No hacen falta juegos de palabras, argumentos rebuscados o citas rutilantes. Cuando se trata de contar la vida yo diría que sobran casi todas las frases. Lo único que vale es lo que has logrado mantener a salvo en tu corazón. Cualquier mañana puedes perder todo lo material que te rodea, o el trabajo, e incluso el amor que creías eterno. En esos casos solo te salvará el remanso de las aguas que hayas logrado apaciguar dentro de ti, ese océano que cuando notas que recorre tu cuerpo y tu mente te hace sentir la persona más afortunada del mundo. No importa lo que suceda fuera si dentro has logrado instaurar un paraíso. Todo lo que no te pertenece es desechable, apósitos que a veces complementan tu felicidad y que otras veces es mejor quitarse de encima cuanto antes. Se trata de vivir y de mantener a salvo la sonrisa.
Uno necesita a veces contradecirse para poder seguir sobreviviendo. Hablo de pequeñas decisiones o de cambios de objetivos que de repente dejan de ser alcanzables. Sí intentamos mantener a salvo los grandes sueños o los valores esenciales que queremos que marquen nuestra existencia, pero ya cuando hablamos de trabajo, del lugar en el que queremos vivir o de muchas de las contingencias cotidianas cambiamos de opinión cada dos por tres en función de la necesidad y de las posibilidades -cada vez más difíciles- que van surgiendo. Yo me reconozco contradictorio por naturaleza, y a veces me veo hablando solo para tratar de convencerme y de engañarme a mí mismo. Unos días lo llevo bien y otros me hago el harakiri desde que salgo de la cama, unas mañanas me justifico ante el espejo y otras prefiero pasar de largo para no reconocer la derrota en mi mirada. Los años no solo te deparan grandes satisfacciones y encuentros con personas que vuelven la vida más habitable; también te obligan a claudicar y a aceptar lo que nunca pensabas que ibas a ser capaz de asumir o de resistir. La portada diaria del periódico es uno de esos ejemplos cotidianos de aceptación diaria, pero aún más desolador es el noticiero de sueños rotos de tu propia biografía. Claro que luego, por esas mismas contradicciones, te sorprendes otra mañana con una sonrisa de oreja a oreja o te levantas satisfecho por intentar seguir siendo feliz a pesar de tantos obstáculos y de tantos altibajos. Ese momento de plenitud delante del mar o mirando a los ojos de quien amas compensa el lío diario que nos saca a la calle con la sensación de que debemos ir tachando cada dos por tres nuestro propio guión para poder llegar a fin de mes. Ya sé que la palabra contradicción ni suena bien, ni debería cruzarse en el camino de la coherencia; pero una cosa es la teoría de vivir y otra la práctica diaria que casi se ha convertido en un deporte de alto riesgo. No recuerdo quién escribió hace un tiempo que el pienso, luego existo, de Descartes, habría que cambiarlo cuanto antes por el dudo, luego existo si no queremos terminar todos tendidos en el diván de los psiquiatras. Podríamos decir que hoy en día contradecirse también es de sabios.
Todos queremos vivir felices. No creo que haya otro objetivo común que nos hermane tanto. Y sin embargo, aun sabiendo cuál debería ser el fin de todas nuestras decisiones, nos empeñamos en complicarnos la existencia y en no querer ver que todo es mucho más sencillo de lo que parece o de lo que nos cuentan. Nos agobiamos con nuestros propios miedos, con las indecisiones que nos impiden cumplir nuestro destino y con querer controlar absolutamente todo lo que sucede a nuestro alrededor. No es fácil vivir; nunca lo ha sido. Si acaso logramos sobrevivir con una cierta dignidad, pero pocas veces somos capaces de asomarnos a la vida como lo que realmente es, un fogonazo que dura lo que dura nuestra propia mirada, un visto y no visto en donde solo debería tener cabida aquello que nos hiciera más felices, más serenos y más optimistas. Probablemente nos estemos equivocando por no ser capaces de seguir nuestros propios pasos y nuestras corazonadas. No hacemos más que demorarnos y que marcarnos metas como si fuéramos eternos. Y mientras tanto dejamos que pasen de largo las estaciones, los amores y los amigos. Respiramos, claro que respiramos, pero vivir no consiste solo en oxigenar nuestros pulmones.
