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Novedades en la categoría Letras


Pedro Lezcano es un nombre de nuestra literatura mil veces repetido, con todo merecimiento porque es un referente literario del siglo XX en Canarias, pero no reconocido en todas sus dimensiones. Tiene una etiqueta, la de poeta -que lo es- y creo que toca ensanchar el campo visual sobre su obra literaria. Pero Lezcano es, en efecto, un gran poeta, pero su creatividad tiene muchas caras, dentro y fuera de la literatura. Una de ellas es el teatro, en el que fue actor, director y motor de un grupo de entusiastas aficionados que se lanzaron en los años cincuenta a hacer teatro con vocación profesional, para llenar el vacío que había en los escenarios isleños.

Ruleta.JPGTambién fue autor. No se prodigó mucho en esta faceta, pero sí que escribió trabajos muy interesantes. Las generaciones más jóvenes pudieron verlo en todo su esplendor cuando interpretaba (que no recitaba) La maleta, pieza que él concibió como un monólogo. En ese momento, Pedro Lezcano era autor, intérprete y director de sí mismo, y quienes lo vieron aunque solo fuese una vez recitar este monólogo no necesitan mirar un vídeo para volver a verlo y escucharlo con ese dominio tan certero que tenía de su voz en un escenario. Ya lo tenemos grabado a fuego.

Por ello es motivo de alegría que el Cabildo de Gran Canaria se haya puesto manos a la obra para mostrarnos ese Pedro Lezcano menos conocido pero no menos importante. En unos meses saldrán sus textos en prosa -gran narrador, por cierto-, y ahora mismo se ha publicado La ruleta del sur, el texto de la obra teatral, acompañado de un trabajo magnífico del profesor Felipe García Landín, gran conocedor de la persona y la obra de Lezcano. Esta edición no podía haber caído en mejores manos, porque García Landín rescata cada matiz, cada momento, y señala una ruta de lectura magistral. La ruleta del sur tiene un planteamiento muy original del amor y el dolor, es teatro arriesgado en todas las acepciones de la palabra, como argumento dramático y por el peligro que suponía en la dictadura escribir sobre temas sociales.


Ruleta1.JPGParece una juego de muñecas rusas criticar la labor del crítico, por eso evito entrar en detalles, pero aconsejo este libro, tanto por la vuelta a las librerías de esta obra escénica de Pedro Lezcano como por el delicado trabajo realizado por el profesor García Landín, que también prepara la próxima edición de la obra narrativa de Lezcano. Y es que debe conocerse de forma general que hay otro gran Pedro Lezcano fuera de sus versos, que no de su poesía, porque él nunca podía separarse de ella ni cuando escribía manuales para aprender a jugar a ajedrez (otra de sus vertientes).


Foto fijadylan.JPGPongo por delante que me encanta Boy Dylan. Hoy le han dado el Premio Nobel de Literatura. Otras veces, a la media hora, había en todos los grandes medios digitales opiniones de críticos, estudiosos, periodistas y escritores. Han pasado más de tres horas y todos se limitan a dar la noticia, poner unas fotos y hacer una encuesta, que en todos los casos no está de acuerdo con el fallo entre el 65 y el 80 por ciento. Nadie se moja, yo solo cavilo y supongo. Y pregunto que si a Dylan, que toca la armónica, le han dado un Nobel de Literatura, ¿cuál será el tamaño del premio que le den a Elton John, que toca el piano? Ah, sí, las letras. ¿Y Georges Brassens, Chabuca Granda, Lluis Llach, Violeta Parra, Jacques Brel, Atahualpa Yupanqui, Georges Moustaki, Consuelo Velázquez, Bruce Springsteen, Joan Manuel Serrat, José Alfredo Jiménez...? ¿Cómo es que ninguno estuvo nunca ni de lejos en las listas de Estocolmo? Está claro, es la armónica.


"Más generoso que el cañón, el tiempo,

y más artista." (Tomás Morales).


El poeta Tomás Morales Castellano nació en Moya el 10 de octubre de 1884. Su voz es uno de los mojones en nuestra poesía, y aunque casi siempre responde al cliché abigarrado del modernismo más sonoro, evocador de sirenas, tritones, dioses marinos y mitos oceánicos diversos, hay otras vertientes del poeta, como la de su compromiso con los aliados en la I Guerra Mundial y contra el horror que cualquier guerra significa, que aunque conservan el eco de su verso alado, tratan asuntos más humanos y terrenales. Prueba de ello es este fragmento de su Elegía a las ciudades bombardeadas.

