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Archivos Marzo 2015

Van llegando de todas las ciudades. Se avisan en las madrugadas frías, en los comedores sociales o en los bancos de las plazas. Hubo un día en que ellos también aguardaron trenes que jamás llegaron, o que si llegaron siempre siguieron de largo, como en esta estación a la que arriban todos sin pronunciar sus nombres y sin más equipaje que su propia mirada. Se recuestan en los bancos apolillados o miran hacia los cristales rotos de las taquillas. Esta estación lejana no recibe trenes ni viajeros hace más de diez años. Está en mitad de la nada, como todos ellos, como todos esos trenes que quedan varados en las vías muertas que no llevan a ninguna parte.

Estaba siempre pendiente del cielo y de los partes meteorológicos. Tenía dos gatos y muchos sueños. Le bastaba con cerrar los ojos para ser otra, la que nunca fue, la que no tuvo oportunidad de amar como hubiera querido, ni de viajar tan lejos como había deseado. Cuidó a sus padres hasta que los dos murieron y se quedó habitando el pequeño piso en un barrio en el que, de repente, había dejado de conocer a casi todos los que transitaban por la calle. Se llamaba Adela y tenía sesenta y cinco años. Su sueño más recurrente era que se casaba, y luego imaginaba el griterío de unos hijos corriendo por todas partes. Las mañanas de Reyes se quedaba más tiempo en la cama imaginando que el salón estaba lleno de regalos. Luego se levantaba con los ojos cerrados y trataba de mantener vivo ese deseo hasta primera hora de la tarde. Entonces se acercaba a sus gatos y los acariciaba en silencio mirando hacia una tele apagada.
Se había acostumbrado a estar sola y a rebuscar entre sus propias sombras. Temía a la enfermedad. Cada vez estaba sufriendo más achaques y, cuando tenía fiebre, no contaba con nadie que se acercara a la farmacia o que le cogiera la mano para no sentir miedo en las madrugadas. Le preocupaba el futuro de sus gatos. Si a ella le sucediera algo se quedarían solos en el mundo. Había leído hacía unos días la noticia de unos ancianos que habían muerto en la mima ciudad que ella habitaba. Los encontraron desasistidos y moribundos entre unas calles transitadas por miles de personas. Nadie se acordaba tampoco de ellos. Adela puso el teléfono cuando su padre enfermó la primera vez. Le tranquilizaba saber que podía marcar unos números y contar con una ambulancia o con un médico que le dijera lo que tenía que hacer cuando no encontraba a nadie que la ayudara. No tenía amigas. Siempre fue una niña solitaria. Y luego trabajó toda su vida limpiando oficinas y casas sin hablar con nadie. También cuando limpiaba cerraba los ojos e imaginaba siempre que estaba en otra parte. Y si no había nadie, le gustaba entonar las canciones lentas que escuchaba en los bailes. Estaba pendiente a todas horas del parte meteorológico porque si llovía suspendían las verbenas al aire libre a las que ella asistía hasta que salía la última guagua del pueblo o del barrio en el que bailaba. Llevaba años asistiendo a todas esas fiestas. Siempre sola, siempre en guagua. Se ponía guapa delante del espejo y aún soñaba con encontrar a ese amor que justificara su existencia y la besara antes de acostarse. En esas verbenas bailaba abrazada fuertemente a su bolso y con los ojos cerrados. Giraba y giraba improvisando romances y quimeras. Alguna vez la molestaban los más gamberros, pero ella hacía oídos sordos a todos los comentarios. Le gustaban especialmente los boleros y los tangos.



Cada mañana escribía el nombre de alguno de sus muertos más queridos en un pequeño papel que luego guardaba en el bolsillo. Lo llevaba a todas partes y de vez en cuando recordaba la cara y los gestos del ausente. Al llegar la noche quemaba el papel y lo volvía a convertir en cenizas.

Se marchó sin despedirse de nadie. No tenía hijos ni hipotecas y contaba con unos ahorros que le permitirían vivir un par de años. Buscó un continente y se echó a caminar hacia la parte más alta del mapa. Luego recorrió mares y océanos mirando al cielo todo el rato. Llevaba años queriendo encontrar el lugar exacto en el que el frío deja de ser frío para convertirse en calor un metro más adelante. Acabó perdiéndolo todo, pero encontró ese punto exacto en el que cambian las estaciones todo el tiempo. Pasaba del frío al calor o del calor al frío según se levantara cada mañana, en medio de una selva, entre los nubarrones negros y los azules intensos, o eso es lo que él creía cuando miraba fijamente las paredes de la habitación del Psiquiátrico, que estaba justo en medio, donde el cielo se parte en dos cada mañana.

