Solo en la caricia nos queda algo de revolución. La sensación de reconocer otra piel nos aleja del egocentrismo. Los niños necesitan tocar los objetos para reconocerlos, probarlos como se prueba el pan caliente que tanto tranquiliza al descubrir que su sabor sigue siendo un milagro cotidiano que no se ve afectado ni por las crisis, ni por las modas pasajeras. Nos tocamos poco. Por eso no nos estamos reconociendo últimamente. Cada uno se refugia en su cueva, y da lo mismo que estemos rodeados de gente. Nos ensimismamos y nos volvemos caracoles encerrados dentro de nuestra propia concha. Creemos que así evitamos los golpes diarios; pero lo único que estamos haciendo es condenarnos a un olvido prematuro, a esa sensación de orfandad que tanto nos aleja de la vida cuando, al extender la mano, solo encontramos el tacto frío de la soledad. A veces para encontrar hay que perderse: también valoramos una caricia o reconocemos esa mano que nos ayuda a recorrer caminos casi intransitables cuando creíamos que no era posible encontrar la salida por ninguna parte. La salida también está en el otro, en su complicidad y en su capacidad para sacarnos de nuestros propios laberintos.
Cuando se escribe se sueña con acariciar las palabras. En el fondo escribimos para salvarnos, para buscarnos y porque sabemos que una palabra puede cambiar nuestro destino y nuestro estado de ánimo. Hasta ahora no había podido tocar mis palabras, pero hace unos días un amigo ciego, Manolo Concepción, me hizo uno de los regalos que más me han emocionado en toda mi vida. La ONCE eligió mi novela "Las derrotas cotidianas" para traducirla a Braille y ponerla a disposición de todos sus socios en España. En su día había autorizado ese proceso, y la única condición que les había pedido era ese libro que duplica el número de páginas del original. En estos momentos lo están leyendo muchos ciegos, y en las próximas semanas me sentaré con un grupo de ellos para descubrir qué es lo que han sentido al leer la novela. Es la primera vez que me sentaré con lectores que han leído lo que escribo tocando cada una de las palabras. Yo también llevo días siguiendo el tacto de las vocales y de las consonantes. Junto al libro, Manolo me dejó un abecedario de Braille que sirve de guía cuando te mueves cuidadosamente por los puntos que trazan cada uno de los símbolos. Todo lo que se siente es milagroso. La palabra nace del tacto, no de la vista, y esa sensación solo podría compararla con la vida que sientes palpitar en el vientre de una mujer embarazada. Tocas la palabra y se asoma la idea. Ojalá nosotros también nos tocáramos un poco más para reconocernos y para que nuestros trazos no se quedaran en ese silencio que tantas veces amordaza a nuestros propios sentimientos.

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