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Novedades en la categoría Letras


Luis Juncoo.JPGHay distintas maneras de enfrentarse a la escritura de una novela. La más habitual es la que, siguiendo la expresión gráfica de García Márquez, trata de coger al lector por el cuello y no lo suelta hasta el punto final. En este caso, se trabaja con esmero el comienzo, tratando de sembrar la curiosidad. Hay, sin embargo, otras maneras de acometer una narración. Una de ellas es aquella en la que quien escribe no concede un milímetro a lo fácil, y exige (no solicita) la implicación del lector, anunciándole desde la primera frase que el proceso es cosa de dos, que quien lee debe poner de su parte. Cuando solo se pretende impresionar con arabescos, laberintos y regates gratuitos, el resultado suele ser pobre, porque el lector colabora cuando entiende que la estructura que se le propone responde a una necesidad argumental, y que la novela en cuestión no es un pedante ejercicio de estilo que lleva a ninguna parte. Hay una propuesta que lleva a la reflexión, a la discusión e incluso a la oposición. Escribir así evidencia ante todo valentía y honestidad, y en el caso de las novelas más recientes de Juan Ramón Tramunt y Luis Junco unas propuestas tan posibles que pueden parecer alucinaciones, precisamente por la tendencia natural de la realidad a lo inverosímil. Diría también que en ambos casos se sobrepasa la línea de la ficción y entramos en territorio del Pensamiento con mayúscula. Por valientes, interesantes y provocadoras recomiendo que se sumerjan en ellas quienes quieren saber un poco más, no de los conocimientos aportados por los novelistas, que también, sino de sí mismos.

Y tras este proemio que vale para ambas novelas, paso a comentar la segunda:

Somos nosotros, pero más que nosotros

La división entre las ciencias y las humanidades es relativamente reciente. Solemos llamar renacentista a alguien que juega a muchos palos, pero esta concepción totalizadora proviene del comienzo de los tiempos y se alarga hasta bien entrada la Edad Moderna. La novela Entrelazamientos, de Luis Junco, participa de esa confluencia de disciplinas que son las que finalmente definen nuestra civilización, y seguramente no es baladí que el autor sea un científico de academia, porque en el mundo actual esa frontera entre lo científico y todo lo demás suele ser todavía muy rígida. Y esta novela está escrita desde una perspectiva que seguramente era la de los filósofos clásicos, los grandes padres de la escolástica o las lumbreras de la Ilustración, en cuyos albores ya empezaban a notarse las fisuras entre lo científico y lo irracional, pues es bien conocido que, cuando Newton probó las bases científicas de la descomposición de la luz en el arco iris, el poeta John Keats montó en cólera porque don Isaac había explicado el misterio. A partir de ahí, el divorcio entre la ciencia y lo irracional estaba cantado.

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Entrelazamientos. Luis Junco. Editorial La Discreta. 2016. 393 páginas.

Pero fue la propia ciencia la que, al filo del siglo XX, empezó a poner sobre la mesa argumentos que hacían confluir ambos mundos. La visión totalizadora de un cosmos diverso pero interrelacionado empezó a tomar forma con Planck, Bohr o el mismísimo Einstein, y se remachó con el determinante Principio de incertidumbre de Werner Heisenberg, y luego un rosario de teorías aportadas por Von Braun, Hawking, Higg, que revolucionó la física con su propuesta de partícula elemental, sin olvidar las nuevas aportaciones de la Teoría de cuerdas. Y es en los años 70 cuando lo que llamamos ciencia empieza a enseñorearse de todo, pero ni era buena la desidia unamuniana de la ciencia ni todo lo contrario.

Aunque no lo crean, estoy hablando de literatura, porque, desde el ámbito de ciertos géneros, como el fantástico, la novela del siglo XX ha puesto sobre la mesa conceptos que estaban fuera de la literatura, exceptuando a los románticos, en los que el espacio, el tiempo, el funcionamiento de la materia o los universos paralelos se mezclan con los tradicionales Eros y Thánatos. Puede que esto tenga que ver en su funcionamiento misterioso con el amor y la muerte, que tal vez no sean un enigma sino ecuaciones mal resueltas y que hasta ahora hemos colocado en el territorio de lo mágico e incluso de lo esotérico.

Luis Junco no evita entrar en todos esos territorios, aparentemente dispares e incluso enfrentados, tratando de buscar una explicación a una serie de hechos que no tienen respuesta en los manuales de filosofía, religión u ocultismo, pero tampoco en las matemáticas, la biología o la mecánica cuántica. Y lo hace aunando todas estas miradas en el centro del universo, que desde nuestra perspectiva no puede ser otra que el ser humano, pero no unívoco y tangible como lo conocemos, sino diverso, atemporal y comunicado por fuerzas que aun estamos tratando de establecer. Entrelazamientos es el título de la novela, pero es también un concepto de la física que se maneja desde hace casi un siglo.

