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Archivos Enero 2014

Hace unos meses recibí un mensaje de alguien que se llamaba Mario Rojas. Me invitaba a leer su blog. Cuando estoy en el mundo virtual no hago preguntas, solo leo lo que escriben las personas o los personajes que andan en medio de esa Babel borgiana que es Internet. Leí el blog de Mario y lo recomendé sobre la marcha. Recuerdo que decía algo así como que la literatura ya no se escribe solo en los libros. Varios amigos me preguntaron que por qué veía que lo de Mario Rojas era buena literatura, de esa que te reconcilia de vez en cuando con la palabra y que, al mismo tiempo, te ayuda a creer que no todo está perdido. Les contesté que con solo leer un párrafo suelo darme cuenta de la valía de quien escribe. Me miraron como si fuera un loco visionario o como si hubiera empezado a perder el tino. Sé lo que me decía. Hay un ritmo, un tono o una forma de ordenar las palabras que delata sobre la marcha a quien escribe. Incluso la puntuación se convierte en un espejo en el que cada cual acaba reflejando lo que a veces ni siquiera sabe que lleva consigo. Y detrás de todo eso, de la técnica, de las comas, del vocabulario o del argumento hay algo que te hace o no te hace llegar a los lectores. En Mario Rojas había emoción en cada uno de sus trazos. Esa sensación es la que al final nos lleva a acercarnos o a alejarnos de algunos libros, de algunas melodías o de algunos cuadros. Es un misterio, pero para llegar a él hay que estar muchos años apostando por un sueño que no todos consiguen mantener a salvo. Luego, mucho más adelante, supe que detrás de Mario Rojas estaba Ramón Betancor.
Ramón es periodista. Y no le he preguntado, pero supongo que lo es porque no le queda más remedio que intentar vivir lo más cerca que pueda de las palabras y de las historias que acontecen cada día en la calle. Caídos del suelo es una novela que recoge ese pálpito de las calles y de las vidas que caminan por ellas. De entrada es capaz de marcar el tiempo en esos intervalos que otros también tenemos siempre presentes cuando recordamos. Al mirar atrás siempre me desoriento, y para no extraviarme por completo recuerdo algún Mundial de fútbol, los años de unas Olimpiadas o algunos de mis viajes. La novela nos ayuda con todas esas referencias a que nos situemos en el lugar que quiere el escritor sobre la marcha. Hay muchos viajes, muchos recorridos minuciosos, sentimentales y cotidianos por ciudades que aunque no conozcamos somos capaces de transitar a medida que pasamos las páginas. Madrid, Barcelona, La Habana, Buenos Aires, Santa Cruz de Tenerife, Las Palmas de Gran Canaria, Santa Cruz de La Palma.... Conozco algunas de ellas, y les aseguro que Ramón logra plasmarlas de una manera prodigiosa, palpitante y tremendamente cercana. Solo puede hacer eso alguien que caminó o soñó con ellas mucho tiempo antes de comenzar a relatarlas. Y para mirar de esa manera es imprescindible haber leído mucho. También para poner las comas en su sitio y para ser capaz de armar una historia tan entretenida, profunda y sorprendente como esta.
En Caídos del suelo está la amistad y la búsqueda del éxito literario. Ramón juega irónicamente o, quién sabe si certeramente, con las mafias que mueven a veces todo el mundillo de la literatura y sus consecuencias. No voy a desvelar mucho más de la novela; pero sí quisiera pedirles que la leyeran como mismo salen un día a la calle, sin esperar nada, dispuestos a dejarse sorprender en cada párrafo, y con el silencio y la tranquilidad necesaria que requiere todo aquello que aspira a rozar los lindes de nuestra alma. Ese silencio también es necesario para que escuchen toda la música que ha sido capaz de meter Ramón en estas páginas. Se irán encontrando melodías y canciones sin las que no sería posible terminar de recrear a Mario Rojas, a Lucía, a Jotas, a Loreto o a cualquiera de los muchos personajes que van apareciendo por el libro. Es una novela coral y trepidante en donde se manejan con auténtica maestría los diálogos. No hay escritor que no quede mal parado si no sabe dar con la soltura y la credibilidad que requiere un buen diálogo. Ramón no para de hacer hablar a sus personajes, y además consigue que cada uno de ellos se presente a partir de su habla, manejando magistralmente los distintos registros, acentos o jergas de sus lugares de procedencia o de los años que está narrando.
También es un libro para ir subrayando todo el rato. Hay frases que uno relee un par de veces cuando se tropieza con ellas, retazos de poesía, aforismos que espabilan los sentidos y reflexiones que te ayudan a seguir creyendo cada día más en la bendita ficción que tantas veces nos salva.

