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Archivos Abril 2014

Tenía un perfil por cada horóscopo y dependiendo de las cartas astrales elegía ser Aries, Sagitario o Libra. Siempre mantenía el mismo nombre. Variaba el apelativo y la foto que utilizaba de portada. Para ser fiel a un signo del zodiaco solo hay que empezar a creerse los comportamientos habituales que se espera de cada uno de ellos. Los Aries se entiende que son impulsivos, los Libras indecisos, los del signo Cáncer lunáticos o los Capricornios perseverantes.
También en la vida vamos asumiendo roles sin darnos cuenta de que muchas veces nos los hemos ido creyendo solo por la insistencia de los demás. Basta que empiecen a decir que eres un buenazo para que te coman hasta las moscas y para que tú mismo te quedes quieto cuando te dan golpes por todos lados; si por el contrario todos dicen que eres un tipo duro que no se anda con chiquitas no te atacarán nunca directamente y tú también te empezarás a creer un sietemachos. Esos roles se asignan y se asumen desde la infancia o adolescencia, casi al mismo tiempo que los horóscopos, y una vez se asientan en tu entorno no los cambia ni el médico chino. Si acaso te puedes mudar de ciudad para empezar desde cero en un lugar que no te conozcan, pero como vuelvas estás perdido porque nunca dejas de ser quien fuiste por donde pasaste. Por eso los regresos son tan peligrosos y tan complicados.
Él no podía cambiar de ciudad porque tenía dos hijos con menos de diez años y una hipoteca que no dejaría de pagar hasta que cumpliera los sesenta y cinco. Se conformaba con ser otro en las redes sociales. Su nombre tampoco era real. Se llamaba Alfredo, pero en el mundo virtual siempre era Adolfo: Adolfo Aries, Adolfo Libra o Adolfo Piscis. Le bastaba ese añadido para que los demás asumieran sobre la marcha cómo era o cómo pensaban ellos que debía ser teniendo en cuenta esas pistas zodiacales. A veces se hacía un lío y mezclaba los perfiles; pero casi siempre se mantenía fiel a lo que se esperaba de cada una de sus personalidades. En la vida real seguía siendo siempre el mismo. En la otra, por lo menos, podía ser un signo zodiacal distinto cada mañana. No tenía preferencias. Le daba lo mismo ser Leo que ser Acuario.


Lo de menos era el ejercicio físico. Es verdad que el médico le había recomendado que caminara y que saliera a la calle. Hace años le gustaba salir a la calle, pero ahora no conoce a nadie. Parece como si todos hubieran muerto o se hubieran marchado de este barrio.
También él vino a vivir por un tiempo en este barrio y ya lleva aquí cincuenta años. Estrenó el piso dos meses después de casarse. No tuvo hijos. Sin embargo en una de las habitaciones parece como si siempre hubiera dormido un niño. Su mujer sufrió un aborto con siete meses de embarazo. Todo se fue complicando y al final murió dos semanas después de que perdiera la criatura que esperaban. La habitación la había decorado ella y la habían pintado juntos de color azul pensando que tendrían un niño. Él no se ha atrevido a tocarla en todo este tiempo. Vive entre recuerdos, con muebles viejos y apolillados. Hay varios portarretratos con imágenes de su mujer y uno muy grande, que siempre ha estado sin fotografía, en la habitación pintada de azul.
Cuando sale por la mañana camina por la Avenida Marítima. Casi todos van corriendo a esa hora. La primera vez que le saludó no lo reconoció. Era un hombre de unos cincuenta años que se parecía mucho a su mujer y que tenía sus mismas manías y sus mismos ojos. No le preguntó quién era. Siempre llega corriendo y le llama por su nombre a medida que se aleja. Es la única persona, aparte del médico que le recomienda que haga deporte, con la que habla. Desde que se lo encontró deja todas las noches encendida la lámpara que está en la habitación en la que su mujer cuidó hasta el último detalle.