Puede resultar extraño que en una misma novela convivan partículas subatómicas, fantasmas clásicos e historias basadas en el dejá vu. Armar esos mundo necesita de un gran pulso narrativo, capacidad que acredita con solvencia Luis Junco, aunque al final tengamos que concurrir en preguntas que nos llevan a otras preguntas, pero después de leer Entrelazamientos muchas nociones que hasta ahora creíamos fruto de la ignorancia tal vez tangamos que repensarlas porque pueden ser el resultado del conocimiento. O no. Habrá que ver.

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(La reseña de Anturios en el salón de Juan R. Tramunt se publicó en el post anterior).


JR tramunth.JPGHay distintas maneras de enfrentarse a la escritura de una novela. La más habitual es la que, siguiendo la expresión gráfica de García Márquez, trata de coger al lector por el cuello y no lo suelta hasta el punto final. En este caso, se trabaja con esmero el comienzo, tratando de sembrar la curiosidad. Hay, sin embargo, otras maneras de acometer una narración. Una de ellas es aquella en la que quien escribe no concede un milímetro a lo fácil, y exige (no solicita) la implicación del lector, anunciándole desde la primera frase que el proceso es cosa de dos, que quien lee debe poner de su parte. Cuando solo se pretende impresionar con arabescos, laberintos y regates gratuitos, el resultado suele ser pobre, porque el lector colabora cuando entiende que la estructura que se le propone responde a una necesidad argumental, y que la novela en cuestión no es un pedante ejercicio de estilo que lleva a ninguna parte. Hay una propuesta que lleva a la reflexión, a la discusión e incluso a la oposición. Escribir así evidencia ante todo valentía y honestidad, y en el caso de las novelas más recientes de Juan Ramón Tramunt y Luis Junco unas propuestas tan posibles que pueden parecer alucinaciones, precisamente por la tendencia natural de la realidad a lo inverosímil. Diría también que en ambos casos se sobrepasa la línea de la ficción y entramos en el territorio del Pensamiento con mayúscula. Por valientes, interesantes y provocadoras, recomiendo que se sumerjan en ellas quienes quieran saber un poco más, no de los conocimientos aportados por los novelistas, que también, sino de sí mismos.

Y tras este proemio que vale para ambas novelas, paso a comentar la primera:

Un apocalipsis posible

Por la cuenta que nos trae, espero que el posible futuro que plantea Anturios en el salón, la última novela de JR Tramunt, sea simplemente una hipótesis que nunca llegue a convertirse en realidad. Sin embargo, la fragilidad de nuestro territorio insular es algo que casi nunca valoramos, de otra manera no se cometerían los desmanes contra la supervivencia del propio territorio, que son claros atentados, además, contra la vida humana, una especie de terrorismo con sordina que se oculta bajo la manta de los beneficios inmobiliarios e industriales de unos pocos.

Lo que plantea el autor es la despoblación absoluta de la isla de Gran Canaria en un futuro no muy lejano, después de los estragos que ha perpetrado la radiactividad galopante producida por un accidente en una central nuclear en el vecino sur de Marruecos. Un hombre se arriesga, engaña a los controles militares y nos va mostrando las consecuencias de la catástrofe, los cambios producidos y la desolación en una isla en la que antes todo fue vida y frenética actividad humana. La formación psicológica del autor no es elemento menor en la construcción del relato, pues nos va enfrentando a realidades posibles que nunca tenemos en cuenta. Basta imaginar ahora mismo que se corten las rutas comerciales con el exterior, y habría que pensar cómo podrían sobrevivir los más de dos millones de personas que habitan las islas en un territorio en el que la mayor parte de lo necesario -alimentación incluida- llega de fuera. Incluso no nos planteamos qué pasaría con el suministro de agua y electricidad si ocurriera algo en las grandes plantas potabilizadoras y generadoras de energía eléctrica, o simplemente si hubiera escasez del petróleo que las hace funcionar.

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Anturios en el salón. Juan R. Tramunt. Editorial Baile del Sol. 2016. 240 páginas.

Si nuestra clase dirigente no conoce nuestra fragilidad, estamos en manos de irresponsables. Si es consciente de ella y sigue cimentando nuestro futuro en los combustibles fósiles, tendríamos que usar otro adjetivo mucho más fuerte. No es lugar para entrar en el desprecio de las energías renovables, que reducirían nuestra dependencia del exterior, pero sí que recomendaría a los responsables políticos la lectura de Anturios en el salón, porque verán con una claridad meridiana que en estos momentos la mayor parte de las políticas que se aplican son suicidas. Y para llegar a ese convencimiento, la mano diestra de JR Tramunt hace que vivamos esa situación indeseada pero posible. Durante décadas se pensó que Huxley, Orwell o Bradbury eran unos visionarios imaginativos, y ahora vemos que eran simplemente escritores realistas que narraban el futuro. Aprendamos la lección y ojalá Anturios en el salón solo sea el fruto de imaginación de un novelista, pero será dramática realidad si no se cambia el rumbo, y por desgracia, de momento no veo señales de que eso vaya a suceder.

