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Archivos Enero 2017


Todos conocemos al Pedro Lezcano, poeta y otras muchas cosas. Hace unos meses dimos cuenta del Pedro Lezcano autor teatral. Ambos géneros literarios se asumen como suyos, recitamos de memoria sus versos y sabemos de su pasión por el teatro, fuese autor, actor o director. Ahora se nos presenta otro Pedro Lezcano, también conocido pero hasta ahora menos valorado. Me refiero a su faceta de narrador, que ahora queda a la vista en una preciosa publicación (Narraciones. Pedro Lezcano) del Cabildo de Gran Canaria, con la edición a cargo del profesor Felipe García Landín.

pleznano1.jpgPedro Lezcano es magnífico en todas sus vertientes literarias, es uno de nuestros poetas casi sagrados, pero no me canso de decir que su trabajo narrativo tiene al menos la altura de su poesía, que no es poca, pero me atrevería a decir que en algunos momentos la supera. Y es una lástima que un corpus narrativo como el suyo, no muy extenso pero sí muy contundente, quede orillado en nuestro devenir literario. Lezcano es un orfebre del cuento. Pocas veces se han alcanzado en Canarias cotas más altas que las que él escaló, por lo que podemos decir sin temor a equivocarnos que estamos no solo ante un gran poeta, sino ante uno de los insoslayables narradores canarios del siglo XX. Conocedor de esta sociedad, de sus grandezas y sus miserias, de los claroscuros que conducen al dolor de muchos para el beneficio de unos pocos, utiliza su talento para definir a fogonazos una realidad a menudo metaforizada porque hubo un tiempo en el que las circunstancias obligaban. Relatos como El pescador o La chabola forman parte de mi antología personal de cuentos que en su breve trazo definen un mundo.

Como un centrocampista de la letras, Lezcano juega en cualquier sitio y saca de su manga la magia de la precisión, la ironía siempre agazapada y dispuesta asaltar en cualquier momento, la compasión de quien entiende el drama de sus personajes. No falta el humor, siempre a flor de piel tanto en el autor como en sus criaturas literarias, y es capaz de arrancarnos una sonrisa o una carcajada, y más adelante transmitirnos el desgarro y el desamparo. Pedro Lezcano rebosaba talento, pero también conocía el oficio y su trayecto, por eso disponía siempre del recurso adecuado para generar lo que deseaba. Eso está al alcance de pocos autores, y por ello esta edición es una llamada para que quienes aun no hayan descubierto a este gran Pedro Lezcano se acerquen a su prosa imaginativa, a sus personajes que respiran, a su capacidad casi fotográfica de retratar una sociedad y un tiempo, que fue a la vez bello y terrible. Me cabe el orgullo de haber sido el editor en 1994 de uno de sus últimos relatos, Diario de una mosca, y espero que, después de un cuarto de siglo reivindicando la narrativa lezcaniana, se preste ahora más atención al gran trabajo de edición y análisis realizado por el profesor García Landín, y a la lectura de una colección de relatos en los que nada sobra.


Meryl Streep aparece casi cada año en la lista de nominaciones al Oscar desde su primera película y primera nominación (El cazador, 1978). Este año vuelve a ser candidata. Dado su indiscutible talento (ya sabemos que Trump no comparte mi opinión) no es una novedad, pero sí que lo es la película que protagoniza, una curiosidad, porque trata de cómo alguien puede engañarse a sí mismo toda la vida. Es una biografía de Florence Foster Jenkins (1868-1944), que también es el título de la película, una rica heredera norteamericana que cantaba muy mal, pero se empeñó en ser soprano y dar recitales que eran fustigados por la crítica. Su frase fetiche fue "Podrán decir que no sé cantar, pero no podrán decir que no canté". Aguantó más de 30 años en esa carrera imposible y lo curioso es que llenaba salas porque la gente iba a burlarse de ella.