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(El poeta Tomás Morales (1884-1921) en los pinceles de Nicolás Massieu y Matos).


...


Gravita en torno al espectral paisaje

una inverniza claridad suriente;

bajo la lenta majestad del orto

surge el fracaso.

--


Con las ciudades de la guerra, heridas

en un terrible y militar encono,

torvas siluetas fantasmales trazan

sobre la niebla.
...



Bueno es siempre recordar a uno de nuestros referentes literarios.


Borges 111.JPGNada hay más borgiano que negar a Borges; no su obra, negar al supuesto Jorge Luis Borges Acevedo. Demasiado mítico para ser real. Sí, ya he visto que recientemente Mario Vargas Llosa ha dicho que es el único escritor contemporáneo de nuestra lengua equivalente a los grandes clásicos, y hay por todas partes fotografías en las que el tal Borges aparece junto a García Márquez, Severo Sarduy y muchos más, que se han publicado noticias sobre él en la prensa, que Joaquín Soler Serrano lo entrevistó hace 40 años para TVE, o que hay un amplio epistolario con el ensayista mexicano Alfonso Reyes. Incluso, he hablado con viejos escritores que aseguran haberlo conocido, y hasta hay quien tiene dedicado en la Feria del Libro de Madrid, con el número 333 (el último que firmó aquel día), el poemario Los conjurados (1985), que resultó ser también el último libro que Borges publicó en vida. Pues a pesar de todas estas razones que parecen evidencias, estoy convencido de que Jorge Luis Borges nunca existió.

Aunque el propio Cortázar lo reconoció como el primer editor que dio un texto suyo a la imprenta (el cuento Casa tomada), el propio Borges se encarga de desmontar a Cortázar: "No me atraen esos juegos de la incomodidad, contar un cuento empezando por el medio, etc. Todo eso es una imitación de Faulkner. Y si es incómodo en el mismo Faulkner, que era genial, imagínese". Aunque tampoco es tan raro, porque el Borges que hemos conocido no tenía pelos en la lengua a la hora de llevarse por delante a todo el siglo XIX español ("el movimiento romántico, donde España sirve para inspirar a todo el mundo, menos a los españoles"). Y alguien que pasa a cuchillo literaturas de cualquier tiempo que no sean orientales o inventadas, incluyendo a Goethe y Dostoievski (se salva El Quijote, menos mal), y solo habla con admiración de Virgilio y Bernard Shaw, y con mesura y respeto de Chesterton, Dickens, Poe, Melville y cualquier libro escrito originalmente en lengua inglesa, un hombre así no puede ser real y aplaudido hasta por los españoles. Es decir, no existe.

Dicen ahora que lleva treinta años muerto, y que hay una pretenciosa tumba en Ginebra, con inscripciones en lenguas vikingas, pero en realidad debió ser inventado por el escritor y filósofo argentino Macedonio Fernández, como el Bautista que anunció a Cristo. Dicen los manuales que Fernández tuvo especial ascendencia sobre Borges, Cortázar y Piglia. Nada dicen de las mutuas influencias entre Borges y Roberto Artl como supuestos capitanes de los grupos literarios de Florida y Boedo, en aquel Buenos Aires de los años treinta, con el tango en su apogeo atravesando una década de golpes de estado que casi eran la norma política. Pero a Roberto Artl le dio un letal infarto y en aquel avión que se estampó en Medellín viajaba Gardel. Había, pues, que esperar a Perón leyendo a Borges.

Otro de los hechos que me llevan a negar la existencia de un hombre llamado Borges es que, ya con 35 años, se le trataba como si amontonase Premios Nobel un año tras otro (al final nunca se lo dieron). Es verdad que en ese momento publicó Historia universal de la infamia, pero la mayor parte del Borges que hoy se deifica entonces no se había publicado. Cuando yo era joven, los profesores y los entendidos me recomendaban su lectura casi como más imprescindible que ninguna otra, leer a Borges era como entablar relación con un dios, y para entonces no habían llegado a las librería tres de los libros que más lo consagran como algo único desde que el ser humano dejó de andar a cuatro patas. Me refiero a que entonces no existían los libros de cuentos El informe de Brodie (1970) y El libro de arena (1975), y uno de sus poemarios más celebrados, Historia de la noche (1977). No se beatificó a Kafka antes de La metamorfosis, a Joyce antes de Ulises, ni a Faulkner sin El ruido y la furia. Borges es como si hubiera nacido con el cuño de la santidad literaria, y en su genealogía aparecen todos los prebostes del siglo XIX argentino, sea en la milicia, en la política o en las letras, aunque solo fuera un tatarabuelo considerado el máximo escritor del barrio de Palermo, que es otra nación sentimental. Y siempre, como oposición a la historia, se lamentó de no encontrar entre sus antepasados una sola gota de sangre judía.