Javier Estévez acaba de publicar su primera novela. Para cualquier escritor ese momento es inolvidable. No es su primer libro publicado, pero sí el primero en el que la ficción trata de contar lo que a veces no conseguimos entender por más que tengamos las respuestas delante de nuestros propios ojos. La vida no se entiende aun siendo tan diáfana o tan sencilla como todo lo que aparece y desaparece a diario sin que nos demos cuenta. Javier es de mi pueblo, algo más joven que yo, pero está igual de marcado por la literatura en los mismos colegios y con la misma profesora. Siempre nombro a María Teresa Ojeda como una de las personas que me dejó letraherido de por vida. De sus clases han salido casi una decena de escritores y Javier es el último de ellos. Días de paso es una historia centrada hace dos siglos en Lucena, que sería un remedo de Guía de Gran Canaria. Además de contar numerosos sucesos que cambiaron muchas cosas de nuestro entorno, se plantea esa universalidad que tienen siempre los temas esenciales de nuestra propia existencia. Al final escribimos solo para buscar respuestas, o para ponernos en el lugar del otro como si fuéramos nosotros mismos o como si intuyéramos que no somos mucho más que un sueño pasajero.
Un viajero al que el azar acaba trayendo a Gran Canaria termina en Lucena viviendo en primera línea la epidemia de fiebre amarilla que sufrió la isla hace doscientos años. Aparecen personajes reconocibles como Canónigo Gordillo o Luján Pérez y también se retrata perfectamente el ambiente, la situación política y el habla de la época. Javier es un geógrafo con una pasión extrema por los árboles. Ya había publicado hace años el libro Gigantes en las Hespérides sobre los árboles más emblemáticos de las islas. Aquí se adentra en lo que en 1812 quedaba del bosque de Doramas y nos cuenta todo lo que él sabe y lo que añora de aquellos paisajes que entonces comenzaban un deterioro cada día más descorazonador. Un árbol contiene la memoria de miles de hombres y ha visto pasar más tiempo y más pájaros que cualquiera de nosotros. En la novela, que está estructurada como un diario que permite que nos asomemos todavía más cerca al alma del personaje principal, se dice que la vida pasa en silencio, sin hacer ruido, y tal vez por eso mismo el pasado que no se cuenta camina más veloz hacia el olvido, o queda a oscuras cuando ni siquiera somos capaces de imaginarlo. Javier Estévez logra que viajemos en el tiempo y que sintamos el miedo que tuvieron nuestros antepasados ante las epidemias. También consigue que nos reconciliemos con la naturaleza; pero sobre todo logra que la emoción de la palabra nos ayude a entender un poco mejor lo que tantas veces pasa de largo ante nuestra propia sombra o ante otras miradas que no son más que el anticipo de una gran historia.


Artículo publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7

Hay lugares a los que llegas y lugares en los que terminas apareciendo. Siempre estás donde debías aunque creas muchas veces que deberías estar en otra parte. Ya estarás dentro de un rato en otra parte, pero eso ahora mismo carece de importancia. El viejo le hablaba con la cadencia y el ritmo pausado de los sabios. Él tenía prisa por marcharse. No sabía a dónde, pero sí sabía que quería irse lejos. El viejo le decía que donde quiera que fuese ya le estarían esperando. No entendía y partió casi sin despedirse. La vio por primera vez en el vagón del metro que le llevaba al aeropuerto. Aún no sabía que iba a estar viviendo muchos años a solo seis paradas de donde se había marchado.

Quien no lee corre el peligro de quedarse inédito. No hace falta que te cuentes. Uno se cuenta a sí mismo en la vida de los otros, en las ciudades que sueña y detrás de cada una de las palabras que va leyendo. No imagino la vida sin letras. Lo que no se puede nombrar ni trazar en ninguna parte está condenado al olvido inmediato. Cuando lees o escribes logras que tus argumentos vayan mucho más lejos que la sombra que proyecto tu cuerpo, o que la estela que dejará tu propio recuerdo. También soy Alonso Quijano, Emma Bovary, Julián Sorel, Isidora Rufete, Gregorio Samsa, Maqrol el Gaviero, Aureliano Buendía, Zuckerman, Herzog, Santiago Zavala o Elizabeth Costello. No sería el mismo si me faltara alguno de ellos. No solo estamos nosotros y nuestras circunstancias, también están todos los demás argumentos que han ido formando parte de nuestra vida diaria. Seguiremos buscando en las pantallas o en los papeles. Da lo mismo. Lo único que cuenta es que podamos seguir leyendo.