ffperkins.JPGEl público puede ser cariñoso, exigente, generoso, crítico o entregado, pero como toda masa también puede ser muy cruel. Y esto me lleva a la misma historia pero sin millones, la de una anciana cantante de cabaret, cuyo nombre me reservo por humanidad. Actuaba en una capital latinoamericana como telonera y aparecía en el escenario con un vestuario sofisticado, intentando aparentar treinta años menos de los que tenía. No asumir su edad resultaba patético, porque todo aquel intento de glamour la envejecía aún más. Pero de algo había que comer, y la seguían contratando porque el público iba a reírse aunque ella actuara en serio. Los cosméticos que se empastaba le daban aspecto de ciudad bombardeada. En otro tiempo fue una buena cantante, siguiendo la estela de las primeras mujeres tanguistas, pero la vida había sido muy dura con ella; desafinaba, susurraba estrofas inaudibles y se convertía en una parodia de cantante. Esta mujer sí era consciente de que se mofaban de ella, pero como necesitaba el dinero para sobrevivir salía al escenario acompañada de un pianista-cómplice, que intentaba acometer la tarea imposible de ocultar tanto error acústico. En una ocasión, la crueldad del público tomó tintes de humor negro, cuando la cantante destrozó el tango Caminito, un clásico que estaba en la memoria de todos en las voces de Carlos Gardel y Libertad Lamarque, y cuando llegó al último verso se apoyó en el piano, miró al pianista y cantó desgañitándose:

"...Y que el tiempo nos mate a los dos".


El espontáneo que siempre hay en el público no perdió su oportunidad y materializó la crueldad colectiva gritando:

-¿Y qué culpa tiene el pianista?

Los seres humanos podemos ser muy generosos pero también muy sádicos, y a veces la misma persona puede ser ambas cosas dependiendo del ambiente y las circunstancias.

***


Me fascina y me apabulla en la misma medida el uso cotidiano de la lengua que hacen algunas personas. Por encima de acentos, dialectos y vocabularios diferentes, está el habla personal, y eso es lo deslumbrante. Me remito a mi entorno para distinguir dos extremos: el analítico y el sintético. El primero suele practicarlo con una brillantez wagneriana la vecina del 5ºF, que ya tiene una edad y vive sola, por lo que aprovecha cualquier resquicio que le ofrece la vida para soltar juntas todas las palabras que acumula cuando no tiene interlocutor. Me la encuentro en el zaguán cojeando y apoyándose en una muleta, por lo que, después de los buenos día, el protocolo me obliga a preguntarle qué le ha pasado; la buena mujer se detiene, me escruta y empieza: "Pues esto fue el martes... no el miércoles por la tarde, es cuando yo voy a casa de mi hija la más chica, que voy a quedarme con el nieto, clavadito al padre, de mi familia no sacó nada, no como la mayor, que tiene dos que son igualitos a mí; sí hombre, mi hija Marta, la que se casó con el sobrino de don Marcial el cardiólogo, no don Marcial el de la panadería, que por cierto ya no hace el mismo pan que antaño, cuando duraba tierno tres días; es que ya ni el agua es la misma, ahora siempre con garrafas porque la del grifo no me gusta para cocinar, que me las trae el del supermercado nuevo, el de la casa azul, oiga y que tiene buenos precios, porque como está la vida..." Ocho minutos y medio después logro reconducir el asunto y deduzco -nunca me lo dice claramente- que se ha hecho un esguince, y no me quedan claras las circunstancias ni la gravedad del percance. Por ello tengo en estudio si debo subdividir la clasificación de este tipo de comunicación en dispersa, disuasoria y diluida, pero está por ver si debo llamarla habla infinita porque la riqueza de matices y enganches es ilimitada.

