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Don Benito:
El trabajo que sigue -perdóneme por la extensión- ha sido publicado en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7 del día 20 de mayo, como homenaje a Mario Benedetti, que ya está con usted. He puesto de entrada una foto suya para que no se sienta celoso, que ya sé que a los escritores siempre nos pierde la vanidad, pero entienda que ahora toca homenajear a Benedetti. Dele a Mario un abrazo de mi parte, y dígale que por aquí todo el mundo habla de él. No hay nada como morirse para que hablen bien de uno, aunque ha habido alguno que habría hecho mejor en callarse. Siempre pasa, pero nada podemos hacer cuando a la gente le falta la más mínima elegancia.
Siempre suyo.
***
Veinticuatro horas con Mario (*)
"Pocas veces he tenido la ocasión de compartir un día entero con uno de los grandes de las letras, y esta ocasión se me dio en mayo de 1985, cuando Mario Benedetti vino a Las Palmas acompañando a Joan Manuel Serrat, que iba a cantar frente a la grada curva del Estadio Insular las canciones que nacieron de las palabras de Benedetti y que dio lugar al disco El Sur también existe. En realidad pude estar con los dos, con Serrat y con Benedetti, pero es indudable que el carisma, el magisterio y la visión de aquel hombre que venía de vuelta de todo era como una luz que explicaba el mundo con su palabra.
Mario Benedetti fue un escritor que no le hizo ascos a ningún género literario, siempre que este sirviera a su propósito, que no era otro que enaltecer al ser humano por encima de cualquier otra consideración. Esto lleva aparejado un insobornable amor por la libertad y una apuesta por la palabra comprometida aunque a veces duela. Probablemente se equivocó muchas veces, pero nunca mintió, y esa honradez literaria fue la que le hizo ser desde muy pronto un faro para varias generaciones.

MAÑANA
Tan atrevido era con la palabra, que incluso se atrevió a cantarla, surgiendo de sus recitados en los espectáculos que realizó con Daniel Viglietti y con Nacha Guevara, cuando Alberto Favero, el compañero de esta, le puso música a muchos de los poemas de Mario. Vino a Canarias en los años sesenta y pasó desapercibido, y casi no se le vio en 1985 porque el barullo mediático de Serrat hacía volver hacia él todas las miradas. Recuerdo que en un paseo por una calle comercial de nuestra ciudad, buscábamos una tienda de discos y una librería, pues tenían que hacer un regalo esa misma tarde y ya no les quedaban discos de la promoción y Benedetti no va con sus libros encima. Sé que buscábamos una edición reciente de Inventario, un volumen en el que Mario iba haciendo de tarde en tarde acopio de sus libros anteriores.
En la librería -no digo el nombre- una dependienta nos atendió, y le pedimos el mencionado libro. Al escuchar el nombre del autor, ella preguntó si era una traducción, porque los libros de los autores que no escribían en castellano se colocaban en un estante determinado. Le dije que no, que era un libro originalmente escrito en nuestra lengua, pero ella insistió porque el apellido le sonaba extranjero. "Creo que se refiere usted a este autor italiano", dijo la chica, y nos llevó al estante donde, efectivamente, junto a Antonio Tabuchi, Graham Green y Alejo Carpentier (este debía sonarle francés) estaba el libro de Mario. Entonces, yo, joven y vanidoso por ser el acompañante de tan alto poeta, le dije a la chica que tenía delante al autor del libro, Mario Benedetti. Ella, sin inmutarse, se revolvió: "Usted no me la va a dar con queso, yo le he reconocido, pero este señor no es Mario Benedetti sino Joan Manuel Serrat".
Serrat entonces, un poco incómodo al ver que el maestro pasaba desapercibido, también por su baja estatura, trató de esclarecer las ideas a la chica, y ella, dirigiéndose a Mario Benedetti, usando la pregunta como defensa, dijo: "¿Cómo va a ser usted Mario Benedetti? ¿Acaso es usted italiano?" Mario sonrió y, con la ironía que siempre llevaba puesta contestó: "También". Es evidente que en la tienda de discos enseguida supieron que Serrat era Serrat, y hasta se estableció un debate porque él mismo estaba comprando su disco. Pero esa es otra historia.
