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Archivos Febrero 2014

Me imagino que habríamos encontrado otras respuestas y otros versos; pero nuestra vida hubiera tenido muchas menos certezas sin la presencia de algunos poetas. Cada mañana nuestro corazón también espera, mirando hacia la luz y hacia la vida, otro milagro de la primavera, y querríamos anotar en nuestra cartera la gracia de alguna rama verdecida. Lo escribía Antonio Machado, un poeta que hablaba solo porque quería hablarle a Dios un día, el que le rogaba a su amigo Palacio que subiera al alto Espino, aquel que nos enseñó a no confundir el valor con el precio, el que nunca persiguió la gloria, el que Alfonso retrató en un café de Madrid mirando hacia la nada de sí mismo. Él decía que la poesía era la palabra en el tiempo, no nos queda mucho más, y quien lee poemas está alargando su propia sombra, o por lo menos la sombra que a veces ni siquiera sabe que lleva dentro.
A los diecisiete años nos emocionan casi todos los poetas. Ya luego, con el paso del tiempo, y a medida que regresas a cada uno de ellos, vas encontrando que uno es redicho, el otro cursi, demasiado hiperestésico o tendenciosamente proselitista, e incluso muchos de ellos acaban siendo ridículos. Aparecen poetas nuevos o redescubres los versos de muchos a los que entonces desdeñábamos por no tener ni ausencias ni cicatrices del alma para llegar a entenderlos. Se salvaron pocos, y Antonio fue uno de ellos. Siempre que vuelvo, y vuelvo siempre que puedo, me encuentro un poeta cada día más grande, más sabio y más necesario para entender lo poco que nos dejan que sigamos entendiendo. Me vienen a la memoria sobre la marcha mis profesoras del instituto, sobre todo María Teresa Ojeda y María Teresa Arias. Subíamos a una sala en la última planta del instituto de Guía y allí recitábamos a Machado o escuchábamos las versiones de Serrat que luego acabaron siendo algo más que himnos para nuestros corazones tan necesitados entonces de inmediatas respuestas. Cuando ahora me toca acudir a algún centro de enseñanza para hablar de Literatura siempre termino citando los últimos versos de Antonio Machado. Y lo hago para intentar explicarles a los alumnos lo que para mí es la poesía. Les digo que todos ellos podían haber utilizado cualquiera de las palabras que el poeta deja escritas en el bolsillo de su gabán (agradezco a Emilio González Déniz la aclaración exacta del detalle) cuando sabe que ya le quedan escasos minutos en este planeta. Podría haber escrito en francés o en griego, o haber dejado versos con palabras rebuscadas. Pero ese poeta se había ido desprendiendo a lo largo de su vida de todo lo que era huero e innecesario para llegar adonde uno quisiera siempre que llegaran todos los poemas. Transcribo aquellos últimos versos: "Estos días azules y este sol de la infancia". Otro poeta, Rilke, dejó escrito que en la infancia se vive y que luego solo andamos sobreviviendo como buenamente podemos. Antonio volvió a aquel patio de Sevilla y al huerto claro en el que maduraba el limonero. Los poetas solo sueñan con volver a tener ojos de niño para mirar el mundo cada día como mismo mirábamos todos los juguetes nuevos. Lo escribió en Colliure, un 22 de febrero.

(Artículo publicado ayer en el Pleamar de Canarias 7)

No todo es como debería ser. Recuerdo un hotel de lujo recién inaugurado con un personal maleducado e incapaz de cumplir con las expectativas que esperaban sus clientes. Al poco tiempo fui a otro hotel, mucho más económico y en una ciudad no tan atractiva, y encontré al personal que le correspondía al primero: eran amables, discretos y atentos. Los primeros te negaban cualquier petición, y los segundos se desvivían por buscar lo que era casi imposible. Muchas veces sucede lo mismo en las ciudades. Los monumentos, las perspectivas o los hermosos parques tienen poco que ver con las miradas torvas de la gente o con su frialdad, cuando no su desprecio, si preguntas por un museo o por cualquier calle. Sin embargo en otras ciudades sin tanto patrimonio histórico o artístico te tropiezas, como en esos hoteles de los que hablaba, a gente que detiene sus pasos y te acompaña hasta el lugar que estás buscando. También con las personas sucede algo parecido: hay cuerpos bellos con espíritus canallas y auténticos ángeles en cuerpos que requieren mucho más que una mirada.

