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Archivos Septiembre 2013

A veces el océano no es más que un eco de caracolas que uno recrea en la memoria de algunos versos. Hay poetas que resuenan como las olas y que se van adentrando en las orillas de nuestros recuerdos como mismo suben las mareas que cubren las peñas que creíamos a salvo de las aguas. A Pablo Neruda le debemos mucho mar y mucha música poética. Me veo en el instituto de Guía como un adolescente que no sabía qué es lo que iba a terminar haciendo en la vida. A esa edad uno está para enamorarse y para rebelarse vehementemente. Casi todo lo que te enseñan se va olvidando a medida que apruebas los exámenes y que pasas de curso; pero Neruda, al que entonces también memorizábamos como Ricardo Neftalí Reyes, no llegó para ser ave de paso en aquel descontrol de hormonas y de sueños.
Recuerdo el impacto de Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Eran los versos que esperábamos para contarle al mundo lo que muchas veces estábamos sintiendo. Me sucedió algo parecido con Bécquer, con Juan Ramón Jiménez o con Antonio Machado. De repente descubrías que alguien también estaba desesperado por no ser amado o que se sentía tan solo como los muelles cuando atraca la tarde. También le debo a Neruda algunos de mis primeros besos de amor. Recuerdo memorizar muchos de sus poemas para buscar acercamientos amorosos. Luego, con el paso del tiempo, uno deja de memorizar versos porque de alguna manera aprende que todo lo que emociona se queda siempre a salvo en algún lugar recóndito de esa caja mágica de sorpresas que es a veces el cerebro cuando se le va alimentando de emociones y de intensas vivencias.
La Isla Negra podía ser cualquiera de aquellas playas de juventud a las que llegábamos como náufragos buscando en los rompientes de las aguas las respuestas que no hallábamos en ninguna parte. Da lo mismo que uno mire al Pacífico o al Atlántico cuando escribe porque todas las orillas están unidas por los mismos interrogantes. Pasó el tiempo y llegaron otros versos de Neruda, su Canto General de habituales regresos o las memorias que tanto cuentan de una época convulsa en la que los poetas se lanzaban al mundo a tumba abierta. También recuerdo que con Neruda quedé fascinado para siempre ante cualquier mascarón de proa. Muchas veces nos parecemos a un gran mascarón de proa que busca su propio horizonte antes de que llegue el resto del barco a conquistar las estelas machadianas que dibujan nuestros caminos en la mar. Me quedo con su poesía. Gracias a él muchos acabamos siendo poetas sin haber pensado nunca en escribir un verso. Descubrimos que llega un momento en la vida en el que solo tiene sentido lo que logra que el tiempo no sea solo sucesión de segundos que no llevan a ninguna parte. Seguiré buscando siempre, detrás de cada palabra y de cada mirada, con las mismas intuiciones que aprendió aquel adolescente enamorado a tirar todas las redes sobre los rastros de unos ojos oceánicos. Un poeta no muere ni siquiera cuando hace ya cuarenta años que lo han enterrado. Si acaso fallece cuando se le olvida o cuando sus versos languidecen por cursis o por vacuos.


Este artículo fue publicado ayer en el Pleamar de Canarias 7.



Yo nací para estar en la playa todo el día. Si pinto es porque no me queda más remedio. En Majorstua atardece cada vez más temprano y en muy poco tiempo todo estará cubierto por la nieve. De niño tuve la suerte de no ir al colegio. Me educaron mis padres cerca de las playas. Todos pensaban siempre que éramos extranjeros de paso. Nunca estaban más de un mes en ninguna parte. Recorrimos casi todas las islas de Canarias durante doce años. No tenía hermanos. Ellos vendían pendientes, pulseras y collares con pequeñas conchas y con piedras de colores que yo les ayudaba a buscar por la costa.
No tenía tiempo de hacer muchos amigos. Jugaba con niños extranjeros que también estaban de paso o con los isleños que se escapaban del colegio o que venían a jugar a la arena cuando no tenían clases. Era feliz entre la espuma de las olas. No teníamos nada, pero disfrutábamos de la libertad y de cada segundo de nuestro tiempo. No creo que otros niños hayan podido estar tanto tiempo cerca de sus padres. Nunca le perdoné a mi abuelo lo que hizo. Denunció a mis padres por desatención y por no llevarme a ningún colegio. Fue un escándalo que salió en los periódicos de las islas y aquí en Noruega. Me trajeron a la fuerza y me internaron en un colegio durante años. Luego me dijeron que mis padres habían muerto. Los encontraron muchos días después de haber fallecido ahogados en la zona de Cofete, en la isla de Fuerteventura. Yo siempre he pensado que se dejaron morir después de perderme. Estuvieron un tiempo detenidos e intentaron que volviera con ellos, pero las autoridades impidieron una y otra vez ese reencuentro. Aparecieron en todas partes como unos locos irresponsables. Yo les quería mucho.
Terminé los estudios y no he querido volver nunca a Canarias. Me encerré en esta casa de Majorstua en la que vivo ahora y solo pinto lo que recuerdo que viví de niño. Los noruegos se vuelven locos con la luminosidad de mis cuadros y pagan dinerales por ellos. Vivo pintando mi propia nostalgia. Solo cuando todo está nevado salgo alguna vez a las calles y trato de recordar la espuma de Famara, de San Agustín o de Jandía. Dejo que mis pies se entierren en la nieve y cierro los ojos recordando el sonido de todas las playas de mi infancia.


