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Novedades en la categoría Letras


Hay libros que se te vienen a las manos sin esfuerzo; otros los esperas, y cuando llegan no están a tu alcance por detalles a veces estúpidos. Los persigues, vuelves a la carga y consigues tenerlos entre las manos, oler su tinta, ya no tan reciente porque el tiempo ha ido evaporando la imprenta. Luego se retrasa su lectura por mil circunstancias, como si fuese un arduo trabajo de seducción. Cuando, por fin, nadas en sus aguas, sientes que mereció la pena tanta pesquisa, porque es como resolver un acertijo, que empieza con el libro real y sigue en su contenido.

Eso me ha ocurrido con el poemario Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo, de María José Vidal Prado. Sería muy fácil escribir que es un magnífico libro, que me ha impresionado y que espero (otra vez la espera) el siguiente libro de la autora. Pero no es tan sencillo, porque este libro que se hace esperar también irrita porque es como meterte en un laberinto en el que cuando encuentras una salida se cierra una puerta. La poeta es una mujer franca y luminosa, pero su poesía te obliga a volver hacia adentro porque "la bruja te encontró / en tu casa del bosque. / Traía una manzana envenenada". La respuesta a tantas preguntas, que al fin solo es una, tal vez tenga que ver con la procedencia física de la autora: Galicia. Comparándola con Canarias, dice Manuel Rivas: "Galicia tiene vocación de isla. Es un mundo atlántico, y el mar ha sido el mejor camino para nuestros pueblos. En el caso de Galicia, siglos aislada de la meseta, y su salida era el mar", y es posible que eso haya creado una gallega alma insular a pesar -o tal vez por ello- de ser el último destino desde antes de que existiera Compostela. Y esa insularidad impuesta en un lugar al que se acudía en pos de Finisterre busca la gran respuesta, que nunca llega, pero que está danzando alrededor de la muerte en su literatura, sea en gallego o en castellano, desde la Negra sombra de Rosalía hasta Baldo Ramos y el mencionado Rivas, en la poesía del gran Valle, del mítico Castelao o el poliédrico Cunqueiro, y el sublime remache de Celso Emilio Ferreiro. La ironía, el esperpento y el nihilismo se defienden y preguntan a la muerte. Tal vez tenga eso que ver con que, en el siglo XX, la prosa más elevada escrita en La Península y en castellano sea la de tres gallegos: Valle-Inclán, Cela y Torrente Ballester.

img0rrrr13.jpgEl título del libro enciende la esperanza de que, después de tantas decepciones cogidas a contramano, llegue El pájaro rojo de la última parte y ponga color a esa gran pregunta que es todo el libro. Es obvio que, como en la novelas policíacas, no voy a hacer spoiler, pero sí les diré que MJVP es una poeta insular, no sé si gallega o tal vez canaria por contagio, porque ambas poesías, tal vez por escasez de ensayo filosófico normalizado, han asumido lo transcendente más allá del hecho poético y se internan en las pulsiones humanas como bases de una mitología intelectual (Feria, Padorno, Jiménez). Hay una ausencia casi total de localizaciones físicas, pues los jardines, los bosques y hasta las sombras forman parte de un paisaje poético en el que se mueven como meigas aleccionadoras algunas figuras míticas de los cuentos infantiles, que al cabo son historias de terror por las que pululan guadañas, nieblas y fantasmas.

Y aunque parezca un contrasentido, también es un libro sobre al amor, incluso con referencias que remiten a lo erótico. He tratado de buscar también esa lectura y acaso la haya fabricado en mi posición de lector, influido por eso que los franceses llaman petite morte. En todo caso, MJVP no da puntada sin hilo, porque es posible encontrar alguna salida en esas puertas que parecen cerrarse. Es evidente que Historia... es un libro salido de las manos de alguien que, no solo tiene el impulso poético, sino también un dominio de los saberes que casi retan al lector. Este libro no permite una lectura pasiva que regale los oídos, es un desafío, una apuesta por encontrar el verdadero sentido de la poesía, o de eso que llaman lo poético. Ya es el segundo aviso que el camino de entrada nos lo señalen Panero y Rilke; es decir, aquí no se juega con fichas ligeras, es la poesía del ser o no ser, del todo o la nada. Tal vez por eso me resultó tan azaroso conseguir físicamente el libro, y ese fue el primer aviso. Y, sí, la autora se lo ha puesto muy complicado a sí misma, y al lector le ha despertado la curiosidad por su siguiente poemario.


