los blogs de Canarias7

Archivos Mayo 2013

Las islas desiertas son ahora las calles sin cobertura y sin conexión wifi. Desde hace veinticuatro horas, la zona en la que vivo se ha quedado sin esa conexión inalámbrica que nos acerca el mundo. Aislado ya no viene de isla sino de Internet. Puedes ser un náufrago en medio de Manhattan o de Hong Kong. Si no nos actualizan las pantallas, en pocas horas te puedes quedar como aquellos robinsones que regresaban a la civilización sin poder asumir los lentos cambios de entonces. Aquí todo cambia de repente en unos días, y si te alejas o te incomunican te cuesta coger el hilo de tu propio tiempo. La muerte también se ha convertido en una recreación virtual de la técnica. Solo tienes que borrarte de las redes sociales para desaparecer como si lo hicieras para siempre. Por eso los escritores de antes se movían mucho mejor entre la ficción y lo cierto. Tampoco había nadie que les dijera si cuando escribían estaban vivos o muertos. A nosotros nos matan cuando nos desconectan.

Un día, jugando al escondite, te escondes más tiempo que otras veces para que no te encuentren y cuando sales ya no te reconoce nadie. No están los que te buscaban (y no sé si esto ya lo leí o lo escribí alguna vez), y no sabes quiénes son los pocos niños que encuentras por la calle. Si cerramos los ojos un momento todavía podemos encontrarnos escondidos en cualquier juego de infancia. Ninguno de nosotros podía pensar entonces que aquel sueño de querer hacernos mayores cuanto antes se iba a terminar cumpliendo sin que casi tuviéramos tiempo de darnos cuenta. Ya uno, por si acaso, no quiere jugar más al escondite, ni cerrar los ojos deseando el paso del tiempo. Ahora anhelamos todo lo contrario, no volver a la infancia, porque eso sería una sandez, sino refrenar intensamente cada minuto y vivirlo como si fuera siempre el último. La vida pasa de largo en un abrir y cerrar de ojos. Recuerda que parece que fue ayer mismo cuando no te encontraban. Desde que olvidamos el sentido del juego, dejamos que el tiempo nos derrote con todas sus trampas.

Hay una persistencia en la naturaleza que está por encima de las voluntades pasajeras de los humanos. Las olas no paran de llegar a la orilla, ni el sol deja de brillar detrás de un manto de nubes. Tampoco importa que nosotros construyamos muelles en las costas o ciudades megalómanas donde había extensos bosques o palmerales edénicos. Algún día los árboles volverán a emerger entre las grandes avenidas dejando nuestro paso por el mundo como una anécdota que acabará cubriendo la hojarasca. Estos días descubro la primavera entre los adoquines de Vegueta. En medio de las ranuras, o a veces abriéndose paso entre las propias piedras, brotan milagrosamente decenas de hierbajos que rebuscan los perros para retroceder también a tiempos más edénicos. No se detiene el curso de las estaciones porque nosotros nos neguemos a verlas. Esa pequeña insistencia diaria de la hierba nos debería enseñar que lo que realmente importa anida siempre en lo más profundo de nuestra propia naturaleza.


Todo es caos hasta que no escribimos la primera frase. Los pensamientos, los sueños y los temores consiguen desorientarnos cuando se entremezclan en medio de esas tormentas ante las que solo podemos buscar un buen refugio. La armonía acaba dependiendo del orden y del sentido de las palabras. Si logramos detenernos en medio de esa huida alocada que es a veces la vida podremos centrar también nuestros propios anhelos y todos los recuerdos que acaban confundiéndonos. A veces solo pronunciando en alto nuestro nombre conseguimos aquietar todo lo que nos abruma. Las palabras son al final las únicas que terminan dándole sentido a esa sucesión de fórmulas con las que nadie ha logrado descifrar los entresijos de nuestro propio destino.