El otro día le escuchaba decir a un señor en la guagua que él solo se comía la fruta del tiempo. Tendría unos setenta años y hablaba por teléfono con unas de sus hijas. Se notaba que vivía solo, pero que era un hombre equilibrado al que le acompañaba el brío de la buena madera que regala la vida sana. Le repetía a su hija que el cuerpo asimila mejor aquellas frutas que ya tomaban nuestros bisabuelos cada primavera o cada otoño, y que cuando llegara a casa ya tenía preparado un papayo de Mogán y unas fresas de Valsequillo. No sé si ese hombre con pinta de sabio tendría razón, pero todo lo que iba diciendo me servía para pensar en mí mismo. También nosotros somos como árboles que reverdecen y se llenan de fruta, y que otras veces quedan desolados, como esas higueras que parecen osarios cuando las encontramos en febrero en medio de los campos. No siempre seremos primavera, pero no por eso debemos de perder la paciencia. Esa misma higuera, después de soportar lluvias torrenciales y sirocos que amenazaron con calcinarla, te la encuentras al paso de los meses cargada de sabrosos higos. Pienso en las higueras salvajes del barranco de La Mina. Nadie las cuida, ni las riega, y son ellas mismas, sabiendo aguantar los días más terribles, las que logran sobrevivir de una forma casi milagrosa. Esas higueras, que se podrían confundir con cualquiera de nosotros, no son más que metáforas de la vida que vamos habitando. Cierro los ojos y pienso en ellas cada vez que me extravío. Y recuerdo que todas las frutas requieren inevitablemente su propio tiempo. También las nuestras.
Los domingos suelo coincidir con mis vecinos delante de los contenedores de reciclaje. Durante toda la semana vamos separando los papeles, las latas, los plásticos y los cristales, y luego aprovechamos el día festivo para quitarnos de encima todos esos restos que ya no nos valen para nada. Entonces es cuando uno descubre el número de cervezas que ha bebido durante la semana, los escritos que se quedaron a medias, el envejecimiento precoz de los periódicos o el agua que hemos tomado casi sin que nos diéramos cuenta. Sí es verdad que a uno también le encantaría reciclar su estado de ánimo los domingos (preferiblemente por la tarde). Sería deseable poder quitarnos de encima lo que ya no nos vale para nada o lo que solo contribuye a la putrefacción de los sentimientos. Lo ideal sería que el lunes por la mañana nos levantáramos sabiendo que no acumulamos nada más que los restos que hemos decidido salvar del olvido porque nos enriquecen y porque nos valen para seguir creciendo.
No siempre se alumbran los espacios que merecen la pena. Tampoco salen en las fotos o en las pantallas quienes tendrían mucho que decir. A través de los medios de comunicación nos llega solo una milésima parte de la vida que discurre a nuestro alrededor. Somos nosotros los que tenemos que ir con los ojos bien abiertos para que no se escape nada de lo bello ni de lo interesante que acontece por la calle. Una cosa es lo que nos cuentan y otra lo que vemos y vivimos. Por eso seguiremos siendo todos tan diferentes. El que mueve los focos destaca una escena entre millones de escenas, pero hay otras películas que quedan fuera de ese destello que, como toda luz, también terminará apagándose cuando pasen los años. Son solo las escenas diarias que vivamos intensamente las únicas que quedarán alumbrando nuestra propia memoria.
Yo me quisiera levantar todos los días siendo capaz de ver azules como los de las piscinas californianas que pintaba David Hockney. Pero lo que me encuentro son los mismos titulares de prensa que van variando los números según el gusto de los especuladores y de los mercachifles. Y además tienes la sensación de que hagas lo que hagas con tu economía, la economía de tu región o la de tu país no conseguirás absolutamente nada porque todo depende de un par de tipos que, sin saber dónde queda Canarias o España, evalúan en función de sus intereses. Lo peor es que han aprovechado para quitarnos (y aún pretenden seguir quitándonos) lo que se tardó siglos en conseguir. Seguiremos inmersos en la crisis, pero con peores condiciones sociales, con menos solidaridad, con pésimos servicios sanitarios y, sobre todo, con mucha menos igualdad (porque la igualdad se sustenta en que todos tengamos, de salida, las mismas oportunidades a partir de una educación de calidad libre y gratuita). Y, mientras, Alemania sigue creciendo y encontrando cada vez más baratas las cervezas y las hamacas de nuestras playas, supongo que porque han contado con gobernantes menos atolondrados e irresponsables. Ayer, cuando veía las imágenes de la intervención del ministro de Educación, Cultura y Deportes en el parlamento mientras se debatían los recortes en Educación, sacaron un plano general con casi todo el hemiciclo vacío. No son esos vividores los que nos van a sacar del atolladero. Se les está dejando hacer con esa dejación latina de quien espera a la Providencia o a que un milagro inesperado lo solucione todo. Tampoco nadie nos devolverá lo que hemos ido perdiendo. Incluso Hockney ha cambiado en sus últimos cuadros el azul californiano por las brumas británicas. Nosotros, de alguna manera, también estamos pintando la mañana con los colores de unas cifras que solo ofrecen tonos cada vez más sombríos. Prefiero mirar al cielo o al mar para concebir alguna esperanza. O mirar a los ojos de los que hablan para saber que no me están mintiendo. Cuando escucho a los políticos dando explicaciones siempre noto cómo en la pantalla aparece una sombra negra y borrosa justo delante de sus ojos. Hasta los televisores ya se están dando cuenta de que todos nos están mintiendo.