Anoche fue presentada una de las novedades más esperadas de la actual Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, la colección de la editorial Camp-Pds Poetas Canarios contemporáneos, una edición de cinco título que pueden adquirirse por separado o en conjunto (con precio especial en este caso). Se trata de cinco autores que en sus inicicios formaron parte de la generación Poesía Canaria Última, que cumple ahora medio siglo de existencia, y que luego cada uno ha seguido su propio camino poético. Cuatro poetas -Eugenio Padorno, Juan Jiménez, Ángel Sánchez y Lázaro Santana- aportan sendas antologías de su obra, y el crítico Jorge Rodríguez Padrón hace un recorrido por esos cincuenta años comunes de una hornada importantísima en la poesía insular. Fue este un grupo que tomó el testigo de la palabra en tiempos muy dificiles, con voces como las que ahora se publican y otras también muy importantes en nuestra poesía: Manuel González Barrera, José Luis Pernas, Alberto Pizarro, Antonio García Ysábal, Baltasar Espinoza, Fernando Ramírez, Alfonso O'Shanahan, José Caballero Millares... No es necesario por lo tanto insistir en lo obvio: que estamos ante cinco libros nacidos de autores contemporáneos contrastados por la crítica, el público y cincuenta años de creación literaria. No se los pierdan.

poetas1 pds.JPGEsta colección está en la línea de Clásicos Canarios Comtemporáneos de narrativa, iniciada con cinco novelas el año anterior por la misma editorial, capitaneada por el incansable Plácido Checa, que también cuenta en su trayectoria con originales colecciones como la de literatura infantil Episodios Insulares, en la que las más prestigiosas plumas de nuestras letras escriben para niños relatos basados en nuestros cinco siglos de historia común.


20140426_145101.JPGFigura en todos los libros de citas que Oscar Wilde dijo que el arte es bastante inútil. Debo suponer que esta frase ha llegado a través de una mala traducción, porque si el adverbio "bastante" es pobre, ambiguo y medroso para mí, imaginen la imposibilidad de usarlo para un cirujano del lenguaje preciso como el autor irlandés. Pero la idea es clara, y sería remachada por los artistas franceses de las vanguardias cuando proclamaban que la inutilidad del arte es la base de su grandeza, porque todo lo inútil es lo que nos hacen diferentes de los animales. Por eso suelo decir que la cultura es lo que nos diferencia de los tigres. Si lo pensamos, veremos que nuestro kit básico de supervivencia sería la comida, la bebida, el abrigo y el cobijo, pero eso ya lo tenían en la prehistoria. A partir de ahí, todo es cultura, porque hemos convertido en placer lo básico, y de comer carne cruda, beber agua y cubrirnos con pieles, tenemos mesa, mantel y alimentos pasado por la cocina, tomamos bebidas muy sofisticadas y el atuendo forma parte de nuestra vida diaria. Tenía razón Oscar Wilde, el arte es inútil, como lo son la mayor parte de las cosas, pero esas cosas inútiles son las que nos hacen humanos. Un poema no mata el hambre, una sinfonía no nos abriga, un cuadro no calma la sed. A efectos prácticos, ¿para qué sirve escalar el Anapurna, indagar en el cosmos con un telescopio o ganar una medalla olímpica? Pues todas esas cosas inútiles juntas son las que componen las civilizaciones, y se consiguen a través de conocimiento. Los tigres son hoy lo mismo que hace diez mil años, los seres humanos somos muy distintos, porque hemos ido acumulando y transmitiendo cada inutilidad nueva que inventábamos o descubríamos. En este largo camino, la escritura ha sido y es una aliada imprescindible. El día que nos alejemos definitivamente del cultivo de inutilidades como el conocimiento, la sensibilidad y la curiosidad volveremos a ser como los tigres. A los libros, depositarios de ese legado, deberíamos venerarlos como a oráculos y sacarlos en procesión. Por eso siempre es motivo de inútil alegría que cada año haya Feria del Libro.


(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar del periódico Canarias7 del domingo 24 de abril). Es extenso, pero no puedo recortarlo. Otro día seré más breve.
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Cervantes 11.JPGCervantes y Shakespeare, después de los clásicos creadores de mitos, son las dos glorias literarias más altas de Occidente, ante los que se inclinarían Goethe y Dante Alighieri, los otros dos que completan el póker del canon literario moderno. Con lengua cervantina y palabras de Shakespeare, afirmo que este trabajo está hecho con apreciaciones de lector y pesquisas de curioso, lejos de los rigores de la academia -que siempre ha tratado de embridarlos sin éxito- y a la que ambos fueron ajenos. Se puede discrepar sobre datos y debatir sobre matices, pero no admite discusión la grandeza indestructible de estos dos gigantes.

Existen coincidencias entre ambos autores, pero hay más diferencias, que ha de haberlas porque la majestad de sus obras las hace únicas y por consiguiente incomparables por definición. Coinciden en la grandeza, en el tiempo creativo e incluso en la fecha cercana de su muerte (el 23 de abril católico no era el mismo día que el anglicano). No son antitéticos, pero sí muy distintos, tanto en sus vidas como en sus intereses argumentales y temáticos, aunque los une la fascinación por la Italia del Renacimiento, que aparece en varias obras de ambos y en la importación de detalles, guiños, y en el caso de Cervantes, géneros.

