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Novedades en la categoría Letras


Soy lector, y como tengo el vicio de pensar también tengo opinión. Cuando se escribe sobre un libro se espera que se haga una crítica, pero yo no soy crítico al uso. A veces me extiendo sobre un libro concreto, pero si uno quiere ser riguroso no puede hacerlo con todos los libros que lee porque lleva un gran esfuerzo y un tiempo del que no siempre se dispone. Por ello, de vez en cuando hago recordatorios sobre libros recientes o incluso más alejados en el tiempo. Eso sí, los libros que comento han sido leídos y del gusto del comentarista.


IMG_213333dd.JPGAhora mismo publicito y recomiendo unos cuantos, y hoy reúno siete libros de poesía, uno de ensayo y otro inclasificable, pues va del diccionario humorístico a la greguería y el aforismo; se trata de El mono leído, un libro muy curioso, y debo confesar que ese tipo de libros no son precisamente mi debilidad, aunque estén firmados por Gómez de la Serna, Ciorán o el mismísimo Marco Aurelio. Pero sé que es un género muy atractivo y en este caso el libro viene avalado por un autor de reconocida trayectoria y calidad literaria, Juan Carlos de Sancho. El de ensayo es Solo lo escrito perdura, en el que Rubén Benítez Florido reúne, como él mismo dice, pequeños ensayos de filosofía mundana.

Una de mis debilidades confesas es la lectura de poesía, y en estos meses he podido disfrutar de títulos tan imprescindibles y con un cierto recorrido temporal como Brevísima relación de la destrucción de June Evon (un texto, además, valiente) y Así habló Sara Trasto, ambos de Tina Suárez Rojas, una voz poética que sin duda va a permanecer, o Una mujer en todo el tiempo, una antología (1996-2014) de Federico J. Silva, también enganchado a la permanencia literaria. Y más poesía: De los que nadie habla, el tercer poemario de Evelyn de Lezcano, El pulso de la calle, de una poeta de largo sendero y voz comprometida que es María Isabel Guerra García, o la "opera prima" Descubriendo Quilóstrata, de Román Pérez González, de quien estoy seguro que seguiremos oyendo hablar. Para coronar este ramillete ubérribo (Rubén Darío ha vuelto en su centenario), la reedición 50 años después de El país de Ofelia, del cubano ya canario Manuel Díaz Martínez, maestro de poesía y de vida.

Cada uno de estos libros es un universo que podemos compartir y que yo recomiendo. Tengo en el escritorio (tal vez debiera decir lectorio, lectoría o revividor) otros universos descubiertos o por descubrir de los que hablaré otro día.


El 6 de febrero se cumplieron cien años de la muerte de Rubén Darío, un poeta que hizo dar una vuelta de campana a nuestra lengua y a nuestra literatura. El Modernismo es mucho más que una forma externa de hacer arte, y la literatura lo es. Al cambiar la manera decimonónica de acometer el lenguaje, incide en el pensamiento, y ya nada fue igual. Literatos posteriores que aparentemente están muy lejos del Modernismo, o que incluso lo combaten, trabajan con nuevas formas de escribir -y por lo tanto de pensar-, que surgen de la revolución formal que en nuestra lengua tuvo a Rubén como abanderado. rubennnn.JPGMuchas veces se acusa al lenguaje modernista de superficial y amanerado. Y lo es si lo miramos desde hoy. Pero nadie puede negar que cursilerías como sus quioscos de malaquita, sus bocas de fresa o sus mantos de tisú rompieron unos moldes anquilosados y dejaron paso a muchos -ismos que fueron nueva sangre literaria. Rubén hizo que se perdiera el miedo a las palabras y a las formas establecidas, fue un fogonazo que deslumbró a posteriores gigantes como Valle-Inclán, los hermanos Machado, Pedro Salinas o el cenital Juan Ramón Jiménez, que luego cada uno tomó su camino cada vez más lejos de Darío, pero también de los moldes inamovibles de antaño. Los indigenistas beben de su fuente (Ínclitas razas ubérrimas), y hasta el Canto General de Neruda es deudor de su Canto a La Argentina. Grandes poetas que lo admiraron (García Lorca), o que lo denostaron (Cernuda) pasaron por la puerta que él abrió. Y en medio de tanto artificio, también había no solo un innovador, también un poeta con un instinto casi adivinatorio, como puede verse en su Oda a Roosevelt (Theodore), que predice lo que será el siguiente siglo de dominio norteamericano:


"Eres los Estados Unidos,
eres el futuro invasor
de la América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún reza a Jesucristo y aún habla en español".


