los blogs de Canarias7

Archivos Julio 2014

Había vuelto a buscar a Rembrandt y a Vermeer entre las paredes del Rijksmuseum. A la salida comimos en un Sushi Bar que estaba de moda en el barrio de Jordaam. Había fotos de Robben y de Van Persie en los escaparates. La noche se acabó llenando de velas recordando a los muertos en Ucrania. Más allá de los cristales de las casas y de los barcos varados en la ribera del Amstel uno intuía que siempre mienten los que dicen que los tulipanes no huelen a nada. Ayer estaba lloviendo en Amsterdam. El chapoteo del agua en los canales se confunde siempre con los timbres de las bicicletas.

Lo atropellaron la primera mañana que cambiaron el sentido del tráfico en la calle por la que llevaba cruzando desde hacía cincuenta años. Miró, como siempre, hacia la izquierda sin saber que los coches venían desde hacía unas horas por la derecha. El conductor sufrió un ataque de ansiedad y repetía una y otra vez que no circulaba a mucha velocidad y que había sido el viejo el que se le había metido delante del coche. Llevaba una cartera de la que habían salido volando cientos de folios. Estaban escritos a mano y nunca había sacado fotocopias. Tampoco le había confesado a nadie que escribía poemas desde los dieciséis años. En el obituario destacaron su labor docente en un instituto de la capital. Estuvo impartiendo clases de Filosofía hasta que le llegó la edad de la jubilación. Le iba a enseñar esos poemas a un editor que acababa de abrir una nueva editorial en la isla. El concejal que había ordenado el cambio de dirección de la calle inauguraba a esa misma hora una estatua en el otro lado de la ciudad. Al día siguiente apareció la esquela junto a la sonrisa del edil en el momento de descubrir la placa. Los dos se llamaban José Santana Pérez, pero nunca llegaron a conocerse personalmente. Tampoco supo nadie que uno de los dos era poeta.

Cerraba los ojos y recordaba el desierto. Un niño moreno, descamisado e inquieto se zambullía una y otra vez en la charca del oasis en el que se reflejaban las palmeras. Recordaba la majestuosidad de centenarios olivos y estos días de julio es capaz de oler el aroma embriagador de las hojas de las higueras cuando caía la tarde y solo se escuchaba el silencio eterno de la arena. Aquí no paran de pasar coches y las terrazas están atestadas de veraneantes insolentes que casi nunca dejan propinas en la mesas.

Nunca coincidieron. Cuando él estaba solo ella andaba lejos o seguía casada, y cuando era ella la que hubiera podido amarle era él quien se acababa de enamorar de otra o quien tenía que partir de repente. Toda la vida se estuvieron esperando mutuamente sin que el destino les dejara reencontrarse. Se habían jurado amor eterno cuando se enamoraron a los diecisiete años, pero no contaron con esos avatares de la suerte que muchas veces nos llevan o nos traen mucho más allá de donde nosotros queremos.
Esa corriente que nos lleva hace que al paso de los años nos olvidemos de los primeros amores y de las primeras promesas. Los dos se casaron y se divorciaron; pero en ciudades distantes y sin saber nada el uno del otro durante mucho tiempo. Es cierto que él pintaba sus cuadros soñando siempre con que ella los viera, y que ella escribía sus poemas teniendo presente en todo momento a ese lector que fue quien primero conoció sus versos. Pero ni ella vio sus cuadros, ni él leyó nunca sus poemas. Fueron otros los que admiraron su talento y los que creyeron que los versos eran para ellos.
También eran otras las que aparecían en sus cuadros y se sentían casi como unas diosas cuando veían la belleza que él había sabido encontrar en una mirada o en un escorzo. Nunca supieron que detrás de todos los ojos estaba la mirada de aquella primera novia con la que se paseaba por la zona más apartada de la costa. Y que cada movimiento no era más que el aleteo del recuerdo que seguía teniendo de ella.
Nunca le contaron nada a sus otras parejas. No lo hubieran entendido. Les amaban; pero jamás hubo amor como aquel que no consiguió partir de ese puerto siempre lejano que es la adolescencia. Ella logró que uno de sus hijos se llamará como él, y él logró que su hija pequeña se llamara también como ella. Nunca hablaron de tener hijos, pero de haberlos tenido habrían elegido los mismos nombres. Con los primeros amores no se habla casi nunca de descendencia y tampoco hay amante primerizo que no se sienta eterno. Después pasa la vida como pasó por ellos, y llegan los trabajos, los compromisos, las renuncias y los cumpleaños cada vez con más velas y con menos fuerzas. Los dos tararean siempre el mismo bolero cuando están contentos. Él a veces prefiere ir silbando la melodía por donde pasa. No se cansa nunca de escucharla porque en cada acorde aparece ella como era cuando aún no sabía que la vida le iría alejando una y otra vez de su presencia.
No pierden la esperanza. Ella tuvo tres hijos y dos nietas, y él dos hijas y tres nietos. Una de las nietas de ella y uno de sus nietos se acaban de mirar por vez primera entre los columpios del parque de San Telmo. Aún no saben que están matriculados en la misma guardería, que irán al mismo colegio y que a los diecisiete años, en el viaje de fin de curso, se darán el primer beso de amor en Venecia.

