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Archivos Diciembre 2014

No tengo miedo. Nadie sueña con llegar solo a una operación a corazón abierto. No voy a negar que me gustaría tener ahora mismo una mano cercana o una mirada cómplice que compartiera mi desvelo. El azar me trajo al otro lado del planeta pasados los cincuenta años. He amado mucho. Soy un hombre afortunado aunque ahora esté solo en esta habitación de hospital la noche antes de operarme. Tampoco vendrá a verme nadie si salgo vivo del quirófano. Ya los médicos me han dicho que las posibilidades de sobrevivir no son muchas. Me tomaré la pastilla que me han ofrecido para relajarme y para poder dormir unas horas; pero antes quiero pensar en cada una de las mujeres que he amado en todos estos años. Por eso no tengo miedo. También sé que jamás me iré solo si me marcho. He vivido momentos inolvidables y me he sentido el ser más afortunado del mundo en medio de otros brazos. Uno siempre se siente acompañado por todas las miradas que le amaron.

Había soñado con ella justo la noche anterior. Ahora le acababa de pedir amistad en Facebook. Habían sido amantes hacía unos años. Lo dejaron cuando ella se fue a dar clases a una universidad del extranjero. No había sabido nada de su vida en los últimos diez años. La noche anterior él había soñado que ella tenía mirada de lechuza. Hoy se encontró a esa misma lechuza que le había mirado en sueños. Era su foto de perfil en Facebook. No la aceptó. Ella creerá que la ha olvidado o que no quiere tener problemas con su nueva pareja. Nunca le contó que siempre ha sentido pavor cuando le mira fijamente una lechuza. No entiende por qué ella, que tenía los ojos más hermosos que jamás le han mirado, no se presenta tal como es en la pantalla. Ahora le tiene miedo, después de haberla querido tanto.

Nunca sabes dónde se acabará trazando la línea que termine sumando todas tus vivencias. Vamos inventando pequeñas sumas temporales para no extraviarnos y para tratar de saber si el camino que recorremos es el que querríamos estar transitando. Los finales de año son el corolario de esas pequeñas operaciones que incluyen los buenos y los malos momentos de un dígito que ya formará parte de nuestra biografía más personal y cercana. Hay años en los que la suerte está de cara y otros en los que parece que todo lo que hacemos nace como un preludio del fracaso. Uno nunca sabe cuál será su punto y final; ni siquiera cuando escribimos podemos prever ese fin que cierra las tramas. Llega casi sin que te des cuenta, y suele ser el propio ritmo narrativo el que te detiene en una palabra que no tenías pensada de antemano.
Dicen que Goethe pedía más luz cuando llegó el final de su vida o que Turner acabó diciendo que el sol era Dios. Sí es cierto que podemos dejar escritos nuestros epitafios, pero nunca sabemos si en el último momento acabaremos contradiciendo esas palabras en las que cada cual trata de buscar esa genialidad que logre detener al que camine por un camposanto. Yo prefiero siempre que los finales sean abiertos y que acabe siendo el propio lector quien termine de inventar las historias. También soy partidario de cambiar de arriba abajo un argumento cuando veo que no funciona o que me enredo sin llegar a ninguna parte. En la vida podemos aprovechar estos finales de año para dejar atrás todo aquello que nos distrae y que no nos deja seguir andando por donde queremos. Como decía el poeta, nunca vendrá el diluvio tras nosotros; pero sí es verdad que cada cual vive su propio diluvio universal cuando se muere. Petrarca escribía que un ser mortal jamás podrá crear algo inmortal y eterno. Esa condición de lo efímero creo que es clave para evitar cualquier endiosamiento. También lo es la lectura y la observación de lo que nos rodea. A veces subo a la azotea y miro las sábanas tendidas, las nubes que pasan dibujando formas sorprendentes, la silueta de la ciudad con sus iglesias y sus edificios altos o el océano que siempre acabas encontrando cuando la mirada se pierde lejos. De vez en cuando sigo el vuelo de las palomas que alguien ha soltado en los palomares de San Juan o San José. No dejan de dar vueltas por el cielo y, cada vez que se acercan, escucho nítidamente el aleteo que solo percibes desde la altura y el silencio. La ciudad queda abajo y queda lejos. Me propongo en el año nuevo acercarme cada vez más a las azoteas, a las orillas de la playa y a los campos en lugar de empezar el día asomándome a las pantallas. Seguiré buscando los rastros de mí mismo en los libros que lea y apostaré mi suerte a esas cosas sencillas que logran que la vida no pase de largo por ninguna acera.