Esta tarde, a partir de las 19:00 horas, estaré en la Biblioteca Pública de Las Palmas, junto a la estación de guaguas, participando en un encuentro con aquellos lectores que quieran acercarse a pasar un buen rato y a intercambiar opiniones sobre la literatura, la vida y los tiempos que transitamos. Quedan todos invitados.

La niña desnudaba las muñecas y las tiraba desde el banco de la plaza. Su madre le contó a una señora que estaba a su lado que para ella el pavimento era una gran piscina. Las miraba siempre como si estuvieran nadando. Luego cogió un bolígrafo y comenzó a dibujar rayones en un gran cuaderno de papel. Cada una de las rayas iba representando a alguien. Un recta era su madre, un tirabuzón su hermano y un círculo inconcluso decía que era su padre. Su perro era una especie de estrella. Su madre le contó a la amiga que su perro había muerto hacía una semana y que desde entonces la niña casi no hablaba.
Cuando dibujaba pasó un mendigo indignado porque en la cafetería que estaba junto a la plaza no le habían dado un poco de mantequilla para el pan que estaba comiendo. No entendía que ni siquiera fueran capaces de ofrecerle uno de esos envoltorios diminutos que ponen en el desayuno junto a la mermelada. La niña miró al mendigo que casi se atragantaba comiéndose el pan sin acompañamiento alguno. A su alrededor empezaron a posarse decenas de palomas. Él les iba lanzando migas después de amasarlas un poco entre sus dedos. La niña se acercó rápido a recoger las muñecas. El mendigo le dijo que no se preocupara porque las palomas no comen muñecas. La niña no tendría más de dos años. Sin que nadie lo esperara se acercó a mi banco y me dijo que me había dibujado. Era una especie de sombra sin nada en medio. Yo pensaba que cuando estabas muerto no te veía absolutamente nadie. Su madre le preguntó que quién era esa sombra y ella señaló justo hacia donde yo estaba sentado. Le comentó a la amiga que su hija era una niña rara que decía veía gente como mismo era capaz de estar viendo una piscina en medio de la plaza.

Al final lo único que vale la pena es la manera en que uno encare los días que está por el mundo. Yo hace tiempo que dejé de preocuparme por lo que carece de importancia. Busco la poesía de la mirada, del mar, de las casas coloreadas de las ciudades portuarias y de las mujeres de ojos grandes. Debía tener veinte años cuando empecé a leer a Álvaro Mutis, y desde entonces me daría inmediatamente la vuelta si escuchara el nombre de Maqroll. Me convertí en gaviero.
La literatura es una forma de ser y de estar en el mundo, la épica de los perdedores que acaban ganando la partida a la grisura de los días laborales y a las horteras luces de neón de los escaparates. Ser un gaviero es no tener patria, ni ataduras, ni más melancolía que la de la felicidad de poder reconocer la lentitud de todos los pasos. No he dejado nunca de buscar los ojos de Ilona cuando aparece la lluvia.
Mutis tenía que marcharse cuando llegara el otoño. Estaba escrito hacía muchos años. Hoy los gavieros lanzamos cenizas de palabras tristes al mar de las nostalgias. Buscaremos puertos escondidos al final de la tarde para tomar algún trago en una taberna acogedora y cálida. Y mañana seguiremos oteando el horizonte primero que nadie. Se confundirán con nuestro aspecto decadente y nostálgico. Pero nos da lo mismo lo que piensen los otros. Los gavieros solo estamos a salvo navegando.

Cada uno tiene sus manías. Todas las mañanas observa a un ejecutivo que viene a caminar sobre las letras del STOP que está en su calle. Apenas hay tráfico. Llega en su coche desde otra zona de la capital, se baja, rodea la palabra y se marcha. Solo deja de venir los fines de semana. También se ha fijado en una mujer que cada dos por tres, cuando camina, sube las piernas como si fuera un caballo trotón. Se conoce que ni ella misma se da cuenta de lo que hace y que intenta evitar el trote cuando ya es demasiado tarde.
Pero donde de verdad aparecen todas las manías de la gente es en la playa. Parece como si al desnudarse tuvieran que improvisar algún automatismo para no sentirse vulnerables. Los ve llegar a la pared cuando se echan a caminar para bajar el colesterol o generar endorfinas que les salven de la selva urbana. Unos la tocan con las manos, otros con los dedos de los pies o con el talón, los hay que ponen la cabeza, algunos rezan, e incluso hay uno que se frota la espalda como si fuera un oso. La gente aparentemente está cuerda, pero quizá porque nadie se fija en lo que hace el otro. Hacemos cosas raras. Ese mismo hombre que se pone a mirar lo que hacen los otros cuando llegan al final de la playa escoge cada día una palabra y no para de repetirla todo el rato. Esa palabra aparece en un libro, en el periódico, en una publicidad que ve por la calle o cuando escucha la radio o ve la tele. No importa el idioma, lo que le vale es que suene para agarrarse a ella como a un mantra que le salve.
La repite sin que nadie se dé cuenta, y si hay gente delante se limita solo a pensarla. Hoy le ha tocado a la palabra ashtray. Se la escuchó esta mañana a unos turistas que salían de uno de los cruceros que ya empiezan a arribar al puerto de la isla. No sabe qué significa pero le gusta cómo suena. La playa está llena de colillas por todas partes, y los días extraños él se siente ceniza desde que sale de la cama. No sabe inglés. Tampoco sabe lo que realmente le pasa. Siempre tuvo manías, como casi todo el mundo; pero ahora están siendo cada vez más raras. Repite ashtray y se siente como el tabaco que se quema en el fuego de una calada. También pide un cenicero y deja que sea el tiempo el que termine de consumir su cigarro.

