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Desde el nacimiento de la imprenta en el siglo XV, el papel impreso ha sido el principal soporte de difusión y conservación de la cultura escrita, sea ciencia, pensamiento, historia o legislación, y por supuesto, la literatura como elemento de ficción que sin embargo está siempre apegado a la realidad del ser humano, sus ilusiones, sus sentimientos y su memoria. Cuando Gutenberg imprimió El Misal de Constanza (1449) y la versión eclesiástica de La Biblia al año siguiente, el libro (papeles encuadernados con un orden) como soporte llevaba siglos funcionando, pues los copistas medievales europeos lo hicieron depositario de la memoria de todo lo que pudiera conservarse por medio de signos casi desde que los árabes trajeron en el siglo VIII el invento del papel, que ya existía en China desde los primeros siglos de nuestra era.

IMG_5293.jpgAsí que, ni en nuestro ámbito cultural occidental, ni, mucho menos, en la historia de la cultura, el libro es un dios supremo, puesto que, no solo es un soporte más, sino que, aun siendo el de mayor uso, no es sinónimo de lo exquisito o de la quintaesencia de la cultura. Siempre hubo volúmenes de todo tipo incluso en tiempos de manuscritos, por lo tanto también libros basura, si bien actualmente estos se hacen presentes con mayor prodigalidad. Por lo tanto, siempre me pareció que usar los aniversarios necrológicos de Cervantes y Shakespeare como símbolo para celebrar el Día del Libro es cuando menos una inexactitud, habida cuenta de que el libro no es solo creación literaria, filosofía o ensayo, es un totum revolutum que responde más al comercio y la industria que a la cultura. Para mayor contradicción, resulta que Shakespeare no publicó ningún libro porque pensaba que eso restaría público a la representación de sus obras, que fueron rescatadas y publicadas por su compañía de teatro después de su muerte. Algunas se perdieron.

Diadellibro.JPGYo celebraría el Día de la creación literaria, de la ficción o del pensamiento, pero celebrar el libro, por ese comercio que nos arrasa, acaba convirtiéndose en escaparate de memorias de un futbolista de 25 años, libros de cocina firmados por un famoso que no sabe cocinar y el último gran premio de novela que, curiosamente, ha ganado alguien que sale mucho en la televisión. La creación y el pensamiento que se convierte en espejo de nosotros mismos utiliza también el libro como soporte, pero no olvidemos que, antes del libro, grandes manifestaciones literarias y filosóficas fueron escritas en piedra, metal, arcilla, cerámica, terracota, vidrio, madera, corteza de árboles, hueso, papiro... El papel encuadernado se usa en los últimos mil años de los cinco mil de historia de la escritura y algunos milenios más de la existencia de la transmisión por la palabra. Por eso el debate sobre el libro digital es secundario, paralelo e inútil, porque finalmente es otro soporte como el pergamino o las tablillas de cera. Hoy, como cada día, celebro la creación y el pensamiento, pues Gilgamesh, Sansón, Helena de Troya, el mito de La Atlántida y Edipo ya eran memoria y espejo de lo humano mucho antes de que existieran el papel y el libro.

(Este trabajo se publicó en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del día 23 de abril de 2017)


He dejado pasar la primera oleada alrededor de la nueva novela de Alexis Ravelo, Los milagros prohibidos, para tratar de mirar con algo más de sosiego la narrativa de este autor. A propósito de su anterior novela dije que Alexis quiere saber de dónde son los cantantes, aludiendo a la popular canción del Trío Matamoros, porque aquel relato, La otra vida de Ned Blackbird, es en realidad una indagación del camino que siguen las historias hasta convertirse en literatura. Si ya sabemos que le importa el qué, en esta nueva novela queda absolutamente certificado que también le interesa el para qué, si es que no estaba claro antes, en títulos como Los días de mercurio.

