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Archivos Octubre 2014

Millones de teléfonos están sonando ahora mismo en todas partes. Tú también esperas escuchar su voz al otro lado. Marcas los dígitos lentamente en el teclado y aguardas. Noche tras noche. Nunca te cansas de intentarlo. Tan solo esperas a que alguien te confirme que ese ya no es su número. Mientras tanto seguirás intentando darle las buenas noches. La última vez que hablaste con ella fue unas horas antes de que la encontraran muerta. En ese mismo número. Y con el mismo eco sonando al otro lado.

Siempre iba hablando con las estatuas por la calle. Lo hacía sin articular palabra. Como mismo hablaban ellas cuando él pasaba a su lado.

21-09-2014-234120 (1).jpgNo todos los novelistas tienen que leer o escribir poesía, pero a los que leen o escriben poesía se les reconoce incluso en los textos más prosaicos. Una coma detiene el tiempo entre dos palabras, pero nunca puede detener la mirada del lector que tiene que seguir adelante como si nada pasara, escuchando esa gran sinfonía que es la novela sin darse cuenta nunca de los símbolos que la representan en el pentagrama de las páginas. Ese ritmo y esa música necesaria que suena de fondo es lo que aporta la poesía, y lo que hace que volvamos a ella siempre que podamos. Emilio González Déniz fue poeta antes que contador de historias y seguirá siendo poeta en todas sus novelas. Pero ahora también nos entrega la canela fina de su obra, el verso desnudo, sin el apoyo de los párrafos y de los personajes, que se muestra en los poemas. Mariposas imposibles es un corolario y al mismo tiempo es otra salida de meta para seguir escribiendo. En su primera parte repasa nombres de mujeres que metafóricamente también forman parte de nuestros propios sueños, y en la segunda parte del libro nos va dando todas las pistas que nos quedaban para entenderle como excelente contador de historias. Y mientras uno va leyendo también tiene la suerte de seguir las sombras de las palabras a través de las creaciones de Fernando Álamo, otro grande que ha logrado que la poesía también esté emboscada detrás de cada uno de sus trazos. El libro de Emilio está inspirado en el cuadro de Antonio Padrón "La niña de las mariposas". Les invito a que lean el primero de los poemas. Ya luego verán ustedes si necesitan levantarse del asiento y acudir a una librería a buscar todo lo que viene. Lo edita Gas Editions. No dejen de seguir la senda de estos versos:

Mariposas

Mariposa es mujer que quiere ser otra:
ella misma.

Dos mujeres,
una sola, con las manos abiertas,
buscándose en las mariposas,
falenas de imposibles,
mariposas de la pasión no correspondida,
reflejos de mujer que huye de la realidad.

Todas las mariposas buscan imposibles.

