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Archivos Mayo 2014

Él decía todo el rato que acabaría siendo millonario. Estaba obsesionado con el dinero y con los juegos de azar. Solo le habían tocado unos cuantos reintegros y algunas de esas combinaciones que casi no dan para jugar de nuevo. Se gastaba veinte euros a la semana. Era un hombre metódico con su suerte. El día que le cayó el único rayo de la única tormenta de verano de aquel año salía de sellar un boleto de la Primitiva que acabó siendo ceniza entre sus huesos calcinados. Murió en el acto. Al día siguiente apareció un cartel escrito a mano anunciando que habían sellado el único boleto acertante del último sorteo. Las chicas que estaban detrás de la pecera nunca se enteraron de su muerte. Ahora esperaban ilusionadas a que ese ganador las premiara con un par de miles de euros. Los fotógrafos no dejaban de sacar fotos del local y de sus empleadas. La noticia del que había muerto fulminado por un rayo aparecía justo al lado de los números de la suerte.

Unos la miran con pena, otros con asco y la gran mayoría con indiferencia. Hasta hace unos días volaba por encima de las torres de la Catedral y zureaba entre los árboles. También reconocía a los viejos y a los niños que venían cada tarde con pan duro o con paquetes de millo que sonaban como el granizo que vio caer hace años sobre las aceras. Defecaba por miedo, pero la gente pensaba que era por alguna enfermedad. Su única enfermedad era no poder volar. Milagrosamente, pudo pasar la primera noche sin que llegara un gato o una rata a despellejarla. Se refugió en el portal de una casa con azulejos de colores. Los dueños entraban con mucho cuidado. Eran los primeros que se conmovían con su presencia, pero no hicieron nada por salvarla. Ya esta mañana no estaba por ninguna parte. No hay restos sanguinolentos ni plumas esparcidas por la calle. Nadie sabe qué habrá sido de ella.

Marcaba un número al azar y empezaba a contar su vida. La mayoría de la gente cortaba sobre la marcha la llamada y algunos le insultaban o lo amenazaban. También había quien se quedaba escuchando sin decir nada. Según los días, empezaba el relato de su vida desde la infancia, desde los años universitarios, desde que habían nacido sus hijos o desde que lo habían despedido del trabajo en el que estuvo casi dos décadas. Después de que perdió el trabajo comenzó a beber y a holgazanear, y en apenas seis meses ya había echado abajo todo lo que había conseguido en más de veinte años.
Su mujer y sus hijos mayores le habían impedido el acceso a su propio domicilio. Por eso se vino a vivir con su madre. Bebe en casa, solo, mientras su madre, que hace tiempo que perdió la memoria, mira la tele sin saber qué diablos está mirando. Esta mañana volvió a marcar otro número de teléfono. Le dejaron hablar. Contó detalles de un amor de juventud con el que salió en Madrid durante los tres últimos años de carrera. Repetía una y otra vez que no sabía por qué había abandonado a aquella mujer que le había querido tanto. Ella le dijo que la dejó porque era un canalla y un cobarde, porque el padre de la otra le ofreció trabajar en el banco que dirigía y porque, en el fondo, siempre fue un hombre aniñado e incapaz de asumir responsabilidades.
Él no se atrevió a responder mientras ella hablaba. No la dejó terminar. Cortó como le solían cortar a él cuando comenzaba a lamentar su mala suerte y sus decisiones equivocadas. Nunca memorizaba los números de teléfono que iba marcando y el suyo aparecía siempre como usuario desconocido. Ella llevaba más de veinte años esperando para poder desahogarse. Él dejó de llamar a desconocidos y siguió bebiendo mientras miraba los programas de los canales que iba eligiendo su madre.