Los poetas pasan de puntillas por la vida de los demás pero queda su obra. Aquella chica se sabía de memoria las canciones del disco de Serrat con letras de Benedetti, pero fue incapaz de relacionar al poeta con aquel hombrecillo silencioso y vivaz que tenía delante. Sobra decir que, cuando caminábamos por la calle de Triana, la gente paraba a Serrat y le pedía autógrafos, mientras Mario Benedetti y yo esperábamos a que el cantante se deshiciera de su público. Nadie paró a Benedetti, y estoy seguro que muchos de los que lo tuvieron delante y se cruzaron con él conocían sus versos.
No es raro, yo tampoco lo conocía, ni siquiera como poeta, hasta que, a principios de los setenta, un amigo aventajado me habló de Nacha Guevara, una cantante argentina que cantaba canciones de un poeta uruguayo. Tenía una cinta grabada con zumbido de onda corta en las emisiones de Radio Moscú para Latinoamérica, donde solían poner -y así los conocimos- a Quilapayún, a Los Olimareños y a los viejos Cantores de Quilla Huasi. La canción que cantaba Nacha no era otra que Mucho más que dos, que muy pronto se convirtió en himno de los jóvenes en plena Transición española.
Luego vino Nacha Guevara a Las Palmas y vimos en el Pérez Galdós (entonces daban en ese teatro cosas que no eran ópera) su famoso espectáculo Nacha de noche, en el que incluía varias canciones de Benedetti. Lo siguiente fue hacerse con el libro Inventario y descubrir una voz tremenda, que desde la poesía nos llevó a cuentos tan extraordinarios como Peque-bú (pequeño burgués) y a novelas magníficas como La Tregua o Gracias por el fuego. Por eso, cuando en el teatro de Agüimes vimos hace unos años a Mario cantado junto a Daniel Viglietti no nos extrañó, porque Benedetti, con tal de comunicar su mensaje era capaz de escribir lo que fuera, cantar y no sé si hasta bailar. Era un gran poeta, un gran novelista, un extraordinario cuentista y sobre todo un escritor que pensaba únicamente en el hombre libre. Y de eso pueden también dar fe su teatro y su larga obra ensayística y periodística.
TARDE-NOCHE
A mediodía fuimos a almorzar a Las Coloradas, que entonces estaba muy de moda -lo sigue estando- por el buen pescado que sirven en un afamado restaurante. Y fuimos allí porque Mario quería pescado, y mientras degustaba silenciosamente una vieja sancochada, miraba con cierta sorna al pobre Serrat que tuvo que comer por entregas, porque la clientela no dejaba de acercarse a su mesa para pedirle autógrafos. A media sesión, Mario, que estaba de espaldas al público, se levantó y le cambió el sito a Serrat, para que el cantante pudiera tomarse tranquilo el postre y el café. "No hace falta, Mario", le dijo Serrat, pero Mario insistió "es que yo también quiero que vengan a pedirme autógrafos". Nadie vino, y mientras saboreaba un cortado clarito volvió a sacar su ironía: "Ya te he dicho Joan Manuel que los poetas somos unos fracasados por definición, nadie nos me pide autógrafos; eso sí, comemos muy tranquilos".
Como todos los grandes de la cultura, Benedetti no se tomaba en serio a sí mismo. Debía conocer el alcance de su obra, y que por sus relaciones cercanas con Cuba tendría problemas para que le dieran los grandes reconocimientos. "Ese no parece ser problema", le dije, "García Márquez también es amigo de Fidel y le han dado el Nobel". Pero él era de la teoría que con García Márquez se había llenado el cupo de amigos de Fidel, y la demostración es que siempre ha sido candidato al Cervantes y nunca estuvo cerca de obtenerlo, aunque eso a él no le preocupaba porque sabía que su palabra ya estaba en la circulación arterial de la cultura en nuestra lengua.