Borges 333.JPGTambién dicen que es un híbrido de inglés aclimatado en Argentina y ginebrino educado en una adolescencia suiza. Tampoco; es distinto a todo. Creo que se elevó a sí mismo a los altares en la biblioteca de su padre, en el barrio de Palermo, el más grande y exclusivo de Buenos Aires, que no se codea con la villa-miseria, sino con los barrios escogidos de Recoleta, Almagro, Chacarita y Belgrano, y abierto al Río de la Plata. Recurre en sus textos a la memoria de su típica casa porteña de finales del siglo XIX, usando a menudo el patio y el aljibe como símbolos de una religión borgiana. Buenos Aires es a Argentina lo que Nueva York a Estados Unidos, dos entidades muy diferentes, la Pampa gaucha y el salvaje Oeste frente al refinamiento más que europeo de Manhattan y Palermo, porque ni siquiera todo Buenos Aires es el Buenos Aires de Borges, aunque se le cuela por las rendijas de la burla la ruralidad de los duelos a cuchillo que emparenta en preeminencia testicular las payadas de Fierro y el brío macho arrabalero, que se le adhirió seguramente cuando se puso a escribir letras para tangos y milongas.

No sé si el Borges que nos pintan desconfiaba de las mujeres o les tenía miedo. Estuvo interesado en el amor de muchas, hay un listado enorme de mujeres a las que se acercó, e incluso de las que pareció estar enamorado, pero curiosamente sus amores nunca fueron correspondidos. ¿Qué tenía aquel hombre distinguido, elegante y bien parecido, adorado como un dios literario que no interesaba amorosamente -y menos sexualmente- a las mujeres que galanteó? Esa es otra de las razones por la que creo que Borges es una quimera, alguna de ellas tendría que haberlo amado; pero no, y la que lo puso a los pies de los caballos casi mofándose de sus torpes besos fue la escritora Estela Canto, que dicen que le inspiró El Aleph, uno de sus mejores cuentos, que precisamente está dedicado a ella. Borges le regaló el manuscrito original y ella lo puso en subasta en Londres, por lo que cobró 25.000 dólares, que entonces era mucho dinero. Seguramente, las mujeres que dijeron haber pasado por su vida se apuntaron a una lista para trascender, pegando su nombre al que siempre se supo que era una deidad intangible y eterna. Por ello ninguna historia de amor fructificó. Será por eso que las mujeres son un cero a la izquierda en toda la literatura borgiana, aparecen muy poco en una obra repleta de mandarines de una China imposible, jeques de desiertos imaginados y hombres fracasados que se entregan a la muerte. Se habla de una madre entre amorosa y dominante, como en el caso de Gardel, y nadie sabe mucho más, porque él siempre se refiere a su padre, seguramente porque le legó su biblioteca en inglés.

Y su muy aireada amistad y compadreo con Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares es otro argumento. Tengo para mí que el elegante y sofisticado Bioy Casares y su esposa, la poderosa Silvia Ocampo, tomaron el testigo de Macedonio Fernández para seguir inventando a Borges. Como coartada de esa amistad colaborativa, se publicó, bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq, Seis problemas para don Isidro Parodi, un libro supuestamente escrito a cuatro manos entre Bioy y Borges, ya que por lo visto no cuajó el intento de hacerlo a seis manos, con Silvina Ocampo, un proyecto que nunca se concretó pero del que existen algunas notas firmadas por Borges, que debían ser normas para escribirlo. Son 16 condiciones en las que, entre otras recomendaciones, se aconseja evitar la falsa modestia o la vanidad excesiva, o huir de escritores clásicos del siglo XX muy característicos, que juegan con la realidad, el tiempo y el espacio. Es evidente que él lo incumple todo, y haciendo uso de la vanidad se coloca como clásico junto a Proust, Joyce, Kafka y Faulkner. También eleva a clásico a Bioy Casares, lo que abona la posible intervención de Silvina Ocampo y el propio Bioy.