No sabía si una novela le gustaba hasta que se despertaba al día siguiente. Decía que los únicos libros que valían la pena eran aquellos que lograban colarse en los sueños. Se levantaba siempre sin saber dónde estaba. Había cambiado muchas veces de cama, de casa y de ciudad. No le gustaba dormir acompañado. Para orientarse dejaba un rastro de frutas. Dependiendo de la época del año sembraba mangos, guayabas o papayos por el suelo. Si podía elegir, se decantaba por las frutas tropicales. Le devolvían sobre la marcha a la infancia, cuando se despertaba en casa de sus padres o de sus abuelas y medio somnoliento salía a los pequeños jardines con flores y con algún árbol frutal en el centro del patio.
Hoy se ha despertado recordando casi todos los sueños. Eran de arena negra. Llevaba dos días leyendo una novela de Juan Carlos Méndez Guédez en la que casi se iba reconociendo en cada página. Había mar, ausencias, soledades, miedos, amores complicados y ciudades que conocía por haber vivido o por haber escuchado mucho de ellas: Puerto de La Cruz, Barquisimeto, Madrid o ese París al que nunca había podido llegar habiendo estado siempre tan cerca.
La novela ya estaba concebida como un sueño. También se reconocía en muchas de las obsesiones y de las búsquedas. Esos libros que luego siguen creciendo cuando dormimos son realmente los que jamás se olvidan y los que acaban confundiéndose con la propia vida, y, llegado el caso, valen mucho más que algunos días de nuestra propia existencia. Esa mañana le había costado encontrar el interruptor del pasillo y se había ido tropezando con las paredes. Se orientaba por el olor de unos mangos medio pasados que había conseguido a última hora en una tienda de chinos que no cerraba hasta la madrugada. No sabía qué hacer en ese lugar ni tampoco por qué había llegado. El libro lo compró antes de coger el tren en la ciudad en la que había vivido los últimos cinco años. Hoy saldrá a buscar trabajo. En la pensión ha de compartir el baño. Recuerda muchas de las frases de la novela. No le gusta lo de prosa poética. No concibe la prosa sin poesía, y viceversa. Eran como relámpagos en medio de una tormenta, decenas de frases con vida propia y con toda la fuerza de los buenos versos. Y luego estaba el extravío de todos los personajes, y esa sensación de no pertenecer nunca a ninguna parte después de que te alejan de los juegos de la calle. Relee un par de páginas del libro. Sabe que es una novela que tendrá muchos regresos, uno de esos viajes que nunca acaban porque logran colarse en la improvisación sorprendente de los sueños. Arena negra, la misma que él pisaba de niño en las playas de su infancia, en Agaete. Nunca lograba deshacerse de ella. Los pies quedaban siempre enterrados entre sus propias huellas.

Arena Negra. Juan Carlos Méndez Guédez.
Editorial Casa de Cartón. 89 páginas.

La había soñado hacía más de treinta años y sabía que algún día se terminaría encontrando con ella en alguna parte. Preparaba un examen de Derecho Internacional, era septiembre y recordaba la luna llena que había visto desde la orilla de la playa poco antes de acostarse. No le dijo a nadie que la había visto; pero al día siguiente dejó a la novia con la que todos pensaban que se acabaría casando, abandonó la carrera de Derecho y se fue por el mundo a tratar de tropezarse con ella. Vivió en más de diez países sin encontrarla, hasta que llegó un momento en que se conformó con haberla podido amar solo en sueños. Dejó de buscarla en todas las mujeres que se iba tropezando por las calles. Se casó, se separó, tuvo nuevos amores, un buen trabajo y una vida más o menos afortunada.
Apareció cuando casi no se acordaba de ella. Los dos estaban esperando las maletas en la misma cinta del aeropuerto. Ella llegaba de Sydney y él acudía a una importante reunión de su empresa. Apenas hablaron. Subieron al mismo taxi, se besaron entre las calles de Londres y se amaron desesperadamente en la habitación de su hotel. Ella le contó que había soñado con su cara en una noche de septiembre de hacía más de treinta años. Ahora él se afeita frente al espejo. No sabe si es un sueño o si realmente se está mirando. Tiene miedo a no encontrarla cuando salga del baño.

Pelaba las mandarinas como si tuviera todo el tiempo del mundo. Acariciaba la piel con ternura y luego la arrancaba pensando siempre en sus cosas. No tenía nada qué hacer por la tarde y desde que era niño le había gustado alargar el mediodía. Las mandarinas le sabían a otoño; pero sobre todo le recordaban los regalos que había ido abriendo a lo largo de su vida. Lo de menos era el sabor, si estaba agria o dulce. Le gustaban los prolegómenos, la espera, ir acercándose poco a poco a la pulpa, rodeándola, tocándola con los dedos como cuando acariciaba un cuerpo amado.
El tiempo le había regalado la paciencia que ansiaba en la vorágine de los treinta años. No se inmutaba por nada porque intuía que a los ochenta la vida se podía acabar en cualquier instante. Con el pulso tembloroso la mandarina cambiaba de mano brillando como una estela cuando comía cerca de donde el sol seguía el rumbo del ocaso. A pesar de su impaciencia, cuando era niño se recuerda demorando igual la apertura de todos los regalos. Los niños intuyen que lo importante es la espera en la que se sueña lo que luego la realidad suele convertir en morralla. Ellos creen que no recuerda nada y que la mirada perdida cuando aparta las cáscaras no es más que otra evidencia del extravío senil de su memoria. No saben que solo está esperando alguna sorpresa y que se demora para que la realidad llegue lo más tarde posible a dejarle nuevamente en evidencia. Siempre aparece alguien que repetirá su nombre con un diminutivo y que se empeñará en sacarlo al jardín recordándole el nombre de las flores que irá encontrando durante el paseo. No recuerda la palabra geranio cuando se la repiten estirando cada sílaba muy despacio; pero se acerca a las flores y las huele como si estuviera reconociendo las caras de todos los que estuvieron a su lado cuando jugaba de niño entre las macetas de la casa de su abuela. Si pudiera hablar diría que de la vida solo quedan algunos olores que nos orientan cuando todos creen que nos hemos extraviado entre nuestras propias sombras. Casi siempre deja la mandarina pelada en el plato. Si acaso mastica desganadamente algún gajo para no olvidar el sabor del otoño.

