los blogs de Canarias7

Archivos Noviembre 2013

La vida solo se puede contar desde muchos puntos de vista. Pase lo que pase siempre habrá alguien que vea con otros ojos lo que miramos. Una novela también es una vida que requiere muchos puntos de vista. Cecilia Domínguez Luis sabía de antemano que no podía escribir una historia como la que ha escrito sin esa panoplia de miradas y de palabras. Si hubieras estado aquí es un camino que se recorre por muchos atajos. Incluso regresamos muchas veces al lugar de partida tratando de entender qué fue lo que pasó una noche para que cambiara la vida de todos los que se van contando.
Aparecen Marta, María, Tono, Carlos o Manuel, cada uno con una forma distinta de ver las mismas cosas, perfectamente caracterizados a través de sus pensamientos, sus miedos o sus obsesiones. Y además se van contando en blogs, en diarios, en notas de un cuaderno o en esos soliloquios que realmente saben de nosotros mucho más de lo que luego terminamos contando.
No hay nada que no sea grandioso para quien sabe narrarlo. Por la novela discurre una noche que no termina nunca, ni siquiera cuando cerramos el libro, porque las noches, como los finales, no terminan en ninguna parte. Escribir es saber contar. Parece fácil; pero no todo el mundo logra que nos detengamos en una historia. Hace falta emoción, o ese pálpito que los italianos llaman maniera, los gitanos duende y los sesudos críticos voz propia. Hay que saber emboscarse detrás de cada personaje sin llegar nunca a atosigarle porque no somos siempre los mismos en ninguna parte. Realmente no somos nunca nadie, y quizá por eso nos escribimos una y otra vez como si fuéramos un personaje, para entendernos, para salvarnos, y también para quedarnos donde sabemos que solo somos sombras que pasamos más o menos fugaces según la intensidad con la que amemos.
A veces también huimos sin necesidad de marcharnos. Los personajes de la novela de Cecilia Domínguez también huyen todo el rato hacia ninguna parte, cada uno a su manera, buscando coartadas o cambiando de ciudad o de casa. Y nosotros nos vamos yendo con cada uno de ellos, porque en el fondo también leemos para escaparnos persiguiendo la quimera de cualquier personaje que nos deje ser eternos durante un rato.
Si hubieras estado aquí es un libro en el que uno se descubre subrayando muchas veces sus propias frases. Se parece a cualquiera de nosotros aunque no tengamos nada que ver con esa noche ni con los sentimientos que va deshaciendo poco a poco la biografía de todos sus personajes. Todos estuvimos alguna vez en todas partes. Cuando lees no haces más que recordar lo que otros también cuentan para no desorientarse. Y te salvas, como sucede en esta prodigiosa novela, cuando descubres que los argumentos son siempre interminables.

Se reconocen serenos y seguros cada vez que se miran. No concebirían la felicidad sin estar juntos. Se conocieron, o eso creen ellos, en un vuelo de regreso de Berlín hace ocho años. Los dos habían ido casualmente la misma semana de vacaciones, cada uno por separado. Se habían alojado en distintos hoteles, no habían coincidido a la misma hora en el Altes Museum o en la puerta de Brandemburgo, y hasta que no pronunciaron las primeras palabras casi no se habían dado cuenta de que estaba el uno al lado del otro. Ella, despistada como siempre, le preguntó si sabía a qué hora llegarían a Gran Canaria. Él, siempre más organizado, miró su reloj y precisó la hora de llegada con tal puntualidad que a ella ya, desde ese primer momento, le pareció un hombre casi milagroso. Él se perdió en sus ojos verdes cuando le detalló el tiempo de duración del vuelo que luego ratificaría el piloto justo después de despegar. Ella no podía apartar sus ojos de aquella mirada cercana que intentaba recordar en qué momento anterior se había cruzado con la suya. No pararon de hablar hasta aterrizar en Gran Canaria. Ahora serían incapaces de vivir el uno sin el otro.
Casi treinta años atrás, cuando ella tenía cuatro años y él estaba a punto de cumplir los cinco, no les hizo falta ni presentaciones ni confidencias para llegar a compartir uno de esos días maravillosos que luego nunca se recuerdan, pero que son los que proporcionan la alegría que no sabemos de dónde sale cuando parece que todo se nos va a venir abajo. Ya él estaba en la playa de Patalavaca con su pala, su rastrillo y su cubo. La marea estaba vacía y a esa edad, con marea vacía, cualquier playa de arena se convierte en un reclamo que difícilmente se cambiaría por el paraíso. Se miraron y empezaron a compartir palas y cubos. Las que tenía él eran rojas; las que traía ella estaban nuevas y eran azules. Construyeron un gran castillo de arena y un volcán que ella decía que era el Teide y que él se empeñaba en identificar con la montaña de Arucas. No existía el tiempo, ni los padres, ni los otros niños que también jugaban por la playa. Estuvieron trabajando mancomunadamente hasta que subió la marea y todo lo que habían levantado fue destrozado por las aguas. Los dos miraban estupefactos e impotentes cómo la virulencia de las olas se llevaba por delante su castillo. No quedó ni una de aquellas almenas cuidadosamente perfiladas por ella mientras él levantaba un muro de contención alrededor de la fortaleza. Hasta treinta años después no pudieron reconstruir aquel sueño compartido en la playa una tarde inolvidable de la infancia. Ninguno de los dos recuerda aquel momento, pero siempre repiten, cuando se abrazan, que parece como si se hubieran conocido desde mucho tiempo antes.

Lo vi salir varias veces. Estaba con los fumadores en la calle. Fumé muchos años. Cuando me junto con los que todavía prenden cigarros no busco volver a ninguna calada, o a lo mejor sí es verdad que me aprovecho de ellos para recordar los amores, las canciones o las ciudades que están unidas a ese humo casi azul que atraviesa algunas madrugadas.
Acababa de llegar de una charla literaria de Pablo Martín Carbajal con Daniel María en la Biblioteca Pública de Las Palmas de Gran Canaria. Ahora estaba en la puerta de la exposición de Pedro Lezcano Jaén. Me perseguían los ojos de sus cuadros y toda la emoción que transmitía cada uno de sus trazos. Hay veces en el que el arte logra que se activen neuronas que uno ni siquiera sabe que lleva contigo a todas partes. En la puerta del Club de Prensa estaban Augusto Vives, Berbel, Magdalena Medina o Juan Carlos de Sancho. No todos estaban fumando. Juan Carlos vio salir a la misma persona dos veces, pero luego la encontraba lejos cuando quería despedirse. Intentaba acercarse, pero desaparecía misteriosamente al llegar a la esquina de la calle León y Castillo. Todo eso nos lo contó luego, cuando aquel hombre misterioso, que vestía un pulóver negro de cuello alto, se acercó a nosotros y le puso la mano en el hombro. Ni siquiera recuerdo que hubiera humo en ese momento. Le dijo que había necesitado despedirse tres veces para coincidir con él un momento. Al parecer estaba escrito que esa noche se viera con mi amigo en la puerta de la sala, pero Juan Carlos es uno de los seres más imprevisibles e inquietos que conozco, y no paraba de moverse de donde su propio destino quería colocarlo. Esa es la gente que luego cambia el mundo, la que consigue vivir escapándose incluso de lo que tenían escrito de antemano. El hombre nos miró también a nosotros, pero por lo visto no entrábamos dentro de su parafernalia nostálgica. Cuando se fue, Juan Carlos se quedó sin palabras. Encendió un cigarro y fumó en silencio durante largo rato. Después nos dijo que ese hombre había sido compañero de estudios en La Laguna. Según le habían contado, hacía años que había fallecido practicando esquí acuático en una playa de Punta Cana.

