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Como la vida misma

La mirada siempre se me ha ido para la que no gana. Cuando empecé en el Periodismo me tocó cubrir los actos de los carnavales de Las Palmas un par de años. Podría escribir un tratado de letras murgueras, sambas de comparsas, reinonas, mascaritas, pregones y escenarios de cartón de piedra; pero viendo hoy las portadas con la cara de felicidad de la reina del carnaval he vuelto a recordar los gestos de las que se quedaban lejos de la fiesta y de los aplausos. Nadie las miraba, y esa misma noche regresaban a su habitación con un nuevo sueño roto. Entrevistar a las ganadoras requería una buena dosis de paciencia. Casi siempre respondían con monosílabos o no salían del "todavía no me lo puedo creer", "este es el día más feliz de mi vida" o del recuerdo de la madre que desde niña soñó con tener una hija que reinara en alguna parte. Pero ya digo que mientras todos los focos apuntaban a la reina de la fiesta, mi mirada buscaba las caras de las derrotadas, sus gestos fingidos y sus risas como muecas tristes en medio de las lentejuelas y el maquillaje de colores estridentes. Luego las veía bajar, caminar despacio hacia sus camerinos y alejarse cuanto antes de los gritos de los amigos y familiares más cercanos a la ganadora. Hoy tampoco sabemos nada de todas aquellas reinas, ni a qué se dedican, ni qué habrá sido de sus vidas. La fiesta nunca dura eternamente. En aquel momento me hubiera gustado entrevistar a aquellas perdedoras, preguntarles por lo que habían aprendido con esa derrota, y por supuesto compensarlas con el protagonismo en papel que les había negado la vida real. Una vez se lo insinué al redactor jefe y casi me mata con la mirada. No insistí, pero seguí fijándome en ellas. Hoy también traté de buscarlas en las fotografías, pero no eran más que sombras difusas y casi irreconocibles que posaban detrás de la ganadora. La derrota nunca vende. No me lo llegó a decir aquel redactor jefe de la vieja escuela, pero es así. Los medios solo quieren la parafernalia de los triunfadores. Ya luego en las novelas y en el cine sí ganan habitualmente los que pierden; pero no todo el mundo tiene la suerte de que se le cuente en un libro o en una película. Las ganadoras suelen ser pésimas protagonistas de historias. No tienen mucho que decir, y además tienden al monosílabo y a las frases hechas. Las perdedoras, en cambio, nunca se repiten y, habitualmente, dibujan gestos más creíbles y más fotogénicos, pero eso importa poco porque la noticia siempre la termina protagonizando la que porta la corona. Sucede más o menos como en la vida que acontece fuera de los escenarios. Habitualmente ganan los otros.

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4 comentarios

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Ya sabes, Santiago, la vida está construida con fracasos, el eterno ensayo-error de cada día, pero la historia se llena con las letras grandes de los vencedores, incluso aunque sean unos seres terribles. A mí la Reina del Carnaval me inspira tristeza, es el título más etéreo que conozco, pero a lo mejor por eso es tan literario como el de gobernador de la ínsula de Barataria que Donquijote le dio a Sancho. Las perdedores no tienen mucho más recorrido, ahora se presentarán a miss de cualquier cosa y si llegan alguna vez a tercera dama de honor guardarán esa foto para enseñársela a sus nietos. Entonces, dentro de cuarenta años, ese fracaso se volverá triun fo en la memoria.

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Hola Santiago, cuanta razón tienes en la dualidad que reúnen los personajes ganadores, en ellos se concentra por un lado toda la atención instantánea y a la vez una avidez por encontrarle cuantos más defectos mejor. Siempre los verdaderos protagonistas serán los perdedores.

Saludos.

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Genial eso de que el fracaso se volverá triunfo en la memoria. Se asoma el poeta. Un fuerte abrazo

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O por lo menos, Salvador, debemos intentar que lo sean para compensarles el mal sabor de boca que deja siempre cualquier derrota. Un fuerte abrazo

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