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Archivos Junio 2013

No hay juez más implacable que nuestra propia conciencia. Tengo conocidos que supuestamente lo tienen todo y que no logran conciliar el sueño sin pastillas que aíslen sus remordimientos. No basta solo con disculparse ante los demás. Claro que es valiente el que lo hace, sobre todo en estos tiempos tan dados a la arrogancia y a la insolencia; pero el otro casi siempre olvida aunque tú no des ese paso para aliviar tu conciencia. La peor parte se la queda quien actúa de mala fe y lo sabe. El único perdón es el que uno se concede a sí mismo. Lo aprendes con los años y con todos los indeseables que te has ido tropezando en el camino. Ninguno se va de rositas. Ellos creen que son triunfadores y felices, pero siempre les notamos el miedo y la maldad en sus miradas. Y todos caen. No hay ley física que no se cumpla más tarde o más temprano.

Un libro es un universo en el que uno se adentra tratando de entender lo que deja fuera. A Sísifo no le importaría cargar todo el tiempo con la piedra si pudiera estar leyendo: Sísifo merece ser feliz, y quienes se acerquen al libro de Rubén Benítez Florido tendrán la fortuna de emocionarse, de aprender y de rastrear entre las señales que van dejando las palabras cuando quien escribe se acerca a ellas queriendo ordenar un poco el mundo. No es fácil escribir de filosofía y conseguir que el lector no se pierda en la aridez de las teorías o en esos lenguajes que, lejos de comunicar, se convierten en barreras casi infranqueables para los que no dominan la materia. Rubén consigue volver cercana la filosofía sin desvirtuarla y sin simplificarla. Y consigue ese logro casi milagroso justo por el dominio del lenguaje que otros complican y enredan con galimatías o latinajos. Escribe sencillo lo aparentemente complicado y logra que entendamos a Nietzsche, a Heidegger o a Gadamer con esa naturalidad que transmiten los que realmente tienen algo que decir.

Sísifo merece ser feliz es un libro que nos recuerda mucho de lo que ya habíamos olvidado y que, al mismo tiempo, nos enseña lo que no conocíamos o habíamos escuchado sin ser capaces de situar en un contexto o de encontrarle sentido. Pero no solo de filosofía está hecho el hombre, y por eso el filósofo también se convierte en escritor y en cronista de su propio tiempo. Y, además, ese escritor maneja la narración con exquisita soltura, musicalizando todo lo que cuenta. Por eso este libro, aunque esté dividido en varias partes, mantiene un tono y un sentido que lo unifica, esa voz tan difícil de encontrar, y que en el caso de Rubén resulta reconocible desde el primer renglón hasta el último.

Uno siente como si le estuvieran hablando al oído todo el rato, como cuando de niño conseguían embelesarnos con historias que paraban el tiempo y ponían en marcha todo el bendito mecanismo de la imaginación. Rubén cuenta y toma partido por sus escritores y por sus filósofos predilectos, y esa pasión la transmite detrás de cada adjetivo y de cada verbo. No vivimos tiempos de pensadores o de conspicuos ensayistas. Ante ese páramo preocupante uno se tranquiliza cuando lee a Rubén Benítez Florido en sus blogs, en el periódico de papel o en sus libros. Es tremendamente generoso: detrás de todo lo que escribe hay un afán de compartir sabiduría o de invitar al lector a que descubra lo que a él le ha hecho feliz en la filosofía, en la literatura, en los viajes o en la mirada serena y detallista con que se asoma al mundo.

Las citas con que abre los capítulos ya dicen mucho de quien escribe. No lee solo para él sino que lo hace pensando en cómo hacer llegar a los otros lo que ha tenido la suerte de conocer. También es capaz de armar textos partiendo de esas referencias a sus autores más admirados. Y en mucho de lo que escribe también deja caer muchas sentencias y reflexiones que otros, a su vez, acabarán convirtiendo en citas.

Rubén es Sísifo y es cada uno de nosotros, también Sísifos que solo queremos ser felices. Y él sabe, por seguir con lo mitológico, que la palabra es lo único que nos salvará de los laberintos y de los minotauros que tratan de aprovechar cualquier atisbo de ignorancia para desorientarnos o destruirnos. Solo nos queda el cordel de la inteligencia y de las emociones para emular a Teseo. También contamos con el fuego que Prometeo robó a los dioses y que nosotros hemos convertido en placer o en esa puerta abierta que nos permite habitar otros mundos sin salir de este mundo tan previsible y tan maltratado por los que se niegan a entender que la educación y la cultura es, junto con el amor, lo único que realmente nos salva.

Cuando leemos también estamos recorriendo los senderos que siguió quien escribe. Todo ese camino andado por Rubén Benítez Florido nos llega ahora con esa madurez y esa sapiencia que atesoran los que viven sabiendo que la única certeza se encuentra siempre en el aprendizaje diario. No esperen dogmas ni verdades absolutas en este libro. Rubén nos cuenta lo que sabe o lo que intuye con esa sutileza con la que se manifiestan siempre los sabios. Celebramos la aparición de Sísifo merece ser feliz. No todos los días tenemos la suerte de encontramos con libros que ayuden a que la vida sea un lugar un poco más comprensible y habitable.

(Este texto fue leído ayer durante la presentación del libro Sísifo merece ser feliz de Rubén Benítez Florido)


Las calles casi nunca se trazan simétricas porque siempre habrá alguien que acabará cambiando un color de la fachada o colocando una maceta de geranios que la aleje de los planos o de las intenciones de quienes la proyectaron. Una calle es una sucesión de puertas y de ventanas que acaban coincidiendo en una ciudad de paso, edificios que se van sumando según las modas o las necesidades. Ya luego acabarán plantando unos árboles, colocando contenedores de basura o aparcando coches sobre las aceras. Todos esos coches, en las ciudades pequeñas, también terminan formando parte de nuestro paisaje. A veces no sabemos quién vive en el número once o en el treinta, pero sí reconocemos cada noche el mismo coche rojo o la furgoneta desconchada, y el día que faltan uno se da cuenta de que su calle también cambia como cambian cada uno de esos árboles cuando siembran de hojas otoñales las aceras o alegran con flores luminosas los horizontes de mayo.
En mi calle se escucharon anoche los gritos de los goles contra Italia y ahora mismo transitan por ella los primeros coches que vienen a sustituir a los que ya partieron a primera hora de la mañana. Alguien dice estar contento porque a Bárcenas por fin lo han metido en la cárcel. Dos señoras están en la esquina y me saludan cuando paso con mi perro. Antes de llegar estaban hablando de los ángeles. Me hubiera gustado haber escuchado algo más. Todos los argumentos que escribo suenan previamente en las calles por donde voy pasando, en los ojos de ese mendigo que me mira cuando se acaba de lavar la cara en el agua de la fuente de la plaza, en la mirada desafiante de ese pisaverde que se cree el rey del mambo por ser juez de no sé qué juzgado ni de qué instancia o en los niños que estos días ya no están cargando mochilas o esperando guaguas que les alejen todavía más de la inocencia.
A mi calle llega el olor del salitre cuando sube la marea y en sus paredes siempre hay escritos de un adolescente enamorado que lleva todo el año escribiéndole mensajes de amor a una tal Marta que no le debe hacer ni caso. Dentro de un rato abrirá un negocio en el que siempre cantan boleros los dos empleados. Hace años también había una panificadora que dejaba todo oliendo a pan y a milagro. En su lugar han abierto hace poco una sucursal para que la gente haga apuestas con los resultados de los partidos de fútbol. De vez en cuando aparece alguna gaviota serenando su vuelo cerca de las fachadas como si mi calle fuera solo una estela trazada entre la cercana e infinita inmensidad oceánica.