peugeot-40401.jpgSalía de mi casa medio despistado. Lo había visto merodeando varias veces por el barrio. Parecía algo desorientado; pero hoy en día no nos extraña ninguna desorientación en las grandes ciudades. Me paró y me preguntó si había visto su coche aparcado en mi calle. Le contesté que no sabía cómo era su coche. No ando sobrado de conocimientos automovilísticos, aunque como casi todos los niños sí conocía las marcas y los modelos de los que aparcaban cerca del colegio. Formaba parte de los juegos adivinar las marcas, el nombre de los propietarios e incluso las matrículas. "Busco mi Peuyot, es un 404 blanco, que tiene un banderín del Real Madrid firmado por Pirri colgado del espejo". Sobre la marcha recordé aquellos coches por las calles de mi pueblo y, como si retomara un juego olvidado, aparecieron los colores, las caras de sus propietarios y aquellos asientos tan fríos en los días de invierno. No había visto un Peugeot 404 desde hacía mucho tiempo. Recuerdo que hace años muchos de los taxistas que circulaban por Canarias tenían ese modelo de coche. Me di cuenta de que el hombre que me había parado en mitad de la calle estaba totalmente desorientado. Le contesté con naturalidad que no había visto su coche durante los últimos días. Entonces él me comentó que siempre había sido un despistado y que a lo mejor lo había dejado dos o tres calles más allá de la mía. Yo le dije que en eso de los despistes andábamos parejos y seguí mi camino. Traté de imaginarlo mucho más joven mientras esperaba a sus hijos en el coche para acercarlos al colegio. También pensé que a lo mejor era verdad que conservaba ese modelo o que el tiempo es tan relativo que solo basta un parpadeo para que nos veamos viejos y desorientados por las mismas calles que hemos recorrido toda la vida. Recordé el sonido del motor de aquellos Peugeots de mi infancia y hasta apareció la imagen de Pirri cuando lo veía jugar en el Estadio Insular portando el brazalete de capitán del Real Madrid. Aquel hombre seguía recorriendo la calle como si no hubiera pasado el tiempo. No sé en qué lugar aparcaría por última vez aquel coche que ahora buscaba por todas partes.

En aquellos años no hacían falta transfusiones para vivir otras historias. La gente leía o se contaba cuentos cuando se sentaba en una terraza o delante del fuego de una hoguera. Poco a poco se fue perdiendo el hábito de leer y de contar. Lo cambiaron por películas en las que ya aparecían las caras de los personajes o por virtualidades que les ahorraban mucho tiempo a la hora de imaginar un lugar desconocido. Se volvieron cómodos e indolentes. En los colegios fueron desechando cada vez más los libros y las operaciones matemáticas. Nadie valoraba a quien escribía. Se dejaron de vender sus libros o se pirateaban impunemente. Llegó un momento en el que ya nadie leía. Los escritores pasaban tantas necesidades que no tuvieron más remedio que vender la sangre cuando se la pidieron. Unos investigadores de una universidad de Melbourne habían descubierto que las historias no son más que células que corren por nuestra propia sangre hacia el cerebro hasta crear una ficción que las hacen parecer ciertas. Pagaban muy bien la sangre, a mucho mejor precio que los libros y las conferencias, y casi todos los escritores de aquella época fueron dejando bolsas de sueños en los congeladores de las universidades. Ahora solo tienes que pedir una transfusión de Paul Auster, de Murakami o de Coetzee para vivir en primera persona cualquiera de los argumentos que escribieron. Si te doy un libro, incluso un viejo libro electrónico, no sabrías qué hacer con él porque no serías capaz de interpretar ninguna de sus letras. Yo era muy niño entonces, pero recuerdo ver a mis padres y a mis abuelos leyendo a todas horas. Ya luego su propia sangre era la que terminaba reinventando los cuentos. Sus venas todavía eran abstractas.

Esperaba la guagua para ir a la playa. Ayer fue domingo. El cielo estaba azul y sabía que la marea estaba vaciando en la playa de Las Canteras. Miraba la silueta trasera del teatro Pérez Galdós o dejaba que los ojos siguieran el horizonte casi libre de vehículos de la Avenida Rafael Cabrera. Vi venir la línea 12; pero se paró justo antes de llegar al semáforo. Miré la pantalla del móvil y contesté un mensaje en lo que llegaba la guagua. Subí sin mirar el número y seguí concentrado en la pantalla del Iphone. Ni siquiera recuerdo qué era lo que estaba contestando. Cuando levanté la mirada me vi delante del Castillo de Mata. Me había equivocado de guagua y había subido a la línea 9. El conductor me dijo que adelantó a la 12 en el último momento y que me podía bajar en la siguiente parada y cambiar a cualquiera de las guaguas que van hacia la playa. Bajé con mi mochila, mis bermudas y mis cholas playeras. Tenía mucho frío y no dejaba de llover. El cielo estaba totalmente gris y no había casi nadie caminando por las calles. Desde niño me ha puesto triste pisar los charcos con los pies desnudos, es como si el cuerpo se volviera otoño de repente cualquier tarde luminosa de verano. Vi alejarse una guagua con el número 9, pero en este caso era roja y tenía dos pisos. Saqué la toalla y me la puse por encima mientras caminaba en medio de la hierba. Conocía Hyde Park como la palma de mi mano. Durante años era lo más parecido a la playa que encontraba los domingos. En Londres nadie te mira nunca cuando vistes raro o si te presentas un día de finales de noviembre como si estuvieras en pleno verano. Yo había salido de Vegueta hacía dos horas; pero eso es algo que nunca le contaré a nadie.

Ayer enterramos al último inmortal. Estaba empeñado en que nunca abandonaría este mundo. Cada dos por tres los acercamos al cementerio. Ninguno de ellos deja dicho que quiera ser incinerado. No pensaban morirse nunca. Jamás perdonan. Los inmortales creen que tienen toda la vida por delante para elegir el momento de dar por acabados los conflictos. Suelen dejar mucho dinero, propiedades, coches de lujo y cuentas secretas que luego se terminan quedando los suizos porque ni siquiera sus íntimos sabían que las tenían abiertas. Alguna vez se recupera algo si han dejado el parné debajo del colchón o de algún ladrillo de su casa. Nunca te miran a los ojos. Yo creo que evitan la mirada para no reconocerse mortales en los ojos de los otros. La historia está llena de esos personajes. Casi todos creen que tras ellos se acabará la vida en el planeta. Sin embargo ayer, cuando llevábamos a este último inmortal al cementerio, había cientos de pájaros cantando en los cipreses. Por como cantaban no parecía que estuvieran pensando en el mañana. Ese amigo fue demorando sueños. Estaba esperando a tener todo el tiempo del mundo para hacer lo que quería. Ya ni siquiera sabía qué era lo que había querido alguna vez. Por eso no paraba nunca. Siempre estaba ideando negocios y nuevos proyectos empresariales. Se cayó por las escaleras cuando bajaba de levantar pesas en el gimnasio que había montado en la azotea de su casa. Inesperadamente. Como mueren siempre todos los inmortales.

