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Novedades en la categoría Letras


mararía 00.JPGDe una vez por todas, aprovechando que en el Día de las Letras Canarias celebramos la literatura de Rafael Arozarena, quiero reivindicar con todas mis fuerza el personaje y el mito de Mararía. No es gratuito que, cuando suena el nombre de Rafael Arozarena, salta inmediatamente la figura, la sombra y el mito de Mararía, porque sin duda ningún relato ha calado tan hondo colectivamente en Canarias. Rafael Arozarena le quitaba importancia, pero cada vez que hablaba con él lo encontraba más resignado que la vez anterior a reconocer que Mararía es una buena narración, aunque sintiera envidia de aquel veinteañero que fue él mismo, que escribió una novela sin pensar que lo hacía (casi siempre, los libros que se escriben solos son las mejores), que hoy conocen miles de lectores, mientras que sus versos son ración de minorías.

En cierto modo es injusto que un libro eclipse al resto de la valiosa obra del propio autor, pero así es la Literatura y ocurre con cierta frecuencia, pues nombras a Cervantes y surge El Quijote, dices Charlote Brönte y se dibuja Cumbres Borrascosas, mencionas a Pasternak y asoma El Doctor Zhivago; y el resto de la obra narrativa o poética queda sepultada bajo la losa que supone la mitificación de una obra literaria. Tal vez por eso, sintiendo la potencia mítica de su libro, Juan Rulfo debió percibir que iba a dar lo mismo lo que escribiera después, Pedro Páramo, como los eucaliptus, no dejaría crecer nada a su alrededor.

Y, claro, Rafael Arozarena es autor de Mararía, pero también lo es de otras narraciones y de una obra poética que merece la más alta valoración. Porque él siempre se sintió más cerca de la poesía, desde que su abuela le dijo que poner palabras en columna era ser poeta, que era el puesto más alto que podía alcanzar un ser humano. Entonces trazó garabatos y compuso una columna. La abuela, que era poeta sin versos, le dijo que aquello era un poema, el niño hizo otra columna y se sintió poeta.

mararía 21.JPGPero siempre está ahí el foco deslumbrante y a la vez la sombra muy alargada de Mararía. Las historias míticas no se proyectan, no se estructuran, no se preparan. Surgen. Y el mito es el personaje que lo inunda todo, pero también lo es el novelista-poeta, en este caso un joven Arozarena de veinte años, que llega a la isla de Lanzarote sobre la que en la primera postguerra levitan las palabras mágicas de Agustín Espinosa. El joven Arozarena es técnico de Telefónica y tiene lecturas, pero al fin y al cabo es un muchacho que aún está muy lejos de lo que luego llegaría a ser. Con estos leves mimbres, solo tenía un arma que ni siquiera pensó utilizar: la sensibilidad poética que tal vez le descubrió su abuela. Despierto y curioso, se llevó una impresión casi inexplicable cuando vio pasar en silencio a una mujer mayor vestida de negro contrastando con el sol y el blancor calizo de Femés. Le dijeron que era una tal Mararía, y él quedó hipnotizado por los ojos bellísimos de la anciana, unos ojos que tal vez le transmitieron lo que no puede decirse con palabras.

Como si hubiera recibido una orden de otra dimensión (vienen algunas veces las musas), el joven preguntó y tomó notas, que luego puso en orden con el mismo aire inconsciente que las voces que se las dictaron. Había escrito una novela y no lo supo hasta que, muchos años después, alguien se dio cuenta de que aquellas notas eran mucho más que el resultado de una curiosidad juvenil. Si tomamos el texto párrafo a párrafo, veremos que no tiene palabras ni construcciones especiales, cuenta una historia como tantas y describe un paisaje que estaba ya en las páginas del Lancelot de Espinosa. ¿Qué tiene entonces Mararía para que nos atrape y ya se quede en nuestro imaginario para siempre? La respuesta es obvia: mito y poesía. El joven Rafael Arozarena era ya un poeta, no necesitaba saber sino sentir, y por eso el personaje de Mararía es una metáfora quemada de Lanzarote, es mágica y está por encima de lo comprensible hasta para su autor. Y hay una conclusión más que evidente: toda buena novela ha sido escrita por un poeta, aunque jamás haya escrito un verso.

