La gente se muere; por lo visto es normal, aunque recuerdo a un campesino que cuando se enteraba de que alguien había muerto solía decir: "¡qué raro, pero si no tenía costumbre de morirse! La vida es una carrera de relevos, pero uno está acostumbrado a que se hagan cada 100 metros y de uno en uno, pero últimamente esto va muy rápido. Es como si un ente superior hubiese dado la orden de que hay que liquidar lo que queda de una época en la que, dicen, la gente todavía tenía esperanzas y creía en el futuro. Pero ahora, encima de que nos roban el futuro, nos liquidan el pasado, y como el presente va muy justito uno ya no sabe qué pensar. Casi a la vez nos han llegado las noticias del fallecimiento de Margaret Thatcher y de Sara Montiel. La política británica fue, junto con Reagan y Juan Pablo II, una de las banderas del neoconservadurismo que nos ha llevado a la actual situación. Los que vinieron después simplemente bailaron su música, fueran Clinton, Aznar, Blair, Merkel, Zapatero o Bush. En cuanto a Sara Montiel, su esquela viene a unirse a la catarata de fallecimientos en el cine español durante los últimos meses: Tony Leblanc, JL Galiardo, Fernando Guillén, María Asquerino, Sancho Gracia, Pepe Sancho, y en la última semana Mariví Bilbao, Jesús Franco y Bigas Luna. Lo de Sara Montiel sí que cierra toda una época, porque aunque nunca fui fan suyo -para gustos se hicieron colores-, siempre fue una especie de mito artificial (mito al fin y al cabo), y, francamente siento mucho su muerte. A ver si esa máquina exterminadora que han puesto a funcionar para de una vez. Descansa en Paz, Sara.
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Siempre fui un entusiasta de Casablanca, y creo que es una extraordinaria película, pero me niego a esas etiquetas de "mejor" película de la historia, que otras veces le cuelgan a Ciudadano Kane y útimamente están emperrados en que sea El Padrino. Está claro que las tres son magníficas, pero revisaba no hace mucho Lawrence de Arabia y me siguió fascinando más si cabe que cuando la ví por primera vez. Hay muchísimas películas muy buenas, y luego vienen los géneros, porque Casablanca no puede compararse con Blade Runner o Johnny Guitar, porque son magnitudes diferentes. Y centrándonos en Casablanca, hay que decir que no se convirtió en mítica hasta treinta años después de su estreno, cuando en 1972 Woody Allen protagonizó Sueños de seductor (*), donde tomaba al Bogart de Casablanca como modelo paródico. Es de esa película de donde sale la idea de que en Casablanca se dice la famosa frase "Tócala otra vez, Sam", que nunca se pronuncia sino en la memoria humorística de Allen. De alguna forma, Woody Allen tiene mucho que ver con la mitificación de Casablanca, si bien siempre fue una película muy valorada, pero no mítica desde el principio con por ejemplo Lo que el viento se llevó o 2001, una odisea del espacio. En cualquier caso, ya que durante tanto tiempo he dado la tabarra con Casablanca, justo es que la recuerde en su setenta cumpleaños.
(*) Como bien me ha señalado un lector, esta película no fue dirigida por Allen, aunque sí que es la adaptación de una obra de teatro suya.