Voy dejando pasar las guaguas que llegan atestadas de viajeros. No tengo prisa. A cierta edad dejas de tener prisa y de tener vergüenza. Nunca sabes en qué viaje puede cambiar por completo tu destino. A mi marido lo conocí en el metro camino de la universidad hace cincuenta años. Aún siento la sombra de su presencia cuando camino a tientas por mi casa.
Los dos hijos que tuvimos viven lejos y solo vienen unos días en navidad o en verano. El más pequeño es el vivo retrato de su padre. Si no fuera mi hijo y me lo tropezara en la guagua volvería a enamorarme sin remedio. Fui muy feliz mientras estuvimos juntos. En mi casa nadie se atreve a pronunciar la palabra cáncer. Nos vinimos a la isla cuando terminamos la carrera y los dos estuvimos dando clases en el mismo instituto hasta que nos jubilamos. Siempre he aparentado muchos menos años de los que realmente he ido cumpliendo; pero ahora se entiende que ya soy una vieja a la que nadie mira en ninguna parte. Nunca me gustó que me piropearan o que miraran descaradamente para mis pechos, pero me gustó mucho menos empezar a darme cuenta de que casi soy transparente y de que nadie repara en la falda que estreno o en el carmín de mis labios. Nunca olvidaré cómo me sentí cuando aquel chico joven y guapo se levantó sobre la marcha para cederme el sitio en la guagua. Le dije que no me pasaba nada por ir de pie, pero no hubo manera de detenerlo. Su caballerosidad me hizo sentir una mujer vieja por vez primera. Desde entonces mi única obsesión cuando subo a las guaguas es comprobar que haya asientos libres. Me da igual que esté lloviendo o que llegue tarde al cine o a un concierto. Cuando aquel joven me miró pensé que me iba a preguntar cómo me llamaba y me puse colorada. Luego me senté, bajé la mirada y salí en la siguiente parada. Seguí caminando y recordando aquella vez, en Madrid, en los años sesenta, en que otro joven no paró hasta conocer mi nombre. Los conductores piensan que soy una vieja medio loca que me entretengo en las paradas viendo pasar guaguas atestadas de viajeros.

Cada día tenía su propio paso de baile. Le gustaba improvisar justo antes de salir a escena; pero jamás lo hacía cuando ya estaba sobre el escenario: en ese momento la música parecía que formaba parte de su propio cuerpo. También bailaba en silencio, lentamente, como si recorriera las sombras de otras siluetas que danzaran junto a ella. Desde niña entendió mucho mejor la vida delante de la barra y de los espejos que cuando salía a la calle y todo perdía la armonía y el trazado casi perfecto de los brazos y de las piernas moviéndose cadenciosamente por el aire. Para ella todo era un baile, y lo que veía cuando andaba por las aceras o por los parques no era más que una gran coreografía de hombres y mujeres que ni siquiera saben que están bailando al son de la nada. Últimamente también están empeñados en acabar con la danza. No paran de repetir que una representación cuesta mucho dinero y prefieren montar musicales o llenar las carteleras con los caretos de cualquiera de los que salen por la tele. Ella baila y a veces cierra los ojos cuando camina de puntillas sobre el escenario. Los otros nunca entienden cómo se puede volar tan alto. Solo sigue los acordes y se deja llevar por la música que sale de su propia alma. Si no bailara, la vida solo sería ese páramo gris que suele encontrar casi todos los días antes de llegar al teatro. No te lo puede explicar con palabras.

Aprendimos que el sabor termina siendo la esencia de casi todos los recuerdos. También supimos del amor, o descubrimos que cualquier detalle cotidiano puede convertirse en una página inolvidable si aprendes a buscar más allá de lo que tienes delante. Quienes escribimos recreamos mentalmente ese sueño de poder quedarnos en un diván a leer y a escribir historias todo el tiempo. Los encamados cambian la vida real por la literaria. Muchos años después que Proust vimos a Onetti metido en la cama de aquella casa de la Avenida de América de Madrid sin tener que quitarse nunca el pijama para seguir viviendo. Supongo que cumplió ese sueño que todos idealizamos siempre que vemos cómo va pasando el tiempo lejos de las palabras.
Marcel Proust nos enseñó un dandismo sin grandes aspavientos, un dolce far niente en el que el único esfuerzo era cambiar el color de los recuerdos. Todo lo que se escribe se inventa. Ese mundo de Guermantes no fue como sucedió sino como quedó escrito, y quien cuenta lo hace siempre eligiendo una determinada perspectiva o cambiando lo que no vale la pena recordar o no merece siquiera un renglón que le salve del olvido.
Recuerdo una noche de verano de hace unos treinta años. Iba rastreando entre los libros que todos decían que había que leer si uno quería ser escritor. Un día me acercaba a Madame Bovary, otro a Crimen y Castigo o al Quijote, a Cien años de soledad, a Conversación en la Catedral, a las desventuras del Werther de Goethe, a la Isidora Rufete de Galdós, al Ulises de Joyce, a Gregorio Samsa o a la Maga de Cortázar. No hacía más que tantear los universos que los más grandes ya habían descubierto mucho antes. Así recuerdo que llegó a mis manos Por el camino de Swann. Los libros creo que llegan en su justo momento, por eso no hay que precipitarse nunca; y además unos llaman a los otros trazando un camino que luego, con los años, descubres que fue tan determinante como el de los pasos que te fueron moviendo por el mundo. Recuerdo el impacto de los detalles y de las evocaciones, y también aquel aprendizaje del amor. Con Stendhal, sobre todo con Rojo y Negro, y con Proust aprendí que las grandes pasiones, además de mover el mundo, también eran las que daban sentido a casi todos los argumentos literarios. El personaje, como yo cuando era aquel adolescente que desesperaba por cualquier desengaño, descubría que nunca vale la pena morir de amor por nadie. Luego llegaron A la sombra de las muchachas en flor o El mundo de Guermantes. He recorrido varias veces las calles de París buscando referencias proustianas por todas partes. Marcel Proust no escribió unas memorias ni unas crónicas de su tiempo. Reescribió la vida que le había tocado. Y además nos enseñó que uno encuentra un mundo; pero que nunca ha de conformarse con lo que tiene delante. Un dandi cambia todos los guiones y se mueve como le da la real gana, provocando casi siempre el escándalo entre los puritanos y entre quienes pactaron alicortos sueños de andar por casa. No solo era la magdalena. Había mucho más. Aprendimos a escribir como si fuéramos otros sin dejar de asomarnos nunca a nuestros propios recuerdos idealizados. También descubrimos que todo lo vivido no es más que un anticipo de lo que algún día acabaremos enumerando en alguna página literaria.


Este artículo fue publicado ayer en el suplemento de cultura Pleamar de Canarias 7

No hay mayor desarraigo que la incomprensión. Nadie le hacía caso. Es verdad que su carrera de hipocondríaco había ido agotando la paciencia de casi todos nosotros. Cada semana se inventaba una nueva enfermedad o se obsesionaba con cualquier variación de su cuerpo. Le decíamos que quien se empeña en buscar siempre acaba encontrando algo, e incluso había quien se atrevía a decirle que tuviera cuidado porque muchas veces acabamos enfermando de nuestros propios presagios.
Llevaba unos meses más o menos tranquilo, pero ahora anda como un alma en pena por las calles. Conmigo sabe que lo tiene fácil porque estoy incapacitado para la negación. En la teoría me muestro decidido y tremendamente pragmático; pero luego, cuando me piden favores o me insisten apelando a cualquier chantaje emocional, me reconozco diciendo justo lo contrario de lo que pienso. A veces intento mantenerme en silencio para no meter la pata. También es una batalla perdida porque quien quiere algo no para hasta convertir esa carencia de palabras en una afirmación tácita.
Él sabía que me podía abordar sin problemas. Cambié de acera cuando lo vi de lejos. Ese fue mi único intento de escapada. Cruzó la calle y me pidió que le escuchara. Estuve casi una hora de pie, al lado de un semáforo, sin decir prácticamente nada. La verdad es que me dejó sin argumentos. Ahora estaba preocupado porque no paraba de beber alcohol en los sueños. Me dijo que se levantaba todas las mañanas con unas resacas insoportables y que lo habían despedido de su último trabajo por sus reiteradas faltas. Lloraba de impotencia. Juraba que había dejado de beber desde hacía más de treinta años, justo cuando pensó que tenía una cirrosis casi incurable que al final solo quedó en una bolsa de gases. Tenía miedo a cerrar los ojos por la noche. Ni siquiera controlaba lo que bebía, y por lo visto últimamente su subconsciente se estaba emborrachando con vino dulce y con anís. Se levantaba sudoroso y con ganas de vomitar. También repetía que no eran cuchipandas festivas y que casi siempre, cuando ponía música en sueños, no hacía más que escuchar tangos masoquistas o melodías que incitaban todavía más a seguir bebiendo.
Me pidió una cantidad considerable de dinero. Nunca había pedido dinero, pero me vi en el banco sacando casi todos mis ahorros. Mi mujer y mis hijos me querrán matar dentro de un rato. Me dio mucha pena. Quería probar un tratamiento de hipnosis en una clínica de Ohio a la que solo pueden ir los millonarios. Estaba realmente desesperado y nadie quería creer lo de sus sueños borrachos. Si pudiera volver atrás me hubiera apartado de él desde hace años.

