los blogs de Canarias7

Archivos Marzo 2014

No está todo perdido. Nacen niños, se enamoran hombres y mujeres de todas las edades, descubren medicamentos casi milagrosos, amanece, atardece, siguen apareciendo las estrellas por las noches y de vez en cuando alguien nos devuelve una sonrisa inesperada cuando vamos por la calle. Luego es verdad que también te encuentras noticias que desmontan todas esas alegrías cotidianas. Hace unos días, en este mismo periódico, nos encontrábamos con la crueldad casi llevada al último extremo y con la ternura que te deja al borde de las lágrimas cuando te das cuenta de que la propia naturaleza se encarga de seguir insistiendo para que nunca perdamos la esperanza.
Un hombre contagió de VIH a una mujer. Lo hizo a sabiendas, y cuando ella descubrió que era portadora de esa enfermedad él le escribió un SMS, macabramente burlesco, en el que le recordaba lo dura que es la vida cuando uno está a expensas de una enfermedad en una habitación de hospital. Para que naciera ese hombre, como otros humanos capaces de cometer las mayores tropelías, ha hecho falta una evolución de millones de años y de milagros casi imposibles. Uno se pregunta si ha valido la pena. Luego te encuentras con seres humanos capaces de jugarse la vida por salvar a otros o por ayudar en remotos lugares del planeta. El mismo día también aparecía en el periódico la noticia de una hembra de cachalote pigmeo que se negaba a abandonar a su cría muerta en la playa de La Laja. Esa atadura atávica a los hijos no es algo que solo vivan los humanos. La insistencia en querer estar cerca de su criatura también la estaba condenando a morir a ella. No podía regresar al océano y daba vueltas desesperada por el dolor de esa pérdida y por no encontrar salida por ninguna parte. En la evolución de esos cetáceos también ha habido muchísimos milagros, entre ellos ese amor incondicional y esa lealtad más allá de todos los riesgos y de todas las distancias. Pero al mismo tiempo, otros humanos pudieron sacar a la hembra cachalote del agua, subirla con cuidado a un furgón y devolverla al mar en el otro lado de la ciudad, enfrente del Confital, justo donde el Atlántico navega hacia donde mismo nadan desde hace miles de años los cetáceos que habitan nuestros fondos abisales. Javier Darriba, que es el compañero que redactó la noticia en Canarias 7, cuenta que esa hembra de cachalote pigmeo que no quería abandonar a su cría "dio un fuerte aletazo y se sumergió entre las olas". Un grupo de humanos y un cetáceo cruzaron sus vidas durante unos minutos. Hicieron falta millones de años para que tuviera lugar ese encuentro. En medio de la eternidad de los océanos quedará la espuma luminosa de ese aleteo para compensar los daños y las crueldades de quienes todavía no han aprendido nada después de tantos y tantos años.

La hora ya se cambia sola. Hace años por lo menos podía controlar el tiempo dándole hacia atrás o hacia delante a las manecillas de los relojes. Le parecía casi milagrosa aquella sensación de saltarse los pasos necesarios para seguir avanzando o retrocediendo. Ahora el tiempo le importa poco, o ya sabe de antemano que no existe más allá de la necesaria dependencia del ser humano. Según él, no se puede controlar lo incontrolable. Los segundos, los minutos, los días o los años no son más que mendaces asideros para no extraviarnos. Incluso desdeña los cumpleaños porque dice que no tienen sentido en seres que nacen cada vez que tienen la suerte de poder seguir adelante. Lo de menos son las fechas o las horas que marquen las pantallas. Hoy anochecerá un poco más tarde. Si pudiera elegir se quedaría siempre con la posibilidad de atardecer en horario de verano. Dentro de ese engañabobos que para él es la medición del tiempo asegura que los días más largos consiguen que nos creamos un poco más eternos.

Cuando recogió la ropa de la tintorería no se fijó en las prendas que se llevaba. Pagó y caminó hasta su casa. No eran ni las camisas, ni los pantalones, ni tampoco el abrigo que había dejado unos días antes. Volvió de nuevo, pero la chica que cobraba le aseguró que todas las entregas de esa mañana habían sido acertadas. Le enseñó la factura de cuando él había llevado su ropa. Estaban detalladas las tres camisas, los dos pantalones y el abrigo de paño. No pudo decir nada y regresó a su casa. Se vistió con esas prendas que sabía que no eran suyas. Salió a la calle y en la primera esquina se encontró frente a otro hombre que llevaba las ropas que él estaba seguro que había dejado. Se miraron y luego cada cual siguió su camino. Cuando llegaron su mujer y sus hijos no lo reconocieron. Él repetía sus nombres y ellos amenazaban con llamar a la policía. Luego llegó el padre. Era el mismo hombre que se acababa de tropezar. Él esperaba en el descansillo. Salió a la calle. Hacía mucho frío. Llevaba las manos dentro de los bolsillos del abrigo de paño. Andaba de un lado para otro. No tenía llaves de ninguna casa. Su camisa era amarilla. Él jamás se habría comprado una camisa amarilla.