No fue como otras veces. Se habían amado durante dos años, pero cada uno se dio cuenta de que aquel amor se había terminado. Los dos venían con la experiencia de otros rompimientos y se separaron con la misma naturalidad con la que se habían encontrado. Para olvidarla, él no se quiso marchar lejos. Se mudó dos calles más allá de donde había vivido con ella, y cada mes se alejaba un poco más. Al año y medio estaba viviendo en el otro lado de la ciudad y ya no coincidía con ella en ninguna parte. Un poco más adelante, a los dos años, se estaba subiendo a un barco que le llevaría aún más lejos. Cambiaba de casa y de isla. Aún no sabía que al llegar al nuevo puerto se iba a encontrar con la mujer con la que terminaría viviendo el resto de sus días.

Las rayas en la cara cuando te levantas solo son cicatrices de algunos sueños tremebundos.

Se acercaba cada madrugada a las taquillas del teatro esperando encontrar alguna vez la entrada para la función de las vidas imposibles.

El otro día trataba de explicarle a una amiga un paisaje del que ya no quedaba ningún rastro. Donde había rocas, charcos y cangrejos solo encontraba grandes tetrápodos y un dique que se perdía mar adentro. Caminábamos sobre ese mar lejano de mi infancia. El dique por el que transitábamos el Atlántico era parte de la línea del horizonte cuando yo miraba mucho más allá de las barcas que estaban fondeadas cerca de la costa. Toda perspectiva cambia cuando alguien se aleja en el tiempo. Incluso los paisajes que parece que no han cambiado se convierten en lugares casi desconocidos para nuestros ojos lejanos. No sabes nunca dónde llegarán tus pasos. Yo de niño creía que el mundo se terminaba en aquella raya del horizonte sobre la que caminaba el otro día mirando a lo lejos el Puerto de Las Nieves.
Uno regresa siempre con la memoria que conserva de sus propios paisajes. A veces ni siquiera nos percatamos de las arrugas y de las canas de quienes corrían con nosotros hace años. De alguna manera huimos de nuestro propio envejecimiento. Recuerdo las escenas finales de Cinema Paradiso, cuando Totó veía solo lo que guardaban sus propios recuerdos. Las primaveras también parecen estaciones que jamás se repiten en nuestra memoria. Es mentira que en Canarias no tengamos estaciones. Ese es otro tópico que arrastramos junto con el de la eterna primavera o ese jardín sideral siempre en flor que uno nunca sabe qué significa realmente. Es verdad que esto no es Estocolmo o Manchester, pero hay paisajes que de repente se tiñen de tajinastes y amapolas cambiando la silueta de los campos o reavivando bancales abandonados. Las estaciones también tienen que ver con nuestros propios estados de ánimo, y uno siempre intuye que no hay invierno que no acabe, ni primavera que no renueve nuestro propio paisaje. Ese camino que seguía hace unos días por un dique en donde estuvo el mar me permitía mirar hacia la orilla desde lejos, como cuando uno se embarca y ya convierte su vida en una búsqueda de Ítacas o de utopías que siempre se alejan como se alejaban aquellos horizontes de las playas de la infancia. Toca mirar a la vida de frente donde quiera que nos encontremos. Nunca sabes en qué lugar acabarán tus pasos. El otro día yo caminaba por donde hacía años se adentraban casi todos mis sueños. Esta primavera que ahora comienza es otro verso suelto en medio de una biografía que renace como aquel viejo olmo de Machado con su rama verdecida en medio del páramo. El océano también tiene sus estaciones, ese color azul que va dejando atrás el mar oscuro que ensombrecía las rocas de la orilla con la espuma de las borrascas. La primavera es azul dentro y fuera de nuestra alma. Como el cielo. Como cuando miramos desde lejos los paisajes del pasado. Y uno le agradece nuevamente a la vida todo este tiempo regalado.

Llegaba al hotel y le daba cien euros al camarero de la piscina. Estaba solo dos días cada año. A su mujer y a sus hijos les decía que se iba de pesca. Subía al avión y llegaba a aquella isla alejada miles de kilómetros de su casa. El camarero tenía que acercarse de vez en cuando adonde él estaba y llamarle señor magistrado cuando le servía una copa en la piscina. Se sentía importante en aquel hotel lujo tan distinto a su vida de barrio. Se gastaba media paga en aquellas dos noches. Su mujer no supo nunca que él cobraba aquella paga extraordinaria. Era el conserje del Juzgado.