Etiquetar a JR Tramunt no es fácil. Escribe novela, cuento, poesía y teatro, y no suele ceñirse a una línea concreta, pues de su pluma hemos leído novela negra con tintes políticos, novela psicológica e incluso puede apuntarse ser uno de los pioneros del género erótico en Canarias con su novela La hembra del centauro. Anturios en el salón pudiera pasar por una novela fantástica con trama apocalíptica, pero finalmente ninguna de sus novelas es lo que parece, porque usa los géneros en función de la historia que quiere contar. Dejémoslo en escritor.

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(La reseña de Entrelazamientos de Luis Junco se publicará en el próximo post).


Sabíamos hace quinquenios de la informatización de enciclopedias, de la visualización por magnetoscopio de Las Soledades de Góngora y de la grabación en desfasado microsurco de vinilo de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de un tal Neruda. Después se vendieron como novedad los libro-cassettes de El Principito en la voz de Adolfo Marsillach o El maestro de esgrima leído por José Sacristán, algo que ya hizo la Disney para que los niños aprendiesen las machadas de Periquito Tragapepes (va sin segundas) y las niñas esperasen un príncipe azul, bajo laIMG_3361hg.JPG supina ignorancia de que los matrimonios morganáticos cuestan siempre una corona ( por lo menos era así en la época del cuento).

Surgen velozmente algunas preguntas: ¿Literatura y libros son sinónimos? ¿Son libros esos artilugios que debieran ser presentados en ferias audiovisuales? Y lo pregunto, no vaya a ser que el libro le haga la competencia al libro. Ya estamos hablando de Internet y del libro digital, otro avance tecnológico que las asociaciones que se dedican a gestionar derechos de autor no saben cómo manejar. Se puede dar la paradoja de que en tiempos informáticos se vendan más libros de papel que antes. Pensábamos hace veinte años que los ordenadores suprimirían gran parte del uso del papel, pero vemos que con las impresoras se gasta más que antes con las máquinas de escribir. El caso es que sigue habiendo libros en este bosque de artilugios digitalizados, aunque es posible que esto vaya cediendo a medida que desaparezcan las generaciones que no conocían otra forma de leer que en libro tradicional y encuadernado.

Y entran en la definición de libro las memorias de la exnovia de un torero, la indagación periodística, truculenta y oportunista de un asunto político o criminal que ha sonado mucho en los medios, o las recetas culinarias de un cocinero televisivo (no hace falta que sea cocinero, con lo de televisivo va bien). Y como el público al que van dirigidos estos atentados forestales no suele estar muy puesto en nuevas tecnologías, a lo mejor viene a resultar que, hasta que no se asiente el tiempo nuevo, cuando tratamos de libros digitales hablamos casi siempre de literatura, ya que los de papel que más circulan son, de momento, extensiones de la televisión. O no.


rubenbf.JPGEl ensayo en Canarias es un género poco transitado, y si hablamos de ensayo filosófico es prácticamente un páramo. Dicen quienes saben de esto que los géneros de expresión y pensamiento surgen según van adquiriendo las sociedades grados ascendentes de madurez. Así, precisamente porque la poesía es la fuente de cualquier forma expresiva a través del lenguaje, es la primera en aparecer, y justo en ese momento, además de sus elemento genuinos, se hace cargo de la narrativa, el teatro y el pensamiento. En las sociedades nuevas, la poesía lo abarca todo y eso lo vemos en Canarias claramente, con los poemas narrativos de la época fundacional, con los diálogos pseudoteatrales propios del Barroco y en el siglo XVIII, y así hasta que surgen las primeras piezas teatrales y la narrativa va ocupando su lugar en distintas etapas, al tiempo que van desapareciendo de la poesía, aunque el trasvase entre géneros siempre está ahí, pero cada cual sabe qué cartas juega y cómo. Cuando, hace ahora un siglo, la poesía canaria se desembarazó definitivamente de los demás géneros literarios, dio un salto gigantesco.

¿Y qué fue del ensayo? Pues a partir de las fuentes de Elías Serra Rafols y Ángel Valbuena Prat florecieron con fortuna diversa el ensayo histórico y el literario; el caso es que sentaron sus reales, pero la filosofía siguió bajo la tutela de la poesía para no quedar desamparada y prueba de ello son algunos de los mejores poemas de Pino Ojeda o Luis Feria. Así que, hasta las puertas del siglo XXI, poco pensamiento hay fuera de la poesía, la narrativa o el teatro, que de alguna forma han echado una mano a la poesía para escarbar en las inquietudes esenciales del ser humano. A vuelapluma puedo recordar textos muy interesantes de Julio Montesdeoca o de Juan Ezequiel Morales, y otros que seguramente se me escapan por la escasa repercusión que tienen los libros en Canarias, y menos aún si hablamos de ensayo filosófico.