Un día caminas por la calle y ya no va a tu lado. Parece como si se hubiera extraviado en cualquier esquina o como si en un despiste se lo hubiera tragado la tierra. Yo sigo paseando por las mismas calles. Recorríamos estas aceras casi a diario desde adolescentes, cuando nos enamoramos. En cuarenta años no dejamos de vernos más de dos días seguidos. Ahora cierro el puño cuando camino entre la gente. Nadie se da cuenta. Muchas veces también juego con mis dedos en el bolsillo del abrigo como mismo jugaba con los suyos antes de que se fuera. En la piel de la mano nos queda una memoria de anfibio. No es como el resto de la piel que recubre nuestro cuerpo. Cuando la tocas parece como si las ausencias encallaran para siempre entre el atavismo de sus asperezas.

Los gestos se aprenden. Todos los que estábamos en aquella clase terminamos tocándonos la barbilla varias veces al día. Entonces no nos dábamos cuenta, pero ahora nos reconocemos cada vez que nos reencontramos en alguna parte. Los hermanos o los primos también suelen reconocerse por gestos parecidos que aprendieron de sus padres o de sus abuelos. Lo veo en la barra de la cafetería tocándose todo el rato la barbilla con el índice y el pulgar como mismo se la tocaba aquel maestro que nos dio clases durante cinco años. Lee el periódico y de vez en cuando acerca a sus labios una pequeña taza de café. Pide la cuenta y sale a la calle. No me llega a ver. Yo sí sigo sus pasos desde la cristalera. Espera a que el semáforo cambie de color para cruzar. Nuevamente se lleva los dedos a la barbilla. Lo hace siempre que está nervioso o cuando no sabe qué hacer con sus manos. Yo también tengo los dedos exactamente igual que él cuando lo miro. No nos veíamos desde hacía casi cuarenta años. Alguien me dijo una vez que estaba muerto. No sé si los muertos toman café en las barras de las cafeterías por la mañana, pero sí puedo jurar que siguen conservando los mismos gestos. Ya ha desaparecido al final de la calle. Cuando era niño siempre estaba leyendo libros sobre la cábala, el esoterismo y las reencarnaciones. Lo recuerdo en el recreo, siempre solo, sentado en un banco del patio, pasando las hojas con una mano mientras la otra no se separaba nunca de su cara.

Hay mil formas de llegar donde uno quiere y ninguna de ellas está inventada. Ayer encontré un álbum de estampas de fútbol de la temporada 1977/78. Alguien lo había tirado al mismo contenedor en el que yo deposito la basura cada día. Reconocí inmediatamente la portada. Estaban todas las estampas. También la de Giuliano. Yo estuve coleccionando esos cromos durante muchas semanas. Compraba, cambiaba, jugaba al estampío y poco a poco logré ir completando las fotos de todos mis ídolos junto a los últimos fichajes que aparecían siempre en las páginas finales. Solo me faltaba la estampa de Giuliano, un argentino que jugaba de líbero en el Hércules de Alicante al que había visto hacer grandes partidos en el Estadio Insular. Cada año había un jugador casi inencontrable, y esa temporada era Giuliano. Mi álbum desapareció en alguna de mis mudanzas, pero nunca de mi mente. Tampoco se borró jamás el olor a tinta de aquellos sobres cuando los abrías esperando el milagro de poder encontrar a los jugadores que te faltaban. Me traje el álbum que encontré en la basura y lo estuve hojeando en casa durante un rato. Había nostalgia, pero ya no estaba para mitomanías ni emociones futboleras. La estampa que faltaba no la había encontrado sorpresivamente en ningún sobre y no valía lo mismo que entonces. Pocas veces valoramos lo que nos viene dado o lo que ni siquiera hemos podido perder porque nunca nos dejaron encontrarlo en ninguna parte.