Este texto fue leído anoche durante la presentación de la novela de Ramón Betancor en Ámbito Cultural de Las Palmas de Gran Canaria

Para entender Platero y yo hay que entender primero a Juan Ramón Jiménez. Y la literatura española contemporánea, sobre todo la poesía, no se entendería nunca sin los caminos que fue abriendo el poeta nacido en Moguer. Como casi siempre, todos quisieron matar al maestro que les había tendido la mano. Muchos poetas de la Generación del 27 fueron ingratos con quien les dio el espaldarazo y les orientó con las primeras lecturas y los primeros versos. JRJ es un grande, una de esas biografías que solo admiten caracteres en mayúsculas, y su grandeza no hace más que crecer con el paso del tiempo.
Platero y yo forma parte de los falsos mitos juanramonianos. Muchos lo dejaron cuando no lo entendían y todos recordamos las primeras frases que repetimos hasta la saciedad en el colegio. Luego había un señor con barba, siempre serio, que salía en la foto al lado de aquel texto. No cuadraba que alguien con gesto adusto y pinta de malhumorado escribiera aquello que nos parecía tan sencillo y tan tierno sin saber todavía que solo lo sencillo es bello. Hasta ese momento los burros eran animales que solo se nombraban en el colegio para ridiculizar a los menos inteligentes o para relacionarlos con la cabezonería, con lo cerril o con lo obtuso. Nunca nadie nos había contado que un burro podía ser bello y, mucho menos, que nos podíamos encariñar de ellos como empezábamos a encariñarnos con los primeros perros. Pero aquel señor de gesto adusto nos enseñó desde entonces lo poco fiable que son siempre las apariencias, y también, sin que casi nos diéramos cuenta, nos ayudó a entender que el lenguaje es al final el que determina cualquiera de nuestros sentimientos.
Volví a ese libro hace unos años con el miedo de encontrarlo cursi o demasiado pueril y salí de él con el mismo asombro que se sale de cualquier texto escrito por Juan Ramón Jiménez. No solo hallas una prosa poética que te lleva casi en volandas saltando renglones sin darte cuenta. En Platero se plantea una forma de entender la vida y nuestra relación con el alma de los animales y con la naturaleza. Y ese planteamiento se plasma en un país que entonces veía al animal como una bestia a la que maltratar. Esa sensibilidad de JRJ quizá ha conseguido que muchos niños empezaran a mirar de manera diferente a esos otros seres vivos con los que compartimos espacio y tiempo. Vuelvan a Platero sin ese miedo que tenemos siempre a los regresos. Había mucho más, y solo lo podremos encontrar si nos acercamos nuevamente a esos libros, si volvemos a rastrear con una mirada nueva El Quijote, La Celestina o El Buscón de Quevedo. Lo que leímos entonces solo eran aproximaciones para que algún día volviéramos. No hay mensaje más convincente que el de la belleza. Y JRJ no hizo otra cosa en su vida que buscarla detrás de cada una de las palabras que fue escribiendo. Él decía siempre que aspiraba a volver delicados a los hombres para que fueran mucho más fuertes. Los niños de entonces le debemos buena parte de nuestra delicadeza. Y no hizo falta que gritara para que le oyéramos.

Artículo publicado ayer en el suplemento Pleamar de Canarias 7

Nadie sabe lo que pasó. Los que hablaban no hacían más que inventar o especular porque no habían aprendido a aceptar que hay sucesos que jamás podrán entenderse. Los dos habían aparecido muertos, abrazados; pero con un rictus de miedo en sus caras, como si el abrazo se hubiera forzado posteriormente para despistar a los investigadores. Los dos estaban casados y nadie sabía que fueran amigos. Uno había salido esa mañana de su casa camino del trabajo y el otro había llevado a los niños al colegio. Ninguno de los dos llegó a su oficina. Aquel hotelucho situado en una de las zonas más peligrosas de la ciudad se había llenado de policías y de periodistas. Esa noche, el más joven de los dos iba a volar a París con su esposa. Era un viaje que llevaban demorando desde hacía muchos meses. El otro le había prometido a su hijo mayor que verían juntos el partido entre los NY Nicks y los Lakers en el Madison Square Garden. Los dos estaban desnudos, sin rastro de violencia en sus cuerpos, en una habitación en la que solo había una lámina amarillenta y desgastada de Hopper. Nadie sabía cómo habían llegado a ese cuarto, ni por qué habían aparecido muertos. Ni siquiera el tipo borracho que hacía las veces de recepcionista les había entregado la llave para que subieran. Yo comenzaba a trabajar entonces en un pequeño periódico que aspiraba a contar la realidad sin tintes amarillentos. Un colega me dijo que no duraríamos mucho si no aprendíamos a jugar con el morbo y con la literatura de los hechos. Dejé el periodismo hace años; pero sí recuerdo que no hubo nadie que diera una explicación coherente de la muerte de aquellos dos hombres que habían aparecido desnudos en una cama sin hacer de un hotelucho decrépito. Se llamaban Michael Stavros y Richard Erikson. Jamás se ha vuelto a escribir nada de ellos.

En los periódicos viejos reconoce la insensatez de las vanidades. Tiene sus pequeñas manías para seguir sobreviviendo. Desde hace años se acerca a la hemeroteca y pide que le fotocopien cualquier diario de hace más de cincuenta años. Reconoce a pocos de los personajes que se creían el centro del universo de aquellos tiempos. Ese acercamiento le vale luego para ver con lejanía a los políticos, a los empresarios y a los artistas que también se creen eternos en su tiempo. No comenta con nadie sus manías mañaneras. Lo poco que realmente le interesa de ese pasado que rastrea entre papeles viejos suele estar escrito casi siempre con pequeños caracteres.