Uno nunca se llega a conocer a sí mismo. Tampoco conoce la ciudad en la que vive. Había cambiado varias veces de ciudad y de país en muy poco tiempo. No sabía qué buscaba, pero sí creía tener claro lo que no estaba buscando. No quería ataduras ni amores eternos. Se conformaba con muy poco y asumía el juego del dinero como un mal inevitable para seguir viviendo y seguir viajando.
Trabaja en lo que va saliendo. Ha descargado fruta en los muelles al amanecer, ha fregado platos en grandes hoteles y en restaurantes de medio pelo, ha vigilado obras ilegales en la madrugada y ha repartido toda clase de publicidad de puerta en puerta por las calles. Nunca ha tenido casa propia. Desde que salió del último piso de acogida a los dieciocho años ha ido dando tumbos de un lado para otro. Jamás se ha metido en líos. Es un gran observador y un tipo silencioso. Le gusta leer y apenas ve la televisión. Conoce las bibliotecas de las ciudades que habita mejor que sus calles y que su propia conciencia. Habla varios idiomas y le tiene un pánico atroz a los dentistas. Sus padres murieron en accidente de tráfico cuando él tenía seis años. Eran unos suecos que también estaban siempre de paso. No dieron con sus familiares y lo tuvieran toda su infancia cambiando de piso y de proceso de integración. Una vez, a los nueve años, vivió con un matrimonio que no había podido tener hijos. La mujer nunca lo quiso y encima él no hablaba absolutamente nada. Solo estuvo cinco meses. Finalizó los estudios de Primaria. Era un magnífico estudiante, pero los responsables sociales de entonces decidieron que era mejor que se formara en un empleo y no le dejaron seguir cursando el bachillerato. Estuvo un par de años preparándose para reparar motores de barco, pero no acabó esa formación. No le gustaba el olor a grasa y se hacía un lío con los tornillos y los cables.
Le gusta viajar en tren. Con sus padres recuerda que vivía en una caravana blanca que siempre estaba aparcada cerca de alguna playa. No vive nunca en ninguna ciudad con mar porque el azul intenso del verano le recuerda los ojos de su madre. Apenas la conoció, pero sí recuerda que era inmensamente feliz. No guarda nada. Solo lleva un petate con su ropa y algún libro que devolverá en la biblioteca de la ciudad en la que esté de paso. Le gusta mover los libros entre las ciudades y cambiar el destino de las historias como mismo cambia el suyo cada mañana.
No se lo comenta a nadie, pero siempre ha visto ángeles por todas partes. Solo se queda en aquellos lugares en los que reconoce seres alados en medio de la gente. Los ve desde que era niño y murieron sus padres. Y cuando deja de verlos recoge sus cosas y se va a la estación a coger el primer tren que salga. Casi nunca se despide en los trabajos. Y solo se detiene cuando llega a una ciudad y los ve nuevamente en los escaparates o sentados en los bancos de los parques. Se siente tranquilo rodeado de ángeles.

En este pueblo hay mucha gente rara. No se sorprenda si al salir a la calle nadie le mira a los ojos. Ni siquiera se miran unos a otros. Hay mucho rencor acumulado en casi todas las miradas. Los lugares pequeños solo son idílicos para la gente que pasa de largo.
Tengo esta pensión porque la heredé de mi abuelo y de mi padre. Yo de joven quería vivir lejos, pero luego me fueron enredando con los miedos y los compromisos y terminé quedándome. No es un buen negocio porque todo el que llega desea marcharse sobre la marcha. No debería contarle esto. Mi esposa dice que así solo espanto a los cuatro despistados que aparecen por aquí.
No hay nada que ver ni nada que buscar, y usted habrá comprobado cómo está la carretera. Apenas se puede circular y uno se la juega en cualquiera de esas ciento veinte curvas que van serpenteando alrededor del acantilado. Cuando yo era niño la carretera estaba mucho mejor y nos entreteníamos enumerando cada una de esas curvas. No tenemos fiestas. Dejamos de celebrarlas cuando se nos quemó la iglesia con todos los santos. Todos sabemos quién fue el que provocó el incendio. Aquí nos castigamos dejando de mirarnos. No hay mayor condena que no ser observado. Hablamos poco, pero siempre a una cierta distancia y virando la cara hacia otro lado. Yo era más de dejar de dirigir la palabra, pero me quedé tan solo en mi silencio que preferí que no me miraran.
En el fondo soy un tipo con suerte porque puedo conversar con las pocas personas que van llegando. Ya sé que usted no me ha hecho nada; pero con el paso del tiempo me veo incapaz de mirar a alguien mientras hablo. Al principio resulta extraño, pero luego te acostumbras. Uno se acostumbra siempre a todo, es cuestión de días o de meses, y si no lo haces tienes que huir o asumir tu locura. Yo lo que sí mantengo a salvo siempre es mi pensamiento. Me lo enseñó mi padre. Puedo hablar con usted pensando en otra cosa. Trato de concentrarme en bellas imágenes porque nunca sabe uno cuando la terminará palmando. Mi padre decía que al morir solo seremos lo último que estemos pensando. No sé si tenía razón. No me debe nada. Se puede marchar. Me da pena la cara de asustado de su hijo. Nunca debería haber llegado a un pueblo como este. Aquí dejamos de tener niños desde que dejamos de mirarnos. El último de nosotros que logró marcharse lejos nos dijo que éramos un pueblo muerto. Era uno que estaba todo el día leyendo. La última noche se emborrachó y fue gritando por todas partes la palabra Comala. Nunca ha regresado. Se apellidaba Rulfo. Lo recuerdo siempre como un niño solitario.

