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Archivos Febrero 2015

Ya no le doy importancia. Escribo y las palabras se terminan separando donde ellas quieren. Las primeras veces perdía los nervios cuando veía los guiones en medio de las frases. Ahora me siento, escribo un rato y dejo que cada palabra se desgaje como le parezca. Incluso mi nombre se ha dividido en tres sílabas que no han vuelto a juntarse. An-Sel-Mo. Cada sílaba se mueve luego por los renglones como le viene en gana. Sel puede estar en medio de dos verbos y Mo al principio de alguna frase. An podría ser un buen final, pero ustedes no lo entenderían si no les explicara esto que ahora leen en sílabas que he tenido que juntar cientos de veces para que no se entremezclen con otras ideas o con otros nombres. En cualquier momento se terminarán dispersando nuevamente en la pantalla.

Él le dijo que la quería y ella se marchó con él sobre la marcha. Llevaba quince años con el otro hombre y lo dejó herido de muerte; pero ese otro hombre al que dejó encontró un nuevo amor y ahora dice que la vida le ha sonreído nuevamente. El otro le acaba de decir a ella que ya no la quiere y se ha ido con otra mujer que a su vez ha dejado a otro hombre enamorado. Cada seis meses ese hombre destruye una pareja. Lo lleva haciendo desde hace diez años. Y además ataca siempre a las parejas que ve felices. Es muy atractivo, tiene mucho dinero y una pena lejana de cuando lo dejó la única mujer a la que había amado justo a los seis meses de haberla conocido. Él llevaba flores cuando acudió a aquella cita lejana; pero la mujer que le ha marcado tanto la vida ni siquiera vino a despedirse. Él tampoco se despide. Las deja de querer y las llama por teléfono antes de marcharse con la nueva conquista.

Hace un par de meses, un grupo de escritores canarios y una editora estuvimos por tierras mexicanas hablando de literatura, aprendiendo y disfrutando de unos días inolvidables. Uno de los motivos de ese viaje era la intervención en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIC), la gran fiesta literaria del mundo hispano, para hablar de nuestras obras y de la literatura que se está escribiendo en las islas. Íbamos invitados por la Cátedra Vargas Llosa, la Fundación Cervantes Virtual y la propia FIL. Estos días hemos recibido el vídeo íntegro de aquella intervención en la que participamos José Luis Correa, Rafael-José Díaz, Guadalupe Martín Santana y un servidor. Lo comparto con todos ustedes. (El sonido mejorará a partir del minuto 2')

No era solo el tiempo. La tinta de las fotos también había borrado algunos de sus rasgos más reconocibles. Estaba en la cubierta de aquel barco con el traje que se compró para el viaje. Nunca había llevado corbata. Por eso siempre me resulta tan extraña su imagen. Casi era un niño. Éramos mellizos. Acabábamos de cumplir veinte años. Nos escribió los primeros meses, pero luego le perdimos la pista, aunque yo siempre supe que estaba vivo en alguna parte. Hace cincuenta años que no nos vemos. Hoy me he despertado de madrugada. Acababa de soñar que se despedía de nuevo agitando el mismo pañuelo y diciéndome con los ojos que nosotros jamás nos separaríamos. Yo también tengo la impresión de que nos volveremos a ver pronto donde mismo se distanció nuestro cuerpo.

Lo fui siguiendo por las calles sin que él se diera cuenta. Llevaba el carro de la compra con una mano y en la otra tenía un racimo de uvas. Acercaba la boca al racimo y arrancaba cada uva como si estuviera besando un cuerpo. Escuchaba música mientras andaba. Me hubiera gustado saber qué música sonaba en ese momento en su cabeza. Cuando terminó las uvas se quedó con el racimo. No lo tiró en ninguna parte. Desde lejos, parecía como si llevara el otoño en la palma de su mano. Cerró el puño y supongo que sentiría el leve crujir de noviembre entre sus dedos.