Un hombre camina por la calle sin conocer qué le ocurrirá dentro de cinco minutos. La vida, cantaba Víctor Jara, es eterna en cinco minutos, puede cambiarnos todos los argumentos, los de ese hombre que camina y también los nuestros. Ese hombre se asombra cada día de los giros inesperados de su vida a lo largo de todos estos años, de los amores que encuentra y que pierde, de las ciudades por las que pensaba pasar de largo y que acabaron formando parte de su biografía más reconocible, de los perros que un día se cruzaron en su camino, de los milagros - porque es mentira que no existan milagros- que le salvaron cuando no era más que un madero a la deriva que solo conocía la singladura de los naufragios. Todo cambia de repente al cambiar de acera, al levantar la mirada para ver si el cielo está nublado o en la cola de un supermercado cuando calcula si lleva todo lo necesario para la semana sin saber que alguna vez la mayor parte de esa compra se pudrirá sin que llegue a probarla.
Ese hombre del principio sigue caminando, quizá temiendo un encuentro inevitable, un juicio, un diagnóstico, un despido en el trabajo, o puede que camine ufano porque hoy regresa alguien a quien no ve hace mucho tiempo o porque ese diagnóstico solo quedó en un susto y ahora quiere vivir cada día como una propina única e innegociable. Entra a desayunar en donde siempre, o decide cambiar la ruta y acercarse un momento a la orilla de la playa, porque la playa siempre le hace regresar a la infancia, y porque el mar, por más que el tiempo pase, sigue siendo su única creencia inquebrantable.
Todo el rato sucede algo aunque nosotros no lo veamos. A veces pasamos muchos días por debajo de un mismo árbol sin escuchar a los pájaros que cantan a la vida antes incluso de que salga sol que ya presienten cercano. Ese hombre se mira en algún espejo y reconoce la memoria de cada arruga, las manos que recorrieron su piel alguna vez, las miradas que se confunden con la suya cuando se asoma mucho más adentro de ese reflejo engañoso que devuelven los cristales. Hay días que le tiene miedo a todo y otras mañanas en que se atrevería a afrontar cualquier reto que le plantearan. Ese hombre lo mismo se puede enamorar perdidamente en la siguiente esquina que tropezarse y romperse una pierna que le impida encontrar a esa mujer que venía a cruzarse con él después de millones de casualidades. Esa mujer y ese hombre seguirán andando por las calles hasta que la suerte quiera ponerlos frente a frente alguna vez, o hacerlos coincidir en un avión, o tal vez acercarlos juntos a la playa tratando de buscar en el océano las respuestas que no hallan en ninguna otra parte. Ese hombre arrastra su destino a todas partes. También nosotros vamos proyectando todo el tiempo nuestra sombra mucho más allá de donde alcanza nuestra propia mirada.

Hay veces en que no vale la pena hacerse ninguna pregunta. Mejor vivir y dejar que el tiempo nos vaya colocando donde tenía previsto que acabáramos. También la duda forma parte del camino, y la rebeldía, y todas esas decisiones que cambian la dirección de nuestros pasos; pero al final te das cuenta de que es mejor disfrutar que estar interrogando baldíamente a quien no ves por ninguna parte. Uno llega siempre donde tenía que haber llegado, no hay extravíos ni amores que pudieron ser. Somos lo que somos y lo que queramos seguir siendo a pesar de todos los inconvenientes que nos vayamos encontrando. No vale la pena preguntarnos dónde termina yendo el sol que colorea las tardes y los horizontes. Es preferible disfrutar de ese atardecer como si no supiéramos que ese mismo sol ya está brillando intensamente en otra parte del mapa que no nos pertenece porque no es nuestra casa. Solo somos otra de las sombras del camino que nos vamos encontrando. Por eso llega un momento en la vida en que la intuición es la única certeza que nos permite seguir dando cada uno de nuestros pasos.

