La única frontera es el cielo. Todo lo demás es anecdótico. El cielo limita con el fondo más profundo del mar y con las copas más altas de los árboles. En medio estamos nosotros sumergiéndonos o sobrevolándonos cada día según la suerte con la que nos despertemos. Los árboles se mueven con el viento siguiendo el mismo ritmo que las olas en medio de los océanos. Debajo del agua también hay millones de bosques de sebas que se mueven con las corrientes como cimbrean los pinos de la cumbre con los vendavales. Hay un movimiento acompasado en la tierra que la mantiene a salvo de los desastres de los humanos y que le permite seguir flotando en medio del universo. Todos los niños costeros aprendimos pronto que llegaba un momento en que el mar y el cielo se fundían en un mismo abismo. Nunca se llega a ese punto de encuentro porque a partir de ahí solo nos podemos adentrar en sueños. Cuando navegas te das cuenta de que el horizonte no es solo una raya azul o gris al fondo del paisaje. Posiblemente se asemeje a lo que ha logrado pintar Judit Sánchez y no sea más que un revoloteo del destino o una posición de la mirada. Da lo mismo que dentro ande todo revuelto, gris o enmarañado. Si logras mirar hacia arriba o hacia abajo sin que las negruras te empañen los horizontes, verás que todo está en equilibrio y en silencio. La armonía es una respiración acompasada con el diapasón del universo. Siempre habrá un espacio infinito en el que nos acabaremos reencontrando más allá del tiempo.
(Pinteratura mixta: Judit Sánchez y Santiago Gil)

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