A veces no hace falta que entendamos las letras para que nos emocionen los trazos de algunas palabras. Nos vale la intención, el detalle o el dibujo con formas extrañas de alguien que quiso dejar testimonio de su paso por este planeta. También hay cuadros que siempre que miramos nos enseñan algo nuevo, una luz, un fondo oscuro o una arruga que no habíamos visto antes.
Recuerdo unos grabados en el desierto del Sáhara. Alguien había dibujado en una cueva símbolos que no entendíamos; pero que sí éramos capaces de intuir viendo los dibujos que aparecían al lado de aquellos trazos tan extraños.
Hacía miles de años que un ser humano como cualquiera de nosotros se había empeñado en dibujar jirafas, elefantes o rinocerontes. Entonces no había imágenes que ayudaran a inventar los contornos de esos animales. Cuando aquel lugar era un gran vergel con abundante agua y vegetación alguien quiso que quedara constancia en una pared de una cueva que podría ser su propia casa. Da lo mismo lo que nos cuenten. Esas imágenes son las que nos ayudan a entender lo que intuimos que terminará quedando. No sabemos el nombre de aquel hombre o aquella mujer que dibujó lo que tenía delante. Tampoco hay constancia exacta de lo que querían expresar unos símbolos que ni siquiera llegaban a ser palabras.
Dentro de miles de años cualquiera de nuestras fotografías, de nuestros textos o de nuestras músicas servirá para contarnos, o para que alguien también intuya que lo que realmente queda es la emoción que uno es capaz de ir dejando en todo lo que hace. Lo demás no es más que el paisaje árido que ya viene caminando por cualquiera de los horizontes, horarios sin sentido o imágenes que cada día agreden un poco más a nuestra propia mirada. Aquellas inscripciones del desierto tenían más de diez mil años. Nosotros nos perdemos en la historia con muchos menos dígitos y no sabemos siquiera cómo eran, cómo pensaban y qué temían aquellos seres tan mortales y tan parecidos a cualquiera de nosotros.
Algún día supongo que solo quedará el planeta con las marcas que hayamos ido dejando por todas partes, y que más tarde o más temprano volverán los glaciares, los desiertos o el hollín del tiempo a dejar todo como estaba antes de que apareciera el primer humano. Esto es tan breve que solo podemos dejar pistas de que estamos pasando. Las dos rayas con las que un niño nos dice que está dibujando a su perro pueden ser algún día las líneas maestras que alguien siga para intentar comprender cómo éramos. Este salto al vacío que termina siendo nuestra propia existencia solo tiene sentido con lo que nosotros mismos somos capaces de recrear mucho más allá de lo que estamos mirando. La jirafa que ahora dibujas en cualquier papel en blanco puede ser la que al final te termine contando cuando llegue el desierto.

Se encontró dibujada la cara de un extraño en la palma de la mano. No lo conocía de nada. Empezó a usar guantes a todas horas para no mirarlo. Intentó borrarlo con jabón, pero lo único que logró fue que aparecieran más nítidas sus facciones. Cuando cerraba el puño notaba como si a alguien le estuvieran tirando del pelo. Se quitó el guante delante de su marido y le quiso enseñar la cara de aquel hombre que no conocía absolutamente de nada. Ella le señalaba sus ojos y su boca, y hasta fue capaz de pronunciar su nombre por vez primera. Se llamaba Leandro y tenía que haber sido el gran amor de su vida. Cuando estuvieron a punto de encontrarse lo atropelló un coche que perdió los frenos. Conducía su marido; pero nunca llegó a verle la cara al que había muerto. Tampoco conoció su nombre. A las dos semanas del atropello se vieron por vez primera. Ella cruzaba el mismo paso de peatones en el que había muerto el hombre de la cara que ahora estaba dibujada entre las rayas de su mano derecha. Los dos tenían que haberse encontrado en mitad de la calle. Estaba previsto que se miraran y que se quisieran para siempre. Cuando levantó los ojos, encontró por vez primera a su marido llorando en el asiento del coche. Parecía un niño desolado. No hacía más que culparse por la muerte de aquel joven al que ni siquiera había prestado auxilio cuando lo dejó tirado en el suelo.


Le contaba todo lo que había hecho durante el último día. En el asunto del correo electrónico alguien le escribió Para que me sigas amando. Ella se llamaba Elvira. Él siempre había querido enamorarse de una mujer que se llamara Elvira. La primera vez leyó el correo, pero no le escribió nada. Luego fue recibiendo uno cada día durante una semana seguida. Le contaba toda clase de confidencias y de sueños al mismo tiempo que recordaba los momentos que vivieron juntos. Se dirigía a Andrés. Él se llamaba Alfredo, pero desde niño había querido llamarse Andrés. Nunca se atrevió a decírselo a nadie. Cuando hablaba solo se repetía ese nombre todo el rato. Ella le decía que lo quería y que jamás sería capaz de olvidarle. Podía haber respondido explicándole que estaba equivocada, pero empezó a escribirle como si fuera Andrés sin que Elvira llegase a sospechar nunca nada. Ella se llamaba Luisa y tampoco estuvo nunca conforme con su nombre ni con la vida que le había tocado.

Contaba siempre hasta cinco para tener suerte. Lo hacía mentalmente, moviendo sus dedos debajo de la mesa o con disimulo cuando los escondía en la manga del abrigo. Sonreía y hablaba con naturalidad al mismo tiempo que contaba hasta cinco una y otra vez. No recuerda cuándo empezó con esa manía; pero tampoco es capaz de reconocer un solo día de su vida en que haya dejado de nombrar esos cinco dígitos que siempre repite como una salmodia o como esos rezos que balbucean las viejas por las tardes en las iglesias medio vacías de los pueblos olvidados. No le tiene que rendir cuentas a nadie. No ha tenido suerte; pero esa es otra historia que tiene poco que ver con la contumacia de su insistencia.