No recordaba ni un solo número de teléfono. Los que había memorizado hacía años que ya no existían. Eran combinaciones más fáciles, o puede ser que tuviera la memoria mucho más despierta. Recordaba el número de la casa de sus padres, el de su abuela y el de sus tres o cuatro mejores amigos. Aquellos teléfonos, como los afectos de entonces, eran fijos y reconocibles, pero ya no existían en ninguna parte. No tiene móvil ni Ipad, y se ha quedado aislado en medio de una ciudad extraña a altas horas de la madrugada. No pasan coches y no sabe hacia dónde encaminar sus pasos. Hace frío y ya empieza a tener hambre. Piensa que no hay isla más deshabitada que la de un hombre deambulando solo por las calles. Hay pantallas gigantes en algunos bulevares. Nadie las mira. Está deseando que amanezca para ver si aparece alguien a rescatarle. Como les sucede a casi todos los náufragos, ni siquiera recuerda cómo ha llegado.

Desde que le había salido el Rey en el roscón del seis de enero no levantaba cabeza. Tocaba madera y le daba calambre, y si pisaba mierda se torcía un tobillo. Aquella mañana todos envidiaron la suerte del dulce navideño. Entonces todavía vivía con su mujer y sus tres hijos. También le abandonaron. Lleva el Rey Mago del roscón en el bolsillo a todas partes. Le habla, le acaricia la barba blanca y todavía confía en que le cambie la vida. Está empeñado en que todo lo que le pasa no es más que el anticipo de todo lo bueno que le espera. Antes de la última mañana de Reyes no había campaña publicitaria que ideara que no llegara a la gente sobre la marcha. Las agencias se lo rifaban. Su última propuesta casi había arruinado a la marca de cerveza que anunciaban. Todos dijeron que tenía tintes misóginos y racistas. Él aseguraba que no la estaban entendiendo. No lo quieren volver a ver por la agencia. Vive solo en una pequeña pensión situada en el barrio chino de la ciudad. Lo raro es que no le hayan dado un navajazo al salir a la calle. Se acuesta con la figurita del roscón junto a la almohada. Todas las noches le cuenta cada uno de sus sueños y luego se duerme hasta el día siguiente. Hasta este año no habían comprado el roscón en casa. Su hijo mayor estaba empeñado en que había que comenzar enero tentando a la suerte. En todos los años pasados se había negado a aceptar una tradición que jamás vivió cuando fue pequeño. Ahora solo le queda ese rey de plástico ya medio despintado. Es lo único que realmente tiene en estos momentos. Su mujer ha conocido otro hombre y sus hijos ya no quieren verlo.

Hacía mucho viento. Apenas pudo pegar ojo. En la casa abandonada que estaba justo al lado de la suya se abrió una de las ventanas y no dejó de dar golpes en toda la noche. Cuando salió a la calle vio que no dejaban de entrar y de salir decenas de palomas por esa ventana. Había ramas de árboles por todas partes y bolsas de plástico que revoloteaban sobre los adoquines. Levantó la vista y está seguro de que vio a la señora que cuando era niño le preguntaba siempre que qué quería ser de mayor. Ella se reía con sus ocurrencias. Un día le decía que quería ser pescador, otro locutor de radio y a veces se inclinaba por la aventura y soñaba con ser piloto de avionetas que sobrevolaran las selvas africanas. Aquella señora murió cuando él no había cumplido los quince años. Ni siquiera había terminado el Bachillerato. Creyó verla como una sombra fugaz en medio de las palomas que zureaban en la ventana. Achacó esa visión repentina a la falta de sueño o a los efectos del viento, siempre tan dado a alocar a quien lo escucha mucho rato. Pensó en lo que le respondería hoy a aquella mujer que veía cada tarde asomada a la ventana de su casa. Los niños aún no conciben que pueda haber canallas. Él era un canalla y un ingrato. Hacía años que había perdido la dignidad y ese viento había venido a recordárselo.

Su padre había llegado de Sevilla hacía treinta años. Se había casado con una alemana y había logrado abrir una pequeña tienda de comestibles en un barrio obrero de las afueras de Bremen. Desde que él era niño estuvo empeñado en que fuera futbolista. Le hablaba siempre de un tal Scotta, un argentino que jugó en el Sevilla que tenía un disparo potente y casi imparable. Siempre que tenía un rato libre lo llevaba al parque para que aprendiera a disparar como aquel argentino que había visto jugar en Nervión en los años setenta.
En el colegio se convirtió en el jugador más temido por su disparo, pero también contaba con un regate capaz de dejar sentados a varios rivales con un par de escorzos. Todos decían que llegaría lejos. Y así fue. A los diecinueve años su padre estaba en el palco del Weserstadion viendo cómo saltaba al campo con el número 7 del Werder Bremen a la espalda. Lo único que no llevaba bien es que su hijo vistiera los mismos colores que el Betis. Jugó dos temporadas prodigiosas en el equipo alemán. Ya se hablaba de que podía ser llamado a la selección y se decía que el Bayern Munich lo había incluido en la lista de sus futuros fichajes. Había marcado muchos goles de falta y de fuera del área gracias a su potente disparo hasta que empezó con sus obsesiones. No lo comentó con nadie, pero empezó a sentir pena por el balón. Se empeñó en que sufría con cada golpe y no hacía más que acariciarlo suavemente cuando pasaba a su lado. Perdió la titularidad y le terminaron dando la baja a mitad de la tercera temporada. Su padre no sabía dónde meterse. Hablaban con él, pero nunca le contó a nadie que había escuchado los lamentos quejumbrosos del balón después de uno de sus disparos despiadados. Ni siquiera es capaz de ver un partido de fútbol por la tele. Está todo el día encerrado en su cuarto. Tiene quince balones, cada uno con su propio nombre. Los acaricia, les dice frases cariñosas y les pide perdón todo el rato por sus errores del pasado. En su casa aún retumban los silbidos y los insultos de aquel último partido en que estando solo dentro de área cogió el balón con la mano y se marchó corriendo hacia el vestuario. A los periodistas les dijo luego que solo quería salvarlo. Odiaba el fútbol desde niño, pero nunca encontró la manera de decírselo a su padre.