Si pudiera volver a elegir habría preparado otras oposiciones. Sería notario, abogado del estado o secretario judicial; pero en su caso no había opción para la duda. Su padre y su abuelo habían sido jueces, y a él ya casi le tenían asignadas las puñetas y la toga desde que estaba en el vientre de su madre. Era hijo único, por lo que apenas contó con posibilidad de escapatoria. Tampoco fue nunca un niño rebelde. Aprobó con sobresaliente todos los años, fue a la universidad y sacó las oposiciones al primer intento.
Casi se viene abajo todo el proyecto cuando estuvo a punto de ahogarse siendo niño en una playa del norte de Gran Canaria. Lo vio su abuela cuando ya estaba hundido bajo el agua. Lo sacaron, vomitó agua y todo quedó en un susto; pero nadie recordaba a quien lo había salvado. Apareció milagrosamente y nadó hacia donde la abuela señalaba que había visto al niño. Luego desapareció en medio del caos. Hoy tiene una guardia complicada. En carnavales y con luna llena casi todas las noches son tremebundas e interminables. Sale lo peor de los peores seres humanos. A ese tipo ya lo habían detenido una docena de veces. Siempre por robo o por meterse en toda clase de follones. Lleva más de veinte años enganchado a la heroína. Daba igual lo que le preguntara porque le iba a responder siempre lo mismo. Conocía las leyes mejor que él y sabía que en tres días estaría en la calle.
Pero esta vez el destino le iba a poner delante de todo su pasado. Ese yonqui de mirada desafiante y piel sucia y mal tatuada le dijo que una vez le había salvado la vida. Le contó cómo lo sacó del agua y cómo lo dejó en la orilla después de hacerle la respiración artificial. Tenía ocho o nueve años más que él. Había aprendido primeros auxilios en el cuartel y en aquellos días se encontraba de permiso en la isla. Aún no había probado la heroína. El juez sabía que jamás hubiera estado donde estaba si aquel desecho humano que le miraba desafiante no lo hubiera sacado del fondo del océano. Él sí que no podía hacer nada para salvarlo. Esa noche no pudo dormir ni le contó lo que había sucedido a su mujer. Pensó en la vida, en esos cruces de camino que tantas veces cambian todos nuestros planes, en toda esa gente que nos tropezamos por la calle sin saber si alguna vez acabarán salvándonos.

Hay libros que llegan a nuestras manos de forma azarosa. Así apareció hace unas semanas La sombra de Naipaul, un prodigioso texto de casi quinientas páginas escrito por Paul Theroux. Lo compré en una tienda de libros de segunda mano atraído por un comentario de Vargas Llosa que aparecía en la solapa. Había leído otras cosas de V.S. Naipaul, sobre todo El enigma de la llegada, un texto imprescindible para todos los insulares que alguna vez abandonaron la isla buscando la gloria literaria o queriendo ver más allá de esos horizontes que si no se dejan atrás de vez en cuando pueden convertir en grotescos licenciados vidrieras a quienes se quedan mirándose el ombligo como si no hubiera más ombligos ni más fronteras. Hay que viajar lejos, tanto con las lecturas como por los cielos, los mares o las carreteras para evitar tentaciones peligrosas y excluyentes.
En el libro de Theroux, un autor al que pienso leer a partir de este momento, rastreas los entresijos de la amistad, de la admiración literaria y de los desencuentros; pero sobre todo te asomas al alma de uno de los más grandes autores contemporáneos. Se cuentan manías, resquemores, miedos y toda esa panoplia que va conformando la personalidad de cualquiera que se enfrente cada día a la soledad de la página blanco. Ayer nos contaba Juancho Armas Marcelo que estuvo cenando con Theroux en Madrid hace unos años y que era un gran tipo, y que por estas cosas de las casualidades lo conoció además porque le tocó presentar este texto sobre el genial escritor caribeño de origen hindú. Esa suerte me ha permitido conocer mucho más detalles de los que aparecen en el libro, y además me sirve para reafirmar que las grandes amistades y las lealtades sin dobleces acaban saltando por encima de todas las pequeñas confusiones pasajeras. La sombra de Naipaul debería ser lectura obligada para todos aquellos que sueñen con ser novelistas, y más aún para quienes estén gestando esos sueños en desorientadas islas que no se aclaran nunca con sus propias identidades. Algunos no entienden que la única patria de un isleño es el mar, y que este, como las palabras, solo se concibe desde lo universal y lo polisémico.


Todo era realmente fácil cuando pintaba. Podía crear el mundo que quería y darle forma a todos los cuerpos que habría querido que la abrazaran. Mientras pintaba era feliz. Incluso le robaba horas al sueño para que las pesadillas no interfirieran en aquellos trazos que dibujaban los únicos paisajes en los que se sentía a salvo de todos los fracasos. Los demás no vieron nunca lo que ella escondía entre los colores y los reflejos de las formas que plasmaba en los lienzos o en los cientos de bocetos que tenía sembrados por toda la casa. No buscaba ni la gloria ni la fama, y le daba lo mismo lo que los otros pensaran de sus cuadros. A mí me gustaba observarla cuando creía que nadie la estaba mirando. En sus ojos se asomaban siempre intensos brillos de lejanos y sorprendentes viajes. Uno comprendía el arte cuando la veía pintar como si solo tuviera sentido su próximo trazo.