Definitivamente, Borges no es un hombre, es una religión, aunque haya traducciones suyas muy libres de docenas de escritores, casi reescritas porque ser Borges es pura vanidad aunque se venda por modestia. Cuando leemos sus traducciones de Poe, Kafka, Kipling, Melville, Gide, Swift y otros (escasas mujeres, Virginia Wolf y poco más), estamos leyendo su lectura, porque reforma a su gusto, que para eso es Borges, y solo usa el rigor cuando traduce a sus adorados Virgilio y Bernard Shaw.

Borges 222.JPGSi entendemos que El Pentateuco fue redactado por los escribas hebreos durante el cautiverio de Babilonia, y se lo atribuyeron al Moisés que protagoniza el libro del Éxodo, y que La Odisea puede ser la firma común de muchos autores que confluyen en una historia mítica, que inventa, además, a un autor ciego, Homero, pudiera ser que Borges sea una intervención comunitaria para deificar la literatura, algo entre lo esotérico y lo fantástico, que determina que haya personas que creen haber conocido a Borges, haber hablado con él y hasta compartir autorías, y docenas de mujeres que afirman haberlo rechazado. Pero un hombre como él no pudo ser todo lo que es Borges, es muchas personas, y para convertir la literatura en religión tenía que ser de Argentina, que es el único lugar del mundo en el que se erigen dioses y diosas en el siglo XX, Gardel de la canción, Evita de la política o Maradona del fútbol. ¿Por qué no Borges dios de la literatura? Por eso lo crearon ciego, como a Homero, para que, como supuesta prueba de su existencia, escribiera estos versos: "Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche". Puede que Borges no existiera, pero la obra de Borges es un libro sagrado equivalente al que redactaron los escribas hebreos en el cautiverio de Babilonia.

(*) (Este trabajo fue publicado en el suplemento literario Pleamar de la edición impresa del periódico Canarias7 del domingo día 2 de octubre de 2016).


Luis Juncoo.JPGHay distintas maneras de enfrentarse a la escritura de una novela. La más habitual es la que, siguiendo la expresión gráfica de García Márquez, trata de coger al lector por el cuello y no lo suelta hasta el punto final. En este caso, se trabaja con esmero el comienzo, tratando de sembrar la curiosidad. Hay, sin embargo, otras maneras de acometer una narración. Una de ellas es aquella en la que quien escribe no concede un milímetro a lo fácil, y exige (no solicita) la implicación del lector, anunciándole desde la primera frase que el proceso es cosa de dos, que quien lee debe poner de su parte. Cuando solo se pretende impresionar con arabescos, laberintos y regates gratuitos, el resultado suele ser pobre, porque el lector colabora cuando entiende que la estructura que se le propone responde a una necesidad argumental, y que la novela en cuestión no es un pedante ejercicio de estilo que lleva a ninguna parte. Hay una propuesta que lleva a la reflexión, a la discusión e incluso a la oposición. Escribir así evidencia ante todo valentía y honestidad, y en el caso de las novelas más recientes de Juan Ramón Tramunt y Luis Junco unas propuestas tan posibles que pueden parecer alucinaciones, precisamente por la tendencia natural de la realidad a lo inverosímil. Diría también que en ambos casos se sobrepasa la línea de la ficción y entramos en territorio del Pensamiento con mayúscula. Por valientes, interesantes y provocadoras recomiendo que se sumerjan en ellas quienes quieren saber un poco más, no de los conocimientos aportados por los novelistas, que también, sino de sí mismos.

Y tras este proemio que vale para ambas novelas, paso a comentar la segunda:

Somos nosotros, pero más que nosotros

La división entre las ciencias y las humanidades es relativamente reciente. Solemos llamar renacentista a alguien que juega a muchos palos, pero esta concepción totalizadora proviene del comienzo de los tiempos y se alarga hasta bien entrada la Edad Moderna. La novela Entrelazamientos, de Luis Junco, participa de esa confluencia de disciplinas que son las que finalmente definen nuestra civilización, y seguramente no es baladí que el autor sea un científico de academia, porque en el mundo actual esa frontera entre lo científico y todo lo demás suele ser todavía muy rígida. Y esta novela está escrita desde una perspectiva que seguramente era la de los filósofos clásicos, los grandes padres de la escolástica o las lumbreras de la Ilustración, en cuyos albores ya empezaban a notarse las fisuras entre lo científico y lo irracional, pues es bien conocido que, cuando Newton probó las bases científicas de la descomposición de la luz en el arco iris, el poeta John Keats montó en cólera porque don Isaac había explicado el misterio. A partir de ahí, el divorcio entre la ciencia y lo irracional estaba cantado.

