los blogs de Canarias7

Archivos Agosto 2013

De niño nos decían que cerráramos los ojos y siempre hacíamos caso porque sabíamos que en ese intervalo de sombras podían acontecer todos los milagros. Daba lo mismo que luego, al abrirlos, no encontráramos lo que habíamos estado imaginando en la espera. Hace mucho tiempo que nadie apela a mi inocencia soñadora invitándome a recrear algún deseo. No me dicen que cierre los ojos y que luego los abra para encontrarme delante del regalo deseado o de la persona añorada. Acabo de cerrarlos y he dejado de escribir unos segundos. La luz de la pantalla llena de letras sigue haciendo posible el milagro que uno buscaba en la infancia; pero hasta que no escribo de nuevo no sé nunca lo que estoy buscando. La poesía, por ejemplo, es como aquellos amigos inesperados que te cerraban los ojos con las manos para ver si los reconocías a través de su tacto o de su voz cambiada. No sabes realmente hacia dónde partirán tus palabras hasta que no emprendes el viaje hacia alguna emoción oculta que ni siquiera sabías que guardabas.


Casi siempre pasamos de largo ante los que hablan solos por la calle. Habitualmente maldicen nombres que no pudieron olvidar. Van mascullando agravios, soltando tacos o repitiendo sílaba a sílaba, como si todos conociéramos su historia, el nombre de una madre, de un padre, de un hermano o de alguien que quisieron y jugó con su cariño hasta destrozarlo.
Los que no llegamos a esos extremos hablamos a solas entre las paredes de nuestras casas; pero en lugar de maldecir soñamos o recordamos como si fuéramos una voz en off que nos va contando o que responde a las preguntas que el silencio atenaza. A mí me gusta escuchar de vez en cuando esos soliloquios de quienes juzgamos desnortados. Ayer iba uno de ellos siguiendo el vuelo lejano de las aves al final de la tarde. Reconocía sus nombres y los iba repitiendo una y otra vez mientras recordaba sus secuencias de paso o describía las piruetas de cada uno de sus vuelos. Estaba empeñado en avisar a las gaviotas para que no se acercaran tanto a las calles. Según él estaban confundiendo los semáforos en verde con los ojos de algunos peces de mirada glauca que brillan en el fondo del océano. Agitaba las manos como espantando el vuelo lejano de esas aves que gritaban como niños ufanos cuando caía la tarde. Lo dejé contando sus historias. No tenían coherencia y se repetían hasta el hartazgo; pero prometo estar atento a todo lo que cuente. Esa imagen de las gaviotas confundiendo los peces de ojos glaucos con los semáforos tiene más literatura que casi todo lo que leo buscando ese fogonazo poético e inesperado que el supuesto loco iba pregonando a gritos por la calle.

Ayer, mientras me tomaba un té en una terraza de la zona de Triana, escuchaba la conversación de dos señoras que estaban en la mesa de al lado. A veces no hace falta que prestes atención para que te lleguen los detalles de una conversación. Una de ellas estaba un poco alterada. Su amiga le decía que se calmara; pero ella le respondía diciendo que estaba harta de los desplantes sin motivos de algunas personas y de la maldad de quienes no han aprendido que la vida son tres días y que tendríamos que intentar entendernos entre todos para ser felices. Lo de que la vida duraba tres días lo dijo varias veces, y hasta sacó la situación que se vive ahora mismo en Siria para demostrar que algunos seres humanos no aprenden ni siquiera de los errores de su propio pasado. No hubiera quedado bien que hubiese tomado la palabra en aquella conversación; pero me habría gustado coincidir con esa señora de mediana edad. Decía estar harta de ser vapuleada sin motivos por uno de sus hijos y por quienes no hacen más que sembrar discordias por donde quiera que pasan. No tenía pinta de paranoica. Cuando crucé con ella mi mirada noté en sus ojos una inmensa pena. Estoy con ella en que la vida son tres días y que aquí no dejamos absolutamente nada. Da lo mismo lo que cargues en tus bolsillos porque lo que quiera que guardes no tendrá ningún valor cuando te vayas. Sí creo que no todo el mundo se despide de la misma manera. El tiempo, como decía Chaplin en Candilejas, es un gran autor que siempre da con el final perfecto. Cada cual escribe a diario un par de líneas de ese epílogo incierto. No siempre acertamos; pero no creo que haya viaje placentero si se ha dejado que la maldad y la discordia acaben guiando los pasos.


Hace días que me intriga una casa de Vegueta, en la calle San Marcos, que no tiene puertas para acceder a ella. No es más que un trozo de fachada que no se parece nada a las que tiene a su lado. Lo primero que se piensa es que la entrada está en la calle trasera, en este caso en el callejón Toledo que desemboca en Santo Domingo; pero esas evidencias prefiero dejarlas para los pragmáticos. Para mí sigue siendo una casa sin accesos en la que vive gente porque siempre veo alguna ventana abierta. Lo paradójico es que justo enfrente hay otra fachada con una gran puerta condenada, como si se cruzaran los destinos de las dos casas, una aislada para siempre por no tener acceso y la otra con el acceso tapiado en una pared que carece de sentido. Las casas que nos pertenecen no son solo aquellas de las que tenemos llaves. Hay fachadas que seríamos capaces de atravesar con nuestra memoria porque uno va dejando rastros de sí mismo en todas sus casas. Da lo mismo que ya no tengamos esas llaves, que condenen las puertas de acceso o que ni siquiera podamos encontrar la entrada. Cada cual va construyendo su casa con todas las habitaciones en las que abrió los ojos alguna mañana. En esa vivienda de la calle San Marcos a lo mejor no viven nada más que los recuerdos de quienes por allí fueron pasando. Por eso no he preguntado nunca si la entrada está en el otro lado. Prefiero seguir pensando que quienes encienden las luces o abren las ventanas son las sombras de los que quisieron quedarse.