Queda el cómo, y no hablamos de que le interese a Alexis Ravelo, es que se trata justamente del sonido de una voz, que no se ha ido construyendo poco a poco, porque en su primera novela ya estaba. Ahora se maneja con más sabiduría, pero eso que llaman oficio solo modula los sonidos, las pausas y los ritmos, y a quienes van muy justitos les ayuda a entonar. A las voces propias, las que provienen del don de tocar la balalaika como la madre del Doctor Zhivago, se les puede aplicar sordinas, cejillas, vibratos y hasta contrapuntos, pero apenas quites el tapón, sale cortando el aire esa potencia que estaba en el frasco; a propósito de la anterior novela, ya empleé un latinajo (capra tendit in silva), y de lo que se trata es de que ese monte hacia el que siempre tira la cabra es el auténtico Ravelo, la fuente de una narrativa que ahora concita merecidos aplausos, que no me sorprenden porque ya desde sus primeros libros de relatos breves un lector atento podía percibir esa potencia.

milagros Alexis.jpgTambién es cierto que a veces no hay mayor ciego que el que no quiere ver, y reconocer talentos indiscutibles equivale para algunos a dejar a los de la impostura desarmados (otra vez en latín: nudum asinum). Nunca he creído en las carreras literarias que van in crescendo, que engordan y se conforman paulatinamente. Eso nada tiene que ver con el talento, y si repasamos la obra de las plumas importantes veremos que esa voz que las distingue estaba del todo desde el primer libro. Lo otro puede llamarse costumbre, aprendizaje y, como dije antes, oficio, pero el talento no se aprende. Con esto quiero decir que está aquí otra vez Alexis Ravelo, lo cual significa que no solo es altamente recomendable esta última novela, sino que hay que volver a todo ese corpus que ya marca un territorio inscrito en el registro de la propiedad.

Como se supone que hablamos de Los milagros prohibidos, toca ir acotando. Por lo tanto, adjetivemos: novedoso el descubrimiento para la gente de fuera de Canarias (y para muchos canarios) del episodio tremendo de la llamada Semana Roja de La Palma, justo la primera de la guerra que empezó en 1936 y que se me antoja interminable; interesante la capacidad para tratar de entender esa tendencia de mezclar asuntos personales con hechos políticos y posiciones ideológicas; abrumadora la pericia para cautivar con el manejo de un lenguaje supuestamente coloquial y localizado que finalmente es un ejercicio de estilo que en momentos roza el virtuosismo por la eficacia; impactante la dureza con que es tratada la conveniencia, y la naturalidad con que nos cuenta lo lúgubre; sorprendente la facilidad con que el autor es capaz de usar el humor aun en las situaciones más terribles: extraño que el autor, estando ideológicamente cercano a uno de los bandos, permita que los adversarios (en una guerra son enemigos) expongan sus razones, porque eso ayuda a entender -que no justificar- tanta barbarie...

Emilio-Alexis.JPG

(Alexis Ravelo frecuenta compañías sospechosas. Aquí, con el autor de esta nota en una manifestación).

Y así podríamos seguir usando todos los adjetivos que encontremos en el diccionario, pero lo importante de esta novela es que información, ideologías, posicionamientos, flaquezas y heroísmos confluyen en fundar un espacio literario que escapa a los hechos reales en los que se basa. Exactamente eso es novelar, crear mundos, Cortázar nos asista. Fluye el Ravelo más genuino, el que, como en otra de sus novelas, La última tumba, hace que nos preguntemos si la venganza es una forma de justicia, o si, por el contrario, la justicia entendida como generalidad es un ajuste de cuentas de la sociedad. Y eso es lo que extraemos de Los milagros prohibidos, noticias sobre hechos, datos y ambientes, pero ninguna respuesta que nos dé la solución definitiva; es más, las buenas novelas no son las que dan respuestas ni las que se hacen preguntas, sino las que generan preguntas y respuestas a quien las lee, que serán planteadas o resueltas de una forma u otra según cada historia personal.

De modo que he leído con gusto Los milagros prohibidos; esperaba a Ravelo y ha comparecido. No voy a sorprenderme a estas alturas de quien sé hace mucho que es un gran novelista, y sigo teniendo de su obra la misma percepción que cuando no era aplaudido (ahora lo aplauden hasta en francés, acaban de traducirle a esa lengua Las flores no sangran). Y me alegra de que mucha gente y a mucha distancia pueda escucharlo tocar la balalaika. Advierto: prepárese a hacerse preguntas.