Uno no conoce los lugares hasta que no los vive desde dentro. Venecia, París o Manhattan son siempre fascinantes cuando estamos de paso; pero las veríamos de otra manera si tuviéramos que sufrir sus atascos, sus humedades o las hordas de turistas que no paran de llegar a todas horas. Tampoco se ve igual una ciudad cuando se madruga en ella cada día para salir a trabajar que cuando uno se levanta y se encuentra el bufet del desayuno con todas esas viandas que solo se encuentran en los hoteles cuando viajamos. Quienes nos visitan llegan aquí como si se adentraran en el paraíso. Nosotros también catamos ese sueño edénico de vez en cuando, pero casi todos los días pasamos de largo ante las playas o ante esos atardeceres costeros que detienen a los guiris como si estuvieran en algún Ganges milagrero.
Hasta hace unos meses, yo veía los parques infantiles como lugares de juegos interminables en los que se entretenían los niños en los columpios y los toboganes. También me gustaba contemplar la sonrisa de los padres viendo cómo esos niños se divertían trepando hacia los toboganes o descendiendo de ellos como si estuvieran en las plataformas de saltos de Partenkirchen. Cuando yo era niño nuestros padres nos dejaban jugar libres en las plazas o en los tres remos remendados que nos ponían de vez en cuando. Éramos nosotros mismos los que marcábamos los territorios. En ese momento es cuando ya descubrías al abusador, al solidario, al chulo de pacotilla o al timorato. Ahora no, ahora son los padres los que están alrededor de los niños y los que terminan incordiando. Cuando llego al parque con mi hija miro primero a los padres y luego a los chiquillos. Casi nunca me equivoco. Tienes al histérico, al que incita al hijo para que compita, al que ve que su vástago está dando patadas a los demás y mira para otro lado y a los que tratamos de apaciguar cuando vemos que algunos de los padres casi están a punto de llegar a las manos por cualquier trifulca de chiquillos. Tampoco te imaginabas que en ese espacio que parecía tan idílico había mentideros llenos de meticonas y chismosos que a veces despellejan a cualquiera de los habituales, aunque en esos casos, como fuera de los parques, son finalmente esos mismos correveidiles los que acaban despellejándose entre ellos.
Alguna vez me habían contado las andanzas que acontecían en esos espacios supuestamente decorados para el divertimento y la sonrisa, pero no pensé que todo fuera tan parecido a la vida que acontece tras esas vallas con colorines o con personajes de dibujos animados. Todo tiene siempre su otra cara. Tampoco nos fijamos cuando de madrugada esos mismos espacios se llenan de cartones debajo de los toboganes y duermen en ellos los que una vez también fueron como esos niños que sonríen con toda la vida por delante.

La belleza es casi siempre anónima. Los extranjeros retrataban los balcones de madera que él había diseñado y construido durante años. La pátina del tiempo les hacía parecer más viejos. Le gustaba sentarse en un banco de la plazoleta que tiene una pequeña fuente en el centro, justo detrás de un gran museo y de una iglesia. Todos los visitantes que pasaban se quedaban extasiados mirando el relieve y las formas que había tallado en la madera. Había tres balcones en menos de cien metros. Le hubieran pagado lo mismo si no hubiera creado algo tan bello; pero él sabía que la belleza era lo único que justificaba la pérdida de su tiempo. Los guías no repiten su nombre cuando detallan la técnica y las características de esas creaciones en varios idiomas. Era un artesano sin pedigrí académico, uno de los muchos que fueron dejando en las fachadas detalles que ahora embellecen las calles que recorren los turistas. Cada ciudad no es más que un cúmulo de creaciones desconocidas. También una maceta con geranios, el color de una puerta o unos cuantos árboles pueden cambiar por completo el destino de una calle y de quienes caminan por ella.

Los insomnes ya no bostezamos porque hace años que dejamos de anhelar sueños. Yo fui de los últimos en caer. Creíamos que nunca nos pasaría nada; pero en esta vida se recogen todos los trasmallos que vamos lanzando. Aquí resistimos mucho más tiempo porque estábamos lejos de la vorágine de las grandes ciudades y de la insistencia idiotizante de las pantallas. Llegó un momento en que nos contagiábamos con solo mirarnos. Hace por lo menos quince años que no duermo. La carga de conciencia de la sociedad que estábamos creando nos acabó pasando factura a todos. Las noches son largas y, paradójicamente, la vida parece mucho más corta. Ahora soñamos despiertos y ya no sabemos qué es real y qué es lo que recrea nuestro propio subconsciente. Lo daría todo por poder acostarme en una cama y dormir, como hace años, durante siete u ocho horas a pierna suelta. Todos nos hemos vuelto viejos.