rubenbf-1.JPGEn esto llegó el joven Rubén Benítez Florido, que ahonda en las dudas humanas siempre a partir de la lectura de un libro generalmente conocido, aunque a veces se interna por otros vericuetos. Es una nueva manera de enfocarlo, leer a Onetti, a Borges o a Cortázar desde la filosofía, sin hacer crítica literaria; también a Wittgenstein, y trabaja la vertiente no narrativa de Antonio Muñoz Molina como pocos. Y eso lo hace Rubén con una naturalidad envidiable, que surge de una escena, una frase o la idea general de un libro y llega a nuevos puertos, los suyos, subido a argumentos que solo usa como apoyos para plantear otros nuevos. Benítez Florido escribe en la red, tiene un blog principal que titula Palos de ciego, pero también lo hace en otros espacios, sean digitales o de papel.

De todo esto han surgido varios libros, el último de los cuales, Solo lo escrito perdura, es descrito por el propio autor como pequeños ensayos de filosofía mundana. Son pequeños en cuanto al tamaño, capsulares podría decirse, pero establecen una nueva forma de llegar a la esencia de las cosas, a las grandes dudas de siempre y a las respuestas opcionales y revisables que suele dar la filosofía, porque cuando nació la escritura -cualquier forma de escritura- el ser humano quiso levantar acta de sus ideas, que seguramente lo rondaron desde que empezó a andar erecto pero no tenía modo de perpetuarlas. Es importante lo que hace Rubén Benítez Florido, porque es una señal de que la poesía puede ir quitándose serventías, ya el ensayo filosófico empieza a volar, y podemos hacernos preguntas más importantes que si las hachas de sílex tenían uno o dos filos.


trendelanterr.JPGEn este blog suelo suelo hablar de algunos libros nuevos, y esta vez pecaré porque voy a anunciar mi novela más reciente, que ha salido en edición digital de la mano de ATTK Editores que con tan buen pulso dirige Guadalupe Martín Santana. No niego una cierta dosis de vanidad al dar noticia de una novela propia, pero también debo ser justo con el gran trabajo que hace ATTK Editores, con personas como Teresa Iturriaga y Santiago Gil, que han puesto su trabajo y su mimo en este proyecto, y sin duda con Augusto Vives, el autor de la portada, un artista con una sensibilidad especial que transforma en imágenes los conceptos literarios. Ya está aquí por lo tanto mi novela El tren delantero, que parece ser que toma elementos de diversos géneros: negro, fantástico y especialmente el erótico, aunque supongo que finalmente todas las novelas deben ser literarias y espero que esta lo sea. Así que, ya está dicho, y anuncio también que en otoño será publicada en papel por Editorial Mercurio.


Para bajarse la novela desde Amazon:

https://www.amazon.es/TREN-DELANTERO-EMILIO-GONZ%C3%81LEZ-D%C3%89NIZ-ebook/dp/B01IAQMNU0/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1469350933&sr=1-1


Hoy, fecha de nacimiento de Neruda, también es el santo de Galdós, San Benito, pero nadie se acuerda, porque es un nombre que se pierde hacia la sonoridad de los apellidos, como le ocurre, por ejemplo, a Bioy Casares, al que tomo como ejemplo de lo que digo. Se llamaba Adolfo, un nombre corriente pero poco usado, que siempre desaparece bajo el peso de un apellido resonante. Wilde era Oscar, un nombre que ahora es premio de cine, Borges era Jorge Luis, nombre de culebrón en antístesis a su obra, que se dice siempre completo aunque en la mayoría de los escrito sólo ponen J.L.; Bioy era Bioy, como mucho Bioy Casares, casi nunca Adolfo, porque Adolfo se pierde ante un Suárez, un Hitler, o entre un Gustavo y un Bécquer. Llamarse Adolfo es como tener un nombre transparente, y el nombre es importante, imprime carácter, ya decía Wilde que es muy importante llamarse Ernesto; sí, sí, Ernesto, Oscar o Jorge Luis, y por la misma razón llamarse Adolfo necesita un doble esfuerzo.

galdos neruda.JPGSi Bioy Casares no se hubiera llamado Adolfo, sería un rostro popular, un nombre en boca de todos, un escritor de televisión aunque pocos lo hubieran leído. Todo el mundo conoce a grandes plumas que se llaman Rómulo, Alfonsina, Camilo, Rosalía, Gabo, Gabriela, Cesare..., pero es que llamarse Adolfo es como ser María, Juan, Antonio, Carmen, Miguel... (curiosamente Federico remite inmediatamente a Lorca, aunque yo conozco a otro gran poeta que también se llama Federico J. Silva). Pero con el impávido lord argentino es como si dijeran: ese es Don... Bioy Casares. Adolfo no es que no valga, que vale, y no carece de personalidad, que la tiene. Como en Galdós, el primer apellido se convierte en nombre y el nombre real desaparece. De eso sé mucho, porque en la mayor parte de lugares donde se me cita suele sonar un González Déniz, y mi nombre de pila se esfuma. Seguramente, si el argentino que nos ocupa acabó siendo Bioy, yo acabaré llamándome González, que es menos inglés y tan corriente que a los presidentes españoles se les conoce por el primer apellido (Rajoy, Aznar, Suárez) o por el segundo (Zapatero), y al único que se apellida González lo llaman Felipe. Es un juego contradictorio en el que me veo envuelto junto a Bioy Casares y Felipe González, como disparate para preguntarse hasta dónde puede llevarnos la escritura en un día de San Benito, aniversario de Pablo Neruda.