Todos le mentían. Él preguntaba por aquella mujer de la que se había enamorado a los veinte años. La dejó para marcharse a Méjico a buscar fortuna. No quiso acompañarlo y al cabo de dos años dejó de escribirle. Él ganó mucho dinero, se casó, tuvo tres hijos y cinco nietos. Desde que enviudó no hace más que preguntar por ella a todas horas. Siempre llega alguien nuevo de la isla, y son muchos los que vienen del pueblo en el que él y aquella mujer pasearon improvisando sueños desde los quince años hasta que subió a aquel barco pensando que regresaría en unos meses a buscarla. Sabe que ella también enviudó hace unos años y que no tuvo hijos. Está todo el rato programando su vuelta. No hace más que imaginar el reencuentro con la única mujer que realmente ha amado. Ninguno de nosotros se atreve a decirle que falleció el primer día de este año. Lo único que intentamos es que no regrese. Un amigo médico le ha diagnosticado una enfermedad inventada para que no pueda alejarse más de dos días de su casa. Ahora anda diciendo a todas horas que le da lo mismo morir si puede volver a ver los ojos de aquella mujer que le despidió hace sesenta años en el muelle de Las Palmas de Gran Canaria. Siempre te enseña su foto sin saber que las imágenes que uno guarda jamás se vuelven a encontrar en ninguna parte. En las fiestas de la embajada se termina emborrachando tristemente entre las autoridades y los petimetres que solo buscan su dinero. Se fue para hacerse rico. Cada cual elije casi siempre lo que quiere.

La poesía es lo que queda cuando andamos sin argumentos para contar el tiempo que vivimos. Los versos atisban lo que a veces esconde nuestra propia mirada. Agustín Millares Sall buscó un sentido a su tiempo, a su lugar en el mundo y a su propia circunstancia a través de sus poemas. No se va nunca quien deja tras de sí la sombra escrita de sus propio pasos. Agustín era un poeta que iba siempre de cara defendiendo todo aquello en lo que creía. Brindó su talento a la lucha por las libertades y por una sociedad más justa y más solidaria. No tuve la suerte de conocerle personalmente; pero me basta con lo que siempre me cuenta el amigo y maestro Emilio González Déniz para admirarle cada día un poco más y para valorar todo lo que se puede encontrar mucho más allá de cada uno de sus poemas. Uno también es lo que escribe. Hay veces en que se puede engañar con las palabras, pero raramente nos engaña quien escribe versos.
La poesía social jugó un papel clave durante unos años en los que hacían falta puertas por las que más tarde o más temprano se pudiera encontrar un camino nuevo en medio de la grisura diaria. Y había que llegar a todas partes con palabras, por eso la poesía de Agustín parece muchas veces que está escrita para ser cantada. Y fue cantada, y sus versos calaron también en los que fuimos llegando un poco más tarde. Ahora, muchos años después, la perspectiva del tiempo, siempre tan sabio, siempre tan certero para poder juzgar desde otras atalayas, nos permite agradecerle toda esa pasión que él ponía en cada uno de sus versos. De alguna manera sabía que quien escribe un deseo no hace más que lanzar al océano del azar pequeños barcos de papel que, a veces, acaban escribiendo las singladuras que un día se soñaron. El protagonismo de Agustín Millares en el Día de Las Letras Canarias de 2014 era un acto de justicia poética, una necesaria muestra de agradecimiento a alguien que sembró de versos el espacio que habitaba creyendo que solo a través de las emociones se pueden derribar las paredes que ocultan el alma. Si le preguntáramos qué siente con este reconocimiento, lo más probable es que se encogiera de hombros y nos regalara un libro o una sonrisa satisfecha. Siempre que salvamos a un poeta del olvido estamos contribuyendo a salvar un retazo de nuestra historia mejor contada. Agustín pediría que le siguiéramos leyendo. Y eso es lo que debemos hacer los que nos quedamos. No hay estelas más utópicas y necesarias que las que van dejando los versos que alguna vez nos salvan cuando ya no tenemos absolutamente nada a lo que seguir agarrándonos. No sabemos dónde terminaremos arribando; pero la vida estaría incompleta si no pudiéramos atisbar las rayas de nuestro destino en lo que vamos leyendo. Tampoco hay naufragio del que no nos rescaten alguna vez las palabras.