El otro día saqué una foto del Risco de San Nicolás. Amanecía y a esa hora los colores de las casas son todavía más luminosos. Me gusta ver la ciudad desde la altura de los Riscos. Subo corriendo muchas mañanas por el barrio de San Roque solo para ver amanecer desde sus improvisados miradores. También me adentro cerca de las fincas que están junto al Guiniguada. Estos días de febrero los pájaros cantan más sinfónicos y con más estruendo entre las plataneras. Y hasta los gallos parece que se quieren sumar a esa fiesta cada mañana. La ciudad aparece lejana con sus ruidos de coches y sus luces intermitentes. Y siempre está el mar. A veces ni lo miramos, pero si no estuviera andaríamos desorientados.
A la foto del Risco de San Nicolás la titulé La mirada de Oramas. La había sacado desde la acera del antiguo hospital San Martín, y lo que veía es lo que vio tantas veces Jorge Oramas desde la habitación en la que estuvo encerrado tanto tiempo. El escritor Emilio González Déniz, cuando vio la foto, comentó que es la vida la que imita al arte. Las casas que vio el pintor no eran de colores. Cuando él miraba solo había casas sin encalar, y en muchos casos ni siquiera podríamos decir que fueran casas.
En la planta baja de San Martín está exponiendo Augusto Vives. No dejen de acercarse. Augusto cuenta siempre que crea desde el lado oscuro de su alma, mirando muy hacia dentro. No es un hombre apesadumbrado, pero sabe que el arte se alimenta casi siempre de la herida que en muchos casos ni siquiera sabemos de dónde proviene. El cielo bajo los pies que propone el artista nos acerca a la grandeza de lo cotidiano y nos enseña a mirar en el fondo de los charcos de nuestras propias profundidades. Augusto Vives comienza la exposición citando a Alfred de Musset y recordando que a veces la imaginación abre unas alas grandes. Como buen creador, él sabe que lo que somos no es más que lo que terminamos soñando mucho más allá de lo que tenemos delante.

Hablaba sola antes de quedarse dormida. Cuando era niña le contaba historias a sus peluches. Nunca la vio nadie. Ahora tampoco la han visto. Su marido y sus cuatro hijos suelen quedarse dormidos mucho antes que ella. Creen que es una mujer sin imaginación. No ha hecho más que trabajar para ellos. Cuando habla sola se imagina una vida distinta cada día. Aún se pregunta cómo se dejó cortar las alas con solo veinte años. Era una mujer enamorada y aquel hombre se parecía al príncipe que recreaba en sus noches de soliloquio. Entonces creía que no había ningún sueño imposible. Ese hombre no la besa desde hace por lo menos diez años.

-¿Por qué cantas?
-No lo sé, pero si no cantara moriría.
-¿Y los otros qué opinan de tus cantos?
-Me da igual lo que opinen los otros. Yo solo intento cantar un poco mejor cada día.
-¿Y si no te hacen caso?
-Da lo mismo, aunque siempre habrá alguien que se emocione con mi canto.
-¿Quién te enseñó a cantar?
-Comienzas como si fuera un juego, piando poco a poco, y un buen día, tras muchos años de dedicación diaria, logras cantar todo aquello que ni siquiera eras capaz de soñar cuando empezabas.
-¿Y si no cantaras?
-Cuando no canto me gusta escuchar lo que entonan los otros, y también aprovecho para aprender del silencio.
-¿Tú crees que yo podré cantar?
-Todos podemos cantar. Depende de tus ganas, de tu esfuerzo y de tu talento. Y si no puedes cantar no pasa nada. No todo el mundo nace para hacer lo mismo. Pero siempre tendrás algún talento que no tendrá el resto de la gente. Tienes que buscarlo. Con tranquilidad y haciendo lo que realmente puedas.
-Pero vuelvo al principio, ¿qué pasaría si no cantaras?
-Probablemente estaría muerto hace mucho tiempo. Cuando canto me curo de todas las heridas y alejo a todos los envidiosos. Cuanto mejor cantes, más lejos estarán ellos.