Hay libros que se te vienen a las manos sin esfuerzo; otros los esperas, y cuando llegan no están a tu alcance por detalles a veces estúpidos. Los persigues, vuelves a la carga y consigues tenerlos entre las manos, oler su tinta, ya no tan reciente porque el tiempo ha ido evaporando la imprenta. Luego se retrasa su lectura por mil circunstancias, como si fuese un arduo trabajo de seducción. Cuando, por fin, nadas en sus aguas, sientes que mereció la pena tanta pesquisa, porque es como resolver un acertijo, que empieza con el libro real y sigue en su contenido.

Eso me ha ocurrido con el poemario Historia de un jardín muerto y de un pájaro rojo, de María José Vidal Prado. Sería muy fácil escribir que es un magnífico libro, que me ha impresionado y que espero (otra vez la espera) el siguiente libro de la autora. Pero no es tan sencillo, porque este libro que se hace esperar también irrita porque es como meterte en un laberinto en el que cuando encuentras una salida se cierra una puerta. La poeta es una mujer franca y luminosa, pero su poesía te obliga a volver hacia adentro porque "la bruja te encontró / en tu casa del bosque. / Traía una manzana envenenada". La respuesta a tantas preguntas, que al fin solo es una, tal vez tenga que ver con la procedencia física de la autora: Galicia. Comparándola con Canarias, dice Manuel Rivas: "Galicia tiene vocación de isla. Es un mundo atlántico, y el mar ha sido el mejor camino para nuestros pueblos. En el caso de Galicia, siglos aislada de la meseta, y su salida era el mar", y es posible que eso haya creado una gallega alma insular a pesar -o tal vez por ello- de ser el último destino desde antes de que existiera Compostela. Y esa insularidad impuesta en un lugar al que se acudía en pos de Finisterre busca la gran respuesta, que nunca llega, pero que está danzando alrededor de la muerte en su literatura, sea en gallego o en castellano, desde la Negra sombra de Rosalía hasta Baldo Ramos y el mencionado Rivas, en la poesía del gran Valle, del mítico Castelao o el poliédrico Cunqueiro, y el sublime remache de Celso Emilio Ferreiro. La ironía, el esperpento y el nihilismo se defienden y preguntan a la muerte. Tal vez tenga eso que ver con que, en el siglo XX, la prosa más elevada escrita en La Península y en castellano sea la de tres gallegos: Valle-Inclán, Cela y Torrente Ballester.

img0rrrr13.jpgEl título del libro enciende la esperanza de que, después de tantas decepciones cogidas a contramano, llegue El pájaro rojo de la última parte y ponga color a esa gran pregunta que es todo el libro. Es obvio que, como en la novelas policíacas, no voy a hacer spoiler, pero sí les diré que MJVP es una poeta insular, no sé si gallega o tal vez canaria por contagio, porque ambas poesías, tal vez por escasez de ensayo filosófico normalizado, han asumido lo transcendente más allá del hecho poético y se internan en las pulsiones humanas como bases de una mitología intelectual (Feria, Padorno, Jiménez). Hay una ausencia casi total de localizaciones físicas, pues los jardines, los bosques y hasta las sombras forman parte de un paisaje poético en el que se mueven como meigas aleccionadoras algunas figuras míticas de los cuentos infantiles, que al cabo son historias de terror por las que pululan guadañas, nieblas y fantasmas.

Y aunque parezca un contrasentido, también es un libro sobre al amor, incluso con referencias que remiten a lo erótico. He tratado de buscar también esa lectura y acaso la haya fabricado en mi posición de lector, influido por eso que los franceses llaman petite morte. En todo caso, MJVP no da puntada sin hilo, porque es posible encontrar alguna salida en esas puertas que parecen cerrarse. Es evidente que Historia... es un libro salido de las manos de alguien que, no solo tiene el impulso poético, sino también un dominio de los saberes que casi retan al lector. Este libro no permite una lectura pasiva que regale los oídos, es un desafío, una apuesta por encontrar el verdadero sentido de la poesía, o de eso que llaman lo poético. Ya es el segundo aviso que el camino de entrada nos lo señalen Panero y Rilke; es decir, aquí no se juega con fichas ligeras, es la poesía del ser o no ser, del todo o la nada. Tal vez por eso me resultó tan azaroso conseguir físicamente el libro, y ese fue el primer aviso. Y, sí, la autora se lo ha puesto muy complicado a sí misma, y al lector le ha despertado la curiosidad por su siguiente poemario.


