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Archivos Septiembre 2014

Coleccion_La_Palma-libros-poeta-Rafael_Arraiz_Lucca_EDIIMA20140917_0204_14.jpgDe los versos quedan los rescoldos que siempre nos acompañan cuando el fuego ya no es más que una llamarada del recuerdo. Pero hay poemas que nunca llegaremos a conocer o que serán escritos cuando ya no estén nuestros ojos tanteando un poco más allá de las palabras. Hasta hace unos días no había leído nada de Rafael Arráiz Lucca. Gracias a Ediciones La Palma y a Nicolás Melini cayó en mis manos el libro Pesadumbre en Bridgetown (Seguido de Plexo Solar).
Rafael Arráiz es venezolano y escribe versos que van quedando en ese eco necesario cuando arrecia el temporal o cuando nos olvidamos de que esto no es más que un juego que deberíamos escribir como si la eternidad se avistara al final de cada punto y aparte. Los poemas que acaba de editar La Palma fueron publicados en 1992 y en 2002. Más de veinte años desde Bridgetown y más de diez desde Plexo Solar son un tiempo suficiente para saber que los poemas han pasado esa criba de los días y de las noches que terminan colocando todas las cosas en su sitio. Busquen este libro y contribuyan a que se siga consolidando ese milagro que solo se entiende a partir de una cierta justicia poética.
El autor nos recuerda que se ha librado de los rostros de sus fantasmas más temidos pronunciando sus nombres. También nos avisa de que va a la esencia y de que solo se asoma al abismo insondable de su propia sombra: "Mis versos son ahora/ cortos/ y tienen el mismo rigor mortis/ que los telegramas". Arráiz te va cercando de metáforas hasta que ya no sabes si habitas dentro o fuera de sus poemas. Te enreda en su madeja sin estridencias y sin ditirambos. Te va ganando sutilmente, palabra a palabra, y de vez en cuando hace que levantes la vista del libro, pero solo para alongarte hacia tus propios adentros o para recordarte la condición temporal que tienen todas nuestras ambiciones y cada uno de nuestros movimientos. También para que no olvides "que el tiempo pasa como el badajo de una campana:/ de un lado a otro anunciando su estancia efímera". Cuando terminas esta aproximación a la obra de Arráiz Lucca solo esperas que a partir de ahora se sigan reeditando sus libros para poder estar cada vez más tiempo cerca de sus versos.
Cada poema suyo es un horizonte que no deja nunca de expandirse más allá de la memoria. También es una declaración de intenciones que firmaríamos si nos pusieran un papel delante: "Obedeceré los dictados del viento/ y celebraré con los pájaros la bendición de la lluvia". Supongo que los libros llegan cuando tienen que llegar y no cuando se escriben o cuando se publican. César Vallejo jugaba con dios tirando un dado viejo: Arráiz Lucca juega con ese mismo dado, pero lo lanza hacia su propio plexo solar sabiendo que cada vez que traza un verso se está jugando la vida que le queda.


Pesadilla en Bridgetown
(Seguido de Plexo Solar)
Rafael Arráiz Lucca
Ediciones La Palma 2014


