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Archivos Noviembre 2008

Cuando hablamos de políticos de raza recordamos siempre a aquellos que supieron navegar entre la tormenta, liderar a un pueblo contra la adversidad y entrar con letras grandes en las páginas de la historia. Políticos como Chirac, Helmunt Smith o Aznar se quedan en el gris limbo de los funcionarios que timonearon tiempos de bonanza, que en realidad casi no necesitaban timonel.

cuatro.jpgAsí, recordamos con especial emoción a Adolfo Suárez, que atravesó una tormenta que finalmente lo arrastró personalmente, pero quedó en la historia porque hizo casi lo imposible, o Helmunt Kool, que se atrevió a desafiar la geografía unificando Alemania por su propios medios, cuando casi nadie creía en él. Son sonados también los casos de los dos Rooesevelt, el de un Adenauer que reedificó físicamente una Alemania destruida, y Churchill, que se hizo cargo del gobierno inglés en el peor momento de su historia moderna, hasta tal punto que en su discurso de entronización sólo prometió sangre sudor y lágrimas.

Hay políticos que se crecen ante la adversidad y sacan partido a los malos momentos. Ahora mismo vemos cómo Sarkozy y Brown sacan pecho en la tormenta finaciera, mientras Zapatero y Merkel se diluyen con cara de miedo en lás páginas de la historia. Ser presidente en las épocas de Hermoso, Román o Adán Martín era bastante menos complicado que ahora. Es ahora cuando hacen falta políticos de raza, que no quiere decir que los mencionados no lo fueran, pero no tuvieron ocasión de demostrarlo. Es Paulino Rivero el que tiene una oportunidad de oro para inscribir su nombre con letras muy grandes en la Historia de Canarias. Ojalá lo consiga, porque eso significará que ha sabido navegar con valentía en medio del temporal. Ojalá, y Zapatero también, que no a todos los políticos la historia les brinda una oportunidad tan clara.

ghy.jpgEl debate sobre la producción cultural en Canarias viene dando tumbos desde aquel Congreso de Cultura en los años 80 del siglo pasado (han pasado 25 años), y la cuestión es que todo sigue igual, de manera que la gente piensa que las personas que se dedican a esto son unos vagos que se ponen a la rueda del poder. Siempre fue así, tanto en la Florencia de los Medicis como en la corte de Felipe IV que dio fenómenos como Velázquez o la corte imperial vienesa que protegió a músicos hoy imprescindibles.

Pero eran otros tiempos. Hoy las cosas deberían hacerse de otra manera. Por ello, enlazo con un interesante trabajo de Nicolás Melini para que el debate continúe, porque lo peor no es que la gente crea que los culturos son unos profesionales de la mamandurria, sino que eso crea familias, desconfianzas y desunión, con lo que nunca llegamos a ningunga parte sencillamente porque ni siquiera zarpamos. Como dice Melini, si hay subvenciones para todas las actividades (pregunten por el IAEM, por ejemplo), no hay por qué avergonzarse de que haya dinero público para la cultura.

Juan Marsé es un excelente novelista, eso está fuera de toda discusión, pero sus comportamientos en este mundillo de la literatura se asemejan a los de un niño caprichoso. Está claro que merece el Premio Cervantes que ayer le otorgaron, incluso creo que se lo han dado tarde, porque ya lo tienen medianías mientras que autores como Juan Goytisolo, Caballero Bonald y el propio Marsé lo veían pasar cada año por delante de sus narices.

www.gifPertenece Marsé a una generación en la que había muchos señoritos, que se mezclaban con los señoritos de la generación anterior: Los tres Goytisolo, Barral, Valente, Semprún (aunque estuviera en Francia), Gil de Biedma (tío de Esparanza Aguirre), y otros de ese pelaje, que eran magníficos poetas y novelistas pero que tenían los riñones bien cubiertos. Marsé era pobre de cuna, tanto que fue adoptado por otros tan pobres como sus padres biológicos, y nunca pudo estudiar. Es un autodidacta y, a juzgar por sus comportamientos, sus novelas nacen del resentimiento, que es, como el odio o la venganza, un buen motor de la literatura. Sobre eso hay una anécdota muy ilustrativa:

Desde tiempo inmemorial y nadie sabe por qué, arremete contra el novelista en lengua catalana Baltasar Porcel, que pertenece a esa clase social con la que Marsé parece tener un permanente ajuste de cuentas. Hace unos años un periodista le preguntó por qué odiaba tanto a Porcel, y Marsé contestó: "No me acuerdo". Y es posible que no se acuerde, lo odia simplemente por ser Baltasar Porcel. Lo que digo, resentimiento.