Vive en el tercer piso, letra D, de la calle X. Está solo. Los habitantes de esa ciudad se despiertan algunas mañanas con un mal humor insoportable. A veces también amanecen milagrosamente alegres y sin darle importancia a ningún problema. Prácticamente todos coinciden en sus estados de ánimo diario. Nadie sabe que todo depende de cómo amanezca V, en el tercer piso de la letra D, de la calle X. Cuando tenía sueños eróticos todos se levantaban excitados y después de sus pesadillas aparecían cientos de personas muertas en las camas en circunstancias extrañas. Él no era consciente de su tremenda influencia en todos los que le rodeaban. Pensaba que el mundo se ajustaba a la mirada de quien paseara por la calle. Por eso no se extrañaba de la semejanza de los otros con su propio carácter. Cualquiera que lo vea salir por la mañana a buscar el pan pensaría que es un tipo gris, un don nadie, uno de esos solitarios que va palideciendo hasta que alguien entra en su casa porque sale un olor insoportable por debajo de la puerta. Los otros lamentan los cambios exagerados de su vida diaria. Los creyentes preguntan a sus dioses y los agnósticos no entienden esas corrientes que les tienen en vilo desde que se levantan. Ese señor supera cualquier efecto mariposa. No le hacen falta aleteos para cambiar el destino en el otro lado del planeta. Si el de la tienda le trata con desdén su mal humor se irá extendiendo por toda la ciudad como una riada incontrolable. V. sueña con enamorarse igual que los otros ansían una felicidad diaria.

Le pidió una moneda y le entregó veinte céntimos sin mirarle a la cara. Salía de la cafetería mirando la pantalla del móvil y pendiente del semáforo que tenía delante. El que le pidió dinero le deseó toda la suerte del mundo. No se atrevió a darse la vuelta. Aquella voz era la del novio soñador que había tenido a los diecisiete años. Quería ser poeta. Lo había dejado todo para ir en busca de su destino literario. No había vuelto a saber de él en todos estos años. Ese mendigo era nuevo en esa esquina. Él también se dio cuenta de que era ella cuando le estaba entregando la moneda. Según la cogió cambió de sitio y se marchó al otro extremo de la ciudad para seguir pidiendo. Hacía más de veinte años que no escribía un verso.

Aquí siempre llueve en el mes de julio. Si no lloviera no sería verano. No te creas lo que te cuentan de otros estíos. Aquí el verano es una nube gris que oscurece un poco más el asfalto y difumina la silueta lejana de los barcos que entran en el puerto. Más allá está el Sur, siempre azul, con esas playas luminosas llenas de gente que sueña que es eterna entre las olas y la arena. Tenían que haberte contado cómo era Amberes. Los que llegan aquí ya saben que están oscureciendo. Amberes también puede ser un puerto en mitad del Atlántico por el que un día se adentraron normandos y bereberes.