No podía explicarles que tenía que ver más con mi actitud que con los trucos culinarios. Los días tristes siempre se me pasaba el arroz hiciera lo que hiciera para evitarlo. Esos días ya hace tiempo que he decidido comer fuera o tirar de cualquier plato precocinado. Todos los que me leen la mano aseguran que tengo muy buena estrella, pero solo recuerdo haber encontrado una moneda de dos euros una vez en la calle. Me imagino que la buena estrella también habrá que trabajarla para conseguir algo. Me gusta mirar cómo pescan los otros en la costa. Nunca he tenido caña, ni creo que tenga paciencia para reiterar los intentos. Me jubilé hace dos años. Había sido abogado, pero siempre había querido ser cocinero. En los juicios no tenía los altibajos de la cocina. Allí importan poco los estados de ánimo o los sentimientos. Fuera de las clases cocino para mí solo y alguna vez abro alguno de los vinos que he ido coleccionando con los años. Tengo mis ritos y mis manías. De puertas adentro cada cual puede hacer de su vida un gran acontecimiento. Ella se empeñó en dejar escritas sus memorias. Leo todo lo que vivió y recuerdo en sus palabras lo mucho que me quiso. Yo no escribo nada porque no habrá nadie que se interese por mí cuando me vaya. No tuvimos hijos. Ella decía siempre que se marcharía primero y que dejaba aquellos textos como quien deja comida preparada cuando se va unos días lejos de casa. Me alimento a diario de sus palabras. Pongo música y la escucho mientras voy leyendo. Da lo mismo que ya sepa lo que va a suceder cuando pase a la página siguiente.

Solo lloro cuando me coloco las gafas y estoy a punto de saltar al vacío. A los diez años sí lloraba desesperadamente cada vez que me colocaban en las rampas. Todo lo que está ante mis ojos es abismo. Los espectadores parecen pequeñas manchas casi irreales en medio de la nieve. Mi abuelo y mi padre habían sido campeones de saltos de esquí alpino y a mí nadie me permitió elegir. Era hijo único. De niño me daba miedo ver volar a mi padre por encima de todo el mundo. Solo cayó mal un par de veces. El peligro está siempre en las caídas o en el viento que pueda haber cuando estás volando con el cuerpo estirado hacia adelante como una de aquellas flechas que lanzaban los tártaros cuando trataban de conquistar estas montañas.
Solo abandonaba Garmisch-Partenkirchen para pasar unos días en Gran Canaria después de los saltos de fin de año. Mi padre salía borracho del avión y regresaba igual de beodo al aparato. No había quien lo sacara del bar del hotel. Probablemente tenía más miedo que yo pero se lo callaba. Yo también me lo callo. Escribo esto como si estuviera allá arriba, en aquella caseta de madera desde la que solo te queda un camino que termina en ninguna parte. Algún día tendré una mala caída. He visto morir o quedarse parapléjicos a varios rivales. Si naces aquí tu destino está escrito en el vértigo de esas rampas. Solo se salvó mi tío abuelo Michael. Se negó a saltar y se marchó lejos de Baviera desde que cumplió los dieciocho años. Escribió Momo y La historia interminable. En esta última también volaba, pero lo hizo a su manera y siempre acompañado. Yo le dije a mi abuelo una tarde que quería ser como el tío Ende. Fue aquel día, a los diez años, cuando me tiró de las orejas y me colocó en la rampa. Recuerdo el frío congelando mis lágrimas cuando me vi por vez primera a merced del aire.

La genealogía acaba siempre donde empieza el mono. Se enfadó. Siempre se enfada cuando trato de hacerle entender que esos supuestos antepasados de abolengo de su familia también acaban en los primates, por muy rubios que fueran o por muchos castillos que hubieran levantado por todo el mundo. Es bisnieta de una baronesa austriaca y de un conde inglés. No acepta a Darwin y casi prefiere ser costilla de Adán a reconocer sus ancestros simiescos. No creo que convivamos mucho más tiempo. Cada vez nos acariciamos menos y discutimos más por cualquier tontería.
No sé quién de los dos terminará haciendo primero las maletas. Ella ha encontrado su paraíso y yo siempre estoy buscando la manera de escaparme. Sus dimensiones son continentales aunque habite en una isla, y las mías son siempre isleñas aunque esté en el centro de un continente. Ni siquiera sé explicar ahora qué fue lo que me gustó de ella. Alguna vez retomamos la pasión, pero ya ninguno de los dos busca las manos del otro cuando paseamos por las calles. Tampoco nos apetece viajar juntos porque en esas salidas nos descubrimos sin máscaras y sin horarios. No digo que nos odiemos, aunque ahora mismo lo daríamos todo por no sufrir esta dependencia fatal que queda siempre en quienes alguna vez se amaron.
No me atrevo a decirle que posiblemente el amor sea lo más atávico que arrastramos, pero que casi nunca venimos con genes predispuestos a eternizar los abrazos. Ella se sienta algunas tardes a memorizar los nombres de su árbol genealógico mientras yo voy siguiendo el rastro de las nubes que van pasando. En el fondo estamos viendo lo mismo, una efímera y mendaz sombra de la que nunca queda absolutamente nada. Ella pronuncia de vez en cuando algunos de esos apellidos rimbombantes que llevaron sus antepasados. Prefiero no decirle nada más de los monos y seguir en silencio el vuelo de cualquier pájaro. Solo espero que mañana me levante audaz y valiente para poder marcharme. Lejos. A cualquier parte.

El conferenciante se bloqueaba cada dos por tres. Estuvo cerca de un minuto tratando de recordar una palabra que no le salía. Yo entonces pensé en francachela y él la repitió sobre la marcha casi agradeciendo a los cielos esa iluminación repentina. Seguí probando a imaginar que era yo quien realmente estaba dictando su discurso. Construía frases, enlazaba anécdotas, citaba latinajos y hasta me permitía algunos guiños humorísticos que el otro repetía orgulloso ante las carcajadas de los escuchantes. Puse la mente en blanco un par de veces y comprobé cómo el conferenciante casi empezaba a ponerse lívido; pero siempre permitía que saliera airoso de esos pequeños baches.
De niño recuerdo que hice algo parecido en un partido de tenis entre Borg y McEnroe. Me concentraba en cada golpe del tenista norteamericano y enviaba la bola donde no la alcanzaba el tenista sueco. Me divertía mucho pensar que McEnroe rompía raquetas o gritaba como un desquiciado. Él decía luego que no sabía lo que le había pasado y yo para entonces supongo que ya estaría bobiando con mis amigos en la plaza. Pude intuir que había tenido algo que ver con aquellas rabietas, pero nunca fui consciente de que era yo mismo el que las provocaba.
Miro de lejos la cara de satisfacción del conferenciante cuando recibe los abrazos y las felicitaciones. Juego a que piense que no es él quien hablaba y a que me busque por toda la sala. Lo veo alzando la cabeza mientras todos le saludan. Yo estoy justo en la salida. Cruzamos nuestras miradas. Quiere acercarse, pero le ordeno que se quede quieto y luego hago que se agache delante de todos a amarrarse el cordón de sus zapatos. Yo me marcho lejos. Delante de mí se contonea una rubia hermosísima a la que nunca me atrevería a acercarme. Pienso en que piensa que puede besar a alguien como yo, pero no se gira y luego la veo que se abraza a un culturista rubio de ojos verdes. Yo aún estoy agachado amarrándome los zapatos. Ni siquiera recuerdo cómo me llamo.

