Esto es un extracto de un relato publicado en la desaparecida revista Fetasa hace tantos años que ya ni me acuerdo. Creo que va con la fecha:
"Entró en la discoteca cuando ella casi se iba, y al verlo se puso de pie. Sin palabras, entraron juntos a bailar una canción lenta de Elvis Presley. La suerte estaba echada. A las nueve la dejó cerca de su casa, no fueran a verla bajar del coche y le llevaran la novedad a su padre. Le dijo que en la madrugada colgaría la bandera republicana en la entrada de su Escuela, y al instante ella le pidió que la fuese a buscar a las doce. Aparentemente fue un acto de irresponsabilidad, podría delatarlo a la policía del tirano, apenas la conocía pero ya confiaba en ella.
Fueron puntuales, después de que él anduviera sin rumbo por la ciudad durante las tres interminables horas que faltaban, y ella se entretuviera echando aceite furtiva de máquinas de coser en las bisagras de su casa para que no chirriasen y descubrieran su salida nocturna. Llegaron a la puerta del centro en el que ella estudiaba y estimaron que era demasiado temprano para la subversión. Se sentaron en el coche y fue como si sonara un "siempre".
Hacía frío. Ella tiritaba, seguramente porque aquel abril necesitaba más abrigo que el que pudo disimular antes de su escapada. El abrió el maletero y sacó la bandera, que olía fuertemente a gasolina porque aquel Volkswagen escarabajo que conducía tenía el depósito debajo del portabultos, y siempre había pérdidas de combustible con los baches. Le hizo varios dobleces a la bandera y, para protegerla del rigor de la madrugada, la envolvió en ella, como a las heroínas.
Ella dejó de tiritar, tal vez por el abrigo de la bandera o porque ya iba acostumbrándose a un nuevo calor. La sentía latir bajo la franja malva de la bandera. Sus manos se movían levemente sobre su cintura prisionera del amarillo, mientras el calor de su pasión adolescente traspasaba el rojo de la tricolor en el comienzo de sus piernas.
Eran más de las tres cuando la devolvió a la legalidad de su dormitorio, aunque su cuerpo iba impregnado de caricias y del olor a gasolina. Juntos habían colgado de la solitaria farola la bandera republicana, aquellas tres franjas que arderían apenas amaneció, cuando la policía hizo limpieza de violetas por toda la ciudad.
Así es el amor republicano, un juego sin fin, que comenzó con Elvis y cambió a rojo, amarillo y malva al Paint it black de Mike Jeager que escuchaban en la radio del coche bajo la luz de una farola solitaria durante la madrugada de un viernes, catorce de abril, embozados y emboscados tras una bandera tricolor".
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Para que nadie se ponga a especular, esto es un cuento, y la chica de la bandera republicana de la foto es Carmen Maura en la película !Ay Carmela!

Algún día quizá no será un cuento.
Algún cuento quizá será un día.
Saludos.