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Archivos Octubre 2013

Había pasado una mala noche. No tenía problemas para coger el sueño, pero llevaba varias semanas despertándose a las dos horas de haberse quedado dormido. No salía de la cama y trataba de escapar cuanto antes de la vigilia. Encendía el transistor, cogía un libro de la mesa de noche o trataba de relajarse con una de las muchas técnicas de meditación que había ido aprendiendo a lo largo de los años. Podía estar diez minutos o dos horas dando vueltas hasta que volvía a dormirse.
Cuando sonaba el despertador se despertaba como si no hubiera pegado ojo en toda la noche. Los más cercanos le habían dicho varias veces que se le estaba poniendo mala cara y que tenía unas ojeras que le hacían parecer mucho más viejo y cansado. Los espejos nunca mienten, y él sabía que los otros tenían razón. La edad no es más que un estado del alma, y la suya había ido desgastándose poco a poco entre desengaños y maldades que no sabía asimilar como el resto de la gente. No lloraba, ni gritaba, ni se venía abajo delante de nadie; pero luego, durante la noche, le despertaba el eco de todas esas insolencias diarias.
Madrugada mucho. Le gustaba estar un par de horas despierto antes de salir al trabajo. Hacía deporte, leía y desayunaba sin prisas. También aprovechaba para visitar su Facebook y mirar el correo electrónico. Fue una de esas mañanas cuando quedó paralizado delante de su perfil de Facebook. Mientras dormía (o estaba desvelado en la cama), aquella foto que era él se había comprometido públicamente y había escrito palabras que él jamás se hubiera atrevido a dar a conocer en ninguna parte. Tenía decenas de amigos nuevos con los que parecía que llevaba meses conversando y contaba todos los detalles de su vida sin ningún pudor. No conocía de nada a aquella mujer que aparecía en todas partes como su futura esposa, ni tampoco a aquellos amigos tan jacarandosos con los que había estado bromeando buena parte de la noche.
Su actividad en la Red coincidía con las horas en las que se había desvelado, pero él no recordaba haber salido de la cama ni haber escrito absolutamente nada. Pensó que si lo hubieran suplantado no habría podido entrar con su contraseña. No sabía qué hacer. Ya era otra vez el temeroso y apocado que no se parecía a ese rey del mambo que revolucionada a toda la parroquia de Facebook durante la madrugada. Le envió a ese supuesto amor un mensaje privado. Le escribió Buenos Días a ver qué pasaba y ella le respondió sobre la marcha diciéndole que daría la vida por él y que jamás había amado a nadie de una manera tan alocada. En las fotos era muy guapa. Él se lavó la cara, se duchó y salió a la calle. No se había dado cuenta de que era domingo. Los solitarios se despistan muchas veces con el color de los días de los almanaques. Volvió a su casa y cuando encendió otra vez el ordenador ya ella no estaba por ninguna parte. Se sentó en el sillón y dejó pasar las horas recordándola.


No me interesa nada de lo que ocurre ahí detrás. Yo levanto el telón y luego me pongo a comer pipas. Me quedo por aquí por si me llaman; pero pensando en mis cosas y sin escuchar lo que dicen esos pesados en el escenario. Entré por mi padre, que también se dedicaba a esto. A él sí le gustaba un poco más y seguía las obras los días de estreno, pero tampoco se entusiasmaba mucho. Mi abuelo sí entró por vocación. Se volvía loco con el teatro. A mí casi me gustaría más que pusieran un cine y que me metieran a vender las entradas, así no me aburriría tanto. Es muy fácil, mire, solo hay que apretar este botón de aquí, aunque primero hay que regular la velocidad. Antes era un trabajo más duro y requería mucha fuerza, sobre todo cuando la obra tenía éxito y había que estar cuatro o cinco veces subiendo y bajando el telón. Ahora está todo medido. Yo lo vuelvo a levantar cuando aplauden más de un minuto seguido, y me da igual las veces que tenga que darle al botón. No me ando con tonterías: cuando miro el telón veo un telón, no ese mundo de sueños que usted dice que se puede esconder detrás de él. A mí no me enseñaron nunca a soñar. Quise poner una tele pequeña pero no me dejaron. Tampoco me dejan escuchar la radio. Una vez una actriz repipi se quejó porque decía que estaba escuchando cantar goles mientras recitaba no sé qué monólogo coñazo que hacía llorar al público. Trato de no hacer ruido cuando abro las pipas para que no se vuelva a quejar nadie. Usted sigue haciendo unas preguntas rarísimas, ya le dije que no me planteo esas cosas por levantar una cortina. Si todos pensaran lo que están haciendo en los trabajos a lo mejor los dejaban sobre la marcha. Casi todos hacemos lo que nos mandan aunque no sirva para nada porque tenemos que pagar muchos gastos de otras muchas cosas que tampoco valen para nada. Así está montado el mundo. Yo por lo menos puedo comer pipas. No me quejo.

Ni siquiera caí. Seguía el rastro de un brillo y no me di cuenta de que el cielo se acababa. Bajé en picado y me posé en un suelo de ladrillos encarnados. Lo que pensaba que brillaba no era nada, alguna esquirla de vidrio, arena derramada en el patio o un charco que aún no se había secado. Trataba de volar y me golpeaba contra las paredes. No había más de medio metro de ancho y la altura superaba los tres pisos. El cielo quedaba lejos. Otros se han ofuscado tratando de salir de donde es imposible sin una ayuda que nos permita extender nuevamente las alas. Primero llegó un perro y me estuvo oliendo. Yo no me movía. Se echó a mi lado y comenzó a lamer las pequeñas heridas que me había hecho en el intento de querer volar. Luego llegó él y me miró largo rato. Notaba que tenía miedo, pero después empezó a hablarme con ternura. Me dijo que no me preocupara, que buscaría la manera de salvarme. Era un hombre pequeño y poco musculoso. No hubiera podido conmigo. Al rato apareció otro hombre que sí era muy alto y tremendamente fuerte. Yo seguía quieto confiando en mi destino. No me quedaba más remedio que mantener la calma y la confianza en los milagros. Me levantaron muy despacio, y el hombre pequeño logró subirme sobre la espalda del grande. El perro nos seguía mientras apechábamos a duras penas las escaleras. Me colocaron sobre el suelo de la azotea y me dijeron que ya podía volar de nuevo donde quisiera. No podía hablarles, pero los dos entendieron que mis alas necesitaban extenderse en el aire. Jamás he volado desde abajo. El hombre más fuerte me sujetó como si fuera un pájaro y me lanzó hacia arriba con todas sus fuerzas. Solo miré para ellos cuando ya estaba muy lejos.


Sacó las bermudas mojadas de la mochila. Cogió una palangana y se dirigió al grifo de la vieja pileta que estaba en el patio. Las dejó en remojo en lo que se duchaba y luego las escurrió y las colocó en el tendedero. También vació el agua de la palangana. Al día siguiente las recogió justo antes de salir de viaje. Casi no había parado de llover durante los quince días que estuvo fuera de la isla. Como otras veces, no se había dado cuenta de que en el fondo de la palangana se había quedado toda la arena que traían las bermudas. Por más que trataba de evitarlo cada vez que se cambiaba, el bañador mojado siempre terminaba cayendo en la playa.
Cuando abrió la puerta ya empezó a notar que el olor a salitre estaba demasiado cerca de su casa. Venía de una ciudad sin mar en la que ya había vivido hacía más de veinte años. La palangana estaba enterrada en la arena debajo de la orilla. No la encontró por ninguna parte. Su patio era una playa. No importaba que fuera no le creyeran. Hacía años que no le contaba a nadie las cosas raras que le pasaban. Se acostó y cerró los ojos antes de empezar a acariciar a la sirena que llevaba toda la vida soñando. Al despertar al día siguiente ya no estaba el mar dentro de su casa. Aún no se había dado cuenta de que en las sábanas había escamas de color púrpura que brillaban con los primeros rayos que entraban a través de los cristales.