Se la encontró en la playa. Había sido su novia. No tenía nada que ver con aquella señora. Él tampoco se parecía al joven enamorado que la besó por vez primera en la última fila de un cine de barrio. Los dos trataban de evitar sus respectivos cuerpos cuando se miraban. Habían soñado ese momento durante muchos años, pero ninguno había imaginado que se iban a reencontrar casi desnudos en la orilla de la playa. Un niño pequeño no dejaba de llamarla abuela desde el agua mientras ellos buscaban la manera de seguir cada uno por su lado.

Era un experimentado peatón que conocía hasta las calles menos transitadas de la ciudad portuaria en la que vivía. Mientras caminaba iba dejando atrás sonidos de voces, de cafeterías y de coches que se confundían con el busilis de su propia imaginación. Las calles eran argumentos diarios que le alejaban de su tendencia a la misantropía. Escribía mientras caminaba y les iba poniendo nombres a las personas y a los pájaros que sobrevolaban las sombras de los otros viandantes. También se escribía a sí mismo o se enamoraba de mujeres que siempre pasaban de largo. A veces se inventaba los nombres de las calles para que sus historias de amor parecieran un poco más románticas.

Los cruceristas caminan por la ciudad como si aún siguieran navegando. Andan despacio, ladeando sus cuerpos, y miran todo el rato hacia un horizonte imaginario. En medio del trasiego de las calles uno reconoce siempre a los que llevan mucho tiempo embarcados. Ellos creen que caminan y que pisan tierra firme, pero nosotros percibimos claramente la liviandad oceánica de todos sus pasos.

La calima se acompaña casi siempre de un viento que amenaza con derribar las palmeras. Ese siroco es el que maldicen los que limpian las calles de las plazas más cercanas a la costa. Caen las hojas secas de esas palmeras y el pavimento se cubre con cientos de hojas de los laureles de indias en los que anidan los pájaros. También cae algún nido de vez en cuando. Quedan pocas horas para que llegue el invierno, pero aquí las estaciones son tan extrañas como esa tierra que los satélites confunden con brumas otoñales. A veces llueve y los coches se convierten en estatuas de barro.

Enciendo la radio. Son las cinco y media de la mañana. A esa hora y en estos días navideños las noticias no se atropellan como el resto del año. Está lo de la Infanta y algún exabrupto de algún ministro mentiroso; pero sobre la marcha se cuela el anuncio de una revista que habla de supuestos universos paralelos a los que estamos viviendo. Dicen que en esos universos hay tipos iguales que nosotros haciendo lo mismo todo el tiempo. Da un poco de yuyu, sobre todo porque en esos universos paralelos se entiende que también estarán Putin, King Jong-Un y la cuñada que tenemos que aguantar algunos domingos interminables. Luego cuentan que una gasolinera de Granadilla de Abona ha dado dos años seguidos el segundo premio de la Lotería de Navidad y ya no sabes si creer entonces en esas duplicidades paranormales. Ya no solo somos nosotros y nuestras circunstancias. Ahora también hay que estar pendiente del que está tirado a la bartola todo el día en otro universo lejano. Pensando en esas duplicidades se me cae el azúcar de la cuchara y se derrama en el suelo. No lo recojo porque pienso que ese azúcar puede servir para endulzar el té con leche del que está en el otro lado. Mi té amargo me recuerda todas esas cosas que perdemos sin saber que solo están cambiando de manos.