Si yo viviera lejos de España y me asomara de vez en cuando a sus periódicos pensaría que este país es un sainete grotesco en el que cada día imputan a un banquero, a un político e incluso, para que la comedia parezca ya un vodevil con música de cámara, a uno de esos miembros intocables de la monarquía que se supone que no tenían necesidad de meter la mano en ninguna parte. La verdad es que todos los imputados que aparecen en los medios estos días tenían esta vida, y muchas más si pudieran resucitarse, resueltas; pero hay algunos humanos que ya metidos en la harina de la ambición no se detienen ni ante las leyes ni ante los titulares de los periódicos. Cómo va a ser España una marca de confianza en alguna parte si además lo que ofrecemos es la nacionalidad a cambio de que inviertan millones de euros en el país, y nos da lo mismo que esa guita venga del tráfico de armas o de la trata de blancas, lo único que se busca es más parné para poder continuar especulando y afanando. Y siguen ahí, imputación tras imputación, hasta que llegue un juez y los absuelva, o hasta que los acabe amnistiando algún Consejo de Ministros. O entran a la trena y salen por donde mismo entraron pagando lo que haya que pagar. No sé cuánto tiempo más va a durar este esperpéntico engaño. Incluso las mejores obras de teatro se acaban o terminan cansando al espectador que las ve muchas veces seguidas. En cualquier momento alguien empezará a lanzar los tomates. Forma parte de la trama de la historia, de la vida y del teatro. Los malos actores nunca logran engañar a nadie desde ningún escenario. Ellos creen que nos creemos sus patrañas y sus predicciones económicas; pero llega un momento en que se les ve hasta las costuras remendadas con eufemismos y con esa prepotencia del que ataca a diario para no ser atacado.

Anoche asistí en la sala de Ámbito Cultural de Las Palmas de Gran Canaria a una charla sobre el autorretrato fotográfico que impartía el fotógrafo argentino Javier Chambi. Hacía tiempo que no me impresionaban tanto unas fotografías. Chambi lleva años retratándose a sí mismo y distorsionando su sombra y su presencia hasta llegar a reconocerse más allá del fondo de su propia mirada. Fue mostrando los trabajos de sus maestros y luego presentó los suyos en una gran pantalla, y mientras los observábamos nos fue contando cómo crea, cómo se ve y cómo rebusca entre los pigmentos y las formas de sí mismo que reconoce la cámara. Habló del dolor como inspirador de toda creación artística, y estoy de acuerdo con él, sobre todo con lo que contó de la ostra y la conversión de ese dolor en arte, de ese milagro que convierte en belleza lo que a veces estaba destinado a destrozarnos. La ostra recibe un elemento hostil que podría matarla y lo que hace es recubrirlo de nácar y acogerlo bajo su concha para poder sobrevivir. Ese elemento hostil con el que ha de convivir toda la vida es el que luego acaba convertido en una perla. Citó a Artaud, a Alejandra Pizarnik o a Kafka como ejemplos a seguir y dejó que nuestro silencio interpretara lo que estábamos mirando. No titula ninguna de sus imágenes; no le hace falta. Uno reconoce los abismos, los estados de ánimo, las sombras impactantes de Francis Bacon y todo ese universo que Chambi calla tímidamente cada vez que nos habla. A veces uno solo se reconoce cuando lee sus propias palabras. También cuando nos vemos frente a frente ante aquel que quedará eternamente mirando a la cámara. Esos retratos son pistas que vamos dejando, sombras de las que los otros ni siquiera tendrán recuerdos. Te quedas; pero al mismo tiempo te alejas sabiendo que has dejado miradas inmortalizadas en la pantalla o en el papel satinado del tiempo.

Cada mañana me encuentro a un grupo de jubilados practicando Tai Chi en la plaza de Santa Ana. Me imagino qué es lo que hubiera pensado cada uno de ellos si hace cincuenta años hubieran visto a alguien dibujando figuras ancestrales con sus brazos en medio de una plaza o de la calle. Me fascina esa naturalidad con la que se cruzan a veces las civilizaciones sin necesidad de acuerdos oficiales o de campañas publicitarias. La cultura y las tradiciones viajan siempre en vagones que van enriqueciéndose a medida que avanzan los viajes. Llegan donde parece imposible y se asientan como anidan los pájaros que recorren los cielos de varios continentes mirando desde el aire la torpeza con la que seguimos caminando casi todos los humanos. Con un solo movimiento podemos cambiar por completo todo nuestro paisaje. Me sosiegan esas formas mañaneras que van dibujando lentamente esos jubilados. Parece como si jugaran con el tiempo o como si fueran capaces de darle sentido a ese espacio que queda siempre detenido entre nuestras propias manos. También me gusta esa ausencia del miedo al ridículo. Ni siquiera se dan cuenta de que los demás estamos pasando a su lado.