La única condición que me puso fue que la olvidara. Me pidió que jamás repitiera su nombre en ninguna parte. Por eso escribo y miento tanto cuando cuento. Yo tenía entonces veinte años y creía que el sexo iba a ser siempre así de inolvidable. París no era una fiesta aquellos días. Llovía a todas horas como en los versos de Vallejo cuando me encontré con ella en una de las salas del museo Picasso. Yo era un joven deportista y aventurero que soñaba con ser escritor. Ella tenía unos cuarenta años. Era tremendamente hermosa. Estaba recién divorciada y vivía en un ático justo enfrente de Notre Dame. Yo creía que la vida me iba a regalar otros momentos como aquellos, lujosos restaurantes, caricias que me llevaban al séptimo cielo, perfumes que han quedado para siempre en mi memoria olfativa, vinos que jamás he vuelto a saborear y una casa atestada de obras de arte. Me olvidé del hostal de medio pelo en el que me hospedaba. Solo volví para recoger mis cosas. Entonces me daban igual las despedidas o que ella me dijera que había sido muy feliz conmigo; pero que nunca más podríamos volver a vernos. Me hizo jurar que jamás regresaría a buscarla. Ahora ella debe tener unos setenta años y soy yo el que desearía un amor joven de veinte que ayudara a curar las cicatrices de otros amores que no llegaron a ninguna parte. Ni siquiera sé si sigue viva. Yo solo escribo para poder seguir olvidando y para mentirme con amores irreales. He vuelto a París muchas otras veces, casi siempre acompañado. No es la misma ciudad que recuerdo cuando me excita una lejana caricia, los ojos de aquella inquietante mujer que ahora solo puedo buscar en las sombras de las palabras.


Los amantes buscan desesperados los espejos en donde siempre se ven bellos. Nadie entendía el éxito de aquella pensión de medio pelo. La dueña nunca fue amable con nadie, no encargaba reformas e iba parcheando los desperfectos. Todo estaba pasado de moda. Olía a coliflor hervida y a humedad. Había montado aquel hostal con el dinero que le dejó un conocido empresario que jugó con su amor en sus mejores años. Siempre le prometía que se iría con ella. Había sido una mujer muy hermosa y muy sensual. Vino a Madrid, como tantas, queriendo ser actriz. Salió en algunos sainetes que no duraron más de una semana en la cartelera y llegó a aparecer en una película como amiga de una de las protagonistas. No hablaba y le habían cambiado el color del pelo. Nunca la pararon por la calle para decirle que la habían visto. Estuvo con aquel hombre desde los veinte a los cuarenta y cinco años. Le pagaba todo, y esa comodidad fue alejando poco a poco todos sus sueños.
Ahora es una mujer sesentona y amargada que nunca mira a los ojos cuando entrega la llave a los clientes. Sabe que seguirán viniendo, los habituales porque en ningún otro sitio se reconocerán tan bellos, y los recién llegados porque jamás pensaron que llegarían a verse tan atractivos. Los amantes solo sueñan con el regreso. Se miran mientras se acarician, buscan posiciones desde las que poder verse cada vez más cerca, y nunca se creen que sean ellos los que se contonean sensuales y salvajes en los espejos. Los fue comprando en el Rastro. Los reconoce sobre la marcha porque en ellos ya han quedado reflejadas las siluetas de quienes alguna vez también se vieron increíblemente bellos. La vanidad acaba siempre marcando los pasos de quienes buscan un lugar donde esconderse. Si vienen solos se miran durante horas confundiendo sus siluetas con las otras que fue guardando el azogue del tiempo. Las parejas ven acrecentado el placer de sus caricias cuando se entrecruzan con otros amantes que también creyeron tocar el cielo. Aprendió a retocar los cristales y a respetar la memoria de quienes se eternizan en ellos. Los mantiene siempre radiantes en el centro de las habitaciones o en las puertas de los roperos. Todos llegan buscando ansiosos la belleza que no encuentran cuando se miran en los probadores, en los baños de sus casas o en esos ascensores en los que subimos o bajamos como si ya estuviéramos muertos antes de tiempo. Ella también se mira durante horas y sueña que interpreta los papeles que los huéspedes van dejando siempre a medias. A veces se acaricia lentamente.

Como Whitman, creo en los árboles, en las flores y en la mirada de los pájaros. No se están quemando hectáreas sino sensaciones inolvidables para todos los que hemos estado alguna vez debajo de cualquiera de esos pinos centenarios. Son muchas las veces en las que me he adentrado en el barranco de La Mina camino de La Degollada de Becerra para luego bajar por la trasera del Parador otra vez hasta Lagunetas. Todo eso es ahora ceniza. Cada una de las plantas que me fueron enseñando muchas veces el milagro de la vida, cada una de esas higueras centenarias y silvestres que te ibas encontrando colgadas de los riscos o escondidas cerca de alguna de las cascadas. Me pongo en el lugar de todos los que viven en esa zona. No hay consuelo que les cure. Lo han perdido casi todo, y también nosotros, cuando veamos las cenizas, nos daremos cuenta de que ha muerto una parte de nuestro propio paisaje.
Ayer, además, me tocaron aún más de cerca las llamas. Alguien me envió un mensaje a primera hora de la tarde preguntándome si tenía a mi perro en la guardería en la que suelo dejarlo cada vez que salgo de viaje. A esa hora las noticias solo destacaban unos pequeños conatos en la zona de Lagunetas. Le respondí que estaba en casa, aunque hacía solo dos semanas había estado en esa guardería de unos amigos que ayer vivieron una de sus peores pesadillas. Descubrí ese paraíso para los perros hace unos años en una de esas rutas senderistas. Ayer había más de treinta perros acogidos y sus dueños fueron obligados a abandonar la finca y la casa en la que viven sin poder sacar a esos hermanos del alma. Querían quedarse o volver, pero no les dejaban. Pasamos horas de angustia, y fueron muchos los que intentaron subir a la cumbre para rescatarlos. Al final, parece que las llamas pasaron muy cerca. La última vez que hablé con ellos aún no habían podido regresar pero ya estaban más tranquilos. Confío en que no haya pasado nada, pero al mismo tiempo imagino el dolor de los otros vecinos, sobre todo el de aquellos que hubieron de liberar a sus animales en medio del fuego. Los perros acogidos viven en espacios urbanos, y de haber sido liberados difícilmente hubieran podido conducirse por las cumbres. Me imagino el miedo de los pájaros, de las corujas, de los conejos, de las cabras, de las ovejas, de los gatos o de los perros cuando presintieron mucho tiempo antes de que los humanos vieran las llamas lo que estaba a punto de suceder.
Hay veces en que las palabras sirven de poco, o valen muchísimo menos que un acebuche, que un castaño o que un nogal. También son incapaces de transmitir la belleza de nieve de los muchos almendros que había por esas cumbres y esos barrancos. Solo cabe confiar en que esta pesadilla acabe cuanto antes. Tampoco hay consuelo cuando sabes que probablemente ha sido un ser humano el que ha prendido la llama de todo ese desastre.


Nunca tuve una letra bonita. Me negué a aprender siendo niña cuando no sabía que esas negaciones iban a terminar condicionando toda mi vida. Tampoco tuvieron mucha paciencia conmigo. Supongo que tendría pinta de perdedora desde entonces. Quería ser escritora, pero tuve que dar un rodeo tremendo para llegar a conseguirlo.
Desde pequeña no paraba de leer. Ellos me enseñaban unas cosas y yo aprendía otras en los libros que iba eligiendo al azar en la biblioteca pública. Me salvó la invención del ordenador. Podía escribir con dos dedos a toda velocidad y luego corregir sobre la marcha. No sé cuántos años hacía que no escribía más de dos renglones seguidos a mano. Me habían fichado en un periódico para hacer algunas entrevistas. Ese día había tenido que improvisar porque no tenía ni la grabadora ni el portátil. Tomaba las notas a mano, renglones y renglones con una letra totalmente ininteligible que confiaba en entender luego en mi casa. Ahora tengo delante esos papeles y solo entiendo algún monosílabo. Me he puesto a escribir otras cosas a mano y aparecen argumentos y frases que nunca he podido encontrar en el teclado. Sé que las he escrito porque las iba repitiendo en alto mientras las trazaba. Mis dedos han perdido el rumbo y no logran dibujar lo que les dicta el cerebro. Ni siquiera se salvan los versos que escribo sosegada. No me atrevo a decírselo a nadie.