Llegaba siempre tarde. Dejaba la ropa preparada la noche anterior, pero casi nunca coincidía su estado de ánimo con los colores que había elegido antes de despertarse. Cuando ya se había duchado empezaba aquel calvario de ir poniéndose y quitándose camisas sin decidirse por ninguna de ellas. En el trabajo se le acabaron las disculpas. Un día dijo que se le había quedado la llave dentro, otro que tuvo una avería en un grifo e incluso llegó a mentir con la enfermedad de una madre a la que no veía desde hacía meses. Lo acababan de despedir por culpa de esos retrasos injustificados. Ahora se despertaba y estaba toda la mañana desnudo delante del ropero esperando a que pasaran las horas para volver a ponerse el pijama.

Alexis Ravelo sigue demostrando que quien se embarca en busca de su propio destino lo suele terminar encontrando. Acabo de finalizar la lectura de Las flores no sangran y de nuevo presenta una historia reconocible, con la marca del autor, y con un ritmo y un fondo que se emparentan con las otras novelas recientemente premiadas con el Getafe Negro y con el Dashiell Hammett. Nos reencontramos con personajes que se pueden confundir con los que vemos muchas veces por las calles de Las Palmas de Gran Canaria, aunque aquí la trama también viaja mucho al Sur de la isla y hasta se adentra por zonas residenciales de la capital que hasta ahora no habían recorrido los personajes ravelianos.
Nuevamente, todo el protagonismo lo tienen los derrotados de antemano, los que nunca ganan aunque crean que están ganando algunas batallas, todos esos juguetes rotos a los que Alexis les pone alma en cada una de sus historias. También retoma la denuncia social y vuelve a ser valiente con las recreaciones de algunos protagonistas. Lo que hace grande a quien escribe es la manera que tenga de contar algo, el estilo y el poso que va dejando detrás de cada una de las palabras. Y está claro que Alexis Ravelo sabe contar lo que ve, lo que intuye y lo que imagina. Y seguirá haciéndolo durante muchos años, enriqueciendo la vida (no solo la literaria) con personajes que terminan formando parte de nuestros propios escenarios cotidianos.
Uno se asoma a la calle y casi podría decir que transita por cualquiera de estas historias que Ravelo teclea mirando no solo al fondo de la pantalla. Se nota que ha mirado fijamente a los ojos de cada uno de sus personajes antes incluso de empezar a contarlos. Por eso son tan reales y parecen tan cercanos. Todos ellos te siguen acompañando mucho tiempo después de que ya has terminado de pasar las páginas de la novela. Esa creo que es una de las razones por las que Ravelo llega a tantos lectores. Su mundo local es tan universal como cualquiera de las conciencias humanas.

No sé qué haría mi padre con las velas de mis cumpleaños. Nunca le pregunté. Desde que murió mi madre, yo las guardaba cuidadosamente en un cajón junto con mis boliches, mis estampas y las tres o cuatro piedras que creía milagrosas y que no eran más que callaos que habían removido miles de veces las mareas de la playa. Yo soñaba con reencontrar alguna vez a mi madre para ir soplando cada una de aquellas velas junto a ella. Cuando falleció nunca tuve conciencia cierta de lo que era la muerte. Solo luego, al paso del tiempo, y cuando ya se fueron juntando demasiadas velas de cumpleaños, me di cuenta de que nunca volvería y de que los números que se soplan en las tartas se terminan borrando para siempre.