(Este artículo fue publicado ayer en la edición de papel de Canarias 7)

Ni siquiera ella sabía que tenía esa pequeña mancha de espuma en su espalda. Estaba siempre en el mismo sitio, entre la nuca y el omóplato, como una pequeña peca casi inapreciable. Era la misma que llevaban arrastrando todas las mujeres de su familia desde hacía cientos años. Yo la amaba, es cierto, y nadie entendía por qué la había elegido a ella entre todas las mujeres de la Tierra. Nunca se lo dije; pero cuando la acariciaba sentía el latido de los océanos debajo de su piel erisada.

2c4cf0dca62a395e21ea7337d738b0cc.jpg A veces la vida te permite agradecer lo que te dieron. Hace un rato, en un encuentro con Andrés Trapiello en la Casa-Museo Pérez Galdós, con dos salas a resobar, alguien me preguntó sobre la influencia de mis profesoras en el acercamiento a la obra de Don Benito. Cité a Eduardo Perdomo de la Guardia, a María Teresa Ojeda y a María Teresa Arias. Esta última fue la que me prestó mis primeros libros de Galdós cuando tenía 16 años. Al salir del acto, recibí un mensaje de mi amiga Ana Delgado agradeciendo que citara esos nombres de profesoras comunes e informándome de que hacía solo unos días que había muerto María Teresa Arias. No lo sabía. Qué decir cuando la vida te permite agradecer públicamente, cuando tienes ocasión, a quienes, con sus pequeños gestos, cambiaron por completo a aquel adolescente que solo soñaba con jugar al fútbol o buscar novias de las que enamorarse.

Ella acababa de cumplir dos años cuando descubrió aquella mirada. Él creía hacía mucho tiempo que ya no eran posibles los milagros. Aquella niña miraba desde más allá de todos los tiempos. Él entendió, por fin, por qué había llegado adonde había llegado. En su nieta estaban los ojos de aquel amor que conoció cuando tenía veinte años. La había perdido cuando sus hijos eran todavía pequeños. Intentó enamorarse otras veces pero no hubo manera. Se condenó a ser un hombre solo siendo todavía muy joven. Cuando nació su primera nieta, se alegró con ese orgullo de abuelo que tampoco era como para ir tocando campanas por ninguna parte. Hoy jugaba con ella y se encontraron sus miradas. Lo entendió todo y al mismo tiempo sabía que no estaba entendiendo absolutamente nada. Cruzaron décadas de ausencias entre aquellos ojos; pero esa ausencia venía de mucho más lejos, de cuando él o ella ni siquiera sabían que ya habían empezado a coincidir una y otra vez habitando casi siempre los mismos mapas.


Nadie te espera detrás de los espejos de los probadores. Te pruebas ropa que aún no te reconoce y solo estás deseando salir vestido como mismo entraste. Cuando vas con alguien y aguardas medio desnudo a que te acerquen otra talla, o la misma camisa con otro color más oscuro o más alegre, te sientes perdido en medio de una especie de universo hortera con luces cegadoras. La música tampoco ayuda. Hay tiendas en las que parece que programan melodías solo para espantar a los clientes. Y luego mantienen el aire acondicionado casi al máximo justo en esos lugares en donde te pruebas el pantalón, el pulóver o la chaqueta. Tienes frío, y entonces sí que compras cuanto antes para salvarte. Esos espejos te hacen más alto y más guapo. Luego llegas al espejo de tu casa, te pones la camisa recién comprada y te das cuenta de que te han engañado. No han logrado que cambie tu semblante ni ese fondo triste de tu mirada. Da lo mismo el color; tú prefieres quedarte con esa camisa antes que volver otra vez a que te desnuden y te hablen en un idioma de telas y de tallas que te hace sentir incluso mucho más vulnerable. Y sobre todo quieres evitar los probadores, esos pequeños cubículos con espejos alargados de los que estás seguro que hay mucha gente que nunca sale.