En la sala de espera de los veterinarios uno no sabe nunca si mirar a los ojos de los perros o a los de sus dueños. Hace tiempo que cuando me tropiezo un perro por la calle miro primero al dueño y después al animal. En esa sala, los humanos que mueven todo el tiempo las piernas o que no paran de rezongar tienen perros nerviosos que no pueden quedarse quietos. Los que no pierden la sonrisa o aprovechan la espera para imaginar buenos momentos o para no pensar en nada suelen tener perros tranquilos entre sus piernas. Los niños que fuimos también terminamos imitando a nuestros padres, a nuestros abuelos o a nuestros maestros. Muchas veces solo somos lo que hemos ido viendo. Los niños imitan lo que saben que no entienden. Piensa en muchos de tus gestos y verás que no son más que copias de otros gestos que tuviste cerca cuando la vida no era más que una imitación permanente.

Aquel día azul no presagiaba ninguna muerte. Había aprendido en sus libros que en la vida solo hay presagios y pequeños detalles que uno ha de saber mirar para no extraviarse del todo en ninguna parte. Cuando lo leí la primera vez ni siquiera soñaba con ser escritor. No hacía falta salir de la habitación para viajar lejos. Su lenguaje era parecido al de mi abuela cuando me contaba historias igual de increíbles y aquel pueblo se asemejaba a Agaete o a Artenara. No creo que vuelva a vivir un impacto similar al de la lectura de El amor en los tiempos del cólera. Entonces yo también empezaba a enamorarme y Florentino Ariza y Fermina Daza eran los únicos que habían sido capaces de contar lo que estaba experimentando.
Antes me había acercado a la historia de los Buendía, y he vuelto muchas veces más para no perder nunca el norte literario. Hubo varios escritores que me fueron haciendo escritor sin que me diera cuenta, y García Márquez fue uno de ellos. Creo que somos muchos los que escribimos después de que nos deslumbraran las historias de sus personajes y la poesía de la que se nutren algunos de sus párrafos.
Algunos años después llegó a mis manos El otoño del patriarca, y ya ahí creo que no tuve ocasión de tomar ningún camino de vuelta. Quería ser lector y, en la medida de lo posible, también escribir historias. Los primeros textos recuerdo que estaban impregnados de su magia. Luego vas sumando otras influencias, otras voces, y al final no eres más que tu propia voz en medio de las otras voces que te enseñaron. Ni siquiera te das cuenta. Los buenos escritores son aquellos que logran que sus argumentos también terminen siendo parte de nuestros sueños. No concibo este paso por el mundo sin haber estado en Macondo muchas veces, sin Santiago Nasar, sin la cándida Eréndira, sin un ángel con cara de llamarse Esteban o sin aquel coronel que esperaba, como esperamos todos, a que alguien le mandara alguna vez un atisbo de esperanza.
Con García Márquez somos muchos los que vivimos un extraño duelo literario. De alguna manera se nos va un ser querido y admirado. O se nos queda para siempre en los anaqueles de los libros de papel o en las pantallas de las ediciones digitales. Era un día de fiesta. Yo estaba en Agaete, ese Macondo del norte de Gran Canaria en el que uno ha reconocido siempre a Aureliano Buendía o a Úrsula Iguarán paseando por cualquiera de sus calles. No me di cuenta de que solo era un presagio. También Úrsula había muerto un Jueves Santo, posiblemente mirando hacia un cielo parecido al que el otro día estaría viendo Gabo más allá de las paredes de su cuarto. Los cielos solo se intuyen en los papeles en blanco. Ya luego todo lo demás tiene que ver con las palabras. También la muerte no deja de ser más que un texto escrito que alguien acabará encontrando en otra parte.


Artículo publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7

Ese otro era el de los compromisos. Sabía lo que tenía que hacer: sonreía, preguntaba por los hijos o los sobrinos, alababa el buen gusto de los anfitriones y destacaba la exquisitez de algún plato. A veces hasta se atrevía a proponer un brindis. Al otro lo suponía en casa leyendo, escribiendo o pensando en las musarañas. Él miraba disimuladamente el reloj de vez en cuando. Sabía que nunca podía irse hasta después de los postres. Cuando regresaba no iba a buscar al otro a ninguna parte. Encendía el ordenador, escribía unas líneas y luego se acostaba. Al día siguiente nunca sabía quién de los dos había dejado escrito el último relato.