Anoche fue presentada una de las novedades más esperadas de la actual Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, la colección de la editorial Camp-Pds Poetas Canarios contemporáneos, una edición de cinco título que pueden adquirirse por separado o en conjunto (con precio especial en este caso). Se trata de cinco autores que en sus inicicios formaron parte de la generación Poesía Canaria Última, que cumple ahora medio siglo de existencia, y que luego cada uno ha seguido su propio camino poético. Cuatro poetas -Eugenio Padorno, Juan Jiménez, Ángel Sánchez y Lázaro Santana- aportan sendas antologías de su obra, y el crítico Jorge Rodríguez Padrón hace un recorrido por esos cincuenta años comunes de una hornada importantísima en la poesía insular. Fue este un grupo que tomó el testigo de la palabra en tiempos muy dificiles, con voces como las que ahora se publican y otras también muy importantes en nuestra poesía: Manuel González Barrera, José Luis Pernas, Alberto Pizarro, Antonio García Ysábal, Baltasar Espinoza, Fernando Ramírez, Alfonso O'Shanahan, José Caballero Millares... No es necesario por lo tanto insistir en lo obvio: que estamos ante cinco libros nacidos de autores contemporáneos contrastados por la crítica, el público y cincuenta años de creación literaria. No se los pierdan.

poetas1 pds.JPGEsta colección está en la línea de Clásicos Canarios Comtemporáneos de narrativa, iniciada con cinco novelas el año anterior por la misma editorial, capitaneada por el incansable Plácido Checa, que también cuenta en su trayectoria con originales colecciones como la de literatura infantil Episodios Insulares, en la que las más prestigiosas plumas de nuestras letras escriben para niños relatos basados en nuestros cinco siglos de historia común.


20140426_145101.JPGFigura en todos los libros de citas que Oscar Wilde dijo que el arte es bastante inútil. Debo suponer que esta frase ha llegado a través de una mala traducción, porque si el adverbio "bastante" es pobre, ambiguo y medroso para mí, imaginen la imposibilidad de usarlo para un cirujano del lenguaje preciso como el autor irlandés. Pero la idea es clara, y sería remachada por los artistas franceses de las vanguardias cuando proclamaban que la inutilidad del arte es la base de su grandeza, porque todo lo inútil es lo que nos hacen diferentes de los animales. Por eso suelo decir que la cultura es lo que nos diferencia de los tigres. Si lo pensamos, veremos que nuestro kit básico de supervivencia sería la comida, la bebida, el abrigo y el cobijo, pero eso ya lo tenían en la prehistoria. A partir de ahí, todo es cultura, porque hemos convertido en placer lo básico, y de comer carne cruda, beber agua y cubrirnos con pieles, tenemos mesa, mantel y alimentos pasado por la cocina, tomamos bebidas muy sofisticadas y el atuendo forma parte de nuestra vida diaria. Tenía razón Oscar Wilde, el arte es inútil, como lo son la mayor parte de las cosas, pero esas cosas inútiles son las que nos hacen humanos. Un poema no mata el hambre, una sinfonía no nos abriga, un cuadro no calma la sed. A efectos prácticos, ¿para qué sirve escalar el Anapurna, indagar en el cosmos con un telescopio o ganar una medalla olímpica? Pues todas esas cosas inútiles juntas son las que componen las civilizaciones, y se consiguen a través de conocimiento. Los tigres son hoy lo mismo que hace diez mil años, los seres humanos somos muy distintos, porque hemos ido acumulando y transmitiendo cada inutilidad nueva que inventábamos o descubríamos. En este largo camino, la escritura ha sido y es una aliada imprescindible. El día que nos alejemos definitivamente del cultivo de inutilidades como el conocimiento, la sensibilidad y la curiosidad volveremos a ser como los tigres. A los libros, depositarios de ese legado, deberíamos venerarlos como a oráculos y sacarlos en procesión. Por eso siempre es motivo de inútil alegría que cada año haya Feria del Libro.


(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar del periódico Canarias7 del domingo 24 de abril). Es extenso, pero no puedo recortarlo. Otro día seré más breve.
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Cervantes 11.JPGCervantes y Shakespeare, después de los clásicos creadores de mitos, son las dos glorias literarias más altas de Occidente, ante los que se inclinarían Goethe y Dante Alighieri, los otros dos que completan el póker del canon literario moderno. Con lengua cervantina y palabras de Shakespeare, afirmo que este trabajo está hecho con apreciaciones de lector y pesquisas de curioso, lejos de los rigores de la academia -que siempre ha tratado de embridarlos sin éxito- y a la que ambos fueron ajenos. Se puede discrepar sobre datos y debatir sobre matices, pero no admite discusión la grandeza indestructible de estos dos gigantes.