Y, en defensa de lo hispano, se pregunta en Los cisnes:

"¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?

¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos ahora para llorar después?"


Si en otras lenguas se tiene a Whitman, Poe, Carducci o Verlaine como pioneros de un tiempo nuevo, en la nuestra es de justicia recordar a Rubén Darío en el centenario de su muerte, que es como evocar la estación de la que partió el nuevo tren de la literatura, que ya había agotado la energía del fulgurante Siglo de Oro.


Echo una mirada a los escritores que han sido médicos, y la nómina no sólo es larga, sino importante. Hay grandes escritores que no provienen de la lingüística o el derecho, sino de la medicina. Y no me refiero sólo a eminentes galenos que escribieron sobre lo suyo o desarrollaron ensayos aplicando sus conocimientos científicos (Marañón, Ramón y Cajal, Severo Ochoa, Freud...) hablo de novelistas, poetas o dramaturgos del tamaño de Rabelais, Mateo Alemán o Schiller, y en Canarias Julio Barry, Carlos Pinto Grote, Carlos Lázaro o Félix Casanova de Ayala. ¿Estos grandes autores, que escribían a mano y con pluma de ganso, garabateaban sus textos literarios con la ilegible caligrafía que usaban en sus recetas médicas? Todos ellos fueron médicos reconocidos en su entorno social y temporal, que dedicaban sus horas libres a la literatura, lo mismo que Sir Arthur Conan Doyle,rembrannnn.JPG el creador de Sherlock Holmes. Hay que reconocer que en la obra de estos autores hay un método que tiene que ver mucho con la ciencia, por la meticulosidad y la búsqueda del equilibrio, y acaso su profesión médica les llevara a conocer profundamente el alma humana que se cobijaba en los cuerpos que tan bien conocían.

Sabemos que los artistas plásticos han sido, desde el renacimiento, grandes conocedores de la anatomía humana. No eran médicos, sólo conocían las formas del cuerpo y su funcionamiento plástico. Las expresiones del rostro nacen del conocimiento de la anatomía y sobre todo del talento para expresar los sentimientos con un rictus o con una mirada. Los escritores no tienen por qué ser médicos para describir a un enfermo. Tal vez deban conocer el funcionamiento de la mente, y hay obras maestras como El crimen y el castigo, El túnel o La familia de Pascual Duarte en las que los procesos mentales enfermizos tienen mucho peso, y ni Dostoievski, ni Sábato, ni Cela eran psiquiatras. Sí lo era Luis Martín-Santos y lo son José Carlos Somoza y Lobo Antunes. Pero no tiene que ver, porque Mariano Azuela escribió sobre la revolución mexicana, Pío Baroja sobre la lucha por la vida y Jaime Salom sobre lo casi opuesto a la ciencia. Todos médicos, como Miguel Torga o Carlo Levi. No estudiaron medicina Proust, Simone de Beauvoir y García Márquez, pero plasman la enfermedad y el dolor físico tan bien como Chéjov, que sí era médico. Y surgen humoradas que son preguntas en cadena, al cabo la misma: ¿cómo se las arreglaban los impresores con las obras manuscritas de los médicos-escritores? ¿Los impresores sabían leer las recetas médicas? ¿Los linotipistas pertenecen a la misma sociedad secreta que los farmacéuticos? ¿Leer recetas médicas es un arte?
***
(La ilustración es el cuadro de Rembrandt Lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp).


