Uno creía que los exámenes terminaban cuando finalizaban los estudios, pero la vida te examina cada día y no siempre te premia con las notas que corresponderían a tu esfuerzo. Sí es cierto que vivir es una evaluación continua en donde al final sueles encontrar el premio que ibas buscando. No se trata de competir. Hay gente que vive muy contenta con un aprobado raspado y otra gente que necesita sacar todos los días un sobresaliente para saberse feliz. Yo creo que cada cual debe examinarse con su propio criterio y su propia objetividad. Y además tenemos que aprender a ser más benevolentes con nosotros mismos. Nos educaron para que fuéramos demasiado perfectos. Solo asumiendo que no podemos tener el control de todo lo que sucede a nuestro alrededor podremos empezar a levantar los vuelos y las calificaciones. Recordarnos mortales, por ejemplo, nos ayuda a desmitificar tanto supuesto éxito que al final se queda solo en calderilla. Nada llenará el vacío que no trates de cubrir con tu propia sabiduría y con tus ganas de salir adelante.
Ahora mismo no solo nos estamos examinando cada uno de nosotros. Podríamos decir que el examen lo tiene la sociedad que vivimos y el sistema de valores que veníamos aplicando. Y lo peor es que para superar esa prueba no nos queda otra que improvisar con todo lo que habíamos olvidado pensando que no era importante. Hay que volver a los libros de los sabios, a las enseñanzas de nuestros abuelos y a recuperar aquel niño que fuimos un día. Con lo que tenemos ahora mismo no llegamos al aprobado. Y tampoco vale copiar porque no hay de donde hacerlo. Nunca antes se ha vivido un tiempo como este porque los tiempos jamás se parecen como dos gotas de agua. Si acaso se asemejan, pero las semejanzas solo sirven para sacar algunos parecidos. Lo que creo que no debemos permitir es que este examen lo hagan aquellos que vienen suspendiendo sistemáticamente desde hace años. Somos cada uno de nosotros los que debemos afrontar las pruebas que cambien el destino de todo lo que tenemos alrededor. Estos días veo a los estudiantes reconcentrados y nerviosos, repasando mentalmente cada uno de los temas y rogando que el día del examen no se cruce con ellos el olvido. Les deseo toda la suerte del mundo. No me olvido de aquella histérica Selectividad en la que parecía que te estabas jugando todo tu destino. Fue por estos días hace veintisiete años. Conviene recordar esas distancias de vez en cuando para que seamos conscientes del tiempo que vivimos. No sé si terminé cumpliendo los sueños de aquel muchacho de dieciocho que no sabía realmente qué diablos quería hacer; pero agradezco al destino que, al paso de tantos años, me permita seguir con este examen diario que se llama vida. Todos los días estamos empezando.

Escribir un comentario