La literatura que no se renueva se va llenando de telarañas o de lugares comunes. Juancho Armas Marcelo podía haberse parado a vivir de las rentas literarias hace mucho tiempo, pero él sabe que si dejara de escribir se moriría lentamente y que cuando escribe recupera el vigor y la ilusión de un eterno adolescente. En los días de México, cuando lo veías feliz en actos multitudinarios y participativos, o cuando presentó el Réquiem habanero por Fidel en la Feria de Guadajalara, siempre repetía, haciendo alusión a una cita de Gil de Biedma, que estaba vestido de qué bien me lo paso. Su búsqueda tiene mucho que ver con esa fiesta del alma que regalan a veces unos párrafos recién escritos o recién leídos en alguno de esos libros que nos van cambiando el carácter o la vida. En Guadalajara presentaron la novela el escritor peruano Alonso Cueto y el ensayista colombiano Carlos Granés, y recuerdo a Juancho con camisa vaquera y pantalón claro vestido nuevamente de qué bien me lo paso. Ese mismo día, unas horas más tarde, lo encontré con Granés comiéndose una piña de millo asada en plena calle. Era un tipo feliz, y seguro que se parecía a aquel niño que trepaba a los árboles en el Huerto de las Flores de Agaete. La literatura también es un asidero que nos permite no enterrar para siempre a la infancia.
Pero esa felicidad de diciembre de 2014 tuvo un principio y aún tenía que tener un final mucho más ajustado a lo que se contaba en esa novela tan llena de voces, de vidas y de todos esos sueños que se improvisan a diario para no quedarnos nunca a la intemperie ni vernos derrotados por el tedio. El principio tuvo lugar el mes de mayo de ese mismo año en la Sala de Ámbito Cultural, en El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria. El azar quiso que nos tocara a Emilio González Déniz y a mí la primera presentación del Réquiem habanero por Fidel. Recuerdo el momento exacto en que recibí la novela y comencé a leerla. Juancho había vuelto a reinventarse de la mano del seguroso Walter Cepeda. Emilio y yo no teníamos otras opiniones en las que apoyarnos. Los dos coincidimos en que era una magnífica novela que le daría a Juancho muchas satisfacciones. Él recuerdo que nos llamó exagerados. Ahora, casi un año después, aquellos exagerados se alegran de no haber fallado en sus predicciones. Y, además, ese mismo destino, siempre tan sabio y tan buen autor de novelas humanas, une el nombre de Juancho con el de Umbral. Los que me conocen saben de mi devoción por el autor vallisoletano. Admiré siempre su compromiso con la literatura, un compromiso tan fuerte que era mucho más real que su vida verdadera. Umbral fue un personaje que necesitó escribir hasta el último momento para poder salvarse de los desastres y de las ausencias. Juancho tiene la suerte de tener una vida personal mucho más luminosa y caribeña que Umbral, pero tampoco podría sobrevivir sin escribir por lo menos un par de párrafos diarios. Ahora está con el segundo tomo de sus memorias, con la novela que lleva años escribiendo sobre Las Canteras y, sobre todo, con una vida novelada de Mercedes Pinto que creo que supondrá otro salto similar al de este Réquiem. El otro día, cuando le llamé para felicitarle por el premio, no podía ocultar su alegría. Repetía todo el rato que era el hombre más feliz del mundo. Yo volví a verlo comiéndose una piña asada con las manos bajo el cielo azul de Jalisco.

Acababa de perder el texto que llevaba toda la mañana escribiendo. Fue el mismo texto que se le ocurrió a aquel otro escritor en medio de la calle. Tampoco lo apuntó en ninguna parte y lo olvidó antes de llegar a casa. Finalmente fue el cuento que escribió la chica que se tomaba el café mientras miraba la pantalla en blanco. Lo leyó varios veces y luego lo borró. El escritor recuperó el texto la mañana siguiente. Lo encontró el informático. Todo estaba igual, aunque no recordaba que le había puesto nombre a la protagonista de aquel relato. Se llamaba Andrea y la imaginó escribiendo delante de un café humeante a última hora de la mañana.


Bajó a comprar caramelos. Los cogía ella misma azarosamente y los metía en una bolsa. El dueño del bazar le preguntaba por el número que había cogido y ella jamás le mentía. Llegaba a su casa y se sentaba en el salón con la tele apagada. Iba abriendo los caramelos y saboreaba el dulzor de cada uno de ellos. Le gustaban especialmente los de toffee. Ella tenía setenta y ocho años y vivía sola. Le hubiera gustado tener nietos. De niña apenas probó los caramelos. La madre trajo alguna vez caramelos de las hijas de los ingleses. No le preguntó nunca si los robaba. La madre limpió toda su vida aquella casona de Tafira. Los caramelos siempre eran de toffee. Ella los guardaba y los miraba cada noche como quien se asoma a las puertas de un paraíso soñado. Aquellos papeles de colores en los que aparecía el río Támesis o la imagen del Big Ben forman parte de los recuerdos más luminosos de su infancia. Ahora sigue viajando cada tarde a Inglaterra con el sabor de esos caramelos que elige en el bazar cada mañana. Es un viaje corto porque la nata se derrite rápidamente en la boca, pero hasta que desaparece el regusto dulce ella recuerda a su madre y también rememora aquellos sueños ingleses de su infancia.