Se había quedado solo después de vivir cincuenta años con ella. Estaba tranquilo. Todos pensábamos que se vendría abajo y que no querría seguir viviendo. Supongo que los años y la repetición de tantas y tantas historias parecidas acaban por serenar todas las desesperaciones. Me contaba que los amores que se buscan jamás se encuentran, y que el que realmente vale la pena siempre termina apareciendo. Seguía su rutina diaria sin dejar de esbozar una sonrisa serena. Leía mucho. Toda la vida lo he visto siempre leyendo. A lo mejor es de esas lecturas de donde saca esa sabiduría tan poco dada a los aspavientos. También me dijo que uno no ama solo cuando tiene delante a la persona que quiere. Y que los amores eternos acaban reencontrándose una y otra vez a lo largo del tiempo.

Las calles olían siempre a potaje y a sotal. Cada casa proponía un viaje gastronómico diferente, y cada vecina limpiaba su trozo de acera como si fuera una parte más del pasillo o del corredor de su propia vivienda. Siempre había alguien baldeando o mandándonos a la otra acera para que no pisáramos lo mojado. Nos echaban de todas las casas los sábados por la mañana para que no pisáramos los suelos recién fregados. Sólo recuerdo quedarme entre cuatro paredes cuando estaba enfermo o cuando llovía más de la cuenta. El resto del tiempo nuestra patria eran todas las calles y todos los campos del pueblo. Pero no andábamos solos. Siempre teníamos un perro que iba con nosotros a todas partes. Perros sin nombre, sin pedigrí y sin correas. Fieles, leales y amigos a carta cabal. Nunca tenían nombres, o los nombres se los poníamos nosotros el día que empezaban a acompañarnos. Se llamaban Canelo, Rayco, Tobi o Sultán. O bien adoptaban el apelativo de cualquier serie de dibujos animados que estuviera de moda. Se conformaban con los cuatro mendrugos o las dos o tres cáscaras de queso que sacábamos a escondidas de nuestras casas. No sabíamos dónde dormían, pero siempre los encontrábamos en la misma zona del barranco o en cualquiera de las plazas del pueblo. Se dejaban acariciar y nos lamían las manos en señal de agradecimiento. No se les trataba como ahora. Entonces eran pocos los que tenían perros metidos en su casa. Todo lo más andaban por las azoteas o las fincas a su libre albedrío. Aparecían y desaparecían igual de misteriosos. Los echábamos de menos un par de días cuando se iban, pero al poco tiempo aparecía otro, habitualmente cojo, atemorizado, y siempre con ojos tristes de traición, derrota o palos.
Hoy tengo perro, y si puedo siempre me haré acompañar por la lealtad, la ternura y la sapiencia infinita que uno encuentra en los ojos de un perro cuando te mantiene la mirada. De alguna forma cada caricia que le doy se la estoy dando a todos y cada uno de aquellos perros sin nombre que nunca supimos dónde acababan muriendo. Un buen día dejaban de venir, supongo que cogidos por los de la perrera, o perdidos en cualquier cruce de caminos. Recuerdo que siempre iban con nosotros a todas partes. Se llamaban Rayco, Tobi, Sultán o Canelo.

Los desaparecidos también amarillean en los papeles. Los pocos carteles que quedan han sido mojados muchas veces por la lluvia o arrancados por los niños en esas tardes en que no saben qué hacer para matar el tiempo. Aparece una fotografía y unos cuantos teléfonos de contacto. Solo algunos coches viejos mantienen intactos sus ajados retratos. Si todavía vivieran ya no se parecerían a los de la foto. Han pasado muchos años. Y si volvieran tampoco serían nunca los mismos de los carteles. Uno siente siempre la inmensa pena de quienes más los querían cuando una y otra vez, año tras año, salen en los periódicos recordando que todavía no han regresado y que nadie sabe nada de ellos.