mararía 2.JPGLa idea de belleza que nos sugiere Rafael Arozarena es tan sublime y al mismo tiempo tan diabólica, que resulta inalcanzable en la realidad aún por una mujer, aunque sea muy bella. La Mararía de Arozarena tiene una belleza tan imposible que ni siquiera puede expresarse con palabras, pero de alguna forma aparece en la imaginación de quienes la leen. Arozarena sabía que el mito lo había superado porque va más allá de lo escrito. Y seamos prácticos, porque pocas veces puede presumir un ámbito literario de tener un gran mito nuevo, y Canarias lo tiene en Mararía, una novela que puede ser comentada, analizada y criticada, como cualquier obra literaria, pero cuando lo que verdaderamente funciona es lo que se siente es que nos encontramos ante un mito, algo inexplicable e insoslayable, una suerte de mensaje cósmico del que Arozarena ha sido el canal de transmisión. No olvidemos que trabajaba en Telefónica cuando la escribió. Por eso reivindico Mararía.

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(Este trabajo fue publicado en las ediciones impresa y digital del periódico Canarias7, con motivo del Día de las Letras Canarias 2017).


445img039.jpgParece (esperemos que se consolide) que empieza a saberse que en Canarias se escribe narrativa y poesía tal vez como en ninguna época de sus quinientos años de historia, con unos niveles que nada tienen que envidiar a los de los momentos más recordados de nuestra literatura. Hasta hace poco tiempo, dada la escasa atención mediática, crítica y universitaria, era posible pensar -algunos lo siguen pensando o haciendo que se piense- que la última poesía escrita en Canarias data de los años 60 (Poesía Canaria Última) y que desde el Boom narrativo de los 70 nadie había vuelto a escribir una novela. Ha pasado casi medio siglo de poesía y cuatro décadas de narrativa y, aunque la actividad creativa es muy importante, solo en los últimos años hay referencias de todo ese quehacer que se ha hurtado a nuestra cultura. ¿De quién es la culpa? Pues como se suele decir, entre todos la mataron y ella sola se murió, se han mezclado la desidia general, el feudalismo de unos pocos y el complejo de inferioridad que hace que se piense que lo de aquí no tiene nivel, salvo que hablemos de fútbol, donde a menudo pecamos de cierto chovinismo. Ni una cosa ni la otra, pero lo que no puede negarse es que las cosas existen. Incluso se suele llamar a los poetas y narradores de la década de los 80 La Generación del Silencio, no porque callara, sino porque no había canales de expresión.

Formo parte de esa generación, y por ello hace unos meses un grupo personas de esta hornada nos reunimos para dar a conocer los más recientes poemas, algunos incluso en fase de construcción. A esa iniciativa se la llamó Bitácoras, y para que quedara constancia sufragamos la edición de los poemas recitados, cuyos posibles beneficios editoriales irán a parar a una ONG; es una manera de unir la poesía con la solidaridad, de materializar aunque sea testimonialmente el sentir general de que somos humanos, porque, como dijo Terencio, "nada humano me es ajeno". El próximo viernes al atardecer habrá un recital en el Real Club Victoria, donde participarán algunas de estas voces, pero estarán todas en ese librito que es como el hilo que fija a la tierra la cometa de la poesía. De esa forma se funden las sensibilidades humana y poética en una velada sin más pretensión -grande en su modestia- que la poesía en su amplio significado.


Todos conocemos al Pedro Lezcano, poeta y otras muchas cosas. Hace unos meses dimos cuenta del Pedro Lezcano autor teatral. Ambos géneros literarios se asumen como suyos, recitamos de memoria sus versos y sabemos de su pasión por el teatro, fuese autor, actor o director. Ahora se nos presenta otro Pedro Lezcano, también conocido pero hasta ahora menos valorado. Me refiero a su faceta de narrador, que ahora queda a la vista en una preciosa publicación (Narraciones. Pedro Lezcano) del Cabildo de Gran Canaria, con la edición a cargo del profesor Felipe García Landín.

pleznano1.jpgPedro Lezcano es magnífico en todas sus vertientes literarias, es uno de nuestros poetas casi sagrados, pero no me canso de decir que su trabajo narrativo tiene al menos la altura de su poesía, que no es poca, pero me atrevería a decir que en algunos momentos la supera. Y es una lástima que un corpus narrativo como el suyo, no muy extenso pero sí muy contundente, quede orillado en nuestro devenir literario. Lezcano es un orfebre del cuento. Pocas veces se han alcanzado en Canarias cotas más altas que las que él escaló, por lo que podemos decir sin temor a equivocarnos que estamos no solo ante un gran poeta, sino ante uno de los insoslayables narradores canarios del siglo XX. Conocedor de esta sociedad, de sus grandezas y sus miserias, de los claroscuros que conducen al dolor de muchos para el beneficio de unos pocos, utiliza su talento para definir a fogonazos una realidad a menudo metaforizada porque hubo un tiempo en el que las circunstancias obligaban. Relatos como El pescador o La chabola forman parte de mi antología personal de cuentos que en su breve trazo definen un mundo.

