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Archivos Enero 2015

Se tocó los labios y reconoció cada una de las espinas que ocultaba la sensualidad de su carne. Ellos nunca se daban cuenta de que morían en la dulzura de sus besos.

Siempre estaba en la parada del bingo. Conocía a cada uno de los clientes y sabía de antemano cuál había sido su suerte antes de que se subieran al taxi. Elegía la música según sus estados de ánimo y alguna vez ni siquiera se atrevió a cobrarles la carrera. Él prefería no cambiar de parada. De alguna manera les ayudaba a olvidar sus fracasos. Casi todos decían que no regresarían nunca más, pero al día siguiente estaban buscando su taxi en la parada con la misma mirada perdida y con los mismos deseos de que se acabara el mundo antes de llegar a sus casas. Conducía y les iba haciendo preguntas para que no recordaran todo el dinero que habían perdido. Incluso cuando ganaban y se mostraban contentos y generosos con la propina, él ya sabía que solo estaban anticipando la derrota del día siguiente.

Se marchaba cuando se sentía vigilado. Ninguno de nosotros era capaz de convencerle para que dejara de lado aquellas paranoias. Primero retiraba los espejos y luego cubría con telas oscuras todas las ventanas. Finalmente, cuando ya decía que no tenía dónde esconderse, malvendía los pisos o dejaba las casas alquiladas perdiendo las fianzas. Siempre repetía que a partir de los tres años todas las casas comenzaban a vigilarle. Yo ayer noté como si alguien me estuviera mirando desde el cuarto de baño. Hoy tengo miedo a regresar a mi casa. Me ha costado mucho dinero y no tendría adónde ir si tuviera que mudarme. La compré hace tres años.

Cada vez que se desorientaba se apoyaba rápido en alguna barandilla y no se movía hasta que volvía a recordar su nombre. Parecía un náufrago agarrado al último madero del océano. Miraba a todas partes y no conocía a nadie. Los empleados de la residencia se acercaban y le ayudaban a caminar hasta su cama. Él se dejaba llevar sin saber hacia dónde lo estaban conduciendo. La cama también seguía siendo parte del naufragio. Cerraba los ojos y soñaba que se hundía definitivamente en el agua.

Le pedía siempre un café con historias cuando se sentaba en la terraza. Ella se acercaba a la máquina y trataba de prepararle el mejor café de la mañana. Él sacaba su bloc y no paraba de escribir hasta que llegaba la hora del almuerzo. A veces le leía algunos de sus relatos. Ella se había venido a París para ser escritora. Llevaba en la ciudad más de treinta años. Mientras él movía el bolígrafo por las páginas ella iba recitando mentalmente todos los argumentos que querría haber escrito en esos treinta años que lleva trabajando de camarera.

La música te lleva a todas partes. Hay canciones que buscamos cada cierto tiempo como mismo busca el oxígeno un buceador que lleva mucho rato debajo del agua. Nos reconfortan y nos sirven para saber que todo lo que vivimos tiene una banda sonora reconocible para cada uno de nosotros. Digamos que esos son los asideros que uno sabe que están siempre a mano para cuando precisamos regresar a algún recuerdo o alentar nuevos optimismos que nos salven. Luego están las otras canciones, las que no esperamos y nos sorprenden en la radio del coche o en mitad de cualquier calle del mundo. Hace unos días en México D.F. escuché una versión de La llorona que casi me deja viviendo para siempre en los alrededores del zócalo. También me pasó una vez en Londres con un hombre desgarbado y con pinta de alcohólico que cantaba el Strawberry fields forever de los Beatles. Y recuerdo una mañana de primavera en un café de Viena escuchando sonatas de Bach. Alguna vez cierro los ojos y pienso que sigo en aquel café mientras fuera cae la nieve y yo leo un libro de Szimborska dejando de vez en cuando que el violonchelo haga las pausas necesarias entre poema y poema.
Podría recordar toda mi vida uniendo acordes que me han ido llevando por el mundo. Ni siquiera hace falta que te muevas de tu propia casa para viajar lejos. Ahora me sucede cada dos por tres en la calle Triana de Las Palmas de Gran Canaria. Hay un cantante con barba que parece que va eligiendo las canciones que quiero escuchar cada tarde. Un día es Jorge Drexler, otro Aute y otro Pablo Milanés, Joan Manuel Serrat o Silvio Rodríguez. También me detengo con los violinistas, con un cantante de boleros que sigue el rastro melancólico de Lucho Gatica, con un guitarrista que versiona de maravilla a los grandes de la bossa nova o con una chica irlandesa que toca el banyo y que parece que canta con una voz del cielo. Pero quien logra que viaje más lejos en el tiempo es, sin duda, ese cantante que se pone casi siempre a la altura de la calle Torres. El otro día entonaba una canción que cuando tenía dieciocho años se convirtió casi en un himno a la hora de decidir qué hacía con mi vida en aquel momento. Me he visto muchas veces tarareando esa letra de Silvio por las calles del mundo: "el que tenga una canción tendrá tormenta, el que tenga compañía soledad, el que siga buen camino tendrá sillas peligrosas que le inviten a parar". Esa vez sí me paré de nuevo ante el cantante, y recordé todas esas sillas que me ofrecieron y que me ofrecen alguna vez a lo largo del camino. La vida está llena de sillas que te invitan a que clausures tus sueños con la martingala de la seguridad. No es que la búsqueda de uno mismo y de lo que queremos tenga que ser un martirio; pero si no eres capaz de dejar atrás esas sillas tentadoras te vas quedando siempre en el mismo sitio.