4-5 jesuc.JPGLuego está el habla concisa, que llamo aglutinante porque en pocas palabras o incluso una sola se expresa todo un discurso. Puede que incluso ni siquiera sea una palabra, sino un sonido ancestral, con una capacidad polisémica extraordinaria. Es casi una lengua nueva, que se reduce a un vocablo del estilo de "claro", "ajá" o "ya", o bien a un extraño sonido que no acaba de ser palabra, como "Buff", "Wau" y otros de pelaje similar que no determinan diáfanamente con qué vocal se trabaja. Así se expresa el vecino del Noveno B, que por la sonoridad de lo que pone en la placa de su vivienda podríamos pensar que es ciego, pero no, ve perfectamente, y con sus dotes de síntesis va camino de ser mudo. Hay que decir en su favor que la única palabra... bueno, sí, palabra de su idioma, "Ooooh", suena muy nítida, y no hay duda sobre la vocal que usa. A este te lo encuentras cojeando y apoyándose en una muleta porque tres días antes tuvo un accidente de tráfico y como, otra vez, el protocolo te obliga a preguntarle qué le ha pasado, te queda claro con su diáfana respuesta: "Ooooh". Y se larga sin más. Sublime, un vocablo que lo expresa todo, que cuenta mil historias, que transmite toda la información del universo. Antes de que conociéramos a Donald Trump, el mundo ya estaba desquiciado, por exceso o por defecto. Nos callamos lo fundamental y hablamos por los codos de chorradas, por lo que me viene a la memoria una pintada de los años setenta en la pared de una facultad universitaria: "Aquí no aprueba ni Dios; Jesucristo 4,5".


Hoy ha sido un día muy triste. Lo ha sido a título individual y también para esta sociedad que se empeña en mantenerse en el odio, la desconfianza y el encono. No se salvan de esta tendencia los intransigentes que, enarbolando supuestas o reales ideas progresistas, formulan disparates que serían hasta graciosos si lo hicieran como parodia. Pero todo esto es calderilla comparado con la cerrazón, la inquina y la manipulación de un sector -desgraciadamente muy amplio- de este país, que saca pecho para exhibir sus pasiones cavernícolas, en las que solo ellos pretenden tener sensibilidad, y en las que no existe la menor posibilidad de nada fuera de su rancio credo de la Iglesia Romana (de hace cuatro siglos). Ese espíritu de Torquemada se manifiesta cuando impiden que los muertos del franquismo sean sacados de las cunetas, mientras ellos tienen a los suyos enterrados con dignidad desde el primero momento. primaverarrra.JPGSe ve cuando obispos atrabiliarios criminalizan la libertad de la mujer, la igualdad de las personas del colectivo LGTB, cuando... la lista de desbarres es interminable. Si el Jesucristo que invocan se presentase hoy, tardaría medio segundo en expulsarlos del templo a latigazos.

Hoy se cumplen 40 años de los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha, un hecho que se tiene como de los más representativos coletazos del monstruo. El odio, alentado desde los rincones más reaccionarios, utilizó el pistolerismo como instrumento para generar miedo. Pero este es solo un episodio, hubo mucha violencia y la lista de muertos es grande (en ella figura nuestro paisano el estudiante Javier Fernández Quesada), y es muy duro e injusto escuchar a las nuevas voces de la política, que se comportan como si tuvieran la exclusiva de la lucha por la democracia, diciendo que la Transición fue un paripé, una teatralización. Puede ser que lo fuera para algunos, pero habría que preguntar a las familias de los asesinados, que bajaron a LA CALLE -sí, esa misma calle que parecen haber descubierto ahora (pregunten a Agustín Millares Sall)- para buscar un sistema de convivencia más justo, y lo pagaron muy caro.

Por otra parte, ayer murió Bimba Bosé, una mujer distinta, que hizo un trabajo artístico importante y no hizo daño a nadie; al contrario, coronó su vida con un mensaje sin palabras, el de la lucha por el amor y la vida que se le escapaba. Pero, ¡ay! Era sobrina de Miguel Bosé, un cantante al que no le perdonan ser él mismo y hablar cuanto toca de sus ideas. La caverna ha asomado su lengua bífida para insultar, vejar y hacer burla de un hecho tan doloroso. ¿Es que no ha servido de nada que muchos perdieran la vida hace cuatro décadas en aras de una convivencia sin odio? Por eso digo que hoy ha sido un día muy desafortunado. De repente, siento como si se hubiera puesto el Sol a mediodía. Seguimos en las dos Españas machadianas, ese país en blanco y negro que hace que a veces nos dé vergüenza enseñar el pasaporte.


