-Por fin los del Gobierno han hecho esa reforma laboral que tanto predicaban, don Virgilio. ¿Qué le parece a usted, que es tan entendido en esas cosas?
-Que buena no es para los pobres, doña Asunción.
-¿Ya ha leído todo lo que acordaron?
-No, todavía no.
-Pero, hombre, si no sabe las cosas de primera mano no puede opinar.
-Oí por la radio algo que dijo uno de la patronal, y deduzco que con esto pasa lo mismo que con lo de las uvas en la novela El Lazarillo de Tormes.
-¿Y qué tiene que ver esa novela con la reforma laboral?
-Pues que, en un pasaje del libro, un ciego y un muchacho, que es su lazarillo, comen uvas de un mismo racimo, y al terminar el ciego le dice al chico que éste ha estado cogiendo las uvas de tres en tres. Extrañado, el lazarillo le preguntó cómo, siendo ciego, se había percatado de su trampa. Y el ciego dijo: "porque yo las cogía de dos en dos y tú nada decías".
-Sigo sin entender, don Virgilio.
-Pues verá, doña Asunción: si a los empresarios les ha parecido bien la reforma laboral, yo, como el ciego, no necesito ver más para saber que debe ser mala para los trabajadores.
-¿Y eso lo adivina usted solo porque leyó esa novela?
-Es que, Señora Mía, leer libros enseña a pensar.
-Oiga, don Virgilio; y para saber si mi marido me engaña con alguna pelandusca, ¿qué libro tengo que leer?

Las carreras de caballos del hipódromo de Ascot son un evento de la alta sociedad británica en el que el que no está no existe. Es tan determinante que la prueba de fuego que el profesor Higgins propone a la florista Eliza en la obra de teatro Pigmalión (luego hecha película en My Fair Lady con una Audrey Hepburn extraordinaria) es presentarla en tal evento para deslumbrar a lores y ladys de la Inglaterra posvictoriana. La gracia es que ahora, después de trescientos años de existencia, los organizadores dictan nuevas normas de vestimenta, y la más curiosa es que, como el acto es matinal, las damas deben llevar ropa y sombreros adecuados, porque por lo visto en los últimos años se vestían casi como para una fiesta nocturna, y muchos de los sombreros se habían transformado en tocados muy leves. Esas nuevas normas están siendo motivo de polémica en los medios ingleses, ocupando muchas horas y gastando mucha tinta. Los británicos son incorregibles con lo de las formas, y si bien está que haya buena educación, llevan el asunto demasiado lejos, porque una seña de buenos modales es la discreción, que en Ascot brilla por su ausencia, porque los sombreros de las damas (la reina ha hecho historia allí con sus sombreros) son indescriptibles. Esto da idea de que en Inglaterra sigue perviviendo lo más rancio de la época en que el Imperio Británico era el centro del mundo. La verdad que leer estas tonterías en los tiempos que corren mueve a la risa, pero si lo miras con atención te das cuenta de que esa clase poderosa de antaño quiere más que nunca marcar las diferencias. Las clases medias le dan urticaria y están haciendo todo lo posible para liquidarlas.
En fin, que un secreto es muy difícil de guardar desde que lo conoce más de una persona. Y si el asunto lleva tanto tiempo, alguien tendría que haberse ido de la lengua, y entonces, además de los participantes en alguna de las secuencias, lo sabría mucha más gente. Pero nada, pasan años y ni un solo rumor, algo que indicara lo que ocurría. De repente, se levanta la liebre y empiezan a salir conejos de todas las madrigueras: facturas falsas, minutas estratosféricas, empresas interpuestas... Un rosario de cosas que hacen proyectar una imagen casi caricaturesca del yerno del Rey. Alguien que ha hecho tanto y siempre con tan mala fe no es un duque, es don Vito Corleone. Y esa saña que se ve alentada en todos los foros casi siempre por los mismos hace que uno se pare a pensar si todo eso es posible, porque, de ser cierto todo lo que se dice, el señor Urdangarín se habría pasado todos los días y muchas larguísimas noches dando instrucciones, reuniéndose con su "consigliere" y realizando otras tareas propias de un capomafia.