Borraba todo lo que escribía. Así estuvo día tras día durante varios meses. Se encerraba y escuchabas el sonido del teclado toda la mañana. Luego seleccionaba todo lo escrito y le daba a la tecla de borrar sin ningún remordimiento. Una vez satisfecha su ficción diaria salía a la calle y caminaba un rato fijándose en todos los futuros personajes que haría desaparecer de la pantalla.

No sabíamos qué hacer. Aparecía su nombre, su apellido y su teléfono de contacto. El hombre había muerto de repente. Estaba obsesionado con esas tarjetas y había dejado más de cinco mil en distintas cajas pequeñas que estaban por toda la habitación. Uno se va y queda su nombre y sus apellidos. También su teléfono hasta que alguien le da de baja y pasa a ser de otro que contestará las primeras veces disculpando la ausencia. Yo hacía tiempo que quería cambiar de vida. Vivía en la misma pensión. Me ofrecí a tirar todas aquellas tarjetas; pero nunca lo hice. Subí a un barco con el coche cargado de cajas y me cambié de ciudad. Pude conservar su número de teléfono y ahora soy el que aparece en las tarjetas. Me encanta entregarlas cuando conozco a alguien. A veces me llaman. A lo mejor aquel hombre que un día apareció por la pensión también había salido con esas mismas tarjetas de otra ciudad lejana en la que le llamaban por otro nombre.


Los dos habían escapado a una ciudad lejana. Ese viejo que parecía la persona más cándida del mundo llevaba tres semanas viniendo a comer a su restaurante. Se había jubilado y había tenido que marcharse del lugar en el que había estado dando clases cerca de cuarenta años. Había destrozado la vida de muchos niños con sus humillaciones. Ninguno se había atrevido a denunciarle, pero él temía que en cualquier momento se le acercara alguien y le diera una paliza en mitad de la calle. Lo habían amenazado muchas veces. El dueño del restaurante lo miraba y recordaba los días en que le sacaba a la pizarra y le terminaba golpeando delante de toda la clase. Se reía a carcajadas de su incapacidad para resol-ver los quebrados. El día que se orinó delante de todos los compañeros no quiso regresar al colegio. A sus padres les daba lo mismo que estudiara. Se vino a esta ciudad cuando salió del cuartel y ahora es dueño de un restaurante. Mira al anciano desde la barra. Lo ve comer con sus manos temblorosas. Parece el viejo más cariñoso del mundo.

A veces uno está buscando una calle y acaba encontrando el amor de su vida. O busca el amor de su vida y termina hallando un buen argumento para escribir un relato. Nunca sabes dónde terminarás llegando y muchas veces llegas justo al lado opuesto que estabas buscando. Algunos de los grandes descubrimientos de la humanidad tienen que ver con esos cruces de azares inesperados. Cristóbal Colón buscaba llegar a las Indias y se encontró un nuevo continente cuando Rodrigo de Triana avistó tierra en el horizonte. Nuestros horizontes también se asemejan a los de Colón, y casi nunca somos conscientes de nuestros hallazgos hasta que no pasa el tiempo. Todo el mundo descubre continentes que cambian la dirección de sus pasos. Un libro, una mirada, un viento frío que nos empuja a entrar en una cafetería, un semáforo que nos detiene, cualquiera de esos pequeños sucesos cotidianos nos puede cambiar por completo la existencia.
Alexander Fleming dejó un día un cultivo con la bacteria del stafilococo en su laboratorio y se fue de viaje un par de semanas. Cuando regresó comprobó que ese cultivo se había contaminado con un hongo que había impedido el crecimiento de la bacteria. Acababa de descubrir el antibiótico. Buscaba otro hallazgo y mientras él viajaba se estaba gestando uno de los descubrimientos más determinantes para la vida de los humanos. Lo que a veces creemos que son errores no son más que pasos necesarios. Casi todas las grandes novelas, desde El Quijote de Cervantes al Ulises de Joyce se escribieron cuando sus autores ya no encontraron las salidas habituales y tuvieron que inventar otras nuevas para darles sentido a sus argumentos y a sus personajes. Evidentemente ese azar inesperado también se fragua en el trabajo y la constancia. Sin esfuerzo es casi imposible que termine apareciendo algún milagro. Otra cosa es lo que acabemos encontrando. El otro día escuchaba una entrevista a Sparwasser, el jugador de la RDA que marcó el gol contra Alemania Federal en el partido que jugaron las dos Alemanias en el Mundial 74. Todo el mundo preveía una goleada de los occidentales y con aquel gol Sparwasser se convirtió en un ídolo nacional en su país. Contaba que pudo marcar porque no controló bien el balón. Estaba rodeado por tres defensas, entre ellos Vogts y Beckenbauer, y al darle el balón en la nariz salió hacia donde nadie esperaba y se quedó solo delante del portero Sepp Maier. Él repetía todo el rato que ese gol que cambió su destino hubiera sido imposible sin aquel fallido control. También en nuestra vida acontece muchas veces lo contrario de lo que buscamos. Y justamente en lo que creíamos que eran errores o metas no alcanzadas es donde terminamos hallando nuestra felicidad diaria. Cualquier nubarrón pasajero también se parece mucho a ese control de Sparwasser.

