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Archivos Junio 2010

¿Qué fue del millón de euros invertidos en el Puerto de Tarfaya? ¿Y de los cursos formativos para la población de Tarfaya con cargo al erario público isleño que nadie fiscalizó y que, a día de hoy, se fueron por el fondo de un sumidero? ¿Es cierto que el Gobierno marroquí se plantea cancelar el contrato con Tarima? ¿Y qué pasa ahora con la potenciación de la línea de El Aaiún con Gran Canaria?

Un cacao del bueno, espeso y calentito le esperaría a más de uno si el PSOE hubiese puesto toda la carne en el asador en su acción parlamentaria, esa de la que tanto alardea pero que lleva a la práctica en contadas ocasiones.

Pero, ¿qué pasó en realidad en este humilde puerto de pescadores? Pasó lo que tenía que pasar: mucho ruido y pocas nueces por la parte canaria y un deseo real y sincero de las autoridades marroquíes con el fin de forjar una relación duradera y estable.

Muchos fueron engañados en su buena fe; otros se comportaron como tiburoncillos especuladores y algunos más se mostraron siempre escépticos.

Tarfaya está, por ahora, aparcada como puerto estratégico. El lanzamiento de la línea de Armas entre Gran Canaria y El Aaiún cambia el esquema.

Para la naviera es un acierto. Calma sus relaciones con Marruecos después del encallamiento del "Assalama", hace dos años, potenciando una ruta a los territorios prohibidos tácitamente por los gobiernos de Canarias y de España, y abre una vía con posibilidades de ser rentable a medio plazo.

Para los residentes marroquíes en Canarias, unos 40.000, sin contar a los 7.000 mauritanos que van y viene y a los 4.000 senegaleses, es una opción indudable para no subir a Algeciras (ahorro de tiempo y dinero).

Para los africanos, se trata de una excelente noticia porque consolidaría una ruta comercial negada hasta ahora por las autoridades españolas.

Y para la economía canaria es, simplemente, un camino de esperanza para explorar un terreno abonado a las pymes. En un plazo de tres o cuatro años, medio centenar de pymes podrían operar sin complejos, como en el pasado, en El Aaiún y sus ciudades colindantes.

¿Y dónde queda Tarfaya?

Si los parásitos del sistema y los aprovechados de turno se apartan del proyecto, Tarfaya es un complemento que ensambla todas las posibilidades. Por ejemplo, la iniciativa del grupo canario Planificaciones Mundiales para edificar un centro de logística en el anexo de la carretera hacia El Aaiún es una apuesta de futuro clara, seria y comprometida. Los flujos de transporte por carretera ganarían en seguridad y distribución para poblaciones que superan con creces el medio millón. Quién sabe incluso si el puerto podría tener alguna actividad para embarcaciones específicas, siempre que haya voluntad y ética entre partes, porque lo observado hasta ahora ha enojado a Marruecos hasta el punto de que se plantea, seriamente, rescindir los acuerdos con Tarima, la empresa que debía gestionar el desarrollo del puerto. Quizá, algún día el PSOE se interese por el millón de euros de Adán...

Rabat, además, ha conferido a Tarfaya el estatus de provincia, designando incluso un gobernador con autonomía plena, sin dependencia de otras localidades. Se ganará en flexibilidad administrativa y en la llegada de fondos y subveciones. Ahora bien, la cuota canaria debe ser transparente sin codicias ni cuotas participativas a través de los cursos de formación que se impartieron en este pueblo al que se le debe, incluso, un reconocimiento público por las autoridades locales, como mostrarles su agradecimiento por la cantidad de vidas que salvaron de una tragedia el día que encalló el Assalama. Ojalá, ojalá...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si por alguien me da pena el nuevo episodio aciago de Tarfaya es por los 7.000 habitantes que depositaron magnas ilusiones en un proyecto que, con el devenir de los años, destila cierto tufillo especulativo.

Tarfaya es un emplazamiento geográfico que sedujo a los imperios español y portugués hace seis siglos.

España mantuvo su pabellón como Cabo Juby hasta los sesenta, cuando pasó a la soberanía marroquí. 