Ha sido un Día de Reyes oscuro para las letras canarias. Nivaria Tejera emprendió en París su último viaje, tal vez un nuevo exilio, quien sabe si por fin, como un Odiseo atlántico, regresa definitivamente a su Ítaca. Nació en la muy cubana ciudad de Cienfuegos en 1929, pero muy niña se trasladó con su familia a Tenerife. Su padre fue encarcelado en aquellos tiempos de plomo, y cuando fue liberado toda la familia regresó a Cuba, su primer o quién sabe si su segundo exilio. Nivaria vivió desde muy cerca en su niñez y su adolescencia el horror de la guerra civil española y la represión franquista, sintió el miedo a perder a sus seres queridos y eso la marcó. Cuando, muy joven, empezó a publicar poesía y narrativa, aquellas noches en vela por el temor a recibir las peores noticias rondaban por sus páginas, pero no se materializan hasta 1959, cuando publica El barranco, una novela en la que se cuenta la guerra, la injusticia, la represión y el miedo desde los ojos de la niña que los vivieron. Por suerte, la novela formó parte de aquella Biblioteca Básica Canaria que tantos descubrimientos literarios hizo a los ojos isleños. Porque es, además, la primera novela que, seguramente por haber sido publicada fuera de España, contó aquellos episodios que luego han sido material para muchas novelas, pero que entonces solo podían sugerirse. Es un texto imprescindible para entender aquellos años en Canarias, como lo es también La prisión de Fyffes, publicada diez años después y escrita por José Antonio Rial, otro canario transeúnte que también fue actor y testigo de aquellos terribles hechos y tuvo finalmente que irse a Venezuela, donde realizó una gran carrera literaria y periodística. Ambos libros son puntales en nuestra historia literaria, política y social.

nivariat.JPGNivaria Tejera recorrió en Cuba un camino similar al de otros intelecutales que se opusieron a la dictadura de Batista. Como Cabrera Infante, Heberto Padilla o Virgilio Piñera, Nivaria saludó la llegada de lo que creyó un tiempo nuevo, y hasta fue agregada cultural de la embajada cubana en Roma, pero igual que los mencionados, entendió que no era aquella la revolución que soñaron. Dimitió y eso significó un nuevo exilio, que tuvo a la ciudad de París como centro de gravedad y de vida, seguramente por el apoyo que para ella significó la amistad de un gigante irlandés/parisino como Samuel Becket. Su producción literaria es extensa, y hasta pudo tener su momento de gloria en España cuando en 1971 obtuvo el Premio Seix Barral Biblioteca Breve. En su obra el reflejo de su Canarias de la niñez y la Cuba de su juventud están presentes, como una forma de conjurar tantos exilios, aunque Nivaria Tejera nunca se exilió de sí misma. Los Reyes Magos nos han traído esta triste noticia, y como homenaje a esta mujer que fue y es literatura invito a que visiten su obra, que es el recorrido por una vida, un siglo y unas experiencias que son reflejadas con la voz de una gran mujer y una magnífica escritora. Descanse en paz.

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(Este trabajo fue publicado en la edición impresa del día 8 de enero del periódico Canarias7 de Las Palmas de Gran Canaria).


correa 1.JPGUn editor muy famoso dijo una vez que solo conocía dos tipos de novelas, las buenas y las malas. Hace unos años se leía mucho (al menos las solapillas) la novela experimental, que muchas veces no entendía ni quien la escribió, porque leyeron mal Rayuela y se perdieron por las dublinesas callejas del Ulises; luego se vendieron bien las realistas, que los críticos subdividieron en realismo poético, social (no confundir con la novela social), sucio y otras denominaciones que brotaban de los encargados del márketing editorial; y seguían publicándose simultáneamente novelas de muchos géneros, aunque en cada momento sonaban más unos que otros. Luego vinieron la novela urbana brutal de la disuelta generación Kronen, la histórica que parecía el último descubrimiento y ahora los editores quieren que cada novela tenga una etiqueta, que pertenezca a un género, y los que mejor acogida están teniendo son el negro y el fantástico.

Pero yo sigo pensando que son modas, y como el mentado editor creo que solo hay novelas buenas y malas, porque finalmente es imposible en la práctica que haya un género puro. Y por lo tanto hay quienes escriben buenas novelas y quienes fracasan en el intento. José Luis Correa es de los que ha conseguido mantener el pulso en el espacio de la novela negra, que hoy engloba varias denominaciones que antes no lo eran. Necesidades del servicio. Dentro del género que nos ocupa hay autores que consiguen crear un personaje que es el eje común a varias novelas que acaban convirtiéndose en series. Suele ser alguien de la policía, un detective privado, una periodista o alguien con curiosidad, capacidad de deducción e instinto muy desarrollado.

correa 2.JPGY hablo ya de José Luis Correa, que ha demostrado poseer otros registros narrativos e incluso poéticos, y que acaba de publicar Mientras seamos jóvenes, la octava entrega protagonizada por el detective Ricardo Blanco. Esto significa un doble pulso, porque hay que mantener una misma línea y a la vez ir haciendo evolucionar al protagonista, que es el que sostiene a toda la serie. Muchos pensarán que eso es fácil, una vez creado el personaje, se trata de repetirlo como una noria hasta el infinito. No es tan sencillo, porque muchos y muchas lo han intentado y pocos lo han conseguido, entre estos Pepe Correa. Incluso entre quienes se dediquen a escribir, prueben a crear, mantener literariamente vivo y adaptándose a distintos avatares durante muchos libros a personajes como Poirot, Maigret, Miss Marple, Carvalho, Petra Delicado, Sherlock Holmes o el entrañable e irónico Plinio, policía local de Tomelloso, que nació y creció en la pluma de Francisco García Pavón. Y por supuesto, al Ricardo Blanco creado por Correa.