Hay un momento en que uno no es nada. Es entonces cuando aparece la angustia, la ansiedad y el miedo a quedarme sin palabras delante de toda la gente. Nadie me lo dijo nunca, pero uno aprende que muchas veces tienes que dejar de ser el que eres para convertirte en el que todos quieren que seas. En ese trance, cuando tienes que olvidar tu nombre, tu procedencia, tus sueños y hasta tus propias nostalgias, es cuando te quedas como si estuvieras vacío por dentro o como si nunca más pudieras volver a ser quien eres. Cada nuevo día, cuando despierto, me siento como estoy ahora, o tal vez, por la propia costumbre de despertarme y de buscar rápido un asidero, ni siquiera me llego a dar cuenta conscientemente de ese vacío. De niño tenía miedo a olvidarlo todo al despertarme, o a no encontrar a mis padres cuando volviera a abrir los ojos. No recuerdo cómo era en los primeros meses, pero supongo que debía ser angustioso despertar sin saber dónde estabas y sin apenas reconocer a quienes te acunaban y trataban de entretenerte con toda clase de carantoñas.
Cada nuevo día, cuando voy camino del cuarto de baño, o cuando enciendo la cafetera medio somnoliento, aún no recuerdo del todo el papel que tengo que interpretar. Luego van apareciendo las citas que te ilusionan y las que te entristecen, y también los nombres que buscas y los que maldecirías si pudieras hacerlo. Ya entonces eres el que te reconoces en el espejo y el que los otros esperan encontrar cuando te ven paseando a tu perro o diciendo buenos días en la oficina o en el colegio.
Aquí he llegado a vomitar muchas veces. Incluso he tenido miedo hasta de ponerme los zapatos y no recordar cómo se andaba con ellos. Siempre tengo cerca una caja de tranquilizantes y me sé de memoria todos los métodos de relajación y todos los remedios naturales para calmar los nervios. No hay nada que valga cuando uno está vacío por dentro. Escucho el runrún de la gente en el patio de butacas, las primeras toses y los gritos de los tramoyistas; pero todos ellos están emboscados en la multitud, a salvo entre los otros. Yo tengo que salir a escena solo. Y si no salgo no hay obra. Esa es la responsabilidad que me angustia a diario, el miedo a no recordar ni una sola de las palabras que he memorizado y repetido día tras día durante muchos meses. No solo me sucede el día del estreno. Todas las veces que uno sube al escenario está estrenando su propio miedo. Luego sales y te sientes el ser humano más grandioso que pueda haber sobre la tierra. Disfrutas siendo otro, te nutres del brillo de la mirada de la gente y no tienes tiempo para dudar si eres o no eres el que repite lo que alguien dejó escrito para que tú lo dijeras. Los aplausos te suben al séptimo cielo y pasas de la angustia a ese respirar profundo y placentero que te regala el éxito. Luego regresaré al camerino y me marcharé caminando feliz por las calles, aún confundido con mi personaje.
Pero todo eso será luego. Ahora solo desearía salir corriendo lejos donde nadie me reconociera. Algunas mañanas también he sentido esa tentación de la huida, o más que de la huida del comienzo de una nueva vida en un lugar donde nadie esperara verme representar el mismo papel cada día, esa rutina que se echa a andar cuando la dejas transitar peligrosamente a tu lado. Toco madera, digo mierda y busco que no haya amarillos por ninguna parte. Me agarro a lo que sea para no caer al abismo. No soy nadie hasta que comience a hablar de nuevo.

Se levantó de la cama repitiendo la palabra caleidoscopio. Era lo único que le quedaba del último sueño. Hacía años era capaz de recordar todo lo que soñaba durante la madrugada, pero la memoria no solo juega malas pasadas cuando abrimos los ojos: también se olvida lo que se sueña, incluso lo que tantas veces soñamos despiertos. Sabía lo que era un caleidoscopio, pero se fue a Google a buscar imágenes a ver si de esa manera podía recuperar los fotogramas que deambulaban por su inconsciente. Vives una vida y el cerebro luego inventa otra cuando duermes. No era un tipo raro. Y además ahora podíamos decir que era un hombre feliz porque estaba perdidamente enamorado. Ella le preguntó qué estaba repitiendo cuando lo escuchó en el cuarto de baño tratando de mantener viva en su memoria la palabra recién soñada. Él entonces descubrió que a veces los sueños se reflejan en los ojos de quien nos ama. No sabría identificar los colores que vio en su mirada. Ella le contó que había llorado mucho durante años. Aquel hombre, aliado con su familia, había tratado de volverla loca. No pararon hasta robarle todas las ilusiones. Había sido valiente al separarse, pero lo había perdido todo. Cuando él la encontró era una mujer a la deriva. Lo que no saben esos que intentaron aniquilarla es que su mirada se volvió bella con todas aquellas lágrimas. Por eso es caleidoscópica y brillante. Desde que está en su vida los sueños se fueron haciendo cada día más reales. No se cansaba nunca de mirarla.

Se levantaban temprano todos los días esperando encontrar la neblina. Ella para desnudarse en las calles; él para retratar imposibles. No se conocían de nada porque nunca habían podido verse. Él salía a trabajar a las nueve y ella a las ocho. Él libraba los jueves y los viernes y ella los sábados y los domingos. El salía de vacaciones en octubre y a ella le gustaba viajar lejos en febrero.
Jamás se habían visto; pero llevaban años cruzándose por las mismas calles cada vez que la niebla borraba la ciudad durante un rato. En la isla no hacía frío cuando todo se nublaba. Comenzó como un juego. Salió a la calle y se fue desnudando poco a poco en una de las aceras más transitadas. Después comenzó a correr por las calles peatonales y por otras aceras que se sabía de memoria. Solo llevaba unas zapatillas de ballet. Jamás la había visto nadie. Las pocas veces que casi se descuida tuvo tiempo de ponerse una camiseta larga y de empezar a caminar como si viniera de alguna parte. Era una mujer de cuarenta años tremendamente bella.
Él estaba obsesionado con retratar lo que escondía la neblina. Había sacado miles de fotos durante años jugando con el diafragma, con el obturador y con la sensibilidad de las películas. Disparaba al azar o se dejaba llevar por las corazonadas de la cámara. No miraba las fotografías hasta que llegaba a casa. Aquella mañana de domingo, cuando todos seguían durmiendo y la niebla ya se había disipado hacía rato, se encontró a la mujer más bella del mundo danzando como una diosa en mitad de la calle.


La envidian por ser feliz, no busques más motivos. Los mezquinos jamás disfrutan con la alegría de los otros. Han estado esperando a que cayera como buitres ansiosos de carnaza. Si la vieran de puertas adentro sabrían que es casi imposible derrotarla. De niña era igual, feliz con cualquier cosa, sin apenas ambiciones, siempre despistada en sus juegos y en sus sueños. Le gustaba jugar sola, o lo hacía con sus muñecas o con sus amigas imaginarias. Ahora la escucho alguna vez leyendo en alto o hablando como mismo lo hacía entonces. Se quedó para cuidarme. Sus hermanos se casaron y se fueron lejos.
Ella sale a trabajar todo el día y luego se mete en casa a limpiar los suelos, a poner lavadoras o a trajinar en la cocina. Cuando acaba se sienta un rato conmigo a ver la tele o me lee en alto alguno de esos libros que casi se sabe de memoria de tanto releerlos. No me cuenta nada, pero yo la escucho cuando habla sola o cuando la llaman por teléfono para molestarla. Le cuentan lo que van diciendo de ella en el banco y tratan de derrotarla con maledicencias y mentiras. Yo creo que sabe que son las mismas que llaman las que van inventando esa otra biografía tan detestable. Ella les contesta que no pasa nada. A mí me tranquiliza encontrarla con su sonrisa cada vez que llega de la calle o cuando me despierta por la mañana. Mis vecinas decían que había caído un ángel en mi casa.
Recuerdo que de niña se conformaba con abrir los regalos. Casi le ilusionaba más eso que lo que hallaba dentro. Para mí que la alegría llama a la alegría: su risa no fue nunca una risa tonta: cada vez que sonríe ilumina todo lo que esté a su lado. Eso es algo que no soportan nunca las amargadas ni los canallas. Me cuesta moverme por la casa, pero alguna vez consigo verla de lejos en algunos de sus pequeños rituales. Hace un momento, vi cómo estuvo cerca de diez minutos oliendo la caja del té con los ojos cerrados. Era lo mismo que hacía de niña con los sobres de las estampas. Otras veces la he encontrado mirando las nubes desde el patio. No se tira al suelo como cuando era niña, pero su sonrisa se dibuja igual que cuando tenía cinco años.
Toda la vida ha tenido gente a su alrededor que no ha soportado su felicidad diaria. Pero esos sí que desaparecen y se pierden en el tiempo. Yo creo que nunca perdura el recuerdo de ninguno de los malvados. O que si queda es solo para volver a olvidarlos. Ayer me enteré que hacía dos meses que la habían echado del trabajo. No sé de qué vamos a vivir. Esta mañana me despertó diciendo que había comprado un té especial envasado en un país muy lejano. Lo dijo sonriendo, con la misma felicidad que cuando me despertaba de niña para decirme que el panadero había dejado los panes recién horneados en la puerta. Se levantaba antes que nadie para oler la talega largo rato. La amiga que me llamó para contarme que la habían despedido me dijo que le habían tendido una trampa. La acusaban de estar robando dinero de la caja. Todos los canallas, como los necios de esa novela que ella me ha leído no sé ya ni cuantas veces, se habían juntado una vez más para derrotar al ángel. Pero el ángel sonríe ahora mismo dentro de mi casa.