Ahí se paró el reloj de esta pequeña localidad que un día encadiló al autor del Principito y que ha servido de inspiración a cientos de autores que han transitado por El Sáhara en busca del espíritu perdido del desierto.

 

Mientras la carretera de El Aaiún recorría sus entrañas, este pueblo de pescadores mantuvo un poco de ritmo económico, pero desde que se construyó una vía alternativa hacia el interior (a unos cinco kilómetros), Tarfaya cayó en el olvido como tantas otras veces.

A mitad de la década pasada, al ex presidente Adán Martín se le ocurrió una idea tras escuchar a José Carlos Mauricio pregonar los principios de la vecindad en un punto geográfico que no tuviera nada que ver con El Sáhara Occidental. 

--Luis, Luis (a Padilla), busca un lugar en Marruecos. Hazlo rápido... Mira a ver cómo podemos montar algo con lo que demos una campanada ante los empresarios.

-Me pongo a tus órdenes, presidente.

2005 y 2006 eran años frenéticos en El Sáhara Occidental. La ex colonia hervía por los cuatro costados. Se había levantado una miniIntifada, las protestas eran habituales y el Polisario atraía una expectación mediática como en años, aunque, sin saberlo, estaba cavando su fosa...

 

Esos años eran particularmente intensos para la política de vecindad diseñada por la UE, de cara a integrar España y Marruecos en una red de vasos comunicantes. De hecho, florecieron partidas específicas para Andalucía y Canarias y se crearon programas alternativos con el fin de acercar las dos orillas.

Mauricio fue el primero en hablar de Tarfaya, porque estaba "por encima del paralelo 27", una referencia que evitaba la suspicacia del largo y tortuoso conflicto saharaui.

Pero, como casi siempre, Gran Canaria habla y Tenerife actúa.

Adán Martín era presidente y Mauricio, consejero de Economía. Los galones pesaban y el gran jefe ordenó mimetizar las exploraciones de Cabo Verde en Marruecos, pero con resultado desigual.

Alguien muy avispado de Presidencia habló con un tal José Luis Delgado para que montara algo en la olvidada Tarfaya. Delgado es un ejecutivo trabajador, sesudo y analista, ahijado de uno de los cerebros más privilegiados de la política canaria, Rodolfo Núñez.

Delgado tenía experiencia en transporte marítimo y aéreo y asumió el desafío. Incorporó un paquete de socios con tentáculos transversales en la Administración y el sector privado y, venga, a pincelar el futuro.

La verdad, es que este autor, fue testigo de una evolución meteórica en Tarfaya, incluso, la idea en su conjunto era buena. Acercar Canarias a Marruecos por su punto más próximo (98 kilómetros) desde Fuerteventura y generar sinergias entre ambas orillas.

Se encargaron proyectos de remodelación del vetusto muelle y el Gobierno destinó un millón de euros a la rampa de la punta del minidique marroquí. A cambio, Marruecos ponía 3 millones para dragar el fondo y amplias la explanada.

Sin entrar en detalles (lo dejamos para otros capítulos), el proyecto vio la luz en 2008, dos años después de idas y venidas interminables a Tarfaya por El Aaiún. Tarima Maroc (así se llama la empresa que dirige José Luis Delgado) convenció a Antonio Armas y éste, como empresario de olfato que es, probó suerte.

Fuerteventura era una fiesta y Tarfaya, un jolgorio de los que hacen historia. Una señora de La Gomera invirtió su cuenta corriente en la habilitación de una casa en seis apartamentos. Otro señor de Gran Canaria se hizo con los derechos de explotación de un pequeño hotel (con restaurante con pescaito fresco) a pie de playa. La ilusión se apoderó de los locales hasta que una triste tarde de abril de hace dos años provocó el encallamiento del "Assalama", en el fondo arenoso. Ahí Tarfaya escribió el epílogo de una efímera aventura marítima con Canarias.

Pero, ¿qué fue del millón de euros? ¿Y de los cursos formativos para la población de Tarfaya con cargo al erario público isleño? ¿Es cierto que el Gobierno marroquí se plantea cancelar el contrato con Tarima? ¿Y qué pasa ahora con la potenciación de la línea de El Aaiún con Gran Canaria?... (Seguirá...)