Yo entonces trabajaba todos los veranos en un pub irlandés que estaba en la zona turística de la isla. Servir copas también tiene su ciencia. Hace años que siempre me fijo en el camarero antes de pedir una consumición. Tengo amigos que dicen que un gin tonic o una copa de vino tienen vida propia y que, como todos los que sobreviven, dependen muchas veces de la mano del otro. Un camarero con mirada torva nunca te podrá servir una copa que te alivie una pena. Yo trataba de sonreír todo el rato, y sobre todo, cuando el local no estaba hasta arriba de gente, me gustaba escuchar las historias de los que venían a beber solos en vacaciones.
Aquel hombre llegaba según abríamos la puerta y empezaba a tomar Guinnes hasta que casi no podía mantenerse en pie. Había sido compañero de clase de Mick Jagger en Dartford durante ocho años. Los dos cantaban en el coro de la iglesia, pero siempre decía que era él quien llevaba la voz cantante. Jagger solo era uno más del coro. Estaba tremendamente gordo y su alcoholismo se marcaba en las venas de su cara y en las enormes ojeras que casi impedían que pudieran salir las lágrimas cuando en la borrachera le daba por decir que nunca había servido para nada.
Yo le preguntaba detalles de la infancia del vocalista de los Rolling; pero él solo quería contarme su vida. No había bajado a la playa ni un solo día. Tenía una habitación con vistas a la piscina del hotel y podía comer y beber cuanto le diera la gana. Por eso siempre llegaba ya medio borracho. Lo único que nos pedía según entraba por la puerta es que nunca pusiéramos nada de los Rolling. Uno de mis compañeros quiso ver cómo reaccionaba al escuchar la voz de Jagger. Dejó que sonara Angie entra la escandalera del local. Desde el primer acorde se vino abajo y empezó a llorar. Tuvimos que quitar la canción sobre la marcha. Volvió al coro de la iglesia, a la mala suerte y a repetir que no entendía por qué le había tenido que salir a él la bola negra de los desgraciados. Tenía mucha más voz que su compañero de clase. No hacía más que maldecir a Michael Philips todo el rato, sacaba la lengua y luego volvía a llorar desconsoladamente al fondo de la barra. Pidió otra Guinnes y no se marchó hasta que ya no fue capaz de saber quién era.

La vida tiene truco; pero casi nunca nos llegamos a dar cuenta. Preferimos que nos engañen. Aparecemos y desaparecemos sin dejar más rastro que la belleza que logramos ver, crear o acariciar cuando se cruza ese milagro que es el amor en cualquier otra mirada. Hace unos días estuve viendo la película La gran belleza, del director italiano Paolo Sorrentino. Lo primero que a uno le apetece hacer según sale del cine es regresar a Roma cuanto antes para no perder ni un segundo lejos de los palacios, de las fachadas y de las plazas que te sorprenden en cualquiera de sus recorridos más o menos improvisados. Pero no solo de Roma vive el hombre, ni tampoco hay que buscar esa ciudad tan sorprendente al final de todos los caminos. Cada uno lleva su Roma consigo, aunque la mayoría de las veces pasamos de largo ante ella y también ante nosotros mismos.
Justo antes de ir a ver la película, recomendada una y otra vez por muchos amigos, acababa de terminar la lectura de un cómic japonés que les recomiendo vivamente. Se titula El almanaque de mi padre y lo escribe Jiro Taniguchi. También tiene que ver con la belleza de las emociones y sobre todo con ese mundo tan extraño que son siempre los recuerdos. La película y el cómic, y no juzguen esta última manifestación literaria como un género menor porque les aseguro que se equivocarían de medio a medio, se plantea la desorientación de quienes renuncian a sus propias raíces. A veces no hacemos más que escapar de nuestros pueblos y de nuestros ancestros sin darnos cuenta de que así nos alejamos cada día más de nuestra propia esencia. No se plantean miradas almibaradas a ese pasado que es verdad que tampoco fue nunca perfecto, pero se hace hincapié, en este caso en la obra de Taniguchi, en los recuerdos imborrables de la infancia y en cómo a veces nos equivocamos juzgando a nuestros padres o a nuestro entorno sin profundizar en por qué eran como eran cuando solo trataban de que saliéramos adelante y de que contáramos con todas las oportunidades que ellos nunca tuvieron. Sorrentino, por su parte, recrea una y otra vez un lejano amor adolescente y ese mar que para los isleños también es una especie de patria en la que reconocernos desde que cerramos los ojos y dejamos que suenen las mareas. En el presente nos movemos creyéndonos cada día más los trucos que permiten que la vida merezca la pena. Hablo del amor, de la literatura, del cine, de la música o de los propios recuerdos. Si rompemos el caballo de cartón acabamos sobre la marcha con el juego. Mejor nos creemos, como cuando éramos niños, que el caballo lleva dentro lo mismo que los otros caballos que veíamos correr en las películas del Oeste. Somos nosotros los únicos capaces de argumentar nuestros propios sueños. Y no concibo mejor coartada que la belleza.

Se llamaba Lánguida y tenía sesenta años. Era la mujer más alegre del mundo. Su padre quiso llamar la atención y se fue a un diccionario a elegir su nombre entre miles de palabras. En el Registro creyeron que le quería poner Cándida; pero él se dio cuenta antes de que ese trámite terminara cambiando el destino de su hija. Quería que fuese Lánguida y no Cándida, aunque él apenas entendiera el significado de cada una de esas palabras. Le parecía un nombre eufónico y distinto al de las demás niñas. Ya luego, con el paso de los años, Lánguida se convirtió en la mujer más risueña de aquel poblado de casas improvisadas que crecía cada vez más en las afueras de la ciudad a la que sus padres llegaron unos meses antes de que ella naciera.
Su risa jacarandosa y alegre lograba que hasta los días más grises se parecieran a cualquier mañana luminosa de la primavera. Nunca ha salido del barrio. Ha tenido siete hijos a los que ha bautizado con nombres mucho más alegres. Ha perdido a dos de ellos por culpa de la droga y tiene otro del que no sabe nada hace más de cinco años. Su marido también la abandonó una mañana cuando ninguno de sus hijos podía valerse todavía por sí mismo. Se deslomó limpiando casas de la mañana a la noche, siempre con la mejor de sus sonrisas, como si desde que naciera hubiera querido desdecir a su padre con cada una de sus carcajadas. Él, sin embargo, había visto el fondo triste que tenía su hija grabado en la mirada. Cuando fue al diccionario solo buscó palabras con sonidos otoñales.

