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Archivos Agosto 2014

No solo guardamos aquello que nos empeñamos en memorizar. Nuestros recuerdos también se salvan del olvido porque los soñamos sin darnos cuenta. Luego, casi todo lo que aprendemos lo dejamos olvidado mucho tiempo, aunque realmente está en esos trasteros del cerebro que igual nunca más volvemos a desempolvar. Uno es lo que lleva dentro aunque no vuelva a rememorar lo que realmente hace que brille nuestra mirada. Por eso hay tantas canciones inesperadas que de repente logran que recordemos un olor, un gesto o un abrazo que creíamos perdido para siempre. A veces los acordes no son más que ecos de nuestros propios sentimientos.

No la conocía de nada; pero Facebook decía que tenían una relación. Se encontró su muro lleno de felicitaciones por ese amor desconocido y no fue capaz de desmentir la noticia. Se había acostado temprano, como casi siempre. Al despertar, nunca se había llevado ninguna sorpresa. Su existencia era muy previsible y si abrió la cuenta en Facebook fue solo porque se lo exigieron en el trabajo para estar más cerca de los clientes. Luego llegaron amigos de otros tiempos, familiares y muchos desconocidos, y es verdad que, poco a poco, se fue enganchando a esa otra vida virtual que ahuyentaba soledades. No conocía de nada a la mujer con la que se había unido mientras dormía. Era una puesta de sol y una fotografía de una playa paradisiaca. Ella tampoco desmintió la noticia del Facebook. Virtualmente, por tanto, ya era un hombre enamorado de una puesta de sol con la que quizás algún día acabaría casándose.

Iba a estudiar Derecho. Era la más guapa de su clase. Habían salido a celebrar el fin de curso después de que a ella la coronaran como reina del instituto. Cuando llegó a la discoteca su novio y otros amigos acudieron a mantearla. Formaba parte de la tradición que los estudiantes mantearan a la reina en la discoteca. Ella veía el techo cada vez más cerca. Gritaba, pero nadie la escuchaba entre las risas y el ruido ensordecedor de la música. Cayó al centro de la pista ensangrentada e inconsciente. Todos la dieron por muerta. Estuvo casi un mes en coma. Al despertar no conocía a nadie ni podía mover un solo músculo. Lleva diez años en esta cama. Alguna vez le ponía la tele, pero dejé de encenderla cuando apareció cantando el que fue su novio hasta aquella fiesta. Vino las primeras semanas, pero después ni siquiera ha llamado para ver cómo está. Ella le vio cantando en la tele junto a un coro de rubias despampanantes. Es uno de los más conocidos cantantes de moda. Sé que sabe lo que pasa a su alrededor porque aquel día le sequé una lágrima en su mejilla izquierda.


Las llamadas perdidas no llegan a ninguna parte. Suenan en el vacío de alguna habitación lejana o se convierten en un eco interminable que alguien escucha desde otra casa. Los buzones de voz solo recogen monólogos o avisos entrecortados que casi siempre escuchamos demasiado tarde. También hay números en los que sabemos que ya no responderá nunca nadie y a los que llamamos alguna vez confiando en que la tecnología nos regale algún milagro.

Miraba los resultados de los sorteos cuando ya habían caducado los boletos. Se los daba siempre a su esposa para que los sellara. Solo buscaba confirmar la evidencia de su mala suerte en el juego. Ni siquiera le había tocado un reintegro. Había sido un hombre afortunado en el amor. Por eso, cuando confirmó que aquella combinación estaba premiada en cada uno de sus números, supo que ella había dejado de quererle. Se lo dijo unas semanas más tarde, pero él no soltó ni una sola lágrima. Ella le confesó que se había enamorado del chico joven de la administración de Lotería en la que depositaba cada día su apuesta.