Todos los domingos lo ves salir con la mochila y con un palo. Llega a la estación y se sube a cualquiera de las guaguas que se dirigen hacia los pueblos. Baja en la última parada y se echa a caminar entre barrancos y montañas. Siempre va solo. Es un aventurero que entre semana trabaja ocho horas diarias en una oficina. Cuando era niño quería ser explorador. Ahora nadie le pregunta si es feliz con la vida que lleva. Está casado y tiene dos hijos estudiando en la universidad. Cuando camina por los campos sueña que tiene veinte años y que está empezando a descubrir el mundo. No regresa tarde. Siempre ha llegado a la hora del almuerzo. Su familia solo le pide que compre queso y pan de campo.

Se vieron casi todos los días durante veinte años. A él le gustaba ella, y a ella le gustaba él; pero jamás se habían confesado ese amor que cada uno creía idealizado. Él la había visto con otros hombres, y ella a él con otras mujeres. A ninguno de los dos le duraban mucho aquellos romances. Eran vecinos y se ponían colorados cada vez que se tropezaban. Él pintaba cuadros pensando en ella y ella escribía poemas recordando su mirada; pero eran dos artistas secretos. Ella era profesora y él abogado. Así estuvieron durante veinte años, transitando deseos por la misma calle. Solo conocieron sus respectivos nombres. Ella se llamaba Estela y él se llamaba Gerardo. Nunca supe si terminaron juntos. Les perdí la pista cuando empecé a confundir todos los nombres.

Estuve en la inauguración de la exposición retrospectiva del escultor Plácido Fleitas en el antiguo Hospital San Martín de Las Palmas de Gran Canaria. Fleitas murió en 1972, pero las formas que dejó en sus piedras perduran mucho más allá que su presencia. La curadora de Arte Moderno, Inés de Durán, comentaba el detalle de los ojos vacíos. Todos sus rostros humanos tenían los ojos huecos, como si miraran a la nada. Pero lo más que me llamó la atención de Fleitas fue lo que comentó Augusto Vives cuando recordó que trabajaba directamente en los barrancos. Luego apareció una fotografía del escultor cincelando una de esas piedras en el fondo de un barranco. Sus manos tanteaban la piedra rebuscando más allá de lo que tenía delante. El artista ve lo que ni siquiera reflejan las sombras. Por eso, cuando contemplas las obras de Fleitas, parece como si miraras en el interior del alma de las rocas. Casi siempre hay cavidades y huecos, como en el alma de cualquiera de nosotros.