Nunca había visto a aquella mujer. Caminaba por la misma calle que llevaba recorriendo desde que era niño. Nunca se había mudado de casa. No fue a la universidad por no separarse de su madre y se salvó del cuartel por mantenedor familiar. Su padre murió cuando era niño. Era hijo único. Trabajaba como empleado en un comercio venido a menos que vendía uniformes.
Aquella mujer se le paró delante y le preguntó que qué estaba haciendo allí. Luego se alejó rápidamente y desapareció antes de que él pudiera contestarle. Se quedó parado en mitad de su calle sin encontrar ninguna respuesta. Esa misma noche fue cuando mató a su madre mientras dormía. Por la mañana se fue al banco, sacó todos los ahorros y se dirigió al aeropuerto. El dueño del comercio en el que trabajaba fue el único que llamó a su casa. Nadie ha vuelto a saber nada de él.
Aquella señora que le había preguntado qué hacía era la mujer de la que estuvo enamorado hacía más de treinta años. No se dio cuenta hasta que llegó al trabajo. Su madre estaba empeñada en que no era la mujer que le convenía. Sabía que ella había terminado en un hospital psiquiátrico cuando lo dejaron, pero nunca se había acercado a visitarla. Estaba tremendamente gorda y su mirada no brillaba como cuando paseaban juntos por la avenida de la playa.


Se había quedado dormido y la vida no le había esperado en ninguna parte. Fue llegando con retraso a todos los compromisos. Llegó tarde para presentar un escrito en el Juzgado y sus clientes habían perdido la casa y todos sus ahorros. Lo andaban buscando por toda la ciudad para matarlo. En la radio en la que tenía que entrar en directo tuvieron que emitir música durante buena parte de la mañana. No lo quieren volver a ver por el estudio. La mujer con la que había quedado para almorzar se cansó de esperarle y ni siquiera le dejó una nota disculpando su ausencia. Cuando llegó, los camareros le recriminaron la pérdida de esa mesa en un día en el que habían tenido que rechazar varias reservas. Sabía que ella no le iba a perdonar nunca esa afrenta.
La tarde se le hizo eterna. No sabía adónde ir. Desde el bufete le habían dejado un mensaje en el buzón de voz para decirle que estaba despedido. Era el más reconocido de la ciudad, el más prestigioso y el que mejor pagaba. Les daba lo mismo su eficiencia y la puntualidad británica que había demostrado durante casi quince años. No recordaba qué estaba soñando, pero sí que no quería despertarse. Incluso puede que abriera los ojos a la hora de siempre y que siguiera durmiendo como hacía muchas veces cuando era niño y lo llamaban para ir al colegio. En el fondo odiaba aquella vida exitosa que los demás envidiaban como mismo odiaba el colegio cuando su madre lo despertaba cada mañana.
No quería regresar a su casa. Se fue a la estación y subió en el primer tren que pasaba. Le daba lo mismo una ciudad que otra. Se repantigó en el asiento y cerró los ojos. Después soñó que se despertaba, que iba al Juzgado, que acudía a la radio y que se terminaba casando con aquella mujer de la que llevaba enamorado desde hacía más de dos años.