Los supermercados también contribuyen a la melancolía. Los días raros prefería comprar cualquier cosa en la tienda de la esquina antes que enfrentarse a los recuerdos de todas sus amantes. Si pasaba cerca de la charcutería recordaba la cecina que siempre pedía Luisa, el jamón de pavo que desayunaba Irene o el salami que tanto le gustaba a Samantha. Los suavizantes, las galletas, los vinos o los aparentemente inofensivos yogures podían dejarle con lágrimas en los ojos en medio de la asepsia de los focos o escuchando el sonsonete de los anuncios con las ofertas de la semana. También los recuerdos tienen sus dos por uno o sus tres por cuatro. Uno llevaba siempre al otro. Era Cáncer. Por eso antes de ir a comprar miraba siempre al cielo. Con luna llena jamás se adentraba en un supermercado.
Ya quedaban pocas tiendas en las esquinas. En Vegueta, cuando él empezó a vivir hace veinte años, se contaban más de quince tiendas pequeñas por los alrededores de su casa. Ahora solo queda una que además tiene pinta de cerrar en cualquier momento. Pidió un pan, cien gramos de jamón cocido, un zumo de melocotón y una manga de Mogán que tenía muy buena pinta. También le dijo a la señora de la tienda que le pusiera tres refrescos, los que ella ya sabía que se llevaba siempre. Hasta que no llegó a casa y fue sacando los productos de la bolsa no se dio cuenta de que su recuerdo estaba por todas partes. Vivió con ella cuatro años, quizá los más hermosos de su vida. Tuvo que regresar a su país y él no quería dejar el trabajo ni alejarse mucho de la playa de su infancia. Nunca se lo perdona. Fue a buscarla casi un año después, pero ya paseaba con otro hombre por las calles. Le gustaba el jamón cocido, la manga de Mogán y el zumo de melocotón muy frío. Su nombre aparecía escrito en cada una de las tres latas de refresco que le dio la señora de la tienda. Detestaba salir a comprar con luna llena.

Con la mampara no lo había reconocido, ni creo que él se diera cuenta de quién soy. Realmente yo tampoco sé quién soy, pero juego a trabajar unas horas cada día, a ser padre de familia y a subir a un taxi si vengo de cenar y ya es tarde, o cuando llevo algunas copas encima. Esta vez no era tarde, ni regresaba de ninguna cuchipanda más o menos improvisada. Se tocaba la oreja de vez en cuando igual que lo hacía en el instituto. Sabía todo de los aviones: sus procedencias, las características de cada diseño y cada una de sus prestaciones.
Casi ninguno de nosotros sabía lo que quería hacer en la vida. Nos dejábamos llevar, y así hemos ido llegando adonde supongo que teníamos que haber arribado hiciéramos lo que hiciéramos con nuestros destinos. Él sí quería ser piloto de aviones desde que teníamos catorce o quince años. Nunca he visto a nadie tan convencido con lo que deseaba. El taxi está sucio y él lleva barba de varios días. Ha envejecido mal. No nos cruzamos ninguna palabra, ni siquiera le digo algo cuando desespero al ver cómo se van poniendo todos los semáforos en rojo por donde pasa. Nunca he visto nada igual. Él ya debe estar acostumbrado a esa mala suerte. Se sigue tocando la oreja cada dos por tres. Lo recuerdo hace más de treinta años haciendo lo mismo a todas horas; pero siempre con una maqueta de avión en la mochila o contando el último avance de la aeronáutica.
No sé si ahora seguirá soñando con altos vuelos. Yo ya no llego a tiempo al aeropuerto. Ningún piloto te espera cuando tardas. Le pago. No se baja siquiera a ayudarme a sacar las maletas. Espero que no me haya reconocido. Supongo que cada encuentro con los que conocíamos la determinación de sus sueños debe ser un golpe duro para su orgullo. Yo también he hecho como que no le conocía cuando cerré la puerta del maletero.

Cada nuevo día es un regreso. Cuando llegué solo me reconocieron los pájaros que cantaban en el parque. Una nunca se despide de los pájaros cuando se va lejos. A veces ni siquiera memorizamos los paisajes. Nos quedamos con las caras y con las casas, con alguna calle que recorrimos a diario o con el frío de algunas madrugadas.
Hacía quince años que no volvía. Mi ex marido sigue viviendo en la misma casa. Lo vi salir de la mano de aquel nuevo amor que ahora lleva con él mucho más de lo que estuvo conmigo. No sé si también les estará empezando a vencer el tedio y la monotonía. Nosotros empezamos a salir muy jóvenes, cuando la vida era una aventura interminable y no había tiempo ni para el aburrimiento, ni para las hipotecas. Desde que nos detuvimos se fue acabando todo.
Compramos esta casa para escuchar los pájaros cada mañana, pero a los tres días solo oíamos el eco de los reproches y los resentimientos. Suben al coche. Ella le besa. No pueden verme. Del portal sale una niña con una pequeña mochila. No sabía que habían tenido una hija. Se parece mucho a él. Los pájaros no dejan que lleguen las voces. Nunca había escuchado tantos pájaros cantando tan cerca.
Yo he tenido algunos amores en todo este tiempo, pero reconozco que no soy capaz de compartir mi espacio con nadie. Cada día soy más loba esteparia. La melancolía no es más que un mal menor de los regresos. Por eso no vuelvo nunca a los lugares que fui dejando atrás. Tan solo aparezco alguna vez para enterrar muertos.
Nunca miro a los ojos de los pájaros. Tampoco tienen nada y siguen cantando. La niña tira cariñosamente del pelo de su padre. A mí también me encantaba jugar con su pelo largo y enredarlo entre mis dedos cuando nos amábamos. Los veo alejarse y luego me acerco un poco más a la casa que compramos juntos. Las cortinas siguen siendo las mismas que yo elegí cuando pensaba que iba a estar aquí toda la vida. Entonces todavía soñaba con ser madre.

Nadie se viste azarosamente. Ni siquiera cuando nos convertimos en esos autómatas que salen de la cama y no se dan cuenta de que están vivos hasta después de dejar a los hijos en el colegio o de fichar en la oficina. Si eliges la camisa gris o la azul es porque durante la noche ha habido silenciosas batallas en tu ropero. Tampoco tu estado de ánimo depende de los sueños que hayas tenido ni de los proyectos que te aguarden ya despierto. La ropa que gana va impregnando poco a poco tu estado de ánimo con la fuerza o la apatía de sus tonos. Muchos días sales de la cama y te sientes completamente blanco, en una extraña armonía que intentas disfrutar plenamente; pero luego vas al ropero y te decides por la energía del rojo o por esos negros que van poco a poco enlutando tu mirada. Son las camisas las que deciden. Tú no eres más que un modelo que pasea un color por las calles, un tono delicado o agresivo que luego se desnuda y se queda a la intemperie de su propia alma. En esas batallas nocturnas es donde realmente se está decidiendo todo lo que luego te acaba pasando. Incluso el amor depende de la vestimenta que logre imponerse durante la madrugada.

