El Gobierno canario invirtió un millón de euros en las obras de acondicionamiento del Puerto de Tarfaya, a 98 kilómetros escasos de Fuerteventura. Por su parte, El Ejecutivo marroquí destinó de sus fondos otros tres millones. ¿Es lógico que ahora se plantee abandonar a esta población, depauperada e ilusionada, por la controversia entre el naviero y las administraciones?
El anuncio del PSOE majorero, proponiendo un traslado de la ruta de conexión a Marruecos hacia el Sur (en concreto, a El Aaiún), goza de una especial trascendencia. Se trata, posiblemente, de uno de los primeros pronunciamientos que los socialistas llevan a cabo para reconducir las relaciones con el país vecino en una materia especialmente delicada al concernir a Naciones Unidas la solución del conflicto territorial de El Sáhara.
Pero más allá de disputas institucionales sobre la ex colonia, el ojo del debate es si Tarfaya debe quedar en el olvido. España pasó, durante el régimen franquista, por aislarse (y ser olvidada) en las grandes inversiones que se oficiaron sobre Europa tras la Segunda Guerra Mundial. El cine español bordó ese panorama con los cánticos de bienvenida a Mr. Marshall. Luego, ¿hacemos lo mismo con los 7.000 habitantes de Tarfaya?
Las relaciones diplomáticas son complejas, pero la inversión sólo conoce el camino más recto. El Parlamento canario está tardando en ofrecer una versión digna y veraz sobre los tristes acontecimientos del barco Assalama de naviera Armas. Dentro de pocos días habrá alguna sorpresa.

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