Señora Kristel: lamento sinceramente su partida, porque es usted el paradigma de varios mitos que acaban destruyendo a celebridades del cine, especialmente a mujeres. En primer lugar, es usted un ejemplo más de la actriz que hizo muchas películas, pero que es y será recordada por una sola, Emmanuelle; es más, en su caso casi por dos escenas. Eso no es tan raro y le ha ocurrido a grandes estrellas: a Rita Hayworth con Gilda, con las escenas del guante y la bofetada, a Vivian Legth, que siempre se nos aparece como Scarlette O'Hara poniendo a Dios por testigo, a Claudia Cardinale entrando en el baile de El Gatopardo. Siempre hay una escena que marca a determinadas figuras porque se convierten en iconos del cine (Brando acariciando el gato en El Padrino, Bogart y Claude Rains perdiendose en la niebla del aeropuerto de Casablanca, Greta Garbo tumbada en el diván de La Dama de las Camelias, Marilyn volando sobre su falda sobre el respiradero del metro...) pero las hay, como usted, que aunque se las recuerda también por otros trabajos, son una sola película (Linda Blair en El exorcista, Sue Lyon en Lolita, María Schneider en El último tango en París). El mercado la encasilló, y reconozca que usted se prestó a ello, pues hizo luego muchas secuelas de Emmanuelle para el cine y la televisión. Nadie es perfecto, pero le digo que de alguna forma usted contribuyó a cambiar la manera de pensar de nuestra sociedad, como hiciera años antes Brigitte Bardot con Y Dios creó a la mujer. No fueron grandes películas, ni siquiera razonablemente buenas, pero ayudaron a abrir muchas mentes, cosa que algunas obras maestras no logran. Fue usted rehén de su propia historia, y también podría ser una muestra más del mito de la bella infeliz, aunque dicen que en sus últimos años consiguió algo parecido a la felicidad. Sepa usted que, al menos yo, entiendo que su trabajo no fue en vano. Vaya en paz, señora.
Es tan procaz e hipócrita el modo en que tratan de explicarnos el gran timo de esta supuesta democracia, que ya no sé por dónde empezar. Hablaré de otra cosa y seguramente pagarán justos por pecadores. Por eso voy a hablar de un asunto banal: Sara Montiel. Y lo hago porque hace unos días, en una larga entrevista, la superdiva que fuma puros (todo muy femenino) se ufababa de ser la primera española en conquistar Hollywood. Como he dicho muchas veces, el arte es cuestión de gustos, y desde luego Sara Montiel no forma parte de mi imaginario de artistas favoritas. Y digo artistas porque es más ambiguo; si trato de imaginarla como actriz me chirría esa cara inexpresiva que nada transmitía, y si la rememoro como cantante me zumban los oídos. De Lola Flores dijo el New York Times cuando actuó por primera vez en Nueva York: "No sabe cantar, no sabe bailar, no sabe actuar, pero no se la pierdan, es genial". Es decir, Lola Flores tenía ese algo mágico que transmitía, justamente de lo que, con los mismos aperos técnicos, carecía Sara Montiel. Era guapa, eso es innegable y tenía un cuerpazo que hacía temblar las rodillas a los hombres, fueran Gary Cooper, un altísimo poeta como León Felipe o un Premio Nobel como Severo Ochoa. Pero eso no es arte, es biología. Aun así, pudo ser una estrella, porque para ello no es condición indispensable ser una gran actriz; ha habido estrellas rutilantes que no fueron buenas actrices (Kim Novak), y por el contrario grandes actrices que nunca gozaron del status de estrella (Ronda Fleming). Pero Sara Montiel no fue ni una cosa ni la otra, aunque es cierto que en los años cincuenta, después del éxito de El último cuplé, la recibían multitudes, pero no en Hollywood precisamente, como ocurría con Sofía Loren. Y esa película tenida por mítica es una cinta razonablemente bien rodada con escasos recursos, gracias al talento del director, Juan de Orduña. Y en ella se salva casi todo, menos las protagonista. Y es verdad que cantó (bueno, entonó) las canciones en la película, pero mucho no debía confiar la discográfica en sus valores musicales cuando no se hizo un disco hasta muchos años después, y sí que otras cantantes grabaron aquellas canciones y vendieron muy bien, como hizo Mary Sánchez en Colombia acompañada al piano por el Maestro Sansón. De manera que ese supuesto mito de la Montiel