A veces me fijo en la forma en que la gente agarra sus bolsas en los centros comerciales o cuando camina por la calle como si no hubiera nadie mirando. Realmente caminamos casi siempre por las calles como si no nos estuvieran mirando. Hay quienes se aferran a las asas de las bolsas como si dentro de ellas llevaran sus órganos vitales, y muchas veces solo cargan con pequeños encargos que no valen realmente para nada. También hay gente que deambula por la ciudad sin haber recibido una caricia desde hace años. Cada mañana los veo cargando sus únicas bolsas, recién levantados, sin saber hacia dónde dirigir sus pasos o sabiendo que sus pasos ya buscan la derrota, la droga y el alcohol antes de que ellos mismos sepan que están andando. Todo lo que tenemos cabe a veces en una sola bolsa, también lo que no necesitamos, o lo que llevamos de un lado para otro como si acarreáramos nuestra propia sombra.

También los electrodomésticos tienen sus cartas astrales. No son todos iguales ni funcionan de la misma manera. Las lavadoras Leo lavan con más velocidad que las Acuarios, y no enfría igual una nevera Géminis que una Sagitario. Todo eso me lo contaba siempre un amigo astrólogo que estaba buscando nuevos nichos de mercado. Yo le pregunté por el momento en que cada uno de esos aparatos se ve condenado a ser como quieran las estrellas y sus intérpretes. Me contestó que todo empieza cuando los encendemos, y para ello me comparó con mi termo y mi batidora recordándome que nosotros tampoco tenemos signos zodiacales hasta que nacemos. El pasado sábado compré una tele nueva. Aún no la he encendido. Estos días había luna llena, y según mi amigo la luna también termina afectando a los circuitos electrónicos tanto como a los neuronales. A estas alturas no estoy para soportar una tele lunática y, ya puestos, prefiero que sea Aries como yo para ver si algún día puedo llegar a entenderla. Esperaré hasta el 21 de marzo.


Dejó dicho que no quería ni entierros, ni duelos, ni parafernalias mortuorias. Llamó hace unas semanas para preguntarme por mis cosas, y como casi siempre yo apenas le pregunté por las suyas. Me gustaba su manera de afrontar las supuestas desgracias. En su caso solo eran un nuevo acicate para buscar nuevos motivos para estar más alegre. Nos conocimos en un taller de escritura de guiones cuando yo empezaba con las letras y ella ya andaba de vuelta de muchos sueños. Estuvo siempre relacionada con el mundo del periodismo y con la literatura, reinventándose una y otra vez, yendo y viniendo entre su continente y estas islas en las que era feliz a su manera, sin grandes aspavientos, pero con estruendosas carcajadas; sin lujos, pero con esa moderada felicidad que te permite dormir a pierna suelta, y además soñar sin que haya pesadillas o remordimientos del alma que te despierten. Supo que esto no es más que un tránsito de sueños, un visto y no visto que acaba cuando el corazón se detiene. Por eso se mantuvo a salvo de las vanidades y de ese estúpido juego en el que se van destrozando los que confunden la vida con el ego.
La amiga que me dio la noticia también me dijo que nos pedía a los más cercanos que nos reuniéramos para tomar unos vinos o unas cervezas alrededor de una buena mesa o en una de esas tardes que de vez en cuando te reconcilian con la conversación, el humor y el dolce far niente que andamos buscando sin darnos cuenta de que en su búsqueda no hacemos más que extraviarnos en medio de reclamos que no dan ni para una perra chica de momentos placenteros. También quería que recordáramos los buenos momentos que vivimos cerca de ella. Cuando se marcha alguien así te das cuenta de que no derramas lágrimas ni llegas a entristecerte. La muerte se convierte en un destino inevitable, y de alguna manera sabes que quien se ha ido supo vivir sabiendo de lo que iba esto. Tuvo un aviso hace años, y desde entonces su vida fue como aquel poema de la propina que escribió Raymond Carver. No hubo día nuevo que no lo viviera como si fuera la última de las hojas de su almanaque. Le agradezco sus mensajes tan parecidos al que otro poeta, Joseph Brodsky, dejó escrito, corrigiendo a Luis XVI, cuando dijo que nunca vendrá el diluvio tras nosotros. Mañana es siempre otro día. No estará ella; pero al mismo tiempo sí seguirá estando sin penas, sin lágrimas, con todos sus buenos recuerdos a salvo. Miro al cielo y le guiño un ojo sabiendo que en alguna parte alguien me estará devolviendo unos ecos con un reconocible, afectuoso y vitalista acento uruguayo.