No se lo contó nunca a nadie; pero siempre se sintió a salvo. Le bastaba con apretar su puño disimuladamente. Se recuerda haciendo ese gesto casi inconsciente en cada uno de los momentos decisivos de su vida. Otros recurrían a fetiches, estampas de santos, colgantes o tránsitos por supuestos lugares que daban suerte. Se ve a sí misma en los exámenes más difíciles de la carrera, el día de las oposiciones, aguardando algún diagnóstico temido en la sala de espera de un médico o en un avión a merced de una tormenta en medio del océano. Apretaba los dedos contra las líneas que escribían el destino en su mano y, sobre la marcha, respiraba plácidamente sabiendo que nunca iba a sucederle nada malo.
No recuerda en qué momento se lo enseñó su padre. Ella debía tener muy pocos años. Solo se acuerda de la seguridad de su mano grande y fuerte agarrando suavemente sus cinco dedos menudos e incipientes. Le dijo que estuviera donde estuviera solo tenía que apretar su puño para notar su presencia, que jamás estaría sola y que, pasara lo que pasara, él la estaría protegiendo como la protegía de niña siempre que estaba cerca. Eran como dos gotas de agua. Les bastaba una mirada para entenderse. Él le repetía siempre que ella había llegado serenando cataclismos a lo largo del tiempo y que hasta que no vio sus ojos no entendió que la vida era algo mágico e inenarrable que queda lejos del entendimiento y de la razón humana. Cuando enviudó no quiso venir a vivir con ella. No quería dejar la isla ni a sus amigos de siempre. Tampoco quería separarse del mar. Hablaban casi todas las noches por teléfono y ella viajaba cada vez que podía. Su hija también adoraba a ese padre que de repente se convirtió en un viejo al que cada día le costaba más subir las tres escaleras de su casa. Todos decían que se parecía mucho a ella y a ese abuelo con el que quería pasar todos los veranos. La niña tiene ahora quince años y está sentada a su lado. De aquel hombre tranquilo que no perdió la sonrisa ni con los golpes más duros de la vida solo quedaban las cenizas. Siempre le dijo a su hija que quería que las tirara donde mismo estaban las de su esposa y las de un perro que vivió con ellos durante catorce años. Ha salido muy temprano con su hija. Caminan en silencio mientras bordean un acantilado del norte de la isla. Las dos esparcen el contenido de la urna al mismo tiempo. Cada una de ellas aprieta el puño suavemente sabiendo que siempre estarán a salvo. Hacía años que también había tomado la mano de su nieta diciéndole que, estuviera donde estuviera, cuidaría de ella. No se dicen nada; pero las dos bajan del acantilado sabiendo que van cogidas de la mano como cuando eran niñas y, antes de quedarse dormidas, él les decía que también las cuidaría más allá de los sueños.

Se despertó de madrugada con unas ganas terribles de orinar. Conocía la penumbra de su casa casi tan bien como las calles que recorría cada día para ir al instituto. No tuvo que encender la luz para llegar hasta el cuarto de baño. Mientras orinaba repasaba mentalmente la última lección de Biología que había estudiado antes de acostarse. Volvió a la cama pero la encontró ocupada por un hombre que dormía y que hablaba en sueños. Le preguntó quién era y el hombre repitió varias veces su nombre. Tenía cuarenta y dos años, acababa de divorciarse y había vuelto a la casa de sus padres. El joven solo quería saber si aprobaría el examen del día siguiente. Aquel hombre le dijo que sacaría el curso en junio, que acabaría la carrera en cinco años, que se casaría, que tendría dos hijos y que a los cuarenta y dos años acabaría volviendo a la misma cama que había abandonado hacía solo unos minutos para ir al baño.