Subía a la azotea y estaba toda la mañana junto a la salida de los conductos del aire acondicionado del edificio. No escuchaba nunca nada claro. Solo identificaba ecos lejanos, carcajadas o llantos que no sabía de qué parte del rascacielos procedían. Tenía que vigilar la azotea para evitar cualquier sabotaje o atentado terrorista. Le pagaban en negro y le dejaban dormir en una pequeña caseta que había junto a las antenas de comunicación. Era uno de los edificios más altos de Manhattan. Trabajaban cada día miles de hombres y mujeres de todas las razas, algunos de ellos dirigiendo las empresas financieras más poderosas del planeta. Solo escuchaba un bullicio de voces anónimas en el que se perdía el significado de todas las palabras. Desde más lejos supongo que ya no se escucharía absolutamente nada.

Cada día aprendo más de la filosofía improvisada de los niños. Nosotros hace tiempo que dejamos de sorprendernos. Todo nos parece repetido y anodino, como si la vida no se estuviera renovando a cada instante. No nos hacemos preguntas y dejamos de valorar el milagro cotidiano de los pequeños acontecimientos que no se cuentan en ninguna parte. Nuestra existencia, como cantaba Aleixandre, no es más que un relámpago entre dos oscuridades, un visto y no visto que se apaga cuando ya no respiramos y el corazón se olvida de seguir latiendo como late cuando lees, cuando amas o cuando paseas por las calles. Todos venimos con un número de sístoles y de diástoles ya pactados de antemano. No importa que te toque en suerte un Rey de Copas o una Sota de Bastos. Lo que vale es cómo juegues, y solo gana quien aprende a vencer con los peores naipes de la baraja. Da lo mismo que muchos tengan las cartas marcadas. Los tramposos siempre pierden aunque ellos crean que nos están ganando.
Una vida también se parece mucho a una máquina. Al fin y al cabo inventamos lo que somos incluso cuando creamos los más sofisticados aparatos. El otro día, una niña pequeña observaba cómo corrían unas hormigas por el muro del jardín de un parque. Se estaba entreteniendo más con los insectos que con los columpios y los toboganes. Me preguntaba que de dónde venían las hormigas y yo no sabía qué responderle. Me fui por peteneras y le hablé de su organización y de cómo iban trasladando los pequeños trozos de galletas hasta el hormiguero que intuía en un agujero cercano. La niña jugaba con una pequeña rama e intentaba que las hormigas caminaran por la madera. Al hacer un movimiento algo brusco golpeó sin querer a una de ellas y la dejó muerta en medio de la tierra. Me miró triste y preocupada; pero yo le respondí de inmediato diciéndole que estaba dormida. No sé qué sexto sentido se activa para que reconozcamos si alguien está muerto o está durmiendo. Ella sabía que la había dejado para las Chacaritas. Traté de que se despistara mirando hacia otro lado para intentar mover la hormiga y decirle luego que estaba entre las que seguían correteando. No me dio tiempo. "La hormiga se rompió", eso fue textualmente lo que dijo la niña, y ahí sí es verdad que caí con todo el equipo y me quedé sin argumentos. Para ella, la vida es como uno de esos aparatos que los niños aprenden a manejar incluso antes de empezar a pronunciar las primeras palabras. La muerte no deja de ser más que una pequeña rotura cotidiana, un imprevisto que deja sin funcionamiento a un cuerpo destrozado por las Parcas. Queda roto quien muere y también quien contempla lo poco que vale todo aquello que realmente creemos tan importante. La niña no se equivocaba cuando decía apenada que la hormiga se había roto. Algún día descubrirá que no hay rotura que no quiebre las lindes de algún alma.

