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No voy a contar aquí la vida de Francisco de Miranda, Juancho Armas Marcelo ha necesitado un libro para hacerlo, y ya es conocida la incansable carrera del llamado Precursor desde su Venezuela natal hasta la tumba colectiva gaditana en la que reposan sus restos. Una carrera hacia la libertad, que transitó con extraordinario protagonismo por el Caribe, la Guerra de Independencia norteamericana, la Revolución Francesa, la corte de Catalina La Grande, el Londres de Pitt el Joven (allí conoció a Bolívar) y siempre España. Miranda es un ilustrado de catón, aunque en su crepúsculo se mueve como un romántico.

Juancho acaba de publicar la novela La noche que Bolívar traicionó a Miranda. He leído críticas, comentarios y reseñas, y salvo el trabajo de Santos Sanz Villanueva, tengo la impresión de que la mayor parte de los críticos siguen tocando de oído porque desconocen la historia de América (o la historia a secas). Domingo Luis Hernández sí ha profundizado más que nadie en esta novela, pero los espacios de los que dispone se quedan cortos para perfilar los distintos niveles y enfoques de una ficción que es hoy más real que lo ocurrido aquella noche de 1812 en el puerto de La Guaira, cuando Francisco de Miranda fue apresado por un grupo militar al frente del cual iba nada menos que Simón Bolívar.

a-bolivar-miranda.jpgDejo por adelantado que la novela se mueve en un vaivén sin estridencias, en una historia que es muy dada a los fuegos artificiales, porque lo que hace el autor es ir a los conceptos, estableciendo una distancia que se manifiesta en los cambios de cada capítulo, como un partido de tenis, saque-resto, Miranda-Bolívar, en el que se enfrentan dos personalidades que persiguen dos cosas distintas, el primero la libertad, el segundo el poder. Miranda enarboló su bandera por medio mundo y la perdió esa noche de La Guaira, y Bolívar logró su trofeo, aunque luego se le fue de las manos como el agua de una canasta de juncos. En el Monte Sacro romano, el que luego sería llamado Libertador sentenció ante testigos: "Juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor, y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español". Es este un juramento que cumple, porque dicen que Bolívar no durmió en veinte años, pero en el fondo quería pasar a la Historia como Alejandro Magno, como Julio César, como Napoleón, todos hombres obsesionados por el poder, que a medida que iba llegándole a sus manos los hacía más y más narcisistas y seguramente candidatos a un diagnóstico psiquiátrico poco favorable.

La obsesión de Juancho siempre ha sido la reivindicación de Miranda, pues Bolívar ocupa en la iconografía histórica el lugar que le corresponde a Miranda lo mismo que fue Vespucio quien dio nombre al nuevo continente en lugar de Colón. Así de injusta es la Historia, y como dice Fermín Goñi, entregar a Miranda es la gran e inexplicable mancha que pesa sobre Bolívar. No tan inexplicable, diría yo, pues se explica en la novela de Juancho por la dicotomía libertad-poder; porque quienes persiguen el poder a cualquier precio no se atienen a límite alguno, y Bolívar se llevó por delante a Miranda como Alejandro a su amigo Parmenión y dicen que hasta a su padre, Filipo de Macedonia.

Cuando personajes de este perfil entran en una novela el peligro es que se apoderen de ella. Pero ahí está el pulso del novelista, que no permite que Bolívar supere a Miranda, porque aunque son el haz y el envés de una misma hoja, se trata de darle la vuelta, y eso es lo que hace Juancho en la larga conversación que ambos personajes mantienen. Miranda es como un personaje de novela, Bolívar ansía ser el novelista, el creador, el Magno que quiere su Gaugamela en Carabobo y no en Ayacucho para no darle la gloria a Sucre. Es que entre Miranda y Bolívar hay muchas oposiciones; aparte de la última y conceptual libertad-poder que los define, Miranda es un intelectual que alarga su pensamiento con la espada cuando la acción es necesaria. Y sí que estuvo en muchas guerras, pero no es en esencia un guerrero aunque al final se le anteponga a su nombre el grado de General. Bolívar en cambio es un militar que ve en la espada el instrumento para alcanzar la gloria y el poder, y que sabe que esas acciones deben tener el sostén teórico que le fusila a Miranda.