A veces la vida se asemeja a uno de esos tiovivos que giran luminosos en las ferias. Va dando vueltas y casi siempre enseña el mismo caballo que sube y baja. Un día eres el niño que agita las manos buscando la cara alegre de tus padres y, casi sin darte cuenta, ya eres el padre o el abuelo que espera a otros niños que giran en el mismo carrusel con esa felicidad de quien aún no ha sufrido desengaños. También aprendes que a medida que pasan los años cada uno de esos giros cambia por completo todos tus escenarios. Salen y entran compañeros de viaje de los que muchas veces ni siquiera puedes despedirte y aprendes que lo único que no debes hacer nunca es intentar bajarte cuando el carrusel aún está en marcha. Ya pasará de nuevo y encontrará un sol que no estaba antes, una mirada que te detendrá algunos años, otro niño que buscará tu mano o mil proyectos que te permitirán seguir mirando siempre adelante.
El carrusel solo se detiene unos instantes entre viaje y viaje. Cambian los viajeros o vuelves a subirte en otro lugar, en otra feria y en otros caballos; pero siempre tendrás que continuar girando y mirando cómo pasa la vida a medida que das vueltas y sigues el compás de esas músicas festivas que se acaban confundiendo con todas las fiestas de verano. Al final uno casi siempre aprende sin darse cuenta, y son esos aprendizajes cotidianos los que realmente terminan sirviendo para algo, el atardecer que se repite cada día, esa marea que sube y baja, la suerte de los dados en el juego o las coincidencias que parecían ya pactadas de antemano para que todo terminara pasando. A veces esos caballos giran tan desbocados que no llegas a darte cuenta de nada de lo que acontece a medida que van girando. Solo te conformas con mantenerte sobre ellos, abrazado a sus crines de plástico, sintiendo que todo se mueve y que tú ya tienes bastante con no venirte abajo. Otras veces el viaje es plácido, puedes soltar las manos, saludar a quienes te miran desde lejos o perder la mirada en cualquiera de esos cielos azules que te terminan serenando. Si te vieras con los ojos de la infancia, te darías cuenta de que lo único que buscamos es una felicidad que se parezca a la de aquel niño viajero que veía moverse el mundo mágicamente mientras iba girando. No solo se viaja cuando nos movemos de un lugar; el verdadero viaje es aquel que te permite dar vueltas sin más equipaje que la mirada limpia que alegre cualquiera de los horizontes que te encuentres en esos giros inesperados y necesarios. Es imposible que quieras que todo siga igual cuando pasas nuevamente por el mismo espacio. Y en cualquiera de esos giros, aunque ya hayan pasado muchos años, realmente sigues siendo el mismo soñador que de repente se siente el rey del mundo a lomos de un imponente caballo repintado.

El mar es también lo que no vemos, ese silencio milenario que navega el fondo de las aguas ajeno al tiempo que discurre fuera de ellas. Estos días también son para seguir los rastros de los peces luminosos o para contemplar los contornos de las rocas que dibujan mapas de enterrados continentes. Cuando te sumerges en el océano estás emprendiendo un lejano viaje casi sin moverte, una vuelta al origen, a tu infancia y a la infancia de los humanos sobre la Tierra, esporas que un día emprendieron una larga aventura que nos llevó a deambular cada día más alocados por la superficie terrestre. Los peces se quedan mirando cuando nos ven aparecer con el tubo y con esas gafas casi de marcianos. Nosotros somos los extraños debajo de las aguas, los que nos fuimos un día sin saber hacia dónde nos estábamos yendo.

La Barra, más que una frontera, es una invitación a seguir avanzando más allá de los rumores oceánicos. Se acerca y se aleja según las mareas y según las fuerzas de cada uno. Estos días de finales de agosto las grandes bajamares invitan a llegar a esa explanada que se vuelve fondo que enseña los secretos que suelen ocultar las aguas. Ayer me acerqué a última hora de la tarde y dentro de un rato espero estar oteando ese horizonte que a veces se acaba confundiendo con nuestro propio rastro. En esa visita coincidí con una niña que buscaba su nombre en el fondo de los charcos. Lo había grabado con una piedra hacía unas semanas y quería saber si el mar lo había conservado intacto entre sus aguas. No lo encontró. Había otros nombres y otros símbolos escritos entre las rocas. Me preguntó que cuánto duraba un nombre escrito bajo el agua. No supe qué contestarle. Quizá solo lo saben las sirenas que dicen que llegan cada noche de luna nueva a remojar sus cabelleras en esas grandes charcas que van recogiendo las espumas más luminosas del Atlántico.