De repente desaparecen casi sin que nos demos cuenta. Solo los niños preguntan por ellas cuando dejan de reconocer sus vuelos en los parques donde juegan. Las mariposas vuelan como si bailaran con música de violín. Su liviandad hace que nos parezcan casi etéreas siempre que las vemos perderse entre las flores o los árboles. Vuelan en silencio. En estos días se han movido entre carteles electorales ante los que no se paraba nadie, y si parábamos un momento preferíamos admirar el vuelo de las mariposas o seguir mirando para otro lado.
Los ojos son sabios y, si no los forzamos, terminan eligiendo por nosotros lo que realmente merece la pena. Una mariposa será siempre más bella que cualquiera de nuestras banderas ondeando al viento. No entiendo esa manía de algunos por atraparlas entre alfileres. Todo lo que se detiene se acaba muriendo, y la primavera no llega hasta que no las vemos de nuevo zigzagueando inquietas entre los pétalos de las flores nuevas.
Cuando era niño, recuerdo la metamorfosis casi milagrosa que seguíamos atentos desde que veíamos la oruga que luego terminaba convirtiéndose en crisálida y que, al final, cualquier mañana inesperada, ya se convertía en una de las muchas mariposas que acababan sobrevolando los cielos azules de la primavera.
A veces nos olvidamos de la naturaleza sin tener en cuenta que finalmente lo que somos solo lo entenderemos fijándonos en ella. Todo eso proceso de las mariposas hasta que nacen se parece mucho a nuestro propio paso por la vida, y no digamos al de la literatura que se va nutriendo de argumentos mucho tiempo antes de que aparezcan las alas que nos terminan escribiendo. Nadie vuela nunca de la noche a la mañana, y siempre hará falta paciencia, suerte y tesón para llegar lejos.
A uno le gustaría llegar a todas partes rodeado de las mismas mariposas amarillas que presagiaban la llegada a Macondo de Mauricio Babilonia. Nunca sé qué contestar a los niños cuando preguntan que dónde acaban yendo las mariposas que desaparecen con los primeros fríos del otoño. Les podría decir que también nosotros dejamos de volar de vez en cuando; pero es muy probable que no me entendieran, aunque al final serán ellos mismos los que descubran que unas veces volamos y que otras tenemos que esperar pacientemente a que nos vuelvan a salir las alas para emprender nuevos vuelos. No siempre podremos parecernos a las mariposas monarcas de alas rojinegras que aún nos siguen hipnotizando cuando las miramos revolotear entre las flores como si siguieran esos acordes de violín que uno imagina siempre en medio de sus bailoteos; pero cada mariposa que nos encontramos es como un guiño a nuestra propia suerte. Siempre presagian algo bueno, como la primavera, como todo lo que empieza.


Cada ciudad tiene calles por las que transita la vida como si fuera su propio reflejo. Uno sabe que está en París si camina por los Campos Elíseos, en Nueva York si alza la mirada en la Quinta Avenida o en la calle Preciados si deambula por Madrid como tantas veces deambuló Galdós reescribiéndola más allá de lo que asoma a sus portales o a sus escaparates. Triana es la calle en la que se asoma la vida diaria de Las Palmas de Gran Canaria, su gran rompeolas urbano.
Benito Pérez Galdós contaba siempre que antes de sentarse a escribir le gustaba salir a la calle a escuchar el rumor de la ciudad y las conversaciones de la gente; pero también le gustaba a mirar con ojos de poeta a los solitarios, a los que están todo el día aguardando amores en los bancos o a esos viejos que se sientan a recordar los brillos de lejanas miradas.
Uno imagina al niño Galdós corriendo por esta calle o admirando algunas de las mismas fachadas que hoy seguimos viendo nosotros. De aquellos paseos queda el eco de muchos de los personajes que soñó mucho antes de que se adentraran en sus novelas. Aquí también alimentaría sus sueños de escritor en la adolescencia, viendo pasar a la gente, imaginando lo que encontraría cuando tuviera que irse lejos y, sobre todo, aprendiendo a escuchar ese eco de palabras del que luego se nutren casi todos los sueños literarios.

Siempre escribía con lápices del número dos de la marca Staedtler. Le bastaba con oler la punta recién afilada para encontrar algún argumento. Se escribe lo que se huele aunque ni siquiera nos demos cuenta de que solo estamos siguiendo la pista de algún olor cada vez que trazamos una palabra. En el sexo sucede lo mismo, y en la comida, y en cada una de las ciudades en las que nos adentramos.
Hay olores que te aferran a los sitios y otros ante los que pasas de largo, así sean perfumes caros o fragancias llamadas a conquistar las más exigentes pituitarias. Incluso cuando golpeaba el teclado necesitaba tenerlo siempre a mano. No era un amuleto, ni uno de esos fetiches a los que se agarran los supersticiosos más desesperados. Con ese lápiz estaba a salvo cada mañana. Nunca olvida aquel milagro que supuso ver cómo salían todas las letras de su mano cuando aún no era capaz de intuir que esas mismas letras sombreadas le terminarían salvando en todos los naufragios.