Por desgracia para Miranda, cuando se habla de él se acaba hablando de Bolívar, porque su idea política de la Gran Colombia viene de su mentor, pero es el mantuano quien la realiza, aunque luego se le diluye como el aguanieve. Miranda era hijo de un comerciante canario y Bolívar procedía de una estirpe aristocrática criolla y blanca, que siempre fue clasista y nunca vio con buenos ojos a los advenedizos que provenían de las clases consideradas inferiores. Llamaban mantuanos a estos aristócratas y pudiera ser que a Miranda le pasara factura, aun después de vencido y muerto, haber comido en la mesa de Washington, Pitt y Napoleón, y quién sabe si haber desayunado en la cama de Catalina de de Rusia sin ser mantuano. Una osadía imperdonable para el hijo de un comerciante, que el criollismo (ya sabemos por aquí de lo que hablamos) nunca le perdonó.

a-Miranda en La Carraca.jpgEscribir sobre novelas de otros es siempre para un novelista una especie de reescritura. Y desde esa condición admiro la prudencia, la frialdad y el oficio de Juancho para no dejarse arrastrar por la historia de conspiraciones mundiales que supuestamente había en aquella época de revoluciones. Me refiero a la pertenencia de Miranda a la masonería. Hay quien lo tiene por introductor de la francmasonería en Hispanoamérica, habida cuenta de que compartió mesa, mantel y batallas con masones declarados (Washington, La Fayette, Potemkin...) Dicen sus biógrafos que de los diez masones que mandaban en el mundo, Miranda conocía a nueve y fue amigo de cinco (no especifican cuáles pero se supone). Y es curioso que luego en Hispanoamérica fueran también masones prácticamente todos los líderes de la Emancipación: Sucre, O'Higgins, San Martín o el propio Bolívar. En los tiempos que corren, cuando las novelas sobre sociedades secretas y conspiraciones esotéricas tienen tanto tirón, lo más fácil habría sido caer en la tentación de hacer una especie de cómic a lo Dan Brown. Juancho se atiene a la Historia, y la francmasonería es un elemento transversal pero no fundamental en el relato, como tampoco se ceba en las muchas historias galantes atribuidas a Miranda. Su propósito es otro, y en mi opinión, lo consigue.


Es una iniciativa muy interesante, porque puede reunir un fondo accesible a estudiosos y sobre todo porque los manuscritos van a estar con toda seguridad mejor guardados y cuidados que en los desordenados cajones de las gavetas de los autores y autoras. Para dar cuerpo al acto, cuento con las palabras de Maximiano Trapero y Felipe García Landín, dos voces de las que siempre se aprende. Y es honroso formar parte de un palmarés en el que están autores como los que figuran en la columna de la derecha de la invitación y otros que aun no han sido programados pero no por ello menos importantes.


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Como me toca empezar a mí y este es mi blog, aquí lo anuncio.



Hay que tener mucho cuidado cuando se transita por algunas calles de Las Palmas de Gran Canaria. Un ejemplo es el tramo más al sur de la calle Cano, que va desde la esquina con Travieso hasta su confuencia con Malteses. Es una vía peatonal transitada por gente muy peligrosa, y es que, apenas subes desde Triana ¿qué es lo primero que encuentras? Exacto, una librería, un lugar de perdición que para colmo pertenece al Cabildo de Gran Canaria.

z0-cano].JPGSigues caminando y la calle termina a la izquierda con una enorme casona que sirve de Museo de un tal Pérez Galdós, un tipo que se pasó la vida contando historias y llenando la cabeza de pájaros a la gente. Eso debería ponernos sobre aviso, pero la imprudencia es mucha, y ayer mismo hice esa ruta. Caí en la tentación de entrar en la Casa de Galdós. Todavía no sé cómo pude escapar indemne, pero a veinte metros me tropecé con dos tipos muy sospechosos. Y claro que lo eran; nada menos que un ensayista y un poeta, que se hacen llamar Antonio Becerra y Eugenio Padorno. Hablaban de un fulano que me pareció entender que se llamaba Alonso Quesada, seguramente un capo que tiene otro nombre y que trabaja en la sombra. De repente, se alejaron y me dejaron ir.