Hay mañanas en las que los eucaliptos de la calle Juan de Quesada huelen como si cada hoja llevara la esencia balsámica del tiempo. Los árboles no huelen todos los días de la misma manera. Hace años, los viejos sabían por qué olían de una manera diferente cada mañana. No eran botánicos, pero conocían la influencia de la luna, los tiempos de la fotosíntesis, la frecuencia de las aves de paso o el devenir de cada una de las estaciones. Yo paso ahora junto a ellos y solo sé que hay días en que su olor a menta logra refrenar cada uno de mis pasos.
También me sucede lo mismo con las higueras. No concebiría el final del verano sin ese olor penetrante de las higueras cuando atardece. No conozco los tiempos ni los ciclos de los árboles que me rodean. Sin embargo, mientras huelo los eucaliptos de Juan de Quesada se encienden de repente las luces de un coche aparcado en la calle. No hay nadie dentro, pero uno intuye que alguien ha activado un mando a distancia. Unos segundos después abren una puerta justo enfrente del coche y sale un padre con dos niños que van camino del colegio. No sé si tuvieron tiempo de oler los eucaliptos. No se detuvieron. Resulta paradójico que entienda por qué se abren las puertas de un coche a distancia y que no sepa por qué huelen más intensamente los eucaliptos algunas mañanas. Nos alejamos de la naturaleza creyendo que la tecnología suplirá todas nuestras lagunas atávicas. Los satélites anticipan las lluvias, pero nunca aciertan con tanta precisión como los viejos con las cabañuelas de la luna y con sus años de observación diaria. Todo es mucho más sencillo de lo que parece, y a veces no hacemos más que enredarnos en batallas que no conducen a ninguna parte.
Hace unos días también repasaba en una hemeroteca noticias de hace unos años. Casi todas están olvidadas. A los ególatras y a todos esos que se creen que pasarán a la historia les invitaría a que visitaran de vez en cuando una hemeroteca. Nos perdemos en lo inmediato y no somos capaces de comprender que casi todo se repite cíclicamente. Sucede como con esa coloración de las hojas que van dibujando las estaciones mucho antes de que las marquen los almanaques. En medio de las revolturas, siempre hay que esperar a que todo se calme para buscar las salidas que ya estuvieron buscando otros mucho antes. Conviene que nos paremos a respirar de vez en cuando el aire balsámico de los eucaliptos o el salitre de las playas que también llevan miles de años dibujando los contornos de todos nuestros mapas. Vivimos días sin memoria y sin asideros que nos permitan dar menos palos de ciego en nuestro andar diario. Se desprecia al viejo, se aparta al sabio y se encumbra al modelo engominado o al patán más ruidoso y más gregario. Todo cambia, pero no dejemos que la sabiduría se acabe extraviando en el fondo de las pantallas.

Todos los lunes llega a las seis de la mañana a la iglesia de San Agustín. Se sienta justo enfrente de la entrada y comprueba el trasiego de los puesteros que venden exvotos, velas, imágenes de santos y rosarios de cuentas. Cada lunes ve llegar a más gente angustiada que se queda esperando a que abra la iglesia. No se miran unos a otros. Parece como si no quisieran que nadie les robara el milagro que vienen a pedirle a Santa Rita. Hay gente de todas las edades. Todos buscan imposibles.

Siempre le había pasado lo mismo. En los conciertos de la Grada Curva era el único que aplaudía a destiempo cuando los cantantes pedían que les acompañaran dando palmas. Se concentraba y se unía al ritmo que marcaban los otros miles de aplaudidores, pero a los cinco o seis golpes de manos ya se quedaba solo resonando en medio del tumulto y llamando la atención de todo el mundo. Una de las novias lo dejó allí mismo cuando aplaudía en un concierto de Joaquín Sabina. Realmente estaba buscando la manera de dejarlo desde hacía semanas, pero aprovechó aquel ridículo espantoso para escaparse en medio de la gente.
Su vida no ha sido más que un remedo de aquellos aplausos. Por más que lo intentó no logró acoplarse en ninguna parte, ni sentirse cómodo en un trabajo, en una ciudad o con alguna de las mujeres que amó en vano todos estos años. Muchas mañanas se levanta aplaudiéndose a sí mismo para darse ánimos. Lo hace solo, en medio del patio, cuando el resto de los internos aún están acostados.

Miraba a su hijo pequeño imaginando todo el tiempo cuál sería su destino. Hasta que él nació no le había tenido miedo a la muerte. No la temía por él. Lo que le desasosegaba era dejar solo a su pequeño y no cuidarlo hasta que pudiera valerse por sí mismo. Tuvo suerte y logró estar a su lado hasta que el hijo tuvo cuarenta años. Conoció a sus tres nietos y celebró junto a ellos muchos cumpleaños. Han pasado más de cien años desde entonces. Sus nietos tuvieron hijos y otros nietos que se fueron dispersando por el mundo. Hoy uno de sus descendientes estaba sentado en un banco de Triana. Tres de los hombres que vio pasar a su lado eran primos lejanos que no conocía absolutamente de nada. Todos eran descendientes de aquel padre que tenía miedo a morir y de aquel hijo que cuando él murió acababa de cumplir cuarenta años.