Solo era locuaz en sus silencios. Cada vez que hablaba su timidez le terminaba enredando las ideas y las palabras. Recuerda lo mal que lo pasaba en el colegio. Sabía todas las respuestas, pero se bloqueaba cuando tenía que repetirlas en medio de la clase. Si quería nombrar a Newton terminaba citando a Galileo, a los turcos los podía llamar rusos y a los habitantes de Rusia japoneses. Los profesores pensaban que les estaba tomando el pelo y lo fueron dejando por imposible. No pasó del instituto. Entendía todo lo que explicaban, pero luego nunca era capaz de contarlo. Con los amores le ha ido todavía peor. A Julieta la llamaba Carlota y a Beatriz la podía terminar llamando Alejandra. Ellas tampoco le perdonaban esas confusiones. Prefirió callar para siempre, cambiar de país y no volver a hablar jamás delante de nadie. Con los años sí descubrió que podía escribir lo que ni siquiera había pensado. No había vuelto a coger papel y bolígrafo desde el colegio. En aquellos años, los nervios y la impotencia de no poder demostrar lo que sabía de sobra también terminaron confundiendo el trazo de las letras y de las formas. Dibujaba círculos en lugar de cuadrados y en Literatura no había verso que no acabara confundido en un interminable párrafo. Ahora, sin embargo, era capaz de escribir. Firmaba con seudónimo y había logrado un cierto éxito literario. No sabía por qué había elegido el nombre de Salinger; tampoco había estado en Nueva York. Había escrito aquel libro sin pensar en nada. No concedía nunca entrevistas ni daba conferencias en las universidades. Muchos dicen que ha muerto. Yo me lo imagino caminando siempre en silencio por cualquier parque. Veo sus ojos en cada uno de esos solitarios que a veces se te quedan mirando en las grandes ciudades. No creo que escriba nunca más. Ya no le hace falta.


No se acuerdan de mí, pero yo sí los recuerdo a casi todos ellos. Tuve que ver sus caras y escuchar sus voces durante muchos días seguidos. Buscaba trabajo y me apuntaba a cualquier proyecto en el que pudiera cobrar unas pesetas. Fue, por tanto, hace algunos años. Se rodaba una película en la isla y buscaban extras y algunos personajes secundarios. El productor había estudiado conmigo en Madrid y no conocía a nadie por aquí. Pusimos anuncios en los periódicos y convocamos a la gente un lunes por la tarde en uno de los hoteles de la playa. Tenían que decir su nombre y su edad antes de improvisar unas palabras que se les pasaba a medida que iban llegando. Luego se les dejaba treinta segundos para que se presentaran y contaran algunas de sus ilusiones. Todos soñaban con salir en una película.
Yo tenía que seleccionar, junto con el director, a los elegidos. Querían que tuvieran un acento marcado y que físicamente representaran a los habitantes de la isla. Tuve que visionar aquella grabación más de veinte veces. Al final solo pudimos seleccionar a dos personas de entre las más de cien que fueron grabadas con la cámara en uno de los salones del hotel.
La película fue un desastre. Ni siquiera recuerdo el título, pero a todos ellos me los he seguido encontrando por las calles durante todos estos años. Recordaba cómo contaban sus sueños. Había señoras que se negaban a envejecer y que aún no perdían la esperanza de ser alguna vez Audrey Hepburn, tipos duros que iban de Burt Lancaster, rebeldes a lo James Dean, voluptuosas adolescentes como Marilyn, flores de barrio teñidas de rubio platino para la ocasión, viejos que querían bailar como Fred Astaire y hasta algunos de los émulos entonces inevitables de Michael Jackson.
Viví obsesionado durante semanas con todos ellos y me prometí que jamás me embarcaría en nada semejante. Aprobé unas oposiciones y llevo quince años ordenando documentos en una oficina perdida en un gran edificio lleno de aburridos burócratas que solo sueñan con los puentes que miran en los almanaques desde que empieza el año. En la segunda planta trabaja de secretaria una de las Marilyn de aquel casting. No sabe que fui yo quien rechazó su acento y su pose sobreactuada, pero eso no cambiaría nada porque seguiría sin verme cuando nos tropezamos alguna vez en el ascensor. Yo sí los conozco a todos ellos. Tengo la copia de la grabación en casa y poco a poco he ido viendo la película de sus vidas a medida que me los he ido tropezando por las calles. Me imagino que alguien también estará viendo la mía en alguna parte, ese envejecer diario sin saber lo que me deparará cada nueva mañana, esos horarios inevitables para luego pagar un alquiler y poder comer varias veces cada día. Estoy casado y tengo tres hijos, pero ni ellos me ven ni yo los veo a ellos. Un día también tuvimos sueños, como aquellos actores improvisados del casting, como supongo que los tiene todo el mundo cuando le cuentan que la vida es esa película que llevaban toda la vida esperando. Uno de ellos, el que iba de James Dean, es ahora uno de los borrachos de la plaza.

Se reunían algunas tardes para leer aforismos, versos y algunos microrrelatos. Tenían contacto casi diario a través de las redes sociales, pero aun grabando voces o imágenes no era lo mismo. Faltaban la improvisación de la mirada, la cerveza, el café o el vino. No conocían mucho de sus respectivas vidas. Solo eran lo que leían.
Fue quien escribía siempre los textos más tristes el que planteó algo de la sombra en su microrrelato. Venía a decir que no solo proyectamos nuestro propio reflejo cuando andamos por las calles. No había halagos o grandes críticas después de cada lectura. Si gustaba generaba comentarios o se le pedía al autor que lo leyera de nuevo, y si no gustaba se guardaba un respetuoso silencio que el escribidor interpretaba como un intento fallido. La escritura también tiene sus rachas y unas veces aciertas y otras no logras ponerle las palabras precisas a las ideas o a las emociones que bullen en tus adentros.
Todos ellos habían tenido sus minutos de gloria y de decepción. Una de las poetas comentó que no solo heredamos los ojos, la nariz o los gestos de nuestros antepasados: "también la sombra no es del todo nuestra". Cada uno se quedó mirando su propio reflejo en el boulevard en el que estaba situada la terraza. Alguien dijo que realmente la sombra no era de nadie. Otro comentó que ese reflejo podía ser el de cualquiera de sus ancestros, que era incorpóreo y eterno, y que no estaba a expensas de los modismos en el habla o en el vestir: "la sombra es siempre sombra", concluyó.
El autor del texto que había dado lugar al desvarío fue un poco más allá y se preguntó si realmente no nos vamos quedando en nuestras propias sombras todo el rato, como si uno siguiera de largo por donde ella va poco a poco eternizándose, en una acera, en un escaparate e incluso en esos abrazos en los que se enredan los cuerpos y las almas.
Pidieron vino para espantar tanta metafísica y luego siguieron leyendo durante largo rato. Mi sombra estaba justo en medio de ellos. No sé el tiempo que llevo sentado en este boulevard. La última vez que me levanté recuerdo que estrenaron una composición musical muy exitosa en el órgano de la catedral. Fue a finales del siglo dieciocho y yo entonces era ese músico francés que acariciaba las teclas con unos dedos que ahora son casi inapreciables en medio de las sombras de la tarde.