Yo iba muerto de miedo, aunque contento porque había vuelto a salir vivo, pero en la confluencia con la calle Torres me crucé con un sujeto terrible, ¡un novelista! Era Santiago Gil, que me dio conversación mientras caminábamos, y yo le seguí la corriente para que no se violentara, y se detuvo justo delante de la librería. Allí, vaya usted a saber con qué intenciones, conspiraban los periodistas Amado Moreno y Pepe Rivero, que encima es nieto del poeta Domingo Rivero. Estaba claro, me había metido en la boca del lobo. Me tranquilizó un poco ver que con ellos estaba un hombre corpulento y de aspecto formal, un hombre de orden. No parecía novelista, poeta, periodista o cualquier otro tipo de forajido. Supuse que sería un infiltrado de la policía secreta que estaba siguiendo alguna pista. Mi decepción fue total cuando me lo presentaron: ¡es hijo del poeta Saulo Torón! No tuve otra opción que identificarme como escritor, y eso pareció intimidarlos; aproveché un despiste y todavía sigo corriendo. ¡De buena me he librado! Ya les digo, esa calle es muy peligrosa, entra uno sano, se encuentra con gente que tiene el vicio de pensar y escribir, y sale cargado de novelas, poemas y otras armas, que, ya lo sabemos, las carga el diablo. Quedan advertidos.


En estos días se han presentado en Las Palmas dos libros de dos amigos que vienen a engrosar el ya gozosamente nutrido listado de la buena narrativa que se hace por aquí. Son dos generaciones, dos maneras de ver el mundo, dos trayectorias diferentes, pero que tienen en común el gusto por la palabra precisa y el camino hacia adentro. Cuando estudiábamos los manuales de literatura nos decían que la épica trataba de asuntos exteriores al escritor, la lírica de su interior y quedaba la dramática, que no nos decía de qué trataba, pero que era evidentemente la escritura teatral. Omar y Gil son autores que entran en géneros diversos, y aunque entre sus trabajos hay mucha narrativa, podríamos decir que lo que tienen en común es su tendencia a la lírica, lo interior, la reflexión.

Alberto Omar es un clásico de nuestra literatura, no en vano lo avalan tres docenas de títulos en distintos géneros, en los que el teatro no es el de menor cuantía. También es poeta y sin duda novelista, un extraño especímen de los que yo llamo anfibios, porque respiran dentro y fuera del agua. Y es curioso cómo su obra trata siempre de indagar en las conductas, y en algunos textos se interna en esa pasión casi masoquista que tenemos los humanos por lo angustioso. Pero en la vida real Alberto Omar es justo lo contrario, un tipo divertido, casi un showman de la vida, con una conversación y una expresividad que hacen que cualquier discurso verbal suyo sea un espectáculo en sí mismo, puesto que también es un excelente actor. Ahora, en su novela Inmenso olvido vuelve sobre uno de sus temas recurrentes, el de la mujer considerada como segundo sexo, que en un momento determinado de su vida tiene que decidirse por el ajuste de cuentas o el olvido. Se decide por lo segundo, y tal vez ese olvido de que habla Alberto sea aquel del que Neruda decía que era muy largo. El olvido es una terapia, porque si no el dolor nos arrasaría. Así que esta novela de Alberto Omar nos lleva de la mano hacia una reflexión que seguramente cada uno de nosotros también tiene que hacer.

zzomargil.JPGSantiago Gil, por su parte, pertenece a las últimas hornadas de buenos narradores que están produciendo un corpus magnífico en Canarias. También es poeta y agudo columnista, siempre tumbado hacia los detalles, como un heredero insular de Antonio Tabucci, y curiosamente es uno de los que no se ha dejado tentar por el género negro que tan buenos textos está dejando de otros autores contemporáneos. Debe ser eso de la lírica. Pero sí que tiene esa potencia que empuja al escritor a novelarlo todo, con una obra ya muy importante en cantidad y calidad, y esa curiosidad diaria que le viene de su vena periodística. Santiago hace buena aquella frase de que el periodismo es una buena escuela literaria siempre y cuando se abandone a tiempo. El tiene muy claros los límites, y del periodismo sólo usa la curiosidad, el deseo de comunicar, porque luego arma ficciones imposibles que solo son verosímiles cuando, como es su caso, se sostienen en un recio armazón literario. Y ahora tenemos entre manos su entrega de Queridos Reyes Magos, que aunque parezca algo puntual por las fechas recíen vividas es un texto que puede leerse en agosto.

