenía los ojos llorosos, pero su mirada encandilaba igual que la primera vez que apareció por el taller. Sus ojos, como decían de los de Mastroiani, sonríen todo el tiempo. Me comentó que sus hijos le guardaban este artículo cada domingo y que no dejaba de leerme ni una sola semana. Me lo decía con el mismo orgullo con el que me lo hubieron dicho mis abuelas si hubieran estado vivas, o como mismo me habla de sus nietos. Si tuviera que definir la elegancia les diría que se llama como ella. Su madre fue una gran modista. Un día me contó que había conocido a mi abuela Cristina porque en los años cincuenta del siglo pasado venía hasta Arucas para que su madre le hiciera los trajes. Todo lo que cuenta se vuelve literatura. O se asemeja a esas historias que nos fueron contando nuestras abuelas con la cadencia y la sabiduría que solo regala el tiempo si uno sabe aprovecharlo a conciencia. El otro día no quería entrar en clase porque no andaba muy alegre, y ella sabe que las penas se contagian con más facilidad que las alegrías. Pero entró y volvió a contar sus historias dibujando nuevamente una sonrisa. Hoy querría dirigirme a todos los lectores escribiendo solo para ella. Y desearía que estas palabras le ayudaran a levantar el ánimo y que le recordaran que no siempre se llega a esa serenidad que transmiten sus gestos. Tampoco es fácil llegar a la elegancia, a ese saber estar que regala la mirada a quienes han vivido intensamente cada uno de sus momentos. Loli es serena y elegante, de habla cadenciosa y mirada inteligente, una lectora que se estará sonrojando cuando lea estas palabras. Escribiendo para ella, escribo para todos los que se niegan a que la vida solo sea un tránsito de penas y desastres.

Ellos creen que se siguen amando, pero sus cuerpos amanecen cada día más separados. Apenas se rozan, y lo peor viene cuando duermen e inconscientemente ambos buscan el extremo opuesto de la cama, como si quisieran escapar cuanto antes hacia otras soledades.

Hacía diez años se había tropezado con su hermano en ese mismo semáforo del centro de la ciudad. Tenía su misma cara y le repitió la misma frase: "Nos vemos pronto". Los dos con barba, con los pómulos afilados por la enfermedad terminal que se los llevó por delante y con idéntica melancolía de moribundo en la mirada. No supo qué decirle al segundo de los hermanos. Levantó la mano y trató de despedirse como si lo fuera a ver al día siguiente. Había muerto media hora antes de cruzar aquel semáforo. Caminaba despacio, como se supone que caminan los que ya no tienen prisa por llegar a ninguna parte

Se abrazó y se quedó detenido para siempre junto a ella, inmóvil como cuando jugábamos de niño a no movernos aunque los demás trataran de hacernos gracia. Se volvió piedra y nadie le echó de menos. Tampoco hubo quien se extrañara por aquella nueva presencia en la calle. Casi nadie conoce el nombre de las estatuas en las ciudades de paso.

Salía a pasear por los parques y las calles del centro todos los domingos por la mañana. El resto de la semana solo se acercaba a la tienda o a la farmacia, y una vez al mes visitaba el Centro de Salud para las revisiones periódicas. Sus dos hijos vivían en el extranjero y su marido había muerto hacía doce años. Hablaba con sus nietos por skype casi todas las noches, pero siempre se quedaba con la magua de acariciarlos o de sentir el calor de sus manos. Los domingos siempre paseó con su marido y con sus hijos por las calles y luego se sentaban a tomar un aperitivo en una terraza antes de regresar al mismo piso en el que ella vive sola. Ahora camina siguiendo a familias numerosas que no tienen abuela y se pone a su lado sin que se den cuenta. Va con ellos hasta que se detienen en algún restaurante o regresan a su casa. Imagina que esos nietos son sus nietos y que sus hijos vienen todos los domingos a sacarla de paseo.

La sábana colgada del vecino quedaba a la altura de su cuarto de baño. Cuando ya estaba seca, ella se pintó los labios de carmín y dejó su marca en la tela con dos besos rojos e intensos. Él no se dio cuenta ni al recoger la sábana ni cuando la colocó en la cama. Su amante llegó antes que él y se desnudó para esperarle. Al levantar el edredón vio aquellos labios que sabía que no eran de ella. Se vistió y se marchó para siempre sin darle ninguna explicación. Él creyó que aquel era un beso de despedida. Su vecina se asomaba a la mirilla cada vez que él bajaba la escalera y pasaba delante de su puerta. Nunca más besó sus sábanas. Tampoco se atrevió a decirle que estaba enamorada.

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