También seguimos estando en todos los trayectos. Hay guaguas y trenes que siguen recorriendo a la misma hora los espacios por los que transitamos muchas veces en nuestra vida. Somos de todas las ciudades que habitamos y estamos hermanados con todos los viajeros que han ido coincidiendo con nosotros a lo largo del tiempo. Muchos habrán desaparecido y también habrán cambiado los modelos de los vehículos y hasta los conductores, pero seguro que siempre queda alguien que viajó con nosotros cada mañana en esas ciudades que fueron nuestras, y también en aquellas otras en las que estuvimos de paso y subíamos cada día a la misma hora en un tranvía que nos llevaba desde el hotel hasta el centro histórico. Ningún viaje finaliza nunca en ninguna parte. Una parte de ti, o los restos de una sombra que ya no reconoces, se queda en cada una de las estaciones que te vieron llegar o partir alguna vez. Tu mirada también sigue vislumbrando todos los nombres de tus estaciones de paso. Da lo mismo que nunca te detuvieras en ninguna de ellas.

Mañana miércoles el barrio de Vegueta se llenará de devotos de Santa Rita. Dicen que vienen a pedir deseos imposibles que quieren que se hagan realidad, curaciones para enfermedades terminales, trabajos para los que llevan años tocando en todas las puertas o felicidad para todos aquellos que día tras día se despiertan viendo cómo el destino se empeña en tumbarles según salen de la cama.
Los imposibles son siempre un reto para las ilusiones y para la lucha diaria. Suelen ser los demás los que nos ponen etiquetas y los que intentan que seamos como ellos quieren. Ninguno de nosotros dirá nunca que es imposible seguir la senda de las utopías por más que estas se sigan alejando cada día como mismo se alejan los horizontes cuando los perseguimos con la mirada. Sin esos imposibles la vida carecería de sentido. Todos tenemos mil ejemplos de situaciones inesperadas que cambiaron por completo nuestro destino. Unos encienden velas o repiten oraciones y otros rebuscan entre fórmulas químicas o cumplen sueños que parecían inalcanzables. Cada cual ha de encontrar su propio reto diario para no dejar que gane nunca la indolencia ni ese conformismo que pretende dejarnos siempre como mismo estamos.

Todos buscamos nuestro espacio en medio de las calles y de los paisajes, en las habitaciones de una casa o entre la multitud. Necesitamos un lugar, por pequeño que sea, para ponernos a salvo. Y ese lugar no es siempre el mismo, como no son las mismas las ciudades que buscamos. Tú eres tu única patria, el que reconoce sus límites allí donde el corazón se sienta como en casa. Un día necesitas mar, otro montaña, otro bullicio de grandes ciudades y otro el silencio de un páramo deshabitado. No le pongas nunca obstáculos a tu propia necesidad errante, a esa búsqueda que ha ido sembrando a los humanos por todos los rincones del planeta. Los que vivimos en islas sabemos desde el principio que venimos de todas partes.