no es que sea inexplicable, es que en realidad no hay nada que mitificar. Y en cuanto a que fue la primera hispana en triunfar en Hollywood habría mucho que decir, porque muchas llegaron antes que ella a hacer papeles secundarios (Katy Jurado, Dolores del Río, María Félix, Libertad Lamarque). Conquistar Hollywod es algo que pocas extranjeras han logrado a lo grande, y hacerlo es ser Greta Garbo, Marlenne Dietricht, Hedy Lamarr, Jean Simmons, Sofía Loren... Ni siquiera actrices tan grandiosas como Caterine Deneuve o Claudia Cardinale puden presumir de haber conquistado Hollywood. De ascendencia hispana sí que fue una estrella Rita Hayworth. Pero antes, durante todos los años cuarenta, la hispana que sí era un número uno fue María Montez, dominicana de padre canario y educada en un colegio religioso de Canarias. Es decir, una canaria (ya puestos a forzar el asunto) llegó a Hollywood y a lo grande mucho antes que ella, que hizo de secundaria en Veracruz quince años después (¿esa es su Casabanca de Ingrid Bergman, su Desayuno en Tiffany's de Audrey Hepburn? Y si hablamos de una española en Hollywood tenemos que hablar de Conchita Montenegro, que triunfó a lo grande en los años 20 y 30, aunque nadie lo recuerde porque ella se retiró en los años cuarenta y nunca más concedió una entrevista ni aceptó medallas u homenajes (murió en 2007 a los 95 años). Así que, Sara Montiel puede decir misa, pero los datos están ahí, y lo que no entiendo es por qué ese empeño en repetirnos que es un mito. Hasta Elsa Pataki ha llegado al mismo lugar que ella: a ninguna parte, pero en inglés.
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(Ninguna de las dos fue una gran actriz, pero haría falta estar ciego para no reconocer que ambas eran bellísimas, solo que una fue una estrella de la segunda época dorada de Hollywood y la otra no).
La literatura ha sido durante décadas fuente de alimentación del cine, y algunos autores y autoras ni siquiera soñaron en que sus historias se verían reflejadas en la linterna mágica, sencillamente porque cuando escribían el invento del cine estaba en pañales y no pasaba de ser una atracción de barraca de feria, o bien porque ni siquiera se vislumbraba en el horizonte. Ocurre con Henry James, y sobre todo y más curiosamente con Jane Austen, novelistas que han llenado horas y horas de cine. En el caso de la autora británica que vivió escasos cuarenta años a caballo entre los siglos XVIII y XIX, lo suyo eran las historias que reflejaban la burguesía inglesa medio-alta, con una adoración por la aristocracia sólo comparable a la que el Gran Gastby sentiría por el mundo de los ricos más de un siglo después. Leídas una a una, las obras de Austen son muy detallistas, descriptivas y analistas de detalles que para otros autores parecerían insignificantes.
Curiosamente, este tipo de historias, a priori tan poco cinematográficas, se han convertido en una receta de éxito casi seguro, como lo demuestran taquillazos del calibre de Sentido y sensibilidad y, la última, Orgullo y prejuicio. Hay otro tipo de novelas, más contemporáneas, que ya fueron tocadas por el cine cuando se escribían, porque en el siglo XX el cine y la novela se han influido mutuamente, y eso se nota en el modo de narrar de la mayoría de los prosistas. De estas últimas hay centenares, miles, por lo que entrar en ellas requeriría un espacio enorme.
Por su parte, hay otra fuente de alimentación del cine, sobre todo en las últimas décadas, que es el cómic. Este género, en el que se aúnan las viñetas y los bocadillos llenos de letras, se hace masivo a partir de los grandes personajes nacidos en la industria editorial norteamericana de los años treinta y cuarenta, con el añadido de algunas genialidades europeas del tamaño de Tin-tin o Astérix. Así, hemos tenido sagas tremendas que han hecho historia en varias generaciones, desde Superman al Hombre Araña, pasando por X-Men y el grandioso Batman, Flash Gordon y las series pseudohistóricas del cariz de El Principe Valiente. Este tipo de lenguaje pasó al cine al adaptar historias de estos personajes de cómics, y de alguna manera ha impregnado un nuevo estilo de filmar, puesto que esta manera de hacerlo ha influido también en películas que no procedían del cómics.