No volvía desde hacía muchos años, pero sigue donde mismo la veía cuando regresaba del colegio. Ya entonces era una señora mayor. Ahora es una anciana macilenta que te sonríe todo el rato. Jamás ha salido a la calle. Su familia se avergonzaba de ella y la encerró desde que era niña. Su imagen del mundo es la dimensión de esa ventana. Nosotros solo somos gente que pasa por ese cristal que se sigue llenando de vaho cada vez que nos llama.

Se la encontró dos días después de que le hubiera dado la ropa. Iba con su pareja. Los dos estaban todo el día colocados tratando de aparcar coches por la zona. Debía tener la misma edad que ella, o incluso podía ser un poco más joven, aunque la mala vida la estaba envejeciendo mucho antes. Había perdido casi todos los dientes. Le dijo que se sentía la mujer más guapa del mundo con aquella ropa que le había regalado. Ella no se atrevió a decirle que lo que llevaba puesto era un pantalón de pijama. La que le ayudaba a aparcar el coche le repitió varias veces que su color preferido era el rosa. El pijama era rosa y estaba algo desgastado por el uso. Lo combinaba con una chaqueta vaquera y tenía un moño con unas trabas verdes. Le decía todo el rato que se sentía como una princesa.

Él siempre utilizaba números relacionados con ella para jugar a la Primitiva: el día que se conocieron, el aniversario de boda, la casa en la que vivieron, los cumpleaños y también la fecha en que habían firmado el divorcio. Hubo dos acertantes y cada uno se llevó un millón de euros. Estaba empeñado en que solo podía ser ella la otra ganadora. Le había perdido la pista hacía ocho años. Ahora estaba seguro de que vivía en Galicia. Los ganadores habían sellado sus boletos en Canarias y en Galicia. Ella vivía en Murcia, se había casado de nuevo y acababa de tener un hijo. Había jugado a la Primitiva, pero con las fechas compartidas con su nueva pareja y con el cumpleaños de ese hijo recién nacido. No había ganado nada.

La calle Bedmar. Posiblemente sea una de las calles más desconocidas de Vegueta. Ni siquiera creo que llegue a ser una calle. Allí nos besábamos tu padre y yo. Un pequeño callejón donde pudimos escondernos. Alguien me contó que brotaban geranios. Nosotros no vimos nunca los geranios. Y además me parece cursi asociar un beso con la aparición inesperada de unos geranios. Allí recorrió tu padre todo mi cuerpo con sus manos por vez primera. Por ese callejón no pasaba nunca nadie. Además íbamos de noche. Unos meses después naciste tú. No sé si coincidirías en el tiempo con ese geranio que dicen que rebrota cada año con las primeras lluvias. Tú eres demasiado bruto para ser un geranio. Por eso te llamas Bedmar. Por ese callejón en el que dicen que nacen flores en el asfalto.