Juan Padrón era un amigo. Lo conozco desde que yo era niño y él ya andaba por encima de los treinta años; pero las edades dejan de ser importantes cuando se mantiene a salvo la ilusión, la mirada y la curiosidad de cuando uno fue niño. Juan siempre protegió ese patrimonio. Por eso me fue más fácil conectar con él desde que yo era pequeño. Siempre fue uno de los grandes y más leales amigos de mi padre, y esa amistad, además, la tuvo luego conmigo y con mis hermanos. Y también con todos aquellos que tuvieron la suerte de sentarse a charlar un rato con él. Siempre hacía preguntas. Era un curioso impenitente y un amante de todo lo que tuviera que ver con la agricultura. No sé a quién se le ocurrió enviarlo de joven a estudiar Medicina a Madrid. Estuvo unos años en la capital aprendiendo mundología y también esa distancia necesaria para luego saber ver lo cercano con otros ojos. A él lo que realmente le gustaba era todo lo que pudiera dar la tierra del norte de Gran Canaria. Fue siempre el compañero de mi padre jugando al dominó, y ayer los amigos del Archivo estaban un poco apesadumbrados, aunque tras el entierro se fueron a jugar la partida de rigor y supongo que a echarse algún whisky a su salud. Alegraba ver la iglesia de Guía de bote en bote. Digamos que uno se sentía orgulloso, como dijo el sacerdote en la homilía, de que la buena gente se viera recompensada tanto en la vida como en el momento de la despedida, en este caso tremendamente emocionante entre la música del timple y los pasos lentos de los amigos que llevaban sus restos mortales. Las buenas personas son las únicas que tienen ocasos como esos que cada dos por tres enrojecen la silueta del Teide. Quedará ese recuerdo luminoso para siempre, su verbo pausado como el de esos hedonistas que no desaprovechan ni un segundo porque saben que aquí, si no disfrutas y te sorprendes con todo lo que te rodea, acabas envejeciendo prematuramente. A la buena gente también le acompaña una sombra que acaba quedándose en cada uno de los espacios en los que uno les recuerda. Juan Padrón seguirá transitando las calles de Guía. Es imposible que no lo veas.

Tomaba notas sin darse cuenta de que había dejado de entender su propia letra. Toda la vida había sido un grafómano impenitente. Le dábamos un bloc y un bolígrafo y se sentaba en el jardín escribiendo lo que veía y lo que recordaba cuando escuchaba el viento entre las hojas de los árboles. Nosotros le leíamos luego lo que había escrito, pero no reconocía ni los nombres ni los lugares que describía con todo lujo de detalles. Nos estaba contando una vida que él ya no recordaba. Estaba todo el día en silencio con los otros viejos que también miraban hacia las copas de los árboles como si fueran niños desorientados en medio de sus propias vivencias.

La foto había amarilleado. Acudía una y otra vez al cirujano plástico para que corrigiera cada una de las arrugas que no estaban en la imagen. Quería seguir siendo la misma de entonces, pero le traicionaba el papel y la tinta añeja que ahora la hacía parecer mucho más pálida y hasta un poco difusa si la mirabas de cerca. También se iba borrando poco a poco el fondo de la imagen y el carmín de unos labios que dibujaban una mueca procaz y adolescente. El cirujano la anestesiaba y con la foto delante iba marcando con tinta azul los trazos del tiempo que ella se negaba a reconocer en los espejos.