Con la llegada de la primavera se suele celebrar el Día de la Poesía. Nada tengo contra que la poesía sea celebrada al menos una vez al año, pero no creo que sea lo ideal hacerlo relacionándola con la primavera y todas las imágenes que revolotean alrededor, a cual más cursi: flores, amaneceres, pajaritos y todos los lugares comunes que llevan a definir a la poesía como algo suave, bello, lánguido y, por lo tanto decadente. Pinojedabetan.JPGPero eso no es poesía, nunca lo fue, porque la verdadera poesía es justamente todo lo contrario; y, además, no está solo en lo versos, está en la vida, y la vida no se compone de lluvias de pétalos, tiene que ver con el dolor, el amor, las ilusiones, las decepciones, la alegría y hasta con el olvido. La poesía no está más relaciónda con la primavera que con el resto de las estaciones, está siempre ahí, porque ya cansa que le den a los nombres florales de mujer características débiles que ni siquiera son de las flores. No son damiselas vaporosas, desvalidas y evanescentes -todo lo contrario- mujeres como la biofísica Rosalind Franklin, la compositora de tangos Azucena Maizani, la activista Rosa Luxemburgo, las novelistas de nombre Marguerite y de apellidoYourcenar y Duras, las también novelistas y Rosas Chacel y Montero, y la inmarcesible Violeta Parra (nombre doblemente vegetal). La poesía es el pulso de la existencia más allá de lo humano, y nada tiene que ver con damas con sombrilla y caballeros amanerados. Justamente, lo poético representa la fuerza, no la debilidad, y ya que hablamos de poesía y mujeres con nombre vegetal, leamos a dos de nuestras grandes poetas: Pino Ojeda y Pino Betancor.


En Canarias, la crítica literaria funciona a salto de mata, por lo que no es raro que haya nombres sobredimensionados en y otros aplastados por el olvido y a veces la mala fe. La tarea es inmensa, pero por alguna parte hay que empezar. Hora es de dejar a un lado simpatías y antipatías, deudas y camarillas. La crítica seria puede acometerse desde distintos frentes, y uno de ellos debiera ser la universidad, desde la independencia, la libertad y la obligación moral y social. Urge sistematizar con rigor el siglo XX y ya empieza a haber bastante tajo en el XXI. Poner a cada cual en su sitio es siempre el mayor respeto que puede rendírsele a quien escribe, a su obra y a la cultura de la que proviene.

Foto0712ui.JPGTan grave como olvidar o silenciar es sobredimensionar lo que no procede. Porque sí, la literatura, como cualquier arte, también es cuestión de gustos, pero antes está el rigor, y ese no debe entender de preferencias. Lo que importa a la cultura es la obra; el escritor es simplemente un ciudadano. Las novelas y los poemas existen, pero no su valoración crítica. Hay autores y obras endebles que suenan mucho y otras escrituras valiosas siguen en el olvido. Soy juez y parte en esto, por lo tanto no me compete entrar en detalles, pero sí demandar de quienes tienen ese deber que desde la investigación certifiquen de una vez por todas el corpus literario de estas islas, que ya está escrito y en su mayor parte es como si no existiera porque se repite una y otra vez la misma cantinela.

La ausencia de estos trabajos lo mismo condenan al olvido páginas valiosas que permiten la perpetuación de fantasmas difíciles de espantar. Si en Canarias seguimos funcionando por mimetismo, capillas e influencias, la historia del futuro contará lo que hoy se haya dicho, a veces sin fundamentos serios. Por eso es importante que el que deba y tenga algo que decir lo diga, antes de que la lápida del tiempo -como el bolero- caiga sobre lo que pudo haber sido y no fue.