No necesitaba mirar nunca la hora para saber si llegaba a tiempo. Cada mañana se tropezaba a la misma gente, y según dónde viera al hombre de mirada limpia, a la joven melancólica, a la mujer con la eterna sonrisa o al adolescente que siempre mira al suelo, aceleraba o frenaba sus pasos. No conocía a ninguno de ellos, pero con el hombre de mirada limpia y con la mujer que sonreía se saludaba como si los conociera de toda la vida. Cada día y cada noche, mientras ellos dormían o pensaban en otras cosas, todos sus movimientos y sus decisiones tenían que conjurarse para llegar a coincidir en ese breve encuentro diario. Él pasaba de largo, como si no aconteciera nada grandioso a su lado, pero si algún día no los encontrara se quedaría extraviado en mitad de la calle.

Aquí siempre hemos creído que los muertos siguen paseando por las calles hasta que encuentran la salida hacia la nada. Les dejamos comida y bebida en la puerta y ellos vienen cuando estamos durmiendo. A veces coincidimos los desvelados. Cuando nos ven con los ojos abiertos tienen miedo. Ellos también dejan agua y alimentos junto a las puertas.

Cada acorde era una punzada de ausencia. Todos los domingos por la tarde se sentaba ante el piano y repetía el mismo repertorio. Cerraba los ojos y lo imaginaba sentado a su lado. La música atrae a los muertos y ella sabía que él estaba escuchando como mismo la escuchó cada domingo por la tarde durante cuarenta años. No tenía que mirar las partituras. Cuando cerraba los ojos ella también pensaba que estaba muerta. Los vecinos que pasan por la calle no saben que en esa casa ya no vive nadie desde hace siete meses.

Salacot es la primera novela de Jonás Meneses. Conozco al autor hace tiempo y sé de su insistencia literaria, de su formación y de su disciplina a la hora de escribir y de rebuscar más allá de las palabras. La publicación de una primera novela suscita ilusiones y miedos a partes iguales. Uno sabe que ha cumplido un sueño; pero al mismo tiempo teme que ese sueño se vuelva efímero o no cumpla con las expectativas deseadas. También es el momento de enfrentarte al lector y de que sea otro el que se crea tus historias y le ponga cara, voz y alma a tus personajes. Son muchos los que se quedan en ese primer libro. No será el caso de este autor que ahora se estrena en las librerías. Su primera novela sorprende desde la primera página y te mantiene en vilo hasta que cierras el libro y comienzas a formularte toda clase de preguntas. Los libros que terminan interrogándote son los que nunca pasan de largo.
Jonás Meneses es físico, y eso se nota en la estructura de Salacot. Juega con la relatividad del espacio y del tiempo y nos lleva desde Gáldar hasta Tanzania sabiendo que las palabras no son más que asideros que nos permiten viajar más allá de los mapas o construir un mundo en medio de la nada. Alguien se adentra en una alcantarilla de Las Palmas de Gran Canaria y se extravía en otras dimensiones que no somos capaces de vislumbrar si no buscamos un poco más allá de lo que tenemos delante. También hay quien baja por unas escaleras de un misterioso hallazgo en San Isidro de Gáldar y se encuentra en medio de la selva, en otra época, con otras gentes, pero siendo finalmente el mismo personaje. Todos somos siempre el mismo personaje aunque no recordemos los muchos papeles que hemos ido interpretando. Los físicos hablan de agujeros de gusano, pero cuando te lo explican con fórmulas te pierdes en la segunda ecuación o ya no sabes qué significan todos esos símbolos que llenaban aquellas pizarras de los años escolares. Creo que la abstracción de las letras es al final la que mejor explica la física, la química o las matemáticas. Cuando Alicia atraviesa el espejo o cuando Orlando se convierte en hombre o mujer, o en el momento en el que Gregorio Samsa se vuelve insecto, estamos entendiendo todas las posibilidades que nos brinda el espacio, y también las infinitas combinaciones matemáticas del universo. Salacot es una magnífica obra literaria que a través de una serie de personajes nos da pistas sobre la condición humana y sobre todas esas posibilidades que tenemos para cambiar nuestros propios argumentos. Uno se alegra cuando un amigo escribe una buena novela, y lo menos que debo hacer es compartir esa alegría e invitarles a que la busquen y la lean para que también participen en ese juego del tiempo, siempre tan relativo, y a la vez tan emocionante y tan sorprendente.