Ayer me lo encontré otra vez en la calle hablando a voz en grito y asustando a los paseantes más despistados con su insistencia. Se acercaba y les decía que había que reír y que a qué diablos estaban esperando para esbozar una sonrisa que borrara los rastros de tristeza que a veces van dejando los días en nuestras miradas. Él reía a carcajadas, casi sin dientes y con una barba de anacoreta extraviado dentro de sí mismo. No sé de dónde viene ni tampoco en qué lugar habrá pasado esta noche. No nos paramos a pensar nunca dónde pasan las noches los locos y los mendigos que nos vamos tropezando por las calles. Repetía sin cesar que era feliz y que quería que todos los demás también lo fueran, que ya estaba cansado de tanta derrota y de tanto paro, sí, no paraba de repetir todo el tiempo la palabra paro, o bien la cambiaba por corrupción o por crisis. De vez en cuando se acercaba a un banco donde estaban otros dos borrachos habituales que uno encuentra desde primera hora aparcando coches en la zona y sacaba un tetrabrik de morapio peleón que bajaba por su gaznate apagando momentáneamente sus palabras. Luego se alejaba de nuevo y volvía con su retahíla de la felicidad y de las carcajadas. No me gustaría estar en su pellejo cuando hoy abra los ojos, pero ayer sí que me detuvo su insistencia hedonista. Solo pedía que nos riéramos. Cuánto hace que no nos reímos. En la tele y en los periódicos se han propuesto que la risa desaparezca a corto plazo de nuestra herencia genética. Y si no reímos nos acabaremos extraviando en nuestras preocupaciones diarias sin que haya nada que compense la desazón y la pena. Tras esas tardes de euforia suele estar tres o cuatro días bebiendo en silencio y medio cabizbajo en ese banco que tácitamente ya todos sabemos que no nos pertenece. No sé con qué talante me lo encontraré dentro de un rato.

Nadie te va a invitar nunca a saltar al vacío de tus propios sueños. La mayoría de las veces los dejamos pasar de largo por no asumir riesgos y por hacer caso a esos consejos siempre timoratos de quienes nunca se están jugando nada. Solo alguna vez, quizá en el desespero, o en uno de esos momentos osados que te regala la vida, conseguimos apagar el eco de todos los agoreros y lanzarnos a ese vacío que nunca sabes adónde te terminará llevando. Cuando tenemos menos de veinticinco años contamos con la energía pero nos falta la urdimbre de la madurez y la pausa, y cuando maduramos nos detiene la responsabilidad de todo aquello con lo que nos hemos ido comprometiendo a lo largo de los años. Llegado el momento, cada cual ha de elegir la seguridad o esa osada pirueta que no sabes si terminará elevando tus ilusiones o si las dejará todavía más maltrechas. Somos nosotros los únicos que conocemos los vientos de nuestras propias intuiciones; pero no siempre nos atrevemos a sacar las velas apropiadas para navegarlas.

Los números dejan de ser números cuando suman desesperanzas, frustraciones y pobreza. Escuchamos a todas horas porcentajes, previsiones y cifras con muchos dígitos que casi no llegamos a entender, y se trata de eso, de que no entendamos. Durante años han aprovechado nuestra indolencia para engañarnos con intereses o para esclavizarnos con hipotecas. También para que nos creyéramos, pobres infelices, los reyes del mambo. En Canarias parecía que atábamos los perros con longanizas, pero recuerdo que en la segunda mitad de los noventa me adentré mucho en los barrios y lo que veía no tenía nada que ver con lo que me contaban. En el periódico cubríamos desahucios, historias de familias que casi no tenían para comer y también nos hacíamos eco de la dejación que había en temas relacionados con la educación, la cultura o las condiciones sanitarias. Pero todo aquello parecía que no importaba y seguíamos mirando para otro lado. Luego fueron llegando cifras cada vez más escalofriantes y pensábamos que no eran más que números, dígitos proteicos que lo mismo que subían podían terminar bajando. No ha sido así. Aquella dejación de los noventa siguió su curso y se unió con esta crisis que ya venía llegando desde mucho tiempo antes de que empezáramos a notarla en los bolsillos y en los recortes.
El reportaje que ayer firmó Javier Darriba en Canarias 7 le pone cara a esas cifras mareantes con las que los políticos siguen jugando a hacer promesas. Tenemos una de las tasas de paro más alta del país, estamos a la cabeza del abandono escolar y un estudio publicado esta misma semana indica que la pobreza ha aumentado el triple que en el resto de España, un 21 por ciento, entre 2008 y 2011. Me gusta el título que eligió Javier: Obligados a vivir del aire. Los dos pateamos esos barrios en aquellos años de los que hablo, por eso ahora también ha sabido llegar adonde no llegan habitualmente ni otros titulares, ni las cifras oficiales.
Hay un drama diario y tercermundista al lado de nuestras casas ante el que no podemos seguir pasando de largo, gente que mezcla la leche con agua para alimentarse o que no manda a sus hijos al colegio porque ni siquiera tiene dinero para que pueda llevar un zumo en la mochila. Ese sí que es el final de un ciclo y el fracaso de un sistema. La reacción llegará, si antes no somos capaces de buscar soluciones entre todos, desde la desesperación de quienes no tienen ni para alimentar a sus hijos. No miento ni exagero. Esa realidad acontece al lado mismo de nuestras casas. No vuelvan a pasar de largo ante ninguna cifra. Los números jamás serán capaces de contar lo que cuentan las palabras o las miradas.