A veces basta con que nos cambien el color de la pintura de una pared o la ubicación de una barra para que todo nos parezca extraño. También somos los lugares que habitamos, esa sencilla tienda de barrio, los puestos de fruta de la plaza del mercado, los bancos de un parque o hasta la sala de espera de un médico al que llevamos yendo desde hace muchos años. Cuando desaparece cualquiera de esos lugares nos quedamos un poco huérfanos. Nos da lo mismo que nos digan que cambian un restaurante por otro mejor, o que la librería que viene tiene más libros y mejores precios. En veinte o treinta años desaparecen casi por completo las tiendas, los bares, las ferreterías o los bancos de los parques. Se renuevan las caras, los paisajes y los decorados; pero uno, cuando pasa cerca de cualquiera de esos locales, les sigue poniendo las mismas caras de entonces. También recuperamos sobre la marcha los olores y hasta las voces de quienes nos fueron atendiendo. Me pasa sobre todo con las farmacias, ahora tan asépticas y tan impersonales como los supermercados. No puedo olvidar los grandes tarros con nombres en latín, ni aquel olor a medicinas y a compuestos químicos que elaboraban en aquellas reboticas siempre en penumbra. Entonces no lo sabía, pero cuando me asomaba casi puedo jurar que veía a unos hombres siempre concentrados en buscar la alquimia de todas las cosas. Yo era un niño. La alquimia siga siendo una utopía.

La vida que no se cuenta se acaba un poco antes. Galdós ya escribió en Fortunata y Jacinta que por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela. La ficción no deja de ser más que un juego de espejos de nuestra conciencia, una defensa propia ante el inevitable olvido. Cuando alguien escribe recuerdos está salvando náufragos que se quedaron en otro tiempo, con otra gente y a otras edades que en la distancia parecen tan lejanas como irreales. Estos días he tenido la suerte de leer el adelanto de las memorias de Juancho Armas Marcelo. El texto bucea, siguiendo esa búsqueda entre sombras de la que hablaba Kafka, en la vida del escritor grancanario desde su infancia hasta 1980. Es el primer tomo de los dos que integrarán su vida contada. En casi cuatrocientas páginas uno no para de disfrutar de una literatura envidiable que te va llevando en volandas a medida que avanzas páginas.
Ese libro lo tiene todo para quedarse una vez salga a la luz en 2015: divertimentos, grandes escritores, emociones, historias, olores, islas, continentes, francachelas, amores, familias, patrias, infancias y, por supuesto, fútbol y literatura. Es valiente a la hora de contar y de ir desgranando vivencias. Están los días aciagos, los momentos en que la biografía que hoy conocemos se pudo quedar en un mero intento, y también aparecen los pasos valientes ante los cambios de escenarios y la inquebrantable vocación de alguien que quiso ser escritor por encima de todas las cosas y al margen de todos los consejos. Para dar con Juancho estos días necesitaríamos algunas de aquellas palomas mensajeras que criaba en su casa de Vegueta cuando era un adolescente que soñaba con ser futbolista. En las últimas semanas, los amigos hemos recibido correos suyos desde Tokio, Cartagena de Indias, Lima o Panamá, en donde se le ha nombrado miembro de la Academia de la Lengua. Esta última semana ha estado en Oxford, ahí es nada, impartiendo una conferencia y participando en una charla organizada por el Instituto Cervantes. Pero entre viaje y viaje trata de no estar mucho tiempo sin aparecer por Las Canteras, su lugar en el mundo junto con ese Madrid que ha contado con la misma pasión y los mismos ojos de asombro con que lo hizo su paisano Galdós.
En este tomo de memorias salen todos los que formaron parte de su vida en los años que cuenta, y no se anda con medias tintas a la hora de declarar sus filias y sus fobias personales. Pero sobre todo, el libro nos ofrece distintas miradas de unos tiempos en los que Armas Marcelo estuvo en contacto con un mundo literario, periodístico y político que luego acabó escribiendo la vida que encontramos los que fuimos llegando un poco más tarde. No dejen de acercarse a este libro cuando lo vean en los escaparates. Se cuenta un escritor. Sin censuras, sin medias tintas. Con palabras.

El separador de versos se elige el mismo día que el sexador de pollos y que el jefe de los bomberos. Son cargos que se renuevan cada año. Vamos todos a la plaza del pueblo y se van sacando bolas de una talega con nuestros nombres. A mí me tocó ser separador de versos hace cuatro años. Cada año cambiamos de oficio para no aburrirnos y para que todos podamos aprender muchas más cosas. No lo tuve fácil siendo separador de versos. Yo nunca había escrito un poema y cuando me llegaban todos aquellos hiperestésicos exagerados con cientos, y a veces miles de renglones, asegurando que eran unos genios, tenía que ponerme serio y hasta un poco prepotente para que no me atosigaran más de la cuenta. Luego estaban los que me traían todas las palabras juntas, sin separación alguna, para que yo las convirtiera en poemas. Me pegaron tres palizas cuando ejercí ese cargo. Ni siquiera los políticos reciben tantos insultos. Todos cruzan los dedos cuando sale la bolita del separador de versos. No he vuelto a acercarme a la poesía desde entonces, y aún hay un par de poetas que me escupen cuando nos tropezamos por las calles del pueblo. Este año me ha tocado ser sepulturero. No le tengo miedo a los muertos después de haber trabajado cerca de algunos poetas. Ellos hablan de vocación, pero nuestras leyes exigen que se les controle anualmente. Andan libres, pero no pueden publicar todo lo que quieran ni tampoco cuando les dé la gana. En los dos últimos años han decidido que los separadores de versos sean de complexión fuerte y que conozcan las artes marciales. Los poetas van siempre juntos pensando que les persigue la sombra de todos los que escriben versos. Dicen que ven donde los demás no vemos.