Le pedía siempre un café expreso y ella le miraba a los ojos sin atreverse a decirle que se había enamorado de él perdidamente. Él volvía a su mesa de trabajo y seguía inventando historias de amor que se vendían como rosquillas en los quioscos. Ella las leía luego sin saber que quien las escribía era el mismo al que le servía el café todas las mañanas. Una vez contó una historia de una camarera que se había enamorado de un cliente, pero nunca supo que estaba hablando de ella. Aquel relato no acababa bien. La protagonista se terminaba casando con el dueño del negocio.

Hace unos meses recibí una llamada telefónica que ahora conservo en esos recovecos de la memoria que uno aspira a que no se vean atacados jamás por el olvido. Era de una amiga muy cercana. Llamaba para decirme que me quería y que se alegraba mucho de haber vivido juntos momentos inolvidables. No fue un amor del pasado, y por eso, cuando me dijo que me quería, no entendí aquella franqueza serena de sus palabras.
No era una mujer a la que le gustara llamar la atención. Era guapa y elegante, muy inteligente, pero caminaba discreta por la vida, casi en silencio. No estamos acostumbrados a que nos digan te quiero. Y creemos que decir te quiero es como una declaración de colegiales o como un compromiso que nos va a terminar atando de por vida a quien nos declara ese amor inesperado. Esa amiga llamaba para despedirse, pero entonces yo no lo sabía. No me dijo que estaba gravemente enferma y que apenas le habían dado unas semanas de vida. Me queda el eco de aquel te quiero que yo creía que no venía a cuento y que, al final, es lo que logró que quedara para siempre en mi recuerdo.
No sé qué haría si mañana me dijeran que voy a morirme. Yo creo que imitaría a aquella amiga sabia, elegante y serena que echamos tanto de menos los que tuvimos la suerte de compartir viajes, comidas y charlas en las que, como decía el poeta, agotábamos el tema de la vida. He tratado desde entonces de decir te quiero a muchos de los que me rodean y tampoco son eternos. Hay mil formas de decir te quiero; pero lo que no me perdonaría nunca es que algún día se marcharan sin saberlo. También trato de agradecer a quienes me han tendido la mano tantas veces ese apoyo incondicional que hace que sigamos creyendo en la humanidad a pesar de los bárbaros y de los ingratos.
A veces estamos atrapados por nuestra propia vergüenza y por ese miedo a expresar lo que sentimos y lo que querríamos decirles a tantas personas buenas que nos rodean. No siempre llegamos a tiempo. Esa amiga, en lugar de maldecir su suerte o de llamar para contarnos los detalles de su diagnóstico, marcó nuestros números para querernos. Reconozco que no le devolví el te quiero y que dudé de aquella llamada que no esperaba. No siempre sabemos dónde está quien nos escucha al otro lado del teléfono. Yo estaba liado con algunas de esas tareas que casi nunca valen para nada, o que valen muchísimo menos que un te quiero.
Ella sabía que jugaba con ventaja porque también se había sentido inmortal hasta ese momento. Contaba con esa tremenda lucidez de quien sabe que se va para siempre. Soy capaz de verla con su eterna sonrisa marcando los números e imaginando mi cara de sorpresa al escuchar sus muestras de afecto. Nunca podemos volver atrás, y mucho menos cuando ya cuelgas el teléfono. Yo también la quería mucho a ella.

Aquellos seres que estaban tratando de averiguar si había habido vida alguna vez en el planeta Tierra analizaban cuidadosamente el peluche de Peppa Pig. Se mantuvo a salvo debajo del hielo durante miles de años. Era la única cara reconocible que había quedado en el planeta. Entre el meteorito y la posterior hecatombe nuclear todos los humanos habían desaparecido sin dejar ningún rastro. Peppa Pig terminó sustituyendo al homo sapiens en la meta final de la evolución de las especies.