Siempre recuerdo mi historia con la guitarra. Tenía ocho años cuando la pedí como regalo de Reyes. Quería ser cantante. Me levanté la mañana del 6 de enero y encontré la silueta de esa guitarra envuelta en papel. La abrí y traté de tocar algo sobre la marcha. No sonaba como yo había soñado. Luego me encontré a todos mis amigos con las bicicletas y los balones. Mi regalo quedó en casa porque no tenía ningún sentido que lo sacara a la calle. Tocar la guitarra requería esfuerzo y paciencia. No tenía ninguna de esas virtudes cuando era niño. Y encima quisieron que estudiara solfeo. Yo creía que, estando los Reyes Magos por medio, solo tendría que poner los dedos en las cuerdas y los trastes para que sonara como deseaba. Pasaron los años y todavía no sé tocarla. Eso sí, la he llevado conmigo a todas partes esperando ese momento en que tenga tiempo y paciencia para hacerla sonar como soñaba. Esa guitarra también me ha servido para saber que jamás se consigue nada de la noche a la mañana. Recuerdo la tristeza y la impotencia de aquel lejano día de enero; pero ahora agradezco la enseñanza que aprendí para siempre. Cualquier día de estos me levantaré y buscaré a alguien que me enseñe a tañer las cuerdas. Y si no aprendo no pasa nada. Seguiré haciendo todo aquello que aprendí muchos años después de que soñara con ser cantante. De niño cambiaba de sueños como de zapatos. De mayor también intento mantenerme a salvo con esos proyectos que no siempre salen adelante. Da lo mismo. Uno sabe que solo tiene que poner las ganas, la paciencia, la humildad y el esfuerzo. Todo lo demás es azar o circunstancia. Tal vez esa guitarra solo está esperando su destino en otras manos.

Muchos creen que se llega a las metas sin recorrer ningún camino. Confunden la vida con la televisión y creen que el reconocimiento es un índice de audiencias o una presencia incesante en esas redes sociales en las que algunos se quedan encerrados sin encontrar la salida por ninguna parte. Sin esfuerzo, sin paciencia y sin humildad no se logra nada que valga la pena. Por eso hay tantos famosos a los que el viento se lleva casi tan deprisa como los trajo.
Solo queda la obra que se va gestando lejos de los focos y de toda esa parafernalia mediática que tanto confunde a las miradas. Cuando acabas esa obra, te asomas, la das a conocer y tienes que volver cuanto antes a ese taller en el que seguir rebuscando lejos del ruido y de la inmediatez de la fama. Son muchos los que se pierden en el camino cegados por esos focos tan falsos como los de los tabladillos de las verbenas de pueblo. No digo que tengamos que formar parte de un martirologio para llegar a donde deseamos: todos estamos algunas veces arriba y otras tantas abajo, forma parte del juego de la vida; pero es conveniente que lo recordemos de vez en cuando para no extraviarnos.

No entendía su propia letra. Le había sucedido varias veces, pero estaba seguro de que ese pequeño texto era de lo mejor que había escrito en su vida. Lo trazó a mano. Era capaz de entender algunas palabras sueltas: contingencia, ajedrez, sucedáneo, metáfora, alambique, precisión...Solo le quedaban esas palabras sembradas entre rayones y trazos incomprensibles. Sabía que había escrito sobre el azar. Todas las tardes contaba lo mismo. Si acaso incorporaba alguna palabra nueva. De vez en cuando se acercaba una enfermera con pastillas y un vaso de agua. Le hablaba con diminutivos. Tenía ochenta y dos años. Había trabajado toda la vida en un banco. Cuando era joven quería ser poeta.

Llevaban dos meses juntos. Ella le dijo que acababa de preparar unos gin tonics y que le esperaba en la terraza con vistas del apartamento. Atardecía. Hablaban en inglés todo el rato. Soñaba que medía un metro ochenta. Y que además era rubio. Se llamaba Olav y era noruego. Toda la vida había soñado con ser alguna vez noruego. No quedaba nada de aquel hombre moreno y cejijunto de un metro sesenta. Ella era finlandesa y se llamaba Henna aunque había nacido hacía cincuenta años en La Culata de Tejeda. Él había nacido en Agaete en los años cuarenta. Los dos se miraban todo el tiempo con una cómplice mirada nórdica.