Aquel pájaro con alas de colores cantaba entre los árboles de la plaza de Santo Domingo. Su canto sobresalía entre el trino de los mirlos mañaneros y el zureo de las palomas que comían el arroz que había sobrado de las bodas. También había pétalos de flores falsas que habían tirado a los recién casados la tarde del sábado. Busqué al pájaro de extraño canto entre las ramas y me tropecé con su mirada perdida y con un plumaje multicolor que nada tenía que ver con el de las otras aves. Nos miramos unos segundos, cada cual perdido en su propio laberinto. Luego vi cómo desplegaba las alas y se elevaba majestuoso por los cielos de Vegueta. Se notaba enseguida que no era un pájaro de largos vuelos. Más bien parecía uno de esos pájaros exóticos que se traen los turistas del Caribe y que luego se escapan de las jaulas porque no saben vivir entre rejas. Trataba de volar por encima de las azoteas. No logro olvidar su mirada perdida, ni tampoco ese empeño por querer regresar a su paraíso lejano.

Tengo un amigo observador. No trabaja para ninguna institución ni acude a zonas en conflicto como esos enviados de la ONU que luego no resuelven nada con sus informes burocráticos. El mundo hace aguas lo mires por donde lo mires. Si te asomas a África, a Oriente Medio o a Ucrania solo encuentras epidemias casi apocalípticas, bombardeos y conflictos que nos creemos que quedan lejos sin darnos cuenta de que están entrando a diario en nuestras propias casas. A estas alturas, la globalización también implica que estamos inmersos en todas las batallas. No hay suceso que no tenga repercusiones en nuestro entorno cotidiano. Y está claro que los estados de ánimo también se nutren de lo que vemos en los telediarios. Ya no estamos solos aunque nos escondamos en el fin del mundo. Siempre habrá alguien que te avise con un SMS, con un wasap o dando un frenazo en la madrugada.
Ese amigo del que les hablo es observador de lo cotidiano. Se sienta en los bancos de Triana y ve pasar a la gente. Él dice que ya conoce a las personas por cómo caminan o mueven los brazos. Son muchos años persiguiendo rastros de sombras por todas partes. Me tranquiliza cuando asegura que los humanos no somos tan cainitas y desastrosos como pensamos. Él afirma que la gran mayoría de los que ve por la calle tiene pinta de buena gente y que, aunque parezca mentira, los que caminan se siguen riendo solos o tararean canciones cuando pasan a su lado. Últimamente está obsesionado con los flanes. No para de buscar metáforas y coincidencias entre la vida y ese postre que siempre llega temblando en un plato. Come un menú casi todos los días en un conocido restaurante de la capital y se queda mucho tiempo mirando lo que hacen quienes piden flan de postre. Según él, comerse un flan también tiene su arte, sobre todo cuando se llega a la parte final y no se sabe si meter la mano o dejar ese trozo que casi siempre se resiste a la cuchara. Asegura que ha encontrando auténticos virtuosos que logran colocar en la cucharilla hasta los restos más pequeños. Sin embargo, la mayoría acaba dejando esa porción final o mete los dedos con disimulo para que no quede nada. Me dice que no pierde el tiempo y que comiendo un flan uno se descubre mucho más de lo que cree. Yo casi no pido flanes cuando almuerzo fuera de casa. Y si lo hago me aseguro de que no haya nadie mirando desde otras mesas. Siempre dudo, como en la vida, entre dejar lo que parece imposible o apoyarme disimuladamente con los dedos y saborear hasta el último trozo que tengo delante. No sé qué hará usted; pero seguro que si lo piensa se dará cuenta de que al final nos terminamos delatando en los gestos más mecánicos y cotidianos. Muchas veces la vergüenza o la timidez por saber que nos están observando hacen que dejemos en el plato justamente aquello que más deseábamos.