Salió de aquella reunión en la que acababa de despedir a treinta trabajadores de la empresa. Había venido de Madrid solo para eso. Llevaba muchos años fuera. No se detuvo a repasar el nombre de los que había despedido y nunca supo que uno de ellos había sido su mejor amigo de la infancia. Se fue a la zona de Los Nidillos, al final de Las Canteras, a dar un paseo. Se quitó la chaqueta, la camisa y los zapatos, y luego se acercó a la orilla. Miraba al océano recordando su niñez en esas costas. Una ola se llevó toda su ropa. Ahora estaba medio desnudo entre las rocas. No sabía qué hacer. No se atrevía a recorrer la Avenida hasta el hotel descalzo y sin camisa. Llegó la noche y se puso a llorar como un niño muerto de miedo delante de las olas. Los treinta despedidos de ese día jamás iban a olvidar su nombre. La empresa había tenido beneficios.

Primero vio a los Hare Krishnas cantando en la esquina de Constantino con Triana. Siempre que se encontraba con ellos en alguna ciudad del mundo le sucedía algo importante. Luego apareció él saliendo de la cafetería italiana a la que iba todos los días a la misma hora desde hacía casi tres años. Nunca habían coincidido. Cuando hablaron, él le contó que también acudía diariamente, pero dos horas antes que ella. Los camareros les saludaban contentos por esa coincidencia de clientes fieles desde hacía tanto tiempo. Ellos habían vivido casi dos años juntos en Florencia. Acababan de terminar Bellas Artes y soñaban con ser grandes pintores. Ahora cada uno estaba dando clases de Dibujo en la zona, ella en un instituto público y él en un colegio privado. Ese café del restaurante italiano era el mismo que tomaban en la plaza de la Signoria todos los sábados por la mañana.

Estaba sentada en un banco del parque. Quería mudarse de ciudad, dejar a su pareja y buscar otro trabajo. Tenía veinticinco años. Ahora se ha sentado en el mismo banco y recuerda que hace veinticinco años ya quería dejar a ese hombre con el que ha tenido dos hijos, cambiar el trabajo en el que ya se ha convertido en jefa de servicios y alejarse de una ciudad en la que aún está pagando la hipoteca de un piso. El banco sigue en el mismo sitio, lo mismo que el estanque y la arboleda que corona el horizonte. Una chica joven, que se parece mucho a como era ella hace años, está sentada en un banco contiguo.

Llevaba toda la vida viendo girar el mismo tiovivo. Apenas fue al colegio. Sus padres tampoco fueron al colegio. Los abuelos paternos tenían una noria y los maternos una tómbola con peluches. Sus padres se habían conocido desde niños recorriendo las mismas ferias. Ella tiene ahora cuarenta años y un niño de doce que está subido todo el día en los caballitos. El niño jamás sonríe. Los especialistas no se ponen de acuerdo con la patología que padece. Todos los niños que vienen al tiovivo se suben eufóricos a los caballitos. Todos menos su hijo, que la mira fijamente, siempre reconcentrado y triste, mientras ella no hace más que maldecir su propio destino desde la caseta en la que vende las fichas.

La sacaban todas las mañanas a pasear por Triana. Solo quería que la dejaran escuchar durante un rato a los violinistas que se ponían delante de una heladería a tocar sonatas de Bach. Todo lo demás le daba lo mismo. Se acomodaba en su silla de ruedas y movía los dedos al compás de la música. Eran sus veinte minutos de felicidad diaria. El resto del tiempo se sentaba al fondo de la sala de la tele mirando imágenes. Durante años se sentó con su marido cada tarde a escuchar a Bach en un tocadiscos que se quedó uno de sus hijos cuando la internaron en la residencia. Los discos los regalaron a una institución benéfica, pero ella logra que sigan sonando cada mañana en Triana. Por eso le entristece tanto la lluvia. Cuando llueve la música no suena en la calle, ni a ella la sacan de paseo para que no esté todo el día encerrada sin hablar con nadie.

Cada mes de diciembre se acercaba a comprar una agenda de papel del año siguiente. Luego se sentaba en su casa e iba escribiendo lo que haría cada uno de los días de ese año que tenía por delante. El 2 de febrero acudiría al dentista, el 9 de abril viajaría a una ciudad lejana, el 20 de mayo asistiría a una representación teatral, el 17 de octubre se enamoraría, el 1 de noviembre iría al cementerio a colocar flores en la tumba de sus padres y el 7 de diciembre volvería a este establecimiento a comprar una agenda para el siguiente año. Después apenas saldría de su casa. Ni siquiera llevaba flores a sus muertos el 1 de noviembre. Pedía la compra por teléfono y estaba todo el día viendo la televisión; pero de esa soledad no escribía nunca en las agendas.