Cuando escribo magua no quiero decir magia. Hay veces que entiendo tus errores y lo que hago es corregirte yo a ti cuando tú ya crees que has cambiado mi texto. Todavía tenemos algo de poder sobre ustedes, aunque es cierto que hay veces en que logras ponerme de los nervios. No hay manera de que aprendas lo que es la magua (ahora mismo me lo acabas de cambiar nuevamente por magia), y a mí un corrector que no conozca la magua (te empeñas otra vez, pero es en balde) no me vale para mis textos. Me da lo mismo que me subrayes la palabra en rojo. Sin magua jamás podría escribir del otoño. La magia también es importante, pero muchos de los textos que valen la pena nacen justamente de todo aquello que vamos perdiendo o que añoramos sin darnos cuenta. Eso se llama magua (ya veo que no te das por vencido), y gracias a esa extraña sensación podemos contar que octubre sigue deshojando cada tarde lo poco que nos va quedando de la primavera.

Si no te detienes no pasa el tiempo. Eso fue lo que dijeron hace años. Hoy ha pasado por la misma calle que recorría cada día cuando era adolescente. Iba acumulando sueños a cada paso. Casi todos se han ido cumpliendo. No los ha sabido apreciar, pero cada uno de ellos era un espejismo lejano cuando lo iba imaginando. Sonríe satisfecha por todos esos pequeños logros. No fue una mujer de muchas ambiciones ni de sueños grandilocuentes. Se ha detenido en mitad de la acera. Han pasado treinta años. Se le aparecen cientos de caras que no existían entonces, decenas de ciudades, largos veranos y otoños que se adentraron silenciosos cada septiembre de todos esos años. Una joven le sonríe desde la otra acera. Tiene su misma cara cuando soñaba.

Salió de la frutería comiendo uvas. Iba escupiendo disimuladamente las pipas por la calle. Dos mil años después aquella avenida por la que no paraban de circular coches a todas horas acabaría convertida en una gran extensión de parras. Para entonces no quedarían humanos y las uvas serían picoteadas por pequeños pájaros con alas azuladas.

Nadie me reconocía. La chica que me sirve el café cada mañana me preguntó que cómo lo quería. Llevaba más de dos años poniéndome la taza en la mesa sin que yo tuviera que decir nada. Luego salí y me encontré con un compañero de la Universidad. Es verdad que habíamos cambiado, pero nos veíamos varias veces al año y nos reconocíamos sin problema. Siguió de largo cuando pronuncié su nombre dibujando una sonrisa de oreja a oreja. Cuando llegué a mi trabajo me preguntaron que qué quería. No dejaron que me acercara a mi despacho y me tuve que ir a la calle sin poder explicar nada. Era juez. Ahora estoy sentado en el banco de un parque. Sé que me fugué del colegio, que tengo doce años y que llueve. No le he contado a nadie lo que me ha pasado. El director llamó a mis padres para informarle de la fuga y ahora estoy penado en mi habitación sin poder salir a la calle. Recuerdo que amaba a una mujer rubia con ojos verdes. Estoy deseando que pasen los años para volver a verla. Mi padre me ha preguntado qué quiero ser de mayor. Le he respondido que quiero ser juez y que nunca más me fugaré de clase.