Así que, dos amigos, dos novelas y buena literatura, que sumada a la de otros amigos también comentados aquí (o por comentar) suponen un interesante comienzo de un año que, a pesar de tantos agoreros, puede ser un gran año literario.


z187849_2705284_n[1].jpgLlevamos unos cuantos años repitiendo que la narrativa en Canarias pasa por un momento muy fértil, pero es verdad, porque salen excelentes novelas y tenemos una nómina de autores muy consolidados y que están en su apogeo, por lo que entiendo que están en disposición de dar mucho más todavía. A Víctor Conde, Santiago Gil, Alexis Ravelo, Víctor Alamo de la Rosa, José luis Correa, Angeles Jurado, Antonio Lozano, Marisol Llanos y otros y otras que llevan más años o que acaban de llegar, se suma de nuevo Carlos Alvarez, que ya es un viejo rockero en el cuento y la novela, pero que llevaba algunos años transitando otros caminos más cercanos al mundo audiovisual. Ahora nos entrega una novela que ya en su título tiene un sentido de la ironía muy claro, Si le digo le engaño, y que se urde a través de una historia rocambolesca en la que la casualidad o la suerte (vaya usted a saber si buena o mala) colocan a dos personajes en una tesitura moral muy curiosa. El dinero fácil a la vez que peligroso cambia la vida de estas personas y eso da pábulo a que nos hagamos preguntas más profundas, sin que por ello la novela pierda el paso de un suspense que circula con extraordinaria rapidez. Carlos Alvarez se une así a esa eclosión de novelas detectivescas, de acción o de intriga que, no sé por qué, se empeñan en llamarlas "negras", pero eso ya no es cosa de los novelistas. Y lo hace a su manera, con una distancia en la que el humor (esta vez sí que es negro) juega un papel importante en el transfondo de la construcción de la historia. Un buen libro en definitiva, que, como los de los otros autores mencionados y algunos más puede ser una buena disculpa para comprar en esta semaña en la que a veces no sabemos qué regalo hacer a las personas cercanas. Este es un buen regalo en un magnífico envoltorio.


z2canarios-amarillos-istock[1].jpgSoy parte interesada, lo sé, pero en estas fechas, cuando uno de los regalos más frecuentes es un libro, entiendo que la gente se vaya a las pilas de Ruiz Zafón, Vázquez Figueroa, Pérez-Reverte o los premios Planeta, los grandes bet-sellers y, por supuesto, los clásicos. Es una manera de asegurarse de que se va sobre lo seguro, y con los clásicos es verdad, no tanto con los libros vendidos por kilos, pues el éxito no asegura la calidad. Creo que siempre habrá un hueco para los libros de autores canarios, que los hay muy interesantes y en todas las vertientes de la literatura. Alexis Ravelo hace lo mismo en su blog (le copio la foto), y yo me sumo a su proclama, porque para tener una mente abierta hay que conocer lo que fuera y lo de aquí. La literatura es la que va levantando acta de la idiosincrasia de los pueblos, y por eso no podemos obviar lo que se escribe en Canarias, donde, por supuesto, hay bueno, malo y mediopensionista, como ocurre con todo. He tenido en mis manos libros de gran éxito de critica, premiados en el extranjero y leídos a mansalva, y luego sucede que en realidad son flojitos pero con un gran soporte publicitario. Hay otros que sí, que responden a las expectativas. Y esa es otra, cuando se regala un libro hay que pensar en quien va a leerlo, porque puede ser muy bueno pero si el lector no es aficionado a ese género o si trata un tema que viene mal traído por su historia personal, hemos patinado. En realidad, no es tan sencillo elegir qué libro regalar. Los autores lo tenemos más fácil, porque obsequiamos un ejemplar de nuestra última criatura y ya está. Aunque, la verdad, no suelo regalar libros míos. El caso es que es importante no olvidarse de los libros de autores canarios, que en las grandes superficies están casi siempre junto a los de cocina y bricolage, pero aun así los hay muy buenos.