Juancho Armas Marcelo sabe que en La Habana un Réquiem termina siendo siempre un guaguancó. También sabe que la literatura es música y que en una novela, sobre todo en una novela como Réquiem habanero por Fidel, tienen que retumbar muchas tumbadoras alrededor de las palabras y de los soliloquios de los personajes. En esta prodigiosa novela hay música, hay ritmo trepidante y, sobre todo, asoma un mundo muy particular que solo podía ser contado por alguien capaz de fundirse entre la brisa y las voces del malecón como un habanero más, con todos los giros, las mamaderas de gallo o los dobles sentidos que anticipa el Caribe cuando se pone bravo, o cuando se pone a contar como si la vida no fuera otra cosa que una sucesión interminable de palabras encadenadas.
Esta novela la dedica Juancho a Guillermo Cabrera Infante y a Miriam Gómez, y cuando la lees te das cuenta de que lleva todo el alma y el mar de fondo que aparece en Tres Tristes Tigres o en La Habana para un infante difunto. Pero en este caso es un canario el que pone a hablar a un cubano llamado Walter Cepeda. No es fácil dar con ese ritmo y ese tumbado de la jerga habanera. Tal vez sea porque los insulares solo pueden ser contados por otros isleños igual de tocados por los horizontes y por la misma sensación de cárcel y de paraíso que encierran las islas. Desde Ulises todos los isleños han ido navegando en busca de imposibles. Juancho sabe que las idas y las vueltas entre Cuba y Canarias han terminado hermanando la oralidad y el compás que marcan los vibráfonos cuando el tempo se aloca como las mareas y las tumbadoras en un Yambú, o con toda esa rumba de rezados y metáforas que te hace pasar las páginas sin que te estés dando cuenta de que eres tú mismo el que terminas hablándote.
Los grandes sátrapas quedan atrapados en las buenas novelas. Si no se les cuenta se van como mismo vinieron, sin dejar huella, sin que nadie dibuje esa estela necesaria que ayude a entender su capacidad para enredar conciencias y para dominar con una sola mirada la voluntad de cualquiera que merodee alrededor de su sombra. Esta novela se suma a otras grandes novelas que supieron inmortalizar a esos humanos que ya eran ficción mucho antes de venir al mundo. Desde distintas perspectivas, Tirano Banderas, El Recurso del método, El otoño del patriarca, Yo el Supremo, La leyenda del César Visionario o La fiesta del Chivo lograron retratar, con certezas o jugando a que pudieran ser muchos los contados, a seres como este Fidel Castro que Juancho ha logrado perpetuar a través de la mirada de Walter Cepeda.
Cuenta Vargas Llosa que Juancho, en lugar de instalarse en el trono en el que suelen asentarse muchos escritores con su edad y su trayectoria, sigue en la barricada con la pluma en la mano y la vocación tan pura y atrevida como cuando comenzó. Uno no lo concebiría de otra manera, y es un lujo seguir escuchándole detrás de sus personajes, en el eco de sus descripciones y en todas las pistas que nos sigue dando para que la vida sea más literatura y menos tragedia, más divertimento que recelos o que malandanza de envidiosos palaciegos.
La política es la propia historia de los humanos desde que se encuentran en cualquier parte del viaje para caminar juntos. En ese momento empiezan a caracterizarse todos los personajes que luego irán asumiendo los roles que ya estaban buscando desde el primer trazo de su propio maquillaje. En Cuba también pasa eso, pero Cuba, o más concretamente La Habana, exagera hasta el extremo esos roles y esas dependencias que se crean cuando se confunde a quien gobierna con una especie de elegido casi divino, o emparentado con esos dioses que a veces se crean para poder entender las ausencias o para escondernos de los miedos cotidianos. Juancho ha escrito la novela que sobrevivirá a Fidel y la que le contará cuando esté criando malvas como cualquier Agamenón o cualquier porquero. Pero sobre todo cuenta el alma de La Habana, su habla, sus contoneos, su brisa, el guineo de sus calles, los rones al solajero y esa mirada mestiza que entrecruza lo mulato y lo europeo en cualquier acorde o en cualquier fachada venida a menos. Ya había cantado y contado Juancho a esa ciudad casi tan suya como Agaete o Vegueta en Así en La Habana como en el cielo o en El niño de luto y el cocinero del Papa; pero en este caso creo que resuena con esos finales necesarios que requiere un guanguacó para que quede vibrando mucho más lejos. Aquí muere Fidel, o lo entierra ese rumor que al final no es más que el anticipo y lo que queda de todas las muertes.
En este libro también se dan las claves de la historia literaria cubana de los últimos cincuenta años, y hasta el propio Juancho aparece como personaje junto a Vázquez Montalbán para que el seguroso Walter Cepeda lo cuente como se cuenta a los isleños en La Habana, con la misma retranca y la misma ironía que han ido llevando los canarios donde quiera que han fondeado sus nostalgias. Aquí está el caso Padilla mucho mejor contado que como dicen que fue o que como especulan los que nunca lo entendieron. Habla Heberto Padilla en primera persona, pero en la novela también se asoman Virgilio Piñera, Jesús Díaz, Cabrera Infante, Norberto Fuentes y hasta el propio Hemingway. El mismísimo Jorge Edwards se convierte en personaje ayudando a que su Persona non grata se complemente con lo que se cuenta en esta novela. No se entendería la literatura cubana del siglo veinte, y de paso la propia literatura latinoamericana, si no nos asomáramos a esta ficción escrita por Armas Marcelo. Ya lo dicen los italianos: sé no è vero, è ben trovato.
En el libro María Callas está todo el tiempo barruntando la muerte. Los perros anticipan siempre lo que ni siquiera vislumbramos los humanos. María Callas no para de gemir y de ladrar durante toda la novela. También la literatura no es más que un presagio de lo que sabemos que puede terminar aconteciendo. Se sueña y se escribe lo que se puede y lo que nos dejan. Esta novela nace para ser leída muchas veces y para terminar contando lo que todavía ni siquiera está sucediendo. Se cuenta La Habana con todo lo que lleva dentro. Un festín. Un guaguancó que se acaba entonando como un Réquiem. O viceversa. Un escritor que lejos de detenerse con los años nos sigue demostrando que el talento se reinventa cada día, párrafo a párrafo, como cuando se empieza y se sueña con llegar a escribir alguna vez una novela como esta.

