Marcialito, un parroquiano habitual de la partida vespertina de dominó, entró alarmado porque había escuchado en la radio que Alvarez Cascos había convocado nuevas elecciones en Asturias.
-Es prerrogativa del Presidente, como en todas las comunidades autónomas, disuelve el Parlamento y deja que el pueblo hable otra vez -explicó don Eladio, otro contertulio, muy redicho y entendido porque había trabajado en una notaría hasta su jubilación.
-Pero si apenas hace seis meses que hubo votaciones.
-Ya, cosas de la democracia, amigo Marcial, donde las dan las toman.
-Perdone que le diga, don Eladio, esto más que a democracia me suena a pitorreo. El hombre presenta un presupuesto y como no se lo votan se emperreta y ¡hala! a hacer otro gasto. Pero ya la caja del dinero tiene telarañas.
-Hombre, dicho así parece que no es práctica la democracia, y no es así, hay que defenderla.
-No me líe, don Eladio,que lo veo venir. Yo soy un demócrata, pero esta democracia tan controlada por los partidos políticos, que hacen y deshacen, no me parece buena. A veces ni siquiera me parece que sea democracia.
-Es que la otra opcion es un estado totalitario.
-¡Y dale! Pues no, don Eladio; ese cuento de que quien no piensa como yo es un fascista o un stalinista no cuela. Aquí se pide mucha flexibilidad para despedir trabajadores pero no para las listas electorales.
-No me irá a decir que es uno de esos perroflautas que se hacen llamar Indignados.
-No se hacen llamar, es que están indignados, y con mucha razón, aquí por lo visto todos somos culpables menos los que cada día son más ricos.
-Bah, bah, el típico dicurso facilón. Madure, Marcial, madure.
-Don Eladio. Esto es un ¡Viva Covadonga!
-Querrá decir Cartagena...
-No, ¡digo Covadonga, carajo! ¡Ponga ficha y no me corrija!

En España la estrella del género era el argentino Ángel Pavlovsky, porque salía en televisión y decían que hacía un espectáculo muy afrancesado. Pero antes fue Paco España, que en los setenta era una figura en los mejores locales de Barcelona y Madrid. Su recreación de Lola Flores es memorable. El transformismo se hizo moneda corriente en las noches de fin de semana, cuando los matrimonios conservadores ortodoxos y gentes de orden salían a cenar y luego acudían en tromba a estos espectáculos con un cierto aire de burla. Nunca se respetó a estos artistas como es debido, porque lo que vemos en el escenario tiene un duro trabajo detrás, y necesita un talento especial. Paco España lo tenía, y fue uno de los fundadores y de los más grandes en un género que se columpia entre lo trágico y lo cómico, pero que finalmente es arte cuando está bien hecho, como es el caso. Se ha querido arrinconar el transformismo en antros de mala muerte y ambientes sórdidos, pero deberíamos aprender de los franceses, que entienden que es un número de cabaret, un género que sí que es respetado en París, Berlín o Nueva York. La vida vino con muchas curvas para Paco España. Ojalá se le haga justicia y haya entrado en la historia del cabaret. Descanse en paz.
No sucedió así, sobrevivieron todos los soportes, pero con la revolución tecnológica de los últimos años peligran todos. Kodak existe desde que nació la fotografía comercial, y fue durante décadas (más de un siglo) sinónimo de calidad. Tengo en mi casa miles de diapositivas hechas con carretes de esa marca y treinta años después siguen perfectas. Eso es calidad y perdurabilidad. Pero la era digital ya no entiende de carretes, cubetas, reveladores, baños de paro, fijadores y ampliadoras, ni se fija en si la foto ha de ser mate o tener brillo según el papel utilizado, ya todo eso viene en la foto. La posible desaparición de Kodak es el fin de una era, la de la fotografía artesanal, aquella en la que había que cuidar los tiempos para dar más o menos contraste, y en la que dos fotos nacidas del mismo cliché podían ser distintas por el tratamiento posterior en el laboratorio. El proceso fotográfico era como hacer vino, no bastaba un buen producto inicial, el trayecto hasta el resultado final era muy importante, y a veces lo que diferenciaba una buena foto de otra que no lo era tanto. Hay que estar con el progreso, y con estas cosas palpamos los profundos cambios que está experimentado nuestra manera de vivir, pero no dejo de sentir nostalgia por una manera de reflejar el mundo que ha cambiado el nitrato de plata por los granos de sílice de un disco duro.