Todo lo que nos rodea es una señal por la que casi siempre pasamos de largo. También las pérdidas, los arrastres de la mar de las ausencias y el tiempo que no se detiene a esperar nunca a nadie nos dejan muchas veces desarmados. El poeta Joan Margarit ha escrito uno de esos libros a los que uno sabe que va a volver muchas veces a lo largo de su vida. Sus versos se enfrentan cara a cara a su propia pena para tratar de entender y de sobrevivir. No busca salvarse; tampoco juega a dar consejos ni se pierde por ningún camino lastimero. Escribe como mismo se transita cuando atravesamos zonas de penumbra. Esa señal que ha perdido el poeta es la que, paradójicamente, nos va avisando de muchas de las pistas necesarias que olvidamos mientras caminamos sin saber siquiera que estamos andando. Hay preguntas sin respuestas y penas del alma que no hallarán consuelo en ninguna parte. Por eso es inevitable la poesía. La escritura no es más que el bastón que nos queda para evitar los golpes inesperados. Todas las intuiciones tienen que ver siempre con el abecedario.


Se pierde la señal. Joan Margarit
Visor Libros. 170 páginas. 12 euros.

La psicóloga le envió un mensaje para confirmar la hora de la cita que tenía al día siguiente. Hacía más de un año que le había dado el alta; pero sí recordó que habían quedado en verse de vez en cuando para hacer un seguimiento. Acudió a ella cuando perdió el trabajo de la noche a la mañana, y desde que se había reincorporado a un nuevo empleo se había ido recuperando poco a poco. Al final de lo menos que hablaban en las terapias era de su situación laboral. Todo acababa desembocando siempre en su relación matrimonial y en los muchos miedos que había acumulado con los años. Casi se separa después de tres lustros de matrimonio, pero se salvó del divorcio porque con el nuevo trabajo apenas coincidía con su mujer los fines de semana.
La psicóloga se dio cuenta de que no era a él a quien esperaba cuando a la misma hora llegó un paciente con su mismo nombre. Atendió al nuevo mientras él esperó hojeando algunos de los libros de autoayuda que había leído durante la terapia. No supo nunca que el otro se llamaba como él y que había contado su misma historia. Había dejado a su mujer y se había fugado con la psicóloga. Él seguía esperando pacientemente en la sala. No lo veía nadie. Tampoco sabe en qué habrá parado la historia de amor de los fugados. Tiraron algunos tabiques y abrieron un bufete de abogados. Se niega a aceptar que es un fantasma. Su ex mujer ha aparecido para tratar el tema de un dinero que había ido escondiendo durante los años que estuvo casada. Al final se terminó liando con el abogado justo en el mismo sillón en el que él aún está esperando. No pudo evitar que se le escaparan unas lágrimas. La señora de la limpieza pensó que eran restos de sudor y no preguntó nada antes de secarlas.

El uniforme en el espejo era el final de todos los veranos. Casi no te dabas cuenta de que regresabas al colegio porque solo andabas pendiente de reencontrarte con los amigos; pero tras el primer recreo ya sabías que comenzaba esa sucesión de horarios, nervios de exámenes, represión de risas y temerosas salidas a la pizarra. Allí comenzaba todo aunque no nos diéramos cuenta.
Estaba el maestro vocacional que te cambiaba el destino, pero también descubrías la impotencia ante el profesor malvado o ante los compañeros que se valían de la fuerza para mandar en todos los escenarios. Hoy veo a otros niños cargando mochilas por las calles. Hasta hace un par de días los veía camino de la playa o jugando con el balón hasta las tantas en la plaza. No dicen nada, y ni siquiera se quejan porque ya saben que nadie les salvará de las largas horas en el aula. Creo que no hemos dado con una manera de enseñar y de transmitir valores que no implique una pequeña infelicidad diaria. Y encima ahora lo poco que habíamos avanzado lo vuelven a echar abajo quienes nos quieren dóciles y uniformados. Hay dos mundos en esa vuelta al colegio: el de los que tienen dinero y aprenden varios idiomas en aulas con pocos estudiantes y el de quienes cada vez han de convivir con más alumnos dentro de una clase y con peores medios y prestaciones docentes. Los que ahora mandan tienen claro dónde está el negocio y dónde hay que seguir recortando para que el futuro vuelva a ser solo de unos cuantos. Los niños apenas se enteran de lo que está pasando; pero sin saberlo ya están aprendiendo mucho de lo que les espera en una sociedad cada día más perversa e insolidaria.

No se queja nunca, y tampoco sabe si tiene motivos para quejarse. Se dedica a vivir con lo que tiene y a disfrutar de las pequeñas cosas que le va regalando la vida. Enviudó hacía diez años y no tiene hijos. Se levanta temprano, sale al mercado como quien va al trabajo, tanto para comprar como para saludar a los habituales, desayuna, lee el periódico en un bar cercano, se prepara algo para almorzar, duerme la siesta y ve un rato la tele, y a última hora de la tarde coincide en la plaza con otros viejos solitarios. A muchos de ellos los conoce desde niños. Yo los escucho cuando saco al perro a última hora. Hablan cadenciosamente, sin alterarse cuando se refieren a temas políticos o deportivos, y con muchos silencios cómplices atendiendo al sonido del agua de la fuente o a las sombras de los grandes árboles. Me tranquiliza encontrarlos cada noche en el mismo sitio. Nos saludamos desde la distancia. Ni siquiera conozco el nombre de alguno de ellos, pero los echaría de menos si no los encontrara. Me gusta el sosiego con el que han llegado a la vejez y esa ritualidad diaria que les convoca cada noche en el mismo banco de la plaza.