Este artículo fue publicado ayer en el Pleamar de Canarias 7


Esta última novela de J.J. Armas Marcelo se presentará mañana viernes, 16 de mayo, a las 19:30 horas, en la Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria

Ni siquiera tenían que mirar las luces. Ya ellos sabían el tiempo exacto que tardaban en cambiar los colores. Por más que apresuraran sus pasos se detenían a la misma hora en el lugar de siempre. Llevaban años siendo un amor de semáforo. Luego cada cual seguía su camino. No sabían en qué trabajaban, si tenían familia o hacia dónde se dirigían, en direcciones opuestas, cada mañana. Hasta las vacaciones coincidían, y también los días en que estaban enfermos. Se miraban fijamente y no desperdiciaban ni un solo instante antes de que el semáforo de los peatones volviera a ponerse en verde. Solo contaban con cuarenta segundos diarios para enamorarse.

Sabía que sí había amores eternos. Los había visto juntos casi desde la infancia, sin separarse nunca, sin discutir y sin ir por todos lados demostrando que se amaban. Les bastaba una mirada para entenderse, un simple gesto o una caricia cómplice. Así siguieron incluso cuando ya con noventa años el Alzheimer de ella no la dejaba orientarse ni por su propia casa. Él se negó a que la encerraran en una residencia y se mantuvo sano y fuerte casi hasta el último día. Ella había olvidado casi todo menos el cariño, los ojos y el tacto de quien amaba.
No tuvieron hijos. Sí que hubo muchos perros, pero ya estaban todos muertos desde hacía tiempo. A él le dijeron que el bulto que llevaba semanas tocando en su cuello era un tumor maligno. Le tocó uno de esos médicos sin habilidades sociales que quieren nombrar las cosas por su nombre. Él estaba solo cuando le dijo que no viviría más de dos meses. Todo eso me lo ha dejado escrito en la carta. También me decía que quería que esparciese sus cenizas en la parte de la costa a la que iban casi todas las tardes a pasear.
Preparó una especie de mejunje con pastillas y se lo dio a ella primero antes de tomárselo y acostarse a su lado. Como no quieren que los suicidios se conviertan en noticia, su historia no ha aparecido en ninguna parte. Hoy, al regresar a mi casa después de recoger sus cenizas, aparecía en la pantalla la noticia de los dos bebés que habían nacido milagrosamente en el otro lado del mundo. Llegaron cogidos de la mano. Ellos también se habían marchado agarrándose los dedos con la misma ternura que esos seres recién llegados. Fui yo quien los encontró en la cama.