Hay millones de caminos, pero solo somos aquellos senderos que atravesamos siguiendo el tránsito diario del azar y de nuestras propias corazonadas. Si ya quieres andar más lejos, o llegar donde no alcanzan ni tus piernas ni tu tiempo tan parco y tan inasible, puedes leer un libro o soñar mirando a una pantalla. No todo está perdido cuando nos queda el consuelo de la ficción para seguir estando lejos de lo que no queremos. Uno tampoco renuncia nunca a lo que no ha tenido. Si acaso lo desconoce; pero jamás se puede añorar lo que no se vive.

El verano se presenta sin que tengamos que salir a buscarlo a ninguna parte. Los días se hacen más largos y las playas se van llenando cada vez de más gente. Pero quienes realmente te lo recuerdan son los niños que juegan en la plaza. Ya no desaparecen a las siete o a las ocho de la tarde; ahora los ves golpeando los balones hasta las nueve o las diez de la noche entre semana, felices de saber que a la mañana siguiente no han de volver a ningún colegio. No creo que haya horizonte más placentero que el que encontrábamos de niño cuando nos daban las vacaciones de verano. Lo triste es que ahora los colegios también deban abrir en verano para que los niños puedan comer algo. La crisis es más virulenta cuando le acabamos poniendo cara y cuando toca de lleno a la infancia. No hay ningún futuro cuando un niño tiene hambre. Ni siquiera me compensa la alegría de los otros niños que juegan ufanos en las plazas. Hay amigos profesores que me cuentan cómo llegan cada vez más niños a las aulas sin haber comido absolutamente nada durante muchas horas. Pasa aquí, al lado mismo de nuestras casas. Por eso me enerva todavía más ese ministro provocador y bocazas que además de no ayudar a paliar el hambre de algunos estudiantes se empeña en quitarle las becas a los aprobados. A ese ministro le pagamos usted y yo para que se esté riendo de nosotros en nuestra propia cara.

No vale de nada que te digan lo que es bello o lo que tienes que ir a buscar. Si haces caso a esos falsos reclamos llegarás a metas desoladas o alcanzarás objetivos que no te servirán para cumplir ningún sueño. Hay que pararse cuanto antes y ver qué es lo que realmente queremos. El valor de las cosas es siempre el que nosotros le demos. También hay que aprender a desterrar cuanto antes las inseguridades y los miedos. Siempre vales para algo, y si no sabes para qué es porque aún no has aprendido a mirar hacia dentro. No permitas nunca que te nieguen tu existencia. Solo tienes que buscar dónde acomodar cada uno de tus sueños. Te puedes equivocar cuantas veces quieras siempre y cuando aprendas algo en cada uno de los intentos. Lo que no valen son las demoras. La vida es corta, y aquí solo estamos para amar y para descubrir el valor de lo que realmente nos interesa. No dejes que te digan nunca que no vales para nada. Los que dicen eso hace tiempo que ya están muertos.

Da lo mismo la distancia en la que nos contemos. Nuestra vida cabe en un renglón o en una novela sin que su intensidad se vea afectada por el número de palabras o de páginas. No es una moda la escritura en corto. Ya Marco Aurelio o Gracián nos enseñaron que todo cabe en un par de palabras si somos capaces de dar con la emoción y el tono necesarios. Sí es verdad que en estos tiempos tan apresurados hay que sembrar las palabras con mucho jeito para que no las arrasen sobre la marcha las plagas de la mediocridad y la estulticia. Todo se lo lleva a diario la corriente del olvido, pero ese mismo olvido se vuelve cíclico cuando nos devuelve inesperadamente la memoria de un pasado que creíamos perdido para siempre. Nos basta un nombre para remover todos los recuerdos. No olvidamos nunca lo que realmente nos ha terminado importando. Todo lo demás sí es cierto que lo quema el tiempo.
En estos días ha caído en mis manos un libro que logra atrapar esos instantes casi inasibles. Quien lo escribe ha aprendido a mirar el mundo con ojos sabios y con esa humildad a la que llegan los que ya están curados de espanto. Ya el escritor Carlos de la Fe nos cuenta en el prólogo que "la sorpresa acecha detrás de cada cuento de Helio y es común que antes de empezar la lectura tengamos instalada una sonrisa cómplice a sabiendas de que no nos va a defraudar". El libro contiene microrrelatos prodigiosos, y su autor se maneja sabiamente con el humor, la ironía y con esos finales inesperados tan difíciles de lograr en siete u ocho renglones. Pero sobre todo, Brevedades (Editorial NACE 2013) es un libro que conmueve en muchas de sus propuestas. Hay algunos textos que han sido inspirados por su hijo. He escrito varios reportajes sobre autismo y he leído mucho sobre esa enfermedad tan misteriosa. Creo que Helio Ayala Díaz está llamado a contarnos mucho de lo que jamás podrán decirnos los médicos o los científicos. Su mirada ya ha sabido atravesar ese supuesto abismo que a veces nos separa tanto de ellos. Les dejo este texto titulado Puentes de silencio. Hacía tiempo que nadie lograba conmoverme tanto en tan pocas palabras:
"Despertaste una noche de marzo, aunque no del todo. Comenzaste a ser bebé, como se supone que deben ser los bebés, aunque no del todo. Es verdad que eras todo ojos, y que parecías interesado en retener las cosas, aunque no del todo. Fuiste a la guardería y a la primaria como el resto de los niños, corrías de un lado para otro, te reías y llorabas cuando caías, aprendiste a leer, a escribir y a hacer cuentas, aunque no del todo.
Ahora no sé qué pasa, y creo que tú tampoco. Sonríes menos y lloras más, te sigue gustando contar las casas y comerte las pipas sin pelar. Sigues persiguiendo mariposas, pero ahora te las comes. Escribes crispado y hemos perdido la cuenta de tanto golpe.
Hoy me siento contigo y lees de corrido cualquier relato, incluso éste, y me miras -sigues siendo todo ojos-como comprendiendo, aunque no del todo."