Como un centrocampista de la letras, Lezcano juega en cualquier sitio y saca de su manga la magia de la precisión, la ironía siempre agazapada y dispuesta asaltar en cualquier momento, la compasión de quien entiende el drama de sus personajes. No falta el humor, siempre a flor de piel tanto en el autor como en sus criaturas literarias, y es capaz de arrancarnos una sonrisa o una carcajada, y más adelante transmitirnos el desgarro y el desamparo. Pedro Lezcano rebosaba talento, pero también conocía el oficio y su trayecto, por eso disponía siempre del recurso adecuado para generar lo que deseaba. Eso está al alcance de pocos autores, y por ello esta edición es una llamada para que quienes aun no hayan descubierto a este gran Pedro Lezcano se acerquen a su prosa imaginativa, a sus personajes que respiran, a su capacidad casi fotográfica de retratar una sociedad y un tiempo, que fue a la vez bello y terrible. Me cabe el orgullo de haber sido el editor en 1994 de uno de sus últimos relatos, Diario de una mosca, y espero que, después de un cuarto de siglo reivindicando la narrativa lezcaniana, se preste ahora más atención al gran trabajo de edición y análisis realizado por el profesor García Landín, y a la lectura de una colección de relatos en los que nada sobra.


Hay poetas que cuando publican un nuevo libro hay que pararse. Se lo han ganado con los escalones anteriores de su trayectoria, en los que no hay un solo tablón que cruja. Sale un nuevo título y sabemos que será sólido, otro paso en un camino bien definido. Eso ocurre siempre que José Miguel Junco Ezquerra alza su voz otra vez. Es como jugar a lo seguro, porque sabemos que su poesía define al mismo tiempo a una tierra, un tiempo, un mar y una generación que son varias, porque como el mismo afirma "Los de mi generación nacíamos un poco más viejos".

lamujerdelava1.JPGAntes de sumergirme en el poemario La mujer de lava no he querido leer el pregón inicial que le ha escrito el editor y también poeta Santiago A. López Navia. Lo haré ahora, cuando acabe de escribir, porque sus palabras siempre son sabias y arrojan otras luces a la poesía que comenta. Pero antes no; quería recorrer solo el camino, pisar por mi cuenta el seguro escalón que esperaba de un nuevo libro de Pepe Junco. Y en ese empeño, me he encontrado con que no es un escalón más, se trata de un rellano, un respiradero, un espacio poético que envuelve toda su obra, uno de esos libros que en el futuro se nombrarán antes que otros cuando se hable del poeta.

Pepe Junco materializa las palabras del payador Atahualpa Yupanqui cuando aconseja que "lo primero es ser hombre y lo segundo poeta". Cuando lo lees también lo escuchas, porque es él mismo, no hay impostura, no hay alambique, es manantial directo. Pero, claro, esa fuente surge de una vida siempre alerta, mirando al frente y tirando de los rezagados. Y en esa vida la poesía se ha convertido en una norma ética de vida, la voz de la poesía de siempre es como un breviario que señala cada uno de sus pasos. De ese modo, el agua salta cristalina, porque la voz del poeta suena contemporánea y futurista, pero siempre resuena el eco de la gran tradición literaria, a la que el poeta no renuncia porque sabe que todo manantial se nutre de la lluvia.

lamujerdelava2.JPGEstamos, pues, ante un poeta grande, que lo es siempre con la naturalidad que da la tradición, el compromiso y la indagación vital y literaria. La mujer de lava es el libro que todo poeta quiere escribir porque es la exposición de pensamiento, sentimiento y técnica que fluyen sin forzar, como el vino lácrima Christi original que nace en los viñedos de las faldas del Vesubio, que antaño se hacía con el goteo de uvas sobre un cedazo, no de haberlas pisado en un lagar. Y esas gotas que caen son los versos de Pepe Junco en este libro.