Las carreras de caballos del hipódromo de Ascot son un evento de la alta sociedad británica en el que el que no está no existe. Es tan determinante que la prueba de fuego que el profesor Higgins propone a la florista Eliza en la obra de teatro Pigmalión (luego hecha película en My Fair Lady con una Audrey Hepburn extraordinaria) es presentarla en tal evento para deslumbrar a lores y ladys de la Inglaterra posvictoriana. La gracia es que ahora, después de trescientos años de existencia, los organizadores dictan nuevas normas de vestimenta, y la más curiosa es que, como el acto es matinal, las damas deben llevar ropa y sombreros adecuados, porque por lo visto en los últimos años se vestían casi como para una fiesta nocturna, y muchos de los sombreros se habían transformado en tocados muy leves. Esas nuevas normas están siendo motivo de polémica en los medios ingleses, ocupando muchas horas y gastando mucha tinta. Los británicos son incorregibles con lo de las formas, y si bien está que haya buena educación, llevan el asunto demasiado lejos, porque una seña de buenos modales es la discreción, que en Ascot brilla por su ausencia, porque los sombreros de las damas (la reina ha hecho historia allí con sus sombreros) son indescriptibles. Esto da idea de que en Inglaterra sigue perviviendo lo más rancio de la época en que el Imperio Británico era el centro del mundo. La verdad que leer estas tonterías en los tiempos que corren mueve a la risa, pero si lo miras con atención te das cuenta de que esa clase poderosa de antaño quiere más que nunca marcar las diferencias. Las clases medias le dan urticaria y están haciendo todo lo posible para liquidarlas.
En fin, que un secreto es muy difícil de guardar desde que lo conoce más de una persona. Y si el asunto lleva tanto tiempo, alguien tendría que haberse ido de la lengua, y entonces, además de los participantes en alguna de las secuencias, lo sabría mucha más gente. Pero nada, pasan años y ni un solo rumor, algo que indicara lo que ocurría. De repente, se levanta la liebre y empiezan a salir conejos de todas las madrigueras: facturas falsas, minutas estratosféricas, empresas interpuestas... Un rosario de cosas que hacen proyectar una imagen casi caricaturesca del yerno del Rey. Alguien que ha hecho tanto y siempre con tan mala fe no es un duque, es don Vito Corleone. Y esa saña que se ve alentada en todos los foros casi siempre por los mismos hace que uno se pare a pensar si todo eso es posible, porque, de ser cierto todo lo que se dice, el señor Urdangarín se habría pasado todos los días y muchas larguísimas noches dando instrucciones, reuniéndose con su "consigliere" y realizando otras tareas propias de un capomafia.
Si finalmente cae, buscamos los desperfectos o la pala y el cepillo de la basura si ha sido siniestro total. Pero había unas costumbres que con el tiempo se afianzaban como leyes no escritas, eso que llaman los expertos derecho consuetudinario (las costumbres se vuelven leyes). En la vida cotidiana, había normas que nadie se saltaba, como ceder el asiento a los ancianos y las mujeres embarazadas (ya no hablo de mujeres a secas por si acaso), o las famosas "leyes del hampa", que establecían las relaciones de la calle pura y dura y que respetaban hasta los más duros hampones. Una de ellas consistía en que nunca se robaba a una persona que se buscaba la vida en la calle, fuera vendedor de lotería o limpiabotas. Recuerdo que, en las madrugadas de los años setenta y ochenta, en la acera de la calle Bravo Murillo una señora vendía los periódicos recién salidos de las rotativa. En una caja de zapatos, a la vista de todos, tenía el dinero, y estaba segura de que a ella nunca le robarían al menos los especialistas. Otra ley de toda la vida es que el que más grado tiene, el máximo responsable de algo, es el último en abandonar. Y eso por lo visto también se ha olvidado, porque el capitan del barco que encalló en la costa italiana se marchó casi de los primeros cuando vio que aquello iba mal. Todos recordamos en más de una película la frase "El capitán es el último en abandonar el barco". Alguien dijo en la radio que ahora es la ley de la selva, pero tampoco, porque en la selva hay leyes y estas sí que son inalterables.