Hablaba con las amigas en la terraza. Parecía relajada, pero su pierna derecha estaba en otra parte. Esa pierna estaba casi siempre en otra parte. No paraba de moverse. Yo la miraba desde otra mesa lejana. Mientras se reía con sus amigas recordando las anécdotas de la última fiesta de fin de año, la pierna seguía enfrascada en la discusión que había tenido esa misma mañana con su pareja. Aquel temblor continuado e incontrolable ya le estaba avisando de que acabaría divorciándose en unos pocos meses. Ella se reía con sus amigas y hablaba felizmente de su marido sin darse cuenta de que su pierna traicionaba todos los gestos de su cara.

García Márquez contaba que todos tenemos una vida pública, una vida privada y otra vida secreta. La primera es la que ven los otros, y por tanto depende de la perspectiva, del amor o de la química de quienes nos miran. La segunda la conocen los que conviven con nosotros de puertas adentro, lejos de ese ruido de la calle que a veces acaba confundiendo incluso a las miradas. En la vida pública eres muchos seres a medida que van pasando los años. Te quedas en el recuerdo de quien te fue conociendo en cada momento. Siempre serás el niño travieso, el adolescente soñador o el joven revolucionario para quienes te conocieron en esos años lejanos. Para otros serás un juerguista porque un día te vieron de farra, y para los que te veían trabajar denodadamente serás un hombre serio, responsable, que siempre cumplía con todo lo que le mandaran. Terminamos siendo tantos que a veces ni siquiera sabemos dónde ir a buscarnos. Los otros nos recrean como si fuéramos personajes, héroes o villanos en sus propias novelas diarias. Al final solo somos lo que esos otros quieren que seamos en sus propios recuerdos.
Pero más allá de esa vida que trasciende está la otra vida secreta que no conoce nadie, la que jamás contamos, los deseos que se quedan con nosotros para siempre y que luego se incorporan a nuestros sueños con la misma nitidez que las vivencias que realmente protagonizamos. Los sueños también cuentan en nuestra biografía cotidiana. Ella cree que la amas y sin embargo tú solo sueñas con poder escapar para siempre una mañana. Ellos creen que eres feliz recogiendo premios y tú solo deseas perderte en alguna playa alejada de la vanidad y de la fama. Esos son nuestros secretos casi siempre inconfesables. A veces nos sorprendemos llevándolos a la práctica. Los otros, los que conocen nuestra vida pública o privada, se asombran de esos cambios y de que no nos parezcamos al que ellos tenían idealizado. Casi nunca se cambia de la noche a la mañana. Todos los argumentos se recrean mucho tiempo antes de que pasen al papel o a la vida diaria. La vida secreta discurre por nuestra conciencia y nuestras elucubraciones como mismo corre la sangre por el cuerpo que carga con esa multiplicidad de personalidades. Todos aprendemos desde niños a no decir lo que no debemos. Un buen día descubrimos que lo mejor es vivir cada vez más hacia dentro si queremos mantener a salvo lo que siempre deseamos. No es fácil lograr lo que ansía nuestra vida secreta; pero gracias a ella podemos ir por el mundo sabiendo que no estamos viviendo como quieren los otros. Josep Pla escribía que la mínima distancia entre dos puntos no es la línea recta sino el arabesco. Ese arabesco, esa posibilidad de no dejar que todo sea mediocridad y grisura, creo que es lo que realmente nos salva del tedio.

Él le decía que había dejado de quererla. Ella levantó lentamente la mano y se clavó con disimulo una púa del pequeño cactus que había en la mesa del restaurante. Quería que el dolor fuera otro y que las lágrimas no tuvieran nada que ver con aquellas palabras que él estaba pronunciando.