Hace unos días estuve en Agaete y saludé a un amigo que no veía hacía más de veinte años. Estaba calvo, un poco más grueso y con las marcas de la edad reflejadas en su cara. Con el paso del tiempo, uno tiene que ir quitando capas a los amigos del pasado antes de saludarlos. He metido la pata muchas veces, y hasta que no descubro su rostro de antaño prefiero mantenerme a una cierta distancia. Le dije su nombre y él me contestó que a quien nombraba era a su hermano. Le pregunté por ese hermano y dibujó una especie de cuchilla a la altura de las piernas. Entonces, temiendo en todo momento su respuesta, le pregunté si se las habían cortado. "Se las amputaron -me contestó- a la altura de los muslos, por el jodido azúcar". Recordé a mi amigo jugando al fútbol en cualquiera de aquellos partidos que improvisábamos en Guayedra. Ahora lo imaginaba sin piernas y en silla de ruedas. Su hermano no se inmutaba e iba cogiendo algunos de los manises que colocaba El Perola en la barra mientras hablábamos y nos tomábamos unos botellines de cerveza. Así me tuvo casi veinte minutos. Se mostraba circunspecto e insistía en que no pasaba nada con la confusión y en que lo normal era que los hermanos se terminaran pareciendo. Cuando yo ya había visionado a mi antiguo amigo en su nuevo estado, su hermano se dirigió a mí con el nombrete culeto que solo conocen los más cercanos y me dijo que era quien yo había reconocido a las primeras de cambio. Se reía a carcajadas por lo bien que le había salido la broma; pero yo no me atreví a decirle que ya no era él y que, aunque lo fuera, su calvicie, su barriga prominente y hasta la forma de pronunciar aquel nombrete no tenían nada que ver con aquel otro compinche del pasado. Le reí la gracia y compartimos otro botellín mirando a la plaza en la que habíamos paseado con nuestras primeras novias. Lo veía incluso más distante y desconocido que al supuesto hermano y solo quería marcharme cuanto antes de aquel bar de la plaza que salía cada semana en el programa Tenderete. Recordé cuando le gasté una broma parecida a un compañero periodista diciéndole que yo no era yo sino mi hermano gemelo. Al principio dudó; pero luego empezó a buscar toda clase de diferencias en mi rostro, en mi manera de caminar y hasta en mi forma de ser. Acabó convencido de que yo era más bajo y más serio que mi supuesto gemelo y que, además, mi cara era muy distinta a la misma cara que le estaba mirando. Me costó convencerle de que era una broma, y yo creo que hasta hoy, cada vez que me mira, sigue viendo al hermano gemelo que nunca tuve. Yo fui otro para él, como fue otro aquel amigo que quería seguir pareciéndose al que yo conocí muchos años atrás. Nunca somos los que fuimos, ni siquiera cuando nos miramos en los espejos como si jamás nos hubiéramos movido del mismo sitio. Siempre será otro el que se quede donde nosotros solo estamos de paso.

Siempre llegó tarde a todas partes. Lo fueron dejando las mujeres que le amaron, fue perdiendo trabajos y le cortaron muchas veces la luz y el agua por retrasarse en los pagos. Daba lo mismo que adelantara el reloj o que se concentrara por ser puntual desde primera hora de la mañana. Hay personas que nacen sin ser capaces de seguir el ritmo de su tiempo. Se extravían, se retrasan y finalmente también desaparecen para siempre. Él decía que no se llegaba nunca a ninguna parte y sonreía cuando nos escuchaba blasfemar por sus tardanzas. Lo dejé en algún lugar del pasado que ya ni siquiera recuerdo.

Me los tropecé durante diez días seguidos en el mismo pasadizo. A veces venía uno caminando y el otro dormía entre cartones. Al día siguiente el que caminaba era el que dormía y el que estaba durmiendo aparecía con esa sonrisa radiante de los triunfadores. A uno lo miraba hacia abajo y al otro hacia arriba. Conocía sus pies de cuando sobresalían entre los cartones y el color de sus ojos de cuando los veía venir como si llegaran de ganar batallas que parecían perdidas. Casi podría decir que se repetían. Hoy me he despertado escuchando muchas voces de fondo. Tengo frío y no sé qué hago acurrucado entre estos cartones. Hasta ayer mismo venía sonriendo por este pasadizo que recorro por lo menos dos veces cada día.

Los coches vienen con las roturas programadas desde que salen de la cadena de montaje. A ella se le rompió el manguito un día de lluvia camino del trabajo. A la misma hora, con el mismo modelo de coche, y a más de dos mil kilómetros de distancia, a él se le rompió la misma pieza pero en un día soleado y cuando regresaba a su casa. Habían recorrido los mismos kilómetros por paisajes diferentes. Los dos se habían divorciado hacía tres meses después de estar casados diez años. Aún les quedaban cinco meses para coincidir poniendo gasolina en la misma estación. Él cambiaba de trabajo y de ciudad. Viviría a dos manzanas de ella, la conocería en la gasolinera y se daría cuenta de que era la mujer que llevaba buscando toda la vida. Los dos coches estarían estacionados frente a frente, con las luces encendidas, como cuando los probaron al mismo tiempo recién salidos de la cadena de montaje. Compartirían plazas contiguas en el garaje y estarían juntos los mismos años que ellos se amaran.