Sin flores se desconsolarían los enamorados y los muertos estarían todavía más solos en los cementerios. No habría frutas y los paisajes primaverales parecerían páramos interminables o desiertos. Tendríamos que colocar flores de plástico en los jarrones y dejaríamos de reconocer la fragancia de los jazmines, los geranios o los claveles. Ya los paisajes estaban mucho tiempo antes de que los viéramos. Nos creemos lo más fetén del universo, casi dioses, y no somos más que unas presencias pasajeras a merced de millones de contingencias.
Dependemos de la naturaleza para casi todo, pero nos hemos empeñado en destrozarla sin tener en cuenta a los que vendrán luego o lo que sucederá con nuestros hijos pequeños cuando nosotros ya no estemos. Lo de menos es que preservemos nuestros rastros en los mapas. Tampoco nos valen los documentales o esas fotos lejanas de los satélites o de los drones que sobrevuelan por todas partes.
Desde hace unos años están desapareciendo las abejas. Al principio, leíamos esa noticia como mismo leemos cientos de reseñas sobre descubrimientos, estudios en universidades extranjeras o variopintos experimentos que un día recomiendan el consumo de un alimento y al siguiente lo convierten casi en veneno. Pasa con los lácteos, con los aceites, con las harinas y hasta con los pescados que comemos. Uno no sabe nunca a qué atenerse cuando está haciendo la compra, aunque al final nos decantamos inevitablemente por las ofertas o por ese consumo, casi inconsciente, que nos lleva a elegir el yogur mejor colocado en la nevera o la marca de atún que más aparece en los anuncios de la tele. Pero yo estaba escribiendo de las abejas. Su desaparición cada vez más evidente entre los apicultores puede poner en riesgo nuestra propia existencia. Sin polinización no habría vida en el planeta, y la que hubiera se vería afectada por esa ausencia que aparentemente resulta trivial o mucho menos importante que una final del Mundial o que un descuento en el IRPF. No hay constancia de que las abejas se estén suicidando o estén dejándose morir por alguna pena. Como las hormigas, llevan mucho más siglos que nosotros distribuyéndose las tareas ordenadamente. Por tanto son mucho menos imprevisibles que los humanos. Más bien somos nosotros los que estamos propiciando que se mueran. Nuestros venenos, nuestras contaminaciones y esa incontrolada usura por ganar mucho dinero en poco tiempo está acabando con todo lo que tenemos. Nos quedarán billetes, barriles de petróleos y ordenadores para el dos, el tres o el cuatro puntocero. También seremos cada vez más virtuales; pero no habrá célula madre ni programa informático que sustituya a las abejas. Si acaso, nos salvaremos dándonos cuenta de que todo lo hacemos tiene siempre alguna consecuencia.

La madre casi la empujaba por las calles del pueblo. Ella iba con unos tacones que apenas la dejaban caminar. No quería ir adonde la llevaban. Tendría unos dieciocho años recién cumplidos, e incluso puede que ni siquiera hubiera alcanzado la mayoría de edad. No sé cuáles serían las normas del certamen de belleza de aquel pueblo en el que pasábamos las vacaciones escondidos del mundo. La mujer que me acompañaba me dijo que le daba mucha pena la cara de la muchacha tratando de evitar que su madre viera cumplido sus propios sueños. No quería ser reina en ninguna parte. Solo quería estudiar para maestra y vivir en una gran ciudad donde nadie supiera nada de ella. Todo el mundo decía que era muy guapa. Su madre también fue guapa antes de que empezara a parir y a trabajar de sol a sol desde los diecisiete años. Siempre soñó con ser la reina de las fiestas. El alcalde iba a recibir a las candidatas en las Casas Consistoriales. La muchacha miraba a todas partes esperando algún milagro que la salvara. Su madre y sus tías estaban seguras de que sería la Miss del pueblo y de que luego aspiraría a ser reina en otros certámenes de belleza. Llevaba un traje negro con un collar de perlas falsas.

Le pregunté que cuánto tiempo llevaba fondeando las nasas enfrente de la playa del Juncal. Todos los días las tiraba y las recogía justo en el mismo sitio. Uno las reconocía por una boya roja muy desgastada que se hundía o se elevaba entre el vaivén del océano. A él no le hacía falta ninguna señal para ir a buscarlas. Su padre le había enseñado ese lugar desde que era niño, y a su padre se lo había enseñado su abuelo muchos años antes. De ese lugar sin nombre llevaban sacando desde hacía siglos las samas y los jureles que seguían cayendo en el engaño de los hierros oxidados y de los trasmallos.

Tenían que haberse visto. Llevaban toda la vida repitiendo los mismos movimientos cuando dormían, la mano en la cara, las piernas enredadas o el cuello buscando algunos ángulos casi imposibles. Todo lo hacían exactamente igual en horas diferentes. Cuando uno se levantaba, el otro ya estaba en las antípodas repitiendo cada escorzo y cada gesto. Desde tan lejos no me atrevo a decir si también compartían los mismos sueños.