Los que estudiamos el bachillerato de hace unos años nos vimos decidiendo nuestro futuro casi sin darnos cuenta. Con apenas quince años nos obligaban a elegir Ciencias o Letras. Había opciones mixtas que permitían estudiar latín y matemáticas, pero eran casi anecdóticas porque desde que empezabas a aprender las primeras letras y los primeros números siempre había alguien que te colocaba en uno de los dos bandos. Con el paso del tiempo, los que éramos de Letras nos dimos cuenta de que nos faltaban muchas matemáticas para entender el mundo, y los de Ciencias echaban de menos muchas etimologías y muchos poemas para comprender vivencias que no se resolvían con ninguna fórmula numérica. Unos y otros tuvimos que ir complementando todo aquello que se empeñaron en separar los que no entienden que los números y las letras van siempre de la mano.
Solo creo en el mestizaje, tanto en la vida como en la enseñanza. Esas separaciones nos dejan con una mirada sesgada que muchas veces nos impide entender nuestras propias verdades. Por eso he admirado tanto a esos grandes matemáticos que se acercaban a las letras o a los grandes hombres de letras que no desdeñaban la ciencia. Siempre he tenido un par de ejemplos cercanos que me enseñaron que ese milagro era posible. Uno de esos ejemplos era el catedrático de Matemáticas Francisco Ramírez. Falleció hace unos días en Gran Canaria, pero sigue vivo en todos los que tuvimos la suerte de conocerle. Era un hombre de Letras y de Ciencias, un sabio, uno de esos seres con los que aprendes de ese mestizaje y de esa elegancia interior que regala la cultura a quienes no desdeñan nada que contribuya a sacar su mejor versión como ser humano. Hay mucha gente como Paco Ramírez, y esos ejemplos son los que creo que debemos seguir para no extraviarnos. Sin educación no hay futuro posible para el ser humano. Tampoco libertad. Sin esa cultura básica nadie puede elegir luego su destino o lo que el azar permite que hagamos cuando reparte sus cartas. Somos de Ciencias y somos de Letras, y también nos nutrimos de la contradicción de ambos saberes esenciales. Dependemos de esos profesores que se esfuerzan a diario en las aulas para no quedarnos idiotizados por las pantallas. Un poeta puede ser un programador informático, y viceversa. Que no sigan delimitando los campos del saber. Tuve una profesora que consiguió que me gustaran las Matemáticas tanto como me gustaban la Literatura y las Ciencias Sociales. Era de la misma escuela de Paco Ramírez. Se llamaba Encarna Reverter. Un día me preguntó que por qué no entendía las fórmulas y se sentó conmigo a enseñarme ese juego prodigioso de los números como si fueran letras. Perdí los miedos y aprendí que no hay nada que uno no pueda conseguir si cuenta con una mano sabia y cómplice que le enseñe.

El amor era un spam diario que borraba sin fijarse nunca en el nombre de quien le escribía llamándole My love o My darling sin conocerle absolutamente de nada. Ellas tenían nombres extranjeros casi impronunciables. No se dio cuenta de que una de ellas era la mujer que llevaba esperando desde hacía más de veinte años. También le decía que le quería y que nunca le había olvidado, pero él seleccionó todos los mensajes y no leyó el nombre de Andrea ni tampoco las palabras en las que ella se disculpaba por su larga ausencia y por no haberle podido corresponder como él esperaba. Andrea también le contaba que le quedaban apenas unas semanas de vida.

No podía negarse. Le había costado mucho conseguir aquel trabajo en el centro comercial. Llevaba poco tiempo. Cuando fueron a seleccionar a quienes tenían que empaquetar los regalos de Navidad le tocó a ella. No era un trabajo que le apeteciera; pero al menos era mecánico y le ayudaba a no pensar. Desde que se había separado no quería pensar en nada. La psicóloga le dijo que lo mejor era que siguiera viviendo sin mirar nunca hacia atrás. Pero ese pasado estaba en la cola junto a la otra mujer, y además llevaba el regalo para el niño de cinco años. Ella se enteró de que tenía ese niño de forma azarosa. Fue hace ocho meses, y desde entonces no sabe ni en qué mundo vive. Vivió con él quince años y no habían podido tener hijos. Su ex marido llevaba en sus manos un triciclo para que ella lo envolviera. Él aún no la había visto. Ni siquiera sabía que trabajaba en ese sitio.