Esta noche podemos quemar todo lo que nos sobra. La ceniza es una metáfora que ayuda a que se apaguen los rescoldos de todas las vanidades. Las maderas viejas, la mala hierba acumulada o todo lo que ya no podemos llevar encima lo echamos al fuego para empezar de nuevo al día siguiente. Cuanto menos hablemos de aquello que sufrimos y es inevitable más cerca estaremos de la felicidad diaria. No cabe el olvido cuando no puedes alejarte de una enfermedad incurable o de las secuelas de un golpe en el alma que nunca cicatriza. Pero sí puedes dejar que todo se vuelva cenizas para comenzar de nuevo cada mañana. La vida también es una sucesión de tramos de felicidad que uno ha de saber aprovechar intensamente cuando llegan. Puedes pedir deseos o dejarte llevar por los rituales. Al final sí es cierto que eres tú quien único puedes encender tu propio fuego para quemar todo aquello que ya no te vale para nada. El verano te requiere siempre desnudo de sombras cerca de la playa.

En estos tiempos todos asumimos la inconsistencia de todo lo que nos rodea. Ya no nos sorprende que cada día nos arrebaten un derecho consolidado o que nos planteen condiciones involutivas que solo conducen a una esclavitud de la que creíamos habernos alejado para siempre. Lo que uno sí pensaba es que se iba a respetar siempre la memoria de los muertos que en vida nos regalaron belleza y emoción. Los poetas no suelen ser reconocidos cuando caminan entre nosotros, y si lo son han de buscar trabajo en cualquier parte para llegar a fin de mes. Queda bien pagarle a un especulador o a un concejal de pueblo, pero nunca a un poeta, y por extensión a un literato. Pero a los grandes poetas, y sobre todo a los grandes poetas muertos, pensábamos que se les respetaría eternamente.
Hace unos meses llegaron los primeros rumores que ya avisaban de que el Instituto Tomás Morales de Las Palmas de Gran Canaria iba a cambiar de nombre. Se hablaba de ponerle IES Fincas Unidas, ahí es nada. Casi lo consiguen, pero por una vez (y aquí destaco, por lo que me fue llegando, a gente como Juan Carlos de Sancho o Coca de Armas) se logró detener esa barbaridad propia de los pueblos zafios e incultos que no respetan ni su memoria ni la memoria de quienes intentaron abrir caminos más venturosos valiéndose de la inteligencia y de la belleza.
No está todo hecho: lo que tenemos tratan de destruirlo a diario y lo que anhelamos solo llegará luchando contra esa panda de advenedizos y desvergonzados que nos gobierna en casi todas partes. Ayer un estudiante de enseñanza pública de Madrid que sacó la nota más alta de selectividad declaró que en España no se valoraba la meritocracia y que la entrada en política se producía justo al revés de cómo debería ser: aquí vale con que te saques un carné de un partido y aprendas a medrar para ir subiendo peldaños. Esos mismos impresentables son los que tratan de acabar con las becas y con la educación pública, que es la única igualdad de oportunidades que conozco. Confío mucho en esa generación que viene pisando fuerte; pero nosotros tenemos que intentar que este sistema infestado de mediocres, prepotentes y patanes gobernantes vaya cayendo poco a poco como caen todas las frutas podridas de todos los árboles. Me tranquiliza la inevitable impermanencia de la condición humana y también, por qué no, la confianza ciega en una justicia poética como la que ha salvado estos días la memoria de Tomás Morales.


A las siete sonó el despertador. Encendió la radio y comprobó que la actualidad seguía siendo la misma ciénaga pestilente del día anterior y que casi todos seguían mintiendo. Recordaba las sensaciones del sueño que había vivido hacía unos minutos, pero no era capaz de precisar los detalles. Fue al cuarto de baño, luego preparó un café en la cocina y mientras lo tomaba se asomó a la ventana y comprobó que llovía mansamente. Aún no sabía qué color elegir para salir a la calle. Había días para vestir de rojo y otros en los que solo podía esconderse tras los grises otoñales. No temía la mala suerte teatral del amarillo y el negro lo sacaba solo cuando tenía que ir a algún entierro. Se tomaba el café y veía a la gente correr como loca hacia todas partes. Los coches no se detenían ni siquiera en los pasos de peatones y casi todo el mundo andaba pendiente de que el viento no destrozara su paraguas. Se duchó y salió a la calle vestido de azul y de morado. No tenía adónde ir. Estaba jubilado y su mujer había fallecido hacía once meses. Vivía solo. Era un color más en medio del anonimato de las aceras. Alguien también le estaría mirando desde alguna ventana. Recorría despacio el trayecto que le conducía a la oficina bancaria en la que había trabajado toda su vida. Necesitaba seguir con la rutina diaria para que sus pasos no se sintieran nunca huérfanos. Donde estaba su mesa de trabajo había ahora una barra de bar. Se tomaba el segundo café de la mañana y comía unas tostadas con mantequilla y mermelada. Echaba de menos a su mujer. Estuvieron soñando toda la vida con estar juntos todo el tiempo cuando se jubilaran. Si el día estaba soleado se acercaba cerca de la costa a pasear un rato. Cuando llovía regresaba a casa.


Les bastó una mirada para reconocerse en la inmensidad del tiempo. Los grandes amores aparecen sin que haya que ir a buscarlos a ninguna parte. Él la vio como siempre la había soñado y ella lo encontró como sabía que debía encontrarlo. Fue él quien perdió el vuelo. Ella llegaba con su pequeña maleta para estudiar Filosofía y Letras y él iba a volar para casarse en un país lejano. De eso hace ya cincuenta años. No hay semana en la que no se acerquen al aeropuerto a contemplar cómo se cruzan los destinos de los viajeros que van y vienen sin saber que algún día se terminarán encontrando.

Los poetas llevan años tratando de matar la poesía que ellos mismos escriben y los novelistas escriben novelas declarando todo el rato que están a punto de darle matarile y que no es un género apropiado para contar lo que nos pasa. Anoche, en una brillante intervención en el congreso galdosiano que se celebra en Las Palmas de Gran Canaria, Juan Jesús Armas Marcelo disertó sobre la persistencia de la novela y sobre un escritor (Galdós) al que, como a la propia novela, muchos han querido ir enterrando sin saber que tras cada palada de olvido lo iban ayudando a que siguiera más vivo que casi todos sus contemporáneos y que esos ninguneadores a los que el tiempo sí que ha ido sepultando en la inconsistencia de sus malvadas teorías.
Juancho hablaba, además, de la novela realista, entendida esta como la que cuenta la vida y los sueños de los hombres. Y para la disertación escogió un título proustiano: Por el camino de Galdós. Citó a los grandes, desde Balzac, Stendhal o Flaubert hasta Philip Roth, Muñoz Molina o Mario Vargas Llosa, y defendió a carta cabal un género que seguirá contándonos cómo somos o cómo querríamos ser si no fuéramos tan mortales y previsibles. Lo escribía Galdós en Fortunata y Jacinta: "Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela". Mientras no nos roboticen y nos dejen las palabras para que podamos salvarnos con ellas de los mediocres naufragios de la realidad habrá mujeres y hombres que seguirán viviendo historias de novela por todas partes. Algunas acabarán en el papel y otras se irán quedando en esbozos. Unas serán leídas casi de inmediato y otras aguardarán su momento en cajones o en archivos olvidados en el fondo de las pantallas. Como contó Juancho Armas Marcelo, los mismos que anuncian la muerte de la novela se presentan con una novedad novelada casi cada año. No se vive para escribir; pero si no se escribe la vida es mucho menos vida, o por lo menos no nos parecería tan increíble como cuando nos terminamos leyendo en ella.