El recital fue en el estadio Insular y como es fácil suponer estaba lleno. Serrat cantó el disco completo y, como siempre, en los bises le hicieron cantar Mediterráneo, que es una cruz de oro con la que tiene que cargar siempre. En la cena le pregunté si no le cansaba tener que cantar siempre esa canción, y me dijo que no, pero que, de tanto repetirla, a veces se queda en blanco y se le olvida de la letra, un curioso fenómeno que delata el cansancio mental pero que el cantante no quiere reconocer. Supongo que eso le pasará a todos los cantantes que tienen una canción-fetiche, que indefectiblemente se le pide en todas su actuaciones.
Es importante señalar que en la cena nos acompañó otro gran poeta, Agustín Millares, pues me pareció que era importante que ambas figuras compartieran mesa. Pocas veces he visto juntos a dos poetas más honrados y comprometidos. No sé si se conocían antes de aquella noche, pero lo que si sé es que hablaron hasta muy tarde en la terraza del Hotel Santa Catalina, mientras Serrat se fue a dormir y yo a mi casa para hacer acopio de fuerzas, pues al día siguiente tendría que ir a buscar al poeta para llevarlo de regreso al aeropuerto. Serrat se iría más tarde, con su grupo de músicos y técnicos, de camino a Barcelona. Mario se iba a Madrid, donde ya tenía un compromiso para aquella misma noche.
DESPEDIDA
Desayunamos juntos y de ese desayuno es la fotografía que conservo junto al poeta. Como anécdota, tengo de decir que quien disparó la cámara fue Serrat, que también nos acompañaba en el desayuno. Luego le dimos la cámara al camarero (extraña familia de palabras) para que nos sacara una a los tres. El camarero disparó, pero desde luego no hacía honor a su título porque de cámaras sabía poco. Salió oscura, semivelada y movida, una abstracción inservible.
(Esta foto la pongo siempre porque estoy muy orgulloso de ella. Si tuviera una con usted, también la pondría)

Durante aquellas veinticuatro horas hicimos todos los recorridos en mi Volkswagen utilitario, y a menudo teníamos que parar porque había una zanja abierta por obras, o estaban descargando un camión de ladrillos o se estaba realizando alguna tarea de construcción en una época de febril crecimiento de la ciudad. Benedetti había estado en los años sesenta y por lo visto entonces se extrañó de la gran actividad constructora que había en una ciudad que se abría al turismo. Para él era como si la estuviesen construyendo de nuevo. Y al volver, casi veinte años después, seguían construyendo, decía que en esos años la ciudad era el doble de grande a su vista de forastero, y probablemente era así.
De modo que, al despedime de él en el aeropuerto, le pregunté cuándo volvería a Las Palmas. El, irónico como siempre, me dijo: "Cuando la terminen, avísame". No hemos terminado la ciudad, o más bien estamos acabando con ella, pero Benedetti sí que volvió después, al menos dos veces que yo recuerde, pero en esas ocasiones sólo tuve oportunidad de saludarlo brevemente, y por eso en mi memoria con el poeta tengo en lugar preferente aquellas veinticuatro horas que pasé con Mario Benedetti un día del mes de mayo de 1985.
Ahora se ha muerto, y su pequeña figura de hombre humilde se agiganta porque se queda en el éter de la palabra como elemento fundamental de los seres humanos, y por él sabemos que en la calle, codo a codo, somos mucho más que dos. Te deseo un buen viaje, Mario, tú que tanto sabes de exilios y desexilios ahora tiene el don de la ubicuidad. Sé que no vas a volver a Las Palmas, que desde ayer te quedas para siempre en la memoria colectiva de todos los que hablamos la misma lengua, y no me refiero al castellano, sino a la lengua de los hombres libres. Te heredamos en el compromiso por la justicia y por la libertad. Son grandes palabras que a menudo ensucian quienes las usan precisamente para imponer la tiranía. Si se mantienen impolutas es porque hay poetas como tú. Gracias."
(*) En el periódico se publicó con el título de Un día con Mario.