Nadie te va a invitar nunca a saltar al vacío de tus propios sueños. La mayoría de las veces los dejamos pasar de largo por no asumir riesgos y por hacer caso a esos consejos siempre timoratos de quienes nunca se están jugando nada. Solo alguna vez, quizá en el desespero, o en uno de esos momentos osados que te regala la vida, conseguimos apagar el eco de todos los agoreros y lanzarnos a ese vacío que nunca sabes adónde te terminará llevando. Cuando tenemos menos de veinticinco años contamos con la energía pero nos falta la urdimbre de la madurez y la pausa, y cuando maduramos nos detiene la responsabilidad de todo aquello con lo que nos hemos ido comprometiendo a lo largo de los años. Llegado el momento, cada cual ha de elegir la seguridad o esa osada pirueta que no sabes si terminará elevando tus ilusiones o si las dejará todavía más maltrechas. Somos nosotros los únicos que conocemos los vientos de nuestras propias intuiciones; pero no siempre nos atrevemos a sacar las velas apropiadas para navegarlas.
Los números dejan de ser números cuando suman desesperanzas, frustraciones y pobreza. Escuchamos a todas horas porcentajes, previsiones y cifras con muchos dígitos que casi no llegamos a entender, y se trata de eso, de que no entendamos. Durante años han aprovechado nuestra indolencia para engañarnos con intereses o para esclavizarnos con hipotecas. También para que nos creyéramos, pobres infelices, los reyes del mambo. En Canarias parecía que atábamos los perros con longanizas, pero recuerdo que en la segunda mitad de los noventa me adentré mucho en los barrios y lo que veía no tenía nada que ver con lo que me contaban. En el periódico cubríamos desahucios, historias de familias que casi no tenían para comer y también nos hacíamos eco de la dejación que había en temas relacionados con la educación, la cultura o las condiciones sanitarias. Pero todo aquello parecía que no importaba y seguíamos mirando para otro lado. Luego fueron llegando cifras cada vez más escalofriantes y pensábamos que no eran más que números, dígitos proteicos que lo mismo que subían podían terminar bajando. No ha sido así. Aquella dejación de los noventa siguió su curso y se unió con esta crisis que ya venía llegando desde mucho tiempo antes de que empezáramos a notarla en los bolsillos y en los recortes.
El reportaje que ayer firmó Javier Darriba en Canarias 7 le pone cara a esas cifras mareantes con las que los políticos siguen jugando a hacer promesas. Tenemos una de las tasas de paro más alta del país, estamos a la cabeza del abandono escolar y un estudio publicado esta misma semana indica que la pobreza ha aumentado el triple que en el resto de España, un 21 por ciento, entre 2008 y 2011. Me gusta el título que eligió Javier: Obligados a vivir del aire. Los dos pateamos esos barrios en aquellos años de los que hablo, por eso ahora también ha sabido llegar adonde no llegan habitualmente ni otros titulares, ni las cifras oficiales.
Hay un drama diario y tercermundista al lado de nuestras casas ante el que no podemos seguir pasando de largo, gente que mezcla la leche con agua para alimentarse o que no manda a sus hijos al colegio porque ni siquiera tiene dinero para que pueda llevar un zumo en la mochila. Ese sí que es el final de un ciclo y el fracaso de un sistema. La reacción llegará, si antes no somos capaces de buscar soluciones entre todos, desde la desesperación de quienes no tienen ni para alimentar a sus hijos. No miento ni exagero. Esa realidad acontece al lado mismo de nuestras casas. No vuelvan a pasar de largo ante ninguna cifra. Los números jamás serán capaces de contar lo que cuentan las palabras o las miradas.
Estás donde llegue tu imaginación, en ciudades que ni siquiera conoces, en playas en las que solo escuchaste una vez el rumor de la marea, en bosques que solo habitaste en sueños o en la casa de la infancia que ya no existe. Si lees viajas por paisajes remotos en los que no hace falta estar respirando para sobrevivir. Puedes salir de ti siempre que te plazca. La belleza es al final el único destino, y la felicidad, la búsqueda de placeres sencillos que no dependan más que de tus intenciones. La realidad también es bella si sabes hacia dónde dirigir la mirada. Hay que conseguir que la imaginación sea como esas ascuas que nadie logra nunca apagar del todo. Su calor cercano, aun en medio de los glaciares, será lo único que logre mantenerte a salvo.