Ya ha salido de imprenta el libro Delirium de Teresa Iturriaga Osa, quien me hizo

el honor de permitirme prologárselo. Como dicho prólogo afortunadamente

circula en todas direcciones, entiendo que es precisamente en mi blog donde

no debe faltar. Es este:

Una escritura sin fronteras


wdcte.JPGDeLirium viene a confirmar lo que ya sabíamos: Teresa Iturriaga Osa es una escritora que, sin abandonar nunca su inquietante mirada poética, posee también el don de la narración. Los que conocemos su poesía, que casi tiene cuerpo físico, y sus relatos, siempre sorprendentes, leemos este libro con la seguridad de que no vamos a encontrar una sola rendija por la que pueda entrar la decepción. Lo que sí confieso que me sorprende es que entregue poemas y prosa narrativa en una misma publicación, aunque a poco que avancemos en el texto nos iremos dando cuenta de que todos los textos son piezas de un mismo engranaje.

No es tan raro que un libro contenga poesía y prosa, aunque esto suele ocurrir con la prosa poética, y esa mixtura la encontramos en la modernidad de nuestra lengua desde la publicación de Diario de un poeta recién casado, texto en el que Juan Ramón alterna prosa y verso sin perder el pulso de la poesía. Se me dirá que, años antes, el propio poeta de Moguer usó la prosa en un libro tan poético como Platero y yo. Hay dos diferencias fundamentales que aclaran este punto: en el primero de los libros se amalgaman poemas y textos en prosa que son fogonazos, instantes, ideas, que nunca adquieren olor de relato; en Platero y yo sí que hay una estructura narrativa que sirve de soporte a los instantes poéticos que inundan todo el libro.

El volumen DeLirium participa de ambas concepciones. Hay una parte final que se presenta gráficamente como un poemario, precedida de un conjunto de dieciocho composiciones en prosa. Es en esta parte en la que reside, a mi juicio, la mayor curiosidad del libro, porque no se trata solo de prosas poéticas, que aparece como tal en aproximadamente la mitad de los textos, hechos de imágenes construidas con materiales cuidadosamente seleccionados; muestra de ello son momentos tan luminosos como Alquimia o Madrid Pas de Deux, entre otros. Los demás siguen siendo afilada poesía, pero a la vez contienen una estructura narrativa que los convierte claramente en cuentos sugeridores de historias más largas, que la escritora pone a funcionar y deja al albur del lector. Así se fraguan relatos como Sueños de guerra y paz o Estación Neptuno. El azar, el destino y la casualidad -que a menudo es causalidad- son los motores habituales, y es especialmente paradigmático el relato En las arquerías del amor, en el que el devenir narrativo y la mirada poética conforman un tándem que roza la perfección.

t Itu.JPGEn cuanto a los poemas, es palmario que la autora está en todos, a veces en apenas un verso: "Recitando sonrojos de azotea". Es una mujer que mira desde muy lejos, conoce el territorio de una colectividad contaminada por miles de años de historia, y siempre acaba haciendo emerger lo femenino como el sonido de una campanilla que llama al orden, o a romperlo: "No concibo la vida sin mariposas en la frente..."

Es muy característico en la escritura de Teresa Iturriaga Osa que se rompa la barrera del idioma, no solo por el uso de palabras y expresiones en otras lenguas -especialmente el francés-, sino porque ella transita por ellas en su vida cotidiana, y se ha insertado en culturas distintas que convergen en una mirada muy particular. Sus poemas tienen en el origen el lejano reflejo del simbolismo francés y sus relatos, aunque no estén ambientados en París, huelen a fragancia parisina ese aroma que viene de Maupassant y que respiran los que desde fuera asumen París como suyo, sean Henry Miller, Beckett, Cortázar o Kundera. En la escritura de nuestra autora se funden el desparpajo de la Toscana, la dureza vasca, la música mediterránea de su infancia, la ironía británica de las Islas Canarias y también, por esas islas, un regusto de saudade portuguesa. Todo eso, bien disuelto lo uno en lo otro por una gran sensibilidad poética y humana, dan como resultado una forma única de literatura que se llama Teresa Iturriaga Osa.


mararía 00.JPGDe una vez por todas, aprovechando que en el Día de las Letras Canarias celebramos la literatura de Rafael Arozarena, quiero reivindicar con todas mis fuerza el personaje y el mito de Mararía. No es gratuito que, cuando suena el nombre de Rafael Arozarena, salta inmediatamente la figura, la sombra y el mito de Mararía, porque sin duda ningún relato ha calado tan hondo colectivamente en Canarias. Rafael Arozarena le quitaba importancia, pero cada vez que hablaba con él lo encontraba más resignado que la vez anterior a reconocer que Mararía es una buena narración, aunque sintiera envidia de aquel veinteañero que fue él mismo, que escribió una novela sin pensar que lo hacía (casi siempre, los libros que se escriben solos son las mejores), que hoy conocen miles de lectores, mientras que sus versos son ración de minorías.