Los españoles somos pobres hasta para eso. El género se ha tenido que conformar con personajes humorísticos del estilo de Mortadelo y Filemón o Pepe Gotera, que salían en los tebeos de antaño, y que algunos han entrado en el cine. La dictadura también dejó su huella al crearse un personaje que es sin duda el trasunto de un caballero cruzado, el Capitán Trueno, cuyo grito de guerra era nada menos que ¡Santiago y cierra España! Se ha llevado al cine, pero de aquella manera, y mejor no hablar de Roberto Alcázar y Pedrín. Después de la dictadura surgieron otros con una intención más ideologizada, como la serie Paracuellos, de Carlos Giménez. En eso España ha sido gris, y menos mal que en los ochenta surgieron nuevas publicaciones que llevaron al cómic español por el campo de la fantasía. Ahora lo que está de moda es el Anime japonés, que proviene del manga (cómic), la mayor parte de ellos con personajes que repiten hasta la saciedad la cara, los ojos y la boca de Heidi y Pedro. Pero en Japón y en el mundo gusta.
Que personajes de cómic pasen a los dibujos animados es casi natural, y de eso tenemos muchos ejemplos, quizá el más pionero fuese Popeye, pero lo que es innegable es la gran influencia que este género ha tenido en el cine con imagen real. Las adaptaciones no suelen ser calcadas, y por ello el mundo del cómic sigue siendo muy atractivo para sus seguidores, porque no es lo mismo el Clark Kent de la gran pantalla que el Supermán de los papeles, y sobre todo cambian las relaciones del personaje central con los de su entorno.
De todo esto se deduce que el cine es una gran batidora que se ha ido alimentando de todos los géneros literarios y artísticos, pero hay que decir que también ha sido generoso, porque ni la novela, ni el cómic, ni siquiera el teatro han vuelto a ser los mismos que antes que una imagen en movimiento fuese vista por millones de personas. A cuenta del cine nos hemos ido creando una iconografía de casi todo. Probablemente Napoleón, Julio César o Van Gogh se parecen más en nuestra memoria a sus imágenes cinematográficas que a las reales transmitidas por cuadros o esculturas. Juana de Arco es un híbrido entre Ingrid Bergman y Jean Seberg, y el Coronel Lawrence tendrá siempre la cara de Peter O'Toole, aun cuando haya fotografías suyas.
Como la estulticia parece haberse apoderado de todos los que tienen algo de responsabilidad política en este país, me agota volver sobre lo mismo, porque para mí está claro: están locos. Todos. Por eso prefiero hablar de cine, aunque tampoco es de cine, pero viene al caso porque ayer vi Midnight in Paris , la penúltima de Woody Allen. De vez en cuando me apetece ver algo con cierta solidez en el salón de mi casa, y por eso me doy una vuelta por el videoclub, porque echarse en brazo de la televisión de este país a pelo es entregarse a la grosería y el mal gusto. No dudo de que haya talento, pero deben estar guardándolo para más adelante. Así que pinché el reproductor y me encontré con una película que en su impecable trayecto es previsible y hasta tópica, pero es que ya me conformo con que no me den patadas en la retina o en los tímpanos. Al final de la película te das cuenta de que en realidad no es tan previsible, y en ese recorrido va más allá de lo que parece. Y todo eso de forma divertida e imaginativa. Y me hizo pensar, porque siempre estamos comentando la época dorada de los años veinte en París, en Madrid, en Canarias, con personajes tan literarios como Hemigway, Valle-Inclán, Tomás Morales o Alonso Quesada. Y es que magnificamos el pasado, porque en su momento nadie pensaba que ochenta años después serían como estatuas en el tiempo. Los mitos literarios de nuestro tiempo están a nuestro alcance, los vemos por la calle, hablamos y tomamos café con ellos, pero solo el tiempo los convertirá en especiales. La realidad inmediata tiene poco glamour. Vean si no la foto que acompaña este post. Si solo vemos que es un muchacho fotografiado en 1903, no tiene más interés que la fecha, hace más de un siglo. Si por el contrario les digo que el chico de la foto es el poeta Tomás Morales con 19 años, la cosa cambia. De eso va la película de Allen, y ya puestos, la recomiendo.