Hago como que los entiendo. No solo basta con escucharlos. Da lo mismo lo que me digan. Ellos solo quieren que alguien esté atento a sus palabras. Los han ido encerrando en el edificio que está más al norte. Les prohibieron que escribieran y empezaron a volverse locos y a hablar solos por las calles.
El jefe empezó invadiendo otros países, persiguiendo extranjeros y al final, como hacen siempre todos los tiranos, también quiso controlar lo poco que se estaba leyendo. Solo deja escribir a unos cuantos paniaguados que ensalzan su torso musculado o sus fotografías exhibiendo metralletas. En los países cercanos miraron durante muchos años para otro lado. Ahora no saben cómo detenerlo. Los escritores y los periodistas fueron los primeros que lo contaron; pero los fue silenciando y encerrando en este nuevo gulag para olvidados. Me pagan por vigilarles y por cambiarles el plato de comida dos veces al día. Si supieran que los escucho también me encerrarían. Cuando me preguntan respondo siempre que están en silencio. Alguna vez también añado que parecen arrepentidos, pero los otros no se inmutan. No creo que los dejen salir nunca de este infierno.


No le hacía falta salir a la calle para reconocer los eclipses. De noche su perro había estado gimiendo como un niño pequeño y ahora no se separaba de él en ningún momento. Hace cientos de años los eclipses que no se veían solo eran sensaciones que se confundían con algunos sueños en las madrugadas. Ahora nos avisan muchos meses antes; pero seguimos sin saber lo que sucede en el resto del universo. Muchas veces no depende de nosotros nuestro estado de ánimo. En cualquier lugar lejano un choque de estrellas puede cambiar por completo la química del tiempo que vamos respirando.

Los libros llegan a nosotros mucho tiempo antes de que los encontremos. Se pierden los que deben perderse, tardan en llegar los que todavía no tenían su momento y ni siquiera imaginas los que ya te aguardan en cualquier anaquel o en la mente de alguien que aún no ha trazado ni una sola línea de su argumento. Una amiga buscaba desde hace tiempo un ejemplar que leyó en su infancia del libro Corazón de Edmundo de Amicis. Donde quiera que íbamos se acercaba a las librerías de viejo tratando de dar con aquel ejemplar que tenía firmado y subrayado en las páginas que más le habían emocionado. Cuando estuvo viviendo en el extranjero su madre regaló casi todos sus libros a una institución benéfica. Ella hubiera regalado todos menos ese. Entre esas páginas había aprendido mucho de lo que sabía de la vida, había llorado, reído, viajado lejos y además había descubierto que la literatura es una de las mejores coartadas que tenemos para seguir sobreviviendo.
El otro día encontró un ejemplar que casi llegó a jurar que era el suyo antes de abrir las primeras páginas. Aparecía escrito el nombre de otra persona, alguien a quien tal vez le pasó igual que a ella. Lo compró y empezó a hojear las páginas ajadas y amarillentas. No había nada subrayado, pero ella recordaba casi todos los renglones que había ido marcando a lápiz a medida que iba leyendo. Cuando uno subraya un libro deja una marca de su paso por esa historia. Da lo mismo que otros la borren, o que el propio tiempo vaya difuminando la sombra tenue de todos los lápices. En la penúltima página encontró una combinación de la Lotería Primitiva con los seis números alineados cuidadosamente. Me enseñó los números y le dije que jugara con ellos. Parecía un guiño del destino, aunque no le tocó nada. Buscamos en Internet y descubrimos que esa combinación había resultado premiada justo el día antes de encontrar el libro y que no había aparecido ningún acertante. Yo le dije que lo intentara de nuevo, aun a sabiendas de que la suerte no tiende a ser cíclica o de que rara vez se repiten los mismos números de una apuesta.
Todo se entiende que tiene su mensaje. Ella buscaba ese libro, y todavía sigue empeñada en recuperar el mismo ejemplar que leyó cuando era adolescente y la vida solo parecía una aventura literaria. Realmente lo es. No veo mucha diferencia entre los argumentos que vivimos y los que vamos leyendo. Podemos ser millonarios o ser los más pobres de la tierra. A veces no depende de nosotros esa contingencia. Me leyó una de las páginas del libro. Hablaba de los premios; pero no decía que el mejor premio es siempre el próximo encuentro. Se trata solo de jugar y de seguir leyendo. Los libros llevan marcas borgianas por todas partes, y solo con ellos podremos encontrar las salidas de algunos laberintos que no entendemos.

