La línea con Tarfaya está a punto de irse a la sepultura, salvo que el Gobierno canario fuerce a una de las navieras que operan en las Islas a mantener esta ruta considerada prioritaria para iniciar el negocio con el Sur de Marruecos.
La línea con Tarfaya tiene futuro, pero alguien puede estar frotándose las manos con el riesgo de supresión que sufrió el pasado miércoles tras la deriva del barco de Tarfaya.
Envidiosos habrá siempre, pero alegrarse por el mal ajeno es un defecto que, al final, se vuelve como un boomerang.
El Gobierno canario debería intervenir en el caso y defender el mantenimiento de esta ruta por una cuestión solidario. En mis cuatro viajes a Tarfaya, en los últimos dos años, he palpado el entusiasmo de una población (humilde pero muy digna), olvidadada por el Gobierno de Rabat, por salir del ostracismo. Sólo por este acontecimiento humano, más allá de los potenciales flujos comerciales, Tarfaya debería ser viable.
Ahora bien, esta historia no ha concluido. El Gobierno marroquí ha abierto una investigación. Rabat invirtió casi 4 millones de euros y no quiere que ese dinero se quede en el fondo del mar. Ojo, porque habrá novedades.

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