La última discusión fue el día de mi cumpleaños. Celebraba los once años y mi casa estaba llena de compañeros de clase. Llevaban toda la vida insultándose, pero aquel día lo hicieron delante de todos mis amigos. Nunca más celebré una fiesta de cumpleaños, y en mitad de aquel mismo curso cambié de ciudad y de amigos. No volví a ver a mi padre. Cuando se separó empezó a beber y murió a los pocos meses. Mi madre jamás ha vuelto a sonreír. Cuando suspendo dice que me odia y que le recuerdo a mi padre. He repetido tres veces el mismo curso y ya me han expulsado de dos colegios.

Parecían unas pisadas de pájaro en un charco. Hacía años no se fijaba en esos detalles, pero desde que no habla con nadie hace las cosas más despacio y descubre pequeñas pistas donde los demás nunca ven nada. Acababa de fregar. Y hacía un segundo que había elevado sus manos como queriendo volar lejos de aquella cocina y de aquella casa en la que vivía con un hombre que no la quería desde hacía muchísimos años.

Antes había pocas fotografías, pero perduraban más en el tiempo. La boda de los abuelos, la imagen de una niña con tirabuzones ante un paisaje casi edénico al fondo o las fotos familiares iban pasando de una generación a otra hasta que amarilleaban tanto que casi se borraban los rostros de los retratados. De vez en cuando aparece alguna de esas fotos en los trasteros y la miramos como se mira a los desconocidos que nos resultan cercanos. Encontramos gestos similares a nuestros propios gestos, una parecida curvatura de los labios y a veces el mismo aire melancólico en la mirada. Nuestras fotos de niño también están en esos álbumes que abrimos cuando regresamos a la casa de nuestros padres. Son fotografías de colores intensos y vivos, en muchos casos exagerados, como si los fotógrafos hubieran querido compensar con mucha tinta coloreada el blanco y negro de tantos años. Podemos tocar la imagen del que fuimos y reconocer nuestros rasgos de antaño. Cada fotografía es un fogonazo en mitad de la nada, una manera de detener el tiempo, aun sabiendo que el tiempo jamás se detiene en ninguna parte.
Los viejos tienen pocas fotos y muchos recuerdos, y cuando te cuentan su infancia detallan los paisajes, los olores y todo lo que pueda servirnos para que veamos lo mismo que vieron ellos. Me imagino que dentro de muchos años las fotografías digitales se acabarán pareciendo a esas viejas imágenes en blanco y negro. En lugar de aparecer en los trasteros alguien las encontrará en cualquier página web o en una red social que posiblemente para entonces ya estará olvidada. Pero también corremos el riesgo de que todas esas fotos desaparezcan en cualquier momento por un virus o un apagón informático inesperado. Alguien recomendaba el otro día que sacáramos copias en papel de las fotos que queramos conservar para siempre o de las que queramos que puedan aparecer alguna vez en caóticos trasteros o en alguna tienda de antigüedades. Si esa aparición fuera en la pantalla, es muy probable que alguien nos acabe moviendo aunque ya no estemos. Ampliará y reducirá nuestros ojos con los dedos y hasta puede que sea capaz de dibujar una sonrisa con algún programa informático. En los papeles las fotos no se mueven si no hay alguien que las cuente o que imagine la vida de las personas que aparecen en ellas. Por eso me gusta sentarme con los viejos que miran las fotos del pasado y comienzan a moverlas solo con sus recuerdos. Te cuentan lo que no se ve en la imagen, cómo era la voz de quien sonríe ufano o lo que le gustaba a quien mira hierático a la cámara sin saber que muchos años después alguien le iba a estar contando. Esas otras fotos que durante años amarillearon o se cubrieron de polvo en los desvanes nos sirven para saber que no somos más que imágenes que de vez en cuando sonríen entre los flashes del tiempo.

Todos los paraguas vienen con un número prefijado de aperturas. Algunos se rompen la trigésimo cuarta vez que los abrimos y otros resisten cientos de días lluviosos sin que se les doble uno solo de sus hierros. A él le falló en medio de un aguacero y no le quedó más remedio que buscar cobijo en el primer balcón que se tropezó en la calle. Fue entonces cuando salió ella del portal. No la había visto nunca y se enamoró de inmediato. Desde entonces ronda su casa a todas horas. No la ha vuelto a ver. Tampoco ha llovido desde aquel día. En su mano derecha lleva siempre el paraguas roto en el último aguacero.