Ninguno de los dos sabía que era el último día del Firenze. Hacía meses que casi no entraba nadie. Años atrás, antes de la apertura de tantas franquicias y tantos restaurantes italianos, era la única trattoria que había en la ciudad. Giuseppe y Simona la habían abierto a finales de los sesenta cuando pasaron por Gran Canaria camino de América. No siguieron el viaje que tenían previsto y decidieron montar su pequeño negocio lejos de Nueva York. Nunca llegaron a Nueva York. Allí les esperaba un hermano de Simona con casa en Brooklyn y restaurante en Little Italy, casi al lado del Soho, en una de las calles más transitadas del sur de Manhattan.
Les costó arrancar, pero poco a poco lograron fidelizar una clientela que llenaba casi todos los días el pequeño local que habían alquilado en el barrio histórico capitalino. El hombre y la mujer que estaban ocupando por última vez una de las mesas del restaurante se miraban todavía tímidos y desconfiados. Era su primera cita después de varias semanas chateando en Internet. Fue ella la que le sugirió ese restaurante. De niña venía mucho con sus padres; pero los dueños no se acuerdan de ella, o si la recuerdan no la relacionan con aquella niña que siempre pedía pizza con tomate, aceitunas y mozzarella.
Simona y Giuseppe están esperando a que terminen de cenar. Les gustaría que se besaran. El vino ha ido alejando las distancias y acercando cada vez más sus caras. De fondo suena una de las arias de la Traviata que más le gustan a Simona. Canta Renata Scotto. Una vez estuvo en el restaurante. Había venido a cantar al teatro de la capital. Al final se besan delante de la puerta, justo cuando Giuseppe está pasando el fechillo por última vez. Simona le coge la mano y se miran largamente.

La mujer venía llorando. Debía tener unos treinta años. Yo iba justo detrás. La abrazaba un niño que llevaba la mochila del colegio. Ella le decía que no podía más. Se notaba que venía derrotada de alguna batalla. El niño, que debía ser su hijo, parecía su padre. No me atreví a preguntarle qué le pasaba. Aminoré el paso y los vi perderse en la distancia. Ella lloraba en medio de la calle mientras el chico de la mochila le acariciaba la cara. La mayoría de la gente ni siquiera miraba.


En mi calle han puesto unas vallas para que no aparquen los coches durante dos semanas entre las ocho de la mañana y las siete de la tarde. No especifican nada más. Las colocaron el pasado sábado por la mañana y las obras empezarán dentro de un rato. He escrito obras porque estoy con el grupo de vecinos que ya imagina la calle levantada y ese ruido siempre insoportable de los martillos neumáticos horadando las aceras. Otros dicen que van a arreglar una fachada porque las vallas solo ocupan el espacio de cuatro casas, aunque los más imaginativos aseguran que van a rodar una película en la plaza cercana y que aquí pondrán todos los equipos. Otras veces, cuando colocan vallas, aparece la actividad escrita a mano con letras casi ininteligibles. Nadie sabrá hasta dentro de un rato qué es lo que sucederá en esta calle casi siempre tranquila, con muy poco trasiego de coches y con el sonido de un piano que acompaña nuestros pasos muchas tardes. Al fondo hay una iglesia a la que se acercan los más devotos a escuchar misa desde las siete de la mañana y una columna salomónica en el centro de la plaza. Por lo menos esta vez nos han avisado de que pasará algo.