Siempre han estado esperando a que te caigas para venir a recordarte que ibas demasiado rápido, demasiado lento o demasiado despistado. Se te ponen delante y te dicen que no es cosa suya y que lo hacen porque te estiman; pero una y otra vez te descorazonan con sus consejos a posteriori o con sus catastrofistas pronósticos cada vez que se te ocurre cambiar el guión aparentemente marcado de tu vida. Estoy con el poeta Federico J. Silva cuando dice que el destino baraja las cartas, pero que tú las juegas, o cuando recomienda que no nos conformemos con ser los cerdos más felices de la piara. Pero la rebeldía conlleva también valentía y decisión, y sobre todo precisa que hagamos oídos sordos a los que se empeñan en ahogarnos en un mar de dudas y de miedos que paralizan. Me quedo con el adagio de un filósofo francés contemporáneo que corrigió a Descartes y le cambió el pensamiento por la duda, dejando un dudo luego existo que creo que se ajusta mucho más a nuestra guerra de guerrillas diaria contra una realidad que hay que intentar cambiar asumiendo la inercia inevitable del pasado y nuestras propias contradicciones.
Los aconsejadores casi siempre te entran diciendo que ellos hacen lo que hacen por nosotros. Tú les miras y tratas de frenarles a tiempo, pero ellos se las saben todas y antes de que abras la boca te espetan mil recomendaciones para acongojarte y frustrar todas tus aventuras. Siempre tienen algo que decir porque siempre naufragaremos por alguna parte. Te dices que si vuelven los vas a parar con cajas destempladas, pero no hay manera, siempre ganan, y además una y otra vez consiguen sembrar la duda y el miedo en muchos de nuestros pasos.
Ahora reconozco que ya he logrado vencer a muchos de los aconsejadores, sobre todo a aquéllos que tanto daño hacían en la adolescencia cuando te decían que a lo que tú querías dedicarte no tenía salidas o que te ibas a encaminar directamente a la marginalidad. La verdad es que si les hiciéramos caso no habría ni periodistas ni escritores, entre otras cosas porque el aconsejador se empeña en matar siempre las vocaciones más vulnerables o más creativas.
Hay que sacarlos cuanto antes de nuestro entorno y no dejarles que se asomen a nuestras vidas. Vade retro. Ya digo que ahora, con el paso de los años, uno cuenta con más experiencia para desarmarlos, pero no siempre. A veces te descorazonan y te dejan parado en mitad de la calle pensando y repensando cada una de sus funestas premoniciones. Y lo peor es que también despiertan al aconsejador moralista y temeroso que todos llevamos dentro. Quizá lo que tenemos que hacer es admitir cuanto antes nuestros inevitables errores y nuestros previsibles fracasos. Es la única manera que conozco de desarmarlos y de poder trazar cada día el camino por el que realmente queramos seguir andando.

El compositor escribe la música que escucha con acordes que no suenan en el papel pautado. Beethoven ni siquiera pudo escuchar los violines o el piano de sus últimas composiciones. A veces tampoco hace falta que uno hable para contar lo que le está pasando. Cualquier pensamiento, cualquier renglón o cualquier mirada dicen mucho más de nosotros que todo ese sinsentido de explicaciones y enredos con los que a veces nos aturullamos sin llegar a transmitir lo que realmente nos pasa. Hay momentos en que el silencio es quien mejor comunica lo que querría expresar el alma. Si acaso vamos dejando pistas para no extraviarnos, renglones sueltos que nos orientan como mismo lo hacen las estrellas en las largas travesías oceánicas.


Cada decisión es un salto al vacío. No sabes si aciertas hasta que pasa el tiempo, y aun pasando los años no sabes qué hubiera sucedido si hubieras elegido otro camino, si hubieras amado a la mujer que dejaste o si no hubieras abandonado aquel trabajo que tanto te costó conseguir en su momento. Vivimos una vida y vamos dejando cientos de expectativas de muchas otras posibles existencias a medida que avanzamos. Cada día comenzamos a pergeñar argumentos sin saber jamás dónde o cuándo terminarán esas historias. Nos dejamos llevar, unas veces por el corazón y otras por las evidencias, y tratamos de ajustar lo que encontramos con lo que somos o queremos seguir siendo. Lo bueno es que sabes que en ese juego también se gana y se disfruta muchas veces. Al girar la llave de la puerta de casa cada mañana no hacemos más que echar a rodar los dados de nuestra propia suerte diaria.