En cierto modo es injusto que un libro eclipse al resto de la valiosa obra del propio autor, pero así es la Literatura y ocurre con cierta frecuencia, pues nombras a Cervantes y surge El Quijote, dices Charlote Brönte y se dibuja Cumbres Borrascosas, mencionas a Pasternak y asoma El Doctor Zhivago; y el resto de la obra narrativa o poética queda sepultada bajo la losa que supone la mitificación de una obra literaria. Tal vez por eso, sintiendo la potencia mítica de su libro, Juan Rulfo debió percibir que iba a dar lo mismo lo que escribiera después, Pedro Páramo, como los eucaliptus, no dejaría crecer nada a su alrededor.

Y, claro, Rafael Arozarena es autor de Mararía, pero también lo es de otras narraciones y de una obra poética que merece la más alta valoración. Porque él siempre se sintió más cerca de la poesía, desde que su abuela le dijo que poner palabras en columna era ser poeta, que era el puesto más alto que podía alcanzar un ser humano. Entonces trazó garabatos y compuso una columna. La abuela, que era poeta sin versos, le dijo que aquello era un poema, el niño hizo otra columna y se sintió poeta.

mararía 21.JPGPero siempre está ahí el foco deslumbrante y a la vez la sombra muy alargada de Mararía. Las historias míticas no se proyectan, no se estructuran, no se preparan. Surgen. Y el mito es el personaje que lo inunda todo, pero también lo es el novelista-poeta, en este caso un joven Arozarena de veinte años, que llega a la isla de Lanzarote sobre la que en la primera postguerra levitan las palabras mágicas de Agustín Espinosa. El joven Arozarena es técnico de Telefónica y tiene lecturas, pero al fin y al cabo es un muchacho que aún está muy lejos de lo que luego llegaría a ser. Con estos leves mimbres, solo tenía un arma que ni siquiera pensó utilizar: la sensibilidad poética que tal vez le descubrió su abuela. Despierto y curioso, se llevó una impresión casi inexplicable cuando vio pasar en silencio a una mujer mayor vestida de negro contrastando con el sol y el blancor calizo de Femés. Le dijeron que era una tal Mararía, y él quedó hipnotizado por los ojos bellísimos de la anciana, unos ojos que tal vez le transmitieron lo que no puede decirse con palabras.

Como si hubiera recibido una orden de otra dimensión (vienen algunas veces las musas), el joven preguntó y tomó notas, que luego puso en orden con el mismo aire inconsciente que las voces que se las dictaron. Había escrito una novela y no lo supo hasta que, muchos años después, alguien se dio cuenta de que aquellas notas eran mucho más que el resultado de una curiosidad juvenil. Si tomamos el texto párrafo a párrafo, veremos que no tiene palabras ni construcciones especiales, cuenta una historia como tantas y describe un paisaje que estaba ya en las páginas del Lancelot de Espinosa. ¿Qué tiene entonces Mararía para que nos atrape y ya se quede en nuestro imaginario para siempre? La respuesta es obvia: mito y poesía. El joven Rafael Arozarena era ya un poeta, no necesitaba saber sino sentir, y por eso el personaje de Mararía es una metáfora quemada de Lanzarote, es mágica y está por encima de lo comprensible hasta para su autor. Y hay una conclusión más que evidente: toda buena novela ha sido escrita por un poeta, aunque jamás haya escrito un verso.