Para ella no era nada extraño porque desde niña había encontrado en el espejo todas aquellas caras dibujadas en su frente. Al principio sí es verdad que se asustó mucho. Ya luego se fue acostumbrando y no se miraba si había tenido pesadillas o cuando sabía que se iba a tropezar con caras del pasado que no quería reencontrarse. Esas formas suelen durar lo mismo que las rayas que a veces nos encontramos en la cara al despertarnos. Siempre se levanta un poco antes que el resto de la gente, o se queda un rato más tendida en la cama. Últimamente sí es verdad que se le aparece a todas horas el rostro de aquella niña que fue hace más de sesenta años. En esos días abre el cajón de la mesa de noche y se mira rápidamente en el espejo que lleva a todas partes. Era el espejo de su muñeca preferida, la que dormía con ella a todas horas cuando era niña. Esa niña siempre esconde a su muñeca entre las sábanas antes de salir camino del colegio.

Antes de Internet estaban las enciclopedias. Uno pensaba que todo el conocimiento estaba en aquellos tomos que escogíamos al azar para aprender una palabra o descubrir alguna historia. Entonces era nuestra única opción de copia-pega para hacer los trabajos del colegio. Lo más que nos preocupaba era cambiar las palabras para que no se dieran cuenta de ese engaño. A lo mejor aprendimos a escribir cambiando unas palabras por otras, y lo que llevamos haciendo toda la vida no dista mucho de aquella necesaria coartada para aprobar los exámenes. Hoy no sabes dónde empieza y dónde acaba el conocimiento, ni tampoco qué tienes que leer para llegar a ser un sabio. Entonces estaba todo ordenado entre la a y la zeta. No voy a negar a estas alturas las maravillas de Internet, pero es verdad que ayer, cuando vi por Facebook una foto de una enciclopedia Larousse aún con sus cubiertas, volví sobre la marcha adonde empezó todo, a aquellos tomos que escogía en la biblioteca de mi casa para rebuscar entre sus páginas creyendo que poco a poco, o con el paso de los años, llegaría a saber todo lo que era importante. Nunca me explicó nadie que lo importante, lo que realmente aprendes en este inesperado tramo de sueños diarios, no está escrito nunca en ninguna parte. Si acaso eres tú el que tienes que seguir llenando de letras y de historias toda la vida que te queda por delante. Solo cambiando las palabras de sitio podremos seguir buscando. Como en aquellos trabajos que nos mandaban para casa.

P1030831.JPGHace años decidieron cerrar de la noche a la mañana el albergue de perros de Santa Brígida. Sobre la marcha hubo una gran movilización en la que estuvo al frente Stela, de Gran Canaria Pets. Todos los perros iban a ser enviados a Bañaderos y, si no mediaba la suerte, acabarían sacrificados en unas semanas. El perro que está a mi lado, y que muchas veces podría confundir con mi propia alma, lo había sacado de esa perrera un año antes. Apoyamos todo lo que pudimos a Stela y entre todos logramos que ningún perro acabara en Bañaderos. Se buscaron casas de acogida, se aportó dinero para pagar la adopción de cada uno de ellos y se buscaron familias que quisieran tenerlos a su lado. A través de esa asociación algunos perros acabaron con familias extranjeras. Varios años después me ha escrito Stela contándole la historia de MIL, un mestizo que en aquel momento tendría seis o siete meses. Fue adoptado en Alemania y ha terminado siendo uno de los perros más famosos del país por su capacidad para localizar personas desaparecidas tras los derrumbes. Ha recibido numerosos premios y ha salvado muchas vidas. Los que tienen perro saben que todo lo que pueda contar de ellos, de su lealtad y de su cariño, se quedaría siempre corto. La historia de MIL, aquel temeroso chucho que salió de una jaula de Santa Brígida, es de las que reconfortan y ayudan a que sigamos creyendo en los pequeños gestos que cambian la vida y el destino de los seres vivos. No siempre se gana, pero sí es verdad que hay victorias cotidianas que ayudan a que los días parezcan otra cosa.