Los nispereros ya no son saqueados por los niños. Van pasando las semanas de marzo y abril y uno ve cómo los nísperos se pudren en los árboles sin que aparezca nadie a darse un festín. Yo de niño recuerdo pocos momentos tan memorables como las mañanas que andaba encaramado en los nispereros. El níspero es una fruta para los furtivos y los aventureros, pero presiento que los niños de este siglo veintiuno están confundiendo la aventura con la videoconsola. Y sin saberlo, están dejando de saborear su propia infancia: el almíbar del que luego se alimentan los recuerdos.

-¿Qué pasaría si no lo hicieras?
-Sería un Bartleby; pero probablemente no sucedería absolutamente nada.
¿Entonces preferirías no hacerlo?
-Eso fue lo que un día contestó alguien en un relato.
-¿Por qué escribes?
-Ni siquiera me lo planteo. Lo dejo todo en manos de los personajes.
-¿Está detrás de cada uno de ellos?
-Cuidadosamente escondido, a salvo, es como único puedes seguir escribiendo.
-¿Escribes entonces para salvarte?
-Aquí no se salva nadie. Sí es cierto que me sirve para seguir viendo la vida con ojos asombrados. Y para mirar con más humor y con más distancia lo que tantas veces creemos que nos llevará por delante.
-Cumples hoy setenta y dos años, ¿qué te queda pendiente?
-El argumento que escribiré mañana. Aún no tengo ni idea. Lo demás me da lo mismo. Trato de sonreír todo el rato. He visto morir a muchos divos avinagrados que se creían inmortales.
-Melville muere con setenta y dos años.
-Lo sé, y además fallece aquí, en Nueva York, muy cerca de donde estamos.
-En 1871.
-Es el año con el que cada día abro una nueva página en mi diario.

Hay historias que se quedan para siempre en los sueños, personajes remotos que una vez leímos o reconocimos en algunas madrugadas. Goethe pidió más luz cuando moría sin saber que posiblemente esa oscuridad que ya atravesaba no era más que la antesala de otro nuevo argumento que también acabaría olvidando.
Recuerdo un hombre obsesionado con las linternas. Las tenía de todos los colores y de todos los tamaños. Casi nunca las encendía. Si le preguntabas, te respondía que las iba guardando por si alguna vez se acababa la luz en el mundo. Decía que las velas no eran de fiar olvidando que las pilas y las baterías también se desgastan al paso de los años como mismo se apagan todas las miradas. No sé qué habrá sido de aquel hombre y de aquellas linternas. Tampoco sé en qué lugar del tiempo se habrán quedado tantos personajes que he soñado o leído en las madrugadas. Posiblemente nuestra propia sombra no sea más que un reflejo literario.

En los caminos que no se transitan crecen las zarzas. También en los recuerdos que uno va dejando apartados durante muchos años. A veces ni siquiera eres capaz de reconocer los trazados. Las casas abandonadas tienen sombras de ausencias entre los muros que se están viniendo abajo. Alguien ha entrado y ha dibujado grafitis obscenos por todas partes. También han quemado cartones y maderas viejas. Recuerdas a una señora que siempre estaba cuidando hortensias, geranios y calas delante de ese patio en el que ahora solo queda un pozo medio oculto entre la mala hierba. La mareta de los patos es una gran escombrera. Siempre nos decían que en esa mareta te tragaba el agua si te bañabas. Así y todo desafiábamos al miedo y nos sumergíamos entre las ranas y los patos. Han desaparecido todas las fincas de plataneras que rodeaban la casa. Un perro se asoma miedoso en la distancia. Puede ser el hijo de cualquiera de los muchos perros que nos acompañaban hace años por estos mismos campos. Lo llamamos y nos ladra desde lejos. No se acerca. Los animales saben que los caminos que van cubriendo las zarzas ya no llegan a ninguna parte.