Ha muerto Manuel Fraga, con lo cual muchos humorista se han quedado sin chiste sobre su eternidad en los aledaños del poder. Lo cierto es que anduvo por ahí nada menos que sesenta años, desde que en 1951 fue nombrado Director del Instituto de Cultura Hispánica. Los medios hablan hoy de personaje histórico, y lo fue, como todos, porque la historia se hace con la suma de lo que hacen las personas. Probablemente no haya habido en España nadie con más tiempo sin bajarse del coche oficial, y lo que no se le puede negar es su inteligencia y su habilidad camaleónica. Supo nadar muy bien en el franquismo, y hay que reconocerle su mérito cuando en los años sesenta "inventó" el turismo, que todavía sigue siendo uno de los motores de la economía española. Tal vez su longevidad tenga que ver con el baño radiactivo que se dio en Palomares en 1966 y que le dio poderes como a Spiderman. Su carácter volcánico le hacía perder la compostura, y como siempre tuvo poder se comportaba como si hubiera nacido con él y los demás tuvieran que acatarlo así. Aunque en su debe hay que apuntar su pertenenecia destacada al tardofranquismo, en su haber anotaremos su capacidad para conseguir que la extrema derecha quedase reducida a una minoría parlamentaria. Creo que, como Julio César, habría hecho carrera política en cualquier régimen, porque lo que persiguió -y a los hechos me remito- fue el poder. Ha muerto y con él se cierra una larga página que recorría un período muy convulso de la historia de España. Esa grandeza que seguramente le asignará la derecha española tendrá que cotejarse con el tiempo, pues por mucho durar no se es más grande (ahí está el ejemplo de Suárez), y el propio Fraga dijo que el tiempo no perdona lo que se hace sin contar con él. Pues eso, al tiempo.![zzzcmuro1[1].jpg](http://www.canarias7.es/blogs/bardinia/zzzcmuro1%5B1%5D.jpg)
Vuelvo sobre la mitomanía de los argentinos, por las escenas casi inverosímiles que se han dado en Buenos Aires a raíz de la intervención quirúrgica realizada a la Presidenta argentina, afectada de cáncer. Debe ser que han rememorado a Evita o algo así. Hace años, el escritor canario Emilio Sánchez Ortiz -entonces afincado en París- me invitó a cenar en su casa de Issy les Moulineaux. Entre otros ilustres comensales estaba una escultora, que él me presentó más o menos así: "Es argentina, algo único; porque, ¿qué es un argentino? Pues un argentino es un italiano que vive en Buenos Aires, habla español, sueña con ser inglés y si puede acaba viviendo en París; o sea, universal". Y algo así debe ser, porque los pueblos cultos no son mitómanos, y Argentina es la cuna de muchas expresiones culturales de mucha altura, tanto en la literatura como en el arte, las ciencias (empíricas o sociales) y hasta en la historia de los avances (por ejemplo, la primera sesión de cine en la se cobró por ver una película sucedió en una azotea de Buenos Aires). Pues este país que nos ha dado a Borges o Cortázar (que responden un poco a la definición de Sánchez Ortíz) es muy racional y a la vez mitómano a veces hasta el fanatismo. ¿Creen que si Gardel, Evita, Fangio, Perón, El Che Guevara, Di Stéfano o Maradona fuesen de otro país habrían alcanzado la categoría de mito universal? En Estados Unidos está Búfalo Bill, en Francia Edith Piaft y en España mitos recientes universales no hay, si acaso Hemingway y encima no era español. Y poco más (ya sé, Don Quijote, Don Juan y La Celestina, pero hablo de contemporáneos, y los toreros como Manolete son mitos de consumo local). No hay país en el mundo que tenga tantos mitos de esta clase como Argentina. En realidad, Argentina es un mito en si misma. ¿Y si no existiera y fuese una fantasía creada por Borges? Y ya tenemos otro en puertas: Messi. ¿Sería lo mismo si no fuese argentino?
Llevamos unos cuantos años repitiendo que la narrativa en Canarias pasa por un momento muy fértil, pero es verdad, porque salen excelentes novelas y tenemos una nómina de autores muy consolidados y que están en su apogeo, por lo que entiendo que están en disposición de dar mucho más todavía. A Víctor Conde, Santiago Gil, Alexis Ravelo, Víctor Alamo de la Rosa, José luis Correa, Angeles Jurado, Antonio Lozano, Marisol Llanos y otros y otras que llevan más años o que acaban de llegar, se suma de nuevo Carlos Alvarez, que ya es un viejo rockero en el cuento y la novela, pero que llevaba algunos años transitando otros caminos más cercanos al mundo audiovisual. Ahora nos entrega una novela que ya en su título tiene un sentido de la ironía muy claro, Si le digo le engaño, y que se urde a través de una historia rocambolesca en la que la casualidad o la suerte (vaya usted a saber si buena o mala) colocan a dos personajes en una tesitura moral muy curiosa. El dinero fácil a la vez que peligroso cambia la vida de estas personas y eso da pábulo a que nos hagamos preguntas más profundas, sin que por ello la novela pierda el paso de un suspense que circula con extraordinaria rapidez. Carlos Alvarez se une así a esa eclosión de novelas detectivescas, de acción o de intriga que, no sé por qué, se empeñan en llamarlas "negras", pero eso ya no es cosa de los novelistas. Y lo hace a su manera, con una distancia en la que el humor (esta vez sí que es negro) juega un papel importante en el transfondo de la construcción de la historia. Un buen libro en definitiva, que, como los de los otros autores mencionados y algunos más puede ser una buena disculpa para comprar en esta semaña en la que a veces no sabemos qué regalo hacer a las personas cercanas. Este es un buen regalo en un magnífico envoltorio.