El frío nunca aparece de repente. Somos nosotros los que siempre nos damos cuenta a última hora de que ya ha llegado. Andrea también dice que su destino viene recorriendo infinitos caminos desde el principio de los tiempos. No se altera por nada. En medio del caos diario que estamos viviendo agradezco siempre su presencia. Mantiene a salvo su sonrisa en un mundo de miradas torvas y estresadas.
Ella llegó de donde mismo vengo yo hace muchos lustros y jamás ha regresado. Yo llevo viviendo en este país desde hace solo tres años. No había trabajo en España. Aquí no es que viva de maravilla, pero por lo menos dependo de mí para llegar a fin de mes. Me costó aprender el idioma. Todo el mundo te dice que estudies inglés o alemán, y cuando te das cuenta ese destino del que habla Andrea se termina escribiendo en francés. Buscaban veterinarios especializados en zifios para un gran proyecto de investigación internacional. Nadie entiende mi fijación por los zifios, pero quizá tenga algo que ver con la misma fijación que siento hacia Andrea. Me siento atraído por sus eternas sonrisas y por la armonía con la que van navegando por los océanos. De niño los veía pasar muchas veces cerca de la costa en la que vivía. Parecía que volaban. Creo que desde entonces ya quise volar con ellos. A París no llegan zifios, pero sí hay instituciones interesadas en conocerlos.
Andrea vino hace muchos años huyendo de una sociedad pacata y gris. No sabía lo que quería, o sí, sabía que no quería que nadie le cortara las alas a ninguno de sus sueños. En los cafés me han contado que fue amante de uno de los escritores latinoamericanos más reconocidos internacionalmente, y que pudo tenerlo todo si hubiese querido. Trabaja en una pequeña librería de libros de segunda mano justo enfrente del Louvre. Casi podría ser mi abuela.

Te puedes acostar siendo madre de dos conocidos abogados y levantarte al día siguiente convertida en Yevguéniya. Nadie sabía al principio quién era Yevguéniya; ni siquiera entendían el idioma que hablaba aquella mujer que siempre había sido una Maripuri remilgada y prejuiciosa. Jamás la vieron leyendo y mucho menos aprendiendo idiomas. Le había bastado con ser guapa y con haber nacido en una familia con mucho dinero para ir haciendo su vida en la pequeña provincia en la que de joven llegó a ser reina de los Juegos Florales que se celebraban en el casino. Ese había sido su único contacto con las letras. Tuvo que compartir la mesa que estaba en el escenario con el poeta que había ganado aquella edición dedicada a la exaltación de las flores autóctonas. Le fue contando a las amigas que el escritor olía fatal y que intentó meterle mano un par de veces por debajo de la mesa. Desde ese día detestaba todo lo que tuviera que ver con la literatura.
Logró que sus hijos no leyeran, pero que sí estuvieran todo el día estudiando. Su marido era fiscal y los fue encaminando poco a poco al mundo de las leyes. Se avergonzaba de una de sus hermanas. Casi no hablaba con ella, o lo hacía solo cuando no le quedaba más remedio, desde que uno de sus hijos empezó a salir en los periódicos escribiendo relatos en donde contaba, cambiando algunos hechos, muchas vivencias de su familia. Esa mañana, sin embargo, iba diciendo en ruso que casi todo lo que había escrito su hijo Antón se lo había contado ella cuando era niño. Costó mucho entenderla. Fueron pasando traductores de distintas lenguas hasta que la escuchó una chica cubana que venía a planchar casi todos los días. Esa chica había estudiado Física cuántica en Rusia. Fue la primera que dijo que era la madre de Chéjov. El traductor, cuando ya estuvo hablando largo rato con ella, les contó a los hijos que su madre había sido poseída por el espíritu de Yevguéniya. Uno de los dos abogados casi le da una patada; pero el otro, un poco más tranquilo, logró controlarlo. El más pendenciero y levantisco había sacado el carácter del padre. Probablemente si el fiscal no hubiera muerto hacía cinco años habría encerrado a aquel ruso medio estrambótico que hablaba de fantasmas como mismo podría estar hablando del último partido del Locomotiv o del precio del petróleo. La conversión rusa de la madre de los abogados fue la que centró la conversación de todos los mentideros pijos de la ciudad durante varias semanas. No la dejaban salir a la calle ni para ir a misa. Cuando vino el cura a visitarla les dijo que no era cosa de exorcismos. Le compraron libros en ruso que leía vorazmente memorizando pasajes que luego declamaba como una loca por toda la casa. A los nietos les habían dicho que la abuela se había marchado de viaje. Yevguéniya estaba obsesionada con el traslado de los restos de su hijo hasta Moscú en 1904. Lo habían metido en un tren lleno de ostras. Les hacía jurar a los dos abogados que jamás harían algo parecido con su cadáver. También quería que la enterraran en Moscú. Siete semanas más tarde, Carlota, a la que todos conocían como Chonchi, se despertó de madrugada rodeada de libros escritos en ruso por todas partes. Nunca se creyó que había sido la madre de Antón Chéjov.

Nadie me contó nada cuando alquilé esta casa. Quería vivir otra vez en el campo para recuperar el olor de las higueras cuando cae la tarde y para volver a sentir la humedad de la tierra mojada por el relente de la madrugada. No me importaba tener que recorrer cada día más de treinta kilómetros para acudir al trabajo. De alguna manera, cada vez que me iba alejando de la ciudad, notaba como que mi vida volvía a pertenecerme. Recuperaba las voces de mis abuelas y el eco de los barrancos que tanto sabían de mis aventuras de infancia. Solo escuchaba el trino de cientos de pájaros cada tarde y el viento que movía los frutales en la finca que tenía delante de la nueva casa.
Fue el segundo día cuando empecé a escuchar que alguien silbaba boleros, y que mientras los iba silbando una voz casi agónica cantaba algunas de esas letras conocidas como si se orientara en medio de las sombras. Solía escucharlos al atardecer o en las primeras horas de la noche, cuando salía al patio a mirar las estrellas. No me molestaba aquel bisbiseo de canciones silbadas melodiosamente mientras una voz de fondo desgranaba emociones a medida que se iba dejando llevar por la música.
Vivían en la casa que lindaba con mi huerta. Solo lo veía a él podando los frutales o regando las plantas. También me gustaba verlo cuando cuidaba los geranios y los rosales como si fueran las criaturas más delicadas del planeta. Cada tarde cogía una flor y se adentraba en su casa antes de que empezaran a escucharse las primeras canciones. Me lo contó otra vecina como si me hablara de un loco de atar. La mujer de ese hombre había ido perdiendo la memoria y él se negaba a internarla en un centro de la capital. Lograba no perderla del todo cantándole boleros. Ella ni siquiera recordaba su nombre, pero cuando él silbaba Historia de un amor, El reloj o Contigo Aprendí iba recuperando milagrosamente todas las palabras olvidadas. Solo dejaba de silbar cuando comenzaba a cantar Perfidia: te he buscado donde quiera que yo voy y no te puedo hallar, mujer, si puedes tú con Dios hablar, pregúntale si alguna vez te he dejado de adorar...Yo a veces cantaba muy bajo siguiendo la emoción de aquellas letras. Aquel hombre mantuvo a salvo a su mujer durante varios años. Desde que ella murió nunca se escuchan canciones en esa casa.

Nadie tenía la llave de su casa. La única vez que la había perdido fue consciente de su soledad. No tenía a quien llamar. El cerrajero le cobró un dineral por ser domingo; pero las personas solitarias que se quedan en la calle un domingo no pueden negociar ningún precio con los cerrajeros. Solo quieren que les abran cuanto antes la puerta para no sentirse como exiliados del mundo en las calles llenas de padres con niños o de parejas que caminan de la mano por todas partes. Vivía lejos de sus padres, y estos ni siquiera sabían que había perdido el trabajo y que no tenía para pagar el próximo mes de alquiler. Lo poco que le quedaba ahorrado se lo había tenido que dar al cerrajero. No tenía nada para comer. Había dejado currículums por todas partes, pero los domingos tampoco llama nadie ofreciendo trabajo. Cuando fue a mirar en uno de los cajones se encontró con sus dedos llenos de flores. Buscaba dinero, algunas de esas monedas que aparecen inesperadamente debajo de unos papeles o en medio de las cajas de los medicamentos. Una vez, cuando era niña, su abuela le contó que los domingos florecen los rosales en cualquier cuerpo. Pasó una semana antes de que alguien la echara de menos. Cuando tiraron la puerta abajo solo encontraron pétalos de rosas rojas sembrados por todo el suelo.