Para él era una historia como otra cualquiera. La contaba con esa naturalidad con la que los mayores cuentan los recuerdos. Hablábamos de su infancia y me contó que no sabía leer ni escribir porque nunca había ido a la escuela. Siempre ha tenido que asomarse al mundo tanteando muy bien todos sus pasos y buscando a quien le ayudara a entender ese galimatías de símbolos raros que son las palabras para quienes nunca tuvieron la posibilidad de aprender el abecedario. Su vida fue una lucha constante desde que dejó de gatear. No tuvo regalos de cumpleaños. También me decía que en su casa nunca había flores porque su madre no tenía tiempo para cuidarlas. Salían todos a trabajar en los tomateros desde que rompía el alba. Él también. Trabajaba desde que tenía memoria y no paró hasta que su cuerpo le permitió seguir bregando. Ahora te mira en silencio, contando pausadamente, con ese deje y esa música ancestral con la que los viejos vuelven épicas las vivencias más triviales.
Pero ese recuerdo de la infancia que me contó no era trivial ni volandero. La imagen que yo imaginaba mientras iba hablando podría ser una de esas escenas cinematográficas que jamás olvidamos por su impacto y por su belleza. Su primer trabajo fue de espantapájaros. Tendría cinco o seis años y, hasta que tuvo edad para pasar a plantar los tomateros, lo tuvieron de sol a sol pendiente de que los pájaros y las palomas no se comieran las semillas de los tomates. Las espantaba agitando los brazos y corriendo de un lado para otro. Era su único juego, y nunca tuvo otros niños que jugaran con él a ser mayores en medio del campo. Los otros seguro que estaban en otros semilleros haciendo lo mismo, muchos niños espantapájaros mirando todo el rato hacia el cielo para que nadie les riñera por dejar que las aves picotearan la simiente que luego terminarían plantando y recogiendo sus padres. No fuimos virtuales de repente. Venimos de un pasado que está casi a la vuelta de la esquina en la que muchos de nuestros mayores vivieron una infancia como la de ese señor que me mira siempre desconfiado, pero al mismo tiempo orgulloso de que su historia me parezca tan grandiosa y admirable. Trato de quitarle años. Lo imagino descamisado corriendo bajo un cielo azul detrás de las palomas o de los mirlos sin saber hacia dónde se encaminaba su destino. Solo salió de aquellos tomateros para ir al cuartel. Le pregunté si le había puesto nombre a algún pájaro y me contestó que llegó a conocer a muchos solo por el vuelo o por cómo trinaban antes de intentar picotear las semillas. Me mira con los ojos muy abiertos; pero realmente yo sé que jamás ha dejado de seguir aquellos vuelos lejanos del pasado. Lo veo agitar los hombros inconscientemente mientras habla. No me lo cuenta, pero estoy seguro de que él también soñaba que tenía alas.

Hay escritores que logran cambiar nuestros propios argumentos. Vas pasando páginas sin darte cuenta de que te estás quedando para siempre en cada una de ellas. Patrick Modiano es uno de esos escritores. Solo con el paso del tiempo, te das cuenta de que sus propuestas literarias se terminan entremezclando con las tuyas y con las de otros escritores igual de hipnóticos. No somos más que una suma de historias que vamos viviendo o leyendo. Con el paso de los años, incluso los recuerdos nunca son del todo nuestros.
Me acuerdo del momento en que descubrí la obra de Modiano. Año 1990. Recién llegado de Londres tras un paso por París. Quería ser escritor. Había dejado la carrera de Derecho en tercer curso y estaba en esa etapa de la vida en que, si no media la suerte, corres el riesgo de estrellarte para siempre. Aún no había comenzado la carrera de Periodismo. Unos amigos me embarcaron en una manifestación contra la mili obligatoria en la zona de Atocha. Después de gritar y de correr delante de la policía acabamos tomando cañas en uno de los bares de la calle Santa Isabel. En la acera de enfrente había un puesto improvisado con libros de lance. Crucé y miré los títulos. No me sonaba de nada Patrick Modiano, pero me atrajo el argumento de Tan buenos chicos. Lo compré y regresé al bar haciéndome el intelectual delante de mis amigos. Esa misma tarde me senté por vez primera a leer al escritor francés que ayer fue reconocido con el premio Nobel. La novela, como buena parte de la obra de Modiano, volvía la mirada al pasado para contar esos trazos del tiempo que se nos quedan siempre a medias cuando los vivimos. En esa mirada hacia atrás no se regodeaba en lo perdido, ni maldecía lo que le había hecho daño. Contaba con sencillez y naturalidad lo que su memoria iba recreando en la ficción de sus personajes. Había leído muchas novelas con vueltas al pasado o con aproximaciones a los tiempos que creemos perdidos para siempre; pero en aquel libro encontré las sombras y esa especie de neblina que luego he rastreado en muchos otros escritores. Sus personajes eran casi barojianos, con apenas unos trazos lograba que mostraran toda su alma, y no hacía más que cambiar las descripciones por los enfoques detallistas de las miradas. Más tarde llegaron El libro de familia, La calle de las tiendas oscuras, Villa Triste o El Café de la juventud perdida. Salvando las distancias, cuando recuerdo sus argumentos lo emparento con Scott Fitzgerald, con Joseph Roth o con el propio Vila-Matas. París es casi el centro de sus recuerdos; pero siempre es un París de regresos, visto desde lejos, que es como también se presentan casi todos sus personajes, alongados a sus recuerdos, pero habitando el presente con la certeza de que solo es un argumento sobre el que escribir mañana.