Tal vez nos veamos tentados a emparentar La mujer de lava con otro de sus libro, El hombre de salitre. No creo que sean dos visiones distintas, en realidad es un juego de espejos, porque para definir al poeta están todos sus libros, aunque el que hoy nos ocupa es como un ajuste de cuentas personal. No pensemos en desgarros y venganzas, Junco ajusta cuentas solo con la poesía, y desde luego con gran beneficio. He señalado un solo verso del libro al principio, y podría señalar otros que trazarían un boceto de las distintas caras de esta pirámide poética. Pero lo mismo que yo no he querido leer antes los detalles señalados por López Navia, tampoco quiero mediatizar una lectura no solo recomendada, sino que, a mi parecer, se tendrá por imprescindible, más allá de lo insular, lo volcánico, lo femenino o lo generacional. Es poesía, nada más (y nada menos).


Si los últimos libros de los que hablé en 2016 estaban escritos por mujeres, quiero que 2017 empiece también con otras dos autoras, muy diferentes, que tienen una manera personal de acercarse a la escritura. Me refiero a Mayte Martín y a Elizabeth Hernández Alvarado, que firman sendos libros incatalogables, pues ambos juegan con distintos géneros pero que al final son literatura por el cuidado y la manera de acercarse a la reflexión, la creación y el juego literario.

Nueva 34567.JPGMayte Martín firma un volumen titulado Reflexiones en blanco y negro, que son pequeñas cápsulas que se mueven entre el ensayo, la narración y la prosa poética. Apoyada en obras plásticas, mayoritariamente fotografías, de más de 60 artistas de todas partes, Mayte trenza unas piezas que pueden leerse en cualquier orden, porque son independientes y al mismo tiempo configuran un espacio, que es el de la manera de mirar el mundo que tiene la autora. Sus textos se acercan a la belleza, al dolor, a la incertidumbre, a la pregunta súbita que nos asalta en cualquier esquina de la vida. Es un libro ideal que no exige continuidad, puede leerse en el sofá, en la guagua, en la sala de espera del dentista o diez minutos antes de dormir. Siempre hay un final en cada lectura, y se establece como una especie de breviario que, además de trasladarnos las certezas y las dudas de la autora, provoca que quien lee se plantee sus propias preguntas o se reafirme en sus certezas.

Por su parte, Elizabeth Hernández Alvarado aborda su primer libro en solitario, puesto que antes había formado parte del grupo Papiromanía, con el que compartió una anterior publicación. La que hoy nos ocupa se titula Pensando a gritos, que recoge textos de pausada reflexión y otros salidos de un impulso, que se definen desde su posición de mujer que observa el rastro de la historia y trata de otear un nuevo horizonte. Es una lectura muy interesante puesto que esas ideas están trasladadas con una prosa muy limpia, que huye de arabescos impactantes de los que solo deslumbran pero no iluminan. Elizabeth es la prueba de lo que afirmaba Eugenio D'Ors: "La prosa, como las uñas, es más fácil tenerla brillante que limpia". Y es esa limpieza cargada de ideas la que hace que haya que tener en cuenta a esta autora, y se me ocurre pensar en las posibilidades infinitas que un estilo así tendría en la narrativa pura y dura, que ella acomete de vez en cuando pero sin atreverse a entrar del todo en la ficción.

Dos libros para empezar el año, que tienen en común su procedencia de un blog, nuevo formato digital al que se tiene como cosa menor. Pero no; hay vida en los blogs más allá de tutoriales para hacer un pastel, maquillarse o comentar los vestidos de una fiesta. Los blogs también son espacios en los que, como en el papel, el talento se hace presente, y es una nueva y creativa manera de hacer literatura. Mayte y Elizabeth son dos ejemplos.


Lazarrro 2.JPGLas dos obras anteriores de Carlos Lázaro Roldán denotaban que al poeta nada le es ajeno. En este su tercer libro, País de Lux, le hiere todo lo que pueda llevar el adjetivo "humano". Tal vez podría decirse lo mismo sin mentir de todo poeta, pero en este caso la escritura es como un GPS que detecta todo lo bueno y lo malo que hay a su alrededor. Es asombrosa la capacidad para despertar su poesía que tienen los detalles aparentemente más nimios, que se incrustan en los grandes asuntos que siempre son la muerte y el amor, pero el amor expandido más allá del exclusivamente erótico.