Soy lo que me queda de su última mirada. Llevaba casi doce años viviendo en su casa. Me recogió en la calle. Apenas recuerdo nada antes de que él me acogiera. Sí me acuerdo vagamente del día que me trajo a su casa. Estaba desorientado en medio de una calle llena de tiendas y de coches. Mi madre llevaba varios días sin aparecer. Vi morir a tres de mis hermanos, también negros con manchas blancas como yo. Una señora mayor nos acercaba un plato con leche y galletas todas las noches, pero desde que no estaba mi madre el plato se lo zampaban unos gatos enormes que nos sacaban los dientes cuando intentábamos acercarnos. Desde que murieron mis hermanos, me moví hacia donde veía que caminaba la gente. Había personas que me miraban con cara de pena y noté cómo más de uno estuvo a punto de pararse. También había algunos que te espantaban o que hacían como que te iban a dar una patada. Los que parecía que se iban a parar se lo pensaban dos veces y al final seguían adelante mirando su reloj o llamando desde el teléfono móvil. Era un chucho callejero, pero no dejaba de tener el encanto que tienen todos los cachorros. Las niñas sí me estrujaban y se empeñaban en tratarme como si fuera una muñeca. También me traían galletas y pan, y me juraban que me iban a cuidar para siempre. Yo les creía y me veía a salvo. Pero nunca se quedaban después del anochecer, y ya al día siguiente no volvían a aparecer. Igual era que yo me movía de calle. Todas las calles me parecían siempre la misma calle, sobre todo por el día, cuando la gente y los coches amenazaban con arrollarte todo el tiempo. Él me recogió cuando unos guardias municipales me tenían acorralado para llevarme a la perrera. Yo lo había mirado a los ojos pidiéndole que me salvara porque estaba seguro de que no me esperaba nada bueno si lograban meterme en la jaula. De eso hace casi doce años, lo que para nosotros los perros se entiende que es toda una vida.

Él vivía solo en un gran apartamento en la zona de Las Canteras. Se le acababa de morir su perro y por lo visto mi mirada le recordó a la de Faycán, que es de quien heredé la correa y los cuencos para el agua y la comida. La primera noche me dijo que él era feo y neurótico, y que sabía que nunca iba a poder vivir con nadie. Faycán le había dado todo el cariño, la complicidad y la compañía que necesitaba, y me decía que esperaba que yo le diera lo mismo. Apenas entendía sus palabras. Me costó muchos meses de televisión, canciones y soliloquios entender el idioma en el que pienso ahora dentro de esta jaula. Fuimos muy felices. Cada día, al amanecer, sobre todo cuando estaba la marea vacía, me sacaba a caminar y a jugar por la playa de Las Canteras. Siempre estaba enviando cartas al ayuntamiento y a los periódicos para que por lo menos nos dejaran pasear por el paseo de la avenida. Ni siquiera con correa y bozal nos dejan asomarnos a la costa, aunque ya digo que él siempre buscaba las horas de la noche o las primeras del día para que yo pudiera disfrutar del mar. Fui muy feliz todo el tiempo que viví con él. Incluso estaba bien en la guardería cuando él se iba dos o tres semanas de vacaciones cada año. La primera vez me asusté y pensé que me quería abandonar, pero cuando comprobé que vino a buscarme ya me quedé tranquilo las otras veces. Justamente era ahí donde él quería que me llevaran si alguna vez le pasaba algo. Se lo tenía dicho a sus sobrinos y a sus amigos más cercanos, e incluso lo había repetido delante de mí más de una vez, sobre todo a sus sobrinos, que venían cada dos por tres a pedirle dinero y favores.

Mi dueño se llamaba Esteban y era abogado; por lo visto uno de los mejores abogados de la isla. Era manco del brazo izquierdo, medio bizco y bastante más bajo que el resto de los hombres que nos tropezábamos por la calle. Estaba todo el día leyendo libros, viendo películas en otro idioma que tampoco conocía al principio y escuchando música. Yo ahora echo de menos su música tanto como su voz. Levanto las orejas a ver si me llega la música de Bach o de Mozart que tanto me gustaba escuchar echado en la alfombra o mirando desde la terraza al cielo azul, cuando el cielo era casi siempre azul y luminoso. A Esteban también le encantaba ponerse a mirar el cielo durante horas. Me contaba historias inventadas o me leía poemas. A veces lloraba, pero decía que no estaba solo teniéndome a mí a su lado. Me miraba a los ojos y me pedía que no lo dejara nunca. Yo lo recibía entre saltos. Ahora, aun asumiendo que no lo volveré a ver, trato de buscarlo husmeando siempre el horizonte. Me hago daño pegando mi hocico a la valla para ver si soy capaz de reconocer algún rastro suyo. No quiero pensar que los olores que uno deja en la tierra se van para siempre. Algo quedará. Yo soy capaz de atisbar algunos de vez en cuando, o igual son los recuerdos los que me engañan, no lo sé.