Aunque el inglés vivió solo 52 años y el de Alcalá de Henares alcanzó los 69, esa ventaja en años no la empleó Cervantes para trabajar en su producción literaria, pues pasó casi dos décadas entre servidumbres italianas con el clérigo Acquaviva, guerras contra los turcos y en el cautiverio de Argel, aunque sí que le sirvieron de aprendizaje que luego veríamos reflejado en temas, diálogos y pensamientos, desde la influencia de su amigo el poeta italiano Ariosto hasta el uso didáctico de lo que llamó Novelas ejemplares (1613). El grueso de la obra de ambos fue escrito en los últimos 20-25 años de sus vidas, entre 1590 y los años anteriores a 1616.

Dispar suerte en la vida


Cervantes 2.JPGAmbos escritores produjeron su obra cerca de la corte. Shakespeare era actor y formó parte de la compañía protegida de la reina Isabel I y luego por su sucesor Jacobo I, y el éxito hizo que siempre estuviera a la sombra del poder, pues actuaba también en la corte. Podríamos decir que fue rico, puesto que también era accionista de la compañía y tenía ganancias como empresario, actor y autor. Su popularidad en el Londres de entonces le dio una gran influencia entre los poderosos, si es que él mismo no lo fue.

Por su parte, Cervantes siempre arrastró deudas, y su cercanía al poder es puntual y leve; proviene de su alistamiento en los tercios españoles, y especialmente por su conducta en la batalla de Lepanto. Por ello, don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II y comandante de la armada española, le dio en Italia una carta de recomendación que debía abrirle puertas, pero que en su mala suerte fue un baldón, puesto que al ser apresados por los piratas durante el regreso él y su hermano, creyeron los pitaras que eran piezas de gran valor y en el cautiverio anduvo cinco años, hasta que lograron comprar su libertad los monjes trinitarios. Su teatro fue boicoteado por Lope de Vega, y cuando en 1605 publicó El Quijote, aunque el libro tuvo buena acogida (no comparable económicamente a un éxito en un corral de comedias), parece ser que Lope y su gente publicaron El Quijote apócrifo de Avellaneda, como burla. Y su obra maestra no tuvo entonces el mismo éxito que acompañó a Mateo Alemán, autor de Guzmán de Alfarache, novela que consolidó el género picaresco y fue el bet-seller europeo de la época. Hay estudiosos que adjudican a esta novela y no a El Quijote el nacimiento de la novela moderna. La segunda parte de El Quijote fue publicada en 1515, y aunque cerró muchas bocas y fue la consagración definitiva de Cervantes, él apenas disfrutó esa gloria y sus regalías puesto que falleció apenas unos meses después.

Tipología e intereses


Cervantes 4.JPGAunque al tratar este aspecto pudiera entenderse que tomo partido por Cervantes, no es así, me limito a constatar lo que se sabe de ambos, que en lo que se refiere a vida personal es poco y de fiabilidad relativa casi siempre sometida a discusión. Como hemos visto, Shakespeare era un hombre inteligente, listo y práctico, con instinto para los negocios; apenas llegó a Londres y comenzó a relacionarse con el teatro, se las ingenió para ser socio de una compañía. Amasó una gran fortuna y nunca quiso que sus obras se imprimieran, para que fueran a verlas. En una época convulsa en asuntos religiosos, se evidencia el carácter pragmático de Shakespeare, la religión no se toca en sus obras. Evitaba problemas porque posiblemente era hijo de católico. Tenemos entonces a un Shakespeare rico, diligente y poderoso, y no es extraño que, aparte de los divertimentos amorosos, incluso disfrazados de tragedias, uno de los puntos fuerte de su obra sea el poder y lo que los hombres y las mujeres son capaces de hacer por alcanzarlo o conservarlo. Esos personajes grises, atormentados y malvados se forjaron en la opulencia de su autor. Ciertamente, Shakespeare era un sabio envidiable.