La amaba con toda su alma. No quería seguir adelante. Habían vivido juntos cincuenta años. Solo quería volver hacia atrás para no olvidarla. Cada mañana se despertaba y retrocedía un día en su memoria. Le costaba recordar; pero sabía que solo rehaciendo el tiempo que vivió con ella podría mantenerla a salvo. Cuidaba su salud y caminaba un rato cada día cerca de la costa para mantenerse en forma. Celebraba los cumpleaños de sus nietos, acudía a los funerales de sus amigos y veía los partidos de fútbol de su equipo. Todo eso era la vida rutinaria; la otra, la que acontecía más allá de la memoria, se la dedicaba solo a ella. Se pasaba las horas tendido en el sillón recordándola. Volvió al primer beso, a cada uno de sus viajes, a las playas, a los restaurantes y a los paseos casi diarios que daban juntos a última hora de la tarde. En su casa, cuando no lo veía nadie, le gustaba caminar hacia atrás por el pasillo. No paraban de repetirle que tenía toda la vida por delante. Él los miraba y sonreía. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Y todo el que el que le quedara se lo quería seguir dedicando a ella. No creía en cielos ni en reencuentros. Al morir sabía que a los dos los terminarían olvidando para siempre en todas partes. Pronunciaba su nombre desde que salía de la cama y no dejaba de repetirlo mentalmente todo el rato hasta que se acostaba. Incluso en los sueños seguía sintiendo su mano.

La victoria o la derrota importan poco al día siguiente. Lo que queda es el intento y la experiencia de lo que se vive. Cuando se gana se disfruta tanto que olvidamos las filosofías; en cambio la derrota nos sirve para relativizar todas las competiciones y para saber que lo que vale no son los logros sino los intentos. Al día siguiente, ganadores y perdedores volverán a empezar de nuevo acumulando recuerdos. A veces incluso es mejor perder que ganar si queremos valorar esos triunfos cuando lleguen. Saber ganar es un arte más complicado que aprender a seguir perdiendo. Ayer la Unión Deportiva Las Palmas volvió a quedarse en el camino de sus propios sueños; pero desde hoy mismo estaremos planteando nuevos objetivos, posibles fichajes y próximos retos. Forma parte del devenir del deporte y del camino de nuestras ilusiones a medida que las vamos construyendo. No se gana en un día ni se pierde nunca todo de repente. Lo que acontece no es más que la consecuencia de lo que se ha venido haciendo. Y también está la suerte, pero esta se alía casi siempre con quienes más la buscan y con los que menos desesperan. Cada cual ha de aprender a pasar sus propias páginas si quiere seguir leyendo la vida que aún le queda por delante.

Siempre había querido tener un novio poeta. Me fui enamorando con los versos que leía cada mañana en su muro de Facebook. Empecé a poner Me gusta casi a diario en todo lo que escribía y luego ya pasé a los comentarios y a las confidencias en el chat o en los mensajes privados. Yo estaba casada entonces. Tenía dos hijos en la universidad y un marido al que solo besaba en la mejilla después de abrir el champán la noche de fin de año. Siempre me gustaron los poetas, pero me terminé casando con un cirujano plástico. Lo tenía todo sin tener nada. Me enamoró el hedonismo y la sensualidad de aquellos versos. Fue él quien vino a verme la primera vez. Yo me acerqué al hotel en el que se quedaba y terminamos acostándonos esa misma tarde. En seis semanas ya era yo la que había decidido dejar a mi marido y cambiar de ciudad para empezar de nuevo con un poeta enamorado.
Mis hijos han dejado de dirigirme la palabra, pero ya ellos no iban a llenar nunca la tremenda soledad que vivía en mi casa. Si aguanté tanto tiempo es porque criándolos apenas me daba cuenta del paso de los años y de las caricias que dejaron de recorrer mi cuerpo. Me conservo muy bien, siempre he practicado deporte y he cuidado mi alimentación, y luego tenía a mi marido para que arreglara las tres o cuatro imperfecciones inevitables alrededor de los ojos, en el pecho y ya por capricho también en los labios. Mi marido se esmeró con mis labios, y la sensualidad de su trazado hizo que todas mis amigas hicieran cola en su despacho. Con el tiempo he terminado sabiendo que todos aquellos labios no solo fueron rozados por el bisturí ni por la asepsia de sus manos.
El poeta me hacía el amor cada mañana y luego se encerraba a escribirme versos. Como todos los artistas, tenía sus manías y nunca me dejaba entrar donde estaba creando. Ya no tenía que esperar a que los publicara en Facebook para poder leerlos. Era la primera que los leía y también su principal destinataria. Las libretas fueron las que acabaron con nuestro amor. No era su letra, y el nombre de quien firmaba todos aquellos versos solo coincidía con su primer apellido. Luego descubrí que habían sido escritos por un tío suyo que estuvo encerrado veinte años en su casa escribiendo versos. Él era el único pariente que le quedaba. Heredó su casa con todo lo que tenía dentro. Había trabajado como notario hasta los cincuenta años y luego, de repente, renunció a todo por la poesía. Su padre le contó que quería ser poeta desde los quince años, pero que le convencieron para que estudiara derecho y para que opositara. Más tarde también consiguieron que trabajara. Solo se atrevió a cumplir su sueño cuando murieron sus padres y su hermano. Desde ese momento solo había vivido para leer y componer versos. Al principio los pensaba tirar, pero con la aparición de las redes sociales vio que gustaban y que además podía ligar mucho con ellos. Todo esto me lo confesó luego, cuando le pregunté por su procedencia y por los supuestos plagios. Quiso negarlo todo, pero solo tuve que pedirle que escribiera un poema con sus dedos sobre mi espalda para descubrir que era un plagiario. Sigue publicando en Facebook casi todos los días y cada semana aparece alguna mujer enamorada de los versos que empieza poniendo Me gusta y que luego se atreve a publicar sus primeros comentarios. A veces cambia la foto de perfil. También ha publicado un par de libros y le han dado unos cuantos premios.

El alma la inventamos abstracta para sentirnos algo más que carne y hueso en medio de la nada. Se nutre de lo que le damos. Duele una muela o un golpe en la rodilla o en el antebrazo: los dolores del alma son siempre mendaces e imaginarios. Se entiende que uno inventa para disfrutar de lo que hace; pero luego se nos cuelan los miedos y los agravios, los rencores, los traumas y todas esas otras rémoras que no hacen más que refrenar nuestros pasos. Los amputados gritan las primeras noches por el dolor insoportable que sienten donde ya no tienen nada. También nosotros nos empeñamos en eternizar padecimientos que no existen más que en nuestra mente tan poco adiestrada para el hedonismo y el olvido. Nadie pinta La Gioconda para destrozarla luego porque no habla.