Viendo la disparidad de objetos, asuntos, sensaciones y sentimientos que lo atrapan, uno llega a la conclusión inevitable de que es la vida en toda su dimensión la que sorprende cada instante al poeta. Podría deducirse que ese interés por la vida procede inexcusablemente de su dilatado ejercicio de la Medicina, pero eso sería quedarse cortos, porque la vida está fuera del alcance de un fonendoscopio. Vibran quienes buscan una rendija para huir de algo o alguien, a veces de sí mismos, quienes sienten la terrible indefensión de la intemperie, quienes durmiendo bajo techo sienten que incluso en el cobijo puede estar la soledad. Corren por sus versos los fugitivos de la alegría y los que la inventan para sobrevivir. Es un radar que detecta fisuras cuando todo parece compacto y donde aparecen fortalezas cuando se supone que ya está encima la derrota. Es ese matiz difuso que nos alerta cuando estamos tranquilos, y por el contrario esa voz que nos reprocha lamentos gratuitos cuando en realidad no hay razones importantes para la queja. Lazarrro 1.JPGEl ser humano es inconformista y quejumbroso y al mismo tiempo es prepotente y ufano, casi siempre cuando no debe. País de Lux es como una máquina de la verdad, que trata de desmontar las carencias de nuestra sociedad y a la vez propone realidades objetivas para tratar de buscar el equilibrio en lo pequeño.

Cuando se termina de leer este libro se siente como que nos han descubierto cuando hacemos continuas trampas en el solitario. Porque vivimos en una contradicción difícil de explicar y más difícil todavía de asumir: estamos solos, somos seres individuales y hay fronteras que nadie puede traspasar, y esto sucede en una sociedad en la que la relación entre todos es imprescindible. No podemos sobrevivir aislados, y tampoco podemos avanzar sin mirar hacia adentro. El dolor, la esperanza, la ilusión, la frustración, la entrega... Es la vida que se abre camino entre lo individual y lo social, es el ser humano que se muestra poderoso y se sabe insignificante, o al revés. Ese es el escáner que hace del mundo Carlos Lázaro Roldán un informe doloroso pero esperanzado de lo que cada día roza, molesta, ilusiona o abriga al poeta. Es el País de Lux que buscamos y del que huimos, porque puede que exista.

***

NOTA: País de Lux contiene, además, doce dibujos en tinta realizados por Carlos Lázaro Roldán, autor del poemario.


Pedro Lezcano es un nombre de nuestra literatura mil veces repetido, con todo merecimiento porque es un referente literario del siglo XX en Canarias, pero no reconocido en todas sus dimensiones. Tiene una etiqueta, la de poeta -que lo es- y creo que toca ensanchar el campo visual sobre su obra literaria. Pero Lezcano es, en efecto, un gran poeta, pero su creatividad tiene muchas caras, dentro y fuera de la literatura. Una de ellas es el teatro, en el que fue actor, director y motor de un grupo de entusiastas aficionados que se lanzaron en los años cincuenta a hacer teatro con vocación profesional, para llenar el vacío que había en los escenarios isleños.

Ruleta.JPGTambién fue autor. No se prodigó mucho en esta faceta, pero sí que escribió trabajos muy interesantes. Las generaciones más jóvenes pudieron verlo en todo su esplendor cuando interpretaba (que no recitaba) La maleta, pieza que él concibió como un monólogo. En ese momento, Pedro Lezcano era autor, intérprete y director de sí mismo, y quienes lo vieron aunque solo fuese una vez recitar este monólogo no necesitan mirar un vídeo para volver a verlo y escucharlo con ese dominio tan certero que tenía de su voz en un escenario. Ya lo tenemos grabado a fuego.

Por ello es motivo de alegría que el Cabildo de Gran Canaria se haya puesto manos a la obra para mostrarnos ese Pedro Lezcano menos conocido pero no menos importante. En unos meses saldrán sus textos en prosa -gran narrador, por cierto-, y ahora mismo se ha publicado La ruleta del sur, el texto de la obra teatral, acompañado de un trabajo magnífico del profesor Felipe García Landín, gran conocedor de la persona y la obra de Lezcano. Esta edición no podía haber caído en mejores manos, porque García Landín rescata cada matiz, cada momento, y señala una ruta de lectura magistral. La ruleta del sur tiene un planteamiento muy original del amor y el dolor, es teatro arriesgado en todas las acepciones de la palabra, como argumento dramático y por el peligro que suponía en la dictadura escribir sobre temas sociales.