Miguel de Cervantes, por el contrario, se jugó la vida por sus ideales, y cuando estuvo preso en Argel prefirió que liberasen a su hermano antes que a él. Su capacidad para convencer o negociar debía ser muy leve, y así se veía envuelto en líos, de los que salía para entrar en otro, siempre cerca de tribunales de justicia y mazmorras. Esto nos dibuja a un hombre de una fuerza moral incombustible, que se levantaba una y otra vez y que no dejó de escribir una vez comenzó a desgranar novelas de todo tipo (en las 12 Novelas ejemplares las hay de casi tantos géneros diferentes), investigando en las formas y sentando bases para lo que sería el teatro posterior al Barroco. Murió en la ruina y su gran novela protagonizada por don Alonso Quijano le dio la gloria universal y al mismo tiempo sepultó el resto de su valiosísima obra. De siglo en siglo suele haber, como ahora, movimientos que tratan de dar su sitio a su gran teatro y al resto de su obra narrativa, pero siempre reaparece don Quijote y ya nadie puede mirar a otra parte. Es el castigo de la gloria. Un hombre con esa capacidad de lucha y tal entereza, solo puede escribir sobre la justicia y la libertad, valores que le fueron esquivos. Y ese don Quijote irónico, alegre y sabio se fraguó en la escasez y el dolor.

Curiosidades


Algo que comparten ambos genios es la rumorología que se ha ido creando a su alrededor sobre aspectos de su vida privada y la de sus familias, que es muy difusa y con documentación contradictoria. En torno a Shakespeare, aunque tuvo casamientos e hijos acreditados, ha sobrevolado la idea de que tal vez tuvo algunas relaciones homosexuales, como la que algunos le atribuyen en su juventud con el conde de Southampton y más tarde con autores contemporáneos o actores que en escena lucían como bellas damas, aunque el travestismo en el teatro de entonces era lo normal, ya que todos los papeles femeninos eran interpretados por hombres. En todo caso, algunos estudiosos aceptan la posible bisexualidad de Shakespeare.

Con Miguel de Cervantes, las maledicencias corren alrededor de su familia, especialmente de sus hermanas, a las que en la época se les dio fama de mercadear con sus cuerpos, pero esto también pudiera formar parte de las tramas difamatorias de sus enemigos, que en tiempos tan machistas y retrógrados trataban de mancillar el honor de Cervantes en la conducta de su familia. Incluso se dice que reconoció como hija suya a la de una de sus hermanas para legitimarla, aunque siempre se ha tenido por cierto que su única hija Isabel es suya y de su amante, no de su esposa. Sobre esto y un nebuloso hijo tenido en Nápoles se sabe muy poco, aunque a este hijo napolitano hasta le atribuyen el rocoso nombre de Promontorio.

Cervantes 3.JPGEn otro orden de cosas, está muy clara la autoría de las obras de Cervantes, salvo algunas pocas atribuciones que siguen en debate. Se puede afirmar, porque incluso existe buena parte de los manuscritos, que Cervantes es el autor de las novelas, las obras de teatro, los entremeses y los poemas que llevan su firma. Existen ediciones príncipe y los ineludibles permisos políticos o eclesiásticos necesarios entonces para dar a la estampa una obra. Y es también notorio que la I parte de El Quijote llegó a Inglaterra y fue conocida por Shakespeare, pues según recientes investigaciones la obra Cardenio es una versión de un capítulo cervantino y constan al menos dos representaciones en 1613.

En cuanto a Shakespeare, su autoría sigue siendo objeto de controversias, pues en vida solo fueron impresas 16 de sus casi medio centenar de obras, siempre en contra de su voluntad, porque pensaba que su lectura vaciaría los teatros. Las demás se publicaron seis años después de su muerte, por parte de sus amigos y la compañía de teatro, que disponía de los guiones manuscritos de algunas y la memoria escénica de otras. Sin esta publicación póstuma, habría desaparecido más de la mitad de su producción, y se pudiera pensar que alguna de gran calado se perdió en el incendio que por entonces hubo en el teatro Globe y en la desmemoria de sus compañeros.

También se ha dicho que, teniendo en cuenta su vida pública de empresario y que no se le documentan grandes estudios, tal vez solo fuera un hombre de paja que servía de parapeto a un prócer que no deseaba aparecer como autor de comedias. En distintas épocas se ha dicho que el autor real fueron sucesivamente los condes de Derby, de Rutland o de Oxford, que son una creación colectiva de la compañía teatral o que incluso fueron escritas por el filósofo del empirismo sir Francis Bacon, por las concomitancias de la obra shakesperiana con su discurso.

Las razones por las que Shakespeare fue considerado un clásico universal desde unas décadas después de su muerte y a Cervantes tuvieron que venir del extranjero a descubrirlo para el mundo varios siglos después tal vez sean las mismas por las que este cuarto centenario es conmemorado en Gran Bretaña con amplitud, profundidad y hasta derroche, orgullosos de su gloria literaria, mientras que en España apenas hay algunos destellos improvisados y Cervantes es hoy más celebrado en el Reino Unido que en su propio país. Se me ocurre una explicación de Perogrullo, tan básica como certera: Shakespeare era inglés, Cervantes español. Lo que está claro es que estos dos genios que desaparecieron físicamente hace cuatro siglo son dos faros cuyo pensamiento nos ha hecho más humanos.


