Ay, ay...! Qué tierra de mediocridad reinante.
Cuánto batalló Rafael Molina Petit para lograr una área de baja fiscalidad que atrajera inversiones, pero Juan Costa (el ex secretario de Estado) le tenía más miedo que al fuego a la ZEC y la descafeinó de un plumazo suprimiendo todos los servicios financieros.
Por aquellos años, entre 1997 y 1999, las Islas eran un circuito idóneo para la especulación. Los inmuebles subían como la espuma, la economía despegaba y, encima, se había anunciado un paraíso off-shore para las transacciones de dinero. Vamos, el caldo de cultivo perfecto para los tiburones de medio mundo.
Las agencias y despachos pulularon que dio gusto. Pero una mañana, Costa dibujó la cuadratura del círculo y la ZEC cavó su propia sepultura. Fa Molina la impulsó hasta donde pudo, pero apenas saboreó las mieles del entusiasmo porque Madrid, a petición de José Manuel Soria, puso en su lugar a Matilde Asián, una inspectora de Hacienda que viajó y disfrutó de promocionar la ZEC durante cuatro años con 6 millones de presupuesto anual.
Asián, que todavía permanece en el consejo rector, vio cómo Pedro Solbes le aplicaba la misma medicina que a Fa. Puso en su lugar a Juan Romero Pi, el rencor por antonomasia de las instituciones públicas. Romero convirtió la ZEC en una finca de adoctrinamiento germánico con la comparsa de un tal Juan Pérez de vicepresidente que le chivaba todos los chismes a José Carlos Mauricio, en ese entonces consejero de Economía y Hacienda.
A pesar de que reside en Madrid, Juan Pérez resiste contra viento y marea, porque al parecer todos los miembros del consejo rector se han juramentado unos a favor de otros para que nadie los toque. El PSOE relevó a Romero tras confesar éste que plagió el programa electoral de López Aguilar, y rescató del anticuario cavernícola a Juan Alberto Martín, que añoró la ZEC como un retiro dorado ahora que se amplía la edad de jubilación.
Pues en esa época que va desde Romero a Martín, con Asián de por medio, la ZEC ha conocido el periodo más oscuro de su tortuosa vivencia, eso sí, con un gasto total de 60 millones de euros que se han tirado a la basura.
En la edición de papel de CANARIAS7 se podrán leer desde hoy miércoles unas sabrosas declaraciones de Martín que son un despropósito e insulto a la inteligencia.
La ZEC ha sido un fraude para el contribuyente. Lo que se montó como un reclamo para la inversión se ha convertido en el refugio de unos gestores malos de solemnidad. ¿Cómo es posible que ahora la Zona Especial acuse pérdidas? ¿Las empresas no pagan sus cánones? ¿Y las asignaciones públicas? ¿Cuántos enchufados hay en plantilla?
En realidad, la ZEC fue un espejismo de baja fiscalidad. Primero se suprimieron los servicios financieros; después no se dejó conciliarla con la RIC y más tarde nos enteramos de que al cabo de unos años, los accionistas debían rendirle cuentas a la Agencia Tributaria sobre las exenciones fiscales. ¿Quién se atrevía a recomendar una adscripción a la ZEC? Cuenten ustedes el número de empresarios que conocen que dotaron RIC y ahora compárenlo con los suscriptores de ZEC.
La ZEC, que ocupa el 60% del articulado del REF canario, se desmorona, pero además de la falta de estímulo al inversor lo que evidencia es que el aparato burocrático que se creó sólo ha servido para dilapidar dinero y para insular a los 250.000 parados que no encuentran trabajo en Canarias.
¡Que alguien dimita, por favor! ¡O que Paulino Rivero cambie a los representantes del Gobierno canario! Ya es hora... (Otro día les cuento las andanzas del gato Isidoro).

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