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Entrelazamientos. Luis Junco. Editorial La Discreta. 2016. 393 páginas.

Pero fue la propia ciencia la que, al filo del siglo XX, empezó a poner sobre la mesa argumentos que hacían confluir ambos mundos. La visión totalizadora de un cosmos diverso pero interrelacionado empezó a tomar forma con Planck, Bohr o el mismísimo Einstein, y se remachó con el determinante Principio de incertidumbre de Werner Heisenberg, y luego un rosario de teorías aportadas por Von Braun, Hawking, Higg, que revolucionó la física con su propuesta de partícula elemental, sin olvidar las nuevas aportaciones de la Teoría de cuerdas. Y es en los años 70 cuando lo que llamamos ciencia empieza a enseñorearse de todo, pero ni era buena la desidia unamuniana de la ciencia ni todo lo contrario.

Aunque no lo crean, estoy hablando de literatura, porque, desde el ámbito de ciertos géneros, como el fantástico, la novela del siglo XX ha puesto sobre la mesa conceptos que estaban fuera de la literatura, exceptuando a los románticos, en los que el espacio, el tiempo, el funcionamiento de la materia o los universos paralelos se mezclan con los tradicionales Eros y Thánatos. Puede que esto tenga que ver en su funcionamiento misterioso con el amor y la muerte, que tal vez no sean un enigma sino ecuaciones mal resueltas y que hasta ahora hemos colocado en el territorio de lo mágico e incluso de lo esotérico.

Luis Junco no evita entrar en todos esos territorios, aparentemente dispares e incluso enfrentados, tratando de buscar una explicación a una serie de hechos que no tienen respuesta en los manuales de filosofía, religión u ocultismo, pero tampoco en las matemáticas, la biología o la mecánica cuántica. Y lo hace aunando todas estas miradas en el centro del universo, que desde nuestra perspectiva no puede ser otra que el ser humano, pero no unívoco y tangible como lo conocemos, sino diverso, atemporal y comunicado por fuerzas que aun estamos tratando de establecer. Entrelazamientos es el título de la novela, pero es también un concepto de la física que se maneja desde hace casi un siglo.

Puede resultar extraño que en una misma novela convivan partículas subatómicas, fantasmas clásicos e historias basadas en el dejá vu. Armar esos mundo necesita de un gran pulso narrativo, capacidad que acredita con solvencia Luis Junco, aunque al final tengamos que concurrir en preguntas que nos llevan a otras preguntas, pero después de leer Entrelazamientos muchas nociones que hasta ahora creíamos fruto de la ignorancia tal vez tangamos que repensarlas porque pueden ser el resultado del conocimiento. O no. Habrá que ver.

***

(La reseña de Anturios en el salón de Juan R. Tramunt se publicó en el post anterior).


JR tramunth.JPGHay distintas maneras de enfrentarse a la escritura de una novela. La más habitual es la que, siguiendo la expresión gráfica de García Márquez, trata de coger al lector por el cuello y no lo suelta hasta el punto final. En este caso, se trabaja con esmero el comienzo, tratando de sembrar la curiosidad. Hay, sin embargo, otras maneras de acometer una narración. Una de ellas es aquella en la que quien escribe no concede un milímetro a lo fácil, y exige (no solicita) la implicación del lector, anunciándole desde la primera frase que el proceso es cosa de dos, que quien lee debe poner de su parte. Cuando solo se pretende impresionar con arabescos, laberintos y regates gratuitos, el resultado suele ser pobre, porque el lector colabora cuando entiende que la estructura que se le propone responde a una necesidad argumental, y que la novela en cuestión no es un pedante ejercicio de estilo que lleva a ninguna parte. Hay una propuesta que lleva a la reflexión, a la discusión e incluso a la oposición. Escribir así evidencia ante todo valentía y honestidad, y en el caso de las novelas más recientes de Juan Ramón Tramunt y Luis Junco unas propuestas tan posibles que pueden parecer alucinaciones, precisamente por la tendencia natural de la realidad a lo inverosímil. Diría también que en ambos casos se sobrepasa la línea de la ficción y entramos en el territorio del Pensamiento con mayúscula. Por valientes, interesantes y provocadoras, recomiendo que se sumerjan en ellas quienes quieran saber un poco más, no de los conocimientos aportados por los novelistas, que también, sino de sí mismos.