Cualquier pedantón te viene cada dos por tres a dar lecciones literarias, y te cuenta lo seguro que está de su método de escritura, de sus técnicas o de su dominio del idioma. Tú le escuchas y a veces logras dibujar una mueca de hastío que él casi nunca llega a ver porque está habitando otros mundos tan alejados de este mundo que todo lo que escribe suele quedar lejos de las emociones. Viven en su torre de marfil y casi siempre acaban enfermando de sí mismos. Ayer, sin embargo, estuve escuchando a uno de los novelistas que más admiro y con quien desde hace años aprendí que escribir es un oficio de constancia, casi de picapedrero o de galeote, en el que no puedes desfallecer nunca si quieres llegar a buen puerto. Vargas Llosa nos contó anoche cuánto cambiaron su vida y su literatura Faulkner, Sartre o Carlos Barral -antes, Armas Marcelo nos recordó las influencias iniciales de Víctor Hugo, Balzac o Flaubert- y nos habló de lo que supuso el internado en el Leoncio Prado para su vocación y para su primera novela, La ciudad y los perros. Pero, sobre todo, nos confesó su inseguridad cuando se tiene que enfrentar con una nueva novela, la misma inseguridad de la primera vez, las mismas dudas y los mismos miedos a que la historia no termine nunca de despegar. Sí contó que esa inseguridad se va venciendo con los años gracias a la constancia y a la disciplina diaria, pero que aun así nunca se llega a perder del todo. Quizá ese sea el gran secreto de la obra de Vargas Llosa, ese empezar cada nuevo día como empezaba aquel universitario de San Marcos a pergeñar sus primeras novelas y sus primeros sueños. Armas Marcelo cuenta todo el proceso creativo del escritor peruano en El vicio de escribir, un libro altamente recomendable para los que deseen saber mucho más de V.LL. y de la escritura. Pero creo que toda la grandeza de este escritor hay que buscarla en esa modestia que le impide acomodarse o pensar que ya lo sabe todo. La curiosidad diaria es la que nos salva de la mediocridad y de la pedantería. Todo está escrito, pero también queda todo por escribir. De la experiencia siempre recuerdo una frase prodigiosa que en su día le leí al escultor Eduardo Chillida tras sufrir una crisis creativa: "Tengo las manos de ayer, pero me quedan las manos de mañana".Y esas manos del mañana deben empezar cada nuevo día como si acabaran de descubrir por vez primera el mundo.
La muerte de Carlos Fuentes ha provocado que miles de palabras anden en estos momentos desorientadas por el mundo. Eran las palabras que debían formar parte de las novelas que hubiera escrito el narrador mejicano en los próximos años. Supongo que acabarán en alguna orilla, o en el primer poema de otro escritor que ahora mismo empieza a buscarse en cualquier lugar del planeta. Esta mañana, la poeta Alicia Llarena recordaba una conferencia de Fuentes en el teatro Guiniguada a mediados de los ochenta del siglo pasado. No conocía a Alicia entonces, ni ella ni yo éramos escritores todavía, pero teníamos menos de veinte años y nos comimos cada palabra y cada consejo de Carlos Fuentes. No sé cuántos futuros escritores más estarían en aquella conferencia, pero quien anduvo por allí quedó marcado por el hechizo y la seducción literaria del ponente. Luego fui leyendo su obra, aprendiendo de sus giros y de su ironía y reconociendo la cercanía que siempre nos ha unido a los escritores del otro lado del charco -porque en ese charco que los geógrafos llaman océano es donde realmente se ha ido escribiendo nuestra historia literaria-. No sé si fue en aquella conferencia o en alguna entrevista posterior donde Carlos Fuentes confesó que escribía sus novelas tecleando con un solo dedo. Con él me di cuenta de que no hacía falta ser un teclista acreditado para ser escritor: es más, yo creo que uno se salva de acabar confundiéndose con un mecanógrafo si se toma con tranquilidad lo que lleva al papel o a la pantalla. La literatura es la calma necesaria que logra que no todas las palabras se las termine llevando el tiempo. Releyendo cualquier libro de Carlos Fuentes te sientes tan dios como se debió sentir él cuando los fue escribiendo. La vida y la muerte de cada personaje están en tu mano. El papel (o la pantalla) no es más que un fondo con símbolos que espera tu presencia para convertirse en milagro.