Con el Premio Cervantes ocurre como con casi todos los reconocimientos oficiales a toda una vida: ni están todos los que son, ni son todos los que están. Se entrometen intereses de todas clases, desde los económicos a los políticos, además de que los grupos de presión también existen en la literatura a ese nivel. Clamaba al cielo que un poeta del tamaño, la influencia, la historia y el peso de Nicanor Parra no estuviese en el palmarés del premio, pues estamos hablando de uno de los grandes poetas de la lengua en el siglo XX, que lo atraviesa en primera fila desde la década de 1930.

Alguien sentenció que decir Parra es decir Chile, ese país que va desde el abrasador y reseco desierto de Atacama hasta el Canal de Beagle y más allá en el umbral del Ártico, frío, húmedo y peligroso. Una estrecha lengua de tierra andina que se mueve continuamente, como las palabras de los poetas, y que se echa a volar muy lejos, hasta llegar al centro del Océano Pacífico, a Rapa Nui, en el confín de lo incomprensible, y que lo comprende todo, como la poesía que es legítima. Nicanor Parra ha entendido ese Chile como metáfora del Universo, y forma parte de los escogidos por los dioses para comunicarlo a los humanos.

9719[1].jpgChile ha dado grandes poetas, muchos de ellos coetáneos, hijos todos de su padre y de su madre, cada cual con su camino: Pablo Rokha, Pablo Neruda, Gonzalo Rojas, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro... Y Nicanor Parra en todas las salsas. No es poco bagaje para la poesía chilena, dos Premios Nobel y dos Cervantes. Los Parra siempre fueron incómodos, para los regímenes conservadores y para los de izquierda, porque llevaban su ruta propia, y tanto Violeta como su hermano Nicanor no comulgaban con muchas prácticas de los progresistas, seguramente porque ellos lo fueron más que nadie, aunque siempre hay opiniones sobre la peculiaridad de la llamada "Peña de los Parra", santo y seña en el Santiago de Chile de finales de los años sesenta y primeros setenta, hasta que llegó el Pinochetazo.

Y es que Nicanor Parra es como el pórtico de una nación también muy peculiar. Ahora se habla de que es el creador de la llamada "antipoesía", pero en realidad Nicanor Parra era sangre en las venas chilenas en cada una de las muchas décadas que su vida y su poesía han transitado un siglo y parte de otro. Le han otorgado todos los premios habidos y por haber en nuestra lengua, los más sonoros, los más populares, los más elitistas, todos... Menos el Premio Gordo de la Lengua de Berceo, el Cervantes. Y a Chile, muy habitual en el listado de este premio, le han caído varios, pero se le adelantaron Rojas y Edwards, y Nicanor Parra siempre ahí, con 97 años, sirviendo de portada de la gran literatura chilena que por sus poemas llueve incluso sobre novelistas como Roberto Bolaño, un chileno-mexicano-catalán también muy peculiar.

Que Nicanor Parra no tuviese el Cervantes desde hace años era casi un insulto, porque es uno de esos nombres que están por encima de cualquier discusión, como ocurría en Canarias con José María Millares. Es como si en el cuadro de honor de ese premio faltasen Borges, Onetti, Paz... El Cervantes parece que trata de reivindicarse en los últimos años, pues en el anterior premiaron a Ana María Matute, una longeva escritora que también debía tenerlo desde hace décadas. Pero, como dicen en mi pueblo, nunca es tarde si al final llueve. Y, aunque ya casi oscurecido, ha diluviado con justicia un premio literario para un hombre que es más que un poeta, es la historia viva de Chile.
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(Este trabajo fue publicado en la edición impresa de Canarias7 del 2 de diciembre)


Es un muy mala noticia la del reciente suicidio en Santiago de Chile de Pilar Donoso, hija adoptiva del novelista José Donoso. Pilar publicó el año pasado Correr un tupido velo, un libro en el que habla de su padre, de la relación de este con su madre, con ella y con la vida. Valiéndose de su memoria personal, de las cartas de sus padres y de los diarios de los dos, descubre todas las grandezas y las miserías de una familia y especialmente de un hombre que escribió en una carta a su mujer que envidiaba el amor que tenían dos amigos suyos homosexuales. Ese siempre fue un tema del que no se hablaba pero que a la vez era un secreto a voces, y tal vez el origen de las depresiones del novelista y su bajada al infierno del alcohol, a donde arrastró a su mujer. Una niña que es testigo de esas vidas terribles tal vez no se recupere nunca, y cuando quiso saldar con el pasado con su libro, Pilar Donoso perdió el afecto de su familia, incluyendo a su tres hijos, según cuentan las crónicas. Al final, el libro que escribió para liberarse del pasado le comprometió el futuro. Una lástima.