Se dio cuenta de que todo estaba escrito. Antes de trazar cualquier renglón iba poniendo cada palabra en Google para ver si había habido alguien que ya hubiera utilizado los adjetivos y los sustantivos que él aún no había combinado en su texto. Siempre encontraba algún verso, algún artículo, un memorándum, una conversación trivial en cualquier chats o un anuncio en el que ya estaban todas las letras. También se dio cuenta de que ya no le hacía falta la memoria. Bastaba con recordar el nombre de un poeta y un par de palabras de un verso para que los buscadores enseñaran cualquier poema que anduviera buscando. Lo mismo sucedía con las letras de las canciones o con los diccionarios. Todas las grandes novelas se estaban escribiendo continuamente con renglones sueltos escritos en cualquier lugar del planeta. Incluso encontraba la emoción que siempre le había estado negando a las máquinas. Si escribía te quiero podía hallar millones de entradas en las que nunca se repetían las mismas oraciones. También su nombre se repetía hasta el infinito en todas las redes sociales o en esas páginas webs o blogs que se van escribiendo cada día en todas partes. Últimamente se quedaba paralizado delante de la pantalla, o en lugar de escribir se dedicaba a leer todo lo que podía haber escrito con las palabras que pensaba utilizar para componer un verso o para aventurarse en cualquiera de aquellos principios de novelas que no pasaban nunca de las veinte páginas. Escribió su nombre y sus dos apellidos junto a la dirección de su casa y se dio cuenta de que su vida también estaba expuesta por todas partes. Intuía que si tecleaba la palabra muerte podría terminar descubriendo que no era más que otro fantasma que piensa que escribe lo que en realidad ya estaba contado en muchas otras páginas.

Aprendió poco a poco a entender que casi todo lo que sucede es inevitable. Al principio quiso nadar contra todas las corrientes y estuvo a punto de ahogarse un par de veces en medio de ese océano revuelto que es nuestro propio cerebro cuando se descontrola. De niño le encantaba ver todos aquellos capítulos del Correcaminos y el Coyote. Entonces no entendía que el destino y la suerte también juegan un papel muy importante en nuestra vida diaria. Ninguna de las trampas pudo detener a su héroe de la infancia. La maldad no ganaba nunca. Es cierto que luego se ha encontrado a más coyotes que correcaminos en los despachos enmoquetados o en las inauguraciones oficiales; pero sabe que solo están de paso y que al final acabarán cayendo en su propia trampa.
No se agobia; aprendió a esperar las consecuencias de los supuestos desastres cuando sufrió su última tortícolis. Alguien le dijo que esa palabra, según el diccionario de la Real Academia, es masculina, y al principio quiso decir el tortícolis, pero pronto aprendió que la RAE está muchas veces a años luz del lenguaje que se habla en la calle. Y no solo la quiere femenina porque siempre la escuchó de esa manera sino también por todo lo que le regaló aquel dolor que estuvo maldiciendo las primeras veinticuatro horas. Apenas había podido pegar ojo y se movía por la ciudad como un zombi desorientado. Solo podía mirar hacia el lado derecho. Esa imposibilidad de movimientos le hizo darse cuenta de que toda la vida había pasado por las mismas calles mirando hacia el otro lado. Descubrió nuevos escaparates, nuevos árboles en la acera, nueva gente que le saludaba y hasta una nueva cafetería en la que ahora desayuna casi a diario.
También la descubrió a ella. De aquella tortícolis había nacido un gran amor que no hubiera descubierto nunca si hubiera estado mirando hacia la acera de la izquierda. Ya no se agobia cuando le duele una rodilla o empieza a llover inesperadamente. Sabe que será por algo, aunque muchas veces ni siquiera llegue a enterarse de esas variaciones mínimas en su destino diario. Si llueve pueden aparecer caracoles nuevos con la tierra mojada y el dolor de la rodilla puede hacer que camine más despacio y que llegue a ver el amanecer de otra manera. No había tenido tortícolis en todos estos años que lleva con ella. Dicen que las contracciones musculares tienen mucho que ver con las tensiones del alma. Últimamente están todo el día discutiendo.
Hoy se ha levantado otra vez sin poder girar el cuello y con un dolor tremendo cada vez que se agacha. Sale a la calle y se ve obligado a mirar todo el rato hacia el lado izquierdo. Se fija en todos los escaparates, en todas las fachadas y también en cada una de las miradas que están pasando a su lado. Sabe que ese dolor ha llegado para algo. Su pareja también le ha dicho esta mañana que no podía girar el cuello hacia uno de los lados.

Ayer pasaba delante de una iglesia cuando un mendigo le decía a otro que se reza por dentro. El que le escuchaba se quedó como noqueado por esa frase y agarró su cartón de vino antes de contestarle. No supo qué decirle, y el pequeño filósofo quedó como un Sócrates entre los habituales de la plaza. Yo estuve a punto de pararme para darle la razón, pero ese hombre es el mismo que cuando paso junto a él casi babea mirando mis pechos o rezonga como un mico desesperado piropeando mi trasero.
Seguí de largo como hago siempre, pero se me quedó grabada esa frase que pillé al vuelo antes de que comenzara a decir que se moría por mis caderas o que había venido al mundo solo para verme pasar cada día por la calle. Yo hace mucho tiempo que vivo por dentro, que viajo por dentro y que amo solo por dentro. Lo de fuera lo entiendo cada vez menos. Convivo con mis compañeros de trabajo, salgo a cenar de vez en cuando con mis amigas y me asomo a la tele cada día más estupefacta; pero luego regreso a mi viaje interior, a ese rezo diario que decía el mendigo que solo se concibe en los lindes de la misantropía. No le puedo contar a nadie que cuando navego dentro de mí acabo llegando a orillas cada día más sorprendentes o que atravieso mares bravíos cada noche mientras duermo. Intento soñar lo que quiero. Y no es fácil. Trato de pensar casi todo el día lo que deseo que aparezca luego en mis sueños. No veo ninguna diferencia entre lo que vivo por la calle y lo que interpreto cuando cierro los ojos y es mi cerebro el que recrea los sucesos. Muchas noches convivo con los seres queridos muertos, aparecen mis abuelas, amigas que perdí hace años, viejos maestros, casas ya derruidas, y hasta me veo a mí misma cuando era otra, una niña siempre sorprendida ante lo que estaba viendo o una soñadora ilusionada que iba por la realidad pensando que en ella iba a poder cumplir todos mis otros sueños. Ni siquiera sé ya cuáles eran. La vida me ha golpeado duro últimamente. No cuento lo que me ha pasado para que no se acabe mezclando luego en mis sueños. Vivo por dentro, como decía ese mendigo que rezan los que realmente creen en lo que sueñan.


Los días son distintos cuando caen flores a tu alrededor. Donde vivo no nieva nunca, por eso los recuerdos no acaban de congelarse en el tiempo. Caen flores y yo me imagino que está nevando aunque vaya en mangas de camisa. Camino despacio, como si mis pasos quisieran imitar la cadencia de esas flores que luego pisotean los peatones con la misma indiferencia que pisan los papeles o los plásticos. También me detengo cuando hay hojas secas en la acera. En donde vivo hay hojas secas y flores todo el año. Las estaciones las lleva uno dentro, todos esos inviernos del alma que te pueden sorprender en las noches de verano o las primaveras que logran reverdecer cualquier otoño desolado.
Me senté en una terraza a mirar cómo caían las flores junto al cauce de un antiguo barranco. A mi lado había dos mujeres que hablaban como para que las escuchara todo el mundo. Parecían funcionarias del juzgado cercano. Una le decía a la otra que la pena es siempre técnica. Yo pensé que se referían a las penas condenatorias, pero hablaban de los menores que duermen en centros de acogida. Para ellas no eran más que cifras y terminologías. Luego siguieron con las habilidades sociales, la empatía y los resultados de los muchos test con los que pretenden compensar la falta de cariño. Me levanté para intentar escuchar el sonido de las flores que seguían cayendo de los árboles. Solo había silencio: lo que es bello no precisa ninguna estridencia para presentarse.
Unos borrachos se pasaban un cartón de vino en la plaza cercana. Ocupaban todos los bancos. A mi lado pasaba un señor empujando un carro. La niña que iba dentro le pedía que le regalase una flor. Uno renace cuando escucha a una niña pronunciar la palabra flor tan entusiasmada. Esperé la guagua. No sabía adónde ir. Tampoco sabe la flor por qué cae. Si hubiera trenes viajaría lejos; pero aquí no puede escaparse uno a ninguna parte. Esbocé una sonrisa cuando la niña me enseñó la flor que tremolaba en su mano. Tengo ochenta y cinco años y es la primera noche que no tengo casa en donde refugiarme. Me engañaron en el banco con unas preferentes. Ahora tengo miedo a convertirme en una pena técnica y a que me encierren donde nunca haya flores que alfombren las calles.