Solo con alejarte unos pasos ya lo puedes ver todo más claro. La cercanía no siempre es una evidencia ni una razón a la que haya que seguirle los pasos. Cada cual tiene su propia perspectiva y su memoria para asomarse al mundo. No hacen falta miles de palabras para contar lo que vemos. A veces basta un adjetivo o un simple gesto para contarnos. Las explicaciones suelen ser argucias que buscamos para que no nos vean. Venimos del silencio. Los viejos son sabios porque son parcos y porque ya saben que todo lo que digan se lo acabará llevando el tiempo.

1333535500_395133_1333554603_noticia_normal.jpgLa única patria de un escritor es la página en blanco que tiene delante de sus ojos. Y también, como decía Heidegger, es el lenguaje, cada una de esas palabras que nombramos y que nos nombran desde que empezamos a reconocer el mundo. Benito Pérez Galdós es universal y canario, o canario y de todas partes. Lo de menos es dónde se sitúen las historias. Es isleño por el fondo de su mirada y por la sutileza con la que traza casi todos sus personajes. Cuando lo leo reconozco el habla de mis abuelas o de los viejos que escuchaba en mi pueblo de infancia. Uno es el idioma que lleva a todas partes, el lenguaje que resuena con todos los recuerdos, con los viajes y con el eco de todas las voces que fueron dejando aquellos que nos acompañaron. De Galdós me quedo también con su compromiso con la literatura, algo que le llevó a perderlo todo, a vivir en soledad y a terminar medio ciego tratando de orientarse solo con las luces que iban proyectando sus personajes.
Se escribe para eternizar la infancia y para no perder nunca la curiosidad por donde vamos pasando. Galdós fue niño entre las mismas calles que ahora recorremos nosotros a diario, y aquí aprendió sus primeras palabras, soñó escribiendo los textos que publicaría luego y descubrió que el mar lo relativiza absolutamente todo. Por eso cuando llegó a Madrid supo ver más allá de lo que tenía delante. Venía de contemplar horizontes oceánicos y barcos cargados de sueños con hombres de distintas razas y relatos en los que se entremezclaban las culturas de lejanas orillas. Y venía de un lugar con una influencia cosmopolita y portuaria, y con esos ingleses que mezclaron su fina ironía con la mordaz socarronería canaria. Todo eso conforma luego el lenguaje de Galdós y su capacidad para recrear situaciones y escenarios tan distintos al de otros escritores castellanos. Manejaba prodigiosamente la ironía y la sutileza, supo contar a la mujer como ningún otro de sus contemporáneos y en sus Episodios Nacionales logró que entendiéramos lo que estaba pasando a través del alma cada uno de sus protagonistas.
De Galdós admiro su disciplina diaria, ese tesón que le llevó escribir titánicamente sin desfallecer jamás, sabiendo que lo que no se escribe se lo lleva el olvido para siempre. Me conmueve su imagen final en la famosa fotografía que le sacó Alfonso en su casa de la calle Hilarión Eslava de Madrid. Aparece casi ciego, viejo, solitario, con un abrigo que uno adivina ajado y con una gran bufanda enredada en su cuello. Acaricia un perro enorme como los perros que aparecen en una foto de unos años antes en la finca que su familia poseía en la zona de Los Hoyos, en Gran Canaria. Estoy seguro de que entonces, cuando casi no veía, escuchaba el rumor de los callaos que de niño vería rodar muchas tardes en la trasera de calle Triana. Uno casi llega a oler el mar que parece estar vislumbrando mucho más allá de los espejuelos de sus gafas. Y cuando un isleño hace resonar el mar que lleva dentro siempre está recreando su propia infancia. Luego se sentaría y trataría de atrapar esa nostalgia de sebas y de mareas bajas en esos otros trasmallos de sueños que son siempre las palabras.

(Este artículo fue publicado ayer en el suplemento cultural Pleamar de Canarias 7)

Cuando se separó nos tranquilizaba diciendo que no era débil porque venía curtida en mil batallas genealógicas de otros antepasados que también habrían sufrido grandes desengaños. Dormía sola, se despertaba sola, hacía la compra en el supermercado sola, lloraba sola y pasó esta última navidad también sola. Nosotras éramos su única familia. Nunca me perdonaré lo que he hecho.
Ella se acababa de divorciar después de treinta años. No lo llevó bien. Ni él tampoco. Se habían dejado de querer y el amor se les fue escapando entre monosílabos y en medio de una rutina diaria que terminó por apagar todos los rescoldos. Siempre tuvimos envidia de ellos. Era la pareja perfecta. Se conocieron cuando estudiábamos la carrera. Los dos acabaron Derecho. Él luego terminó siendo juez y ella sacó unas oposiciones que le garantizaban el trabajo de por vida. Eran guapos, deportistas, viajeros. No pudieron tener hijos. Quizá esa fue una de sus pocas desgracias. Cuando hablabas con ella no te lo contaba con pena. Habían aprendido a aceptar lo que la vida les iba regalando. Sus amigas seguimos siendo las amigas de la Facultad. Todas las demás estamos casadas y tenemos hijos.
A veces a una paranoica no se le descubre el daño que hace hasta que ya no hay remedio para sus maledicencias. Esto lo puedo decir ahora, cuando el paso de los días me permite atar los cabos de mis propios remordimientos. Julia siempre estuvo obsesionada con Paula. Lo tenía todo, pero desde que estudiábamos juntas no había gesto de nuestra amiga que no envidiara. Paula ha sido la persona más buena y generosa que he conocido en mi vida, por eso no me perdonaré nunca lo que he hecho. Cuando se separó, Julia empezó con los ataques más dañinos y más delirantes. La empezó a acusar de querer romper su matrimonio, nos decía que se había separado para fugarse con su marido, que Paula la espiaba por la pantalla del ordenador e incluso desde el mismísimo teléfono cuando lo tenía apagado. Nunca podré entender cómo me pude llegar a creer todo eso. En un par de semanas logró que todas las amigas viéramos a Paula como un monstruo.
Ella me llamaba llorando muchas veces, me decía que estaba sola, que echaba mucho de menos a su ex marido y que convivía con una infinita tristeza que no sabía si iba a ser capaz de superar. No la llamé durante semanas, y cuando me llamaba no cogía el teléfono o contestaba distante, casi enfadada. Todas las amigas fuimos aceptando las mentiras y las obsesiones de Julia. Nos decía que lo único que pretendía era hundirnos con sus desgracias, que nos utilizaba y que al final lo que buscaba era acostarse con nuestros maridos. Y puedo asegurar que basta con que una paranoica empiece a relacionar frases y acontecimientos para que todo cuadre con lo que se está inventando. Yo no sé si sería capaz de estar tan sola como estuvo Paula los últimos meses en un apartamento diminuto cerca de la playa.
Llevaba de baja desde que se separó y había perdido todos sus ahorros en una estafa inmobiliaria. Julia decía que se lo había gastado en cocaína y que la habían visto merodeando por el casino de la capital muchas noches, y que por tanto se merecía lo que le estaba pasando. No lo dudamos y la apartamos todavía más de nuestro lado. Hace tres semanas me había acercado a ella al ver que Julia también comenzaba a atacarme. Le conté todo y se puso a llorar desconsoladamente. Me preguntó que si creía todas esas mentiras y le dije que no. Me volvió a decir que estaba tremendamente sola y que no entendía cómo se podía ser tan cruel con quien difícilmente tiene fuerzas para levantarse de la cama. En aquellos días Julia también me estaba acusando a mí de estar detrás de una gran trama contra ella. Sentí una gran impotencia y mi primera reacción fue acercarme a Paula buscando solidaridad ante la maledicencia.
Pero Julia supo hacerse perdonar y volvió a ponerme en contra de Paula. Me imagino que ese golpe no lo superaría nunca. Volví a alejarme de su lado y a tratarla con una despiadada frialdad. Sus padres habían muerto hacía años y no tenía familiares conocidos en la isla. La navidad ya es descorazonadora para los solitarios. En el periódico contaron que los bañistas creyeron que era una mujer haciéndose la muerta. Luego se dieron cuenta de que era un cadáver flotando sobre un manto de algas que removía las olas cadenciosamente. Dejó escrito que la incineraran. En el tanatorio solo estuvimos su ex marido, un par de compañeras de trabajo y yo. Julia me llamó al día siguiente diciéndome que era un final anunciado. Jamás podré perdonarme. Era una buena mujer. Un ángel.