mararía 2.JPGLa idea de belleza que nos sugiere Rafael Arozarena es tan sublime y al mismo tiempo tan diabólica, que resulta inalcanzable en la realidad aún por una mujer, aunque sea muy bella. La Mararía de Arozarena tiene una belleza tan imposible que ni siquiera puede expresarse con palabras, pero de alguna forma aparece en la imaginación de quienes la leen. Arozarena sabía que el mito lo había superado porque va más allá de lo escrito. Y seamos prácticos, porque pocas veces puede presumir un ámbito literario de tener un gran mito nuevo, y Canarias lo tiene en Mararía, una novela que puede ser comentada, analizada y criticada, como cualquier obra literaria, pero cuando lo que verdaderamente funciona es lo que se siente es que nos encontramos ante un mito, algo inexplicable e insoslayable, una suerte de mensaje cósmico del que Arozarena ha sido el canal de transmisión. No olvidemos que trabajaba en Telefónica cuando la escribió. Por eso reivindico Mararía.

***

(Este trabajo fue publicado en las ediciones impresa y digital del periódico Canarias7, con motivo del Día de las Letras Canarias 2017).


445img039.jpgParece (esperemos que se consolide) que empieza a saberse que en Canarias se escribe narrativa y poesía tal vez como en ninguna época de sus quinientos años de historia, con unos niveles que nada tienen que envidiar a los de los momentos más recordados de nuestra literatura. Hasta hace poco tiempo, dada la escasa atención mediática, crítica y universitaria, era posible pensar -algunos lo siguen pensando o haciendo que se piense- que la última poesía escrita en Canarias data de los años 60 (Poesía Canaria Última) y que desde el Boom narrativo de los 70 nadie había vuelto a escribir una novela. Ha pasado casi medio siglo de poesía y cuatro décadas de narrativa y, aunque la actividad creativa es muy importante, solo en los últimos años hay referencias de todo ese quehacer que se ha hurtado a nuestra cultura. ¿De quién es la culpa? Pues como se suele decir, entre todos la mataron y ella sola se murió, se han mezclado la desidia general, el feudalismo de unos pocos y el complejo de inferioridad que hace que se piense que lo de aquí no tiene nivel, salvo que hablemos de fútbol, donde a menudo pecamos de cierto chovinismo. Ni una cosa ni la otra, pero lo que no puede negarse es que las cosas existen. Incluso se suele llamar a los poetas y narradores de la década de los 80 La Generación del Silencio, no porque callara, sino porque no había canales de expresión.

Formo parte de esa generación, y por ello hace unos meses un grupo personas de esta hornada nos reunimos para dar a conocer los más recientes poemas, algunos incluso en fase de construcción. A esa iniciativa se la llamó Bitácoras, y para que quedara constancia sufragamos la edición de los poemas recitados, cuyos posibles beneficios editoriales irán a parar a una ONG; es una manera de unir la poesía con la solidaridad, de materializar aunque sea testimonialmente el sentir general de que somos humanos, porque, como dijo Terencio, "nada humano me es ajeno". El próximo viernes al atardecer habrá un recital en el Real Club Victoria, donde participarán algunas de estas voces, pero estarán todas en ese librito que es como el hilo que fija a la tierra la cometa de la poesía. De esa forma se funden las sensibilidades humana y poética en una velada sin más pretensión -grande en su modestia- que la poesía en su amplio significado.


Todos conocemos al Pedro Lezcano, poeta y otras muchas cosas. Hace unos meses dimos cuenta del Pedro Lezcano autor teatral. Ambos géneros literarios se asumen como suyos, recitamos de memoria sus versos y sabemos de su pasión por el teatro, fuese autor, actor o director. Ahora se nos presenta otro Pedro Lezcano, también conocido pero hasta ahora menos valorado. Me refiero a su faceta de narrador, que ahora queda a la vista en una preciosa publicación (Narraciones. Pedro Lezcano) del Cabildo de Gran Canaria, con la edición a cargo del profesor Felipe García Landín.