En la calle había un vaso de plástico con manchas de carmín. Alguien lo había tirado durante la madrugada. Él lo miraba mientras se fumaba un cigarro en la puerta del salón de máquinas recreativas. La mujer que se había maquillado para salir a la calle la noche anterior seguro que había soñado con dejar su rastro en alguna copa de champán. No sé qué estaría pensando él. Realmente no creo que tuviera tiempo para pensar en nada. Se le notaba nervioso, tremendamente inquieto, como si supiera que ya estaba condenado de antemano. Yo lo veía desde mi ventana y también veía ese vaso que alguien había dejado pintado de rojo en uno de los bordes. Me imagino a esa chica maquillándose antes de salir de fiesta. Posiblemente soñaría con encontrar esa noche al amor de su vida. Hoy es probable que se haya despertado con algo de resaca por el alcohol de garrafón que bebería en ese vaso. No sabemos su nombre, pero podríamos llamarla Irene, Alicia, Luisa o Esperanza.
Él se queda echando monedas en la máquina que está más cerca de la puerta. Como si quisiera salir en cualquier momento. Como si quisiera salvarse. Lo veo desesperado. No salen las combinaciones que busca en la pantalla, ni tampoco suena la música que alegra momentáneamente algunas de sus mañanas. Nunca gana. Todo lo que alguna vez obtiene lo vuelve a gastar como un autómata condenado eternamente a perder todos sus sueños por una ranura interminable de derrota. No debe tener más de cincuenta años. Lo imagino con una infancia parecida a la mía, siguiendo a los Chipiritifláuticos en las primeras teles en blanco y negro o improvisando partidos de fútbol para soñar que era Germán o Morete. No sé en qué momento se le iría su vida de las manos. Siempre hay un día clave, un mes o un año en el que cualquiera puede echar a perder todo lo logrado. He visto caer a muchos en demasiados pozos inesperados; pero lo bueno de la vida es que también he visto a otros tantos renacer cuando nadie daba un duro por ellos. Ese hombre tiene pinta de haber perdido a su familia. No debe trabajar porque lo veo a lo largo de todo el día desde hace meses. No sé de dónde estará sacando el dinero que sigue echando en ese pozo sin fondo de las tragaperras. Sale a fumar otro cigarro y lo veo mirar fijamente hacia el vaso de plástico manchado con el carmín de una mujer que a lo mejor ha pasado alguna vez a su lado. Me imagino que con cada desengaño necesitará soñar su existencia en otra parte. No sé cómo se llama. Probablemente tampoco sepan su nombre los que juegan desde hace muchos días a su lado. Le deseo mucha suerte para que se salve. Ahora da lo mismo que gane o que pierda porque siempre terminará ganando la máquina. Se podría llamar Antonio, Pedro, Juan o Abelardo.

Se dejaba la sal en el cuerpo cuando se acostaba.
Contaba que quería navegar océanos en los sueños
y que dormía mar adentro, abisal y profunda,
como dicen que duermen siempre las sirenas.

No dejaba de mirar la pantalla del móvil. Quería olvidarse, salir del mundo virtual y de los dígitos luminosos que anunciaban nuevos mensajes; pero sus ojos la traicionaban a cada instante. Realmente no sabía qué estaba esperando. No aguardaba noticias importantes ni andaba enamorada de nadie. Ya hacía tiempo que era incapaz de leer un libro o de ver una película sin mirar varias veces el móvil que mantenía en silencio. Siempre sucumbía a los avisos, aunque la mayoría de las veces no eran más que anuncios de mensajes insustanciales, actualizaciones vacuas o invitaciones a juegos que rechazaba sobre la marcha. No quería estar sola. Acababa de leer que entre una descarga eléctrica y la soledad, la gente optaba por el calambrazo antes que por sus pensamientos. No solo le pasaba a ella. Todos andaban mirando las pantallas para no acercarse en ningún momento a su propia condición efímera y pasajera.