Solo conocemos lo que miramos. Podemos estar toda la vida recorriendo las mismas calles sin descubrir el arabesco de una cenefa o la declaración de amor que alguien escribió hace muchos años en una puerta desgastada. En las carreteras no apartamos los ojos del horizonte que tenemos delante. A los lados van quedando ruinas de casas venidas a menos, fincas de plataneras, muros de piedra o esos pedregales que cuando cae la tarde confundimos con ciudades olvidadas. Nuestra vida no es más que una perspectiva de nuestra propia mirada, un enfoque que se apaga cada dos por tres en un inconsciente parpadeo, esos miles de fotogramas que acaban confundiendo a la memoria cuando se enredan el olvido y el tiempo.
Hace unos meses, cuando paseábamos por las calles de Vegueta, Francisco Lezcano me empezó a enseñar algunas de las caras que estaba fotografiando en las fachadas, los balcones o las azoteas de muchas casas centenarias. Había visto algunas, las que se cruzaban a la altura de mi mirada o las que descubría azarosamente al seguir el rastro de algún avión o de alguna estrella. La idea de Paco Lezcano nació a su vez de la mirada de Tomás Rivero, un hombre sabio que pasea mirando todo lo que le rodea y que durante años había ido descubriendo todos esos ojos que nos observan desde las casas. Francisco Lezcano me dejó hace días un vídeo que presentará mañana en el Museo Domingo Rivero. Estaban muchas de las caras que me enseñó en aquel paseo improvisado por Vegueta, pero también había otros rostros en la zona de Triana, en Arenales, en La Isleta y hasta en el mismísimo Paseo de Las Canteras. Durante años hubo gente que construyó sus viviendas tratando de incorporar algún detalle que embelleciera la fachada. Nosotros, con nuestras prisas, nuestra alicorta mirada y nuestras rutinas, podemos estar toda la vida pasando delante de la belleza sin darnos cuenta de que está todo el tiempo asomada a nuestro lado. Este trabajo de Paco Lezcano nos invita a que recorramos Las Palmas de Gran Canaria como la recorren esos sabios que, lejos de estar despistados, no hacen más que ampliar el horizonte de sus propios paisajes. De esas caras que nos miran por todas partes saben más los pájaros o las palomas que los ciudadanos. Les invito a que miren un poco más hacia arriba y hacia los lados. En la anchura y la altura de nuestros espacios influye más la metafísica que la matemática. Cualquiera de nosotros puede engrandecer un edificio siguiendo la silueta de su sombra o atisbando sus pequeños detalles. Para ello hay que aprender a seguir el rastro que otros fueron dejando. Si miras fijamente algunas de esas figuras que están en las casas te llegarás a ver reflejado en las miradas lejanas de quienes las habitaron. Todos esos ojos también fueron de alguien.

Llevaba más de treinta años haciendo el mismo recorrido cada mañana. Habían cambiado los escaparates, los modelos de los coches que paraban en los semáforos y las caras de la gente; pero él no se dio cuenta de esos cambios hasta que se tropezó con la mirada del niño con el uniforme azul y morado. El niño de entonces era ahora el padre de aquel pequeño de unos diez años que tenía la cara triste. El padre seguía con la misma cara, pero ahora iba con chaqueta y corbata camino de los Juzgados. Hacía treinta años era el mismo niño que ahora lleva de la mano. Él también era mucho más joven y en aquellos primeros años miraba todo lo que había alrededor cuando iba camino del trabajo. Luego empezó a pasear como un autómata, y los autómatas, si alguna vez despiertan de su letargo misántropo, se suelen encontrar todo el mundo cambiado. Él había sido un autómata durante muchos años.

Cuando pasas cerca del conservatorio cada instrumento ensaya la sinfonía que sueña. Nadie sabe adónde es capaz de arribar un do sostenido o una semifusa, ni siquiera esos estudiantes que repiten una y otra vez el mismo acorde o el mismo pizzicato. A medida que te alejas, ese sonido caótico se acaba pareciendo al de las orquestas cuando afinan antes de comenzar los conciertos. Siempre habrá unos tanteos y unas dudas previas. Ni siquiera Beethoven fue capaz de prever la Novena Sinfonía hasta que no conjuntó todos los instrumentos en su propia cabeza.