La gente no le hace caso, pero a mí me gusta que me pare por la calle. Es verdad que cada día desvaría un poco más. Al principio empezó contando mentiras que podían ser creíbles, aunque poco a poco nos dimos cuenta de que era imposible que le tocara ser el protagonista de todos los acontecimientos. Lo mismo se tropezaba con el futbolista Pelé saliendo de una cafetería que con Bob Dylan en la puerta del supermercado. Si todavía estuviéramos en Londres, en París o en Nueva York a lo mejor podría resultar creíble, pero aquí no es fácil que uno tenga esos encuentros. Empezó con Pelé y luego acabó trayendo hasta personajes que ya habían muerto. Recuerdo cuando dijo que había estado con Napoleón en la playa o que había besado a Ava Gardner en una plaza del barrio viejo. No lo rechazo porque logra que la vida no aburra nunca. Los otros se burlan de sus trolas. Es cierto que ahora le ha dado por contar apariciones de fantasmas o por jugar a la metamorfosis como si fuese Ovidio o Kafka. No escribe. Ni siquiera aprendió a leer en la escuela. Se escapaba de clase y lo metieron a trabajar en una panadería cuando tenía ocho años. Jamás inventa el presente. Solo cambia el pasado, lo que fue ayer, o lo que uno imagina que quedó de todo lo que realmente pudo estar sucediendo. Un día me preguntó que qué diferencia había entre el pasado inventado y el que supuestamente fue cierto. No supe qué contestarle.

Cuando acabó el almuerzo decidieron acercarse a la costa. Hacía muchos años que no regresaba a la isla. Fue ella la que eligió el destino. Se dejó llevar por la curiosidad de los nombres que aparecían en los cruces de las carreteras. Era la primera vez que venía. La habían invitado a dar una conferencia y él la acompañó sin decirle nunca que había vivido en ese lugar los primeros ocho años de su infancia. El pueblo había cambiado mucho; pero aún estaba el colegio, el cine, las casas blancas con pequeños balcones pintados de colores y el barranco. El mar también estaba igual que entonces. La cogió de la mano y se alejó hacia la zona de rocas a la que iba a mariscar cuando era niño. Ella también estaba mirando hacia la misma charca. Él reconoció los ojos de su hermana entre las piedras y los erizos del fondo. Se había ahogado en esa charca hacía más de cuarenta años. Iba con ella a todos lados. Sus padres se marcharon para siempre de la isla. Murieron sin haber regresado. Él tampoco pensaba volver. Aquella mujer le acarició la nuca y le preguntó que por qué estaba triste. Le dijo que el mar le ponía siempre melancólico y apartó la mirada de aquella gran charca. En el avión no hace más que recordar todo el tiempo el brillo de los ojos de su hermana. Ella duerme plácidamente a su lado.

Siempre aparecen juntos. Hay conexiones que ni siquiera los protagonistas de las historias fueron capaces de concebir. Fitzgerald murió cuando Carver solo tenía dos años. Los dos bebieron mucho alcohol y escribieron algunas de las mejores páginas literarias del siglo veinte. Hay historias de dos que van mucho más allá de la pareja. Siempre que coloco los libros en los anaqueles me salto todas las recomendaciones alfabéticas para que estén juntos. Carver leyó a Fitzgerald; pero mucho tiempo antes ya Fitzgerald estaba soñando a Raymond Carver. Por eso digo que hay conexiones que no llegan a darse nunca entre los cuerpos. No hacen falta manos o piernas para que dos nombres con sus correspondientes sombras literarias acaben unidos eternamente por parecidos argumentos. En mi biblioteca Carver y Fitzgerald están siempre juntos, y cuando leo a uno sobre la marcha tengo que pasar al otro. Carver nació en Oregón y Fitzgerald en Minnesota. Uno murió con cuarenta y cuatro años y el otro con cincuenta.

El domingo pasado salí a media mañana a pasear por la ciudad. Recorrí las calles de Vegueta, crucé el Guiniguada y me fui pensando en mis cosas por General Bravo y Pérez Galdós hasta llegar a la entrada de Tomás Morales. Allí me pidió dinero alguien supuestamente desnortado por las drogas y las malas noches. Me decía que ese domingo estaba siendo jodido porque por culpa del carnaval casi no había nadie en la calle y no le habían dado lo que más o menos solía conseguir los otros fines de semana sin fiestas masivas y sin resacas. Se vino hablando conmigo hasta la altura del antiguo cine Capitol. No paraba de repetir que los carnavales solo eran peleas y gastaderos de dinero. Luego se marchó persiguiendo a otros que venían en dirección contraria.
Un poco más adelante, una señora le decía a otra que no se sentía europea y que por tanto no iba a votar en las elecciones que ya estaban en las portadas de algunos periódicos. Según ella, Europa no hacía más que recortarle la paga y poner la comida cada día más cara en los supermercados. Continué andando hasta el Pueblo Canario. Cantaban y bailaban seguidillas y saltonas ante cientos de turistas que no dejaban de sacar fotografías todo el rato. Como no había manera de conseguir mesa y tranquilidad para leer el periódico me fui al parque Doramas. Al pequeño auditorio de ese parque, cuando estaba solo leyendo el periódico, llegaron de repente decenas de niños con sus padres y un payaso. El payaso preguntaba por las tonterías que siempre suelen preguntar los payasos; pero un niño de cinco años le dijo muy serio al payaso que estaba casado. Todos se rieron, aunque al niño no le hizo ninguna gracia que no creyeran que estaba realmente enamorado. De vuelta a Vegueta muchos hombres cargaban tronos con sacos encima mientras escuchaban en un radiocasete Los Campanilleros y una versión para banda de música de La Saeta de Serrat y Antonio Machado.