Lo primero que hacía cuando se despertaba era anotar en una hoja todo lo que iba a hacer ese día. Nosotros nos burlábamos de esa manía que seguía conservando muchos años después de haberse jubilado. Anotaba tareas sin importancia como salir a buscar el pan, sentarse a leer el periódico o llamar por teléfono a alguno de sus hijos. Antes de acostarse, se acercaba al bloc y tachaba todo lo que había hecho. La tarde que lo encontramos muerto no había ninguna tarea pendiente después del mediodía. Me imagino que no se le ocurriría nada que apuntar o que de alguna manera presentía su propia muerte. Una vez leí que los que saben que van a morir dejan en blanco las páginas que tenían que haber escrito. A veces una página en blanco no es más que un anuncio de despedida.


Amasaba la harina de aquel pan pensando en su cuerpo. Estaba obsesionado con aquella mujer que compraba en su panadería. Ella le pidió una barra y él cogió justo la que había apartado del resto a primera hora de la mañana. La vio marcharse. Jamás sería capaz de confesar que la amaba, pero de alguna manera se quedaba tranquilo sabiendo que aquellas caricias que había dejado en el pan acabarían llegando a sus labios.

Veía a todas horas viejas películas de la ciudad en la que llevaba viviendo toda la vida. Lo buscaba a él por las mismas calles que lo había visto pasar durante más de treinta años. Ni siquiera sabía su nombre, ni que había muerto atropellado un día de otoño de 1994. Se fijaba solo en los transeúntes que aparecían en segundo plano cuando alguien grababa una boda, una inauguración o el recuerdo de algún viaje.

Alguien le dijo que estaba esperando algún regalo. Se había puesto el pulóver al revés y había salido a la calle. Esperaba por el pan y era domingo por la mañana. Aquella mujer que se había atrevido a decirle que tenía la etiqueta por fuera se fue luego con él a tomar un café en la plaza de la catedral. Llevan juntos treinta y cinco años.

La primera vez lloró con lágrimas de color rojo y todo el mundo pensó que era sangre, pero eran lágrimas de ira. La segunda vez, delante de toda la clase, lloró verde porque era un dolor que aún no había madurado. Realmente no sabía por qué estaba llorando. El día que se manchó la ropa con lágrimas color naranja fue él quien primero se asustó. Estaba recordando un atardecer lejano mientras los alumnos contestaban las preguntas de un examen. Recordó a una novia de la que no había vuelto a saber nada en todos esos años. Aquel color del atardecer era el mismo que le empezó a manchar la camisa y la cara como si fuera un payaso.

No recuerda la primera vez que le pasó, pero sí que esa fue la razón por la que se enamoró de su primer amor. La miró en clase y vio nítidamente el trazo y el brillo de su fémur. Lo veía por debajo de la ropa y de la carne. Jamás ha vuelto a ver un fémur como el de que aquella mujer con la que luego estuvo viviendo ocho años. Ve el fémur de toda la gente que pasa a su lado. Nunca se lo ha dicho a nadie; pero es capaz de estar horas y horas contemplando ese hueso maravilloso. Según se dice a sí mismo, cada cual tiene su encanto en su propio fémur. La gente no lo sabe y sigue confundiendo el fémur con el color de los ojos, con las curvas o con el volumen de los senos. Según él, lo que realmente nos atrae es el hueso más largo del cuerpo.