El título de la novela que nos ocupa, Mientras seamos jóvenes, es la traducción del segundo verso del himno universitario (Gaudeamus igitur). Se trata por lo tanto de un guiño a la universidad, puesto que esta novela era casi un reto, ya que el autor es profesor en la universidad grancanaria en la que se centra el desarrollo de la historia. El caso que hay que resolver es el canal que conecta con otros aspectos de la obra. Es verdad que seguimos las pesquisas de Blanco hasta que se resuelve la trama, pero en realidad lo que hace Correa es una crónica viva de los tensos y agitados tiempos que vivimos y sin duda retrata nítidamente nuestra ciudad y nuestro tiempo. Y el escritor se la juega porque escribe sin perspectiva temporal, encima de los acontecimientos, hasta el punto de que en estas ocho novelas hemos visto cómo nuestra sociedad ha ido pasando de nuevos ricos a una realidad más dura a causa de la crisis. De alguna forma, el astroso detective Ricardo Blanco acabará siendo un cronista de esta época cuando en el futuro tengamos que mirar hacia atrás.

Desisto de abundar sobre la presencia de los escenarios urbanos de Las Palmas, el uso de palabras y expresiones isleñas, el perfil socarrón e inteligente del protagonista o el dibujo en relieve de los personajes, que hacen que las novelas de Correa estén vivas. Ocho novelas de la serie y siempre hacia arriba dan idea del dominio narrativo del novelista. Por ello, me he recreado en la lectura de una excelente novela y prefiero dejar la parte técnica a los especialistas, mientras espero a ver qué va a suceder en la próxima historia protagonizada por Ricardo Blanco.

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NOTA FINAL:

He querido publicar la reseña de esta novela el Día Mundial Contra la Violencia de Género porque el espinazo moral de Mientras seamos jóvenes escarba en esa terrible lacra de nuestra sociedad. Por otra parte, la coincidencia de la publicación de la novela con el terrible crimen de una joven estudiante precisamente de la misma universidad en la que transcurre el relato, y en circunstancias -solo a primera vista- parecidas a las del texto, viene a respaldar dos evidencias: que la literatura de Correa retrata el instante en que se escribe y casi que se lee, y que ausculta la realidad como un escáner.


La presencia de Rafael-José Díaz (RJD) en el espacio literario se ha ido imponiendo sin estridencias desde que en la arrancadilla del siglo XX comenzó a publicar. Poeta por definición, no ha vuelto la cara a otros géneros, siempre con el cuidado casi obsesivo de cada palabra. Está en lo que los clásicos llamaban la edad del esplendor, esa que no medían en años, sino por la evidencia de que alguien está en el momento en el que la fuerza vital y la experiencia se juntan para generar el gran momento de un artista, que puede prolongarse tanto como alcance la vida y el talento. En el caso de RJD el segundo ya está más que certificado, la primera como en todos, es un arcano.

unsudario9.JPGDespués de un camino de poemas, relatos, memorias, una novela y hasta una antología, nos entrega un nuevo libro de poemas, que intitula Un sudario, creo que con deliberada provocación, porque aunque la palabra remite a la mortaja, también es el lienzo con que se limpia el sudor. Cierto es que en el poema que da nombre al libro juega a hacernos creer que se da por muerto, o que lo finge o lo imagina, pero está "oyendo los lamentos de unos pájaros / en el alegre balanceo de estas ramas", y esa no parece una ocupación habitual de los difuntos.

El poeta propone y el lector dispone, y lo que se escribe como abismo puede convertirse en descanso cuando la poesía se transforma con las vivencias de cada uno. El mismo libro será distinto para cada destinatario, y puede que ese lector construya otra imagen cuando relea, así que nunca leerás dos veces el mismo libro, como diría un Heráclito de urgencias. El sudario que yo leo no es una mortaja que guarda un cadáver, es una sábana que como la de Turín tiene grabados los momentos de una vida, el dibujo de un itinerario, no es un sudario que envuelve muerte sino un retrato que muestra la vida.