Se quedaba mirando a los gatos que cruzaban la autovía. Desde su ventana solo se veía esa carretera y unos solares abandonados que se teñían de verde cuando llegaban las primeras lluvias. Los gatos habitaban entre la maleza de esos solares, pero siempre se acercaban a los contenedores que había junto a los edificios. Rebuscaban entre los restos de la basura cuando alguien no los cerraba. Él jamás salía de su casa. Su hija y su nieto lo dejaban encerrado con llave cuando salían a la calle. Vivían de su paga. A veces veía cómo atropellaban a los gatos más miedosos. Solo sobrevivían los que cruzaban raudos la carretera sin pararse a mirar para ningún lado. Lo hacían cuando no escuchaban el motor de ningún coche. Los otros, los que dudaban y se paraban en mitad del asfalto, morían casi siempre después de un brusco frenazo.

Todos los cafés tienen un número. La gente no se fija en esos detalles. Yo los voy numerando cada mañana. Llevo haciendo eso desde que empecé a trabajar en esta cafetería hace diez años. Mi familia me pregunta por qué no cambio de trabajo o monto mi propio negocio. Tengo dinero de sobra, pero no podría alejarme de esta máquina. Perdería la cuenta de estos cafés que me piden casi siempre las mismas voces sin saber que tienen asignado un número que les diferencia de todos los otros cafés que se puedan tomar en el mundo. Nunca se repiten. Recuerdo perfectamente el número uno. Fue una chica joven con ojos verdes que no ha vuelto a aparecer por aquí nunca más. Igual me he quedado solo para esperarla y toda esta cuenta no es más que una añagaza para justificar su ausencia.

Vuelve el miedo, siempre regresa. Los buenos y los malos. Desde el patio del colegio, en cada espacio cotidiano. No siempre se mata con balas, pero cuando se dispara con ellas nos damos cuenta de nuestra imperfección como seres humanos. El humor es uno de los grandes logros de la humanidad en esa evolución de las especies que es la vida diaria. También la libertad, la igualdad, la justicia y la fraternidad. París 1789 será siempre la gran referencia si queremos salvarnos. Por eso han atentado justo allí y además contra quienes se expresan desde ese humor que tanto hemos tardado en conquistar quienes compartimos este planeta. Esa barbarie yihadista lleva años existiendo y hemos mirado para otro lado. Los bárbaros jamás descansan. Hay que ser contundentes con ellos y, sobre todo, hay que sembrar mucha tolerancia, mucha educación y mucha cultura para los próximos años.

No siempre tiene sentido el orden de las viñetas en el cuento de la vida. A veces la última escena pasa a ser la primera y la que debería ser la primera te la encuentras en el último momento. También sucede algo parecido en el capítulo de la vida diaria de cada uno de nosotros. Aquel hombre que se acababa de despertar había soñado su final hacía solo unos minutos, pero nunca recordaba sus sueños. Le dijo a su espejo que ese sería el día más importante de su vida. Le hacían un gran homenaje en el ayuntamiento por su contribución al desarrollo de la ciudad como empresario de la hostelería. En el sueño lo atropellaban justo delante de las Casas Consistoriales cuando iba con su mujer y sus dos hijas a recoger el galardón de manos del alcalde; pero de momento, como muchas otras mañanas, se seguía creyendo inmortal en su cuarto de baño. Esa era la primera de sus viñetas de aquel 20 de mayo. Al día siguiente los periódicos terminarían el cuento que empezó ante el espejo con todos los detalles del malhadado atropello.

Su estado era líquido aunque él se creyó siempre una persona sólida y fuerte. Si acaso pudo juzgarse gaseoso, pero nunca se quiso ver como ese efímero reflejo que se asemeja tanto a los charcos que dejan las grandes mareas en las orillas de las playas. Murió hace doce años. Y todo lo que nos queda de él es agua pasada.