El hombre me paró en mitad de la calle. Acercaba una hoja que trataba de leer con sus ojos pequeños. Me pidió que le dijera qué es lo que contaban aquellas letras y aquellos símbolos que no era capaz de descifrar. Casi todos los indicadores del análisis eran preocupantes. Los glóbulos rojos, los glóbulos blancos, la transaminasas o la glucemia marcaban índices que superaban o se quedaban muy por debajo de los baremos recomendados. No quise alarmarlo. El hombre me decía que estaba pendiente de que le dieran hora para poder operarse de cataratas. Apenas veía. Solo estaba preocupado por su vista. Le comenté que el papel mostraba el resultado de un análisis. Ni siquiera recordaba que le hubieran sacado sangre. También estaba olvidando casi todo últimamente. Me preguntó si estaba todo bien y yo le respondí que no tenía que preocuparse por nada. Siguió andando solo y pendiente de no tropezarse con ninguna farola de la calle. No sé si actué bien. Nunca me ha gustado dar malas noticias. Me imagino que habrá alguien que le cuente lo de esos datos engañándole con otras palabras.

Compraba siempre cortinas con flores para la ducha. Llevaba toda la vida soñando con que la primavera se apareciera en su cuarto de baño. Cada vez que se mojaban parecía como si el rocío de la mañana las hubiera humedecido y brillaban igual que las que regaba su abuela cuando era niña. Cuando salía a la calle solo veía asfalto, cemento y grandes edificios de cristal por todas partes. Ella se encerraba todo el día a estudiar cifras en uno de esos edificios. Casi no hablaba con nadie. Luego llegaba a casa y dejaba que el agua caliente llenara de vaho el cuarto de baño para que las flores volvieran a brillar igual que en su infancia.

Encontró el papel en uno de los abrigos que no se ponía desde el pasado invierno. Tenía el número E58. No sabía para qué era. Había sido su turno y lo había dejado pasar de largo. Podía haber sido para comprar embutido, para el pescado, para consultar algo sobre la declaración de la renta o para dejar la ropa en la tintorería. A lo mejor, de haberse quedado, se habría enamorado de la mujer que tenía el E59. Seguro que quien tenía el E60 o el E70 sintió un gran alivio al ver que no estaba y que los números avanzaban rápidamente. Ese papel azul ya no servía para nada; pero aun así lo guardó nuevamente en el bolsillo hasta el invierno siguiente. Le había gustado esa sensación de sentir que por una vez había sido dueño de su destino y de las cábalas del tiempo.

No se van. Nunca se marchan los que dejan un recuerdo imborrable por donde pasan. No hace falta que levanten grandes palacios ni que coronen cimas casi inalcanzables. Basta una palabra o una mirada, o esa vocación inquebrantable que logra que se asome el alma en todo lo que emprendieron. Hace unos días participé en unas jornadas en la Universidad Autónoma de México, una ciudad dentro de una ciudad, más de cuatrocientos mil universitarios atravesando un campus interminable. En ese lugar lejano, si pronuncias el nombre de Canarias es muy probable que alguien se refiera de inmediato al paleógrafo, bibliógrafo y latinista Agustín Millares Carlo. Fue profesor de esa universidad cuando hubo de exiliarse tras la guerra civil española, y sin su paso por México no se entendería el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM o la Biblioteca y la Hemeroteca Nacional. Aquí es otro gran olvidado, uno más de los muchos que hemos ido enterrando en una injusta desmemoria sin saber que somos nosotros mismos los que nos estamos sepultando.
Su nombre aparecía entre los personajes que contaba Cansinos Assens en sus crónicas del Madrid de las primeras décadas del siglo pasado. Lo nombraba con la misma veneración que los mexicanos, y también lo describía como alguien que andaba por la vida entre libros tratando de desentrañar ese pasado tan necesario para que no caigamos una y otra vez en los mismos errores ancestrales. Estamos despreciando a los sabios. Ni siquiera volvemos a los que dejaron pistas escritas para que no nos extraviáramos. De Agustín Millares Carlo casi todo es olvido en su tierra natal. Por eso su tierra natal está cada día más vapuleada por la prepotencia y la ignorancia del político ágrafo que hace tiempo que no esconde sus carencias culturales. Casi siempre ha sido así, y por eso el ser humano se termina estrellando contra los mismos errores y las mismas prepotencias. Hay muchos Millares Carlo en estas islas tan dadas a la amnesia y al desprecio de su propio pasado. Las sombras suelen engañar con sus reflejos. Todas parecen grandes cuando las vemos pasar a nuestro lado. Por eso hoy nos confunden con sombras engañosas en casi todas partes. En el otro lado del mundo se nombra con veneración a quien casi todos desconocen en su propia casa. Nunca habrá identidad si se ignora y se orilla a lo más sabios. Y la ingratitud termina derivando casi siempre en una peligrosa soberbia que no nos deja ver el bosque de nuestra propia historia. Hace falta perspectiva, tiempo y a veces mucha suerte para que la justicia poética termine poniendo a cada cual donde realmente merece. Los que se fueron no tienen sombra. Somos nosotros los que debemos velar por su reflejo y por su presencia. Que no nos siga confundiendo el ruido mendaz de lo inmediato.