Hay lunas que alteran nuestras propias corrientes. Los animales conocen lo que nosotros ya ni siquiera presentimos. Ellos todavía saben cuándo llegan las plumas nuevas a sus alas o cuándo hay que cambiar de lugar para que el frío no acabe congelando esas alas. Casi todas las aves sabias son itinerantes y han aprendido que los nidos son casi siempre más efímeros que los árboles. Hay días en que a nosotros también nos atraviesan mareas de tristeza sin que sepamos de dónde provienen. Posiblemente sean atávicos avisos de cambios de estación o de vida, o alguna luna malhadada que remueve ausencias y nostalgias. Pero siempre escampa y no hay luna que no termine pasando. A nosotros también nos salen metáforicas alas diarias para que podamos seguir volando. A veces solo hay que extender los sueños para que se abran.

No hay nada. Cuando abres los ojos solo encuentras un vacío que comienza a llenarse de recuerdos. Desde el momento en que atisbas la primera luz del día hasta que te acuestas todo está por escribir y por suceder. Cabe todo en un día como mismo cabe todo en un sueño. El ruido de los primeros coches te anuncia que la ciudad ya se está despertando. Tampoco saben las calles de los amores o de las decepciones que encontrarán los peatones cuando transiten por sus aceras. Hay un pintor que ahora mismo está mirando hacia el vacío de un lienzo en blanco. Ni siquiera él sabe adónde le acabarán llevando cada uno de sus próximos trazos.

A veces necesitamos que nos representen sobre un escenario la realidad para poder llegar a entenderla. María Galiana y Juan Echanove escenificaron anoche en el Teatro Cuyás algunas de las claves de esta crisis moral y económica que estamos sufriendo. Conversaciones con mamá era algo más que un juego interpretativo cargado de humor, frases sorprendentes, ternura y mucha emoción. Tras esos diálogos escritos por Santiago Carlos Oves encontrábamos representada la vida de muchos de nosotros. Me quedo con un par de frases, sobre todo con la razón de lo que realmente estamos perdiendo cuando creemos que nos quedamos sin nada: "Tenemos miedo a perder una apariencia", a que desaparezca lo que creemos que nos identifica y que realmente no es nada, o por lo menos no es lo que somos sino lo que nos han vendido que teníamos que ser. En medio de ese caos de eufemismos y temores infundados también se habló de "la honestidad de los sentimientos" como el único camino en el que podemos mantenernos a salvo. Si perdemos que por lo menos seamos nosotros los que hayamos podido elegir la batalla de nuestra propia vida. Lo lastimoso es tener miedo a perder lo que verdaderamente nos importa poco.

La música es un viaje en el tiempo. Cualquier acorde te devuelve a la orilla de la que un día partiste pensando que Ítaca no iba a estar tan lejos. Los sonidos viajan en la memoria y resuenan con la misma insistencia que las mareas. Hay canciones a las que nadie podrá borrarles el blanco y negro, esa pátina que aquieta los acordes y que también termina amarilleando los papeles viejos. Por eso cada vez que tarareas rebuscando olvidadas melodías no haces más que musicalizar tus propios recuerdos. No hay eco que no termine en regreso. Nosotros también vamos dejando voces que siempre acabarán volviendo.

La suerte existe, y también la gente que aparece para tenderte una mano cuando ya creías que no te salvaría nadie. Nos encaraman y nos descorazonan muchas veces a lo largo de nuestra vida. Los días aciagos lo ves todo tan sombrío que parece que no hay más salida que el fracaso o la desazón perpetua, y en los grandes momentos de felicidad ahuyentamos tanto a las tristezas que llegamos a creer que realmente no existen. En medio están esos días en los que nos dejamos llevar silbando con las manos en los bolsillos o cumpliendo los distintos horarios como mismo van cambiando de colores los semáforos. Nadie permanece eternamente en ninguna cumbre ni se arrastra para siempre en ningún fango. Basta una ráfaga de viento para que cambie un paisaje o un encuentro inesperado para que cualquier biografía se escriba con nuevas palabras. Solo en los límites reconocerás las esperanzas.