Y tras este proemio que vale para ambas novelas, paso a comentar la primera:

Un apocalipsis posible

Por la cuenta que nos trae, espero que el posible futuro que plantea Anturios en el salón, la última novela de JR Tramunt, sea simplemente una hipótesis que nunca llegue a convertirse en realidad. Sin embargo, la fragilidad de nuestro territorio insular es algo que casi nunca valoramos, de otra manera no se cometerían los desmanes contra la supervivencia del propio territorio, que son claros atentados, además, contra la vida humana, una especie de terrorismo con sordina que se oculta bajo la manta de los beneficios inmobiliarios e industriales de unos pocos.

Lo que plantea el autor es la despoblación absoluta de la isla de Gran Canaria en un futuro no muy lejano, después de los estragos que ha perpetrado la radiactividad galopante producida por un accidente en una central nuclear en el vecino sur de Marruecos. Un hombre se arriesga, engaña a los controles militares y nos va mostrando las consecuencias de la catástrofe, los cambios producidos y la desolación en una isla en la que antes todo fue vida y frenética actividad humana. La formación psicológica del autor no es elemento menor en la construcción del relato, pues nos va enfrentando a realidades posibles que nunca tenemos en cuenta. Basta imaginar ahora mismo que se corten las rutas comerciales con el exterior, y habría que pensar cómo podrían sobrevivir los más de dos millones de personas que habitan las islas en un territorio en el que la mayor parte de lo necesario -alimentación incluida- llega de fuera. Incluso no nos planteamos qué pasaría con el suministro de agua y electricidad si ocurriera algo en las grandes plantas potabilizadoras y generadoras de energía eléctrica, o simplemente si hubiera escasez del petróleo que las hace funcionar.

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Anturios en el salón. Juan R. Tramunt. Editorial Baile del Sol. 2016. 240 páginas.

Si nuestra clase dirigente no conoce nuestra fragilidad, estamos en manos de irresponsables. Si es consciente de ella y sigue cimentando nuestro futuro en los combustibles fósiles, tendríamos que usar otro adjetivo mucho más fuerte. No es lugar para entrar en el desprecio de las energías renovables, que reducirían nuestra dependencia del exterior, pero sí que recomendaría a los responsables políticos la lectura de Anturios en el salón, porque verán con una claridad meridiana que en estos momentos la mayor parte de las políticas que se aplican son suicidas. Y para llegar a ese convencimiento, la mano diestra de JR Tramunt hace que vivamos esa situación indeseada pero posible. Durante décadas se pensó que Huxley, Orwell o Bradbury eran unos visionarios imaginativos, y ahora vemos que eran simplemente escritores realistas que narraban el futuro. Aprendamos la lección y ojalá Anturios en el salón solo sea el fruto de imaginación de un novelista, pero será dramática realidad si no se cambia el rumbo, y por desgracia, de momento no veo señales de que eso vaya a suceder.

Etiquetar a JR Tramunt no es fácil. Escribe novela, cuento, poesía y teatro, y no suele ceñirse a una línea concreta, pues de su pluma hemos leído novela negra con tintes políticos, novela psicológica e incluso puede apuntarse ser uno de los pioneros del género erótico en Canarias con su novela La hembra del centauro. Anturios en el salón pudiera pasar por una novela fantástica con trama apocalíptica, pero finalmente ninguna de sus novelas es lo que parece, porque usa los géneros en función de la historia que quiere contar. Dejémoslo en escritor.

***

(La reseña de Entrelazamientos de Luis Junco se publicará en el próximo post).


Sabíamos hace quinquenios de la informatización de enciclopedias, de la visualización por magnetoscopio de Las Soledades de Góngora y de la grabación en desfasado microsurco de vinilo de los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de un tal Neruda. Después se vendieron como novedad los libro-cassettes de El Principito en la voz de Adolfo Marsillach o El maestro de esgrima leído por José Sacristán, algo que ya hizo la Disney para que los niños aprendiesen las machadas de Periquito Tragapepes (va sin segundas) y las niñas esperasen un príncipe azul, bajo laIMG_3361hg.JPG supina ignorancia de que los matrimonios morganáticos cuestan siempre una corona ( por lo menos era así en la época del cuento).