Como hoy entra el verano y el mundo se mueve como el molinillo de una batidora, voy a hablar de un tema instranscendente; cine y series de televisión. Siempre he sido un enamorado de la imagen en movimiento, me encanta el cine (el bueno me hipnotiza) y cada día veo más series de televisión, en las que últimamente hay mucha calidad. Y claro, como gran parte de ese material proviene de la industria audiovisual americana, uno supone que en cierta medida son un reflejo de aquella sociedad, aunque no estoy muy seguro, porque las productoras se rigen por normas y costumbres que (casi) nadie se salta (recuerden el código Hays). Es frecuente ver que un ciudadano medio vive en un chalet de dos plantas, jardín y garaje, con lo que se da una imagen de bienestar que se rompe cuando ves una película de Spike Lee. Otra cosa que me llama la atención son las edades. Los abuelos de los niños en edad escolar suelen ser muy ancianos, octogenarios; por el contrario, la mayor parte de los chicos y chicas de no más de treinta años suelen hablar de sus padres en pasado, con lo que ponen la esperanza de vida de sus progenitores no mucho más allá de los cincuenta años. El o la protagonista de muchas series tuvo un padre de su misma profesión que murió en acto de servicio (policía, abogado, juez, militar, bombero), o asesinado por los malos que él o ella sigue persiguiendo. Puede que todo sea una gran fantasía, y seguramente por eso alguien llamó a Hollywood la fábrica de sueños.
Los cinéfilos siguen empeñados en que el cine influye claramente en los novelistas. No estoy de acuerdo, a mí no me pasa, por mucho que lo diga la parte contratante de la primera parte. Y para que lo entiendas, Milana, bonita, no me influyen los diálogos de Bogart, Brando, Warhol o Vivien Leigh. Cierto es que todo el mundo tiene derecho a sus quince minutos de gloria, pero a Dios pongo por testigo que hasta a esos yo les haré una oferta que no podrán rechazar.
Porque a los enemigos de mis amigos yo los convierto en mis enemigos. A mí el cine no me influye, porque a cada personaje que invento le digo "yo soy tu padre", y aunque piensen que estoy loco, no es cierto, soy mentalmente divergente. Una vez me dijeron que escribir es como amar, y amar significa no tener que decir nunca "lo siento", y hay tres maneras de hacer las cosas: la correcta, la incorrecta y la mía. Estoy convencido de que si no hubiera sido rico, sería un buen hombre, pero cuando escucho a Wagner me entrar ganas de invadir Polonia. ¡Ahí está el detalle! Cuando escribo soy el rey del mundo, y no tolero que nadie me diga "escríbela otra vez, escribe otra vez esa novela". Como ven, soy autónomo, el cine por su lado y yo por el mío, aunque algunos se empeñen en que este sea el principio de una gran amistad. Así que, a los novelistas, siempre nos quedará París como a los rusos el don de tocar la balalaika. Puede que algo que haya dicho suene raro, soy un hombre, nadie es perfecto. Y como es casi de madrugada, buenas noches, buena suerte.
Sí, muy artificial, muy americano, muy comercial, pero sigue siendo el Oscar, y como se suele decir "algo tendrá el agua cuando la bendicen", aunque pocos se acuerden de Clift Robertson, Gloria Stuart o Lewis Milestone, que ganaron una estatuilla, y sigamos recordando la elegancia de Cary Grant, la dureza de Robert Mitchum o la belleza letal de Kim Novak, que nunca la consiguieron. Es la magia del cine, pero también es cierto que la mayor parte de los nombres legendarios tuvieron al menos una vez un Oscar en sus manos. Pasa lo mismo que con los Premio Nobel de Literatura. En cualquier caso, esta noche es especial para el cine.