La muerte siempre es absurda. Como la vida. Como el paso del tiempo. Como esos días raros en que parece que interpretas tu propio papel entre la gente. Quizá se salven solo algunos domingos por la mañana. Todo eso me lo contaba él cuando todavía estaba vivo. No era un hombre apesadumbrado o pesimista. Le habían dado duro últimamente, pero jamás se lamentaba. Señalaba a su alrededor y me decía que en el fondo, de una forma o de otra, todos estamos recibiendo pequeños golpes cada día. Le gustaba tomar una cerveza, leer libros de viajes y pasear de la mano de su hijo las pocas veces a la semana que podía verlo. No quería hablar nunca de eso, pero sabíamos que lo había perdido todo y que aun así se negaba a apagar la sonrisa de su cara. Hablaba siempre de la dignidad de estar vivo y de la valentía de los náufragos. La verdad es que casi no le hacíamos caso. Nos gustaba estar con él, encontrarlo por la avenida o coincidir cerca de un restaurante en el que luego solíamos terminar disfrutando de un buen pescado y de un mejor vino. Entendía mucho de vinos. Jamás le vi borracho. Sabía disfrutar de los pequeños placeres cotidianos con esa sabiduría que dan los años a quienes han buscado el hedonismo en las pequeñas cosas. Los que vieron cómo caía cuentan que en la avenida todo el mundo se estaba partiendo de la risa. Ya luego, cuando vieron que no se movía, empezaron a arrepentirse de aquellas carcajadas estruendosas. La mujer lloraba a su lado desconsoladamente. Era muy guapa. Todos pensaban que la conocía o que habían venido juntos a pasear por la playa. Había visto cómo su sombrero lo arrancaba un viento inesperado. Ella se quedó con la mano en sus cabellos cuando quiso detenerlo. Al principio parecía que se iba a quedar quieto en la arena, pero otro par de ráfagas violentas lo llevaron cada vez más lejos. Pasó junto a él cuando ella venía corriendo muchos metros por detrás. Lo tuvo al lado, casi a un palmo, pero en el último momento se movió lo justo como para volver a escaparse. Lo persiguió corriendo delante de ella. No sabemos si llegó a verla antes. Muchos dicen que lo hizo porque era una mujer muy guapa. Yo creo que lo hubiera hecho por cualquiera. La siguiente vez que lo tuvo al lado y vio que estaba a punto de moverse se tiró como lo hacía de niño cuando jugaba de portero en el colegio, o como cuando se alongaba en las piscinas o en las maretas antes de lanzarse al agua. Había una piedra debajo de la arena. Se dio un mal golpe en la cabeza. Cuando llegaron los de la ambulancia solo pudieron certificar su muerte. Hacía mucho viento.

Realmente nunca queda nada. Lo saben los coleccionistas y los nostálgicos. Lo que miras hoy no tiene que ver con lo que viste ayer. Ni siquiera las fotos digitales, que ya no amarillean el tiempo, se mantienen a salvo de esa pátina que envejece sutilmente lo que vamos dejando en los cajones a lo largo de los años. Se enfadaba conmigo cada vez que le decía que no fuera guardando todo lo que encontraba. Lo suyo no tenía nada que ver con un mal de Diógenes o con una manía de melancólico recalcitrante. Solo se iba quedando con todo lo que le recordara el amor. Había tenido decenas de amantes, pero solo había amado a una mujer. De las primeras conservaba algún sombrero, un foulard, libros regalados o fotografías sembradas por toda la casa; pero de la que había estado realmente enamorado casi no había podido salvar nada del naufragio final que terminó separándolos.
Estuvieron juntos quince años. Una tarde, cuando llegó del trabajo, ella le esperaba con otro hombre. Le dio una hora para recoger sus cosas y le pidió que se marchara. No estaban casados, y su primera reacción fue romper todo lo que iba encontrando por la casa. No lo hizo. Tampoco tuvo tiempo de ponerse a llorar. Trató de recordar dónde estaban sus objetos más queridos y colocó su ropa en una de las maletas de viaje que utilizaban para sus constantes escapadas buscando ciudades nuevas en donde amarse. Nunca sospechó que hubiera otro. Desde entonces no cree en el amor, y lo único que salva son esos pequeños recuerdos de las mujeres con las que sale unos cuantos meses o unas pocas semanas. Suele ser él quien pone fin a las relaciones. Tiene miedo a enamorarse. Antes de acabar se queda con algún fetiche que eternice las caricias pasajeras de esas amantes que casi nunca entienden su rechazo justo cuando se estaban acostumbrando a ese hombre solo que a veces mira triste a todas partes. De aquella vez que tuvo que sacarlo todo en menos de una hora se trajo la copa de vino que ella utilizaba cuando se sentaban juntos a improvisar sus pequeñas fiestas entre semana. Le gustaba verla con la copa entre los labios. La besaba lentamente, como si fuesen eternos o como si ese amor nunca fuera a terminarse. Durante estos años que llevan separados, llena esa copa de vez en cuando y recuerda sus besos cada vez que el vino roza sus labios. Acaricia el cristal con mucho cuidado como si recorriera sus senos o como si rastreara cada curva de su cuerpo entre las sábanas. Anoche, al rodar el Ipad, movió esa copa y vio cómo se estrellaba contra el suelo rompiéndose en mil pedazos. Cuando ellos bebían juntos no existían los Ipads y esa foto que quería mirar se la sacó con la cámara que ella le había regalado en su tercer aniversario. Esa cámara también se quedó en la otra casa. La foto ocupaba toda la pantalla mientras él veía los cristales sembrados por todo el salón. Era lo único que le quedaba de ella. No se atreve a besar su foto en la pantalla del Ipad. No todos los cristales guardan la memoria de quienes amamos, y la única vez que intentó besarla solo encontró el frío glacial de las pantallas.

Llevaban meses tratando de dar con él. Cada madrugada, a las cuatro en punto de la mañana, tiraba un estruendoso volador que despertaba a toda la ciudad. Nunca estaba en el mismo sitio, pero el eco atronador llegaba casi por igual a todas partes. La policía Local y la Nacional habían establecido un plan de vigilancia que mantenía desvelados a buena parte de sus efectivos. Los vecinos ya se despertaban cinco o diez minutos antes, como sucede cuando nos levantamos durante mucho tiempo a la misma hora. Se asomaban a las ventanas y colaboraban en la búsqueda del orate que se empeñaba en llamar la atención siempre a la misma hora y con un volador que parecía que no hacía más que recoger el eco del que había sonado la noche antes.
Solo ella sabía lo que estaba pasando. Salieron juntos durante casi tres años, pero él nunca pudo franquear la puerta de su casa. Sus padres trataban de impedir a toda costa aquella relación. La querían casar con alguien que, como mínimo, tuviera el mismo dinero que ellos. Se veían a escondidas y se amaban como ella sabe que jamás la volverá a amar a nadie. Nunca se perdonó lo que hizo. A él lo destinaron fuera de la provincia durante el servicio militar y ella empezó a tontear con el hijo de unos amigos de sus padres que acababa de terminar la carrera de Medicina. Cuando él regresó en el primer permiso ya estaban prometidos. Logró verla. Consiguió trepar hasta su casa como si fuera el protagonista de uno de aquellos libros de amor que leía en la biblioteca pública cuando estaba enamorado. Todos dormían. Ella quiso romper todos los compromisos. Se dio cuenta de que solo le amaba a él, pero no tuvo la valentía de fugarse. A él le daba lo mismo que lo declararan prófugo. Le propuso escaparse al extranjero y empezar una nueva vida juntos. Los dos lloraron. Él le dijo que algún día regresaría a buscarla. Ahora ella estaba casada y tenía tres hijos y dos nietos. Él había ganado mucho dinero y seguía confiando en la fuerza de aquel amor de adolescencia. En aquella despedida sonaron cuatro veces las campanas de la catedral. Alguien le había dicho que lo habían visto por la ciudad desde hacía unas semanas. Aquel volador no era más que el aviso de un abrazo largamente demorado.

