
Si, ya, claro. ¡Haber llegado a la década de los 50 y transcurrir por ella sin ningún asunto grave de salud se puede considerar un éxito¡ Si, ya, claro.
Mi ginecóloga me dijo una vez, como de pasada, que es muy difícil aceptar el fin cierto de la propia existencia, estadio mental que además coincide en las mujeres con los cambios hormonales y de todo tipo asociados a la menopausia. De ahí, citaba, los estados depresivos que se suelen producir en esas edades.
Se trata de una lectura mucho más realista de la existencia que aquellas que pretenden no querer ver el paso del tiempo. O intentar engañarlo con métodos quirúrgicos o efectos ópticos.
Pero por muy realista que sea, por mucho que hayamos interiorizado el principio y el fin de la existencia como sentido fundamental de la vida, la memoria flaquea con frecuencia. Será porque en nuestro interior, y esto es una alucinación y al tiempo una verdad como un templo, estamos detenidas en aquella edad que fue la mejor versión de nosotros mismas.
Aún así, hay detalles que tienen la capacidad de tirar del hilo que nos mantiene flotando en el universo de las fantasías mentales. Y no, no estoy hablando del espejo ni de quedarse patéticamente encasquillada al intentar ejecutar proezas físicas de antaño. No. Es algo más simple y muy habitual en la vida tecnológica en la que andamos embarcados.
Algo tan tonto como intentar registrar tus datos en una página web y acceder para ello a la columna en la que debes dejar constancia de tú año de nacimiento te sitúa de golpe en la realidad.
Mientras vas bajando, bajando y bajando por las fechas de tal fatídica columna sin que el viejuno año de tú nacimiento haga acto de presencia, vuelves a experimentar sensaciones tan fuertes como las que antaño te provocaba cruzar la mirada con el macizo de la clase, al que secretamente amabas. Pero en este caso estás asomada al borde de un precipicio cuyo final no vislumbras. Y, cuando por fin aparece el año de tú nacimiento, el golpe de realidad te noquea: ¡un poco y más y se agota la columna!
Todavía no me ha pasado. Todavía la lista no se ha interrumpido en un año posterior al de mi llegada a esta nave dejándome en caída libre frente a la pantalla y el teclado. Pero temo que algo así ocurra cada vez que me embarco en la búsqueda de 1956, dígitos que a día de hoy me parecen más propios de una novela de Jane Austen que de la era de Steve Jobs.










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