Acaba de ver la luz La costa de los ausentes, la más reciente novela de Santiago Gil. Esta es la reseña que publiqué ayer en el periódico Canarias7 el lunea 18 de abril, y al final hay un enlace para un pdf en el que está el trabajo mucho más ampliado (que es el leído el martes en la presentación de la novela), para quienes deseen leerlo completo.

Santiago Gil, un escritor en espiral

sG22.JPGEn la recién publicada novela La costa de los ausentes, aparecen como en gran resumen todas las características narrativas de Santiago Gil. La obra es un péndulo de tres dimensiones en espiral, que se mueve alrededor de impresiones desde diversas perspectivas. Es lo contrario a una historia que se construye con trozos de aquí y de allá y al final todo encaja como en un puzle. La costa de los ausentes se lee como una novela lineal, y viene a ser un puzle que salta por los aires en las manos del lector, que tendrá que decidir por sí mismo cuál es la verdadera historia que se cuenta, y que en cada lector se definirá por su propia manera de ver el mundo, no porque lo haya determinado el novelista.

La costa de los ausentes es una construcción muy inquietante, porque hace que nos preguntemos si lo que sucede a nuestro alrededor es como lo vemos o se trata solo de nuestra impresión, que puede ser diferente a otras formas de entender un mismo hecho, que encima tal vez ni siquiera ha sucedido aunque lo tengamos por cierto. Estamos hablando, por lo tanto, de un ejercicio literario muy osado, que el autor afronta sin miedo porque se mueve en aguas en las que navega y nada a la perfección. El resultado final es redondo, porque ese péndulo que es también espiral se ha adueñado del lector y hace que incluya los mimbres de la novela en su propia vida, cuestionándose su contacto con lo que llamamos realidad. Es como un medicamento, empieza a hacer efecto minutos después de haberlo tomado. Y un mérito más que añadir a un texto tan ambicioso es que se lee con la facilidad de una novela del quiosco. Porque el trabajo está en la estructura y en cómo se configuran los planos narrativos, un mecanismo que es muy complicado construir para que sea muy fácil usar.

SG11.JPGEs necesario hablar de los escenarios de la novela y del sustrato autobiográfico que aparece. Quienes conocemos a Santiago sabemos que siente una fascinación especial por los personajes de Stendhal, aunque tampoco es lejano a Flaubert y su famosa frase "Madame Bovary c'est moi". Por lo tanto, las novelas de Santiago Gil son todas autobiográficas. Y es que no puede ser de otra manera, porque en su periscopio lleva una grabadora y presta su memoria a los personajes y a las situaciones. ¿Quiere esto decir que nos cuenta su vida, o parte de ella en sus novelas? Rotundamente no. Sin embargo, en esta novela, las ambientaciones de Londres, El puerto de las Nieves, Las Palmas de Gran Canaria, Nueva York o el banco de la madrileña Plaza de Olavide no se han escrito de oídas. Son reales, se siente su pálpito, se respira su olor, y esto no es posible si no se ha vivido con intensidad en esos escenarios. Santiago presta a sus personajes, especialmente a Nieves, el eje de la novela, sus vivencias. Y en este sentido sí que hay elementos autobiográficos, porque sentimos Famara, Madrid o Agaete como los siente él. Y de este modo se expone, tendencia inconsciente de todo mirón, y el que mira la vida sabe que también la vida lo mira a él.

Se pudiera pensar que, en su calidad de autor de libros de poesía, es una novela de poeta. La respuesta también es rotunda. Sí. Lo es esta, lo son las demás novelas de Santiago y todas las novelas que merecen la pena. No se puede escribir una buena novela sin mirada poética, la prosa o el verso son instrumentos secundarios, pero el ojo que está detrás del periscopio es el mismo. En definitiva, La costa de los ausentes, es justamente una nueva fundación de Santiago Gil, realizada desde voluntades contradictorias de los dioses, que nos lleva al solipsismo de pensar que lo que creemos que ocurre es producto de nuestra propia mente, y que, como en el calderoniano monólogo de Segismundo, nada existe fuera de nosotros y todo es un sueño. Evocando al gran Facundo Cabral, quién sabe si en realidad somos solamente personajes de una novela escrita por un loco. En todo caso, no estaría mal que el loco que escribiera la novela en que vivimos fuese Santiago Gil.