Surgen velozmente algunas preguntas: ¿Literatura y libros son sinónimos? ¿Son libros esos artilugios que debieran ser presentados en ferias audiovisuales? Y lo pregunto, no vaya a ser que el libro le haga la competencia al libro. Ya estamos hablando de Internet y del libro digital, otro avance tecnológico que las asociaciones que se dedican a gestionar derechos de autor no saben cómo manejar. Se puede dar la paradoja de que en tiempos informáticos se vendan más libros de papel que antes. Pensábamos hace veinte años que los ordenadores suprimirían gran parte del uso del papel, pero vemos que con las impresoras se gasta más que antes con las máquinas de escribir. El caso es que sigue habiendo libros en este bosque de artilugios digitalizados, aunque es posible que esto vaya cediendo a medida que desaparezcan las generaciones que no conocían otra forma de leer que en libro tradicional y encuadernado.

Y entran en la definición de libro las memorias de la exnovia de un torero, la indagación periodística, truculenta y oportunista de un asunto político o criminal que ha sonado mucho en los medios, o las recetas culinarias de un cocinero televisivo (no hace falta que sea cocinero, con lo de televisivo va bien). Y como el público al que van dirigidos estos atentados forestales no suele estar muy puesto en nuevas tecnologías, a lo mejor viene a resultar que, hasta que no se asiente el tiempo nuevo, cuando tratamos de libros digitales hablamos casi siempre de literatura, ya que los de papel que más circulan son, de momento, extensiones de la televisión. O no.


rubenbf.JPGEl ensayo en Canarias es un género poco transitado, y si hablamos de ensayo filosófico es prácticamente un páramo. Dicen quienes saben de esto que los géneros de expresión y pensamiento surgen según van adquiriendo las sociedades grados ascendentes de madurez. Así, precisamente porque la poesía es la fuente de cualquier forma expresiva a través del lenguaje, es la primera en aparecer, y justo en ese momento, además de sus elemento genuinos, se hace cargo de la narrativa, el teatro y el pensamiento. En las sociedades nuevas, la poesía lo abarca todo y eso lo vemos en Canarias claramente, con los poemas narrativos de la época fundacional, con los diálogos pseudoteatrales propios del Barroco y en el siglo XVIII, y así hasta que surgen las primeras piezas teatrales y la narrativa va ocupando su lugar en distintas etapas, al tiempo que van desapareciendo de la poesía, aunque el trasvase entre géneros siempre está ahí, pero cada cual sabe qué cartas juega y cómo. Cuando, hace ahora un siglo, la poesía canaria se desembarazó definitivamente de los demás géneros literarios, dio un salto gigantesco.

¿Y qué fue del ensayo? Pues a partir de las fuentes de Elías Serra Rafols y Ángel Valbuena Prat florecieron con fortuna diversa el ensayo histórico y el literario; el caso es que sentaron sus reales, pero la filosofía siguió bajo la tutela de la poesía para no quedar desamparada y prueba de ello son algunos de los mejores poemas de Pino Ojeda o Luis Feria. Así que, hasta las puertas del siglo XXI, poco pensamiento hay fuera de la poesía, la narrativa o el teatro, que de alguna forma han echado una mano a la poesía para escarbar en las inquietudes esenciales del ser humano. A vuelapluma puedo recordar textos muy interesantes de Julio Montesdeoca o de Juan Ezequiel Morales, y otros que seguramente se me escapan por la escasa repercusión que tienen los libros en Canarias, y menos aún si hablamos de ensayo filosófico.

rubenbf-1.JPGEn esto llegó el joven Rubén Benítez Florido, que ahonda en las dudas humanas siempre a partir de la lectura de un libro generalmente conocido, aunque a veces se interna por otros vericuetos. Es una nueva manera de enfocarlo, leer a Onetti, a Borges o a Cortázar desde la filosofía, sin hacer crítica literaria; también a Wittgenstein, y trabaja la vertiente no narrativa de Antonio Muñoz Molina como pocos. Y eso lo hace Rubén con una naturalidad envidiable, que surge de una escena, una frase o la idea general de un libro y llega a nuevos puertos, los suyos, subido a argumentos que solo usa como apoyos para plantear otros nuevos. Benítez Florido escribe en la red, tiene un blog principal que titula Palos de ciego, pero también lo hace en otros espacios, sean digitales o de papel.

