Desde que Machado escribió lo de las dos Españas, este concepto ha sido elevado a dogma, como algo especial y único en el planeta. Es cierto que hay dos Españas, pero también hay dos Francias, dos Italias y hasta dos Estados Unidos. Las sociedades están estratificadas, y hay una parte que no quiere que cambie (conservadores) porque tiene la sartén por el mango, y otra que quiere lo contrario porque entiende que la situación es injusta.
Los maximalismo que duraron hasta mediados del siglo XX se han ido atenuando porque las migajas que caían para los de abajo eran un poco más grandes y llegaban a categoría de mendrugo, que llamaron Estado de Bienestar, aunque las distancias seguían siendo abismales, pero se notaba menos. Ahora, con la crisis, se corre el riesgo de que se vuelva a la situación anterior, porque no nos engañemos, la crisis no deja sin comer o sin techo a ningún rico. Siempre fue así, no solo en España, donde por carácter estamos acostumbrados a anunciar la llegada del otro como si fuera el fin del mundo: ¡Que viene la derecha! ¡Que vienen los rojos! ¡Que España se desmembra! Y ahora pasa igual, pero ya nadie se atreve a gritarlo con mucho convencimiento, porque hemos visto cómo unos y otros hacen cosas que no concuerdan con sus discursos. Por lo tanto, tal vez sea hora de tratar de acabar con el mito de las dos Españas como algo excepcional en el mundo. Las desigualdades, los privilegios y las injusticias son planetarias, y por lo tanto no hay que conformarse, sino plantearlo planetariamente. No es poca tarea para siglo XXI.

Escribir un comentario