Las pajaritas encarnadas salían de la bolsa del pimentón y volaban alrededor de la lámpara. Cada vez que alguna de ellas se quemaba en la luz todo se quedaba oliendo a potajes o a salsas especiadas. La niña las observaba mientras su madre y su abuela preparaban el almuerzo. Nunca les dijo nada. Solo ella veía a las pajaritas rojas. Ahora siempre tiene pimentón en la cocina. Ya no hay pajaritas; pero se tranquiliza oliendo el dulzor que va dejando el polvo de las alas por toda la casa.

Aquella mañana decidió seguir corriendo un poco más lejos que otras veces. No estaba pasando su mejor momento y necesitaba más endorfinas que ayudaran a sobrellevar a los canallas. Cuando llegó a la curva estaba exhausto, casi sin aire, pero no quería rendirse hasta alcanzar la meta que se había trazado. Vio unas flores que recordaban a algún muerto en accidente. Alguien cambiaba esas flores a diario. Lo encontró esa mujer que lleva viniendo cada mañana desde hace treinta años. Dijo que estaba tirado en el asfalto y que no respiraba. Esa mujer había sido su madre. Él recordó, antes de morir, que ya había fallecido una vez en esa misma curva. Solo conservó los ojos de quien se había matado en el coche. Su madre los hubiera reconocido de inmediato; pero los cerró en el último momento y a ella aquel muerto, también de treinta años, lo único que hizo fue removerle todavía más el infinito dolor que alfombraba con flores cada mañana.

Solo el tiempo es capaz de disipar todas las neblinas. A veces lo que creíamos que nos terminaría condenando es lo que nos salva, y aquello en lo que buscábamos la salvación puede terminar siendo nuestra propia condena. Hasta que no pasan los días no sabes si los pasos que diste fueron los acertados. Existen los milagros y esos virajes inesperados del destino que, de repente, te cambian de arriba abajo el escenario. Y es verdad que casi siempre encontramos cuando dejamos que sean los días y las noches los que acaben colocando las cosas en su sitio. En medio del caos solo hay que intentar que no se nos hunda ningún barco y que los que naufraguen acaben siendo los más bellos pecios en el fondo de nuestra alma. La suerte, como cantan en el tango, es grela y siempre veleidosa; pero seguimos confiando en ella cuando nos vienen mal dadas o cuando nos esforzamos esperando esa recompensa que acompaña a los que no se paran nunca a lamentar ninguno de sus pasos.
Hace casi veinte años recuerdo que en el periódico en el que trabajaba me mandaron a Teror a cubrir una noticia. Dos ancianas solteras habían ganado en la Lotería Primitiva doscientos cincuenta millones de pesetas. Cuando subía con el fotógrafo aún no sabía nada de ellas; pero en los pueblos todo lo que acontece se termina sabiendo con más inmediatez y con más datos de los que pueda aportar cualquier aparato de última tecnología. Las redes sociales se inventaron hace muchos años en las calles, los bares y las barberías de esos pueblos. No nos costó mucho saber quiénes eran y dónde vivían. Recuerdo una casa humilde en medio de una finca y un riego por el que corría el agua todo el tiempo. Un señor que nos abrió la puerta nos dijo que allí no le había tocado a nadie la lotería. Luego llegaron compañeros de otros medios buscando a las afortunadas y estas tuvieron que salir de Teror y ocultarse varias semanas hasta que se olvidara la noticia. Siempre me quedé con la intriga de qué es lo que había pasado con aquellas dos señoras. Hace unos días subí a Teror y decidí preguntar por ellas. Todos conocían su historia y lo primero que me dijeron es que su suerte acabó siendo una condena. Nunca más pudieron vivir como lo llevaban haciendo toda la vida. Las dos hermanas habían muerto y habían dejado toda su fortuna a sus sobrinos; pero en sus últimos años se lamentaban a todas horas de haber perdido su tranquilidad diaria en aquella humilde casa que estaba junto a un riego. Supongo que también desde entonces ya no sabrían si quienes les preguntaban por su salud lo hacían por saber de ellas o por el interés del dinero que tenían en su cuenta corriente. Habían jugado una sola apuesta y fue el único boleto premiado en aquel sorteo. Les había tocado la suerte; pero la suerte, como decía al principio, no sabemos si nos toca hasta que no pasa el tiempo.