Pongo por delante que no me gustan las formas rancias de Donald Trump y menos aun su discurso confuso, porque hablar de programa sería darle el beneficio de la duda. El caso es que ya ocupa la presidencia de Estados Unidos, y a saber qué cosas materializará de las que ha farfullado y cuáles de las que no ha dicho, porque, no es que se trate de un dirigente de esta o aquella tendencia, es que ni el partido por el que se ha presentado se fía de él. Es claramente contradictorio, lo cual no debería ser una novedad entre quienes se dedican a la política, pero en este caso la contradicción es de tales dimensiones que asusta hasta a los más conservadores, seguramente porque temen que con sus ocurrencias ponga en peligro el status quo. El discurso que hizo la actriz Meryl Streep hace unos días resume la desconfianza que genera el personaje, y en unos momentosFoto0173tty.JPG tan complicados en el tablero internacional lo que se teme es que pueda actuar de manera que rompa los precarios equilibrios actuales, con posibles consecuencias que ni nos atrevemos a imaginar. Alguien ha dicho que tiene reacciones de un niño de primaria, y eso equivale a dar una catana a un chimpancé; puede que no pase nada o que sea un desastre.

Algunos de los argumentos que esgrimen los defensores de Trump en este lado del Atlántico no tranquilizan, pero a la vez son difícilmente rebatibles, porque la historia de los presidentes norteamericanos no aguanta un viento fuerte. Lo mismo que los Césares de Roma o los emperadores chinos, ningún dirigente de una gran potencia hegemónica suele ser una hermanita de la caridad, ni sus políticas son las de una ONG. Los presidentes norteamericanos no son la excepción, sobre todo desde que Estados Unidos comenzó a darle la vuelta a la Doctrina Monroe (América para los americanos) y pasó de defenderse de las potencias imperialistas europeas a ejercer dominio exterior, y en aras de su soberanía comprometía la de sus vecinos (Corolario Hayes). Sabemos lo que ha sido la influencia exterior de Estados Unidos en el siglo XX y lo que llevamos del XXI, sea el intervencionismo en Centroamérica y la Operación Cóndor, sea su papel de Oriente Medio y en todo el planeta. Después de Theodore Roosevelt, Obama incluido, ningún presidente puede hablar muy alto. ¿Quiere esto decir que Trump va a acabar con todo eso? La respuesta es obvia; no creo que lo haga y, si en su confusión, lo intentara, no se lo permitirían, pero aun así puede que cuando quieran embridarlo sea tarde, porque la política y la burocracia a veces son demasiado lentas.

Y ese es el gran problema que representa Trump, que no se sabe qué hará y cómo repercutirá en el resto del mundo, pues no olvidemos que Estados Unidos tiene intereses en todas partes y 500 bases militares fuera de sus fronteras (eso suma demasiados fusiles). La contestación internacional puede ser muy dura y la interna ya está siéndolo. Sabemos cómo se las gasta el verdadero poder norteamericano (financiero, comercial, industrial, militar y otras cuñas innombrables) cuando algún presidente se sale del camino trazado: lo hacen dimitir, le dispara un espontáneo o lo mandan a Dallas en coche descubierto. Y eso Donald Trump lo sabe (o debería saberlo).


El uso de las citas es tan viejo como la historia de la cultura, pues unos autores se apoyan en otros con autoridad reconocida para dar mayor fuerza a un argumento. El abuso de ellas suena como si lo que queremos decir fuese más creíble si lo calzamos con palabras de Virgilio, Churchill o incluso el refranero. Un texto, una conferencia o una respuesta en cualquier ámbito suelen adquirir mayor fuerza, aunque en el fondo solo se repite el argumento con otras palabras. Por ello, las citas son un peligro si no se administran bien, y lo que en principio haría que brillara la idea que apuntala puede convertirlo en una exhibición de pedantería inútil. Y eso, contando con que la cita sea la adecuada, pues esta debe ajustarse como un guante a lo que se pretende decir.

