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Lola y nuestra "primeras veces"

La muerte prematura de Dolores Campos-Herrero dejó tras de sí un gran duelo entre las muchas personas que la querían, pero literariamente ya empieza ser hora de que cese el duelo y celebremos su literatura, que empezó públicamente con un libro de poesía y se cierra -a falta de otros escritos que tal vez aún sigan inéditos- con otro poemario que se nos entrega ahora mismo. En medio hay una de las colecciones de relatos más importantes de las últimas décadas en nuestra lengua, sólo interrumpida por el poemario Siete lunas, y desde luego un corpus muy singular y valioso en el ámbito de Canarias.

Siempre le preguntábamos que para cuándo una novela, como si las doscientas páginas de una narración fuesen el certificado definitivo de su trayectoria literaria. Nunca nos la dio, y ni falta que hizo, y siempre bromeábamos con la novela que tampoco nunca Borges escribió. Ella iba en sentido contrario, cada vez la narrativa de Lola se condensaba más y más, hasta convertirse en una abanderada de los microrrelatos. A través de su obra se ha ido componiendo una especie de gran novela que nos muestra su visión del mundo, el posicionamiento que siempre aparecía implícitamente, porque su prosa no era muy dada a exponer directamente las ideas de la autora, aunque siempre quedaban patentes por los movimientos y diálogos de sus personajes.

Estamos por lo tanto ante una escritora que ha significado mucho en nuestra literatura, puesto que su obra sirvió de espejo para que empezaran a salir nuevas voces. Dije aquí la semana pasada que Lola, Domingo Luis Hernández, Agustín Díaz Pacheco y quien esto escribe hicimos de puente entre la generación de Boom y la que se inició al filo del año noventa. Se le ha llegado a llamar incluso Generación del silencio, por la dificultar para dejar oír su voz, pero entre esa selva silenciosa fue abriéndose camino un nuevo tiempo para la literatura, fuera narrativa o poesía, y de ambas Lola fue un ariete.

CORTÁZAR Y LAS SIEMPREVIVAS

Mantuve siempre con Lola una relación muy curiosa, e incluso alguna admiración común casi secreta por algunos autores que no suenan demasiado para el gran público. Uno de nuestros amores fue el novelista castellano Jesús Fernández Santos, autor de novelas importantísimas que se empeñan en olvidar, y sobre todo de un libro de cuentos, Cabeza rapada, que es una joya literaria, en una España en la que el cuento no gozaba del predicamento que siempre tuvo en Latinoamérica (Cortázar, Borges, Arreola, Rulfo, Monterroso, Benedetti...) Nuestra sincronicidad con Fernández Santos llegó a ser tal, que cuando él publicó una de sus últimas novelas, un magnífico relato sobre la represión en la Guerra Civil que tituló Los Jinetes del Alba, escribí una reseña, y ella me llamó desde el Canarias7 para decirme que también había escrito otra y que casi podían superponerse, tanta era la similitud de enfoque que a los dos nos produjo aquella novela. Pactamos que yo hablaría más del autor y ella de la obra, y así quedó una página más diversa.

Pero es evidente que sus gustos literarios tenían un cierto tinte negro, amaba los relatos con una cierta sordidez, o simplemente sorpresivos, y para eso lo detectivesco es único. Sherlock Holmes era su gran personaje favorito, y con él esa literatura inglesa que se movía a la sombra del perro de Baskerville, los relatos de Borges y Bioy Casares y por supuesto Cortázar. Recuerdo que hice un viaje a París, y entonces ella me dio unas siemprevivas para que las pusiera en la tumba de Cortázar, que hacía poco había muerto. Fui al cementerio de Montparnasse y coloqué las flores en la lápida del autor admirado, y me hice una foto como certificación de que había cumplido su encargo.