De todo esto han surgido varios libros, el último de los cuales, Solo lo escrito perdura, es descrito por el propio autor como pequeños ensayos de filosofía mundana. Son pequeños en cuanto al tamaño, capsulares podría decirse, pero establecen una nueva forma de llegar a la esencia de las cosas, a las grandes dudas de siempre y a las respuestas opcionales y revisables que suele dar la filosofía, porque cuando nació la escritura -cualquier forma de escritura- el ser humano quiso levantar acta de sus ideas, que seguramente lo rondaron desde que empezó a andar erecto pero no tenía modo de perpetuarlas. Es importante lo que hace Rubén Benítez Florido, porque es una señal de que la poesía puede ir quitándose serventías, ya el ensayo filosófico empieza a volar, y podemos hacernos preguntas más importantes que si las hachas de sílex tenían uno o dos filos.


trendelanterr.JPGEn este blog suelo suelo hablar de algunos libros nuevos, y esta vez pecaré porque voy a anunciar mi novela más reciente, que ha salido en edición digital de la mano de ATTK Editores que con tan buen pulso dirige Guadalupe Martín Santana. No niego una cierta dosis de vanidad al dar noticia de una novela propia, pero también debo ser justo con el gran trabajo que hace ATTK Editores, con personas como Teresa Iturriaga y Santiago Gil, que han puesto su trabajo y su mimo en este proyecto, y sin duda con Augusto Vives, el autor de la portada, un artista con una sensibilidad especial que transforma en imágenes los conceptos literarios. Ya está aquí por lo tanto mi novela El tren delantero, que parece ser que toma elementos de diversos géneros: negro, fantástico y especialmente el erótico, aunque supongo que finalmente todas las novelas deben ser literarias y espero que esta lo sea. Así que, ya está dicho, y anuncio también que en otoño será publicada en papel por Editorial Mercurio.


Para bajarse la novela desde Amazon:

https://www.amazon.es/TREN-DELANTERO-EMILIO-GONZ%C3%81LEZ-D%C3%89NIZ-ebook/dp/B01IAQMNU0/ref=sr_1_1?s=digital-text&ie=UTF8&qid=1469350933&sr=1-1


Hoy, fecha de nacimiento de Neruda, también es el santo de Galdós, San Benito, pero nadie se acuerda, porque es un nombre que se pierde hacia la sonoridad de los apellidos, como le ocurre, por ejemplo, a Bioy Casares, al que tomo como ejemplo de lo que digo. Se llamaba Adolfo, un nombre corriente pero poco usado, que siempre desaparece bajo el peso de un apellido resonante. Wilde era Oscar, un nombre que ahora es premio de cine, Borges era Jorge Luis, nombre de culebrón en antístesis a su obra, que se dice siempre completo aunque en la mayoría de los escrito sólo ponen J.L.; Bioy era Bioy, como mucho Bioy Casares, casi nunca Adolfo, porque Adolfo se pierde ante un Suárez, un Hitler, o entre un Gustavo y un Bécquer. Llamarse Adolfo es como tener un nombre transparente, y el nombre es importante, imprime carácter, ya decía Wilde que es muy importante llamarse Ernesto; sí, sí, Ernesto, Oscar o Jorge Luis, y por la misma razón llamarse Adolfo necesita un doble esfuerzo.

galdos neruda.JPGSi Bioy Casares no se hubiera llamado Adolfo, sería un rostro popular, un nombre en boca de todos, un escritor de televisión aunque pocos lo hubieran leído. Todo el mundo conoce a grandes plumas que se llaman Rómulo, Alfonsina, Camilo, Rosalía, Gabo, Gabriela, Cesare..., pero es que llamarse Adolfo es como ser María, Juan, Antonio, Carmen, Miguel... (curiosamente Federico remite inmediatamente a Lorca, aunque yo conozco a otro gran poeta que también se llama Federico J. Silva). Pero con el impávido lord argentino es como si dijeran: ese es Don... Bioy Casares. Adolfo no es que no valga, que vale, y no carece de personalidad, que la tiene. Como en Galdós, el primer apellido se convierte en nombre y el nombre real desaparece. De eso sé mucho, porque en la mayor parte de lugares donde se me cita suele sonar un González Déniz, y mi nombre de pila se esfuma. Seguramente, si el argentino que nos ocupa acabó siendo Bioy, yo acabaré llamándome González, que es menos inglés y tan corriente que a los presidentes españoles se les conoce por el primer apellido (Rajoy, Aznar, Suárez) o por el segundo (Zapatero), y al único que se apellida González lo llaman Felipe. Es un juego contradictorio en el que me veo envuelto junto a Bioy Casares y Felipe González, como disparate para preguntarse hasta dónde puede llevarnos la escritura en un día de San Benito, aniversario de Pablo Neruda.

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