rr56tg5tt.JPGSi siempre fue así, últimamente hay una invasión de citas, incluso en contextos en los que antes escaseaban: publicidad, programas de radio y televisión, redes sociales... Hay que pensar que las citas no poseen un valor inequívoco; sugieren la forma de pensar de alguien sobre un asunto, pero solo la suya, que a veces ni lo es porque aunque haya salido de su pluma pertenece a un personaje de ficción. Lo que dicen don Quijote, Madame Bovary o Poirot no tiene por qué coincidir exactamente con el pensamiento de Cervantes, Flaubert o Agatha Christie. Y a menudo ocurre que se atribuyen palabras a quienes ni siquiera las pensaron; es el valor de la marca, pues se le suele dar mayor audiencia a unas palabras supuestamente dichas por alguien célebre; en citas apócrifas, Oscar Wilde, Einstein y Virginia Wolf se llevan la palma.

Ahora las citas circulan por las redes sociales, a veces sin venir a cuento. Hay miles de memes con autoría (a saber si verdadera o falsa) o sin ella, que se supone atribuible a quienes los hicieron, que pueden estar aquí, en Valparaíso o en Sebastopol, y que corren como la pólvora. Por su parte, el refranero es muy poco fiable, porque la muy alabada sabiduría popular es muy acomodaticia, suele decir una cosa y su contraria ("La cara es el espejo del alma" / "Las apariencias engañan", o bien, "Un duque mal vestido, en poco será tenido" / "El hábito no hace al monje").

No se pone en entredicho el talento y la grandeza de grandes hombres y mujeres que han dejado huella, pero hay que tomar sus palabras como pistas aplicables a cada uno de nosotros, no son verdades cósmicas e inmutables. Fueron y son enormes, algunos gigantescos, pero finalmente humanos, con sus miedos, sus dudas y sus certezas personales. Las citas, como los poemas o las películas, tienen por lo tanto la lectura que cada cual le da según su propia historia, no hay que tomarlas al pie de la letra, y menos si no tenemos constancia cierta de quién las dijo y en qué contexto.


Señores y señoras dirigentes del mundo desarrollado, retorcidos, atroces,

farsantes, impostores, despiadados, sádicos, incompetentes, desalmados,

inhumanos, brutales, incapaces, cínicos, farisaicos, ineptos, avariciosos, crueles

y otros elogios que se me agolpan cuando pienso en ustedes, reunidos una y

otra vez en aclimatadas y cómodas salas de conferencias, hospedados en

hoteles de cinco estrellas, viajados en lujosos aviones y alimentados en los

mejores restaurantes, todo ello pagado con nuestros impuestos, mientras es

insoportable la situación humanitaria de los refugiados sirios, congelados

en la fría y abúlica Europa, solo tengo que decirles:

refugiados.JPGDejen de ser todo eso que digo y sean generosos, honestos, cabales, lógicos,

leales, diligentes y personas dignas de respeto. Solo hay que comparar las fotos

que adjunto y pensar que hacer lo correcto es solo cuestión de buena voluntad,

que bastaría decir SÍ en esas inútiles reuniones que acaban todas en palabrería

inane. Sean por una vez seres humanos solidarios y justos y no una vergüenza

para la historia.


Hay poetas que cuando publican un nuevo libro hay que pararse. Se lo han ganado con los escalones anteriores de su trayectoria, en los que no hay un solo tablón que cruja. Sale un nuevo título y sabemos que será sólido, otro paso en un camino bien definido. Eso ocurre siempre que José Miguel Junco Ezquerra alza su voz otra vez. Es como jugar a lo seguro, porque sabemos que su poesía define al mismo tiempo a una tierra, un tiempo, un mar y una generación que son varias, porque como el mismo afirma "Los de mi generación nacíamos un poco más viejos".

lamujerdelava1.JPGAntes de sumergirme en el poemario La mujer de lava no he querido leer el pregón inicial que le ha escrito el editor y también poeta Santiago A. López Navia. Lo haré ahora, cuando acabe de escribir, porque sus palabras siempre son sabias y arrojan otras luces a la poesía que comenta. Pero antes no; quería recorrer solo el camino, pisar por mi cuenta el seguro escalón que esperaba de un nuevo libro de Pepe Junco. Y en ese empeño, me he encontrado con que no es un escalón más, se trata de un rellano, un respiradero, un espacio poético que envuelve toda su obra, uno de esos libros que en el futuro se nombrarán antes que otros cuando se hable del poeta.