Hay noticias que llegan directamente al estómago cuando las lees. La del sepulturero de Guía traficando con los huesos reconozco que me ha noqueado y me ha dejado repasando los nombres de todos los familiares y amigos que están enterrados en ese cementerio. Allí reposan los huesos de varias generaciones de familiares y, sobre todo, están los restos de algunas de las personas que más he querido en este mundo y que más echo de menos. Duele imaginar que esos huesos han servido para ritos de cuatro locos que deberían estar en tratamiento psiquiátrico o metidos entre rejas por canallas y por sinvergüenzas. En un pueblo nos conocemos casi todos. Salí de Guía hace casi treinta años, pero regreso cada dos por tres, muchas veces a despedir a un ser querido en ese cementerio que hoy ha aparecido por las televisiones de todo el país. Conozco al sepulturero, un tipo afable que jugaba de defensa en el Guía y que siempre me saluda cuando aparezco por allí con esa complicidad que solo tienes con quienes te conocen desde niño. Y ese conocimiento ahonda aún más la herida. Hoy es un día triste para la gente de mi pueblo. Da lo mismo que creas o no creas en otras vidas. En todas las culturas ancestrales los restos mortales de los humanos han sido siempre sagrados. La barbarie ha logrado que ni siquiera seamos capaces de respetar el descanso eterno de nuestros muertos. No me gusta perder el norte ni la serenidad; pero esta noticia duele muy adentro. Imaginas tantas caras conocidas en cualquiera de esos huesos que te quedas inevitablemente herido.

No podía acercarse y él solo podía ver sus ojos. Se miraron cuando lo llevaron a la fiesta nocturna en medio de un descampado sembrado de casas de adobe y de jaimas. En el escenario cantaban las mismas canciones que llevaban cientos de años sonando en la noche del desierto. Venía a supervisar unas obras financiadas por la Unión Europea. Ella reconoció inmediatamente su mirada. Llevaba muchos años esperándola. Él también sabía que había soñado muchas veces aquellos ojos negros que le hipnotizaban desde la distancia. El niño le dijo que mirara a la cámara y él sonrió reconociendo al niño que había dejado hacía muchos años varado en otra infancia parecida a esa, con colores similares, con la misma inocencia ante el extranjero de paso, viviendo cada segundo como una aventura que no acaba, sonriendo, sobre todo sonriendo a todo lo que iba encontrando. Aquel niño que le sacó la foto le pidió el primer día que le llevara a España. Quería conocer a Messi, pero él le dijo que nunca sería tan feliz como entre aquellos arenales y aquellos paisajes pedregosos y volcánicos. El niño no entendió nada, como tampoco preguntó cuando ella le dio el móvil para que le sacara una foto de cerca. Le llamó por su nombre y luego disparó varias veces la cámara apuntando a su cara. Él sonrío y luego vio cómo corría hacia donde estaba ella. Le sacó muchas fotos de lejos, pero no dejaba de mirar la que el niño había logrado sacar a un metro escaso de distancia. Ella nunca habría podido estar tan cerca. Sabía que se iría en un par de días. Su padre llevaba varios meses organizando la boda. Alguien le contó alguna vez que las fotos atrapan el alma de los retratados. Lo mira cada noche antes de acostarse e imagina que en ese momento él también está recordando su mirada. Cuando se case irá a otro pueblo lejano. No cree que vuelva a verlo nunca más; pero sabe que él era el hombre que tenía que venir a encontrar en este tránsito. Se abraza a su alma y duerme esperando a que en algún sueño se vuelva a cruzar con la serena placidez de su mirada.

Lo vi durmiendo en un banco al final de la calle de Triana. Estaba amaneciendo. Debía tener más o menos mi edad. Lo recuerdo agarrado a las primeras litronas hace años por las plazas de Vegueta. Iba siempre con un libro y se empezaba a juntar con los borrachos habituales de la zona. No conozco nada de su vida, y sin embargo, a rachas, he sido testigo de su caída. Alguna vez me pide un euro y se lo doy, pero casi siempre nos saludamos con esa confianza que da el cruce diario por las mismas rutas de las ciudades que habitamos. Cada vez está más desaliñado. Hasta ahora no lo había visto durmiendo en la calle, pero supongo que en su entorno lo habrán dado por imposible, o que él mismo, como esos animales heridos que se internan en el bosque cuando saben que están acabados, ha ido buscando acomodo lejos de sus afectos y de todos aquellos que habrán agotado su paciencia tratando de ayudarlo.
Me gusta caminar por la ciudad muy temprano. A veces corro por la Avenida Marítima cuando el mar solo es un reclamo sonoro que uno tiene que imaginar entre las luces de los barcos que ya empiezan a improvisar singladuras por las aguas. Otras veces, sobre todo los fines de semana, camino por las calles casi sin coches y sin gentes como si fuera reconociendo los rastros de las sombras de quienes fueron transitando mucho antes que yo por estos laberintos cotidianos que a veces nos desorientan delante de un semáforo. Él dormía plácidamente, como me imagino que dormiría de niño en su cama; pero entonces no habría una botella de vino peleón a su lado, ni estaría emboscado entre cartones que solo dejan a la vista su cara cada vez más avejentada e irreconocible. Cuando camino suelo ir pensando en mis cosas y apenas reparo en quienes me voy encontrando por las calles. Reconozco que cada día soy más despistado y más misántropo; pero a él lo hubiera visto todo el mundo esa mañana porque nadie pasa de largo ante un salvavidas de colores en medio de la calle de Triana. Lo tenía apoyado en su cabeza, como si quisiera salvarse de todas las corrientes que le estaban ahogando. Lo imaginé en las playas de su infancia con un salvavidas semejante, descubriendo esa sensación inolvidable que es flotar entre las aguas y que, quizá, solo se parece a la primera vez que volamos sobre una bicicleta ya sin el apoyo de los ruedines que iban refrenando nuestras ansias de correr más allá de nuestra propia mirada. Apenas se movía. No era como esos durmientes de Machado que viven en paz con los hombres y en guerra con sus entrañas. Él parecía un niño flotando en medio de la nada cotidiana. Quizá, al despertar, ese salvavidas se termine convirtiendo en una metáfora que le ayude a nadar entre las turbias aguas del morapio peleón que, día tras día, va ahogando cada una de sus pocas esperanzas.

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