Había sonreído por última vez el 18 de mayo de 1999. Recordaba esa fecha pero no quería nunca rememorar lo que sucedió aquella tarde. Nadie sabía que no había sonreído desde ese día. La gente no se fija en esos detalles. Lo tenían por un hombre serio, circunspecto, siempre vestido elegantemente. Un juez tampoco debe reírse tanto. Todos piensan que los hombres tristes se ríen luego puertas adentro. A veces sucede, pero este hombre no reía ni dentro ni fuera de su casa desde el 18 de mayo de 1999. Hoy ha cumplido cincuenta y ocho años y ha soplado las velas de una tarta. La compró en un centro comercial junto con las velas. Desde 1999 tampoco celebraba ningún cumpleaños. Los volvió a echar de menos cuando abrió los ojos después de haber pedido el deseo. Ni siquiera probó un trozo de la tarta de chocolate.

Estos días vivimos un México literario y festivo que jamás olvidaremos los que acudimos a la FIL 2014, al encuentro de escritores de Puebla o a las jornadas que la UNAM dedicó a la literatura canaria. Tampoco olvidamos nunca a los desaparecidos de Ayotzinapa. Donde quiera que te movieras siempre estaban presentes. Los profesores, los estudiantes, los escritores o los ciudadanos con los que pegabas la hebra siempre terminaban condenando ese cruento suceso que creo que supera todo aquello que uno pueda imaginar sobre la crueldad humana. Recuerdo el templo de la Virgen de Guadalupe con miles de personas el domingo por la mañana y las palabras de quien oficiaba la misa mientras nosotros lo visitábamos. No había medias tintas y la iglesia condenaba esas desapariciones con la misma contundencia con que lo hacían los estudiantes que se manifestaban casi a diario por las calles. Todos los escritores que participamos en la FIL nos unimos a las palabras de condena de Claudio Magris o de Elena Poniatowska. Esta vez no habrá olvido en México. La sociedad civil no lo va a permitir. No perdonan la connivencia del Estado en esas desapariciones y la cercanía entre los narcos y muchos de los gobernantes. No hay vuelta atrás, y los que estamos fuera de México debemos alzar nuestra voz siempre que podamos para apoyarles y para exigir que se depuren responsabilidades y que se garanticen los principios mínimos de un estado democrático. De momento, todos seguimos esperando. A los cuarenta y tres estudiantes se los llevaron vivos. No es posible un mundo habitable si no se aclaran esas desapariciones. Estos días en México me he sentido siempre como en casa. Y quiero unirme a ese dolor y a esa lucha contra la injusticia como mismo me uniría si sucediera en la esquina de mi calle. Cualquiera de ellos pudo haber sido cualquiera de nosotros.