Pepe Junco materializa las palabras del payador Atahualpa Yupanqui cuando aconseja que "lo primero es ser hombre y lo segundo poeta". Cuando lo lees también lo escuchas, porque es él mismo, no hay impostura, no hay alambique, es manantial directo. Pero, claro, esa fuente surge de una vida siempre alerta, mirando al frente y tirando de los rezagados. Y en esa vida la poesía se ha convertido en una norma ética de vida, la voz de la poesía de siempre es como un breviario que señala cada uno de sus pasos. De ese modo, el agua salta cristalina, porque la voz del poeta suena contemporánea y futurista, pero siempre resuena el eco de la gran tradición literaria, a la que el poeta no renuncia porque sabe que todo manantial se nutre de la lluvia.

lamujerdelava2.JPGEstamos, pues, ante un poeta grande, que lo es siempre con la naturalidad que da la tradición, el compromiso y la indagación vital y literaria. La mujer de lava es el libro que todo poeta quiere escribir porque es la exposición de pensamiento, sentimiento y técnica que fluyen sin forzar, como el vino lácrima Christi original que nace en los viñedos de las faldas del Vesubio, que antaño se hacía con el goteo de uvas sobre un cedazo, no de haberlas pisado en un lagar. Y esas gotas que caen son los versos de Pepe Junco en este libro.

Tal vez nos veamos tentados a emparentar La mujer de lava con otro de sus libro, El hombre de salitre. No creo que sean dos visiones distintas, en realidad es un juego de espejos, porque para definir al poeta están todos sus libros, aunque el que hoy nos ocupa es como un ajuste de cuentas personal. No pensemos en desgarros y venganzas, Junco ajusta cuentas solo con la poesía, y desde luego con gran beneficio. He señalado un solo verso del libro al principio, y podría señalar otros que trazarían un boceto de las distintas caras de esta pirámide poética. Pero lo mismo que yo no he querido leer antes los detalles señalados por López Navia, tampoco quiero mediatizar una lectura no solo recomendada, sino que, a mi parecer, se tendrá por imprescindible, más allá de lo insular, lo volcánico, lo femenino o lo generacional. Es poesía, nada más (y nada menos).


555IMG_4369.JPGCada vez que veo comentarios elogiosos sobre grandes personajes políticos de la Historia, me dan arcadas. La mayoría de estos tipos, por no decir todos, eran lo que hoy llamaríamos psicópatas, que cimentaban su poder en la sangre y el terror, y que sellaban su poder con obeliscos amenazantes. No veo por ninguna parte la grandeza de Gengis Khan, de Atila o de Alejandro Magno, que tenían los tres por norma pasar a cuchillo a los habitantes de las ciudades que conquistaban. Algunos de estos personajes ni siquiera querían quedarse con el territorio de los vencidos, simplemente destruían todo lo que encontraban a su paso, y tampoco solían estar a salvo los de su alrededor, que acababan muertos apenas se le cruzaran los cables al líder. Por no hablar de Napoleón, que tenía por costumbre escarmentar a las poblaciones derrotadas con ejecuciones masivas, fuera en Moscú o en Madrid. Y el gran Julio César, muñidor de lo que luego sería el imperio más glorioso de Occidente, que vejaba a sus víctimas, como al galo Vecingetórix, al que llevó preso a Roma y lo arrastró vivo por la ciudad a los ojos de todos, tiñendo de sangre las piedras del foro. Era la forma de mostrar el poder del gran hombre. Esta dinámica del terror ha seguido durante siglos y milenios, usando el miedo como arma política, contra los enemigos y contra el propio pueblo al que decían representar. No hace falta evocar a grandes genocidas reconocidos como Hitler o Pol Pot, basta mirar a nuestras democracias occidentales de oropel (democracia 1- UD Las Palmas 2, suele decir un amigo). Díganme si no es terror que los gobiernos sean cómplices de desahucios y abusos que nunca reciben castigo aunque teóricamente haya leyes (papel mojado) para eso. Díganme si no es jugar con el miedo andar lanzando proclamas sobre las pensiones, decir que sí o que no se va a aumentar el copago farmacéutico a pensionistas que por desgracia tienen que hacer uso imprescindible de medicamentos, poner en tela de juicio la sostenibilidad de las pensiones mientras se condonan impuestos multimillonarios a quienes más pueden. Como ha dicho el filósofo Zygmunt Bauman, fallecido ayer mismo, es mentira que proteger a las grandes empresas y fortunas cree riqueza colectiva, y con esos y otros miedos tienen a los sectores más vulnerables de la población con el alma en vilo. La mentira puede ser tan destructiva como las falanges de Alejandro Magno. Estamos viviendo probablemente la época más incomprensible de la historia, basta mirar a los refugiados ateridos, a las ciudades escombradas, a los ancianos muertos de miedo. Y luego aparece Aznar a darnos lecciones de grandeza política (ya digo, grandeza política 1-UD Las Palmas 2).