Le gustaba mirar a la gente cuando iba caminando por la calle. Los seguía a unos metros de distancia sin que se dieran cuenta. Nunca veía sus caras. Solía tropezarse a las mismas personas cuando iba camino del trabajo. No le hacía falta mirar la hora para saber si llegaba temprano o tarde. Podía faltar alguno por vacaciones o por enfermedad; pero una y otra vez veía las mismas espaldas escapando por las mismas calles. Tenían sus días, sus pasos más lentos o más veloces, sus despistes, sus gabardinas en invierno y sus camisetas claras en verano. Nunca se fijaba en los que venían de frente. Hacía tiempo que desconfiaba de casi todas las caras. A los que iban delante los dejaba avanzar hasta que los perdía de vista en cualquier bocacalle, en un portal o en los bares en los que se paraban a tomar el primer café de la mañana. Nunca se giró; pero siempre supo que detrás de él también había otro observando.

Las estrellas fugaces no se ven todos los días. Hay gente que incluso no logra verlas nunca. Él había tenido suerte. Vio una estrella fugaz una noche de verano. Al día siguiente le perseguía a todas partes una mariposa que se empeñaba en posarse en su hombro. Luego tuvo una hija. Con el tiempo, cuando estaba construyendo un gran castillo de arena en la playa, la niña le comentó que era una princesa mágica y que había nacido de una estrella fugaz antes de ser mariposa. Aquel castillo que estaba levantando en la orilla era para ella. No se lo dijo; pero los dos se miraron sabiendo que las estrellas fugaces que luego son mariposas terminan viviendo siempre en castillos de arena que nunca destrozan las mareas.

A veces solo hay que dejar que el tiempo vaya haciendo su trabajo. Cuesta buscar perspectivas cuando solo encuentras grandes muros que te impiden ver más allá del día siguiente. Sin embargo, el paso de los años te va enseñando que no hay nada que no acabe por colocarse en el lugar que le correspondía, aun cuando nos alejemos mas de la cuenta o vayamos dando vueltas durante mucho tiempo por caminos equivocados. No vale la pena buscar ninguna venganza: es tiempo perdido, batallas en las que ya sales derrotado de antemano. Tampoco has de alegrarte nunca de la caída de quien se creía a salvo de todos los males. Todos caemos más tarde o más temprano, aunque lo lamentable es que haya gente que no aproveche esas caídas para aprender a comportarse un poco mejor cuando vuelva a llegar a lo más alto.
Nos movemos con nuestro propio esfuerzo y con la ayuda de la suerte, pero no hay suerte que llegue a rescatarnos si no ponemos algo de nuestro lado. Te puedes quedar en el camino. Conozco a muchos que se fueron quedando. Cuando sales, los que te miraban como si ya estuvieras condenado de antemano, te dicen que estaban seguros de que todo te iría de maravilla; pero es cierto que en esas caídas extrañaste alguna de las manos amigas de los días felices, o de cuando aún no habías empezado a sumar mañanas aciagas en tu calendario. Si finalmente sales adelante lo haces siempre reforzado, más sereno, más seguro, con menos miedos y más agradecido a la vida y a cada uno de los que sí te tendieron la mano.
Nunca hay que dejar de buscar una salida por alguna parte; pero no debemos obsesionarnos hasta el punto de que nos ciegue nuestra propia mirada. Todo sucede siempre para algo. Y lo que no vale la pena es mejor olvidarlo cuanto antes. Si nos empeñamos en dejar el ancla en un puerto seguro acortaremos el tamaño de los mapas y de las muchas rutas que nos estaban aguardando. Los puertos han de concebirse como lugares de paso. La serenidad te sorprende en cualquier momento. Nadie gana y todos terminamos ganando. No es un contrasentido. En lo más alto, y cuando te toca descender a lo más bajo, alargas la misma sombra y, si acaso, varías tu cara hasta que acaba convertida en ese espejo del alma del que hablaban los clásicos. No solo somos lo que comemos, lo que amamos y lo que vemos. También lo que pensamos y lo que vamos olvidando. Satisface comprobar cómo el tiempo termina derribando hasta las torres más altas. No hay nada que valga lo suficiente como para extraviar nuestro destino para siempre. Tampoco vale la pena esperar ningún cadáver junto a la puerta. El triunfo es la honestidad de cada uno con su propia vida y con su propia conciencia. Temporales, no lo olvides, viene de seres hechos de tiempo.