Existen coincidencias entre ambos autores, pero hay más diferencias, que ha de haberlas porque la majestad de sus obras las hace únicas y por consiguiente incomparables por definición. Coinciden en la grandeza, en el tiempo creativo e incluso en la fecha cercana de su muerte (el 23 de abril católico no era el mismo día que el anglicano). No son antitéticos, pero sí muy distintos, tanto en sus vidas como en sus intereses argumentales y temáticos, aunque los une la fascinación por la Italia del Renacimiento, que aparece en varias obras de ambos y en la importación de detalles, guiños, y en el caso de Cervantes, géneros.

Aunque el inglés vivió solo 52 años y el de Alcalá de Henares alcanzó los 69, esa ventaja en años no la empleó Cervantes para trabajar en su producción literaria, pues pasó casi dos décadas entre servidumbres italianas con el clérigo Acquaviva, guerras contra los turcos y en el cautiverio de Argel, aunque sí que le sirvieron de aprendizaje que luego veríamos reflejado en temas, diálogos y pensamientos, desde la influencia de su amigo el poeta italiano Ariosto hasta el uso didáctico de lo que llamó Novelas ejemplares (1613). El grueso de la obra de ambos fue escrito en los últimos 20-25 años de sus vidas, entre 1590 y los años anteriores a 1616.

Dispar suerte en la vida


Cervantes 2.JPGAmbos escritores produjeron su obra cerca de la corte. Shakespeare era actor y formó parte de la compañía protegida de la reina Isabel I y luego por su sucesor Jacobo I, y el éxito hizo que siempre estuviera a la sombra del poder, pues actuaba también en la corte. Podríamos decir que fue rico, puesto que también era accionista de la compañía y tenía ganancias como empresario, actor y autor. Su popularidad en el Londres de entonces le dio una gran influencia entre los poderosos, si es que él mismo no lo fue.

Por su parte, Cervantes siempre arrastró deudas, y su cercanía al poder es puntual y leve; proviene de su alistamiento en los tercios españoles, y especialmente por su conducta en la batalla de Lepanto. Por ello, don Juan de Austria, hermano bastardo de Felipe II y comandante de la armada española, le dio en Italia una carta de recomendación que debía abrirle puertas, pero que en su mala suerte fue un baldón, puesto que al ser apresados por los piratas durante el regreso él y su hermano, creyeron los pitaras que eran piezas de gran valor y en el cautiverio anduvo cinco años, hasta que lograron comprar su libertad los monjes trinitarios. Su teatro fue boicoteado por Lope de Vega, y cuando en 1605 publicó El Quijote, aunque el libro tuvo buena acogida (no comparable económicamente a un éxito en un corral de comedias), parece ser que Lope y su gente publicaron El Quijote apócrifo de Avellaneda, como burla. Y su obra maestra no tuvo entonces el mismo éxito que acompañó a Mateo Alemán, autor de Guzmán de Alfarache, novela que consolidó el género picaresco y fue el bet-seller europeo de la época. Hay estudiosos que adjudican a esta novela y no a El Quijote el nacimiento de la novela moderna. La segunda parte de El Quijote fue publicada en 1515, y aunque cerró muchas bocas y fue la consagración definitiva de Cervantes, él apenas disfrutó esa gloria y sus regalías puesto que falleció apenas unos meses después.

Tipología e intereses


Cervantes 4.JPGAunque al tratar este aspecto pudiera entenderse que tomo partido por Cervantes, no es así, me limito a constatar lo que se sabe de ambos, que en lo que se refiere a vida personal es poco y de fiabilidad relativa casi siempre sometida a discusión. Como hemos visto, Shakespeare era un hombre inteligente, listo y práctico, con instinto para los negocios; apenas llegó a Londres y comenzó a relacionarse con el teatro, se las ingenió para ser socio de una compañía. Amasó una gran fortuna y nunca quiso que sus obras se imprimieran, para que fueran a verlas. En una época convulsa en asuntos religiosos, se evidencia el carácter pragmático de Shakespeare, la religión no se toca en sus obras. Evitaba problemas porque posiblemente era hijo de católico. Tenemos entonces a un Shakespeare rico, diligente y poderoso, y no es extraño que, aparte de los divertimentos amorosos, incluso disfrazados de tragedias, uno de los puntos fuerte de su obra sea el poder y lo que los hombres y las mujeres son capaces de hacer por alcanzarlo o conservarlo. Esos personajes grises, atormentados y malvados se forjaron en la opulencia de su autor. Ciertamente, Shakespeare era un sabio envidiable.