Llama calima el diccionario a cualquier fenómeno que llena el aire de partículas, dificulta su respiración y enturbia la visibilidad. La palabra "calina" es su sinónimo más usado, casi parejo con "calima", y suele aplicarse al enrarecimiento del aire por diversas causas, sea el vapor de agua en tierra (niebla, neblina), sobre el mar (bruma) o incluso por la contaminación industrial (calígine). Pero para los canarios, la calima es exclusivamente la procedente del vecino Sahara en forma de polvo en suspensión cuando sopla el viento del este o del sureste y hay restos de las grandes tormentas de arena en nuestro muladar, rtu181629.JPGel desierto más grande del planeta. Cuando el viento del nordeste nos trae el alisio, cesa la calima, y no son raros en invierno unos días con este fenómeno; suele hacerse acompañar de aire muy frío, al contrario que las calimas de verano, microscópica metralla abrasadora entre el bochorno. Cuando se respira mal y la visibilidad es reducida, se siente una especie de sensación clautrofóbica, y es como si todo funcionara a cámara lenta. De noche, las farolas proyectan haces espectaculares que rompen la oscuridad, pero todo se vuelve fantasmagórico y tenue, como en el poema de Tomás Morales "Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico, / con sus faroles rojos en la noche calina...", que acaba con esa sensación de vivir un sueño/pesadilla, como queda expresado en distintos versos del famoso soneto de nuestro poeta modernista: "silencio de los muelles en la paz bochornosa", "brillando entre las ondas muertas de la bahía", "vierte en la noche el dejo de su melancolía". También tiene ese aire confuso y cansino el ambiente que recrea JJ Armas Marcelo en su novela Calima, esta vez en medio de una calima de verano, pues se me antoja que la de Tomás Morales es invernal. La calima, calina o como quieran llamarla, el viento este-sureste, está presente en nuestra literatura, sea en los textos de Agustín Espinosa (Lancelot 28º-7º), en la polvorienta Mararía de Arozarena y en docenas de narraciones y poemas. Y siempre es lenta, con un toque melancólico y una sentencia reconfirmadora de en qué lugar estamos en el mapa, que muchos constatamos como un hecho geográfico y otros tratan de ocultar porque lo siente como una tragedia. Y esta es la calima que estuvo en Navidad, recibió el Año Nuevo y sigue después del 6 de enero, pues tal vez sea el polvo de una inexistente comitiva regia de regreso a Oriente. Si esos reyes fueran de verdad, en sus países tienen mucho trabajo pendiente.