Estaba varias horas cada día delante del lienzo en blanco. Andaba siempre medio dormido. Las imágenes que pintó durante años se le habían aparecido en los desvelos de la madrugada. Ahora también aguantaba despierto casi toda la noche; pero nunca hallaba nada para seguir pintando. La última vez se le apareció un rostro bello que luego se encontró en la calle al día siguiente. La amó durante casi dos años y dejó de pintar en todo ese tiempo. Hubiera preferido haberla pintado y haberse olvidado de ella. Intuye que es él mismo el que se niega a seguir buscando nuevas imágenes en esos desvelos que hace años le servían para recrear grandiosos cuadros. Lo tenía todo vendido antes de cualquier exposición. Ahora tiene miedo a encontrarse con alguien como ella. Su vida ya solo es un lienzo en blanco en el que se pierde a diario su propia mirada. Ella se lo llevó todo. Están a punto de echarlo a la calle.

La mayoría de los propósitos se van quedando en el olvido a medida que avanza el mes de enero. Llevaba años escribiendo en un papel todo lo que quería cambiar en su vida. Brindaba en fin de año con la certeza de que por fin iba a ser capaz de aventurarse en busca de todos sus sueños. Eran sus cinco minutos de gloria anuales. Luego se levantaba de la cama con nuevos dígitos en el almanaque e iba demorando cada una de esas promesas. Algunas, las más fáciles y menos arriesgadas, sí es verdad que trataba de cumplirlas; pero al paso de pocos días se iba olvidando de ellas y volvía a la misma rutina de todos los años. Alguien le dijo una vez que nunca hay que escribir las ilusiones en ninguna parte. Esos papeles los guarda en un cajón de la mesa de su despacho. No siempre escribe lo mismo, aunque lo esencial apenas ha cambiado. Quien le dijo que no escribiera más esos papeles tampoco fue nunca en busca de lo que quería, pero estaba a punto de morir y ya estaba viendo todo un poco más claro. Le contó que si pudiera volver atrás lo único que haría es empezar a buscar cuanto antes el rastro de cada uno de esos sueños que había ido demorando. No le hizo caso: sigue creyendo que tiene toda la vida por delante y no hace más que escribir lo que realmente querría estar protagonizando.

Pasaba varias veces cada día debajo de aquella ventana. A cualquier hora escuchaba diálogos o melodías de las grandes películas en blanco y negro. Es cierto que la pintura de la fachada estaba cada día más desconchada y que nunca vi entrar o salir a nadie. No había vecinos. Me gusta esa zona porque puedo soltar a mi perro y dejar que corra sin problemas. Nunca había una luz encendida. De noche solo veías el reflejo de las imágenes a través de los cristales casi opacos de tanto polvo que habían ido acumulando. Hoy estaban tirando la casa abajo. Pregunté por los que vivían en ella y me contestaron que llevaba más de veinte años deshabitada. No quise decir nada de las películas que yo llevaba escuchando desde hacía meses. El perro entendió mi silencio. Quizá algún día, cuando ya no quede nadie, solo perdure el sonido y la imagen de todas las películas que nos fuimos inventando. A última hora de la tarde me contaron en la plaza que acababan de ver pasar a un viejo que era clavado a Clark Gable. Cargaba dos grandes bolsas. Ellos decían que en ellas llevaba lo poco que tenía. Yo estaba seguro de que en esas bolsas solo había sueños de celuloide y que buscaba otra casa para seguir engañando a su propia vida. Espero que tenga suerte y que pueda seguir viendo películas.

Hasta que no te acercas no puedes saber qué es lo que te vas a encontrar. Me lo enseñó un vagabundo que llevaba treinta años yendo de un lado para otro. No le pregunté cómo lograba sobrevivir. Hablaba siempre muy despacio, sin dejar de mirarte a los ojos todo el rato. Me hubiera gustado preguntarle si se había enamorado alguna vez o si había habido algún lugar en el que hubiera querido quedarse para siempre. No me atrevía a decir nada. Solo escuchaba. Me preguntó la hora y de repente me vi parado en mitad del parque sin importarme la reunión a la que me dirigía.
Vivo aceleradamente desde hace años, como si estuviera todo el tiempo demorando mi propio reposo. Me contó que estaba harto de ver a la gente lamentándose de todo el tiempo perdido y de lo poco que habían disfrutado de lo que realmente les gustaba de la vida. Me dijo que no sabía hacia dónde iba; pero que uno no descubre lo que esconde su horizonte hasta que no se echa a andar sin miedo por su propio camino. No tenía pinta de estar en ninguna secta ni de ser un iluminado. Hace años que tengo claro que no hay ningún encuentro que no tenga sentido. También sé que ese sentido solo lo hallas cuando pasa el tiempo y puedes encajar todas las piezas de tu propio rompecabezas. Lo vi alejarse. Le di algo de dinero sin que me lo pidiera y me dio las gracias. Yo también seguí andando y de vez en cuando escribo sin saber qué es lo que me depararán las palabras antes de llegar al siguiente punto y aparte.