Las nubes nunca pasan de largo. Somos nosotros los que dejamos de mirarlas cuando dibujan formas sobre nuestras cabezas. Tampoco desaparecen las voces de quienes nos precedieron, ni esa energía que vamos dejando por todas partes en cada una de nuestras palabras y en cada uno de nuestros gestos. No hace falta hacer ruido para dejar huella. Probablemente sea la sutileza la que logre afianzar más nuestra presencia. Al final, estés donde estés y hagas lo que hagas, terminarás viendo pasar intangibles nubes por todos los cielos, y verás que en Nueva York o en Lanzarote pasan igual de silenciosas entre la gente. A veces solo hay que encaramar la mirada hacia el cielo para aprender a poner los pies sobre la tierra. Una nube no renuncia nunca a darle forma a un sueño; pero son nuestros ojos los que lo tienen que terminar viendo.
Muchas veces te acabas pareciendo a aquello que vas buscando. Quizá ese sea el gran logro de quienes no se traicionan a sí mismos. No importan las metas sino los mimetismos que se asimilan sin darnos cuenta cuando vamos camino de ellas. Si lees serás leído, si escuchas serás escuchado y si ayudas serás ayudado. Y no importa que los otros no devuelvan lo que tú ofreces generosamente. Será siempre tu propia memoria la que te salve. Los epílogos se escriben en las búsquedas de las primeras palabras de los libros que ni siquiera sabemos que vamos a terminar escribiendo. Los milagros también acontecen en las semejanzas.
Nos educaron dando por sentado que el mundo apenas cambiaría. Acumulamos conocimientos que no nos han servido absolutamente para nada: reyes visigodos, cursis versos memorizados, cordilleras lejanas y tantas y tantas palabras que cuando hacen falta no sirven para orientarnos en esos pedregosos caminos que estamos atravesando. No nos enseñaron a improvisar cada mañana, y sin improvisación y sin miedo a los cambios solo viviremos en esas eternas teorías que ni siquiera logran aproximarnos a nuestros propios sueños. Nadie nos enseñó a vivir y ahora no nos queda más remedio que empezar a aprender que todo es inasible, que lo que nos decían que valía un potosí no era más que un embuste, moneda falsa, escarcha que desaparece cuando un tipo en Wall Street decide comprar o vender según quiera especular esa mañana. Lo otro, lo que realmente no nos podía robar nadie, es lo que fueron quitándonos a medida que entregábamos nuestros días pensando que cumplíamos con lo que nos habían enseñado. Ahora ni siquiera nos dejan jubilarnos para que por lo menos podamos disfrutar de la vida igual que disfrutábamos de niños cuando no teníamos nada, o mejor, cuando disponíamos de la libertad, la creatividad y la carencia de todos esos miedos que luego nos han ido atenazando.
Los esclavos jamás se jubilaban. Nos quieren esclavos, o nos arrinconan cuando nos dejan sin trabajo después de que nos formáramos durante años creyendo que ese esfuerzo iba a servir para algo. Los viejos no pueden liberarse del trabajo y los jóvenes han de marcharse lejos si quieren encontrarlo. Entre tanto, seguimos viendo a los mismos de siempre cobrando los mismos dinerales, jubilándose de los bancos con los millones de euros que nosotros les adelantamos, mintiendo para intentar ganar otra campaña electoral en la que seguirán engañando con las mismas promesas que saben de antemano que jamás cumplirán. Ahora que todo se viene abajo es el momento de reeducar nuestras conciencias y de volver a recuperar lo que realmente es importante. La convivencia, la justicia o la igualdad de oportunidades solo llegarán a través de cada uno de nosotros. No esperes a que aparezca alguien con más mentiras ni con más promesas envenenadas. Hay que empezar a decir no a todo aquello que ya sabemos que no vale para nada, y hay que hacerlo poco a poco, sin dejarnos llevar nunca por esos iluminados que irrumpirán en cualquier momento aprovechando el río revuelto y nauseabundo que nos han ido dejando. No supieron educarnos para que afrontáramos que nuestra vida es tan efímera que no deberíamos permitir jamás que nos la robaran ni un solo día por nada ni por nadie. Urge volver a la esencia, a esa naturalidad con la que viven los pájaros. Lo otro no es más que una locura colectiva, un juego atroz en el que solo pretenden que seamos esclavos.