Anoche soñé que tenía diecinueve años y que se me había quedado el teléfono móvil en el apartamento de la playa. Estaba en el pueblo de Agaete y salía corriendo hacia Las Nieves para buscarlo. El teléfono, además, era un iPhone. Me encontré a uno de los amigos de entonces y le dije desesperado que no sabía si lo había perdido o si se me había quedado en el apartamento. Se ofreció a bajarme en su coche, pero en seguida me di cuenta de que él no sabía ni lo que era un teléfono móvil. Se ofreció a ayudarme porque me vio tremendamente preocupado. Tenía miedo de que alguien accediera a todos mis datos. Estoy hablando de 1987. En aquellos años solo había un par de cabinas telefónicas en el Puerto de Las Nieves y todavía no se había construido ese muelle aberrante que borró del mapa el paisaje que yo siempre pondría como ejemplo si tuviera que describir alguna vez la belleza. Me desperté antes de llegar al apartamento. Supongo que si vuelvo ahora mismo estará todo lleno de teléfonos móviles. Mi amigo se mató en 1989 en ese mismo coche en el que bajábamos a Las Nieves a buscar el iPhone.

Salí a la calle y unos obreros pulían ladrillos delante de la catedral. Tuve que atravesar una gran nube de polvo. Cerré los ojos cuando estaba en medio de la polvareda. Al abrirlos volví a encontrarme con una de esas rubias que seguían siendo rubias incluso en las películas en blanco y negro. Me pidió fuego. Yo dejé de fumar hace quince años, pero en los sueños llevo siempre un mechero por si me pide fuego Lauren Bacall. Aquel encuentro duró lo que dura un cigarro. Yo miraba cómo fumaba y seguía el rastro de sus manos entre el humo azul que se acaba confundiendo siempre con la pantalla. Quise besarla, pero me perdí en un fundido en negro que me devolvió al lugar en el que estaba cuando venía caminando por la calle.

Cada día me gusta más la gente que es capaz de convertir cualquier gesto cotidiano en una obra de arte. Todos caminamos por la calle, pero solo unos pocos logran que nos detengamos a observar sus pasos. Y no estoy refiriéndome al contoneo de unas piernas largas o a la expectación que suele generar una cara bonita. Hablo de esas personas que parece que irradian belleza por donde quiera que pisan. Da lo mismo la edad que tengan. Incluso cuanto más longevas más logran que nos asombremos por sus movimientos, su estilo y esa capacidad que poseen para brillar en medio de la gente. Una cara bonita es solo eso, lo mismo que unas piernas atractivas o que unas curvas voluptuosas. Al paso de unos minutos, y no digamos de unos años, no hay nada que resalte si no se tiene estilo y si no se posee esa clase que no dan ni el dinero ni los cirujanos plásticos.
He visto a personas con harapos brillar en medio de la Quinta Avenida o de los Campos Elíseos. No me pidan que les cuente por qué brillan. Solo basta que te tropieces con cualquiera de ellos para que lo entiendas. Tienen un fulgor especial en la mirada porque los ojos guardan todo lo que merece la pena. Incluso los malos tiempos, si se ha sabido lidiar con ellos, contribuyen a que esa pátina se vuelva un reflejo todavía más intenso. Todo superviviente es siempre un héroe y no hay majestuosidad más grandiosa que la de aquellos que caminan serenos porque saben que han vivido y que han tenido la suerte de disfrutar cada uno de sus momentos. Lo de menos es perder o ganar. Los verbos suelen ser tramposos y no conjugan algunos tiempos ni algunas contingencias que no tienen nada que ver con los pronombres personales. El otro día vi cómo una señora mayor cenaba en uno de esos restaurantes en los que pagas un par de euros y puedes comer hasta el hartazgo. Casi nunca encontrarás manjares ni platos sofisticados, y la pensión de esa señora seguro que no le daba para más lujos. Estaba sentada en una terraza y saboreaba cada uno de aquellos rebozados grasientos o las verduras medio podridas que camuflaban con salsas de colores extraños. Iba vestida elegantemente con unas ropas descoloridas de tanto lavarlas y jamás se borraba la sonrisa de su cara. Yo la observaba de lejos, aunque a esas personas les da igual que las estén mirando porque siempre conservan ese porte elegante que dan los viajes, la educación, la cultura y las experiencias vitales. Ella comía como si estuviera en el restaurante más afamado de Montecarlo. La veo pasear siempre por la Avenida de Las Canteras. Lo poco que tiene lo reparte con cuatro gatos que viven cerca de su casa. Si te tropiezas con ella te saluda educadamente antes de seguir mirando hacia el mar o hacia el cielo como si acabara de descubrirlos hace solo un momento. Es imposible que no la sigas con la mirada cuando pasa a tu lado.