Prohibieron la risa. Incluso en tu casa podían delatarte tus hijos o tus hermanos. Todos cumplíamos lo que nos mandaban. Recuerdo reír mucho hace años. Algunos decían que era saludable esbozar una sonrisa o soltar una carcajada. También entonces te podías bañar en la playa sin pagar. Todos tenemos una cantidad de oxígeno asignada cada día y cuando hay restricciones porque apenas se puede respirar el aire se sacrifica a los más débiles.
En el decreto decía que reír era un gasto innecesario de oxígeno. Apenas nos dimos cuenta del cambio. Yo ya nací cuando los medios de comunicación no tenían fuerza y cuando las protestas en la calle se saldaban con cientos de muertos y de detenidos. Llegó un momento en que ya nadie salía a la calle. Todos andamos con un semblante adusto y triste. Tampoco podemos mirarnos a los ojos. No existe el amor y el sexo es un mero ejercicio reproductivo que también está sujeto a las necesidades de procreación. Todo está oscuro. Sabemos que hay sol pero ya no logra atravesar las nubes negras que quedaron tras el último gran terremoto. La Tierra tiembla cada dos por tres, y luego llegan las olas arrastrando todo lo que encuentran a su paso. Ya no hay ciudades costeras. Nadie escribe. Yo lo hago porque mis padres y mis abuelos se empeñaron en transgredir todas las normas. Querían que por lo menos quedara alguien que contara todo esto. A veces me meto debajo de la sábana y trato de reír. No me atrevo a soltar ninguna carcajada. Nos vigilan por todas partes.


Había escrito trescientas sesenta y seis páginas de aquella novela; pero murió justo cuando iba a trazar la última palabra. El cursor se quedó parpadeando al lado de un verbo. Trataron de imaginar qué letras estaría a punto de colocar en aquel espacio en blanco, pero finalmente no consiguieron ponerse de acuerdo. Era una novela prodigiosa, la mejor que había escrito. Había estado más de diez años corrigiendo y borrando casi a diario hasta dejarla perfecta. Solo había dejado pendiente el final, y ahora nadie sabe qué diablos hacer con ese texto.


Ella nunca le mira. Siempre está a su espalda. Le costó llegar a la ópera de Viena, pero sabía que era donde único cantaba ella varias veces cada año. Se reían en el colegio por sus gafas de pasta, por su nariz grande y por lo gordo que estaba. Se refugió en el violonchelo. También se reían cuando lo veían cargar con ese instrumento por las cuestas del pueblo. Ama la música y la ama a ella. Ha habido momentos en que solo se escucha su voz y el sonido casi humano de sus cuerdas. Vive todo el año soñando con ese momento. La ve entrar, alta, morena, guapa y ya le basta para seguir soportando su soledad hasta el siguiente concierto. Desde que ella empieza a cantar él toca el cielo.

Los años no hacen más que repetirnos los protagonistas que fuimos descubriendo cuando éramos niños. Cambian las caras y las manías, pero no las conductas. El empollón, el apocado, el pelota o el chivato se aparecen por donde quiera que uno se mueva como mismo se aparecían cuando estábamos en el colegio. Aun así no creo que vengamos genéticamente destinados a jugar ningún papel. Supongo que serán las circunstancias las que nos irán colocando en el lugar que nos corresponde según cada momento de nuestra vida. Sobrevivir ya es en sí mismo un triunfo diario.
También entonces el escenario se poblaba a todas horas de pragmáticos y de soñadores. Pasaba sobre todo cuando se acercaba la víspera de Reyes. Por un lado nos situábamos los que, no queriendo salir de la magia de los sueños, nos negábamos a asumir las evidencias. En el otro lado de la escena estaban, cómo no, los aguafiestas y los sabelotodos empeñados en echar por tierra cada fotograma de nuestras ensoñaciones reales. No servía de nada que aseguráramos haber escuchado cómo Melchor, Gaspar y Baltasar habían dejado los regalos junto a nuestros zapatos liliputienses. Siempre estaban los otros diciendo que los que se movían con sigilo eran nuestros propios padres. No sé cuándo empezamos a perder las ilusiones, pero sí estoy seguro de que las primeras derrotas nos llegan en el momento en que debemos asumir que ganan los pragmáticos. Así y todo, un soñador nunca pierde la esperanza, aun a riesgo de quedar como un ingenuo. Por más que les diéramos la razón a los galletones que querían matar la magia de los Reyes, uno se acostaba luego con sus propias ilusiones. Daba lo mismo que durante el día todo fuera previsible, aburrido y comercial. Nos quedaba el embrujo de la noche y de los muchos años crédulos para saber que no todo acaba en la evidencia. En estos tiempos tan raros y desnortados también necesitamos recuperar las ilusiones para saber que no todo se lo lleva la macroeconomía, el latrocinio y ese torrente revuelto de noticias catastrofistas que nos golpean a diario en los periódicos y en los telediarios. En aquellas noches mágicas aprendimos que, si uno lo deseaba, los camellos subían seis o siete pisos cargados con nuestra bicicleta y nuestro escalextrix. Ahora son otros los regalos que pedimos antes de quedarnos dormidos. De entrada, apostamos por la armonía y por un mundo más solidario y más justo. Y ya sé que puedo parecer un iluso, tan iluso como Lennon cuando cantaba el Imagine antes de que la balacera de un loco lo dejara tirado en las calles de Nueva York. Pero creo que no nos queda otra que aferrarnos a la magia de todo lo que vuela.