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NUESTRAS "PRIMERAS VECES"

Y es que nuestra relación fue un conglomerado de "primeras veces". La había conocido una tarde de invierno en la redacción de Canaria7, donde ella era la responsable de la sección de Cultura. Le llevé un artículo que navegaba entre la creación y la crítica, hablando de García Márquez (acababa de publicarse Crónica de una muerte anunciada) y tratando de hacer un paralelismo entre Macondo y Canarias. Lola lo publicó (fue mi debut en este periódico) con una entradilla muy generosa, pues por entonces yo tenía un par de premios literarios pero las novelas premiadas aún no habían sido publicadas. Cuando, por fin, salió mi primera novela, Lola me hizo una entrevista (la primera que hice en cualquier medio) y también hizo la primera crítica publicada sobre una obra mía. Esa fue nuestra primera "primera vez".

Y hubo otras, muchas. Poco después ella publicó su primer libro, un poemario titulado Chanel número cinco, y fui yo quien escribió y publicó la primera crítica sobre el libro y sobre Lola como escritora. Durante años fue un toma y daca con que ambos nos ayudamos a cruzar aquel desierto literario que fueron los años ochenta. Y como telón de fondo el Canarias7, que es como el buque en el que navegamos siempre y desde el que nos lanzábamos salvavidas. Pocas veces un periódico ha tenido tanta incidencia en la trayectoria de unos escritores como entonces este medio con nosotros.
A finales de la década mencionada se abrió la colección Nuevas Escrituras Canarias, que codirigí con Agustín Díaz Pacheco, otra piedra del puente del que les hablé. Cuando hubo que sacar el primer número (salieron 32 en siete años), y conociendo las gran estupidez que es el pleito insular pero que nos marca, escogimos a Lola para abrir la colección porque había nacido en Tenerife y estaba radicada en Gran Canaria. Era la única manera de que nadie se rasgara las vestiduras. Y allí se publicó el libro que considero fundacional de toda su narrativa, la colección de cuentos Basora. Fue esa otra "primera vez". También lo fue cuando obtuvo el Premio Atlántico de Literatura Infantil y Juvenil con Azalea, para ser publicada en la Biblioteca Infantil Canaria, que se hizo para normalizar la literatura infantil entre los autores canarios.

Nuestra trayectoria fue una permanente coincidencia de "primeras veces". Juntos reabrimos una colección para leer en la guagua, luego formamos parte de un proyecto de escritores y fotógrafos llamado La otra ciudad, en el que Lola escribió un magnífico relato situado en un barrio de la periferia de la urbe. Y hubo muchas más coincidencias, hasta el punto de que incluso tratamos de escribir una novela a seis manos con Orlando Alonso, vía correo electrónico. Aquel proyecto se fue muriendo porque cada uno de los tres tenía su propia idea de la narración y los intereses no casaban, de manera que cuando ya teníamos un buen avance vimos que aquello no tenía pies ni cabeza y lo dejamos. Pero lo intentamos, y la marcada personalidad literaria de cada uno, especialmente la de Lola, fue la causa final de que no pudiésemos mezclar agua y aceite.

Y así pasó un cuarto de siglo, y noté -también por primera vez- su falta entre el público cuando presenté en 2008 la primera que sacaba después de que ella se hubiese ido. Ahora el puente que entonces ayudamos a formar se ha convertido en un edificio literario enorme, sólido y que sigue creciendo, porque si quisiera enumerar nombres de la narrativa y la poesía viva en Canarias necesitaría mucho espacio. Hay autores y autoras de mucho calibre, con una potencia literaria muy madura, por lo que podemos decir que nunca hubo un momento de la historia de Canarias con tantos y tan buenos escritores y con obras que ya conforman los cimientos de una gran literatura narrativa (la poesía venía de lejos). Y Lola, además del valor de su propia obra desnuda, es también una pieza fundamental del motor que ha hecho que uno se asombre casi cada día con nuevas y magníficas obras escritas aquí. Por todo ello, Dolores Campos-Herrero, la mujer que derrochaba ironía y generosidad, es una figura central del impulso de la literatura en Canarias a comienzos del siglo XXI.
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(Este trabajo fue publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del día 3 de febrero)

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