Le gustaba viajar en los aviones, disfrutar de la lectura y quedarse dormida de vez en cuando. Solía pedir ventanilla cuando viajaba sola. Casi siempre viajaba sola a todas partes. Apenas tenía amigas y los amores no le duraban como para un viaje. A él, en cambio, no le faltaban amantes a las que invitar a París, a Nueva York o a Florencia. También le sobraba el dinero. Desde niño había vivido entre lujos y caprichos, y con todo lo que había robado su padre cuando estuvo metido en política tenía para vivir varias vidas más sin hacer nada. Ella leía La delicadeza de Foenkinos y cuando dormía soñaba que era Nathalie y que besaba a un sueco casi desconocido en un arrebato de enamoramiento. Era de las que pensaba que los sueños solo se cumplen cuando se sueñan, y que luego solo quedan expectativas o esa concreción de realidades que casi siempre decepciona cuando se toca con los dedos o cuando se siente tan cerca que pierde todo el misterio.
Salieron juntos del avión, él muerto de la risa mientras abrazaba a una rubia con minifalda, y ella en silencio arrastrando su pequeña maleta. Se perdieron de vista cuando la pareja subió al taxi mientras ella esperaba la guagua que la llevaría a la altura de la plaza de la Signoria. Había estado varias veces en Florencia, siempre sola, dejándose llevar por los pasillos de los Uffizi o fijando su mirada en los contornos del David de Miguel Ángel que estaba en la Academia de Bellas Artes. No pudo dejar de escuchar lo que contaban mientras viajaban. Los tenía justo detrás. La rubia le decía que estaba deseando comer profiteroles en Italia y él le hablaba de las discotecas de Florencia. Ella le pidió que le llevara a ver algún partido en el que jugara el portero Buffon, pero él no le prometió nada y cambió de tema. Ella se quedaba dormida de vez en cuando y luego se despertaba escuchando los sueños de la rubia y las promesas del seductor de pacotilla. La primera tarde se dejó llevar por las calles de Florencia y estuvo un largo rato observando el lugar en el que Dante se había cruzado con Beatriz al lado del Puente Vecchio. Solo la vio unos segundos y estuvo enamorado de ella toda su vida. Se acostó en la cama sin mirarse en ningún espejo. Cuando se despertó de madrugada, después de haber soñado que se tropezaba a un hombre bello donde mismo había cambiado el destino de Dante, fue cuando descubrió el estropicio que tenía en el pelo. Alguien había cortado con tijeras su larga melena. En los aviones siempre tenía que tener cuidado porque su pelo quedaba colgando en la parte trasera de su asiento. Él se lo había cortado mientras dormía. La rubia que le acompañaba le había dejado las tijeras y ahora salían de una discoteca muertos de la risa mientras la recordaban arrastrando su pequeña maleta por los pasillos del aeropuerto de Florencia.

Supo que había vuelto antes que nadie. Lo notaba en el aire que respiraba, en el color del cielo y en el temblor de sus propios pasos cuando tenía que decidir su destino entre dos calles. Sabía que él estaba cerca. Podía estar encerrado en una cafetería o en una habitación de algún hotel cercano; pero estaba en la ciudad, eso lo sabían sus poros y su repentina melancolía, y también los abrazos que estaba deseando darle. Nunca se lo podría decir a nadie. No podían saber que ella sabía que había regresado ni tampoco que deseaba abrazarlo con toda su alma.
Caminaba hacia la guardería para recoger al más pequeño de sus nietos. No había parado de llorar los primeros días. Con sus hijos llevó mejor ese robo diario de la inocencia que tiene lugar en las aulas. En aquellos momentos ni siquiera había periodos de transición. Los dejaba llorando en un zaguán y venía a buscarlos muchas horas más tarde. A su nieto lo iban dejando cada día un rato más, y era ella la que se encargaba de ir a liberarlo de ese encierro que el pequeño ya casi presentía que iba a durar muchos años. De alguna forma, todo lo que vivimos no es más que un presentimiento. No importa que luego no recordemos. Ella sabía que él estaba cerca. Se habían separado hacía treinta y cinco años; pero no había día en que no lo recordara. Le acompañó al aeropuerto aquella mañana. Quería ser pintor y vivir en París. Le prometió que vendría a buscarla cuando triunfara. Nunca ha leído su nombre en ninguna parte. Algunos lo daban por muerto. Solo escribió cuatro cartas el primer año. Conoció al que ahora es su marido tres años después de aquella partida. Se estrenaba como juez en su ciudad, y aquí se ha quedado desde entonces subiendo cada año un poco más en el escalafón judicial. Nunca le ha comentado nada de aquel hombre que se fue un día buscando la gloria artística a París. No sabría qué hacer si lo reconociera por la calle. Él está en la ventana de uno de los pisos altos del hotel más céntrico de la ciudad. La ve caminando con su nieto entre cientos de personas. Ella sabe que le está mirando. Se suelta el pelo y deja que el flequillo se mueva como a él le gustaba pintarlo. No pinta hace muchísimos años; pero logra trazar en el aire una pincelada que atrape ese movimiento de sus cabellos alborotados por el viento del océano cercano. Una mujer extranjera, más o menos de su misma edad, le pide que cierre la ventana. Ella levanta la cabeza un momento y mira hacia el cielo mientras su nieto le repite una y otra vez el nombre de la primera amiga que ha conocido en el parvulario.

Se dijeron que era mejor quedarse en los reflejos. Estaban sentados en el vagón, uno al lado del otro, camino del aeropuerto. Se miraban a los ojos en el cristal que tenían enfrente. Se sonreían, tristes, pero con esa luminosidad que mantienen siempre a salvo los enamorados. Ella se marchaba lejos después de muchos en Madrid. Volvía a Chile. Él no podía dejar el trabajo en el banco. Su entidad había ido cerrando todas las oficinas en América y no tenía posibilidad de traslado. Ella se iba a incorporar a la plantilla de un nuevo canal de televisión en Santiago. Había terminado el doctorado en Periodismo en la Complutense hacía más de diez años y en todo ese tiempo solo había podido trabajar esporádicamente en algunos proyectos. No la llamaban de ninguna parte desde hacía tres años.
Se prometieron hablar diariamente a través del Skype, pero los dos sabían que la distancia no era nunca una buena aliada para el amor. Mirándose en los cristales del otro lado del vagón, ella le dijo que se imaginara que estaban muertos y eternamente juntos, y que no olvidara jamás ese momento. Él extendió su mano como para acariciar su reflejo, pero solo encontró el espacio vacío de un triste vagón mañanero de la línea 8 del Metro.
Los pocos viajeros que iban con ellos les miraban con extrañeza, pero ya hace tiempo que nadie se sorprende por nada en ninguna parte, sobre todo en los metros de las grandes ciudades en donde la gente habla sola cada vez más tiempo o mira con tristeza el paso de la vida por cada una de las paradas que va dejando atrás a medida que el tren avanza.
Se bajaron y vieron cómo sus caras también se alejaban del cristal, aunque nunca podrían llegar a saber si realmente se marcharon con ellos. Ella volvió a insistir cuando subían las escaleras mecánicas del aeropuerto: "Imagina que nos quedamos para siempre como esos reflejos, eternamente juntos, mirándonos, sonriendo, mientras los demás entran y salen del Metro sin saber que estamos amándonos en todos los trayectos". Él regresó solo por debajo de la tierra mientras ella volaba lejos por el cielo. Miró el cristal y solo encontró su propia tristeza. Entonces recordó las palabras de ella. Se sonrió y vio el reflejo de su risa entre la gente. De alguna manera entendió que los amores solo se vuelven eternos en los viajes de ida, cuando aún podemos encontrar la mirada del otro en el espejo. Después solo quedan los recuerdos, o el consuelo de que sigan recorriendo eternamente sus propios trayectos.

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