El otro día leía unas declaraciones del físico Michio Kaku en las que decía que a largo plazo podremos vivir para siempre porque, después de morir, nuestro genoma y nuestro mapa mental sobrevivirán. También afirmaba que seremos capaces de resucitar sensaciones y recuerdos en cualquier momento. No sé si tendrá razón. Lo que sí creo que es que la clave está en el cerebro y que todo lo que logramos pasa siempre por sus distintas conexiones. No conozco nada más perfecto que el cerebro humano. Todas las máquinas no son más que aproximaciones a lo mucho que aún desconocemos de su funcionamiento. Las redes sociales y todo lo que tiene que ver con la virtualidad solo son remedos de nuestro magín o de lo que va pergeñando nuestra propia imaginación.
Hace poco vi una magnífica película titulada Her en la que un hombre se enamoraba de un sistema operativo que no dejaba de ser más que un reflejo de sus propios sueños amatorios. Vale que todavía nos movemos en el terreno de la especulación; pero muchas veces la ciencia ficción no es más que un aviso de lo que terminaremos encontrando. También las casualidades están interconectadas mucho antes de que existieran los ordenadores porque, como vengo diciendo, el cerebro es el sistema operativo más avanzado que tenemos. Esos mismos días en que leí la entrevista a Michio Kaku y vi la película me llegó por Facebook una invitación para que siguiera la página de Dolores Campos-Herrero. Aparece la foto de Lola y cada mañana encuentras algunos de los muchísimos textos que fue escribiendo mientras estuvo viva. Realmente en las redes sociales está tan viva como cualquiera de nosotros. Kaku también decía que en el futuro podremos conectar el cerebro a un ordenador y después a Internet o que, en último término, Internet se convertirá en una red del cerebro a través de la que podremos compartir pensamientos y emociones. Por eso quien dejó escrito su paso por el mundo solo estaba anticipando su propia inmortalidad a través de las palabras. Si se ha dejado el alma en la escritura no hay eternidad que nos borre de ningún mapa.
La virtualidad forma parte de ese juego. Ya sé que también tiene muchos riesgos; pero no hay avance que no conlleve algún peligro. Facebook o Twitter no son más que los primeros pasos de lo mucho que encontraremos a medida que sigamos desentrañando nuestro propio cerebro. Luego están las emociones, pero ese camino creo que lo seguirán recorriendo solo las letras. Siempre habrá un misterio que no se revele. Las palabras, como en esos textos de Lola que vemos cada mañana recién escritos en la pantalla, llevan siglos intuyendo que la nada es solo aquello que no se cuenta. Ni siquiera sabemos nunca hacia dónde terminan yendo. Da lo mismo que las borres. Seguirán parpadeando más allá del tiempo.


Artículo publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7

En una corrección siempre se pierde algo. El libro que finalmente lees ha tenido muchas palabras de las que nunca tendrás noticias y personajes que no llegaron a ninguna parte. La vida de cualquiera de nosotros también está llena de galeradas que solo conocemos los que transitamos por sus días y por sus párrafos.
Acabo de leer en un texto de Juancho Armas Marcelo que, según García Márquez, tenemos una vida pública, una privada y otra secreta. Por más que corrijamos vamos dejando pistas de cada una de ellas en nuestro propio recuerdo. Las biografías también se escriben con lo que hemos ido perdiendo o rechazando a lo largo de los años. Como los libros, también tenemos múltiples lecturas. A veces todo depende de la interpretación de una palabra o de un estado de ánimo. Ayer estuve viendo algunas galeradas de las novelas de Pérez Galdós. En el capítulo de Fortunata y Jacinta en el que presenta a Juan Santa Cruz en la facultad de Derecho había palabras tachadas, sugerencias, cambios de adjetivos y signos de puntuación que cambiaban por completo el ritmo de la narración. Una coma puede variar de arriba abajo la musicalidad y hasta el propio entendimiento de un texto. También a nosotros nos cambia cualquier gesto, un viento inesperado o una mirada que quizá ya venimos intuyendo mucho antes de que empecemos a escribir un capítulo nuevo en nuestra novela diaria.

Fue noticia cuando nació. Había sido el primer bebé del año. En los periódicos detallaban que había pesado 4,200 kilogramos y que medía 54 centímetros. Aparecía en los brazos de su madre. Su padre estaba detrás con la mirada perdida, como si deseara estar en otra parte. La madre tampoco sonreía. En el periódico decían que se llamaría Esteban: pero luego lo bautizaron con el nombre de Yeray. Han pasado veinticinco años. Los padres lo abandonaron unos meses después de que apareciera en aquella fotografía. Vivió en centros de acogida hasta los dieciocho. Desde entonces deambula por las calles buscándose la vida como puede. Duerme en una furgoneta. En su cartera lleva siempre, como hacen los poetas viejos con sus versos, el recorte de prensa en el que se anunciaba su venida al mundo como si fuera un gran acontecimiento.

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