Lo llevaban por todos los pueblos de la isla para que adivinara el futuro. Iba vestido de marinero y tenía doce años. Su abuela cobraba dos duros por cada consulta que se le hiciera. Acertaba todo lo que tenía que ver con el amor y con las cosechas. Por más que lo intentaron jamás conseguía atinar con el dinero. Las enamoradas hacían cola toda la noche para ser las primeras en consultar a aquel niño con tirabuzones que hablaba como un viejo. Cogía las manos y miraba fijamente a los ojos de quienes preguntaban.
Su abuela solía aprovechar las fiestas patronales. Siempre coincidían con el de las ruletas, con otro que vendía helados de vainilla, turrón y fresa y con los primeros cochitos que empezaron a aparecer por los pueblos de la isla. Él decía siempre que realmente era su madre la que le iba contando cada una de las predicciones, pero aquel día no sintió su presencia por ninguna parte. Un hombre de unos cuarenta años se había acercado a preguntarle por un amor que había conocido antes de emigrar a Venezuela. Solo estuvo con aquella mujer una noche, en un baile de máscaras que hubo en la capital. Se amaron en una playa de arena y ella murió cuando dio a luz. La habían escondido durante todo el embarazo. El niño dejó caer unas lágrimas delante de aquel hombre que no sabía que era su padre. Todos creyeron que había perdido sus poderes por culpa de un balonazo que le habían dado en la cabeza jugando al fútbol esa misma mañana en la casa del hijo del alcalde.

Escribía retazos de su propio olvido rebuscando entre papeles viejos que ni siquiera era capaz de interpretar. Durante años había ido tomando notas de todo lo que le iba pasando. No había escrito ningún libro, pero si sumara todos los papeles que llenaban sus cajoneras podría haber publicado una enciclopedia. Todo estaba escrito a mano, con letra caótica o pulcra según fuera lo que reseñara. Buscaban nuevas formas de contar y cada dos por tres estaban inventando un género nuevo. No se vendían libros y las editoriales andaban desesperadas. Entonces fue cuando él decidió copiar al azar en un mismo archivo algunos de los papeles que había escrito durante años. Solo copiaba símbolos, letras y letras que no se paraba a descifrar pero que sabía que en su momento habían querido decir algo. Los lectores solo querían pequeñas pinceladas, párrafos cortos que contaran historias, anécdotas o sucesos más o menos cotidianos. Las redes sociales habían cambiado los hábitos de lectura. Habían olvidado a Flaubert, a Proust o a García Márquez. Recuerda los debates de antes de 2020. Solo se preocupaban del libro de papel o del libro digital sin darse cuenta de que los niños que entonces estaban en el colegio no estaban leyendo absolutamente nada. O que si leían, nadie les estaba enseñando a comprender lo que había más allá de las palabras. Por eso fue fácil engañarlos. Trabajan como esclavos sin saber para qué diablos salen cada día de la cama.

Su padre era un optimista incorregible que cada principio de año no hacía más que abrir puertas por donde quiera que pasaba. Había enviudado joven y la vida nunca le regaló la misma suerte que a sus hermanos y amigos. Trabajó hasta deslomarse y ni siquiera ahorró para cumplir su sueño de ir a visitar alguna vez la Torre Eifell. Murió hace años, pero su hijo se acuerda cada día de él en el otro extremo del mundo. Se vino a Los Ángeles tratando de ser guionista de series de televisión. Entre una cosa y otra han ido pasando los años y solo ha conseguido escribir los textos de una sesión benéfica que se representó en un teatro de barrio para recaudar fondos cuando el terremoto de Haití. Su padre decía que si se cerraba una puerta era porque ya se estaba abriendo la siguiente. Es cierto que no dejaba nunca de sonreír y que era capaz de buscar el lado menos malo de todos los desastres. Él también sonríe, pero con levita, entorchados y gorra de plato. Abre y cierra la puerta de todos los que entran y salen al hotel Hilton de Los Ángeles. Ha estado a punto de parar a alguno de los productores que vienen de vez en cuando a cerrar los acuerdos con actores y actrices que otros solo logran ver en la pantalla. Cada vez que cierra la puerta del hotel se acuerda de su padre, como si su sueño estuviera a punto de cumplirse en cualquier momento. También lo recuerda cada primer día de cada nuevo año.

Se despertó el 1 de enero de 2014 hablando sueco. Él no conocía el idioma que estaba pronunciando, pero era capaz de entender lo que iba diciendo. Hablaba solo por toda la casa. No recordaba ni una sola palabra en castellano. Se sentó a escribir y se vio dibujando formas que no podía traducir. Sí sabía lo que quería llevar al papel, pero los símbolos no eran los que llevaba cuarenta años utilizando. Despertó a la amante con la que se había acostado y le pidió que lo escuchara. Ella era rubia, con aspecto de nórdica y tremendamente alta. La había conocido justo después de las campanadas en una fiesta cerca de la playa. No recordaba su nombre, pero hablaba con las mismas palabras que él querría haber utilizado esa mañana.

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