Yo lo recuerdo siempre cabreado, y por cosas que se supone que a un proletario no lo alteran, como la vanidad, los premios y los reconocimientos. En su fuero interno debía creer que lo despreciaban por su origen, pero, ya coronado con el Cervantes, se ha quedado sin argumentos. Seguiré releyendo a Marsé (Si te dicen que caí es una de las grandes novelas del siglo XX), y espero verlo sonreír el próximo 23 de abril por primera vez, cuando el Rey de España -esa es otra- le entregue el máximo galardón de las letras en nuestra lengua.

Enhorabuena, maestro, y a ver si se le acaba ese cabreo crónico.

Se montó hace unas semanas un pifostio del carajo cuando se publicó el libro de Pilar Urbano sobre la Reina, se estuvo hablando del papel de doña Sofía, del silencio necesario sobre algunos temas y sobre su papel institucional, que no constitucional, porque la Constitución de 1978 no le da ninguna misión, puesto que sólo es la esposa del Jefe del Estado, que es quien ostenta la representatividad y tiene que mantener una posición equidistante y prudente respecto de cada una de las opciones políticas; al menos en público.

Ayer, un periódico de Madrid corona.pngsacó una información sobre la intervención del Rey en el asunto de la venta de una parte de Repsol a una petrolera rusa. Será verdad o será mentira, pero está claro que lo que haga o diga el Rey sí que es fundamental porque constitucionalmente sí que tiene un papel en la estructura del Estado. Y la extrañeza me viene al ver que nadie ha entrado en ese asunto, ni a favor ni en contra, cuando esta vez sí que tiene importancia. Todo lo más, unos tímidos desmentidos de segunda mano por parte de la Casa Real.

Y este sí que es un asunto clave, puesto que la mujer del César no sólo debe ser honesta, también debe parecerlo, pero hay como miedo (o al menos precaución) cuando se habla del Rey, y yo creo que en una sociedad verdaderamente democrática esto no debería ser así. Es raro, la verdad.

Juancho1.jpgEscribir artículos en los periódicos ha sido desde mediados del siglo XIX un oficio habitual entre los escritores, especialmente los novelistas, aunque algunos poetas hicieron incursiones periodística con muy buena fortuna, tal es el caso de Antonio Machado, que nos dejó a Juan de Mairena clavado para siempre en la memoria de la literatura. Y, como diría Juancho Armas Marcelo, ahí está la vaina, porque finalmente, los buenos narradores o exquisitos poetas que escriben honestamente en los periódicos, hacen eso que llaman periodismo literario, es decir, literatura. Los hay que son periodistas, y hacen su oficio, pero no cuando escriben columnas, porque entonces sacan la patita literaria, que es la que da perdurabilidad, porque el buen periodismo cuanto más fungible mejor, dada su condición de inmediatez.

Citaba a Juancho en el anterior párrafo, y no era por casualidad, sino porque este artículo tiene como causa eficiente (debe habérseme colado el filósofo Mairena de Machado) la publicación de su libro Celebración de la intemperie, que es un trozo de memoria literaria y de la otra que se extiende a lo largo del tiempo y va configurando una manera de ver, pensar y actuar (volvemos a la aristotélica causa eficiente, posterior a la material y formal, y anterior a la final). Y todo esto se hace desde una columna de prensa, como lo hicieran Larra, Alonso Quesada o César González-Ruano.

Decir que este libro es un conjunto de artículos periodísticos no se acerca a la verdad, porque lo que Juancho escribe no son artículos, porque en realidad son memorias fragmentadas, que al final conforman un puzzle consecuente; ni son periodísticos porque el valor fundamental de lo noticiable entra en la antología de lo perecedero.