Aparecen en el poemario referencias a los cuatro elementos del árjé primigenio de nuestra cultura, y añade el poeta un quinto elemento, la luz. Pero siempre es el aire el que domina, aunque hable de rocas inamovibles, de aguas furiosas o del fuego que en lugar de quemar impulsa a vivir más al filo. Y es el aire que siempre va de incógnito, cuando sostiene el vuelo de un genérico pájaro sin nombre o una concreta golondrina, balancea una rama, desafía la gravedad en una caída sin final, juega con una hoja o ayuda a dibujar con el polvo el paisaje imposible de Lanzarote. Los pájaros y la vegetación zarandeada, árbol, rama, hierba, son como asideros para mostrar ese bosquejo impreso por la vida en el sudario.

unsudario33.jpgLa escritura de RJD se ha ido desnudando y a la vez complicando. Hay pasajes en los que parece que cuenta una nimiedad, la aventura inocente de un niño en la arena de la playa, y ese es el trazo que en realidad nos está mostrando el alma de una memoria dolida, gozosa o ajustando cuentas. A veces una palabra parece inane, quieta, sin respiración, pero no nos engañemos, es como una serpiente mimetizada con el entorno que está viva y vigilante y puede saltarnos -y de hecho nos salta- en un instante. Esa sencillez aparente, es el visillo de un habitáculo literario muy complejo.

Decía al principio que la obra de RJD ha ido creciendo sin sobresaltos. Se ha ido asentando en un espacio que, llegado a la mentada edad del esplendor se ha vuelto imprescindible. Primero supimos que venía, luego que avanzaba, más tarde que ya estaba en el punto crucial de su escritura, y ahí permanece desde hace tiempo creciendo en depuración y solidez. Y así seguirá porque este es un viaje sin retorno hacia el corazón de la poesía. Es así porque cuando lo leo tengo la sensación de que me conoce y escribe para explicarse conmigo, y permite que yo argumente esa explicación a la medida de lo que está grabado en mi propio sudario vital. Alguna causa desconocida habrá para eso, aunque yo creo que debe ser porque es poeta, condición que por prodigiosa es rara.

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(Un Sudario, de Rafael-José Díaz, Editorial Pre-textos, se presenta el viernes 20 de noviembre a las 20 horas en la Casa Museo Pérez Galdós de Las Palmas de Gran Canaria).


Van llegando libros a mi mesa, que acojo con un respeto reverencial porque sé el esfuerzo que hay detrás de cada uno de ellos. No quiero ejercer de crítico literario porque finalmente es el tiempo el que sentencia sobre cualquier obra de arte, pero entiendo que, para que el tiempo dictamine, es necesario que quede constancia pública de la existencia de un libro en el momento de nacer. El futuro siempre buscará referencias y eso es lo que hago, referencias, impresiones, noticias; la crítica es un campo que eludo deliberadamente porque, al pertenecer también al mundo de la escritura, seguramente corro el riesgo de ser juez y parte.

El primer libro que anuncio es la cuarta novela según mis números del también narrador de cuentos Miguel Ángel Sosa Machín, Los pies del cielo. Se trata de un autor muy comprometido con asuntos que vienen del dolor de un tiempo en el que la injusticia era la norma. Esta vez se adentra en una doble historia que se entrecruza y es a la vez testimonio de la maldad y una especia de relato negro enfocado de una manera muy particular. Esto hace que la estructura de la novela sea de una laboriosa complejidad en la escritura, que es la que hace que se lea con ansiedad, siempre buscando el siguiente recodo del camino, que nos llevará a otro y otro en una especie de montaña rusa apasionante. Recomendable para todo el mundo pero muy especialmente para quienes gusten de jugar a cómplice del narrador.

IMG_1501.jpgOtro libro que me ha llamado la atención es Yo, el ángel, un texto del periodista Manuel García Rodríguez. Y digo libro porque aunque aparentemente es una novela, contiene otros géneros que conforman un mosaico interesantísimo, un repaso que podríamos llamar etnográfico a las debilidades, las fortalezas y las enajenaciones del ser humano durante siglos. Es una guía para recorrer el laberinto del alma humana, en el que el ensayo filosófico encubierto, la poesía, la religión y la historia son ingredientes que convierten a este libro en una curiosa expedición a las raíces comunes de Occidente. Es un texto que piensa y hace pensar. Para muchos puede ser una sorpresa que Manolo García se meta en estas lides, pero no es tan raro si vemos su recorrido por la poesía, el cuento y el teatro. Yo, el ángel es un libro inclasificable pero muy atractivo.