Recogí la ropa. Llevaba varios días tendida en mitad de la azotea. Aquí los vecinos no se conocen. Yo sí me tropecé con ella un par de veces. No sé qué hacer con su ropa interior y con sus vaqueros. Huelen a humedad de tanta lluvia y de tantas horas a la intemperie. Si alguien no viene a recoger la ropa que deja tendida es que le ha pasado algo. Yo toqué en la puerta y no me abrió nadie. El portero habitual estaba de vacaciones. Cuando le pregunté al nuevo me dijo que creía que era la chica que habían encontrado muerta en su piso. Sufrió un infarto y fueron sus padres los que alertaron de su ausencia. Vivían en otro país. Ella era de otro país. Tendría unos cuarenta años. Era muy guapa. Lavaré su ropa y la llevaré a una institución benéfica. Sus trabas eran todas de color verde. Como sus ojos.

Suscribo cada una de las palabras que Claudio Magris pronunció en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara denunciando la atrocidad que vive México por los estudiantes desaparecidos. Habló con la misma coherencia con la que hablan sus libros. Hay que leer a Magris y acercarse al Danubio que nos cuenta para que nos entendamos un poco mejor y dejemos de dar vueltas sobre tantas palabras vacías de contenido.
Al regresar a Gran Canaria me encontré por Vegueta a un hombre exactamente igual que Magris. Era imposible que fuera el escritor triestino porque aún seguía por México. Allí dijo que "escribir es un intento de construir un Arca de Noé para salvar todo lo que amamos, para salvar -deseo vano e imposible, quijotesco pero inextirpable- cada vida". El otro Magris se dirigía a un comedor social. Iba con la mirada baja, pero juraría que los ojos eran los mismos que yo había visto unas horas antes en el otro lado del mundo. Todos podemos ser el otro, alguien que con nuestros mismos ojos está caminando por otro lugar del tiempo.

A veces la poesía es la única defensa que te queda cuando te asedian y no encuentras la salida en ninguno de los caminos que tienes delante. Entonces, como escribe el poeta Santiago A. López Navia, "es tiempo de quemar tus naves/ y hacerte al mar a nado". Lo que venga luego será solo lo que depare la aventura. Y si naufragas, persigue la estela que te muestra el poeta: "Resígnate y aprieta las mandíbulas./Será solo un momento, ya lo sabes,/y no te dolerá si no lo piensas." Hay libros necesarios que reconocemos según llegan a nuestras manos. Arte Nuevo es uno de esos poemarios que terminas memorizando casi sin darte cuenta. Realmente te estás leyendo a ti mismo todo el rato a medida que pasas las páginas y rebuscas entre los versos.
Santiago A. López Navia cuenta lo que otros callan y le pone letra a la traición inesperada. No hay desazón mayor que la ingratitud de quienes amamos o de quienes ayudamos sin esperar nada a cambio. Duelen en los huesos y en el alma esos virajes inesperados de quienes creíamos amigos del alma. Y aún duele más que a veces sean ellos los que más atacan. Por eso he titulado este texto lección de vida. Nos enseña a caminar entre esas insidias y esos golpes tan hirientes como inesperados: "Deja para el final las incurables,/ las que jamás podrá cerrar el tiempo/ y acepta como un don, quizá como un estigma,/ que apenas se dolieron en tu herida/ algunos cuya herida hiciste tuya."
Ya luego queda la actitud del estoico que sabe que todo acabará pasando: "Busca una silla cómoda y sitúate/delante de tu puerta bien cerrada." Esa serenidad también la transmite la persona, y de ella se nutre luego el verso que destila lo que el tiempo ha ido asentando en el fondo del alma. "No entregues tu criterio a las celadas/ que tienden el aplauso o las insidias./ Que el canto de sirenas pueda hallarte/encadenado al mástil, pero sordo." Todo queda en el silencio que habita en nuestros adentros. Allí se guardan los aparejos que necesitamos desempolvar de vez en cuando para no perder el norte de nuestras propias travesías cotidianas. Busquen este poemario que ha escrito Santiago A. López Navia. Ya después cada cual desplegará sus velas según los vientos del destino y de las palabras.

Arte Nuevo (Entre tantas asperezas)
Ediciones Vitruvio 2014
Santiago A. López Navia


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