Estás donde llegue tu imaginación, en ciudades que ni siquiera conoces, en playas en las que solo escuchaste una vez el rumor de la marea, en bosques que solo habitaste en sueños o en la casa de la infancia que ya no existe. Si lees viajas por paisajes remotos en los que no hace falta estar respirando para sobrevivir. Puedes salir de ti siempre que te plazca. La belleza es al final el único destino, y la felicidad, la búsqueda de placeres sencillos que no dependan más que de tus intenciones. La realidad también es bella si sabes hacia dónde dirigir la mirada. Hay que conseguir que la imaginación sea como esas ascuas que nadie logra nunca apagar del todo. Su calor cercano, aun en medio de los glaciares, será lo único que logre mantenerte a salvo.


Las nubes nunca pasan de largo. Somos nosotros los que dejamos de mirarlas cuando dibujan formas sobre nuestras cabezas. Tampoco desaparecen las voces de quienes nos precedieron, ni esa energía que vamos dejando por todas partes en cada una de nuestras palabras y en cada uno de nuestros gestos. No hace falta hacer ruido para dejar huella. Probablemente sea la sutileza la que logre afianzar más nuestra presencia. Al final, estés donde estés y hagas lo que hagas, terminarás viendo pasar intangibles nubes por todos los cielos, y verás que en Nueva York o en Lanzarote pasan igual de silenciosas entre la gente. A veces solo hay que encaramar la mirada hacia el cielo para aprender a poner los pies sobre la tierra. Una nube no renuncia nunca a darle forma a un sueño; pero son nuestros ojos los que lo tienen que terminar viendo.

Muchas veces te acabas pareciendo a aquello que vas buscando. Quizá ese sea el gran logro de quienes no se traicionan a sí mismos. No importan las metas sino los mimetismos que se asimilan sin darnos cuenta cuando vamos camino de ellas. Si lees serás leído, si escuchas serás escuchado y si ayudas serás ayudado. Y no importa que los otros no devuelvan lo que tú ofreces generosamente. Será siempre tu propia memoria la que te salve. Los epílogos se escriben en las búsquedas de las primeras palabras de los libros que ni siquiera sabemos que vamos a terminar escribiendo. Los milagros también acontecen en las semejanzas.