Casi todos los poetas que queríamos ser malditos a los veinte años mirábamos a Leopoldo María Panero. Estábamos en el café Manuela, en Malasaña, y cuando nos pasábamos con los vinos siempre había alguien que decía que había que ir a Mondragón a liberar a Panero. Por aquel Café que entonces congregaba a buena parte de la fauna bohemia malasañera paraban algunos amigos de Leopoldo que lograron traerlo alguna vez a leer sus poemas. Luego le perdí la pista muchos años hasta que lo volví a encontrar en la librería Canaima de Las Palmas de Gran Canaria. Estaba recién llegado y sobre la marcha conseguimos pactar una entrevista en Diario de Las Palmas. Lo seguí viendo todos estos años, unas veces en el Esdrújulo, donde Adolfo García lo trataba como si fuera su padre, otras en los bancos de Triana o alguna que otra vez de nuevo en Canaima, revolviendo libros de poetas olvidados o encargando algunos de los tratados de Psiquiatría con los que intentaba entender este mundo con tantas falsas etiquetas
Cada dos por tres me paraba para que le comprara alguno de sus libros recién editados. No hababa mucho con él: prefería la coherencia de su palabra escrita a la dispersión irremediable de sus charlas. Sí recuerdo las colas que se formaban cada vez lo veía en la Feria del Libro de Madrid. Un año me tocó firmar justo enfrente de donde estaba. Era de los pocos que lograban aquellas largas colas en El Retiro mientras casi todos los demás solo mirábamos pasar a la gente. También era uno de los pocos escritores residentes en Canarias a los que los diarios nacionales le dedicaban cada dos por tres una doble página en Cultura. Él era el primero que reconocía la trascendencia de su propio personaje. Pocos de los que lo veían cada día recostado en los bancos de la calle de Triana podían imaginar que estaban ante un escritor que acabará en los manuales de Literatura. Su entrada en los Novísimos de Castellet le abrió desde muy joven las puertas de la gloria literaria. También su apellido y la sombra, siempre exagerada, de su propio padre y todos sus aledaños.
Ayer, una amiga poeta, María José Vidal Prado, publicaba en Facebook un poema que le había dictado Leopoldo María Panero en uno de sus encuentros por las calles de Las Palmas. Escribía lo siguiente: "El genio de no existir./ El privilegio de no existir./ El genio de la vida/ cayendo a mis pies./ La ruindad de la vida/ y el terror de existir." Para Leopoldo María Panero vivir fue un verbo que solo pudo llegar a entender escribiendo mucho más allá de su propia locura, donde dicen que se atisban los espejismos de los versos que jamás alcanzan a ver los que tienen la osadía de declararse cuerdos.


Artículo publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7.

Le había sucedido siempre. En el colegio pensaba en el seis antes de que le preguntaran por el resultado de tres más tres. Nunca le dijo nada a nadie. A lo largo de los años fue encontrando todas las respuestas mucho tiempo antes de que le preguntaran. Se le aparecía el nombre de una calle y a los pocos minutos le paraban para preguntar por ella. No veía el fútbol porque sabía de antemano todos los resultados. Evidentemente era multimillonario. Había desvalijado el dinero de muchos casinos y había ganado varias veces en la lotería. Jugaba siempre sobre seguro. Hasta el nombre de quien ha sido su amor todos estos años lo pronunció tres días antes de conocerla cuando bajaron juntos de la guagua y se miraron. No le hizo falta preguntar quién era. Cuando la invitó a tomar un café corroboró que aquella chica tan guapa se llamaba Andrea. También nombró a sus tres hijos meses antes de que Andrea se quedara embarazada. No veía los telediarios porque le sacaba de quicio comprobar que casi todos los políticos estaban contando lo que ya sabían de antemano que no acabaría sucediendo. Quien anticipa las respuestas sabe que casi todo el mundo miente a sabiendas. El féretro fue cargado por sus tres hijos y por uno de sus nietos. Los ojos de este último eran clavados a los suyos. Todo el mundo decía que eran como dos gotas de agua. Desde que era pequeño también había ido anticipando los nombres y casi todas las respuestas en secreto. Llevaba tres semanas con la fecha de la muerte de su abuelo metida en la cabeza. El fallecido ni siquiera tuvo el aviso de un dolor que anticipara que se iba para siempre.