Sus sobrinos incumplieron su deseo. Llegaron después del entierro medio borrachos y me metieron en el maletero oscuro de un coche. Iban cantando y diciendo que ya no tendrían que dar un palo al agua en toda su vida. Yo temblaba y gemía. Echaba de menos a Esteban y todavía soñaba que vendría a rescatarme como aquella vez cuando casi me cogen los policías municipales. No hubo milagro. Me sacaron del coche de noche y me tiraron por encima de la valla del albergue de perros abandonados de Bañaderos. Desde que caí apenas puedo moverme. Me dejaron dolorido y muerto de miedo. Hasta entonces yo confiaba ciegamente en la bondad de los humanos. Ahora no es que desconfíe. No tengo ni tiempo para pensar en esas cosas. Estoy desolado, triste y sin ganas de hacer nada. Un perro tan mayor, baldado y sin pedigrí ya no tiene ninguna posibilidad de supervivencia. Me consuela la felicidad de todos estos años, y sobre todo el recuerdo de Esteban. Los veterinarios intentan tratarme con ternura, pero somos muchos para que nos hagan caso a todos. Por lo menos no me insultan ni me tratan como los sobrinos. Todos nosotros sabemos que éstas son las jaulas de los perros que van a ser sacrificados. Somos más de veinte los que hoy pasaremos a mejor vida. Yo sólo espero que no me duela. Ellos creen que no nos enteramos de nada. No saben que somos capaces de oler la muerte, la nuestra y la de aquéllos que pasaron por aquí antes que nosotros. O igual esto no es más que un sueño. Es mentira que los perros no soñemos. Yo lo hago, y además me acuerdo de todo lo que veo mientras duermo. Esteban decía eso, que la vida a lo mejor no es más que algo que alguien va soñando, y que al despertar ese soñador él ya no sería tan feo ni yo un chucho sin pedigrí y sin futuro. A veces bebía y terminaba llorando y escuchando tangos hasta el amanecer. Entonces recuerdo que siempre decía que si éramos como éramos sería por algo, y que justamente por eso habíamos coincidido. Yo no sé qué sería mejor ahora mismo. Me da igual ser un sueño o ser real. Los sobrinos de Esteban eran reales. Unos tipos así no se sueñan, y si se sueñan uno se despierta cuanto antes para poder seguir sobreviviendo. Nos han puesto carne. Es de lata y está asquerosa, pero es todo un detalle. En medio se ven pequeñas pastillas que me imagino que serán para que nos vayamos quedando medio traspuestos. No estoy para dudar de nada, ni para rebelarme. Me lo comeré todo y dejaré que hagan su trabajo. Sólo me importa oler el recuerdo de Esteban, y también levanto las orejas todo lo que puedo para ver si reconozco su voz perdida entre los ecos que se quedan para siempre sonando en el planeta. Me dejo llevar. En el fondo he sido un perro con suerte. No quiero pensar en la vida que han llevado algunos de los que están aquí conmigo. Las pastillas apenas me dejan pensar. Estoy bien, relajado, fuera de la jaula. Hay una gran luz blanca que me ciega y que casi no me deja ver nada. Sólo veo la aguja de una jeringuilla como las que veía cada año cuando íbamos al veterinario a que me pusieran las vacunas. Entonces siempre me daban un poco de chocolate al salir. Por eso la muerte me está sabiendo a chocolate. Es todo lo que puedo contarles. Sólo confío en que Esteban esté al otro lado cuando despierte. Lo más probable es que, de una forma o de otra, nos volvamos a encontrar en algún otro sueño. Mis papilas gustativas recuerdan la variedad de sabores de todos los chocolates que probé mientras estuve vivo y fui feliz. La muerte está siendo dulce.



Estos días de siroco y de cielos de otoño polvoriento en pleno verano también te enseñan que la naturaleza tiene sus días raros y sus contradicciones meteorológicas. La lluvia, por ejemplo, mancha de tierra las aceras y las carrocerías de los coches que están aparcados en la calle. Pero esa lluvia también es extraña porque a veces solo deja caer una gota que no presientes antes de sentir cómo se estrella contra tu frente o tu brazo. No hay más gotas que le sigan, y esa que cayó ni siquiera llegó a tocar el suelo. También la lluvia tiene sus disidencias y algunas gotas que se niegan a seguir a las multitudes torrenciales que luego se pierden en la corriente. Cada una de ellas se parece a quienes también se empeñan en no seguir las inercias del resto de la gente. Da lo mismo que también caigas. Lo que realmente importa es que lo hagas a tu manera, y que esa caída sea una consecuencia del empeño innegociable de tu propio vuelo.


Cuando duermo cerca de la orilla, escuchando cómo resuena el mar a escasos metros de donde estoy desvelado, no me queda más remedio que imaginarlo azul dentro de un rato. Al llegar la noche, el mar no existe más que en la revoltura de las caracolas y en el eco que va dejando cuando arrastra las piedras de la costa o cuando golpea las rocas que llevan siglos resistiendo sus embates. Uno tiene que soñar el mar para llegar a verlo. En la lejanía es una sombra insondable y oscura que solo se asoma cuando la luna blanquea algún camino de espumas en la madrugada. La vida que no vemos se parece mucho al mar de las noches largas, sabemos que está al otro lado; pero tenemos que ayudar a que se encienda imaginando lo que queremos que pase. El color de la mañana será casi siempre el que tú hayas querido encontrar transitando tus propias madrugadas.

Las ausencias no se curan ni con multitudes ni con escapadas. Al final, cuando pierdes, has de enfrentarte cara a cara con tus propios miedos si quieres seguir yendo a alguna parte. Es verdad que el tiempo es un gran aliado en las derrotas, y que la experiencia nos enseña que siempre acaban bajando las inevitables mareas de la pena. Hace cinco años que cientos de personas quedaron heridas cuando perdieron a familiares y amigos en el accidente del avión que salía de Barajas para Gran Canaria. De alguna manera, todos fuimos aquellos viajeros con mil planes en sus mentes cuando despegaban porque todos hemos volado muchas veces en esos mismos aviones y desde ese mismo aeropuerto. A los residentes canarios nos tocó más de cerca: casi todos conocíamos a alguien que iba en ese vuelo y todos tenemos que seguir volando si queremos acercarnos al continente. También ahora nos duelen igual que a sus familiares los ninguneos y la insolidaridad de los responsables de aquella tragedia y de quienes tendrían que defenderlos. Una vez se retiraron las cámaras y los representantes institucionales, el dolor fue solo de cada uno de ellos. Los demás tenemos el deber de no olvidar a quienes murieron y de apoyar en todo lo que podamos para que la justicia condene a los responsables del accidente. Va para ellos.