Habitualmente se sentaba a escribir a esa hora; pero esa madrugada todas las palabras se iban borrando según las tecleaba. Pensó en algún extraño virus informático. Tampoco se le había ocurrido nada. A veces, en esos días poco fecundos para la creación literaria, se limitaba a colocar una palabra detrás de otra hasta que alguna frase tenía sentido y le servía para rebuscar argumentos que ni siquiera había pensado; pero ese día todas las palabras habían decidido no dejarse atrapar por ninguna frase.
Salió a caminar y se encontró el cielo de la ciudad poblado de aves. Aún no había amanecido. Llegaban todas del norte sobrevolando en silencio las azoteas y los tejados. Lo venían haciendo desde hacía cientos de años, siempre de noche, camino de África. Había leído algo sobre esas migraciones atávicas. Parecían garzas, pero nunca había visto garzas con alas verdes, rojas o violetas.
Siguió caminando. Las aves seguían volando hacia el sureste, en silencio, ajenas al bullicio de los primeros coches y de la gente que paseaba mirando las pantallas de sus teléfonos. Cuando regresó escribió un poema sobre unos pájaros de plumajes luminosos que atravesaban islas desde hacía miles de años. Lo trazó a mano, para que no se le borrara ninguna de las palabras con las que quería dejar escrita la majestuosidad de cada una de aquellas alas.

Su abuela le había enseñado que los sinvergüenzas tienen la mala suerte de la mala conciencia. Ella tampoco podía dormir. Llevaba un tiempo aguantando esos embates cíclicos que de vez en cuando amenazan con echarlo todo abajo. No era la primera vez que pasaba por eso. Había vivido en varios países y en cada uno de ellos había encontrado los mismos perfiles y parecidos roles.
Aprendió con Quevedo que nadie cambia su suerte si no cambia su forma de vivir. Era como era, una buenaza incapaz de devolver ninguno de los golpes. Su abuela se lo repetía siempre. Era como ella y sabía que iba a sufrir por los abusos de la mala gente. La primera vez huyó y se fue lejos, pero al poco tiempo descubrió que los buenos eran parecidos a los de su entorno más cercano y que los malos, como en las viejas películas del Oeste, se repetían y actuaban con la misma desfachatez que aquellos sinvergüenzas de los que le hablaba su abuela para protegerla.
También estaba toda la buena gente que había conocido. Cuando tuvo que elegir, aun perdiendo, se quedó con los que jamás harían daño a sus semejantes. Para eso ha tenido que cambiar de ciudad muchas veces. Hoy está desvelada porque no sabe cómo va a pagar su alquiler mañana. Confía en la suerte. Siempre ha sido una mujer con mucha suerte cuando nadie lo esperaba. Mantiene a salvo su sonrisa y sabe que ese insomnio será pasajero. Los otros, como también decía su abuela, lo sufrirán incluso cuando ya crean que están muertos. Recuerda su sonrisa y su mirada sabia. Ella sabe que al final eso es lo único que queda.

Hay veces en que los pies deciden por nosotros; pero él no lo sabía y se desesperaba cada vez que tenía que detenerse en la acera. Tenía prisa, todos tenemos prisa por llegar a alguna parte que luego carece de importancia. Los golpes de timón de cualquier existencia suelen ser casi siempre inesperados. Los cordones de los zapatos se le desamarraban una y otra vez; pero no levantaba la cabeza del suelo cuando volvía a atarlos casi maldiciendo aquel extraño empeño por retrasarlo. Ella estaba esperando el ascensor. También había sido detenida varias veces por una piedra que no había manera de sacar de su zapato. No se miraron hasta que tuvieron que elegir el número en el panel luminoso. Él le preguntó a ella y luego se besaron desesperadamente entre dos pisos. Llevaban toda la vida buscándose por todas partes. De no haber sido por los cordones y por la piedra que a ella le molestaba como le molestó a Aureliano Buendía el amor de Remedios cuando apareció la primera vez por Macondo, aún estarían caminando entre las calles sin encontrarse.