Miguel de Cervantes, por el contrario, se jugó la vida por sus ideales, y cuando estuvo preso en Argel prefirió que liberasen a su hermano antes que a él. Su capacidad para convencer o negociar debía ser muy leve, y así se veía envuelto en líos, de los que salía para entrar en otro, siempre cerca de tribunales de justicia y mazmorras. Esto nos dibuja a un hombre de una fuerza moral incombustible, que se levantaba una y otra vez y que no dejó de escribir una vez comenzó a desgranar novelas de todo tipo (en las 12 Novelas ejemplares las hay de casi tantos géneros diferentes), investigando en las formas y sentando bases para lo que sería el teatro posterior al Barroco. Murió en la ruina y su gran novela protagonizada por don Alonso Quijano le dio la gloria universal y al mismo tiempo sepultó el resto de su valiosísima obra. De siglo en siglo suele haber, como ahora, movimientos que tratan de dar su sitio a su gran teatro y al resto de su obra narrativa, pero siempre reaparece don Quijote y ya nadie puede mirar a otra parte. Es el castigo de la gloria. Un hombre con esa capacidad de lucha y tal entereza, solo puede escribir sobre la justicia y la libertad, valores que le fueron esquivos. Y ese don Quijote irónico, alegre y sabio se fraguó en la escasez y el dolor.

Curiosidades


Algo que comparten ambos genios es la rumorología que se ha ido creando a su alrededor sobre aspectos de su vida privada y la de sus familias, que es muy difusa y con documentación contradictoria. En torno a Shakespeare, aunque tuvo casamientos e hijos acreditados, ha sobrevolado la idea de que tal vez tuvo algunas relaciones homosexuales, como la que algunos le atribuyen en su juventud con el conde de Southampton y más tarde con autores contemporáneos o actores que en escena lucían como bellas damas, aunque el travestismo en el teatro de entonces era lo normal, ya que todos los papeles femeninos eran interpretados por hombres. En todo caso, algunos estudiosos aceptan la posible bisexualidad de Shakespeare.

Con Miguel de Cervantes, las maledicencias corren alrededor de su familia, especialmente de sus hermanas, a las que en la época se les dio fama de mercadear con sus cuerpos, pero esto también pudiera formar parte de las tramas difamatorias de sus enemigos, que en tiempos tan machistas y retrógrados trataban de mancillar el honor de Cervantes en la conducta de su familia. Incluso se dice que reconoció como hija suya a la de una de sus hermanas para legitimarla, aunque siempre se ha tenido por cierto que su única hija Isabel es suya y de su amante, no de su esposa. Sobre esto y un nebuloso hijo tenido en Nápoles se sabe muy poco, aunque a este hijo napolitano hasta le atribuyen el rocoso nombre de Promontorio.

Cervantes 3.JPGEn otro orden de cosas, está muy clara la autoría de las obras de Cervantes, salvo algunas pocas atribuciones que siguen en debate. Se puede afirmar, porque incluso existe buena parte de los manuscritos, que Cervantes es el autor de las novelas, las obras de teatro, los entremeses y los poemas que llevan su firma. Existen ediciones príncipe y los ineludibles permisos políticos o eclesiásticos necesarios entonces para dar a la estampa una obra. Y es también notorio que la I parte de El Quijote llegó a Inglaterra y fue conocida por Shakespeare, pues según recientes investigaciones la obra Cardenio es una versión de un capítulo cervantino y constan al menos dos representaciones en 1613.

En cuanto a Shakespeare, su autoría sigue siendo objeto de controversias, pues en vida solo fueron impresas 16 de sus casi medio centenar de obras, siempre en contra de su voluntad, porque pensaba que su lectura vaciaría los teatros. Las demás se publicaron seis años después de su muerte, por parte de sus amigos y la compañía de teatro, que disponía de los guiones manuscritos de algunas y la memoria escénica de otras. Sin esta publicación póstuma, habría desaparecido más de la mitad de su producción, y se pudiera pensar que alguna de gran calado se perdió en el incendio que por entonces hubo en el teatro Globe y en la desmemoria de sus compañeros.

También se ha dicho que, teniendo en cuenta su vida pública de empresario y que no se le documentan grandes estudios, tal vez solo fuera un hombre de paja que servía de parapeto a un prócer que no deseaba aparecer como autor de comedias. En distintas épocas se ha dicho que el autor real fueron sucesivamente los condes de Derby, de Rutland o de Oxford, que son una creación colectiva de la compañía teatral o que incluso fueron escritas por el filósofo del empirismo sir Francis Bacon, por las concomitancias de la obra shakesperiana con su discurso.

Las razones por las que Shakespeare fue considerado un clásico universal desde unas décadas después de su muerte y a Cervantes tuvieron que venir del extranjero a descubrirlo para el mundo varios siglos después tal vez sean las mismas por las que este cuarto centenario es conmemorado en Gran Bretaña con amplitud, profundidad y hasta derroche, orgullosos de su gloria literaria, mientras que en España apenas hay algunos destellos improvisados y Cervantes es hoy más celebrado en el Reino Unido que en su propio país. Se me ocurre una explicación de Perogrullo, tan básica como certera: Shakespeare era inglés, Cervantes español. Lo que está claro es que estos dos genios que desaparecieron físicamente hace cuatro siglo son dos faros cuyo pensamiento nos ha hecho más humanos.

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