El tercer título del que ahora doy noticia es Historias de amor y crueldad, de Eduardo González Ascanio, que recoge relatos de nueva creación y otros que deambulaban por blogs, revistas literarias y libros colectivos. No descubro nada al decir que Eduardo es uno de nuestros cuentistas más minuciosos, su dominio del relato breve roza la maestría. No es muy prolífico (hasta hora cuatro volúmenes de relatos) pero es uno de esos autores silenciosos que nos deslumbran en cada párrafo. Le podemos atribuir cualquier herencia porque es un lector riguroso, nuestro Borges cotidiano, y cualquier cosa que en la técnica del cuento hayamos aprendido de Poe, Chéjov, Nabokov, Raymond Carver o Cortázar está en los cuidados armazones de sus historias, con unos finales que cortan la respiración. Sobra decir que este y los demás libros de González Ascanio son como cofres con joyitas esmeradamente pulidas.

Tengo más libros de distintos géneros sobre mi escritorio, que iré pregonando a medida que me acerque a su tripas. Este año la cosecha ha sido buena y amplia, pero eso, aunque sea un placer, necesita tiempo, que afortunadamente uno siempre acaba encontrando para leer.


El tardío charro Vicente Fernández hizo en 1980 muy popular una canción en la que afirmaba que como México no hay dos, hasta el punto de que aseguraba que la Virgen María vivía en México mejor que con Dios. Y desgranaba un rosario de tópicos: tequila, mariachis, un sol incomparable y parranda sin fin. Y ese México es un mito, un invento de aquellas películas de los años cuarenta, porque realmente nunca existió. En realidad, como ese México no hay dos, porque lo cierto es que ni siquiera hubo ni hay uno. Hay otros Méxicos, alguno muy sangriento y doloroso que es el que hoy llena una y otra vez de violencia el suelo mexicano y los espacios mediáticos. También la literatura.

Fernando paso.JPGFernando del Paso es un escritor mexicano que se ha empeñado en que se entienda que ese México de corridos, pistolones y machitos bigotudos es mentira, y que realmente -rancheras aparte- es muy poco edificante. Es un novelista consagrado desde hace cincuenta años, ya con su primera novela, pero nunca fue el primer escritor de su país en ser nombrado, e incluso casi nunca aparecía en un listado rápido encabezado por Fuentes, Paz, Pacheco y Monsiváis, que fueron durante medio siglo la jaculatoria obligada de la literatura mexicana. Tiene una obra larga aunque pocos títulos, porque en cada novela se expandía hasta llegar y sobrepasar en alguna las mil páginas (Noticia del Imperio). Pero siempre estaba ahí, como un pilar que sostenía otras veleidades de las modas de su país, y hasta dicen que creó escuela.

Fernando paso 1.JPGEl México violento, confuso y desencantado que aparece hoy en las novelas de Jorge Volpi, Guadalupe Nettel, Elmer Mendoza o Juan Villoro no surge de la nada. Proviene de un tiempo que podríamos llamar nostálgico en el que había que mentar a Azuela, venerar a Arreola y adorar y sacar cada día en procesión a Rulfo. Y este tiempo en el que se escribe todo esto pero que no se narra a sí mismo es el que cuenta Fernando del Paso, y para entender la deriva de un país en un siglo, desde la romántica revolución que desembocó en el eterno (y por ende corrupto) PRI hasta el caos actual, en el que los cárteles ponen en cuestión al propio estado.

Mentiría si dijera que esperaba que un escritor como Fernando del Paso estuviera en la lista de los posibles Premios Cervantes. Es un premio justo pero al mismo tiempo es una enorme sorpresa, creo que incluso para el propio autor, al que le han jalonado su trayectoria de premios importante pero que no figuraba en la lista de los elegidos para los galardones supremos. En realidad es una gran noticia, porque el jurado ha sido capaz de abstraerse de modas y cantinelas. Dada la extensión de sus obras, y aunque apenas llegan a la media docena sus novelas, yo recomiendo Palinuro de México y sobre todo Noticias del Imperio, para quienes quieran acercarse al México real contemporáneo que empieza a construirse cuando fusilan en Querétano a un emperador Habsburgo que llevaron desde Viena.