pleznano1.jpgPedro Lezcano es magnífico en todas sus vertientes literarias, es uno de nuestros poetas casi sagrados, pero no me canso de decir que su trabajo narrativo tiene al menos la altura de su poesía, que no es poca, pero me atrevería a decir que en algunos momentos la supera. Y es una lástima que un corpus narrativo como el suyo, no muy extenso pero sí muy contundente, quede orillado en nuestro devenir literario. Lezcano es un orfebre del cuento. Pocas veces se han alcanzado en Canarias cotas más altas que las que él escaló, por lo que podemos decir sin temor a equivocarnos que estamos no solo ante un gran poeta, sino ante uno de los insoslayables narradores canarios del siglo XX. Conocedor de esta sociedad, de sus grandezas y sus miserias, de los claroscuros que conducen al dolor de muchos para el beneficio de unos pocos, utiliza su talento para definir a fogonazos una realidad a menudo metaforizada porque hubo un tiempo en el que las circunstancias obligaban. Relatos como El pescador o La chabola forman parte de mi antología personal de cuentos que en su breve trazo definen un mundo.

Como un centrocampista de la letras, Lezcano juega en cualquier sitio y saca de su manga la magia de la precisión, la ironía siempre agazapada y dispuesta asaltar en cualquier momento, la compasión de quien entiende el drama de sus personajes. No falta el humor, siempre a flor de piel tanto en el autor como en sus criaturas literarias, y es capaz de arrancarnos una sonrisa o una carcajada, y más adelante transmitirnos el desgarro y el desamparo. Pedro Lezcano rebosaba talento, pero también conocía el oficio y su trayecto, por eso disponía siempre del recurso adecuado para generar lo que deseaba. Eso está al alcance de pocos autores, y por ello esta edición es una llamada para que quienes aun no hayan descubierto a este gran Pedro Lezcano se acerquen a su prosa imaginativa, a sus personajes que respiran, a su capacidad casi fotográfica de retratar una sociedad y un tiempo, que fue a la vez bello y terrible. Me cabe el orgullo de haber sido el editor en 1994 de uno de sus últimos relatos, Diario de una mosca, y espero que, después de un cuarto de siglo reivindicando la narrativa lezcaniana, se preste ahora más atención al gran trabajo de edición y análisis realizado por el profesor García Landín, y a la lectura de una colección de relatos en los que nada sobra.


Hay poetas que cuando publican un nuevo libro hay que pararse. Se lo han ganado con los escalones anteriores de su trayectoria, en los que no hay un solo tablón que cruja. Sale un nuevo título y sabemos que será sólido, otro paso en un camino bien definido. Eso ocurre siempre que José Miguel Junco Ezquerra alza su voz otra vez. Es como jugar a lo seguro, porque sabemos que su poesía define al mismo tiempo a una tierra, un tiempo, un mar y una generación que son varias, porque como el mismo afirma "Los de mi generación nacíamos un poco más viejos".

lamujerdelava1.JPGAntes de sumergirme en el poemario La mujer de lava no he querido leer el pregón inicial que le ha escrito el editor y también poeta Santiago A. López Navia. Lo haré ahora, cuando acabe de escribir, porque sus palabras siempre son sabias y arrojan otras luces a la poesía que comenta. Pero antes no; quería recorrer solo el camino, pisar por mi cuenta el seguro escalón que esperaba de un nuevo libro de Pepe Junco. Y en ese empeño, me he encontrado con que no es un escalón más, se trata de un rellano, un respiradero, un espacio poético que envuelve toda su obra, uno de esos libros que en el futuro se nombrarán antes que otros cuando se hable del poeta.

Pepe Junco materializa las palabras del payador Atahualpa Yupanqui cuando aconseja que "lo primero es ser hombre y lo segundo poeta". Cuando lo lees también lo escuchas, porque es él mismo, no hay impostura, no hay alambique, es manantial directo. Pero, claro, esa fuente surge de una vida siempre alerta, mirando al frente y tirando de los rezagados. Y en esa vida la poesía se ha convertido en una norma ética de vida, la voz de la poesía de siempre es como un breviario que señala cada uno de sus pasos. De ese modo, el agua salta cristalina, porque la voz del poeta suena contemporánea y futurista, pero siempre resuena el eco de la gran tradición literaria, a la que el poeta no renuncia porque sabe que todo manantial se nutre de la lluvia.

lamujerdelava2.JPGEstamos, pues, ante un poeta grande, que lo es siempre con la naturalidad que da la tradición, el compromiso y la indagación vital y literaria. La mujer de lava es el libro que todo poeta quiere escribir porque es la exposición de pensamiento, sentimiento y técnica que fluyen sin forzar, como el vino lácrima Christi original que nace en los viñedos de las faldas del Vesubio, que antaño se hacía con el goteo de uvas sobre un cedazo, no de haberlas pisado en un lagar. Y esas gotas que caen son los versos de Pepe Junco en este libro.

