Vivimos un tiempo en el que todo acaba en violencia, sea un paciente que agrede a un médico en un centro de salud, sea un alumno de 50 kilos que descarga su furia contra una profesora de 45. Dicen que las situaciones difíciles son las que prueban el temple de un ser humano, y se puede aguantar el tipo en un momentos complicado, del que a menudo se sale sin saber muy bien cómo ha sido. Otra cosa es la presión sostenida durante mucho tiempo, que va minando la resistencia y los nervios. Es mucho más fácil ganar una medalla de guerra por un acto heroico en el fragor de la batalla que mantenerse firme cuando todo va mal en la vida personal durante una larga temporada.
Cuentan que, cuando la Gran Depresión norteamericana llevaba varios años, la gente hablaba sola por las calles, los mansos tenían reacciones violentas y decían y hacían disparates muchas personas que siempre habían sido lúcidas y equilibradas. Si hablamos de lugares con hambrunas interminables o guerras infinitas, las personas acaban convirtiéndose en autómatas, porque no tienen horizonte ni esperanza. La crisis está golpeando fuerte a muchas personas, y empezamos a ver episodios de este tipo, gente que oye voces interiores que le ordenan cosas ilógicas, y otras que bajan los brazos porque hasta para tener esperanza hay que reunir fuerzas. Veía ayer a los transeúntes pasando bajo las fotos de los carteles electorales colgados de las farolas, y ya ni siquiera los miran. Me percaté de que la gran mayoría no se daba cuenta de que había carteles, y los que miraban de soslayo lo hacían sin expresión, sin interés. Ese es un reto que tienen quienes se dedican a la política de partidos, porque ya no se los cree nadie. A estas alturas, tienen más audiencia esas voces de película de terror que empiezan a sonar en las cabezas agotadas por la desesperanza. El paso siguiente es la desesperación, y eso sí que es peligroso.

Estimado Emilio, hace ya años que algunos, yo mismo, hablamos cuando caminamos en solitario por las calles, e igualmente hace años, ¿décadas? que algunos hemos dejado de mirar esos provocadores carteles electorales, sobre todo por considerarlos el colmo de los colmos. Pero también, a pesar de todo eso, seguimos luchando, aun sin esperanzas, en pos de un mundo más justo, y no solo para uno. Desgraciadamente hace tiempo que ese mundo más justo no pasa por la mente de los políticos. Y sí, muchas veces me he sentido desesperado, pero hasta la fecha no he cometido barbaridad alguna. Cosas que pasan.
La desesperanza no debería llevarnos a la locura, ni tampoco a la desesperación. Lo que hay que volver a hacer es recuperar la esperanza perdida no sabemos en qué punto de nuestras vidas: la fe en el ser humano y en la idea de progreso.
El problema es que la política actual, deudora del capitalismo salvaje, se ha desacreditado tanto que es muy difícil volver a creer en ella.
¿Cambiará algo la situación actual de desesperanza los resultados del próximo 20-N? ¿Volverán los tiempos en que creíamos que otro mundo mejor era posible, en los que pensábamos que debajo de los adoquines estaba la arena de la playa?
Saludos.
A Rubén: No es posible creer en los políticos cuando vemos el nulo interés que tienen por la colectividad. Por mucho que digan, los hechos hablan por sí solos. Y eso crea impotencia, porque antaño seguramente los dirigentes eran tan poco presentables como ahora, pero la falta de información y de formación de la gente hacía que siguieran creyendo que con Napoleón o con Lincoln vivirían mejor, y ya ves, los dos llevaron a su gente a guerras que solo sirvieron para generar miseria y dolor, como todas.
A Ángel: Todos hablamos solor aunque no lo exterioricemos, y a vece sla presión es tremenda. Pero hay mentes y mentes, unas aguantan y otras no. Lo peligroso no es cuando la conversación es con el alter ego, sino cuando las voces son identificadas como ajenas y poderosas. Parece de película, pero ocurre.