La música es una puerta por la que salen las emociones más escondidas en el alma. También logra que reaviven los recuerdos que uno creía perdidos para siempre. Basta un acorde para besar de nuevo a quien no ves desde hace años o para reconocer un perfume que lograba alterar todos tus sentidos enamorados. Muchos fuimos llegando a la poesía a través de los cantautores que íbamos descubriendo a medida que el mundo se nos volvía cada vez más complicado. Serrat, Silvio Rodríguez, Aute, Víctor Manuel, Pablo Milanés o Braulio le empezaron a poner letras a nuestros primeros amores y también a los estrenos de nuestros primeros desencantos. Luego la música fue llevándonos a otra parte, y también la poesía se fue buscando nuevos horizontes por los que asomarnos a los espejismos de nuestra propia mirada. Pero siempre volvemos a aquellas primeras canciones que conservan milagrosamente la memoria sin alterar un acorde y sin extraviar ni uno solo de los versos que tantas veces entonábamos queriendo encontrar razones para seguir soñando.
Estos días he escuchado las canciones de alguien que recoge el testigo de todos esos cantantes que he ido nombrando. Y lo bueno es que al igual que otros cantautores canarios ha logrado mantener a salvo la impronta de su propia voz reconocible. Ese cantautor del que hoy me gustaría escribirles se llama Sergio Alzola. Lo conocí hace años cuando presentaba una de mis novelas en Madrid y le he venido siguiendo la pista a través de las redes sociales o por amigos comunes. El otro día coincidimos en un homenaje al gran poeta cubano Manuel Díaz Martínez y en ese encuentro se confirmó todo lo que yo venía vislumbrando en sus canciones. Cuando alguien viaja lejos, lee mucho y mantiene a salvo la inocencia de su mirada no hace otra cosa que ir conformando la sombra del poeta que le acompaña. Sergio Alzola es un gran poeta y un gran cantante. No dejen de buscar sus discos, sobre todo Tricontinental, una fusión de países y de ritmos en donde se reconoce la universalidad y el alisio libre de prejuicios de los canarios que se han negado a perder su eterna vocación de navegantes. Se cruza La Habana de la mano de la gran literatura de Juancho Armas Marcelo; pero también te adentras en Chile, en París, en Nueva York o en Australia antes de remojarte en la amniótica marea de la playa de Las Canteras o en la memoria de esa infancia insular que tanto se parece a los sueños cuando uno la recrea lejos de los tópicos o de los ismos interesados. Uno agradece que no envejezcan las canciones y que siga sonando la música con otros acordes que logren reavivar nuestras maltrechas almas anestesiadas por una realidad tan malsonante. Escuchen a Sergio Alzola. Es mentira que la música y la poesía estén calladas.

Se pierde todo aquello que tenía que perderse y luego solo aparece lo que tenía que aparecer, a veces lo perdido, casi siempre lo inesperado, y de vez en cuando lo que ya dábamos por imposible. Todo ese proceso, casi alquímico, sucede con el amor, con la amistad, con las llaves de la casa o con los papeles manuscritos que un día dejamos en alguna parte. Realmente todo lo que tenemos lo deberíamos valorar como si lo acabáramos de descubrir hace un momento. La costumbre nos termina convirtiendo en seres inconformes que no valoramos ningún acontecimiento cotidiano. Ya el cuerpo, con todos sus millones de neuronas trabajando para que podamos seguir respirando, es un milagro ante el que deberíamos brindar cada mañana. Lo que tanto buscas a lo mejor lo tienes ahora mismo delante de tus propios ojos. O está llegando cada vez que tú caminas sabiendo de antemano que nada permanece eternamente en el mismo espacio.

A fuerza de repetirlos durante años hemos convertido los lunes en lunes y los sábados en sábados; pero los días no son más que impresiones que uno va teniendo, una sensación de camino recorrido que nos queda cuando llega la noche y cerramos los ojos hasta la mañana siguiente. Cuando despiertas los días carecen de nombre. Ayer, por ejemplo, pensaba que era lunes y escribí en este mismo blog como si el pasado jueves hubiera sido domingo. Me he dado cuenta hoy sábado de esas desorientaciones en el calendario. Y no ha pasado nada, entre otras cosas porque creo que hay que conseguir que los días no vengan etiquetados de antemano. Cada cual puede convertir un lunes laborable y tedioso en un domingo festivo e inolvidable. Casi siempre son las palabras las que acaban determinando nuestros estados de ánimo. Si no te crees un sueño nunca podrás alcanzarlo.

Hay muchas playas dentro de la misma playa, distintas texturas, sonidos de rompientes que se van alternando y gaviotas que se posan en las peñas que la bajamar va enseñando a medida que descubre la desnudez de los fondos abisales. Las Canteras nunca envejece porque cambia varias veces cada día la piel de arena que dibuja los contornos de su orilla. Somos nosotros los que envejecemos la mirada cuando nos alejamos mucho de tiempo de la playa. Ayer no se veían más que sombrillas y miles de cabezas tratando de buscar su horizonte dominguero de paraíso cercano. La libertad es una toalla que uno lleva colgada al hombro cuando pasea por la orilla de cualquier playa. Da lo mismo la cantidad de gente porque el mar acaba silenciando todas las voces que no dicen nada. Un día azul y una playa de arena por la que seguir el rastro de las sirenas que alguna vez vararon cerca de nuestra alma. Es de lo poco que le pido a la vida. Un olor a algas que me salve de los extravíos cotidianos. Un lugar cerca de la orilla donde siempre pueda ponerme a salvo.