Se levantaba alicaído o animoso, melancólico o emprendedor, romántico o pragmático. Cada día era otro. El de ayer se quedaba durmiendo para siempre en la cama. Alguna vez le cambiaban los sueños; pero hacía años que no recordaba nada de lo que había soñado. Se dejaba llevar y salía a la calle a que el destino le siguiera escribiendo todos sus pasos. Él solo ponía la respiración y la mirada. En el otro lado del mundo ella estaba todo el día encerrada en su casa. No hacía más que escuchar música a todas horas, alguna vez Mozart, otras Deep Purple, o los Beatles, Billie Holiday o Leonard Cohen. También se dejaba llevar por las melodías que iba eligiendo desde que comenzaba la mañana. No sabía que solo estaba sembrando ecos. De sus melodías acababa dependiendo el estado de ánimo con el que aquel hombre saldría de la cama. Ni siquiera estaba previsto que se conocieran algún día; pero ella llevaba años manejando cada segundo de su vida a través de la música que necesitaba su alma. A veces él silbaba canciones por la calle que no recordaba haber escuchado en ninguna parte.

Esta mañana estaba especialmente contento. No había vuelto a recordar nunca que ese había sido uno de sus grandes sueños. De niño jamás había ganado ninguna medalla. Siempre se quedaba entre los últimos en todas las carreras y su equipo de fútbol casi competía porque el colegio tenía que aparecer en las competiciones deportivas por alguna parte. Perdían siempre por más de cinco goles de diferencia. Esas cosas parece que se olvidan pero se quedan para siempre. Se ha dado cuenta hoy.
Viene todas las mañanas a pedir limosna. No tiene que decir nada. Los que vienen a misa ya traen las monedas que le van a dar y las que luego pondrán en la bandeja que pasan en la iglesia. Lo suelo ver a última hora de la noche totalmente borracho. Nunca he podido entender cómo consigue aparecer por aquí seis o siete horas más tarde como si no hubiera bebido nada. Se conoce que los cuerpos se van acostumbrando poco a poco a todos los desastres. El que pide con él siempre llega un poco más tarde y solo saca algo a la salida de misa. Ese amigo quiso echar abajo su alegría diciéndole que la copa estaba deteriorada, con herrumbre en los decorados de la tapa, y con una placa que casi no se podía leer. Le daba lo mismo. La había encontrado a primera hora de la mañana en el contenedor de basura. Siempre se alongaba hasta casi meterse dentro. No tenía muchos más lugares donde rebuscar sueños. De vez en cuando encontraba algo de comida en buenas condiciones o algún cachivache antiguo que podía vender para sacar unos euros con los que pagar el morapio peleón. Alzaba la copa y se imaginaba que era el niño ganador que nunca fue. En su vida ha tenido mala suerte. Hoy está cumpliendo un sueño aunque el amigo con el que bebe le diga que ese trofeo no sirve absolutamente para nada. Hay veces en que uno sobrevive aun con los premios que no ha ganado nunca en ninguna parte. Lo terminará vendiendo cuando pasen las horas y el alcohol vuelva a nublar su conciencia alejando todos los recuerdos. Ahora mismo se siente un triunfador. Camina por la plaza alzando la copa como ha visto que lo hacían otros desde que estaba en el colegio.

Dicen que tengo su misma sonrisa y que nadie me llegará a querer tanto como él me quiso. Solo soy capaz de ponerle cara mirando las fotografías. En muchas de ellas estamos juntos, siempre riéndonos, y él parece mucho más niño que yo, más divertido y risueño, como si fuera el hombre más feliz que pisara la tierra. No sé si tengo estrella; pero siempre he sabido que tengo un ángel. Creo que los muertos que nos quisieron no se van del todo hasta que no nos encontremos con ellos en alguna parte. Yo acababa de cumplir dos años cuando murió mi padre. Han pasado treinta desde entonces. Venía con los regalos de mi cumpleaños. Supongo que pediría alguna de aquellas muñecas rubias que luego me acompañaron hasta la adolescencia. Lo atropellaron por no mirar el semáforo cuando cruzaba la calle de mi casa.

Están resignados. Todos creen que la duración de la luz verde depende del azar o de programas informáticos que evitan las coincidencias y las aglomeraciones. No andan desencaminados con eso último. Yo soy ingeniero de telecomunicaciones. Cuando terminé la carrera tenía ofertas de medio mundo para trabajar. Podría haber ganado mucho dinero. En Harvard fui el primero de mi promoción, y luego en Londres, en el Imperial College, llegaron a decir que no había habido nadie con mi inteligencia y con mi capacidad creativa. Rechacé todas las propuestas y me vine a la isla. Anduve dos o tres años sin saber qué hacer y luego presenté mi currículum cuando me enteré que querían informatizar los semáforos de la capital de la isla. En la isla vivía ella. Salimos juntos desde que teníamos catorce años hasta que cumplimos los veinte. Los dos habíamos nacido el mismo mes y el mismo año. Los dos Libras, indecisos y románticos, que era lo que ponían en las revistas de artistas que ella leía a todas horas. Cuando me fui a Harvard empezó a salir con el defensa central de la Unión Deportiva Las Palmas. Hasta ese momento yo era un seguidor acérrimo del equipo amarillo. Ahora sólo deseo que pierda, que descienda de categoría o que desaparezca. Ya ese bruto se retiró hace tiempo. Le partió las piernas a muchos delanteros contrarios, pero siempre decían que era un defensa seguro y expeditivo. Ahora, cuando lo veo de lejos, aparece un tipo gordo, medio cojo y con más pinta de bruto que cuando pegaba patadas a todo lo que se movía dentro del área. Tuvieron tres hijos. El mayor de ellos ya está jugando en los juveniles de Las Palmas. Dicen que es un fenómeno y que lo quieren los equipos punteros de España y algunos incluso de Inglaterra. Juega de centrocampista creativo. En eso salió a la madre. También era muy creativa. Escribía unas poesías muy bellas que no creo que dedicara nunca a ese bruto con pinta de darte un cachetón en cualquier momento. Nadie entendió mis renuncias. Todos decían que podría haber llegado donde hubiera querido, pero yo solo quería estar cerca de ella, saber que la podía ver escondido en un bar o dentro de mi coche, o que ella estaría mirando en ese momento hacia el mismo cielo que miraran mis ojos. Todo lo demás me daba igual. No me he casado ni he tenido hijos. Tampoco me he vuelto a enamorar. Me he convertido en un solterón que viste anodinamente y que jamás falta a su puesto de trabajo. No falto porque la puedo ver a ella cada mañana por las cámaras que regulan la calle donde vive. Cuando sale su marido le voy poniendo todos los semáforos en rojo. Me imagino que lo tendré al borde del infarto todo el día. Yo no soportaría las esperas casi eternas que le programo cada mañana. Lo tengo a mi merced. A ella, en cambio, le pongo los semáforos en verde y luego la detengo un buen rato cada mañana en un lugar donde las cámaras están cerca y se llegan a ver nítidamente las caras de los conductores. Yo soy el que decide la colocación de esas cámaras y la regulación de todos los semáforos de la ciudad. Tengo varios empleados, pero ninguno conoce los intríngulis del sistema ni la razón de mis decisiones. En la ciudad apenas hay atascos, y eso es lo único que preocupa a los políticos y a los periodistas. En la zona en la que viven el exfutbolista y mi examor no habitan ni políticos ni periodistas que puedan quejarse, y además yo les he demostrado que es un punto negro por la densidad del tráfico, por la estrechez de las aceras y por la carencia de vías alternativas. Donde la detengo a ella se da por sentado que hay que estar parado un buen rato. Coloqué un semáforo en la vía principal que se cruza con esa calle y siempre ha de tener prioridad para que no se atasque la ciudad. Ella aprovecha esa parada de unos cinco minutos para matizar un poco mejor su maquillaje. Sigue siendo hermosa. No la merece el bruto que a la misma hora está blasfemando y tocando la bocina desesperado por todos los atascos que debe soportar cada día. Cuando él pasa, esa calle se congestiona inmediatamente y hay que mantener el rojo un buen rato. Mi sueño es volverlo loco o que se muera de un infarto. Ella y yo ya hemos cumplido los cuarenta y siete años. Cada cumpleaños quisiera acercarme con flores a ese punto en el que sé que se detendrá un buen rato pintándose los labios o aplicándose colorete. Sé que se vive una sola vida y que la estoy desaprovechando persiguiendo una quimera. Me da lo mismo. No soportaría estar en Estados Unidos, en Japón o en el Reino Unido sabiendo que no podré verla. Ya no me hacen ofertas de esos países. Me fui quedando atrás con las nuevas tecnologías que fueron saliendo y ahora hay muchos cerebritos que me superarían en inventiva y en capacidad de análisis. Conozco mi oficio, y más o menos mantengo la ciudad con un tráfico fluido. Sí es cierto que cuando tengo malos días provoco atascos interminables. Pero no me prodigo mucho en mis maldades. Según la veo aparecer en las distintas televisiones que recogen su ruta diaria me sereno y ordeno los semáforos adecuadamente. Ya fuera del trabajo, sueño que soy yo el que vive con ella y el que almuerza rodeado de hijos. En esas recreaciones nunca aparece el defensa central que ahora está gordo y medio cojo. Yo la sigo queriendo como el día que nos dimos el primer beso.