El perro se llama Excalibur, pero yo he visto la mirada de todos los perros que me han acompañado. Alguien decidió traer a una persona moribunda sabiendo que no tenía cura ni medios para tratar el Ébola. Ahora se les ha ido todo de las manos. Hemos dejado que nos gobiernen los peores de cada clase, los más ineptos, los más trepas y los más incapaces. También los más desvergonzados. Un día nos roban, otro nos engañan y en cualquier momento aparecerán diciendo que somos nosotros mismos los culpables. Me conmueve la mirada de Excalibur y me indigna la prepotencia y la soberbia de una Ministra de Sanidad incapaz de asumir sus responsabilidades. Matar al perro es lo más fácil. De momento. Quien mata a un perro también mataría a un ser humano. Se pueden tomar otras medidas: cuarentena, vigilancia o pruebas veterinarias. Pero si lo matan estarán dejando claro que lo único que hacen es seguir huyendo peligrosamente hacia delante. Y que además no tienen nada controlado. Dan miedo.

Cuando se levantó de madrugada a comer un yogur se encontró al príncipe azul que llevaba buscando desde la adolescencia. Estaba debajo de la tapa y apareció después de que ella pasara la lengua. No era ese el beso que había soñado desde los quince años. Él sonreía como esos modelos de los anuncios que parecen prefabricados. Sabía a coco.

La poesía es el oasis que nos queda entre nuestra propia vida y ese desierto que es la nada que nos circunda por todos los puntos cardinales. El poeta José Miguel Junco sabe mucho de versos, de vidas y de esos espacios que se vuelven habitables si uno aprende a llenarlos de palabras. Pepe Junco acaba de publicar un libro de poemas titulado Oasis. Ya está jubilado de la docencia y gracias a ello lo encontramos en una envidiable plenitud poética. Lejos de encerrarse en su torre de marfil, es el primero que te encuentras cuando te asomas temprano a las redes sociales. Los que me conocen saben que madrugo mucho, y en lo que espero a que el té me despabile para escribir un rato me asomo a las ediciones digitales de los periódicos y a las redes sociales para saber qué ha pasado mientras dormía. Casi siempre encuentras las mismas noticias con otros nombres, otros países y otros escenarios en los que se representa esa vida diaria que no deja de emborronar el ser humano con sus contradicciones, sus pendencias y sus guerras salvajes.
Por eso cuando descubres que José Miguel Junco ya ha publicado algún poema suyo o de los muchos poetas que admira, te vas de inmediato tras la pista de todos esos versos necesarios. Realmente, uno no despierta hasta que no vuelve a ser consciente de que está viviendo. No es una boutade o una perogrullada esto que he escrito. Los hay que están sesenta o setenta años en el planeta sin saber que están existiendo, y luego hay otros capaces de vivir cada minuto como si fuese un instante eterno. Un buen poema, sin embargo, nos vuelve siempre eternos. Lo escribe José Miguel Junco: "Quédate por lo menos hasta que nazca un río,/ hasta que sin preverlo un árbol crezca,/ hasta que yo duerma para siempre,/ quédate en esta esquina de mis ojos". Nos vamos quedando en todas las esquinas de los ojos que amamos. Esos también son nuestros oasis. Realmente el amor no es otra cosa que ese paraíso que creemos vislumbrar siempre en las pupilas de todos los ojos que quisimos. Un amor se acaba mucho antes de que pasemos por los Juzgados o de que alguien nos diga que se terminó la magia que nos encumbraba. No hace falta esperar a que termine lo que sabemos que ya tiene sus días contados. Uno ya descubre que todo se ha acabado cuando se asoma a esos otros ojos y no vislumbra un oasis en ninguna parte. También nosotros sabemos que nuestros ojos se vuelven indiferentes sin que nos asomemos a ningún espejo cada mañana. La poesía, lejos de lo que piensan los apocalípticos y los agoreros, está más viva que nunca en estos tiempos tan atrabiliarios y tan tecnológicos. La gente busca respuestas que no halla en ninguna parte. A veces basta solo el eco más callado de un verso para que el mundo entero cambie de arriba abajo. Y esa poesía sigue estando detrás de cada una de las miradas que nos salvan.