Cuando era niño reconocía las calles por los olores que salían de sus casas. Había calles que olían a potajes y otras a natillas o a carne mechada. Estaba el pan de la panificadora, el gofio del molino o el pescado que vendían en grandes palanganas metálicas. Ahora caminas por las ciudades, sobre todo por las más grandes, y lo más que te llega es el humo de los coches o el mal olor de las alcantarillas. Apenas hay calles que conserven un olor que las distinga entre las otras millones de calles que hemos ido improvisando por el mundo. Estamos habitando ciudades sin asideros para el recuerdo, aceras que no despiertan ese olfato que siempre orienta al resto de sentidos. Hagan la prueba y vuelvan a las cocinas de sus abuelas de inmediato. O al estuche de lápices de colores recién estrenado, o al cuero de los primeros balones de reglamento. También el amor no es más que un aroma que vas guardando más allá de las caricias que logran encumbrarte, un lejano olor que siempre te orienta cuando pasa.

Le decíamos que no podía vivir tan obsesionada con las mareas. Siempre que queríamos ir a la playa se conectaba a Internet para averiguar cuándo sería la próxima bajamar. Solo quería mareas bajas. Le gustaba caminar por la arena o perderse entre las rocas. Con marea llena se quedaba siempre en casa. Nunca quería contarnos de dónde le venían aquellas obsesiones. También estaba todo el rato programando lo que iba a hacer. Este último verano no ha aparecido por aquí. La recordamos ayer mientras subía la marea. Yo también era como ella hace años. Trataba de tenerlo todo controlado y no paraba de hacer planes a todas horas; pero la vida me ha enseñado que aquí venimos a improvisar papeles diarios de los que no sabemos nada de antemano. Todo puede cambiar en unos segundos. No conozco un argumento más impredecible que el que vamos escribiendo nosotros mismos a medida que transitamos las horas del día. También las mareas nos enseñan que todo sube y baja de una forma inevitable. Cualquiera de esos cangrejos que se asoman cuando reaparecen las rocas tras el embate de las olas nos podría contar, con más argumentos que un filósofo, que la vida no es más que un océano que de vez en cuando se presenta sereno y navegable.

Cuando uno duerme sale del mundo durante un rato. Da lo mismo lo que suceda fuera porque solo te enterarás cuando despiertes. No todas las noches se acuesta uno sabiendo que le caerán estrellas fugaces de todas partes. Recuerdo un verano, a los diecisiete o dieciocho años, en que caminando de Agaete a Las Nieves no dejaban de aparecer estelas luminosas. Entonces no se anunciaban esas cosas y uno las vivía con la naturalidad con la que pasábamos una ola de calor o un temporal costero. Si acaso los viejos y los pescadores sí avisaban con más certeza que los satélites de esos fenómenos meteorológicos; pero las estrellas solo nos importaban a los enamorados y a los astrónomos. A esa edad siempre estabas enamorado, y recuerdo haber pedido el mismo deseo más de veinte veces. La vida me enseñó pronto que no hay que abusar de la suerte y que los logros solo se consiguen con lo que uno mueva para lograrlos. Aquel amor de verano no me hizo el más mínimo caso. Se conoce que no tenía conexión con las estrellas o que le gustaban más los músculos del surfero más destacado de aquel agosto en el que aún no sabíamos qué eran las Perseidas y en el que todavía nadie había oído hablar de Messi o de las páginas webs.
Anoche volvieron a caer estrellas de todas partes; pero yo hace años que prefiero soñar las estrellas que salir a buscarlas a los montañas. Supongo que hoy todo el aire estará cargado de esa energía que dicen que deja el polvo de estrellas cuando pasa. Uno sale a la calle cada día sin saber qué ha sucedido por la noche en el universo, o sin conocer lo que ha ocurrido en la casa de al lado. Y todas esas vibraciones seguro que tienen que ver también con las ciclotimias de nuestro propio carácter, con esos días raros en los que parece que sigues inmerso en la bruma del mismo sueño que te abandonó hace unas horas en la orilla siempre desconocida de la mañana.


En mi última visita al oculista descubrí que era miope. Por lo visto uno puede ser miope toda la vida y no llegar a enterarse. La mía era una miopía decimal, de cero cincuenta. De niño recuerdo que estaba todo el rato fingiendo que no veía porque quería tener gafas. Después iba al oculista y cuando me preguntaba por las letras y los números acertaba todas las preguntas. Yo creía que me estaba haciendo una especie de examen de lo que empezábamos a estudiar en el colegio y contestaba orgulloso cuando me enseñaba las distintas combinaciones. Luego le preguntaba si me pondría gafas y me daba una palmada en la espalda diciéndome que tenía una vista de lince. Yo entonces iba a las enciclopedias a buscar las fotos del lince y me decía a mí mismo que prefería tener gafas antes que ser un gato. Pasaron los años y nunca me hicieron falta gafas, lo que no significa que haya tenido buena vista, por lo menos en asuntos del corazón creo que mi miopía no ha estado bien medida.
En esta última revisión sí me dijeron que gracias a esa miopía decimal había evitado el astigmatismo. Pregunté, esta vez preocupado por el dineral que tendría que pagar, si habría de llevar gafas por esa miopía incipiente y me recomendaron que, si no me impedía hacer vida normal, siguiera valiéndome de mi propio nervio óptico. Casi me atrevo a preguntarle si la lectura entraba dentro de esa vida normal, pero no quise tentar a la suerte y preferí averiguarlo por mi cuenta. De momento puedo seguir leyendo sin gafas, aunque cuando me acerco a los titulares de los periódicos no entiendo la mitad de las noticias. Al igual que con los ojos, supongo que uno se termina acostumbrando a todo lo que ve. Solo así se entiende que estemos aguantando situaciones que hace años nos habrían parecido pesadillas apocalípticas. Primero lees un día la noticia, abres los ojos asombrado y no te la puedes creer. Después vas enfocando un poco más, acostumbras la vista y ya te tomas el zumo de naranja del desayuno sin que el estómago se inmute ante tanta inmundicia institucional. Como me pasó a mí con el astigmatismo en la última revisión, siempre aparecerá alguien que te dirá que no te quejes porque en Siria o en Afganistán están mil veces peor, y que por lo menos nosotros podemos salir a la calle sin que nos estalle una bomba camino del mercado municipal. Otra cosa es que nos podamos mirar cara a cara ante el espejo de nuestra propia conciencia o que nos sintamos orgullosos del mundo demencial que les estamos dejando a nuestros hijos. Uno, la verdad, quisiera tener aquella mirada de lince de la infancia, no la que veía bien las letras y los números, sino la que sabía soñar y cambiar la realidad mirando mucho más allá de lo que tenía delante. La costumbre de la miopía, como aquel sueño de la razón de Goya, solo acaba vislumbrando monstruos.