A veces la vida nos la cuentan más fácil. Estos días previos a la llegada de los Reyes Magos queda espacio para contar que no todo es corrupción o derrota amarga. Hay una especie de consenso tácito en los medios de comunicación y en las conversaciones de la calle para que también quede espacio para la ilusión y la esperanza. Si convives cerca de un niño y te cruzas con su mirada en la Cabalgata de Reyes harás que reviva el niño que fuiste. También entonces escribíamos para ver si luego se cumplían nuestros sueños. La bicicleta, el tren o el balón de reglamento me bastaban para ser el niño más feliz de mi calle.
Con los años, vamos perdiendo esa capacidad de conservar lo bueno para que los días funestos pasen cuanto antes de largo. Siempre habrá una vivencia que nos devuelva la sonrisa de la infancia. Tenemos que luchar contra muchas injusticias y muchas contingencias que nos quitan el sueño. También, a medida que crecemos, descubrimos que el mundo está lleno de gaznápiros que nos atacan sin que nosotros hayamos hecho nada. No recuerdo dónde leí una vez que la madurez comienza cuando descubres que hay gente que te hace daño sin que tú hayas hecho nada para provocar ese odio que jamás puede justificarse y que tanto duele venga de donde venga. También maduramos cuando nos robaron el sueño inocente de los Reyes Magos, pero de aquellos días tenemos que quedarnos con la capacidad para ser felices aun en las peores adversidades. Nos empeñamos en olvidar todo lo bueno que nos ha ido regalando la vida y tendemos a quedarnos con esas minucias de maldad que no merecen la pena. Si nos escribiéramos un poco más y nos adentráramos en nuestros propios recuerdos, veríamos que es mucho más caudaloso el río de las alegrías que el fango de las penas. Cuando éramos niños, nos enseñaron a escribir nuestros deseos en papeles de colores que luego echábamos en los buzones confiados en que los Reyes Magos los acabarían leyendo. Siempre estamos escribiendo deseos. Las letras no son más que intuiciones que uno transcribe desde sus propias quimeras. Recuerdo ahora mismo a Blas de Otero: "Si he perdido la vida, el tiempo, todo lo que tiré, como un anillo, al agua, si he perdido la voz en la maleza, me queda la palabra". Que nadie logre silenciarnos nunca. La palabra es nuestro único horizonte verdadero. A veces solo tienes que pronunciarla para que cambie de repente todo lo que tienes delante. Tú eliges tu destino según el nombre que le vayas poniendo a cada uno de tus deseos. Si trazas adjetivos pesarosos es muy probable que hasta tu propio nombre te suene mucho más triste algunas mañanas. Prueba con palabras que levanten el ánimo o que logren que no te quedes callado por más tiempo. Cuando eras niño, nunca dejabas que nadie escribiera tus sueños en aquellas cartas luminosas.

Los días de lluvia se acercaba a buscar un café y pedía siempre que le dibujaran un corazón encima de la espuma. Caminaba muy despacio hacia su casa, se cambiaba la ropa mojada y luego salía un momento y tocaba el timbre como si llegara alguien. Entraba y le quitaba la tapa al café que había ido a buscar a la cafetería cercana. Aquel corazón lo veía siempre como el regalo de alguien de quien se había enamorado. Lo tomaba muy despacio mientras miraba las gotas de lluvia en la ventana. Nunca se daba la vuelta hasta que lo terminaba. En el tiempo que duraba el café sabía que había alguien mirándola desde el otro lado de la sala.

"Hay que esperar a que se desgasten los cabos, a que por sí solos se vayan deshaciendo hasta dejar únicamente el recuerdo de la ausencia..." Esta es una de las muchas frases que te detienen cuando lees El interior del párpado de Rafael-José Díaz (ATTK Editores 2014). Habla de ausencias, de dependencias amorosas, de soledades y de sueños que se improvisan casi al borde del abismo para poder seguir sobreviviendo. Hacía tiempo que tenía pendiente la lectura de esta novela. Cuando la publicó ATTK tuve la suerte de leer algunos fragmentos; pero no había dedicado un par de días a su lectura finalmente hipnótica y continuada. Iba a escribir reposada; pero en un texto como este uno solo reposa mucho tiempo después de haber detenido la lectura. Pocas veces me han contado el desamor con tanta crudeza y de manera tan descarnada;41vcQKWUGaL._AA258_PIkin4,BottomRight,-44,22_AA280_SH20_OU30_.jpg pero creo que quien cuenta una ruptura que te quiebra el alma no puede hacerlo de otra manera.
Uno se identifica con el día a día del personaje, con sus miedos, con sus obsesiones y con ese detallismo que Rafael cuenta prodigiosamente cuando narra lo cotidiano, el grifo que gotea al fondo de la casa, la mancha de una lágrima olvidada o los ruidos de esos otros pisos cercanos que al final pasan a formar parte de tu propia vida con sus rutinas controladas. No creo en las etiquetas literarias. Rafael es un gran poeta y un magnífico ensayista, a veces corrosivo e irónico, pero siempre genial y sorprendente. También es un gran contador de historias. Cuando uno atisba la música del idioma que maneja puede escribir lo que le dé la gana. Muchos se sorprendieron cuando el escritor anunció el lanzamiento de esta novela. Era su primera incursión en la narrativa, y espero que no sea la última. Pasen y lean. Encontrarán a un hombre que ama desesperadamente a otro hombre que ya no le ama. Todos los que hemos vivido un desamor o hemos dejado de ser amados nos pondremos en la piel de quien se desnuda detrás de cada una de sus palabras. La ficción y la realidad dejan de tener sentido cuando pasan a formar parte de un texto. Se convierten en literatura, sobre todo si quien escribe logra involucrar a quien roza las letras de ese argumento carnal y palpitante. Lo cuenta mejor el protagonista del libro cuando dice que el interior del párpado es el centro de la tela que teje para desconocerse. Todos tejemos telas para desconocernos más allá de las palabras. Y casi siempre es en ese horizonte difuso y lejano donde único entendemos la sinrazón de nuestra existencia. Y el desamor, también el desamor, y por supuesto el gélido temblor de todos los desamparos.


