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Herrerillos

La naturaleza hace muchos años que nos enseña que las fronteras no son más que trazos casuales en los mapas de los hombres. Los pájaros emigran de punta a punta del planeta, los peces saltan de un océano a otro sin saber que en ese viaje las aguas en las que nadan van cambiando de nombre y hasta el polen y la tierra se mezclan con el aire y atraviesan islas y continentes. Nosotros nos creemos lo más de lo más porque apretando un par de teclas en el ordenador podemos navegar virtualmente por todo el planeta o asomarnos desde las alturas de los satélites a las ciudades y a las montañas dibujadas en esos mapas que nombraba hace un momento. Hay un milagro diario a nuestro alrededor ante el que pasamos de largo creyendo que lo único que importa es lo que sale del hombre, de sus circunstancias y de todas esas contradicciones que nos complican la existencia cada dos por tres. No concebimos que en una hormiga o en un lagarto haya tanta magia y tanto milagro evolutivo como el que pueda haber en cualquiera de nosotros.

Hace unas semanas publicaron en Molecular Ecology, una de las prestigiosas revistas científicas del mundo, un trabajo sorprendente sobre los Herrerillos canarios. Esos pájaros luminosos, azules, amarillos y negros, que tantas veces encontramos en nuestras escapadas senderistas por las islas, han sido capaces de colonizar todo el norte de África. Al contrario de lo que suele ser habitual, han sido las aves isleñas las que han emigrado y se han habituado a las condiciones climáticas y ambientales de algunas zonas del norte africano. Ese viaje tuvo lugar hace unos cien mil años, cuando los humanos ni siquiera habíamos aprendido a contabilizar el tiempo. El Herrerillo, tan pequeño, tan poca cosa cuando lo vemos entre las tuneras o las tabaibas, nos demuestra que no es imprescindible dejar el lugar en el que uno es feliz para llegar a otras tierras y a otras gentes. Hace años, antes de Internet y de la posibilidad de estar en un par de horas en cualquier capital europea, sí era necesaria la partida; pero ahora no entiendo ese empeño de muchos conminándonos a que salgamos de aquí si queremos ser algo en la literatura, en la música, en la medicina o en la arquitectura. Yo sí creo que hay que vivir algunos años fuera, y que debemos salir mucho para que no nos creamos el centro de todos los universos; pero ahora mismo vivir en Canarias todo el año es un lujo impagable. Por eso los Herrerillos siguen aquí después de haber colonizado medio continente. También nosotros creo que debemos contribuir con nuestro esfuerzo diario a que estas islas sean cada día más habitables. El arte está en cada uno de nosotros y en los paisajes en los que mejor se acomoden nuestras emociones. La trascendencia de un lugar depende de la persona que lo habite.

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2 comentarios

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Sí, el ser humano es selectivo en su apreciación de las cosas. Un ejemplo: recuerdo un hermoso paisaje en las colinas que rodean nuestra ciudad, …tierra pobre, de plantas grises, que reverdecen en invierno, …de entre ellas me sorprendió una tímida, inadvertida, que apenas se deja notar a la altura de la rodilla, que respondiendo a algún misterioso y poco generoso reloj biológico, regalaba a la vista un enorme cono de estrelladas florecillas, modificando el lugar con una celebración colectiva, todas las de su especie a la vez; maravillado, le hice notar a mi acompañante el inesperado y bello tapiz amarillo, a su vez, y sin inmutarse, éste me hizo notar, indignado, la cantidad de basura y chatarra que había en aquel excitado y feliz barranco.
Sí, la trascendencia de un lugar depende de la persona que lo habita; un paisaje desde los altos de nuestra ciudad puede ser para unos una contemplación de la existencia desde un trono de dioses sobre el horizonte, a cuyos pies convergen el mar, las cumbres y el cielo, donde se respiran bocanadas de libertad, …para otros un infierno donde anida el deseo de escapar; estamos aprisionados en la corriente de la "civilización", que nos arrastra, ...y a veces nos olvidamos del privilegio de vivir, de sentir.

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Así es, y también depende mucho del estado de ánimo de nuestra propia mirada.

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