En la imagen que ilustra esta página aparece MIL antes de salir con destino a Alemania


La luz nunca es el límite. Detrás de lo oscuro hay siempre un mundo de sombras que sueñan con encenderse en alguna parte. Los pintores se adentran en sus propias noches para seguir buscando en medio de la nada. Más allá de ese sueño que tratan de concretar con la sencillez de un trazo, están los colores y las formas que luego nos ayudan a que podamos convocar emociones o a vislumbremos de vez en cuando la belleza.
Uno de los pintores que más admiro muestra estos días sus cuadros en Las Palmas de Gran Canaria, concretamente en el CICCA, en la Alameda de Colón, un entorno que cuando sales a la calle también contribuye siempre a equilibrar nuestros propios pasos. Augusto Vives busca una y otra vez más allá de los límites de sus cuadros. Nos ofrece pistas, figuras, ensoñaciones o metáforas que luego nosotros terminamos recreando con nuestras propias cargas vitales, y con las abstracciones de cada una de nuestras miradas. Su muestra lleva por título inNatura, y si se acercan a verla les aseguro que no saldrán igual que cuando entraron.
En la muestra, además, podrán encontrar distintos haikus escritos por amigos y amigas del pintor que ayudan a que entendamos que todas las artes están unidas por los mismos reclamos. La literatura no solo se escribe con palabras, también se lee en los cuadros que se escriben con los restos de los naufragios de quien los va creando. En Fuerteventura llaman jallos a esos restos de los barcos que aparecen luego en cualquier playa. De esos jallos, de esos requiebros de nuestra propia alma, es de donde luego sale el arte, o aquello que uno espera encontrar cuando escucha una melodía, pasa las páginas de un libro o se detiene delante de un cuadro. La belleza, muchas veces, no es más que lo que sobrevive en nuestros propios campos de batalla. He visitado el taller en el que trabaja Augusto, y cuando uno rastrea en la sala de máquinas de un artista comprende un poco mejor sus obsesiones, sus búsquedas y, sobre todo, el camino que le ha ido acercando, aun dando muchos rodeos, a la armonía de los trazos. Siempre nos cuenta que para él los cuadros no acaban en los límites del marco. Cuando te asomas a ese mundo interior que plasma en cada lienzo o en cada figura coloreada, te das cuenta de que lo que se crea no es más que una especie de eco de otras voces que presentimos que llegan de lejanos valles. A veces no entendemos qué es lo que nos dicen en medio de esa confusión de ruidos diarios, y en este caso el pintor lo único que hace es darnos pequeños avisos, asomos de belleza, jallos de intuiciones que luego cada cual puede utilizar para salvarse de la mediocridad y de lo que nos aleja de la armonía diaria. También precisamos de esa belleza necesaria para saber que todo tiene un sentido más allá de los horarios y de las cartas marcadas.

Escuchaba campanas, y sí sabía de dónde procedían. No había más que una iglesia en aquel pueblo. Él se marchaba algunos días a dormir en la montaña. Le gustaba sentirse cerca de las águilas y de los lobos que escuchaba merodear en las madrugadas. No tenía miedo. Solo pasaba miedo cuando se adentraba en las grandes ciudades. En aquel pueblo solo vivían él y su mujer junto a un viejo campanero que hacía años que no tocaba a rebato las campanas. Solo cuando se aburría venía a tocar a las horas en punto. A él le enseñó su abuela, cuando en el pueblo vivían más de doscientas personas todavía, cómo era el sonido de las campanas que anuncian la muerte. El campanero fue tocando por todos los vecinos que se fueron yendo a lo largo de los últimos años. La vida no tendría sentido si vuelve y no la encuentra donde siempre. Cuando él salió de la casa estaba cantando boleros mientras ordenaba fotografías viejas de sus abuelos. Aquel hombre jamás equivocaba ningún toque de campana. Habían venido juntos hacía quince años y los dos creían que eran eternos. El pueblo, a lo lejos, parece un fantasma olvidado en medio de todos los tiempos.