(Comparto el texto que leí en la presentación del libro de poemas "Grietas", de María Jesús Alvarado).
Los grandes riscos de nuestras costas se mantienen en pie a pesar de estar horadados por las grietas que ha ido dejando la erosión del tiempo. Ese mismo tiempo también reabre de vez en cuando heridas como aquellas que escribiera César Vallejo que abrían "zanjas oscuras en el lomo más fiero y en el pecho más fuerte". Y ante esas heridas, ante esos golpes de mar que de vez en cuando nos arrebatan casi todo lo que queríamos, a veces solo nos queda el consuelo ensimismado de algún poema. Lo escribe mejor María Jesús Alvarado en unos versos que estoy seguro que nuestro cerebro conservará para cuando lleguen días aciagos o para cuando haya que entregar el equipaje y entender, por fin, que la existencia es tan efímera y tan frágil que no vale casi nada de lo que nos quita el sueño. "Envejecer con dignidad es la única opción/para la herida incapaz de convertirse en cicatriz: la apariencia/ de una grieta accidental/-sangrante, imprecisa y sin tiempo-/ podrá hacerla sentir incluso/hermosa." Esa cicatriz, esa grieta, que aparentemente está llamada a derrotarnos se termina convirtiendo en la razón por la que nos negamos a habitar en lo sombrío o a dejar de escribir. Creo que se escribe para ir envejeciendo con esa dignidad que plantea María Jesús al principio de ese grandioso poema.
Grietas está dividido en tres partes que vienen a ser tres miradas que terminan entrecruzándose a medida que nos adentramos en el libro. La primera parte se titula Territorio del tiempo, y habla del espacio que reconoce la poeta como su lugar en el mundo, o de ese minutero que va acercando nuevas luces a medida que apaga todo lo que vamos dejando atrás en el camino. Siempre acudo a la que dijo Antonio Machado de la poesía. Él repetía que era la palabra en el tiempo, y eso creo que lo suscribimos casi todos los que nos agarramos a los maderos de los versos para no naufragar en los mares diarios de la mediocridad o el hastío; pero también escribimos para entendernos en ese tránsito incesante que nos cambia la piel y el fondo de nuestra propia mirada. María Jesús Alvarado no olvida "el tacto leve/de la eternidad" cuando se refiere a la memoria, a lo que somos, a lo que vamos dejando, y a lo que alguna vez rozamos con la punta de los dedos en el trazo de unos versos que nos salvan nos salvan.
"El azar-escribe-me despertó en este paraje", y una vez aquí no hallamos respuestas convincentes. Cuando nos dejan a la intemperie lo primero que hacemos es buscar refugio en alguna parte; intentamos dar con esa Casa Misericordia que Joan Margarit identifica con la poesía porque, junto con el amor, el verso es lo único que nos salva hasta que ese mismo azar nos devuelva a otro paraje más acogedor que a veces intuimos entre las sombras de todas las metáforas. En ese Territorio del tiempo, María Jesús Alvarado también escribe con la estoica certeza de quien asume las pérdidas como caminos para llegar a nuevos encuentros y a nuevos escenarios: "tejido de arrugas necesarias/para poder reconocerme en las caricias."
No busquen negruras en este poemario porque no las hay; tampoco pesimismos ni lamentos. Hay luz alumbrando muchas veces lo que es trágico, una mirada cara a cara a la existencia sin más armas que unas cuantas palabras. "Ninguna oscuridad es total/ (amago de luz...)/Ningún silencio es absoluto/ (leve susurro..)/ Siempre una grieta/generosa,/convierte en perfecto/y eterno/ lo inalcanzable." Todo está en armonía, sería imposible que siguiéramos respirando si ahora mismo no hubiera una física cuántica perfecta ordenando lo que a nosotros nos parece un caos. La poesía contribuye a equilibrar el mundo, a volver delicados a los hombres, como decía Juan Ramón Jiménez, para hacerlos mucho más fuertes.
"Si el aire me abandona,/ me quedarán las piedras,/para escribir mi nombre." Se escribe en cualquier parte, en cualquier papel ya marcado por otras tintas, en la arena de la playa o en el vaho que deja la humedad del invierno en las ventanas. También se escribe mucho antes de que empezáramos a reconocer el significado de las palabras: hay una música que vamos guardando con cada uno de nuestros pasos y con lo que contemplan todas nuestras miradas. Esos acordes se vuelven luego poemas que parece que nacen de la nada, y sin embargo no hacen más que retomar melodías que nosotros hemos ido guardando posiblemente desde mucho antes de tener memoria o de saber que estábamos existiendo. Y a veces, cuando el recuerdo o el fogonazo de la naturaleza se cruza con nuestro pensamiento, aparecen haikus que también escribíamos antes de saber incluso cómo se llamaban. Transcribo alguno de los diez haikus para un día de lluvia que la poeta deja caer en el libro como caen las gotas de esas lluvias cuando mojan las entrañas del alma: "En la mañana/se despierta el silencio/ y la piel desnuda". "La lluvia mansa/mojándome los versos./Ladera alta". "Barranco abajo,/mojadas las paredes,/ camino verde." "Y el agua calla/-memoria de las nubes-./Tierra en silencio".
La segunda parte del libro se asoma al océano a través de "Irremediable mar". María Jesús Alvarado también creció soñando más allá de los horizontes que vuelven nostálgica y ensoñadora la perspectiva de los isleños. Todo es relativo, y no porque lo diga un físico o un filósofo sino porque lo escribe el mar en esos finales en donde parece que ya es imposible que haya nada más allá de lo que vemos. Y realmente, desde niños, aprendimos a soñar más que a entender los espejismos y los países que iban buscando aquellos barcos que se confundían con las brumas o con el arrebol interminable del ocaso. "Azul/grabado a fuego/ en la suave piel/de mi otoño incipiente." El mar de María Jesús Alvarado acaba siendo una tinta marina con el que uno se tatúa el nombre de todos los ausentes. Ella sabe, porque lo ha visto muchas veces en el agua de los charcos, o en esa escritura de olas que queda en la arena de algunas playas, que el azul es la única bandera de la única patria que reconocemos los isleños. "Yo creo firmemente/en el azul del mar,/ en su frágil y eterna permanencia.". Y escribo el final de otro poema en el que la poeta se refiere a esos tatuajes que acabo de nombrar: "Y yo, que me dejo querer:/ entregada al azul/ tatuada la piel/ con su tinta salada.".
Y también es en el mar donde único nos seguimos reconociendo porque en su incesante movimiento ha logrado mantenerse eterno. No se detiene porque probablemente sus corrientes solo siguen el designio lejano de las leyes del universo. Pero mejor dejamos que sea la poeta quien lo cuente: "Es el mar quien nos salva:/ El espejo del cielo/ que nunca se rompe."
La tercera parte del libro lleva por título "Palabras como estrías", y de alguna manera vuelve el mar y regresa el tiempo, aunque en este caso sean las palabras las que erosionan los sentimientos y dejan marcas en la piel como mismo dibujan las mareas los contornos de todas las orillas. "Pero el tiempo es breve, y no compensa/transitar por el rencor./ Yo elegí ser feliz./ No hay mejor venganza." Y la felicidad es ese verso que te salva y que aleja los rencores y los agravios. No cura, porque nunca hay milagro que cure lo que hace daño; pero sí te ayuda, como dice María Jesús Alvarado, a ser feliz, a embellecer lo que otros solo quieren ir destrozando. En el fondo escribimos para salvarnos y para no olvidar nunca la brevedad de ese tiempo que siempre deja marcas si sabemos encontrar los símbolos precisos en el abecedario. Pero para dejar esas huellas hay que adentrarse casi hasta el abismo dentro de nuestra propia alma. Lo que va pasando fuera solo roza levemente nuestra piel, no es más que arena que sigue de largo sin llegar a convertirse en esa duna que también acabará deshaciendo en las noches largas. "Con los años se aprende que la vida basta,/ y que nos hace falta/encontrarnos a solas/ con la luz y las horas." Sin ese viaje interior solo estaríamos yendo de un lado para otro sin detenernos jamás en nosotros mismos. Tampoco nos reconocerán si no aprendemos a mirarnos más allá de lo que somos. Pero prefiero que sea el último poema de Grietas el que cuente lo que estoy tratando de explicar: "Te preguntas quién soy./ ¡Y es tan fácil saberse mis ojos!/ Sigue el rastro de mis besos en la arena/ hasta la orilla misma de la playa,/y mira desde allí la tierra y los veranos/que se han ido quedando entre las piedras./ Estaré justo allí, tranquila y pequeña,/con los pies en el agua, entre la sal/ del horizonte y la luz de la espera/. Me reconocerás fácilmente por mis grietas." Por eso escribimos: para que nos entiendan, para que nos reconozcan, para que nos amen. Para no tener que esconder nunca ninguna grieta que nos atenace. Para ahuyentar al abismo sabiendo que contamos con muchas hendiduras por las que escaparnos. Pero retomo unos versos ya citados de María Jesús Alvarado: "Envejecer con dignidad es la única opción/para la herida incapaz de convertirse en cicatriz". No concibo una manera mejor de entender la vida y de explicar por qué necesitamos seguir escribiendo.