Los niños se creen personajes de sí mismos. Por eso hablan casi siempre en tercera persona. También hay políticos, deportistas y pedantes que cuando hablan se citan como si estuvieran nombrando a otro. Los niños están a salvo de vanidades; en cambio los otros están enfermos de sí mismos. A uno le hubiera gustado haber sido toda la vida un personaje como el que mantienen a salvo los niños. Los otros son grotescos, patéticos e infames. Me ha tocado entrevistar a alguno y son los peores porque ellos mismos se atribuyen sus propios titulares poniendo por delante su nombre y sus apellidos.
Muchos viejos también regresan al mismo personaje de la niñez que dejaron aparcado en el camino. No sé en qué momento los niños comienzan a inventar el ego que luego les terminará quitando el sueño. Hay veces en que el mundo solo se entiende si uno es capaz de asumir su propio personaje. Hay que hacerlo en silencio, conscientes en todo momento de que somos protagonistas de una comedia en la que casi nunca sabemos qué papel terminaremos interpretando dentro de un rato.

Muchas veces encuentras lo más importante justo donde nunca te habías parado a buscar nada. Lo que en principio puede parecer una condena termina siendo una liberación que no esperabas. La vida de cualquiera de nosotros no es más que una sucesión de guiños azarosos que te van llevando adonde tenías que terminar yendo, o adonde tú mismo deseabas llegar sin darte cuenta de que ya estabas dando todos los pasos para acercarte mucho antes de que caminaras.

La acariciaba como si supiera que ya no la volvería a ver nunca más. Ella también le amaba con esa vulnerabilidad que sienten a veces los humanos cuando dejan de pensar e intuyen levemente su extraño tránsito. Se veían casi a diario y los dos habían amado a otros cuerpos antes. Habían aprendido que la muerte también es la repetida ausencia de quien se ama. Ella le esperaba con la misma ilusión con que aguardaba a su primer amor de adolescencia. Todo el placer era siempre poco para sentirse eternos mientras se acariciaban. Los dos sabían que algún día dejarían de tener noticias el uno del otro. Hace menos de cincuenta años ni siquiera llegaban a ser las sombras que también se confunden cada vez que se aman.

Se había apagado. Escuchaba otras voces en los despachos cercanos; pero él había perdido el brillo de su piel y de su mirada. Vio cómo entraron corriendo en su despacho y cómo lo sacaron en camilla. Él seguía sentado como si todo aquello fuera un sueño. No se había movido de su sitio y ya su espacio lo estaba ocupando otro empleado que llevaba años soñando con su puesto. Era gris, pero no estaba tan apagado como él. Metió todas sus pertenencias en una caja y se las entregó a un conserje cojitranco que no paraba de maldecir todo el rato. También le dio su abrigo. Él tenía frío. Nadie habla nunca del frío de los muertos. El que ocupaba su silla le decía a otro con el que hablaba por teléfono que él acababa de morir de un infarto fulminante y que lo estaban velando en la sala siete del nuevo tanatorio. Estaba de pie, junto a la ventana. Afuera la gente seguía paseando como si no hubiera pasado nada.

Primero se encontró con un carrito de muñecas, con unos calderos para jugar a las casitas y con unas láminas algo desgastadas de lejanos protagonistas de dibujos animados. Un poco más abajo, casi al final de esa misma calle, había cintas de radiocasetes y libros de aventuras para adolescentes. Siguió caminando y, al lado de un contenedor de la calle trasera, se tropezó con decenas de cartas, con un par de portarretratos y con esbozos de algunos poemas. Tenía prisa y no se paró a leerlos. También había un colchón viejo, una mesa de noche y una pequeña lámpara. Alguien había desmontado una casa durante la noche. O más que de una casa, había querido desprenderse de la memoria de alguien que ya no viviría en ella. Pensó que podían ser nuevos propietarios, o que los restos de esa casa habían sido esparcidos por toda la ciudad. Tal vez, se dijo, aquí solo están los recuerdos de alguien que fue niña y adolescente hace ya algún tiempo. Dentro de unas horas no quedará nada. Vendrán algunos traperos improvisados y se llevarán lo poco que sirva, y tal vez algún curioso leerá los papeles y esos esbozos de poemas. Él solo cogió una foto. No reconocía a nadie. Aparecía una niña con su abuelo.

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