Me llamaba una vez a la semana para que fuera a matar los mosquitos que había en su casa. Él decía que tenían alma y que los escuchaba gemir cuando los aplastaba. Tampoco su mujer se atrevía a matarlos. Llevaban años sin dejarse fotografiar por nadie. Los periodistas vienen y me preguntan que cómo vivían. Yo les respondo que vivían como todo el mundo, con unas camas, unos sillones, una cocina y un cuarto de baño. Siempre quieren saber más, pero no tengo nada que decirles. Él me indicaba en qué parte de la casa se estaban posando casi todos los mosquitos. También le mataba las moscas y alguna que otra cucaracha. Todos esos periodistas querían saber si había pilas de hojas manuscritas por alguna parte. Nunca las vi. Sí había muchos libros y tenían un gran televisor en el centro del salón, justo al lado de la chimenea. Cuando mataba los mosquitos él se iba a caminar por un bosque cercano. Llegaba siempre triste, como arrepentido de haberme ordenado esa matanza y me pagaba sin mirarme a los ojos. Su mujer me dijo una vez que era un sicario. Ella ya era budista mucho antes de conocerle. Mis hijas me decían que ese señor era muy famoso, pero yo lo veía como uno más, y tampoco él se comportó nunca como si fuera importante. Aquí no hay nadie importante. Sí, sabía que se llamaba Salinger, pero a mí ese nombre no me dice absolutamente nada.

Dormía con el transistor encendido toda la noche debajo de la almohada. Fue así como escuchó la noticia del tsunami en Tailandia. Cada hora, con los pitidos horarios, se desvelaba un par de minutos escuchando los titulares. A las cuatro de la mañana, hora de Canarias, empezaron a hablar de una gran ola que había matado a cientos de personas en las costas asiáticas. Cada hora que pasaba iba aumentando el número de muertos. Nunca se despertó. Se quedó hundido para siempre entre las aguas de aquella paradisiaca playa en la que estaba soñando.

Estaba delante del tablero como cada mañana desde hacía cuarenta años. Enfrente había alguien que esperaba su primer movimiento. Todo estaba detenido hasta que él comenzara a mover la primera de sus piezas. Era un gran maestro internacional que solo había perdido una decena de partidas en su vida. La última noche sí recordaba vagamente que se había acostado repasando jugadas y moviendo alfiles, peones o caballos. El tic tac del reloj le estaba poniendo nervioso por vez primera. Había olvidado cómo se movía cada una de esas piezas. Tenía el tablero delante, pero no sabía qué hacer para seguir el juego. Ni siquiera hubiera sido capaz de colocar cada figura en su sitio correspondiente. Se levantó y se marchó de la sala sin decirle nada a nadie. No se había obsesionado y solo dejó que pasara el tiempo antes de volver acostarse. Sabía que no podía hacer nada. Los ganadores saben que a veces solo hay que dejar que pase el tiempo para volver a encontrar salidas en todas las jugadas. Al día siguiente regresó y comenzó la partida como si no hubiera pasado nada. Movía el caballo, el alfil o la torre dejándose llevar por la inercia de sus propias manos. Lo de menos era perder o ganar. Él ya sabía que todas las batallas estaban perdidas de antemano. Lo único que le pedía al destino es que le dejara seguir jugando.