Cada cual puede armonizar el mundo de mil maneras diferentes. Hace tiempo que solo creo en la belleza y en todo lo que conduzca a hacernos un poco más felices aun en medio de las pesadillas. Cuesta no dejarse arrastrar por tanto indeseable que solo busca esa confrontación que les hace pensar que son eternos y que cuando se vayan para siempre se llevarán sus títulos, sus fajos de billetes o sus coches de marca. No hablo de dejación ni de asumir derrotas; pero la serenidad solo entiende de coherencia y de honradez, y suele premiar a quien intenta no traicionarse a pesar de las muchas tentaciones. Si elaboras panes intenta que sean los más sabrosos del mundo; si colocas grifos dedica todo tu talento para que queden perfectos y a ser posible originales; si vendes no dejes de esbozar la mejor de tus sonrisas a todo aquel que pase por tu caja; si escribes intenta que siempre vibren la emoción y la belleza detrás de todas las palabras con las que cuentas o te cuentas, o con las que sobrevives cuando ya has dado por perdidas todas las batallas.

Alguien con sensibilidad jamás pasará de largo ante la pobreza, el abuso o la prepotencia. Tampoco se le escapará el canto de un pájaro en medio del fragor de los coches o de los bocinazos. Nos quisieron convertir en sabios solo con fórmulas o acumulando conocimientos; pero la sabiduría ya la tenían nuestras abuelas sin haber viajado lejos ni haber estado veinte años en las aulas. Nosotros somos nuestros propios espejos diarios, y además también acabamos siendo los espejos de nuestros hijos, nuestros vecinos o nuestros compañeros de trabajo. No hay que vencer ni convencer a nadie; solo hay que ser diáfanos y tratar de no perder el norte de la observación y de la calma en ninguna circunstancia. No vinimos aquí para no aprender nada. Todo lo que te encuentras tiene un sentido que debes buscar no pasando nunca de largo, ni creyendo que ya lo sabes todo. Si eres leguleyo sabrás de leyes pero no sabrás podar un viñedo; si eres cirujano operarás con precisión pero no sabrás elaborar el pan como el panadero que lleva toda la vida amasando harina y agua; si eres escritor sabrás escribir pero no componer bellas melodías o enladrillar una habitación o un garaje. Cada uno sabe lo que sabe, y todos sabemos siempre algo. Nadie es más que nadie, tenga lo que tenga y haya estudiado lo que haya estudiado. Cualquier pino centenario ha escuchado más vientos y más ecos de palabras que cualquiera de nosotros y, sin embargo, seguimos sin respetarlo o sin acercarnos con ese cuidado con el que tendríamos que tratar siempre a los sabios. Vivimos en una sociedad arrogante y prepotente. Aún tenemos que aprender a ser aprendices para que realmente acabemos sabiendo algo.

Cuando nos despertamos una mañana Internet ya estaba aquí. Qué hubieran hecho Cervantes, Galdós, Stendhal o James Joyce si una mañana se hubieran levantado y hubieran encontrado, como nosotros, que Internet ya estaba aquí, y que había nuevas formas de contar, nuevos formatos, y todo el público del planeta al alcance de las pantallas.
Kafka decía que se escribía entre sombras, rebuscando, tratando de dar con los argumentos y con la mejor manera de contarlos. Creo que siempre escribiremos entre esas sombras, y que Internet es esa habitación en la que nos adentramos tratando de orientarnos para seguir haciendo lo que más nos gusta, que es escribir y leer, solo eso, escribir y leer aquello que nos emocione y que nos engrandezca.
La periodista Davinia Suárez contaba que Cortázar, de haberse despertado como nosotros y haberse encontrado Internet como se encontró el dinosaurio el durmiente de Monterroso, hubiera escrito Rayuela aprovechando todas las ventajas digitales, los saltos aleatorios de capítulos, o los recorridos virtuales a través de enlaces; y no digamos, por seguir con escritores argentinos, lo que hubiera hecho Borges si hubiera contado con esta inabarcable biblioteca para poder contar historias.
Ni Galdós escribía como Cervantes, ni Baroja como Galdós, ni Delibes como Baroja, ni Vila-Matas como Delibes: cada escritura es hija de su tiempo y de sus influencias, de la tecnología que tenga a mano el escritor, de los riesgos que asuma y del idioma que se encuentre. Lo que sí que no cambiará nunca es nuestro deseo de que nos cuenten historias para entretener a nuestros propios sueños.

No porque gritemos más alto nos van a terminar escuchando más claro. A veces es el silencio el único que logra atravesar todas las fronteras. Los pájaros que cada mañana aparecen en mi azotea cantan con el mismo tono los domingos sin tráfico que los lunes caóticos y laborables. Y todos sabemos que hay miradas que lo dicen todo sin necesidad de que se pronuncie ninguna palabra. Son los ojos los primeros que presienten los abrazos y también los que descubren antes que nadie que un amor se ha terminado. Todo lo que somos lo acabamos reflejando en quienes nos miramos. También las palabras, cuando se escriben, trazan proféticamente lo que todavía nosotros ni siquiera imaginamos.

Ayer rebuscaba entre periódicos viejos, tan viejos que parecía mentira que hubiese pasado tanto tiempo, y me encontré con que muchas de las páginas habían sido devoradas por la carcoma. Casi todos los que salían en grandes titulares han desaparecido de los medios de comunicación y también todos aquellos sucesos que parecía que iban a quedar para siempre en nuestra memoria colectiva. Ahora no será la carcoma la que se coma el tiempo que dejamos escrito. Las propias pantallas ya traen incluida la asepsia del olvido. Quizá el papel era más evidente y metafórico, o por lo menos uno puede todavía constatar que importa poco el pasado, y que aunque algo esté escrito no hay renglón que logre refrenar la bulimia de los insectos y de los calendarios. Esas hojas de periódico que se deshacen entre los dedos se asemejan a la arena de la playa cuando la marea la separa de nuestras propias manos. Hay palabras que van dejando rastros de cenizas cuando pasan, crepitan y emocionan cuando las leemos y luego se pierden como aquellos papeles de las hogueras de infancia. También hay amores que se alejan de un día para otro sin que nadie logre entender nunca ese malhadado destino que se cruza a veces entre dos amantes.

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