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ENLACE TEXTO PRESENTACIÓN COMPLETO
Presentación Santiago Gil Costa de los ausentes.pdf


rrrrDSCN3110.JPGHan salido a la palestra por asuntos poco claros varios nombres que se han distinguido por haber tenido mucho poder unos o influencia mediática otros, y que, desde su altura, no han perdido ocasión de impartir lecciones de ética, civismo, solidaridad y al mismo tiempo censura y rechazo por quienes se les hayan opuesto de alguna forma o simplemente porque piensan distinto. Si alguien les da un argumento convincente, encuentran siempre algo para remachar y de esta forma tener ellos la última palabra, que les pertenece por designio divino. Los demás son los que se equivocan, y se muestran como objetivos de mil conspiraciones, porque ellos nunca tienen la culpa de nada, son los otros, torpes, mezquinos y envidiosos, los que urden trampas para destruirlos. Solemos llamar a eso prepotencia, y escarbando en la memoria de los diccionarios encontramos muchas palabras que son hermanas, primas o similares y que completan los matices con distintas combinaciones: arrogancia, altanería, soberbia, jactancia, ufanía, altivez, petulancia, desprecio, engreimiento, insolencia, chulería, impertinencia... Lo curioso es que, en esta España con genes de amos y siervos, hay un sector de la población que admira estas actitudes. Así nos va. La máxima expresión de todas ellas se manifiesta cuando estos enviados del Olimpo son pillados justamente en lo que dicen despreciar. Automáticamente, los semidioses se ponen el traje de víctimas de oscuras conspiraciones, porque se creen con el derecho de hacer lo que para otros está mal, y se escandalizan de que se les aplique el mismo rasero que a los mortales. Ellos son los elegidos, nunca cometen errores, y proclaman que son víctimas de los desaciertos, las mentiras o las maquinaciones de los demás. Con tanto enredo malsano, Shakespeare se habría puesto las botas y Cervantes exclamaría en la voz de don Quijote: "La verdad adelgaza y no quiebra, y siempre nada sobre la mentira como el aceite sobre el agua".


Los artistas e intelectuales son conocidos porque se expresan a través una vía, aunque suelen aproximarse a otras. Sabemos que Alberti pintaba, que Miguel Ángel escribía o que Lewis Carroll fue un pionero de la fotografía artística y de la fotografía a secas. Otras figuras, aunque encumbradas por una actividad, también cultivaban otras, a veces con gran maestría, pero no se les suele reconocer el mismo mérito que a la primera. He conocido y conozco a personas que destacan en varias disciplinas, pero solo conozco a una que no cesa de asombrarme: Elio Quiroga.

losquesueñan.JPGLa primera vez que leí su nombre fue asociado a un excelente libro de poemas, entonces inédito. Antes había hecho música, fotografía y cortometrajes. Luego ya vino lo del cine, donde, menos de actor, ha tocado con excelencia todos los palos: director, guionista, productor, músico (no olvido su recorrido largamente reconocido por el cine de animación)... y cuando ya lo tenía asumido, me sorprende con un prestigioso premio de ensayo, o con sus internadas en las aplicaciones informáticas y los videojuegos. Cosas de Elio, me digo, en él nada puede sorprenderme, y lo veo como a un niño travieso cuando a veces compartimos charla y cerveza frente al mar.

Pero Elio no tiene límites. Hace un par de años vuelve a sorprender publicando tres novelas en un año, todas de géneros diferentes. A estas alturas, la sorpresa no es que sea también un buen novelista, solo que no me lo esperaba. Y el remache en esta nueva vía de expresión es haber obtenido el Premio Minotauro 2015 con Los que sueñan, un texto, una vez más, asombroso. Al ser una novela fantástica, se espera un mundo imaginario y probablemente imposible en la realidad. Pero no, precisamente trata de explicar lo que entendemos por realidad. No voy a destripar la novela, pero sí digo que es más que una mera narración, viene a ser como una especie de predicción, una apuesta, una teorización sobre hacia dónde vamos como especie. ¿Puede ser una novela sobre la evolución? Sí, lo de Darwin y todo eso, pero diría que entronca con el mismísimo Anaxágoras, un filósofo presocrático que es probablemente el profesor de más éxito de la historia, pues entre sus alumnos están Pericles, Arquelao, Tucídides, Demócrito, Eurípides y el propio Sócrates. Bien es verdad que muy pronto sus teorías fueron criticadas y rebatidas. Ya en el siglo XX, la mecánica cuántica parece darle la razón... y quitársela. Pero no hay miedo, no es una novela disuasoria para el lector; al contrario, es apasionante, y en su alucinante desarrollo nos encontramos con muchas preguntas, otras tantas hipótesis, una historia que nos atrapa y una capacidad imaginativa que, esta sí, no parece de este mundo. Y al fondo del todo está la gran filosofía que sigue preguntándose sobre el orden de aparición del huevo y la gallina. Hay humor; es más, diría que Los que sueñan está escrita desde la distancia que marca el humor, donde se habla con toda naturalidad de hechos que en la realidad cotidiana que manejamos resultarían inverosímiles. Para escribir un texto así, hay que cumplir una sola condición: ser Elio Quiroga... Aunque, según la propia novela, antes habría que establecer qué Elio Quiroga. No se la pierdan.