***
(Este trabajo fue publicado en la sección de Cultura del periódico Canarias7 el13 de noviembre de 2015).


Este texto fue leído en el homenaje que tuvo lugar el 12 de noviembre en el Edificio de Humanidades de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, en el marco del homenaje que les fue rendido al Profesor Osvaldo Rodríguez y al poeta Arturo Maccanti, recientemente fallecidos.

***

Querido Osvaldo:

Los que te conocimos en esta isla siempre supimos que te sentías canario, y viviste y actuaste como un canario de los mejores. También sabíamos que nunca dejaste de ser Chile, esa cueca larga trazada de volcanes desde Atacama al cabo de Hornos. Canarias fue la California a la llegaste huyendo de la tiranía, buscando el oro de la libertad, como un Murieta que cabalgaba el idioma y que, al contrario que el que se hizo verso en la pluma del poeta de Temuco, desconocía el significado de la palabra venganza. Tu venganza era la amistad, el sosiego, el trabajo, la convicción de que siendo chileno serías mejor canario, la seguridad de que entregándote a Canarias harían un Chile más luminoso. Y lo conseguiste, galopando siempre los versos del hombrón de Isla Negra, el que en su casa tenía mascarones de proa que recitaban sus versos y tu historia:

osvaldo 1.JPG"Venía de la cordillera de piedras hirsutas,
de cerros huraños,
del viento inhumano.
Traía en las manos el golpe aledaño
del río que hostiga
y divide la nieve.
Y lo traspasaba aquel libre albedrío,
la virtud salvaje
que toca la frente.
Y sella con ira, limpieza el orgullo
las graves cabezas
de los indomables.
Qué grande el destino
en actas de fuego,
de fuego y pureza..."

Llegaste, Osvaldo, a la vida de muchos de nosotros cuando empezábamos a contar historias con palabras. Y el fiel devoto de la poesía se dio cuenta de que entonces quien de verdad estaba necesitada de amigos y voceros era la narrativa, y especialmente la novela. Pusiste tu voz y tu sabiduría poética y chilena como alfombra para que la narrativa estuviera tan presente como siempre estuvo la poesía. Y hablabas de aquel poético y narrativo Canto General que no perdías de vista:

osvaldo 4.JPGY nacerá de nuevo esta palabra,
tal vez en otro tiempo sin dolores,
sin las impuras hebras que adhirieron
negras vegetaciones en mi canto..."

Y como el Murieta generoso que siempre fuiste:

"Ni sed ni serpiente acechante detienen sus pasos.
No pudo la noche nevada cortar su pisada..."

Fueron unos años vibrantes. Chile se convirtió con tu amistad en un barrio de Las Palmas. Creció nuestra narrativa y nuestra universidad, y el abono de tu palabra no fue ajeno a esa floración. Siempre ahí, sin alterar la voz, mirando con la sabiduría del que intuye lo que hay después del recodo, alumbrando el camino, advirtiendo de los peligros, jaleando a los rezagados. Fuiste en cada momento lo que se necesitaba que fueras, en un acto de humano servicio intelectual que hoy echamos de menos, aunque nos queda la memoria de tu aliento, Osvaldo Rodríguez, linterna poética de los narradores, antorcha en la memoria de los poetas.

Pero un día llegó el aviso de desahucio de la vida, vencía el momento de "residencia de La Tierra" que también te escribió el poeta que montó una vez un Caballo Verde:

" El día de los desventurados, el día pálido se asoma


con un desgarrador olor frío, con sus fuerzas en gris,

sin cascabeles, goteando el alba por todas partes:

es un naufragio en el vacío, con un alrededor de llanto.


Porque se fue de tantos sitios la sombra húmeda, callada,

de tantas cavilaciones en vano, de tantos parajes terrestres

en donde debió ocupar hasta el designio de las raíces,

de tanta forma aguda que se defendía".


Y como chileno, partiste un 2 de febrero, que aquí celebramos la Candela y en Chile se recuerda la firma del acta de Independencia. Te fuiste el día que nació Chile, casi por sorpresa, porque todos esperábamos que siguieras siendo durante mucho tiempo lo que siempre fuiste: Imprescindible.

osvaldo 2.JPGY no prescindimos de ti, ni de la poesía, ni de Canarias, ni de Chile, ni de la novela, porque todo eso sigues siendo tú: socio fundador de un tiempo nuevo que durará decenios. Por eso sé que sigues por ahí, mirando páginas en construcción desde la grupa del caballo inmortal de Murieta:

"Galopa... Galopa...
Le dice la arena...