Tal vez nos veamos tentados a emparentar La mujer de lava con otro de sus libro, El hombre de salitre. No creo que sean dos visiones distintas, en realidad es un juego de espejos, porque para definir al poeta están todos sus libros, aunque el que hoy nos ocupa es como un ajuste de cuentas personal. No pensemos en desgarros y venganzas, Junco ajusta cuentas solo con la poesía, y desde luego con gran beneficio. He señalado un solo verso del libro al principio, y podría señalar otros que trazarían un boceto de las distintas caras de esta pirámide poética. Pero lo mismo que yo no he querido leer antes los detalles señalados por López Navia, tampoco quiero mediatizar una lectura no solo recomendada, sino que, a mi parecer, se tendrá por imprescindible, más allá de lo insular, lo volcánico, lo femenino o lo generacional. Es poesía, nada más (y nada menos).


Si los últimos libros de los que hablé en 2016 estaban escritos por mujeres, quiero que 2017 empiece también con otras dos autoras, muy diferentes, que tienen una manera personal de acercarse a la escritura. Me refiero a Mayte Martín y a Elizabeth Hernández Alvarado, que firman sendos libros incatalogables, pues ambos juegan con distintos géneros pero que al final son literatura por el cuidado y la manera de acercarse a la reflexión, la creación y el juego literario.

Nueva 34567.JPGMayte Martín firma un volumen titulado Reflexiones en blanco y negro, que son pequeñas cápsulas que se mueven entre el ensayo, la narración y la prosa poética. Apoyada en obras plásticas, mayoritariamente fotografías, de más de 60 artistas de todas partes, Mayte trenza unas piezas que pueden leerse en cualquier orden, porque son independientes y al mismo tiempo configuran un espacio, que es el de la manera de mirar el mundo que tiene la autora. Sus textos se acercan a la belleza, al dolor, a la incertidumbre, a la pregunta súbita que nos asalta en cualquier esquina de la vida. Es un libro ideal que no exige continuidad, puede leerse en el sofá, en la guagua, en la sala de espera del dentista o diez minutos antes de dormir. Siempre hay un final en cada lectura, y se establece como una especie de breviario que, además de trasladarnos las certezas y las dudas de la autora, provoca que quien lee se plantee sus propias preguntas o se reafirme en sus certezas.

Por su parte, Elizabeth Hernández Alvarado aborda su primer libro en solitario, puesto que antes había formado parte del grupo Papiromanía, con el que compartió una anterior publicación. La que hoy nos ocupa se titula Pensando a gritos, que recoge textos de pausada reflexión y otros salidos de un impulso, que se definen desde su posición de mujer que observa el rastro de la historia y trata de otear un nuevo horizonte. Es una lectura muy interesante puesto que esas ideas están trasladadas con una prosa muy limpia, que huye de arabescos impactantes de los que solo deslumbran pero no iluminan. Elizabeth es la prueba de lo que afirmaba Eugenio D'Ors: "La prosa, como las uñas, es más fácil tenerla brillante que limpia". Y es esa limpieza cargada de ideas la que hace que haya que tener en cuenta a esta autora, y se me ocurre pensar en las posibilidades infinitas que un estilo así tendría en la narrativa pura y dura, que ella acomete de vez en cuando pero sin atreverse a entrar del todo en la ficción.

Dos libros para empezar el año, que tienen en común su procedencia de un blog, nuevo formato digital al que se tiene como cosa menor. Pero no; hay vida en los blogs más allá de tutoriales para hacer un pastel, maquillarse o comentar los vestidos de una fiesta. Los blogs también son espacios en los que, como en el papel, el talento se hace presente, y es una nueva y creativa manera de hacer literatura. Mayte y Elizabeth son dos ejemplos.

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