Nada de lo que se repite es siempre lo mismo. Lo sabes tú primero que nadie porque cada segundo que pasa vas siendo otro distinto. Ni siquiera hace falta que te esfuerces para cambiar porque la vida es un cambio constante, una corriente contra la que no puedes ni debes nadar, un camino que se traza sobre la marcha cuando tu pie aún va por el aire y no sabes sobre qué superficie terminará pisando. Puedes ver la misma película cien veces que siempre encontrarás un detalle que no habías visto antes, o tendrás sensaciones distintas porque tú ya no eres el mismo que la vio las otras noventa y nueve veces anteriores. Todo se parece, pero todo es distinto. Somos nosotros los que vamos improvisando el paisaje. Ni canta igual el pájaro mañanero ni tú lo escuchas todos los días de la misma manera. Ni siquiera el despertador que te sobresalta y te avisa de que habitas un día laborable suena siempre igual. Para lo bueno y para lo malo, nos movemos sobre un escenario que cambia de decorado y de personajes todo el tiempo. Por eso no vale la pena aferrarse absolutamente a nada.
Se canta lo que se pierde, pero también se pierde lo que no se canta. Venimos de los romances y de las improvisaciones de nuestros antepasados. Se cantaba faenando en la mar o recogiendo papas en el campo. Cuando se le pone música a la palabra, todo lo que se vive perdura en nuestra memoria. Somos la música que lleva el perfume de un primer amor o los ojos de alguien que seguimos reconociendo entre las sombras del tiempo. Hace años, esos romances pasaban de padres a hijos y todos jugaban coreando las mismas cantinelas. Los más viejos todavía guardan los restos de esa memoria, pero hemos ido perdiendo saberes y creencias populares que jamás recuperaremos. Por eso resulta impagable cualquier trabajo que recopile ese pasado más remoto. Sin esa salvaguarda, poco a poco nos iríamos aproximando a nuestro propio naufragio. Porque olvidar es naufragar y perder toda la sabiduría de quienes aprendieron a sobrevivir mucho antes que nosotros.
Escribo todo esto tras leer y escuchar el libro Flores del Faneque en el que José Antonio García Álamo recupera el cancionero popular de Agaete. Cuenta con unas bellas ilustraciones de Pepe Dámaso y con una cuidadísima edición de Maximiano Trapero. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con un libro. Recoge decenas de romances, nombretes, palabras olvidadas, remedios caseros, dialectos y onomásticas agaeteras. Llegué al libro a través de mi profesora de Literatura, María Teresa Ojeda. Siempre he dicho que soy escritor por las profesoras y profesores de Literatura que se cruzaron en mi camino; pero sin duda fue María Teresa la que despertó mi vocación literaria. Casi treinta años después, tengo la suerte de seguir contando con su sapiencia y sus recomendaciones. Y, como siempre, acertó con Flores del Faneque. El libro viene acompañado de un CD en el que García Álamo interpreta de una forma magistral ochenta y seis temas vinculados al pasado de la villa marinera. Tengo ancestros de Agaete, y por tanto lo primero que pensé fue en cuántos antepasados de los que ni siquiera tengo noticia cantarían esos romances salvados de la quema insensible del olvido. El libro ha contado con una edición casi de coleccionista, y desde aquí hago votos para que pueda ser reeditado cuanto antes. No inventamos nada. En el arte ya hay una sentencia que recuerda que todo lo que no es plagio es tradición. A mi generación le llegaron algunas de esas canciones, pero la mayoría solo se hubieran quedado en el eco de los barrancos. Al final no hacemos más que contar o cantar lo que otros ya contaron o cantaron antes. En cada copla de esos romances se estaban escribiendo las letras que luego hemos ido combinando nosotros. La escritura no es más que una música que nos vamos repitiendo toda la vida para no desorientarnos.

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