La vida en la calle exige aligerar el equipaje que uno quiere llevar a todas partes. Los primeros días le vi cargado de bolsas y a medida que han ido pasando las semanas ha ido disminuyendo la ropa y los recuerdos. Ahora aparece solo con una bolsa en la que lleva algo de abrigo y un poco de comida. Todo lo demás era una sobrecarga innecesaria. Escuché que le decía a otro de los vagabundos de la plaza que uno nunca tiene realmente nada. No sé si habrá leído a Machado y si recuerda aquella desnudez de los hijos de la mar cuando se marchan. A su lado se ha colocado alguien que se nota enseguida que es un recién llegado. Aún coloca muchas bolsas alrededor de su sombra. Los otros no le dicen nada; pero se miran recordando el día en que también llegaron pensando que en cualquier momento podrían regresar a su casa.

Ella solo recuerda que había pompas de jabón por todas partes cuando él le hablaba. Llevaban juntos siete años y había sido el primer amor de su vida. No lo había vuelto a ver desde aquel día. Hoy se lo ha tropezado con una chica mucho más joven. Parecía enamorado. Esa chica era la niña que hacía pompas en el otro lado de la plaza la tarde en que lo dejaron. La había conocido hacía seis meses en un curso de verano al que él había acudido como profesor invitado. Ninguno de ellos relaciona las pompas con sus romances. Ella sí cruza los dedos cada vez que pasea por Triana y se tropieza a un clown enseñando a los niños a hacer pompas gigantes. Se imagina siempre grandes amores que acaban muriendo inexplicablemente.

Lo sentaban todas las mañanas delante de una pantalla. Los clientes querían saber cómo se llamaban los lugares en los que habían sacado las fotos. También querían conocer el nombre de los árboles, de las flores o de los pájaros que aparecían en las imágenes. Él se limitaba a nombrar lo que veía como si estuviera estrenando el mundo. Tenía cuarenta años cuando llegaron las redes sociales. A partir de ese momento todo cambió para siempre. Al principio la gente sabía que estaba en Artenara o en Tamadaba y eran capaces de identificar un pino, un nogal o una de esas higueras que en febrero parecen restos de un osario. Ahora disparaban sus aparatos a todas horas; pero no conocían lo que tenían delante.
El empresario que le pagaba se estaba haciendo de oro con la poca memoria que le quedaba. Alguien trajo una foto antigua. Él la situaba más o menos en 2014. Estaba sentado junto a una mujer viendo atardecer en la Caldera de Bandama. Estaban de espaldas. Alguien había encontrado esa foto entre los miles de millones de imágenes que hay perdidas en las redes sociales. Identificó el lugar. También dató la foto por el modelo del coche que aparecía. El coche les resultaba curioso a aquellos extraños que cada vez tenían la cabeza más grande. Él recordaba la música que escuchaban cuando subían juntos algunas tardes hasta Bandama; pero no le dijo nada a nadie. Le pusieron otras fotos más cercanas y siguió nombrando como un autómata todas las palabras olvidadas.


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