¿Han probado alguna vez meter la cabeza bajo el agua durante 5 minutos sin botella de oxígeno?, cada día estoy más convencido que es lo más parecido al ejercicio de austeridad que nos pide el Gobierno. Nos quita el oxígeno ahora, para salir de la crisis mañana, porque si buena parte de nosotros aun tenemos para comer, e incluso para conectarnos a internet, cabe recordar que miles de personas no pueden comprar ni el pan. ¿Qué le decimos a toda esa gente, que esperen unos meses a ver como reaccionan los mercados y que no coman mientras tanto?, ¿les diremos que esos bancos a los que hoy rescatamos, vendrán en su ayuda en unos meses y se volverán condescendientes con sus necesidades más básicas?.
Las últimas semanas hemos sido testigos de imágenes que marcarán un antes y un después en nuestro país. La llegada de los mineros a Madrid, y el apoyo popular, ha sido el termómetro idóneo para comprobar el grado de desilusión y hartazgo de una sociedad que ve como se tumban sus derechos más básicos, esos que se han conseguido a lo largo de las últimas décadas, para satisfacer la necesidad de unos pocos. Cada vez son menos los que creen que estas medidas puedan llevarnos al crecimiento, y muchos los que afirman que nos empujan a un abismo del que será muy difícil salir. Mientras tanto, los diputados populares aplauden, enfervorizados, las medidas que anuncia el líder, y de las que ni el mismo parece convencido. ¿Se puede improvisar a estas alturas?, ¿es lógico seguir recortando y propiciando la caída drástica del consumo, y con ello el cierre de miles de empresas?, pues a la vista está, esa es la fórmula del Gobierno que nos dirige, y la que se supone que nos sacará de todo esto.
El pueblo reacciona, y lo hace saliendo a la calle a plantar cara a un sistema que les ha fallado, que les ha exprimido, y que ahora les reprocha que ha vivido por encima de sus posibilidades. Todos tenemos claro quienes han vivido por encima de sus posibilidades, y son precisamente esos los que ahora procuran difundir un mensaje que no cala, y que evidentemente no se creen ni ellos mismos. Son precisamente esos los que, desde el poder, luchan con sus últimas fuerzas para hacernos creer que la movilización no sirve de nada, que protestar es absurdo y que incluso puede llegar a resultar peligroso; no en vano utilizan para ello sus medios de comunicación afines, esos que llevan a las portadas la quema de contenedores y el destrozo de comercios propiciados por unos pocos desalmados, y no la grandiosa manifestación pacífica de gente honrada que se une para exigir que se les oiga de una vez. Hace unos días se cumplió el 30 aniversario de la gran manifestación para reclamar la creación de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. 200.000 personas tomaron las calles para luchar por un objetivo común, justo y necesario. Siempre he estado convencido que la unión hace la fuerza, y que no hay algo que les preocupe más que una respuesta masiva a sus podridas peripecias.


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