10421356_794391863926165_8784306697762820946_n.jpg No sé cómo diablos le voy a explicar a mi hija por qué tiran el lugar en el que ella ha leído sus primeros cuentos. Actualizo la viñeta de Morgan sobre el derribo de la Biblioteca Pública de Las Palmas de Gran Canaria. Ni siquiera el Estadio Insular, que también dejamos que lo arrinconaran, ha sido derribado; ni la cantidad de hoteles ilegales que han levantado en las costas, ni las aberraciones urbanísticas que vemos por muchos pueblos de la isla. Y lo peor es que nadie asume responsabilidades. No vale culpar a los vecinos porque ellos pagaron un dineral por comprar un piso con vistas, y lo compraron confiando en un Plan General que se tenía que haber respetado. Luego llegó la soberbia y ahora son los libros y los miles de usuarios los que perderemos uno de los pocos lugares en donde todavía se podía edificar -nunca mejor dicho- un futuro en estas islas cada vez más maltratadas.

Costó detenerlo; pero los contactos que tenía en la policía lograron dar con aquel loco que llevaba molestándola desde hacía meses. La llamaban a todas horas por teléfono. Sus padres eran mayores y vivían lejos. No podía desconectar el aparato ni siquiera cuando dormía. No imaginaba quién podía llamar de una forma tan insistente. Pensó en algunas amigas complicadas, en celosas compañeras del trabajo o en esos amores que no dejan que nos separemos nunca de su lado. Aquel hombre lleno de tatuajes la miraba fijamente. Ella dijo que no lo conocía de nada, pero todas las llamadas procedían de su teléfono. Le dieron la vuelta y vio su nombre escrito en su cuerpo por todas partes. Él se había enamorado de ella hacía muchos veranos. Treinta años después la llamaba a todas horas y colgaba justo cuando cogía el teléfono. Jamás se atrevió a decirle que la amaba. Lo han internado en una residencia psiquiátrica. Ella se ha vuelto insomne después de tantos sobresaltos en la madrugada.

Había bajado tanto la marea que había dejado al descubierto todos los recuerdos fondeados en las rocas del tiempo.

Se despertaba de madrugada para verla dormir. Todas sus coreografías no eran más que una recreación de los movimientos de ella cuando dormía. Nunca se lo contó, y además le repetía siempre que no tenía cuerpo de bailarina. Memorizaba cada uno de sus escorzos y la posición exacta de sus dedos y de sus brazos cuando los estiraba en medio de la noche. Ella tampoco le contó que siempre bailaba en cada uno de sus sueños. Nunca recordaba los detalles de lo que iba soñando, y por eso no reconocía luego sus propios movimientos en los estrenos; pero sí estaba segura de que todas aquellas coreografías las hubiera bailado mejor que nadie.

Seguía pidiendo dos panes cada mañana. Se había quedado viudo hacía tres meses, pero se negaba a reconocer su soledad en el peso de una bolsa de plástico. El pan diario que le sobraba se lo llevaba a los patos del estanque todas las tardes. Era la única forma que había encontrado de desmigajar la ausencia.