Está en la calle Válgame Dios y hace tiempo que sólo vende flores para los muertos. Probablemente el único que entra a comprar sin estar compungido soy yo. Llevo haciéndolo desde hace más de veinte años. Suelo pasar una vez a la semana, casi siempre los viernes por la tarde. Cuando empecé a comprar las flores eran más luminosas y llegaban muchos enamorados de Madrid a buscar rosas rojas, nardos o jazmines. Ya hace tiempo que no trae flores blancas. Todas las flores son tristes y de tonos oscuros, tan tristes y tan oscuras como las coronas que prepara para los entierros. Seguro que gana mucho más dinero que antes: siempre hay más muertos que enamorados. Así y todo no creo que lo haga por negocio. Ella se fue entristeciendo con los años y sus flores se fueron ajustando a su estado de ánimo. Nunca le he preguntado nada de su vida. Ni siquiera sé si ha estado enamorada alguna vez. Era una mujer guapa cuando empecé a frecuentar su floristería, pero poco a poco se fue dejando, primero con su forma de vestir, con el maquillaje y la peluquería, y más tarde con la propia manera que tenía de hablarte o de mirarte cuando le encargabas algo. Sólo le faltaba llorar en el momento en que le estabas pidiendo flores. Por eso las funerarias recomendaban su negocio a todos sus clientes. Difícilmente iban a coincidir con un enamorado risueño cuando fueran a buscar las flores de sus ausentes. Quizá el único supuesto enamorado que seguía yendo por allí era yo. No sé qué hacer con las flores. No aguantan más de un día. Siempre se vuelven mustias y más oscuras y tenebrosas que cuando las compré. Y eso que le pido ramos luminosos para llevárselos a mi esposa cada viernes. No he querido decirle la verdad. Mi mujer murió hace cinco años. No vine a su floristería a comprar su corona. Tampoco compro las flores aquí cuando visito el cementerio. Su recuerdo es alegre y luminoso. Esos días voy a las floristerías llenas de enamorados y de clientes que buscan flores para alegrar su casa: por más flores tristes que quieran ponerme, siempre son más alegres que los ramos que compro cada viernes en Válgame Dios. Después de tantos años debería saber algo más de su vida, pero nunca he sido capaz de intimar o de preguntarle a la gente por su vida privada. Ella me mira fijamente cuando entro en la tienda. A veces suspira, aunque suspiraba más hace años, cuando todavía no vestía siempre de negro ni tenía su local en penumbra a todas horas. Últimamente tiro las flores antes de llegar a casa. Vivo en la calle de Santa Engracia, y al atravesar Alonso Martínez las flores que le compro cada viernes ya suelen estar marchitas. Las tiro y sigo mi camino. En casa estaré solo todo el fin de semana, pero prefiero más estar solo que acompañado de flores marchitas. Ella nunca le ha querido cambiar el nombre a su negocio. Ya hace años que no se enciende el neón que está encima de la fachada. Cuando yo empecé a comprarle las flores a la salida del trabajo todavía se iluminaban las letras de la palabra Alegría. Yo me detuve la primera vez por ese reclamo luminoso. Fue hace mucho tiempo. Yo aún era feliz, y creo que ella también lo era.

Cuidaba las flores de su jardín. No le importaba mucho más. Hablaba con ellas como había visto que hablaban sus abuelas hacía muchos años. Él no era abuelo, pero tenía edad para serlo. Llegaba herido de la mezquindad del mundo, de la estulticia y de ese afán por creerse inmortal que mueve a casi todos los mortales cuando emprenden cualquier aventura.
Ni siquiera se paraba a pensar en la tristeza porque no se veía como un hombre triste. Sereno sí; pero no triste. Yo lo observaba desde mi balcón yendo y viniendo por el jardín lleno de flores. Algunas tardes bajaba y me sentaba con él en silencio, observando su destreza cuando podaba o escuchando la caída del agua que inundaba los alrededores de los frutales. Nunca me contaba nada, pero todos conocíamos su camino exitoso por medio mundo. Solo le preocupaban sus flores y lo que sería de ellas cuando ya no estuviera. Trataba de enseñarme cómo se cuidaban. No fui capaz de decirle que no me haría cargo de ellas. Bajo cada tarde a regarlas y a podarlas, pero cada día encuentro un nuevo árbol que se seca de repente o flores que se marchitan para siempre. No tengo la lentitud de sus pasos ni mis manos han acariciado tanto como acariciaron las suyas. Tampoco mi voz logra ser tan serena y tan pausada. Las flores y los árboles eran su vivo retrato, lo que quedó de él hasta que también se acabaron secando. Poco a poco la maraña ha ido cubriendo todo el espacio que ocupó su huerto. Por más que lo he intentado, no he podido detener ese desastre. No se le conocían herederos y la casa se ha ido llenando de palomas que entran y salen a través de los cristales que han roto a pedradas los niños de la calle. Yo ya no me asomo al balcón como antes. Hice lo que pude. Él decía siempre que nada era inmortal en ninguna parte, ni las flores, ni el amor, ni ninguna de esas casas a las que a veces nos aferramos como si en ellas nos fuéramos a salvar de todos los desastres. Hablaba con las flores y ellas le respondían con la belleza. Ese es el único lenguaje que creo que merece la pena. A mí aún me queda mucho para aprenderlo.

El último eclipse le había descentrado. Él ni siquiera sabía lo que había sucedido. Hacía días que no salía a la calle y que no se conectaba a Internet. Tampoco tenía tele. En ningún momento se oscureció el cielo. Estuvo lloviendo. La lluvia también le removía todas las nostalgias. A media mañana del domingo pasó de ser diestro a ser zurdo y su pelo encaneció de repente. Dejó de pintar cuadros sombríos como los paisajes marinos de Turner y comenzó con azules como las piscinas de David Hockney. Con la mano izquierda los azules salían más intensos. Cuando dormía uno de sus ojos no llegaba a cerrarse del todo. Soñaba y al mismo tiempo veía lo que estaba pasando en su cuarto. Al pintar sucedía justo lo contrario, y sus sueños se colaban en los cuadros a través del ojo que mantenía cerrado desde que se despertaba.