"Mamá yo quiero saber
de dónde son los cantantes..."

(Letra de una canción cubana de Miguel Matamoros).

A quienes hemos conocido toda la trayectoria literaria de Alexis Ravelo, no nos supone una sorpresa inaudita la publicación de La otra vida de Ned Blackbird. El parpadeo áureo de su nombre procede de su producción en lo que hoy se llama género negro, que engloba distintos matices que no viene al caso comentar. Ahora publica lo que los cursis exquisitos llamarían una novela literaria, como si las otras no lo fueran. No obstante, esta nueva novela de Ravelo tiene elementos inquietantes, porque, como diría ese mismo erudito pretencioso, capra tendit in silva (la cabra tira al monte, para entendernos). Es lógico que ese aire de intriga envuelva todo el texto; aunque Alexis ha refrenado su velocidad instintiva y ha dejado en el banquillo el vocabulario canalla de sus más que sospechosos habituales, siempre se respira el Ravelo; si a Edgar Allan se le despertaba el Poe hasta cuando escribía cartas a su prima-esposa Virginia, es palmario que cuando un escritor consigue su estilo este busca salida en cualquier circunstancia.


ravelo 11.JPGTengo la impresión de que Alexis Ravelo no solo quiso escribir una novela. El sistema de matrioskas visibles y camufladas delata que hay algo más: que la novela es un andamio para soportar un debate que el novelista mantiene consigo mismo y que pone sobre la mesa para que el lector oponga sus contraargumentos aquí, consienta allá y dude casi siempre. Aparentemente es una historia que gira alrededor de un profesor universitario que llega a una pequeña ciudad después de ciertas vicisitudes personales (que irán descubriéndose poco a poco), y alquila un piso que antes ha sido ocupado por una maestra ya jubilada que ha fallecido recientemente. Y ese escenario, también aparentemente poco interesante, le basta y le sobra al novelista para ir entrelazando episodios cotidianos con otros muy turbadores y que a menudo desafían la lógica habitual. Es una gota de agua a la que más tarde se le suma otra y luego otra, hasta que entre todas conforman un martilleo atronador. El Alexis Ravelo de siempre con sordina, pero que con hilo de seda va envolviendo al lector hasta que lo pone donde él quiere.

Vale, pues sería una novela, incluso una buena novela. Pero es que cunde el desasosiego a partir de todas las intrigas del relato, de la preguntas agazapadas y nunca formuladas, aparte de algunas evidencia que no se cuentan pero que lo son porque las cosas suceden de una manera determinada y solo de esa manera. Aparte de escarbar en lo metafísico (al final los arañazos se convierten en brutal sorriba), organiza una mezcla de escrituras, desde las más cultas y casi arcanas, a las más populares, donde se homenajea a los autores de las novelitas de quiosco, que unos eran americanos y otros lo parecían, desde los herederos de Zane Grey en el far-west a los que llenaron muchas horas de latón a la España del franquismo. En aquellos años tan largos y oscuros, autores como Kent Davis o Dick Norton se codeaban con Silver Kane o la industria familiar de Marcial Lafuente Estefanía que "fabricó" más de cinco mil novelas de dos pesetas y a cincuenta céntimos el cambio. Hubo otros géneros; uno de ellos la novela rosa, nacido en Italia (como hace cuatro siglos las novelas cortas que hicieron escribir a Cervantes las Novelas Ejemplares), viajó a Argentina y a Estados Unidos y tuvo posteriormente en España representantes de mucho éxito (Corín Tellado vendió a lo largo de su vida 400 millones de ejemplares de sus casi 600 novelitas).


ravelo 122.JPGHablo de todo esto porque es parte de ese argumento no explicitado en la novela pero que la vertebra, y que nos conduce a dudar de si la escritura es más que la creación de una ficción y los autores son demiurgos que fundan civilizaciones; o lo contrario, que hasta los propios novelistas son creaciones de otros, como creyó siempre aquel mal escritor francés del siglo XIX, que hacía folletines por entregas y estaba convencido de que él mismo era un personaje que otro escribió. Una locura que se mueve en espiral pero que sobrevuela La otra vida de Ned Blackbird. Lo que nos lleva a preguntarnos de qué materia está hecha la realidad, y si el propio Nabokov es fruto de un pésimo folletín amoroso que acaba haciendo indirectamente responsable a Corín Tellado de la escritura en diferido de Lolita. ¿Es que acaso no son hoy La Celestina, Jane Eyre y Sam Spade más reales que Fernando de Rojas, Charlotte Brontë y Dashiell Hammett? De todo esto colegimos que Alexis no solo canta; también escucha otras canciones, y como el Trío Matamoros, quiere saber de dónde son los cantantes.