La nube de polvo fue encaneciendo a los pájaros que en ese momento atravesaban el cielo de la capital. Las palomas de la catedral agitaban sus alas nevadas cuando ya todos se habían marchado para sus casas. No caminaba nadie por las calles a la misma hora en que otros días todo el mundo corría hacia el colegio o el trabajo. Después del bullicio y la fiesta solo quedan manchas de polvo por todas partes, cenizas blancas entre las piedras centenarias de la ciudad vieja, el trazo caótico de miles de pisadas por el mismo lugar en el que hacía años corría el agua de un barranco. Si alguien mirara desde lejos podría pensar que ya todo ha terminado.

Ana

No hace falta viajar para encontrar pequeños lugares en donde el tiempo parece que nunca pasa de largo. Hace unos días visité El Carrizal de Tejeda. Solo viven once personas y treinta perros. Ellos te cuentan que hay más perros que humanos. Casi todos se fueron muriendo o marchándose lejos. También hay dos niños pequeños que suben cada día al colegio en Tejeda. Uno de esos niños te recita uno a uno todos los apodos de los pocos que quedan. Cada perro tiene nombre y camina persiguiendo la sombra de sus dueños por las calles o por los riscales que conducen a las cuevas. Los fines de semana llegan algunos de los que viven en la capital y cada día aparecen grupos de extranjeros que uno no entiende cómo logran encontrar sitios tan recónditos como ese. Pegas la hebra con los más viejos y te cuentan historias que cualquier escritor llevaría sobre la marcha a los papeles. Yo llegué al Carrizal de Tejeda justamente por esas historias. Quería conocer el escenario en el que Ana Medina, una señora sabia con muchos años a sus espaldas, situaba casi todos sus recuerdos. Ana asiste en Arucas a un taller literario que estoy impartiendo con algunos mayores del Instituto Social y Sociosanitario del Cabildo de Gran Canaria. Según llegué entendí la magia de esos relatos que narra prodigiosamente. Siempre habla de la luz de ese lugar, de los olores, del barranco y de las sombras de cada uno de esos inmensos riscales que te hacen sentir tan poca cosa al mismo tiempo que te engrandecen.
Vistos desde lejos da lo mismo que estemos en Manhattan o en El Carrizal de Tejeda, o que vayamos inventando ciudades a medida que vamos leyendo. Uno ha estado en Comala cientos de veces, y hay lugares de nuestras cumbres en donde me atrevería a afirmar que Rulfo sigue haciendo hablar a todos los muertos. Esas historias que cuenta Ana podrían integrar cualquier libro de relatos porque lo literario es todo aquello que termina siendo épico en nuestros sueños. Los argumentos de esos barrancos suelen ser orales, y se repiten en el silencio de las tardes con la misma cadencia con la que escuchas cantar a los pájaros que revolotean entre los frutales y las palmeras que llevan siglos hermoseando las laderas. Hay días en que soñamos con dejarlo todo y perdernos en cualquiera de esos parajes olvidados con unos cuantos libros y nuestro propio silencio. Ya sé que luego no tiene por qué ser tan idílico lo que uno sueña; pero tranquiliza encontrar esos pequeños lugares detenidos en el tiempo. Esos dos niños nos contarán algún día lo que allí vivieron. Los perros también caminan junto a ellos. Once personas y treinta perros. Me gustan los lugares donde reconocen a cada uno de sus perros. El que tenía Ana se llamaba Tremendo y cuando aullaba todos sabían que estaba anticipando alguna muerte.

Las paredes de una casa vieja guardan el color de todos los que la fueron habitando. Cuando empezó a raspar le aparecieron hasta cuatro colores superpuestos. Estaba recién mudado y quería pintar las habitaciones de blanco. Cuando vivía en pareja siempre dejó que fuera ella la que eligiera. Ahora era la primera vez que decidía y no quería complicarse. Alquiló la casa en el barrio antiguo de la ciudad. Era amplia y silenciosa. No necesitaba mucho espacio, pero sí mucho silencio. Siempre fue muy amañado y además quería matar el tiempo para no pensar mucho en su pasado más reciente. Encontró un rojo siena, un cálido azul, un verde muy suave y un tono melocotón un poco más reciente. Cada color formaba parte de un tiempo. Otros, antes que él, habían adecuado ese espacio al color que querían para sus ojos. Ahora no había nada en toda la casa. Solo estaba lo que él había traído, algunos libros y algo de ropa, una cocina antigua de gas y un baño con quien iba a compartir desnudeces. Si hablaba solo podía escuchar su propio eco. Miraba esos colores como quien rastrea en un yacimiento arqueológico recién descubierto. Él también formaba parte de un pasado con otros colores y otras gentes.

Blogs de Canarias7

...y los gatos tocan el piano

Atarecos

Bardinia

Ciclotimias

Los olvidados

Ventana verde

Páginas

  • Carrete