zgggFoto0174.JPGSiempre se ha dicho -y se ha tolerado- el carácter egocéntrico y a menudo tiránico de los grandes artistas, fueran escritores, pintores o músicos. Hemos sabido de ese carácter en Picasso,Tolstoi, Beethoven... Se dice que eran genios (yo creo que los genios están encerrados en lámparas), por lo que eso que llaman genialidad es talento por arrobas y seguramente concentración de esfuerzos en un solo punto obsesivo y desprecio por la armonía de las personas de alrededor. Francamente, aunque admiro a esos artistas y disfruto de sus obras, no tengo interés personal por ellos, porque otros, tan grandes como ellos, hicieron su obra sin tiranizar a nadie. Si un escritor antepone la literatura a las personas, poco puede enseñar, porque precisamente el arte literario existe para abrir las mentes y ayudar a pensar y soñar. Donoso era un gran escritor, pero se cuenta que estaba obsesionado por el reconocimiento, y esta enfermiza relación con la literatura -y con la vida- se convirtió en un pantano en el que naufragaron él y las dos mujeres que se supone él más quería. Me pregunto si Pilar Donoso llegó a descubrir que ese amor de su padre por ella tal vez fuese otra ficción, otra novela.


aacubierta VIEJAS CARTOGRAFIAS ok.JPGHace un cuarto de siglo fui premiado ex-aequo junto a Luis Junco en un premio de novela, curiosamente la segunda de cada uno de los dos. Desde entonces, Luis ha ido publicando despacio, haciendo una obra muy sólida que se compone de varias novelas y varios libros de relatos, género que ha cultivado profusamente hasta el punto de que es junto a Dolores Campos-Herrero el autor canario de su generación que más cuentos ha publicado. Cuando nos premiaron, Luis andaba por Madrid, y desde alli miraba las estrellas, ya que por algo estudió Astronomía. Ahora vive en Santa Brígida seguramente porque Madrid se le hizo pequeño y las estrellas están más cerca en suelo satauteño. Acaba de publicar una novela, Viejas cartografías de amor, que sigue el hilo de la anterior, y pone un eslabón más a la cadena de una obra que se ha ido construyendo sin prisas pero con un claro destino: ser literatura. Luis Junco avanza sin ruido, tal vez porque ese es su carácter, no sólo como novelista sino como hombre. Una nueva obra suya es siempre una piedra resistente en la pared de carga de la literatura de esta tierra. Saludo su publicación y recomiendo su lectura.

Hace veinte años escribí estos versos, que ni siquiera recuerdo si publiqué en alguna parte. El caso es que al leerlos, en hoja volandera perdidos en medio de un libro, vi que eran más versos de periodista que de poeta. Tampoco recuerdo qué había sucedido que tanto me cabreó, pero siempre hay razones poéticas para indignarse contra quienes prostituyen la literatura. Hoy también. Estos son aquellos versos:

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Ayer la poesía divisaba la aurora,
fue primer corazón que lastima la guerra,
hoy puede ser reloj que detuvo su hora,
vendido en el burdel que al dinero se aferra.

Se reparte la gloria, se cambian los honores,
se premia lo premiado y llueven las medallas,
muere la poesía en batallas de flores,
y la entierran envuelta en toga de canallas.

Quizá el pueblo que paga y tiene sentimientos,
desconfíe de los vates, falsos anacoretas,
pero como no escucha voces de descontento,
cree a los poetas dioses, chamanes o profetas.

Y al poeta sincero le han puesto una mordaza,
que aprietan quienes dicen amar la poesía,
poetas de casino, cada verso una baza,
venden lo más sagrado en vulgar simonía.

El poeta es el grito que libera la tierra,
dijo Agustín Millares, unánime poeta,
pero todo ha cambiado en esta vida perra,
y hoy poeta es el listo que se traza una meta.

El dios de los poetas, el mayor de La Tierra,
tendrá cara de amianto, qué digo cara: ¡jeta!