Ruleta1.JPGParece una juego de muñecas rusas criticar la labor del crítico, por eso evito entrar en detalles, pero aconsejo este libro, tanto por la vuelta a las librerías de esta obra escénica de Pedro Lezcano como por el delicado trabajo realizado por el profesor García Landín, que también prepara la próxima edición de la obra narrativa de Lezcano. Y es que debe conocerse de forma general que hay otro gran Pedro Lezcano fuera de sus versos, que no de su poesía, porque él nunca podía separarse de ella ni cuando escribía manuales para aprender a jugar a ajedrez (otra de sus vertientes).


Foto fijadylan.JPGPongo por delante que me encanta Boy Dylan. Hoy le han dado el Premio Nobel de Literatura. Otras veces, a la media hora, había en todos los grandes medios digitales opiniones de críticos, estudiosos, periodistas y escritores. Han pasado más de tres horas y todos se limitan a dar la noticia, poner unas fotos y hacer una encuesta, que en todos los casos no está de acuerdo con el fallo entre el 65 y el 80 por ciento. Nadie se moja, yo solo cavilo y supongo. Y pregunto que si a Dylan, que toca la armónica, le han dado un Nobel de Literatura, ¿cuál será el tamaño del premio que le den a Elton John, que toca el piano? Ah, sí, las letras. ¿Y Georges Brassens, Chabuca Granda, Lluis Llach, Violeta Parra, Jacques Brel, Atahualpa Yupanqui, Georges Moustaki, Consuelo Velázquez, Bruce Springsteen, Joan Manuel Serrat, José Alfredo Jiménez...? ¿Cómo es que ninguno estuvo nunca ni de lejos en las listas de Estocolmo? Está claro, es la armónica.


"Más generoso que el cañón, el tiempo,

y más artista." (Tomás Morales).


El poeta Tomás Morales Castellano nació en Moya el 10 de octubre de 1884. Su voz es uno de los mojones en nuestra poesía, y aunque casi siempre responde al cliché abigarrado del modernismo más sonoro, evocador de sirenas, tritones, dioses marinos y mitos oceánicos diversos, hay otras vertientes del poeta, como la de su compromiso con los aliados en la I Guerra Mundial y contra el horror que cualquier guerra significa, que aunque conservan el eco de su verso alado, tratan asuntos más humanos y terrenales. Prueba de ello es este fragmento de su Elegía a las ciudades bombardeadas.

Tm NM.JPG

(El poeta Tomás Morales (1884-1921) en los pinceles de Nicolás Massieu y Matos).


...


Gravita en torno al espectral paisaje

una inverniza claridad suriente;

bajo la lenta majestad del orto

surge el fracaso.

--


Con las ciudades de la guerra, heridas

en un terrible y militar encono,

torvas siluetas fantasmales trazan

sobre la niebla.
...



Bueno es siempre recordar a uno de nuestros referentes literarios.


Borges 111.JPGNada hay más borgiano que negar a Borges; no su obra, negar al supuesto Jorge Luis Borges Acevedo. Demasiado mítico para ser real. Sí, ya he visto que recientemente Mario Vargas Llosa ha dicho que es el único escritor contemporáneo de nuestra lengua equivalente a los grandes clásicos, y hay por todas partes fotografías en las que el tal Borges aparece junto a García Márquez, Severo Sarduy y muchos más, que se han publicado noticias sobre él en la prensa, que Joaquín Soler Serrano lo entrevistó hace 40 años para TVE, o que hay un amplio epistolario con el ensayista mexicano Alfonso Reyes. Incluso, he hablado con viejos escritores que aseguran haberlo conocido, y hasta hay quien tiene dedicado en la Feria del Libro de Madrid, con el número 333 (el último que firmó aquel día), el poemario Los conjurados (1985), que resultó ser también el último libro que Borges publicó en vida. Pues a pesar de todas estas razones que parecen evidencias, estoy convencido de que Jorge Luis Borges nunca existió.