Nunca sabes cuando eres un impostor. Y si lo sabes huyes hacia delante confiando en que nadie se dé cuenta. Un buen día te ves interpretando un papel que nunca habías buscado y, sobre la marcha, has de cambiar los guiones de tu vida para ser ese que todos esperan que seas. No siempre sale bien, pero sé de algunas personas que a fuerza de perseverar en ese otro terminan siendo los mejores intérpretes. Se cuenta que Chaplin fue una vez a un concurso de imitadores de Charlot y que no pasó de las eliminatorias previas. Los otros que habían aprendido a imitarlo eran mucho más creíbles que él. A veces no sabemos si no somos más que unos imitadores de aquello que nos dijeron que teníamos que hacer cuando íbamos al colegio. Y si alguna vez nos damos cuenta, casi siempre echamos tierra sobre nuestros pensamientos y seguimos siendo ese personaje que tiene poco que ver con nuestros propios sueños.
Estos días he estado leyendo El impostor de Javier Cercas. Todo lo que leo de Cercas me parece grandioso. Me gusta como juega con la realidad y la ficción, y como vuelve mentiras las verdades y viceversa. En este libro cuenta la historia de Enric Marco, un hombre que durante toda su vida se convirtió en un personaje tan irreal, y al mismo tiempo tan creíble, como lo fue el Quijote de Cervantes. En este caso, como recuerda el escritor, Marco quiso vivir sus aventuras en la propia realidad y logró engañar a todo el mundo durante muchos años. Se convirtió en el portavoz de los españoles que habían estado prisioneros en los campos de concentración nazis sin haber estado en ninguno de ellos. Impartía charlas, recibía homenajes y hacía llorar a los que le escuchaban detallando las supuestas atrocidades que vivió tras las alambradas de aquellos campos. Fue el gran impostor al que luego todos masacraron cuando conocieron la verdad de su impostura y de su fingimiento. Pero también fue capaz de tener familias paralelas, de hacerse pasar por un luchador clandestino en el franquismo sin haber salido del barrio en el que trabajaba como mecánico y de llegar a presidir la CNT a mediados de los setenta. Leyendo la vida de Marco tan bien contada por Cercas uno empieza a repasar la trayectoria de muchos impostores conocidos que han vivido siempre sin ser quienes realmente son, o falseando títulos, vivencias y compromisos. Esa lectura, además, coincidió con los días en que salía a la calle y me encontraba a los que se disfrazaban para ser esos otros que esconden celosamente todo el año. La vida tiene mucho de carnaval y de impostura, la de cualquiera de nosotros. A veces te miras al espejo y te preguntas si realmente no eres más que el que los otros quisieron que fueras. Yo creo que por eso necesitamos tanto la ficción. Cada uno de nosotros quiere viajar de vez en cuando a la grupa de un Quijote o de alguna quimera que nos salve.

Anoche estuve en el concierto de Jorge Drexler en el Auditorio Alfredo Kraus. Llegué azarosamente, como llegan las letras de casi todas las canciones del cantautor uruguayo. Lo vi varias veces cuando empezaba hace más de veinte años en Madrid. Tocaba en el Café La Palma, en el Foro o en Libertad 8. Anoche contó que la primera vez que había venido a Las Palmas había sido con Javier Álvarez de telonero. Mucho ha llovido desde entonces, y de todos aquellos cantautores solo sobreviven los que supieron ir avanzando y rebuscando con el paso de los años. Drexler llega ahora con Grammys recientes y con un Óscar; pero no ha perdido la naturalidad y la cercanía de aquel joven que se subía a los escenarios recién llegado de Montevideo.
Anoche nos invitó a bailar en su cueva, y lo hizo desgranando versos y emociones, cadencias y también ritmos que te levantaban inmediatamente del asiento. Nada se pierde. Lo recordó en una de sus canciones más conocidas. Todo se transforma. Lo sabemos los que hemos vivido nuestras propias metamorfosis. Habló de Fusión, recordó a Raquel, nos invitó a que siguiéramos remando para llegar al otro lado del río y revivió a Agustín Lara con una versión de María Bonita que nos puso los pelos de punta. Reivindicó el lirismo y la memoria de lo vivido, y recordó que la música era el principio, lo que sonaba en la cueva antes de que llegaran las palabras y los tecnicismos. Aquel ser que se encerraba sin saber qué diablos hacía en el mundo se sigue pareciendo mucho a cada uno de nosotros. Por eso continuamos cantando. Para espantar soledades y para celebrar que seguimos vivos.

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