Se reconoció en un documental rodado en Budapest en 1930. Debía tener la misma edad que tiene ahora. No sabía el color que tenía la ropa; pero parecía que vestía un traje negro y una camisa blanca. Llevaba corbata y un sombrero que en ese momento tenía agarrado con la mano. Siempre ha querido viajar a Budapest. Todas las noches sueña con los puentes que atraviesan el Danubio. También se le aparecen nombres que reconoce en la penumbra de esos sueños: la avenida Andrássy, la estación de Nyugati, el parque de Várolsiget o la calle Király. En la imagen aparece junto a una hermosa mujer que lleva soñando todas las noches desde hace años. No sabe su nombre, pero sí recuerda que la amaba con locura y que planeaba fugarse con ella a Viena para empezar una nueva vida. Se parece mucho a una turista que acaba de mirarle fijamente mientras paseaba por la avenida de Las Canteras. Cuando se dio la vuelta, ella todavía le estaba mirando como si lo reconociera de otra vida muy lejana. No recuerda el título del documental. Lo encontró azarosamente mientras pasaba los canales de la tele. En aquella imagen reconoció el abismo que a veces intuye en sus propios ojos cuando se mira fijamente al espejo.



Jugó tres partidas de parchís sin que le saliera un solo cinco. Hasta su hijo, que celebraba cada victoria como si acabara de conquistar un nuevo mundo, empezó a sentir lástima de su mala suerte. Se acostó y apenas pudo pegar ojo. Lo del parchís no había sido más que una anécdota. Hacía varios días que no dormía, y las veces que conseguía cerrar los ojos tenía tantas pesadillas que casi prefería seguir insomne. Por la mañana abrió la cafetería y colocó a lo largo de la barra decenas de tazas, platos y cucharillas. No entró nadie. Los clientes habituales seguían de largo o cruzaban para adentrarse en la cafetería italiana que había abierto hacía dos días en su misma calle. Ni siquiera aparecieron los dos o tres mendigos pidiendo los bocadillos sobrantes a última hora de la tarde. Hasta el día anterior ganaba todas las partidas al parchís y su cafetería estaba a todas horas de bote en bote. Ahora caminaba por la acera preguntándose en qué momento aparece la mala suerte y qué es lo que puede hacer uno para espantarla.

Iba silbando música de Gershwin para soñar que paseaba por Manhattan. Saludaba a la gente, pero nadie lo veía alzar la mano. No sabía que los muertos a veces siguen caminando hasta que dan con la salida al final de alguna calle lejana.

La abrazó pensando que era ella. La besó, la desnudó en la oscuridad y luego se quedó dormido a su lado. Cuando despertó escuchó otra voz distinta. Alguien le decía que se levantara, que ya era tarde y que tenía que ir al trabajo. No volvió a amarla nunca más. Tampoco le ha contado a nadie que la tuvo una noche entre sus brazos. Cuando la ve aparecer en alguna película cambia de canal sobre la marcha. Su mujer le dice siempre que era una mujer muy guapa. Él sabe que no está muerta y que todo lo que contaron de su suicidio no fue más que un montaje mediático. Era rubia, con el cabello suelto, como en aquel verso de Martí que siempre repite cuando la recuerda.

Cierra los ojos y cuenta hasta diez. Cuando los abras yo ya no estaré a tu lado. Habrán pasado más de cuarenta años y seguro que tú todavía me estarás buscando por los mismos escondites que sabías que frecuentaba cuando jugábamos en los alrededores de la Plaza Grande.