Si Ionesco hubiese llevado al teatro situaciones reales de nuestro siglo XXI, lo habrían tachado de exagerado incluso en el contexto del teatro del absurdo, porque lo que hoy sucede puede ser tan imposible e inverosímil (absurdo, en definitiva) que ni siquiera cabría en el formato mental de obras como El porvenir está en los huevos o La cantante calva. Da risa un mundo en el que se le pide a los Reyes Magos una república o vemos cómo en nombre de lo nuevo se repiten esquemas de tiempos pasados. Hemos visto estos días cómo más de una formación política ha relegado de cargos orgánicos o públicos a algunos de sus elementos críticos, y lo más curioso es que tampoco están en las fotos, han desaparecido del cartel, o los han "borrado" como hacían Lenin o Stalin con los que caían en desgracia.

IMG_4361zzz.JPGLa mentira ya no se distingue, se cumple matemáticamente uno de los principios goebbelianos, basta con repetir muchas veces una falsedad y las redes sociales y los medios fijarán eso que ahora llaman posverdad. Es decir, no importa la verdad sino lo que se establezca como cierto. Es como en los partidos de fútbol, da igual si hubo trampas, si el gol fue o no legal, lo que cuenta es el marcador final. Y ese es el mundo en que vivimos, y sucede en cualquier ámbito de esta sociedad en la que se han dislocado los valores. Que nadie se llame a engaño. Es lo que hay. Buen 2017.


Si los últimos libros de los que hablé en 2016 estaban escritos por mujeres, quiero que 2017 empiece también con otras dos autoras, muy diferentes, que tienen una manera personal de acercarse a la escritura. Me refiero a Mayte Martín y a Elizabeth Hernández Alvarado, que firman sendos libros incatalogables, pues ambos juegan con distintos géneros pero que al final son literatura por el cuidado y la manera de acercarse a la reflexión, la creación y el juego literario.

Nueva 34567.JPGMayte Martín firma un volumen titulado Reflexiones en blanco y negro, que son pequeñas cápsulas que se mueven entre el ensayo, la narración y la prosa poética. Apoyada en obras plásticas, mayoritariamente fotografías, de más de 60 artistas de todas partes, Mayte trenza unas piezas que pueden leerse en cualquier orden, porque son independientes y al mismo tiempo configuran un espacio, que es el de la manera de mirar el mundo que tiene la autora. Sus textos se acercan a la belleza, al dolor, a la incertidumbre, a la pregunta súbita que nos asalta en cualquier esquina de la vida. Es un libro ideal que no exige continuidad, puede leerse en el sofá, en la guagua, en la sala de espera del dentista o diez minutos antes de dormir. Siempre hay un final en cada lectura, y se establece como una especie de breviario que, además de trasladarnos las certezas y las dudas de la autora, provoca que quien lee se plantee sus propias preguntas o se reafirme en sus certezas.

Por su parte, Elizabeth Hernández Alvarado aborda su primer libro en solitario, puesto que antes había formado parte del grupo Papiromanía, con el que compartió una anterior publicación. La que hoy nos ocupa se titula Pensando a gritos, que recoge textos de pausada reflexión y otros salidos de un impulso, que se definen desde su posición de mujer que observa el rastro de la historia y trata de otear un nuevo horizonte. Es una lectura muy interesante puesto que esas ideas están trasladadas con una prosa muy limpia, que huye de arabescos impactantes de los que solo deslumbran pero no iluminan. Elizabeth es la prueba de lo que afirmaba Eugenio D'Ors: "La prosa, como las uñas, es más fácil tenerla brillante que limpia". Y es esa limpieza cargada de ideas la que hace que haya que tener en cuenta a esta autora, y se me ocurre pensar en las posibilidades infinitas que un estilo así tendría en la narrativa pura y dura, que ella acomete de vez en cuando pero sin atreverse a entrar del todo en la ficción.

Dos libros para empezar el año, que tienen en común su procedencia de un blog, nuevo formato digital al que se tiene como cosa menor. Pero no; hay vida en los blogs más allá de tutoriales para hacer un pastel, maquillarse o comentar los vestidos de una fiesta. Los blogs también son espacios en los que, como en el papel, el talento se hace presente, y es una nueva y creativa manera de hacer literatura. Mayte y Elizabeth son dos ejemplos.

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