La portada del libro es un fragmento de una obra de Augusto Vives

Hay personas que van aproximando a otras personas que aún no has encontrado. Alguien te da pistas con unos ojos, luego con una manera de caminar, más tarde otro tendrá su misma sonrisa y hasta te puedes tropezar la curvatura exacta de sus labios en alguien que te mira desde otra acera. Nunca aparece nadie de repente. Cuando luego encuentras a quien no buscabas te das cuenta de que venía acercándose mucho tiempo antes en las caras de todos los que te fuiste tropezando por la calle.

Y qué te van a contar, que son avaros, insensibles, celosos y aburridos. Me parece genial que quedes con él esta noche y que además hayan elegido una representación de Shakespeare para encontrarse por vez primera. No, no pretendo ser ningún aguafiestas, pero entiende que si entras en una de esas plataformas para buscar pareja, lo normal es que te presentes como un dechado de virtudes casi irrechazables. Es verdad que a veces funciona. Tengo amigos que llevan años emparejados; pero ese hombre tiene cara de mezquino y de mala gente. O tal vez debo estar celoso porque siempre te he amado y hasta hoy no me ha atrevido a decírtelo a la cara.

Su gran amor lo perdió en lo adolescencia. Ni él ni aquella niña de la que estaba enamorado han logrado ser felices con sus parejas en todos estos años. Él le dibujó un corazón a última hora de la noche delante de su casa, pero no contó con la lluvia que acabó borrando el nombre de aquella chicha de la que estaba perdidamente enamorado. Solo fue osado en aquel momento. Nunca más se atrevió a escribirle o a decirle que la amaba. Ella también estaba enamorada de él. Han pasado cuarenta años años y aún les quedan cuatro para reencontrarse en la cola de un cine un domingo por la tarde. Entonces él sí le dirá si quiere sentarse a su lado. Y ella le tomará la mano y entrarán juntos en la penumbra de una sala en la que se acabarán besando como soñaron a los quince años.

Le empezó a doler el brazo izquierdo cuando salió de casa. Al principio pensó que podía ser un infarto, pero en seguida se dio cuenta de que era un dolor que no irradiaba. Era médico. Se tocó la zona dolorida y no notó nada extraño. Parecía como si alguien le estuviera pellizcando todo el rato. Estuvo así todo el día, hasta que se quitó la camisa al llegar a casa. La noche anterior esa misma camisa se había quedado enganchada a la puerta del armario justo donde a él le había estado doliendo.

Se encontró con su nombre en la carretera. Aparecía su fecha de nacimiento y el día de su muerte. Supuestamente llevaba muerto siete años. Alguien seguía poniendo flores amarillas en aquella cruz que estaba justo a la salida de una curva. Llegó a su casa, se duchó y no le comentó nada a nadie. Venía de correr y ese día había variado la ruta aprovechando que esa carretera estaba cortada por obras.

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