A la orilla siempre se llega por vez primera.
Cuando pisas la arena se detiene el tiempo
y tu huella se confunde con la de los pájaros
que llegaron antes que tú a escuchar el rumor del océano.
No hay marea que no borre todo para empezar de nuevo.
Nunca resulta fácil recorrer el mapa de los recuerdos que nos fueron delimitando. También tememos los regresos porque sabemos que no solo es nuestra piel la que cambia de textura. El escritor y periodista Juan Cruz Ruiz ha querido volver sobre sus propias huellas sabiendo de antemano, como buen isleño, que casi todo lo que se deja atrás lo termina transformando la marea del tiempo. En su libro se acerca a la esencia de cada una de las islas Canarias, distintas y al mismo tiempo hermanadas por idénticos anhelos, islas dentro de islas con gentes que a su vez se adentran en sí mismas como esos robinsones solitarios que delimitan su espacio mucho más allá de su propia memoria.
Recomiendo este libro a todos aquellos que quieran saber cómo son las Islas Canarias que no suelen aparecer en los mapas satinados ni en la sucesión de manidos tópicos de sol y playa. Encontrarán la mirada de quienes se asomaron alguna vez a ellas a lo largo de la historia y también se adentrarán en el viaje sentimental de quien camina redescubriendo todo el tiempo el eco de sus propios pasos. Como canario, no concibo mejor manera de contar estas islas que se acaban alongando a las profundidades del Atlántico y a cada uno de esos barrancos que condicionan el carácter de los isleños igual que condicionan los ríos el de los continentales. La portada es una sabina de la isla de El Hierro que resiste las acometidas del viento como mismo han resistido la belleza y el encanto de Canarias a pesar de las manos especuladoras de tantos constructores desalmados.
Viaje a las islas Canarias. Juan Cruz Ruiz.
El País Aguilar. 262 paginas. 17,21 euros
Hasta que no das el primer paso no sabes dónde te llevará el día. Tampoco sabe el pintor qué cuadro terminará pintando, ni el escritor en qué argumentos acabarán arribando sus sueños cada vez que se entrecruzan palabras que ni siquiera salió a buscar a ninguna parte. Lo único que vale es caminar, pintar o escribir sabiendo que el horizonte jamás acaba donde terminamos de ver el cielo. Vivir también es un oficio que se aprende en la práctica diaria. No te puedes quedar quieto esperando a que tus ilusiones vengan a buscarte. Tampoco puedes salir buscando nada. Tú solo tienes que caminar siguiendo las corazonadas de tus propios pasos. Ya luego no depende solo de nosotros dónde nos terminen llevando, aunque sí seguirá estando siempre en nuestra mano la elección de la perspectiva con la que queramos asomarnos a cada uno de los paisajes que nos vayamos encontrando.
Admiro la tenacidad del dibujante que me encuentro muchas tardes en la orilla de la playa de Las Canteras. Suele aparecer a última hora de la tarde los días en que la marea está baja y se pone a trazar formas sobre la arena. La gente que pasea por la avenida se detiene a admirar sus composiciones o a leer las frases que a veces escribe con grandes caracteres. No le he preguntado nunca sus intenciones. Todos comentan que es una pena que algo tan bello y tan trabajoso lo acabe borrando la marea con las dos o tres primeras olas de la pleamar. Ese hombre posiblemente es mucho más sabio que todos nosotros porque sabe de antemano que lo bello es casi siempre efímero, fugaz e intenso.
A esa misma hora el sol hace miles de años que pinta el cielo de colores luminosos antes de desaparecer por el horizonte como si se despidiera cada día para siempre. Si acaso alguien logra inmortalizar ese momento en una fotografía; pero todas esas fotos, incluso las digitales, también serán borradas algún día por las olas del tiempo y sus pleamares incesantes. El pintor de la arena ha aprendido desde niño que la belleza es ese instante fugaz en que uno logra tocar de vez en cuando el cielo sin despegar los pies de la tierra, ese milagro que enaltece cualquier mirada y que hace que la vida merezca la pena. No se crea para perpetuar ninguna memoria; se escribe o se pinta para saber que también podemos dejar rastros pasajeros que nos cuenten más allá de lo que vemos. Ese hombre dibujó ayer un gran árbol sobre la arena. Hoy supongo que ese árbol andará navegando otros mares mucho más allá del tiempo.

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