Nos educaron dando por sentado que el mundo apenas cambiaría. Acumulamos conocimientos que no nos han servido absolutamente para nada: reyes visigodos, cursis versos memorizados, cordilleras lejanas y tantas y tantas palabras que cuando hacen falta no sirven para orientarnos en esos pedregosos caminos que estamos atravesando. No nos enseñaron a improvisar cada mañana, y sin improvisación y sin miedo a los cambios solo viviremos en esas eternas teorías que ni siquiera logran aproximarnos a nuestros propios sueños. Nadie nos enseñó a vivir y ahora no nos queda más remedio que empezar a aprender que todo es inasible, que lo que nos decían que valía un potosí no era más que un embuste, moneda falsa, escarcha que desaparece cuando un tipo en Wall Street decide comprar o vender según quiera especular esa mañana. Lo otro, lo que realmente no nos podía robar nadie, es lo que fueron quitándonos a medida que entregábamos nuestros días pensando que cumplíamos con lo que nos habían enseñado. Ahora ni siquiera nos dejan jubilarnos para que por lo menos podamos disfrutar de la vida igual que disfrutábamos de niños cuando no teníamos nada, o mejor, cuando disponíamos de la libertad, la creatividad y la carencia de todos esos miedos que luego nos han ido atenazando.
Los esclavos jamás se jubilaban. Nos quieren esclavos, o nos arrinconan cuando nos dejan sin trabajo después de que nos formáramos durante años creyendo que ese esfuerzo iba a servir para algo. Los viejos no pueden liberarse del trabajo y los jóvenes han de marcharse lejos si quieren encontrarlo. Entre tanto, seguimos viendo a los mismos de siempre cobrando los mismos dinerales, jubilándose de los bancos con los millones de euros que nosotros les adelantamos, mintiendo para intentar ganar otra campaña electoral en la que seguirán engañando con las mismas promesas que saben de antemano que jamás cumplirán. Ahora que todo se viene abajo es el momento de reeducar nuestras conciencias y de volver a recuperar lo que realmente es importante. La convivencia, la justicia o la igualdad de oportunidades solo llegarán a través de cada uno de nosotros. No esperes a que aparezca alguien con más mentiras ni con más promesas envenenadas. Hay que empezar a decir no a todo aquello que ya sabemos que no vale para nada, y hay que hacerlo poco a poco, sin dejarnos llevar nunca por esos iluminados que irrumpirán en cualquier momento aprovechando el río revuelto y nauseabundo que nos han ido dejando. No supieron educarnos para que afrontáramos que nuestra vida es tan efímera que no deberíamos permitir jamás que nos la robaran ni un solo día por nada ni por nadie. Urge volver a la esencia, a esa naturalidad con la que viven los pájaros. Lo otro no es más que una locura colectiva, un juego atroz en el que solo pretenden que seamos esclavos.

A la orilla siempre se llega por vez primera.
Cuando pisas la arena se detiene el tiempo
y tu huella se confunde con la de los pájaros
que llegaron antes que tú a escuchar el rumor del océano.
No hay marea que no borre todo para empezar de nuevo.

Nunca resulta fácil recorrer el mapa de los recuerdos que nos fueron delimitando. También tememos los regresos porque sabemos que no solo es nuestra piel la que cambia de textura. El escritor y periodista Juan Cruz Ruiz ha querido volver sobre sus propias huellas sabiendo de antemano, como buen isleño, que casi todo lo que se deja atrás lo termina transformando la marea del tiempo. En su libro se acerca a la esencia de cada una de las islas Canarias, distintas y al mismo tiempo hermanadas por idénticos anhelos, islas dentro de islas con gentes que a su vez se adentran en sí mismas como esos robinsones solitarios que delimitan su espacio mucho más allá de su propia memoria.
Recomiendo este libro a todos aquellos que quieran saber cómo son las Islas Canarias que no suelen aparecer en los mapas satinados ni en la sucesión de manidos tópicos de sol y playa. Encontrarán la mirada de quienes se asomaron alguna vez a ellas a lo largo de la historia y también se adentrarán en el viaje sentimental de quien camina redescubriendo todo el tiempo el eco de sus propios pasos. Como canario, no concibo mejor manera de contar estas islas que se acaban alongando a las profundidades del Atlántico y a cada uno de esos barrancos que condicionan el carácter de los isleños igual que condicionan los ríos el de los continentales. La portada es una sabina de la isla de El Hierro que resiste las acometidas del viento como mismo han resistido la belleza y el encanto de Canarias a pesar de las manos especuladoras de tantos constructores desalmados.

Viaje a las islas Canarias. Juan Cruz Ruiz.
El País Aguilar. 262 paginas. 17,21 euros

Blogs de Canarias7

...y los gatos tocan el piano

Bardinia

Ciclotimias

Entremesas

Los olvidados

Ofelia

Ventana verde

Páginas

  • Carrete