Galopa... Galopa...
Le dice la luna..."

Galopa, galopa, montado en el caballo verde del poeta de Isla Negra, recorriendo la California de la libertad, de la resistencia, la California del jinete Murieta de la palabra, vigilando desde el tranco de Rocinante, el jamelgo quijotesco que nos iguala en la rica diferencia de millones de voces. Galopa, Osvaldo, te lo dice la luna, te lo dice la arena, y te lo dice un hombre que cree en la memoria y en la poesía.

Querido Osvaldo, siempre estarás entre amigos.

***


zztolstoi-foto 1.jpgCada día 10 de noviembre me viene a la memoria que es la fecha de la muerte de Liev Nikoláievich, conde de Tolstoi (1828-1910), novelista ruso que fue autor de una obra inmensa, propia de los autores realistas de su época, y al que negaron el Premio Nobel porque el presidente de la Academia Sueca decía que sus obras eran textos folclóricos. También es cierto que al final de su vida Tolstoi se distanció de una sociedad a la que no comprendía y que tampoco le comprendió.

Sobre su muerte hay distintas versiones y fechas, aunque se suele aceptar mayoritariamente el 10 de noviembre de 1910. Está documentado que murió en el pueblecito de Astapovo, pero unos dicen que en la cama de una habitación que le había dejado el jefe de estación en su humilde casa junto a la vía, y otros que murió en el apeadero, como un vagabundo, y que solo fue identificado cuando llegó su esposa Sofía, de quien también hay versiones que la transforman de cándida compañera a bruja con escoba.

La versión más literaria nace de una filmación de la factoría de los Hermanos Lumière, que entusiasmados con su invento del cine enviaron camarógrafos por toda Europa para filmar documentales que entonces llenaban las salas de proyecciones. El caso es que se conserva una película de un par de minutos, que el cineasta canario Elio Quiroga incluyó en uno de sus documentales, filmada el 10 de noviembre de 1910 en la estación de Astapovo, y es ahí donde nace la leyenda. Se ve el apeadero de trenes de Astapovo, con un banco y un toldo que apenas resguarda de la ventisca esteparia del frío otoño ruso. Un anciano, con aspecto de mujic, camisa de cosaco y luenga barba blanca, está sentado en el banco, aterido de frío. A mitad de la filmación, el hombre cae hacia un lado y queda inmóvil. Se acercan a él y comprueban que acaba de morir. Esta filmación fue exhibida en París meses después, y allí se databa la fecha y se dijo que el hombre cuya muerte fue filmada en directo era nada menos que el gran novelista Liev Tolstoi, adorado por las masas lectora francesas de entonces.

zzzLumiere[1].jpgEsta filmación, como la foto de la muerte del miliciano de Robert Capa, siempre ha estado bajo sospecha. Se dijo entonces que la filmación fue realizada por los Hermanos Lumière en persona. También dicen que en Astapovo se enteraron de que Tolstoi acababa de morir en la casa de jefe de estación y filmaron una muerte falsa. Se mire como se mire, la historia es muy novelesca, sea verdadera o sea truculenta, y durante años se tuvo como la versión oficial y cierta de la muerte de Tolstoi. Ahora mismo existen muchas dudas sobre su autenticidad, pero es tan increíble que por eso mismo puede que sea verdadera. Y pesa mucho tener en el mismo punto del espacio-tiempo a Tolstoi y a los Hermanos Lumière.

Tolstoi fue un gigante de la novela, un hombre rico de cuna con profundas convicciones religiosas que contenían una idea social, hasta el punto de que Vladimir Lenin quiso "apuntarlo" para su causa revolucionaria cuando en 1908 publicó un trabajo sobre las ideas socialistas de Tolstoi en el periódico El Proletario del partido comunista ruso, entonces todavía en el clandestinidad. Seguramente pensó que su causa tomaría mayor peso si estaba apoyada por el nombre de un novelista muy respetado por el pueblo ruso. No consta ninguna reacción de Tolstoi al respecto. Hace cinco años, al cumplirse el centenario, se hizo la película La última estación sobre este asunto. Es una curiosidad.

***
( Las primera foto corresponde a Tolstoi, la segunda a Los Hermanos Lumière.)

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