Los perros aúllan cuando barruntan la muerte. También anticipan lo que nosotros ni siquiera somos capaces de intuir. Nos creemos los seres más evolucionados del planeta y no nos damos cuenta de que cada ser vivo tiene un proceso tan milagroso como el nuestro. Ya quisiera yo encontrar en las personas la lealtad que he encontrado en los perros que me han ido acompañando a lo largo de mi vida. Desconocemos el cerebro de los animales y solo estamos empezando a conocer el nuestro. Con el tiempo, según esos estudiosos, seremos capaces de presentir como los perros, y lo que espero es que entonces también aprendamos a ser más leales y menos complicados y belicosos.
Hace unos días, unos investigadores de la universidad de Nueva York, descubrieron que nuestros cerebros también cuentan con un etiquetado del comportamiento, y que todo lo que vivimos, por intrascendente que nos parezca, se queda grabado hasta que otra vivencia semejante lo recupera de ese olvido pasajero. Por eso los enfermos de Alzhéimer rememoran con todo lujo de detalles cada momento que vivieron en su infancia. Recuerdan nombres, cuadros que estaban en las paredes de sus casas y esos olores que nos guían siempre que emprendemos cualquier viaje en el tiempo. En el cerebro sí te puedes bañar varias veces en el río de Heráclito de Efeso. Cuando escribes te nutres de todas esas vivencias que ni siquiera sabías que habías conservado en esos recovecos que se manejan solos y que luego te sorprenden en cualquier calle, o escuchando alguna canción que aviva todos los recuerdos. Yo creo que también influye ese etiquetado tan parecido a los sistemas informáticos en el brillo de las miradas de quienes nos encontramos por la calle. Algunos creen que los demás los vemos como ellos quieren, y sin embargo es la suma de vivencias lo que hace que unos ojos resplandezcan y que otros nos parezcan tan opacos y tan hueros que casi evitamos tropezarnos directamente con ellos. La emoción se retroalimenta de lo que nosotros mismos le vayamos enseñando. Yo creo que el triunfo de los buenos tiene mucho que ver con esos compartimentos del cerebro. Las maldades se juntan con otras maldades y cuando se recuerdan acaban convirtiendo la vida de quien las llevó a cabo en un infierno. En la otra orilla, quienes han tratado de sembrar concordia terminan con esas miradas que nos devuelven los viejos que han sabido vivir sin ir pisando cadáveres por ninguna parte. Yo supongo que los perros intuyen todo eso desde hace siglos, lo mismo que otros seres vivos que no se matan entre ellos por maldad, creencias o parecidos físicos. Tranquiliza saber que todo lo vivido está a salvo en algún lugar del cerebro. Al fin y al cabo, las metáforas o los acordes no son más que pistas para que lleguemos a esas emociones que hibernan en nuestros propios universos.

Se encontró a un joven con la misma camisa que él llevaba a todas horas cuando tenía veinte años. Han pasado cuarenta años; pero estaba seguro de que era la misma camisa que él vestía cuando quedaba con su novia o salía de fiesta con los amigos por los bares del Puerto. Ese joven también tiene sus mismos ojos y una manera de andar que casi podría jurar que es la suya de entonces. Espera a una chica rubia que está a punto de salir de un edificio con flores en los balcones. Es su novia de aquellos años. La enterró hace seis días en el cementerio que está al final de la calle; pero él está seguro de que era ella y de que era él con la misma camisa de entonces.

No contó con la lluvia. La bailarina lloraba desconsoladamente. Acababa de cumplir trece años. Justo cuando tenía que salir al escenario comenzó el gran diluvio. Así lo llamaron luego en los periódicos. Toda su vida había intentado compensar aquel momento. Su familia, sus amigas y sus vecinas esperaban entre el público que abarrotaba la plaza de la Catedral. Dejó el ballet para siempre. Ahora la aplauden después de las representaciones teatrales o cuando recoge algunos de los muchos premios que ha ganado; pero ningún aplauso logrará compensar nunca la frustración de aquel día en que llevaba el tutú rojo que le había cosido su abuela.

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