La mitad de las veces no entendía sus propios sueños. Se despertaba sin poder reconocer las caras o los paisajes que acababa de ver mientras dormía. Pensó en recuerdos remotos de infancia o en la gente de paso que pudo calar en su memoria sin que él se llegara a dar cuenta. Alguien le dijo un día que lo que conservamos no es solo lo que vemos, y que muchas veces nuestra memoria se nutre de aquello de lo que ni siquiera nos damos cuenta. También leyó que los sueños nunca nos pertenecen del todo porque llevamos los temores y los anhelos de nuestros antepasados en las zonas más desconocidas de nuestro cerebro. Le aparecen amores que no vivió y también se ve jugando con hijos que nunca tuvo. Al final sí es cierto que los miedos son prácticamente iguales a los suyos. Miedo a perder, a morir, a quedarse solo o a caer por un interminable precipicio. Él quiere pensar que no se viene a vivir sino a soñar lo que aún nos queda pendiente para convertirnos en eternos viajeros sin recuerdos.


Lo había perdido todo menos el portátil. Pedía por las calles y cargaba la batería en las pocas bibliotecas abiertas que quedaban en la ciudad. También le dejaban enchufarlo cuando acudía a desayunar a una parroquia del barrio antiguo o en una cafetería con intenciones literarias que habían abierto unos jóvenes poetas que querían cambiar el mundo. Él también había soñado con cambiar el mundo a los veinte años. Había dejado la carrera; pero luego confundió la poesía con el alcohol y la noche y terminó extraviado en esa marginalidad que casi nunca avisa cuando llega.
Nadie sabe nada de su vida real. En las redes sociales es un tipo más o menos exitoso que no escribe mal y que cuenta con cientos de amigos. Su foto es de cuando se fue a París para ser poeta. No le han sacado más fotografías desde entonces. En la casa de acogida duerme abrazado al ordenador. Es su única familia. La otra acabó cansada de sus fracasos y de sus deudas. Sueña muchas veces con barcos nocturnos que atraviesan los océanos dejando estelas luminosas en el agua. También se despierta pensando que no ha pasado el tiempo y que todo sigue igual que cuando tenía veinte años. La vida se le ha escapado en un par de noches a la intemperie y en unos cuantos desamores que fueron aliquebrando sus sueños literarios. Solo le queda la virtualidad y el portátil. Alguna vez escribe versos y los va enseñando en la pantalla por las terrazas. Nadie le ha dado nunca más de dos euros. Esta mañana se ha despertado recordando el eco de las celebraciones de cumpleaños de su infancia. Es Leo. Hoy cumple cuarenta y siete años.


Cuanto más lejos logremos vernos, más lograremos acortar las vanidades que tantas veces confunden a los licenciados vidrieras que en su tolete endiosamiento se terminan creyendo inmortales. Un espejo muy cercano, además de no dejar ver casi nada, contribuye a que los árboles de nuestra propia egolatría no nos permitan ver el bosque del que formamos parte. Vistos desde lejos no somos más que minúsculas presencias que deambulamos de un lado para otro haciéndonos preguntas que casi siempre carecen de respuestas. Por eso, cuanto más consigas alejar la cámara de la secuencia que protagonizas, más ganas tendrás de salir a la calle a no perderte ni un solo detalle de lo que acontezca a tu alrededor. El Potosí que encontremos dependerá siempre de la intención de nuestra propia mirada.

La playa es la única frontera reconocible. Nunca es la misma porque nosotros tampoco somos los mismos todo el tiempo. Cada vez que anochece despedimos una orilla que se lleva nuestra mirada y cada uno de los pasos que fuimos dejando enterrados en la arena. No porque pises más fuerte ni con más empeño lograrás perpetuar tu huella en la arena de la playa. Los trazos de las gaviotas que encuentras en la orilla escriben con más sutileza que las palabras el tránsito efímero de todas las pisadas. Ayer, a última hora de la tarde, antes de que oscureciera y volviera a subir la marea en la playa de Las Canteras, caminaba reconociendo los miles de pasos que se soñaron inmortales en la arena. Hoy, con la primera bajamar, no quedan más que las huellas de las gaviotas que se posaron en La Cícer antes de que el sol y los humanos llegáramos a reconocer esa playa que, lejos de limitar el horizonte, te enseña que todo comienza siempre de nuevo y que hay que intentar que nuestros límites se adecúen a las mareas que van conformando nuestras propias fronteras.