Contar un hecho o comentarlo es primigenio, original (en sentido de ser el origen), efímero por lo tanto, y es la esencia del periodismo. Analizar con cierta perspectiva este hecho, o contarlo desde la distancia, ya no es periodismo, es literatura.
Se ha dicho muchas veces -Umbral lo repetía casi cada jueves- que muchas de las mejores páginas de la literatura del último siglo y medios fueron publicadas en volanderas páginas de periódicos. Eso es cierto, pero no son periodísticas, y ya lo de volanderas suena a manido, porque las hemerotecas informatizadas sirven en almoneda prácticamente todo lo importante que se ha conservado entre polillas durante décadas.

jj.jpgJuancho tiene vocación de puente entre la Iberia carpetovetónica y la América asalvajada, ilustrada, anglófoba y angófila, italianizante con acento porteño o caribeña, heredera de España y rebelada contra la legadora. Porque hay muchas Américas, y me temo que España sigue en la misma tesitura guerracivilista y marrullera. Dicen que los tiempos están cambiando, es cosa del reloj, porque por lo visto España no cambia, sigue repicando a misa y doblando a muerto, y se repite una y otra vez la misma marrullería que contara Galdós en su Doña Perfecta de 1876. Es igual, lo mismo pero diferente, pero parecido, como diría Cantinflas en el más infumable de sus monologuillos.

Celebración de la intemperie, cruza ese puente una y otra vez, como lo hace Juancho en sus novelas, ancladas en Madrid, Distrito Federal, y amarradas a La Habana, Santiago, Tijuana o Buenos Aires. En sus columnas recogidas en este libro se trasluce esa historia de ida y vuelta, unas veces con olor a sopa castellana de un restaurante del madrileño Barrio de Salamanca, otras con ese aire entre salvaje y exquisito de El Sur, el cuento de Borges que define en diez minutos la duple condición de Argentina, sutil y británica hasta el empalago y a la vez brutal y primitiva como la faca de un gaucho encabronado.

Esa es la multivalencia de la lengua de Juancho, porque la lengua, que es vehículo de información, es información por sí misma cuando suena como la música de una canción distinta. Los críticos peninsulares se empeñan en repetir que Juancho es el más latinoamericano de los escritores españoles y el más español de los escritores latinoamericanos. Eso es una majadería que a mi parecer lo sitúa en tierra de nadie, haciéndolo extranjero en ambas orillas. Es como si dijeran que Javier Marías es el escritor inglés que mejor escribe en castellano, y lo contrario cuando traduce. Con esto parecen querer dar a entender que lo que escribe Juancho es una especie de español matizado de americanismos, o una lengua criolla con una sólida formación clásica propia del obispo de Sigüenza. Y se equivocan, porque siguen en lo carpetovetónico, y creen aunque digan lo contrario que hay una lengua madre y las demás son variedades menores.

Pero eso no lo suelen decir de Juancho en América, porque lo que escribe es justamente el resultado de un mestizaje de ambas orillas (y de la tercera, la del Pacífico) y esa majadería de latinoamericano cruzado con español (o al revés) no quiere ver que Juancho es simplemente un escritor que ha asumido como suya una lengua en toda su dimensión.

Decía al principio que en este libro se contienen trozos de memoria, porque la memoria se construye a cachitos, como una casa con ladrillos. Lo más curioso de estos artículos es que Juancho opina, pero opina menos de lo que parece, porque finalmente aparece el narrador y lo que hace es convertir en personajes literarios a las personas de verdad. Y, si me apuran, Celebración de la intemperie, puede leerse como la gran buffé de la literatura en esta lengua en la han escrito Cervantes, Fuentes y hasta Javier Marías, no crean. No falta de nada, caen mitos y a veces cayendo se mitifican aún más, hablan los muertos, y los vivos quedan a merced del trazo certero de la pluma de Juancho, que corta como un escalpelo.

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(*) Este trabajo aparece hoy en el suplemento Pleamar del periódico impreso
Canarias7.

cccc.jpgLa verdad es que hoy no sé por donde empezar, porque es 25 de noviembre, día Contra la violencia de género, de lo que ya no sabe uno qué decir, viendo tanto macho con cerebro reptiliano que se erige en dios y dispone de la vida de una mujer que considera de su propiedad, y no lo es ni casada, ni divorciada ni porque a ese energúmeno se le haya metido en la cabeza que tiene que ser para él, aunque ella tenga otros gustos. La verdad es que en días como hoy me da vergüenza ser varón.