No sobrevivió ninguno de ellos. Ni siquiera aparecían entre las cifras estimadas de muertos. Viajaban en las bodegas del "Titanic español" que se hundió frente a las costas de Brasil en la madrugada del 5 de marzo de 1916. Habían subido a bordo en el Puerto de La Luz, en Las Palmas de Gran Canaria. Venían de Guía y de Gáldar. Llevaban meses juntándose para organizar todos los detalles del viaje. Uno de ellos tenía un conocido entre la tripulación del Príncipe de Asturias que, a cambio de unas pocas pesetas, les ayudaría a colarse en la bodega del barco. Querían llegar a Buenos Aires. Ya habían fondeado unas horas en Río de Janeiro. Durante todo el tiempo que estuvieron en la ciudad carioca no dejaron de escuchar los ecos festivos y bullangueros del carnaval. Les hubiera gustado asomarse como mismo lo hacían los pasajeros que iban en los camarotes. El barco chocó contra un arrecife en Punta Pirabura poco tiempo después de salir de Río de Janeiro. No sobrevivió ninguno de los pasajeros registrados que subieron en Las Palmas de Gran Canaria. De los que iban en las bodegas ni siquiera hubo noticias. Todos tenían menos de veinticinco años. Nunca le contaron a nadie que se iban a embarcar rumbo a Argentina. Se llamaban Anselmo Sosa, Baltasar Miranda, Rogelio Moreno, Miguel Díaz y Bernardo Quintana. Los pecios no son solo hierros que recubren los corales.

Abría la boca para que todos creyeran que estaba cantando. Llevaba más de un año sin emitir un solo sonido en los conciertos. Únicamente cantaba en los ensayos. Le costó más de veinte años llegar al coro de la Orquesta de París. Realmente lo único que quería era vivir junto al Sena y solo sabía cantar. Se quedaba mudo delante de tanta gente; pero había aprendido a fingir y nadie se percataba de sus silencios. No sentía ningún rubor cuando le aplaudían. Podía pagar un pequeño apartamento junto a la Rue de Rivoli y sentarse cada tarde a ver pasar a la gente desde cualquiera de las terrazas de Montparnasse. Se conformaba con eso. A veces amaba a alguien, pero jamás compartía su espacio ni el escenario de sus sueños. Desde niño se había sentido parisino aunque había nacido en el otro lado del planeta. Maldecía la rebeldía de su voz cuando regresaba a casa caminando por la ribera del Sena. Lo más terrible era que todos sus compañeros lo felicitaban efusivamente después de cada uno de los conciertos. También su director, que había nacido cerca de su misma calle en Buenos Aires, le decía todo el rato que tenía que convertirse en solista para aspirar a otros logros profesionales. No entendía nada y seguía fingiendo que cantaba cada vez que comenzaba a sonar la música en la sala de conciertos.

Alquiló una casa emblemática al final de su misma calle. Salió de madrugada de su domicilio y recorrió los veinte metros que le separaban del lugar que había escogido para escapar en vacaciones. Cerró la puerta y no pensaba volver a abrirla hasta que pasaran los quince de días de descanso que había previsto para desconectar de tanto estrés y de todos sus problemas. En el trabajo se inventó un destino lejano para que no lo estuvieran molestando y a su esposa le dijo que necesitaba unos días de reflexión en medio de la naturaleza. Sabía que nadie le acabaría buscando tan cerca. Esa casa solía estar habitada por extranjeros casi todo el año. Abriría las ventanas sin que le vieran y estaría mucho tiempo en la azotea viendo pasar a la gente. La había alquilado por Internet haciéndose pasar por un turista noruego. A los seis días vio salir a su esposa abrazada de un hombre que no conocía. Su hijo pequeño le decía papá a ese hombre que se parecía mucho a él cuando era joven. De repente dejó de tener noción del tiempo y toda su vida se convirtió en un caos de fechas y de domicilios. No se atrevía a salir. Fue alargando las vacaciones durante mucho tiempo; pero ya no le quedaba dinero. Y tampoco sabía adónde ir.

Blogs de Canarias7

...y los gatos tocan el piano

Atarecos

Bardinia

Ciclotimias

Los olvidados

Ofelia

Ventana verde

Páginas

  • Carrete