"... ¡Hay tantos sueños a la luz del día,
en esta tierra que amansó la espuma,
que no ha soñado nadie todavía...!"

(Pedro Lezcano. Muriendo dos a dos, 1947).

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Como cada año, el 21 de febrero se celebra el Día de las Letras Canarias, que desgraciadamente suele pasar de puntillas, no sé si porque está en manos de políticos que generalmente consideran la cultura una "María" (y la literatura sería entonces una "Mariquilla"), o porque forma parte de la desidia general de Canarias en lo relativo a la memoria de quienes trataron de construir una sociedad fuerte, dinámica y culta, justo lo contrario de lo que interesa generalmente a todos los poderes, que el poder no reside solo en las instituciones y en los políticos.

lezcanooo.JPGEste año se le dedica a Pedro Lezcano, al que no añado ninguna palabra identificativa porque fue, durante más de medio siglo, uno de nuestros pilares fundamentales, como lo fueron otras figuras que en cualquier sociedad consciente serían memoria eterna. Hablo de nombres como los del pionero doctor Rafael O'Shanahan ("fue antipsiquiatra antes de que existiera la antipsiquiatría en los años 60 y 70" afirmaba Carlos Pinto Grote, también psiquiatra y poeta, otro de esos pilares que debiéramos venerar), y de otros nombres inexcusables que, a menudo, ni siquiera figuran en el rótulo de una calle. Pedro Lezcano fue uno de esos faros en muchas disciplinas, pero ante todo fue una voz en tiempos de silencio.

Es curioso constatar cómo estas figuras que ven más allá se reconocen entre sí. Pedro Lezcano y el mencionado Carlos Pinto Grote forjaron una amistad indestructible, hasta el punto de que el poeta y psiquiatra tinerfeño afirmaba que todos sus libros los dedicó a su mujer, con la excepción de dos, que dedicó a amigos que eran más que hermanos; uno de ellos era Pedro Lezcano. También existió ese lazo irrompible de Lezcano con otro gigante de las letras, Rafael Arozarena, y contaba este que su amistad nació de la casualidad de que ambos publicaron a la vez sendos poemarios que intitularon Romancero canario, cada uno por su lado, sin que ninguno supiera antes lo que el otro estaba escribiendo (vivir en islas tiene esas carencias, y antes más). Esta coincidencia los acercó tanto que ya nunca dejaron de ser amigos.

Por ello, en este Día de las Letras Canarias 2016, se debiera recordar a Pedro Lezcano como lo que fue, un hombre comprometido con su tiempo, su gente y el futuro, al que nada le era ajeno. Estuvo en el resurgimiento de la literatura cuando la sangre lo arrasó todo, formando parte de la ya mítica Antología cercada, en la permanencia contracorriente del teatro, en el alumbramiento de un tiempo nuevo después de un túnel que parecía interminable... Siempre trató de derribar puerta cerradas, y su ariete, cómo no, la poesía. Se remangó y bajó al barro cuando creyó que debía hacerlo, y fue un Bautista que clamó a voz en grito, muchas veces en el desierto de la pereza isleña. El espíritu de los grandes como Pedro Lezcano no tiene fecha de caducidad, y es ese espíritu el que hoy y siempre Canarias necesita cultivar. No perdamos de vista a uno de los faros que, lejos de perder fuerza, cada día alumbra más. Como él dijo muy temprano, quedan muchos sueños por soñar; y yo digo que no hacerlo, además de un suicidio, sería una estupidez.


harper eco.JPGQue desaparezca un escritor que marca una época y un estilo siempre es triste; que se vayan dos de un golpe es tremendo. Han muerto el mismo día Harper Lee y Umberto Eco. Como todo lo humano, sus figuras se irán desvaneciendo con el tiempo, pero no así las obras que dieron lugar a mitos del siglo en que vivieron. Siempre nos quedará la figura ejemplar de Atticus Finch, el protagonista de la novela Matar un ruiseñor, la gran y casi única obra de Harper Lee, y que identificamos con la cara de niño bueno pero a la vez de hombre insobornable que dio en la pantalla Gregory Peck. Tampoco pasará la inteligente y astuta presencia de Guillermo de Barkerville, protagonista del mayor y mejor éxito editorial de Umberto Eco, El nombre de la Rosa, que luego tomó el rostro del mejor Sean Connery. Vivieron ambos autores una larga vida, muy prolífica la del italiano, con una obra vastísima tanto de ficción como ensayística; es una referencia obligada de este tiempo. Por su parte, Harper Lee escribió en la práctica una sola novela, la que la mitificó, y el año pasado publicó otra que nada añadió a su trayectoria. Dos espejos de un siglo que se han ido, pero que siempre estarán en Atticus Finch y Guillermo de Baskerville.

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