El calendario laboral español lo hicieron un loco y un cura. A las fiestas religiosas, ancladas en nuestra cultura más allá de las creencias, se unen fiestas patrióticas, profesionales y de otra índole, que combinadas con los puentes, los saltos de Navidad-Año Nuevo-Reyes, Semana Santa y las piestas populares (Carnavales aquí, Sanfermines allá, Rocío acuyá) conforman un laberinto que pueden echarnos en cara en cualquier momento, y de hecho lo hacen, aunque luego, al contar, trabajemos más horas y más días que los perfectos alemanes o los eficientes suecos.
De todos los festivos y puentes que nos pueblan y repueblan, la palma se la lleva siempre este de primeros de diciembre, que hay que tener mala cabeza para mezclar la Constitución, la Concepción y los fines de semana. Este año ha sido el despiporre, porque han sido laborales un día sí y uno no, de manera que ha habido un puente arrimado al lunes y otro al viernes, sin contar los que se han adjudicado directamente la semana. A efectos de productividad, este superpuente ha tenido tres lunes, o tres viernes, como mejor convenga, y a mediados de semana uno no sabía ni qué día era. Hay un derecho al descanso del trabajador y unos intereses económicos sobre todo en el sector de la hostelería y restauración, pero habría que poner un poco de orden. Tan disparatados somos, que al principio de la democracia había tres fiestas nacionales, el 12 de octubre, el 6 de diciembre y hasta hubo años en que fue festivo en todo el Estado el 24 de junio porque es la onomástica del Rey. Aun así, quedan dos y otro por autonomía. Bastaría con arrimar los festivos al viernes o al lunes, pero hasta en eso va a haber un debate bizantino, porque todavía no se sabe cuál de esos días es de izquierdas y cuál de derechas.

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