la foto (11).JPGA veces la muerte no es el final del camino. Si alguien nos recuerda seguiremos igual de vivos en otras memorias y en otros sueños. Los que no sepan que has fallecido también seguirán recordándote como si aún te lavaras los dientes y salieras cada mañana camino del trabajo. No resulta fácil escribir sobre Tánatos y sobre los ausentes. El escritor José Luis Correa ha sabido narrar todo lo que acontece y desgarra cuando se nos va alguien que queremos. Pero sus palabras navegan entre la ternura, la emoción y ese bendito humor que nos salva cuando parece que solo nos queda el abismo. La novela está en edición digital y ha sido publicada por ATTK Editores. Lo que muchos decían que iba a matar a la lectura probablemente la termine salvando. Amamos el papel, queremos leer en papel y no creo que desaparezca mientras andemos por aquí los que conocimos a Enma Bovary o a Aureliano Buendía en ese formato; pero lo universal es ahora la pantalla, y en ese sentido un escritor insular ya no está tan aislado como antes. La novela de Correa, por ejemplo, se puede comprar ahora mismo en cualquier parte del mundo. Ese milagro hará que se reconozca lo que realmente vale la pena.
Alguien dijo un día que un mono conectado a Internet seguía siendo un mono. Lo importante es transmitir el hábito de la lectura a las nuevas generaciones. Si no lo hacemos nos estaremos cargando buena parte del mundo que heredamos. Y para lograr que se lea hay que ofrecer libros que atraigan a los lectores y que entretengan sin prostituir la esencia que aprendimos de los clásicos. Pepe Correa es un gran amigo, uno de esos tipos que, como siempre repite Emilio González Déniz, ya sabes que es buena gente desde que lo ves caminando por la calle. Pero además es uno de los mejores escritores actuales que conozco, y lo bueno es que fue escritor admirado antes que amigo. Con la novela El tanatorio, Correa entrega su obra más personal e intimista manteniendo ese humor socarrón y galdosiano que le sirve para cauterizar heridas que solo pueden curar las palabras. Parte de una situación real porque los escritores nos alimentamos de todo lo que vivimos en nuestra vida diaria. Lo difícil es convertir eso en literatura y lograr que enganche al lector hasta que nuestros argumentos se terminen confundiendo con sus propios sueños. Todos hemos sido alguna vez el personaje de esa novela. Hemos llegado desorientados y heridos a un lugar en el que ya no respira ni nos mira a los ojos alguien que queremos. A Correa le sucedió eso varias veces en muy poco tiempo. Para entenderse y para que lo entendiéramos decidió volver ficción lo que era verdadero. Al final, esa catarsis necesaria ha traído a nuestras orillas una de las mejores novelas escritas en las islas. Y lo bueno es que ahora, con las nuevas posibilidades digitales, esas islas ya no son puntos lejanos en el mapa.

Se sentaba cada mañana a leer lo que había escrito. Sabía que ella estaba a punto de caer y no descolgó el teléfono para ayudarla. Escribía en su muro de Facebook frases cada vez más desesperadas. Tenía cientos de amigas y admiradoras que le enviaban mensajes y le daban ánimos; pero no conocía personalmente a ninguna. Ella era la única que podía ayudarla. Conocía la razón verdadera de aquellas penas que en las redes escondía detrás de las metáforas; pero le podía la ambición y sabía que si la otra se quitaba de en medio acabaría siendo la protagonista indiscutible en todas las obras de teatro.

Ni siquiera la tienen mis padres. Me pagaron toda la carrera con la ilusión de ver colgada la foto de la orla en la pared del salón de su casa. Cuando voy a comer con la familia me encuentro las orlas de mis dos hermanos y las de mis padres. Todos son médicos. Yo también soy médico. Ellos no entendieron que yo no quisiera colgar mi fotografía en ninguna parte. Estamos todos. También está ella. Le dio un ictus mientras tendía la ropa en la solana del piso que compartía con dos compañeras de la universidad. No era Remedios la Bella. Ella se quedó tendida en el suelo con las trabas sembradas a su alrededor. Su madre quiso que el fotógrafo se acercara a la morgue y la sacara con los ojos abiertos. Esa misma tarde habíamos quedado todos para hacernos la foto. Su imagen estaba justo a mi lado. El orden alfabético también se había aliado con nosotros. Cuando alguien miraba la fotografía de la orla reconocía inmediatamente los ojos inexpresivos de la muerta. Era la única que no sonreía. Salimos juntos los tres últimos años de la carrera.

Lo dejé cuando salió del agua. Decía que me amaba con toda su alma y para demostrarlo se tatuó mi nombre en su espalda. Iba detrás de él. Un día vi que en lugar de Irene aparecía escrito Lucía; pero según se secó aparecieron nuevamente las letras con mi nombre. Al cabo de dos meses me confesó que se había acostado con una tal Lucía en un congreso al que había acudido en Barcelona. Hoy salimos del agua y he leído el nombre de Davinia. Él no sabe que aquella vez ya lo había delatado su propio tatuaje. Ni siquiera esperé a que se secara para ver si me seguía queriendo.

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