Aunque el propio Cortázar lo reconoció como el primer editor que dio un texto suyo a la imprenta (el cuento Casa tomada), el propio Borges se encarga de desmontar a Cortázar: "No me atraen esos juegos de la incomodidad, contar un cuento empezando por el medio, etc. Todo eso es una imitación de Faulkner. Y si es incómodo en el mismo Faulkner, que era genial, imagínese". Aunque tampoco es tan raro, porque el Borges que hemos conocido no tenía pelos en la lengua a la hora de llevarse por delante a todo el siglo XIX español ("el movimiento romántico, donde España sirve para inspirar a todo el mundo, menos a los españoles"). Y alguien que pasa a cuchillo literaturas de cualquier tiempo que no sean orientales o inventadas, incluyendo a Goethe y Dostoievski (se salva El Quijote, menos mal), y solo habla con admiración de Virgilio y Bernard Shaw, y con mesura y respeto de Chesterton, Dickens, Poe, Melville y cualquier libro escrito originalmente en lengua inglesa, un hombre así no puede ser real y aplaudido hasta por los españoles. Es decir, no existe.

Dicen ahora que lleva treinta años muerto, y que hay una pretenciosa tumba en Ginebra, con inscripciones en lenguas vikingas, pero en realidad debió ser inventado por el escritor y filósofo argentino Macedonio Fernández, como el Bautista que anunció a Cristo. Dicen los manuales que Fernández tuvo especial ascendencia sobre Borges, Cortázar y Piglia. Nada dicen de las mutuas influencias entre Borges y Roberto Artl como supuestos capitanes de los grupos literarios de Florida y Boedo, en aquel Buenos Aires de los años treinta, con el tango en su apogeo atravesando una década de golpes de estado que casi eran la norma política. Pero a Roberto Artl le dio un letal infarto y en aquel avión que se estampó en Medellín viajaba Gardel. Había, pues, que esperar a Perón leyendo a Borges.

Otro de los hechos que me llevan a negar la existencia de un hombre llamado Borges es que, ya con 35 años, se le trataba como si amontonase Premios Nobel un año tras otro (al final nunca se lo dieron). Es verdad que en ese momento publicó Historia universal de la infamia, pero la mayor parte del Borges que hoy se deifica entonces no se había publicado. Cuando yo era joven, los profesores y los entendidos me recomendaban su lectura casi como más imprescindible que ninguna otra, leer a Borges era como entablar relación con un dios, y para entonces no habían llegado a las librería tres de los libros que más lo consagran como algo único desde que el ser humano dejó de andar a cuatro patas. Me refiero a que entonces no existían los libros de cuentos El informe de Brodie (1970) y El libro de arena (1975), y uno de sus poemarios más celebrados, Historia de la noche (1977). No se beatificó a Kafka antes de La metamorfosis, a Joyce antes de Ulises, ni a Faulkner sin El ruido y la furia. Borges es como si hubiera nacido con el cuño de la santidad literaria, y en su genealogía aparecen todos los prebostes del siglo XIX argentino, sea en la milicia, en la política o en las letras, aunque solo fuera un tatarabuelo considerado el máximo escritor del barrio de Palermo, que es otra nación sentimental. Y siempre, como oposición a la historia, se lamentó de no encontrar entre sus antepasados una sola gota de sangre judía.

Borges 333.JPGTambién dicen que es un híbrido de inglés aclimatado en Argentina y ginebrino educado en una adolescencia suiza. Tampoco; es distinto a todo. Creo que se elevó a sí mismo a los altares en la biblioteca de su padre, en el barrio de Palermo, el más grande y exclusivo de Buenos Aires, que no se codea con la villa-miseria, sino con los barrios escogidos de Recoleta, Almagro, Chacarita y Belgrano, y abierto al Río de la Plata. Recurre en sus textos a la memoria de su típica casa porteña de finales del siglo XIX, usando a menudo el patio y el aljibe como símbolos de una religión borgiana. Buenos Aires es a Argentina lo que Nueva York a Estados Unidos, dos entidades muy diferentes, la Pampa gaucha y el salvaje Oeste frente al refinamiento más que europeo de Manhattan y Palermo, porque ni siquiera todo Buenos Aires es el Buenos Aires de Borges, aunque se le cuela por las rendijas de la burla la ruralidad de los duelos a cuchillo que emparenta en preeminencia testicular las payadas de Fierro y el brío macho arrabalero, que se le adhirió seguramente cuando se puso a escribir letras para tangos y milongas.