Hay canciones por las que nunca pasa nuestra vida de largo. Solo hace falta que escuchemos un acorde para que comencemos un viaje hacia nuestro propio pasado. Cada cual lleva su música por todas partes. Estos días regresé a uno de aquellos discos que guardaron lo que uno creía que se había extraviado con los años. Hablo del Mediterráneo de Serrat. De vez en cuando te tropiezas con algunas de sus canciones en esas emisoras en las que parece que está programando nuestra propia nostalgia. Cada vez hay más emisoras de radio que se decantan por esa fórmula. Se mueven en los sesenta, los setenta y los primeros ochenta del siglo pasado, y cuando no te sorprenden con Queen o Dire Straits, te dejan buscando la silueta de la novia con la que bailabas en cualquier fiesta improvisada a golpe de guitarra.
En esas radios, o cuando uno escucha la música aleatoriamente en los nuevos aparatos, aparecen de vez en cuando Aquellas pequeñas cosas, La mujer que yo quiero, Lucía o el propio tema de Mediterráneo; aunque para los canarios ese mar es un poco más bravío que el que pinta de azul las noches de invierno entre Algeciras y Estambul. No tengo tocadiscos en estos momentos; pero aun así conservo, como mismo guardo los viejos libros, todos los vinilos que me fueron marcando. Hubo muchos discos que cambiaron mi vida, canciones que iban sonando cada vez más viejas a medida que la aguja iba reconociendo aquellos pequeños surcos que acababan rayando los acordes. También había casetes desgastados que se enredaban en cabezales que tampoco paraban de dar vueltas. La música de entonces no dejaba nunca de dar vueltas, y quizá por eso siempre regresa como esos cíclicos pasos que nos suben y nos bajan en el tiovivo de nuestra propia existencia. Ya casi no escuchamos los discos enteros como entonces. Cuando lo haces el viaje se alarga de una manera sorprendente. Me pasó escuchando el otro día todas las canciones de aquel elepé en el que Serrat fue visitado por esas musas que buscamos como locos cada vez que nos sentamos a escribir. En cada uno de esos temas escuchaba el eco de voces perdidas, rememoraba paisajes y viajaba de la mano de unas letras que se mantienen milagrosamente intactas en la memoria. Incluso ya sabía qué canción venía detrás de Pueblo Blanco o de Vagabundear. Quizá no hemos llegado a todas las metas, pero las que hemos atravesado hasta ahora son las únicas que han valido la pena. La música no es más que un repaso sonoro que impide que nos extraviemos en nuestro propio pasado. Y era verdad que a las pequeñas cosas no las mataba nunca ni el tiempo ni la ausencia. Siempre regresan. En un reencuentro que no esperabas. A veces ni siquiera tienes que tararear las canciones. Ellas mismas se encargan de remover los cimientos de nuestras almas.


Iba metiendo el otoño en su casa sin darse cuenta. Cada vez que venía de la calle traía hojas de laureles de Indias pegadas a las suelas de los zapatos. Su perro las iba juntando sin que se diera cuenta debajo de los sillones y de las camas. Una tarde abrió todas las ventanas para ventilar la casa y de repente se encontró una interminable hojarasca que removía el viento por todas partes. Las hojas se habían ido cayendo de los árboles por culpa de la mosca blanca y ahora parecían insectos extraños que se golpeaban contra las paredes mientras su perro permanecía agazapado debajo de una mesa. Cerró rápidamente las ventanas y dejó que agosto se alfombrara de otoño en todas las habitaciones de su casa.

Si de madrugada le dolían las rodillas o el cuello ya sabía que ella estaba tramando algo. No se sorprendía con los correos electrónicos o con los mensajes que encontraba en el wasap por la mañana. Ella no dormía buscando la manera de hacerle daño. Cada vez que ideaba una maldad a él se le contraían los músculos. Los días con lumbago ni siquiera intentaba salir de la cama.

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