Y yo me pregunto: Si la película se llamaba El Tercer hombre, ¿por qué solo están Joseph Cotten y Orson Welles en la foto? Welles parece decirle a Cotten "Desengáñate Joseph, el premio será este año para José Ferrer por Cyrano de Bergerac" (a Cotten tampoco le dieron nunca un Oscar). El tercer hombre debe ser Oliver Reed, que fue nominado al Oscar al mejor Director en 1951 por esa película, que ganó Mankiewicz por Eva al desnudo. Y andaban por allí nada más y nada menos que Huston, Wilder, Cukor, Bette Davis, William Holden, James Stewart, Eleanor Parker y siempre Disney. Fue el año de, además de las mencionadas, La jungla del asfalto, La minas del rey Salomón, El halcón y la flecha, Arroz amargo, Flecha rota y es el de Cenicienta, una de las joyas de los dibujos animados clásicos. En Sunset Boulevard (llamada en España El crepúsulo de los dioses), aparecían dioses de la talla de Gloria Swanson, Buster Keaton, Erich von Stroheim y hay un cameo memorable de Cecil B. De Mille, que tampoco recibió nunca un Oscar ni como productor ni como director, a pesar de haber sido uno de los fundadores de la Academia y del Hollywood que hoy conocemos.
![zzthe-third-man[1].jpg](http://www.canarias7.es/blogs/bardinia/zzthe-third-man%5B1%5D.jpg)
¿Que por qué traigo ahora esa ceremonia de 1951? No sé, tengo predilección por ese año, porque creo que hubo una muy de buena cosecha en casi todo, pues se publicaron El guardián entre el centeno, Memorias de Adriano y, por qué no decirlo, La Colmena. Y dejémonos de tonterías, según Carlos Tena y otros historiadores, el 6 de octubre de1951, a mediodía en Nueva York, el disc jockey Alan Freed le puso nombre al rock and roll por primera vez en una emisión de radio.
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Cotten.- Orson, ¿cuándo voy a ganar un Oscar? Soy tan bueno como Cooper, Gable o Bogart.
Welles.- Nunca, Joseph, nunca. Los Oscars son para los niños bonitos como Gary Grant, Robert Taylor, y Tyrone Power. (Vaya ojo tenía el citizen Kane).
Como en los carteles de los dibujos animados de Bugs Bunny, hay temporada de conejos y temporada de patos. No sé con cuál de las dos asimilar estos dos meses vertiginosos en los que se raparten premios cinematográficos a mansalva: Globos de Oro, Goya, Oscar, Bafta, César, David... En realidad tampoco es que haya tantos premiados, porque casi siempre los galardones se concentran en unas pocas películas, actrices, directores... Unas veces por calidad incontestable y otras por inercia, moda o lo que sea. El caso es que la rueda ha empezado ya con los Globos de Oro, y resulta curioso ver cómo se discute sobre candidaturas y la mayoría de las veces entre personas que no han visto las películas o las actuaciones de las que hablan. Funcionan las simpatías y antipatías, porque escuché decir hace unos días que Meryl Streep no debería ganar premios por su papel de Margaret Teatcher porque el personaje real no era del gusto de quien hablaba. No me extraña que por eso actores y actrices especializados en papeles de personajes antipáticos fuesen poco premiados (Peter Lorre, Ethel Barrymore, Lino Ventura, Klaus Kinski...), y curiosamente también pasaba con los que caían muy simpáticos (Paul Newman, Cary Grant, Marylin Monroe...) Con esos criterios me imagino que también votan muchos de los componentes de las academias que finalmente otorgan los trofeos. De manera, que esto de los galardones del cine no es más que una plataforma publicitaria, que a menudo poco tiene que ver con la calidad artística y prima casi siempre la fuerza de la industria. Pero eso también es cine.