No sé si el Borges que nos pintan desconfiaba de las mujeres o les tenía miedo. Estuvo interesado en el amor de muchas, hay un listado enorme de mujeres a las que se acercó, e incluso de las que pareció estar enamorado, pero curiosamente sus amores nunca fueron correspondidos. ¿Qué tenía aquel hombre distinguido, elegante y bien parecido, adorado como un dios literario que no interesaba amorosamente -y menos sexualmente- a las mujeres que galanteó? Esa es otra de las razones por la que creo que Borges es una quimera, alguna de ellas tendría que haberlo amado; pero no, y la que lo puso a los pies de los caballos casi mofándose de sus torpes besos fue la escritora Estela Canto, que dicen que le inspiró El Aleph, uno de sus mejores cuentos, que precisamente está dedicado a ella. Borges le regaló el manuscrito original y ella lo puso en subasta en Londres, por lo que cobró 25.000 dólares, que entonces era mucho dinero. Seguramente, las mujeres que dijeron haber pasado por su vida se apuntaron a una lista para trascender, pegando su nombre al que siempre se supo que era una deidad intangible y eterna. Por ello ninguna historia de amor fructificó. Será por eso que las mujeres son un cero a la izquierda en toda la literatura borgiana, aparecen muy poco en una obra repleta de mandarines de una China imposible, jeques de desiertos imaginados y hombres fracasados que se entregan a la muerte. Se habla de una madre entre amorosa y dominante, como en el caso de Gardel, y nadie sabe mucho más, porque él siempre se refiere a su padre, seguramente porque le legó su biblioteca en inglés.

Y su muy aireada amistad y compadreo con Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares es otro argumento. Tengo para mí que el elegante y sofisticado Bioy Casares y su esposa, la poderosa Silvia Ocampo, tomaron el testigo de Macedonio Fernández para seguir inventando a Borges. Como coartada de esa amistad colaborativa, se publicó, bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq, Seis problemas para don Isidro Parodi, un libro supuestamente escrito a cuatro manos entre Bioy y Borges, ya que por lo visto no cuajó el intento de hacerlo a seis manos, con Silvina Ocampo, un proyecto que nunca se concretó pero del que existen algunas notas firmadas por Borges, que debían ser normas para escribirlo. Son 16 condiciones en las que, entre otras recomendaciones, se aconseja evitar la falsa modestia o la vanidad excesiva, o huir de escritores clásicos del siglo XX muy característicos, que juegan con la realidad, el tiempo y el espacio. Es evidente que él lo incumple todo, y haciendo uso de la vanidad se coloca como clásico junto a Proust, Joyce, Kafka y Faulkner. También eleva a clásico a Bioy Casares, lo que abona la posible intervención de Silvina Ocampo y el propio Bioy.

Definitivamente, Borges no es un hombre, es una religión, aunque haya traducciones suyas muy libres de docenas de escritores, casi reescritas porque ser Borges es pura vanidad aunque se venda por modestia. Cuando leemos sus traducciones de Poe, Kafka, Kipling, Melville, Gide, Swift y otros (escasas mujeres, Virginia Wolf y poco más), estamos leyendo su lectura, porque reforma a su gusto, que para eso es Borges, y solo usa el rigor cuando traduce a sus adorados Virgilio y Bernard Shaw.

Borges 222.JPGSi entendemos que El Pentateuco fue redactado por los escribas hebreos durante el cautiverio de Babilonia, y se lo atribuyeron al Moisés que protagoniza el libro del Éxodo, y que La Odisea puede ser la firma común de muchos autores que confluyen en una historia mítica, que inventa, además, a un autor ciego, Homero, pudiera ser que Borges sea una intervención comunitaria para deificar la literatura, algo entre lo esotérico y lo fantástico, que determina que haya personas que creen haber conocido a Borges, haber hablado con él y hasta compartir autorías, y docenas de mujeres que afirman haberlo rechazado. Pero un hombre como él no pudo ser todo lo que es Borges, es muchas personas, y para convertir la literatura en religión tenía que ser de Argentina, que es el único lugar del mundo en el que se erigen dioses y diosas en el siglo XX, Gardel de la canción, Evita de la política o Maradona del fútbol. ¿Por qué no Borges dios de la literatura? Por eso lo crearon ciego, como a Homero, para que, como supuesta prueba de su existencia, escribiera estos versos: "Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche". Puede que Borges no existiera, pero la obra de Borges es un libro sagrado equivalente al que redactaron los escribas hebreos en el cautiverio de Babilonia.

(*) (Este trabajo fue publicado en el suplemento literario Pleamar de la edición impresa del periódico Canarias7 del domingo día 2 de octubre de 2016).

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