Las palomas picotean los restos de la felicidad de ayer. Todo el arroz que lanzaron sobre los recién casados brilla hoy en la plaza mojada por la lluvia. También hay papeles de colores y pétalos de rosas mustias. Todos los sábados se celebran dos o tres bodas en la iglesia de Santo Domingo. Desde mi casa se oyen los aplausos, los gritos eufóricos o esas tunas que ayer estaban por todas las calles de Vegueta. No sé ni cuántos tunos pernoctaron anoche en el antiguo internado de San Antonio, pero ayer aparecían por todas partes cargando guitarras y panderos, todos vestidos igual, como cuando en las pesadillas se repiten los rostros de otros sueños. En esta misma plaza en la que se besan los recién casados quemaban a los condenados por la Inquisición hace unos siglos. Por eso los más viejos la siguen llamando la Plaza de los Quemados. Recuerdo que en Madrid también me contaron que ese escenario cruento que congregaba a cientos de ciudadanos estuvo en donde se sitúa el mercado de la Plaza de la Cebada, justo a la entrada de La Latina.
En Santo Domingo también hay una placa que homenajea a Antonio Vicente González. La colocaron hace poco tiempo. Hasta hoy no me había acercado a leerla. Recuerdan que en la casa donde han escrito su nombre abrió un hospital y un granero durante la epidemia de cólera morbo que asoló la capital grancanaria en 1851. Ese hombre, según recuerda la placa, murió contagiado por el cólera en el mismo portal que hoy mojaba mansamente la lluvia. No había nadie en la plaza a primera hora de la mañana. Ni siquiera había agua en la fuente. Quien escribió prodigiosamente sobre esa epidemia fue Claudio de La Torre en el Verano de Juan el Chino. Logró hacer algo parecido a lo que hizo Daniel Defoe con el Diario del año de la peste, aunque cambiando Londres por Las Palmas de Gran Canaria y volviendo mucho más literaria y aventurera la trama: a veces nos empeñamos en olvidar lo grandioso solo porque es cercano y nos parece mentira que al lado de casa puedan haber tantas cosas que valgan tanto. Solo el día que logremos sacudirnos ese complejo seremos capaces de salir adelante.
Mi perro olía el rastro de los otros perros que llegaron antes, igual hasta era capaz de oler la sombra de aquellos perros que también andarían por esta plaza cuando nos quemábamos los humanos o cuando caíamos como guiñapos en medio de la calle. Seguimos cayendo; pero ahora lo hacemos de una forma más aséptica. Las campanas espantaron a las palomas. Apenas dejaron unos granos de arroz en el pavimento de la plaza. Los papeles de colores mojados ya no los movía el viento. Abrió la iglesia y llegaron las primeras señoras vestidas de negro. Supongo que como hace cien o doscientos años.

Uno no se cree su papel hasta que puede mirarse como si fuera otro. Los años te enseñan que la distancia es la medida de todas las cosas. Da lo mismo un metro o un día, pero hay que estar lejos para poder contarnos. Yo solo quería sobrevivir. Apenas puedo hablar, y cuando venían visitas ella estaba siempre delante. No hubo nadie que me acercara un papel blanco y un bolígrafo. Si alguien me hubiera dejado escribir me habría salvado mucho antes. Otros nunca se salvan. Los amarran, los torturan, los insultan. Yo por lo menos tuve la suerte de estar en casa. En una residencia no creo que hubiera resistido. Hace años recuerdo que leí un reportaje sobre el escritor Augusto Roa Bastos. También lo maltrataron cuando era viejo. La cuidadora le pegaba palizas y le insultaba.
A mí me pegaron en el colegio cuando era niño y ahora han vuelto a aprovecharse de mi debilidad para maltratarme. Los humanos somos cainitas y ruines. No todos, pero los años me han enseñado que hay mucha alimaña esperando a que alguien caiga para masacrarlo. No tienen corazón. Son crueles y despiadados. Esa mujer me desnudaba y pasaba por mi cara los pañales que yo iba ensuciando. Me metía en bañeras de agua helada y me dejaba sin comer durante varios días. Si salía a la calle me amarraba a una silla y me sellaba la boca con esparadrapos. Siempre quise vivir solo pensando que iba estar toda la vida sano. Fui profesor de Literatura en varios institutos y hasta que me caí era capaz de gobernar mi vida diaria. Lo de menos fue quedarme en la silla de ruedas. Mucho peor fue perder el habla y en ocasiones la noción de lo que estoy haciendo.
No tengo familiares directos y casi todos mis amigos están muertos. Fue una sobrina que vive lejos y que vino cuando se enteró de mi caída la que contactó con esa cuidadora psicópata. Las alimañas también parecen mansas antes de lanzarse sobre sus presas. Un vecino nuevo empezó a escuchar los insultos que me dedicaba cada tarde más o menos a la misma hora. Me sentaba en un sillón y empezaba a escupirme y a golpearme por todo el cuerpo mientras me decía que era un viejo de mierda, un desecho humano, y que iba a hacer conmigo todo lo que ella quisiera. Yo solo deseaba entonces que me matara de un mal golpe o que el cerebro me incapacitara para no darme cuenta de lo que estaba sucediendo.
Ese vecino viene ahora todas las tardes a leerme libros. Averiguó que yo había sido profesor de Literatura. Aquella mujer está pendiente de juicio, pero anda por la calle, supongo que maltratando a otros viejos, o a sus hijos, a sus vecinos o a los animales que se acaben cruzando con ella. Yo recuerdo las miradas de los cientos de alumnos que fueron pasando por mis clases, siempre pensaba en la suerte de cada uno de ellos y en que, inevitablemente, allí estaban los rastreros y los humillados, los asesinos y los mártires. Los miraba cuando estaban concentrados en sus exámenes sin saber aún qué les depararía la vida en los próximos años. Yo solo trataba de enseñarles a que aprendieran a ponerse en el lugar del otro a través de las palabras.

Los suicidas casi nunca avisan. Lo leí una vez en los diarios de mi tatarabuelo. Desaparecieron cuando murió mi abuelo y cada cual se fue llevando recuerdos de su casa. Yo estudiaba lejos y no le dije a mi padre que se preocupara por aquellas páginas que casi me sabía de memoria. Mi tatarabuelo fue poeta y periodista antes de terminar ejerciendo de notario en estas islas tan alejadas de los escenarios en los que discurrían aquellas aventuras que tantas veces entretuvieron mi adolescencia soñadora. Había sido amigo y compañero de Larra en el periódico y en las parrandas noctívagas del Foro. Fueron inseparables desde los tiempos del Parnasillo, en la calle del Príncipe. Allí contaba que se emborrachaban casi a diario y que improvisaban versos que luego rompían antes de pedir la cuenta. Eran jóvenes y soñadores, o alocados, que era lo que escribía siempre en aquellas páginas. También estaban Bretón de los Herreros, Ventura de la Vega y muchos otros cuyos nombres hoy no dicen absolutamente nada. Cada vez que paro por Madrid me acerco al Museo Romántico de la calle San Mateo a contemplar la pistola con la que Larra se pegó el tiro en la sien en la calle Santa Clara, casi al lado del Teatro Real y de la Plaza de Oriente. Mi tatarabuelo escribía que no se había matado por Dolores Armijo sino por la impotencia de no poder vivir como quería. No lo esperaban. Lo había pasado peor en otros momentos, sobre todo cuando coincidieron en París y jugaron a morir muchas veces entres las tumbas del cementerio de Montparnasse. Bebían hasta perder el conocimiento buscando versos que se ahogaban en el mismo alcohol que los estaba matando. Mi tatarabuelo había tenido muchas veces aquella pistola entre sus manos. No he podido tocarla nunca en el museo; la tienen en una urna de cristal donde imagino que aún estará resonando el eco de aquel disparo fatal e inevitable. Larra no dejó escrito nada cuando decidió matarse. Su cadáver lo encontró su hija Adela. Tenía solo seis años. Mi tatarabuelo dejó Madrid poco tiempo después de perder a su amigo. Si exceptuamos esos diarios que ahora debe tener algún pariente cercano, sus únicas palabras quedaron en actas notariales. Jamás volvió a beber alcohol ni a escribir versos incendiarios.

(Aviso a navegantes: cualquier parecido con la realidad seguro que es posible, pero de momento no me consta que fuera verdad esto que he escrito)


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