Siempre recuerdo un relato de Raymond Carver que se llenaba de caballos blancos. Contaba la historia de uno de esos extraños amores que se acaban y que casi nunca logran sobrevivir a las segundas oportunidades. Aún me sobrecoge la solemnidad de los caballos en mitad de la noche. También me conmueven aquellos amantes que acababan claudicando ante la inevitable infidelidad del tiempo que termina maniatando casi todas las caricias. No había más trama que la propia sensación de fracaso, el amor que naufragaba ante el vano intento de quienes aún soñaban con poder salvarlo. La vida se escribe muchas veces como en el desasosiego de los relatos de Carver. No la entendemos; pero tenemos la certeza de que lo único que nos salva es seguir buscando en otros abrazos el amor que se está escribiendo mucho antes de que nosotros lo terminemos encontrando.

El verano es una estación de la que nunca se termina de alejar la infancia, playas que huelen a sandía y a membrillo, días casi eternos, mareas que van adormeciendo nuestras miradas y primeros enamoramientos apasionados. La música siempre suena de otra manera en agosto, y el pasado domingo, en Agaete, muchos saltaron por las calles, felices por estar a salvo unas horas de esa ciénaga cada vez más insondable que nos vamos encontrando en los titulares de la prensa diaria. Uno quisiera confundirse eternamente entre el olor a eucalipto y a poleo que deja en las calles el paso de La Rama para no olvidar nunca que la vida, también con todos sus días nefastos incluidos en los almanaques, no es más que un baile en el que hay que aprender a moverse con alegría si no queremos que se nos escape lastimosamente entre las manos. No digo que vayamos por las calles dando saltos como orates desnortados; pero sí que deberíamos intentar que todos nuestros pasos se dirigieran hacia las metas que realmente deseamos.

El estiaje es el caudal de agua que disminuye cada verano, la bajada del nivel en los ríos, en los pantanos o en los barrancos. Cada uno de nosotros también vive cada año su particular estiaje. Y es necesario vernos a veces así de parcos y de desnudos para que luego, cuando el caudal llegue de nuevo rebosante, no nos volvamos locos pensando que esas aguas durarán eternamente o que jamás volveremos a la inevitable sequedad de las pausas necesarias. Viene bien una cura de humildad de vez en cuando. La vida no hace más que imitar a la naturaleza todo el rato. Igual que los campos cambian varias veces al año con las estaciones, también nosotros vamos cambiando varias veces cada mes, cada día o a veces cada minuto que pasa. Somos inevitablemente efímeros y constantemente mudables. La bajada del caudal nos deja ver partes del barranco que antes no se apreciaban. En nosotros, esos descensos también valen para redescubrir que valíamos muchísimo más de lo que realmente pensábamos. Aparecen nuevas ilusiones, otros proyectos y descubres que cuando languidece lo que supuestamente era importante se alejan muchos parásitos que solo querían vivir a costa de tus caudalosas aguas. Cuando llega el estiaje es cuando uno agradece la presencia de quienes ya sabes de antemano que no vienen a buscar absolutamente nada. La sequía puede durar mucho más tiempo del que creías al principio, y puede que a veces desesperes mirando al cielo todo el rato; pero la naturaleza, la tuya y la que lleva millones de años dibujando los campos, sabe siempre lo que se trae entre manos. Si no desesperas, tú también acabarás comprobando que toda sequía no es más que una necesaria catarsis. También aprenderás que las aguas bajas permiten que los ecos alarguen su distancia.

Toda supervivencia requiere su propia estrategia. Nos dan la vida con un mapa, una brújula y unos cuantos sentimientos para que nos orientemos. No contamos con mucho más para buscar la salida de nuestro propio laberinto. Y en esas búsquedas no todos se encuentran la suerte de cara. Diariamente hay muchos derrotados a los que nadie cuenta en ninguna parte. Alexis Ravelo sí se fija en ellos y les da la palabra que casi todos los demás silencian. También extiende su mirada mucho más allá de lo que aparentemente tenemos delante. Hay un mundo que se mueve con otros reglas a las puertas de nuestras casas o una realidad que camina hacia el abismo en barriadas en donde cualquier futuro suele acabar emparentado con la desesperanza.
Me gustaría contarles todo el argumento de La estrategia del pequinés, y me gustaría hacerlo porque disfrutaría tratando de explicarles las distintas aristas de sus personajes, las calles reconocibles y el alma humana que se asoma descarnada a lo largo de toda la novela. Pero lo mejor que puedo hacer es recomendarles encarecidamente que la busquen y la lean. Casi toda la historia discurre en la isla de Gran Canaria; pero ese espacio, sin dejar de ser reconocible, se convierte en un escenario literario que perdurará más que todos nosotros y que ya ha quedado inmortalizado en otros libros de Alexis Ravelo.
La novela cumple con todos los requisitos que se le piden al género negro; pero sobre todo cumple con todo lo que uno le exige a la buena literatura. Tiene ritmo, diálogos creíbles y trepidantes y un manejo preciso del lenguaje y de los argots de los distintos personajes. La estrategia del pequinés propone una historia que nos creemos y que nos entretiene. No es fácil detener la lectura cuando uno se adentra en la trama. Cada tres o cuatro páginas nos sorprenden los giros inesperados y la crudeza, tan parecida a esa realidad que casi nunca nos cuentan, de las situaciones en las que se ven inmersos los personajes. Y luego está la mirada perspicaz y certera del narrador, y también ese armazón que es la estructura que nunca vemos pero que es la que sostiene la trama y la que acaba dándole sentido a las palabras. La literatura no es más que una estrategia contra el olvido. Y de eso sabe mucho Alexis, un gran narrador que escribe para que los demás podamos defendernos del tedio y de ese tiempo que, si no se cuenta, se termina convirtiendo en un burdo anticipo de la muerte.

(Esta reseña fue publicada ayer en el Pleamar de Canarias 7)

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