Hay gente mala. Eso es lo que me decía una amiga que me llamó el otro día muerta de miedo. Es muy aprensiva y bastante hipocondriaca. No hace más que tomar medicamentos para las enfermedades que cree que tiene y muchas veces acaba enfermando por culpa de esa ingesta innecesaria de productos químicos extrañísimos en su propio cuerpo. A veces se decanta por la medicina alternativa y va probando hierbajos, metales que se cuelga por todas partes o mantras que repite como si le fueran a curar lo que realmente no tiene.
También tiene sus temporadas deportivas y nos llama a todas horas para decirnos que va a correr la media maratón o que se va a aventurar en la travesía a nado entre Lanzarote y La Graciosa. Nos dice que tenemos que hacer deporte, que estamos anquilosados o que estamos perdiendo el tiempo delante de las teles. Esas temporadas atléticas le duran un par de meses cada año, y casi siempre coinciden con el final de la primavera. Ya vamos conociendo sus ciclos casi mejor que los nuestros. De repente cambia de tercio y empieza a darnos el coñazo con la meditación o el yoga, y una vez hasta se fue a La India buscando no sé qué deidad que por lo visto termina aliviando todos los dolores de huesos. En aquellos días decía que le dolían mucho los huesos.
Otras veces ese dolor lo tiene en la cabeza, en las muelas o en los dedos. Tiene que estar siempre obsesionada con alguna parte de su cuerpo. Parece una especie de autodefensa que la mantiene a salvo del desastre que leemos a diario en los periódicos. Si tú le comentas las cifras del paro o los recortes en educación, ella sobre la marcha te enseña una mancha que le acaba de aparecer en la mano o te pide que le toques la rodilla porque cree que le ha salido un hueso nuevo. Lo llevamos más o menos bien porque ya la vamos conociendo. Suele ser cíclica con esas manías y esos cambios de estrategias vitales. También le ha dado alguna vez por buscar la suerte con los adivinadores que salen por la tele. Lo único que le hemos dicho todos los amigos es que ya no le prestaremos más dinero para charranadas, ni para que se lo gaste con todos esos tipos grotescos que mienten más que hablan mirando a cada segundo el cursor de su cuenta corriente. Anoche, sin embargo, me llamó muerta de miedo porque se había tomado un medicamento caducado y se había metido en un foro de Internet para comprobar las posibles consecuencias. Encontró esto porque yo también lo vi con mis propios ojos: "morirás, y lo sabes", "te va estallar el riñón", tendrás mareos y acabarás en Urgencias". Me llamó llorando de madrugada. Más enferma que nunca, pensando que efectivamente ya casi debería estar muerta. La gente a veces es mala, y en Internet están encontrando el escenario perfecto. Hoy mi amiga ha cambiado otra vez las medicinas por las carreras mañaneras.

Es mentira que no interese la cultura. Hoy comienzo a impartir una nueva edición del Taller de Escritura de Ámbito Cultural, en El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria. Será la cuarta edición que imparta. Este taller lo inauguró Lola Campos-Herrero, que es realmente la que sentó las bases de ese milagro y la que, con su generosidad y su talento, logró reactivar hace unos años las iniciativas literarias en la isla. Cada vez que empiezo la tengo presente y sé que, de alguna manera, ella está en algún lugar de la sala echándonos una mano. Cuando Lola falleció siguió con el taller otra buena amiga, Marisol Llano Azcárate. Jamás había dado clase y quienes me conocen saben lo poco que me gusta hablar en público; pero no pude negarme, como tampoco me negué en su día cuando Lola me llevó como escritor invitado a una de las ediciones de ese mismo taller. Siempre digo que fue esa la primera vez en que me pude sentir escritor, una palabra que a día de hoy me sigue dando rubor escuchar cuando me presentan. No conocía entonces a Lola, y a partir de ese momento solo encontré una mano extendida y generosa que no hacía más que generar confianza a su alrededor. Ese es el espíritu que me planteo cada año cuando comienza el taller. Cuento con el apoyo del escritor y responsable de Ámbito, Pablo Sabalza, y este año con la maestría de dos grandes de la literatura contemporánea, el poeta cubano Manuel Díaz Martínez y el novelista y buen amigo, Emilio González Déniz, que impartirán sendas lecciones magistrales.
Cuando se abrió la matrícula este año, en apenas unos días ya estaban cubiertas las ciento treinta plazas disponibles y había medio centenar de personas en lista de espera. No entiendo cómo puede decir alguien que hay crisis literaria. Entre esas personas vuelve a estar Loli Martín Ferrera. La nombro porque quiero transmitirle públicamente lo mucho que la admiro y que la respeto. Loli tiene ochenta años y siete hijos a los que, con mucho esfuerzo y con el apoyo de su marido Gerardo, facilitó el acceso a titulaciones universitarias. Ella ya ha publicado varios libros de cuentos, relatos y recuerdos. La primera vez que le pregunté que por qué asistía al taller me dijo que si no escribía su pasado, sus nietos jamás iban a saber quién era ella, quién fue su abuelo y cómo vivieron sus padres cuando eran pequeños. Loli se sienta entre alumnos de todas las edades. Soy yo quien realmente está aprendiendo cada año con ellos. Lo que uno no escriba no lo podrá escribir nunca nadie. Da lo mismo que sean vivencias reales o inventadas. Lo que no queda escrito no llega a ninguna parte. Loli, un año más, estará sentada mañana en la segunda fila de la sala. La única edad que vale es la que nos permite no dejar nunca de seguir creciendo por dentro.

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