Otro asunto es el de La Iglesia, que ha decidido perdonar a John Lennon porque hace cuarenta años dijo que los Beatles eran más famosos que Jesucristo. Y eso, aunque es una afirmación hija de la prepotencia del éxito temprano y mal digerido, también es un hecho objetivamente cierto, porque hay millones de personas de religiones no cristianas que desconocen por completo la figura de Cristo, y sin embargo en 1968 sabían perfectamente quiénes eran los Beatles. Podríamos decir hoy lo mismo de Madonna y en sentido inverso afirmar que el anime japonés es más famoso que el taoísmo.

Y lo tercero son las afirmaciones de Monseñor Cañizares, que mete en el mismo saco el aborto, los matrimonios homosexuales, el laicismo, los crucifijos en las escuelas y lo que él llama una sociedad enferma. Esto requiere un ensayo en cinco tomos, pero ya es hora de que empecemos a distinguir que Dios es una cosa, el Cristianismo otra, la Iglesia otra y los creyentes otra. Pero ellos se atribuyen la exclusiva de Dios, y eso, de entrada, contraviene la propia definición de divinidad. Y los no creyentes no son necesariamente ateos. Pero ya seguiremos con esto.

venezuela.jpgNo tengo ni idea de lo que diría Francisco de Miranda si viese por el agujero de una llave la Venezuela actual. Tampoco sé qué pensaría Bolívar, ni lo que dirían el sabio Andréz Bello, el insobornable Rómulo Bethencourt y el genial Rómulo Gallegos. El chavismo ha llegado a Venezuela por la urnas y se mantiene por las urnas, pero dicen que la mujer del César no sólo debe ser honesta, también debe parecerlo, y las bravatas de Chávez hacen que no sea un hombre creíble, porque sus payasadas televisadas quitan la razón al discurso igualitario que dice pretender el chavismo.

Y ahí está el problema, el chavismo, como el castrismo, el peronismo, el porfirismo, el sandinismo y todos los ismos latinoamericanos que se miran en un caudillo, esperando a alguien que venga en un caballo blanco a sacarlos de la miseria. La democracia es otra cosa, incluso puede ser lo que dicen los chavistas, pero sin Chávez, y no se puede invocar a las urnas cuando se dice en el Estado de Carabobo, donde nació la independencia, que si gana la oposición en las elecciones él, el caudillo, sacará los tanques a la calle.

Con respecto a Venezuela no creo a nadie, porque la fanfarronada vale lo que un barril de petróleo de Maracaibo, ayer a 140 dólares, hoy a la tercera parte. Con esas premisas no se puede esperar democracia, y lo que se colige de todo esto es que Venezuela está muy jodida, primero con los corruptos que la han vaciado durante décadas y ahora con los que dicen defender la igualdad.

ao346myuid2jg4ac[1].jpgNo se extrañen de que muy pronto las facturas de la luz, el gas y la gasolina sean expedidas en caracteres cirílicos. ya saben por qué.

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(A la derecha, foto de la inminente factura del gas en ruso)

La invitación del Cabildo de Tenerife a Barak Obama, para que visite la isla, no deja de ser una curiosidad. Antaño invitaban a los niños de la Operación Plus Ultra (perdonen los más jóvenes, pero es muy largo de explicar), y luego a recién casados, a un cantante famoso e incluso anduvieron y cobraron (bien cobrado) por aquí el Ex-Presidente Clinton y su Segundo Al Gore, reconvertido en un adalid medioambiental de la naturaleza... de los billetes de dólar.

d.jpgEste tipo de promociones a menudo son una inversión, porque si el figurón atrae sobre sí los medios de comunicación es publicidad para Canarias que costaría mucho más hecha a golpe de anuncios y campañas. Lo malo es que luego las visitas de estos famosos o importantes no se ve reflejada en los medios extranjeros, con lo que el efecto publicitario es tan nulo como cuando para carnavales invitan a toda la mediocridad de la noche madrileña a pasarla en Las Palmas o Santa Cruz, que no sé para qué sirve, como no sea para dar más risa que la ex-novia de un torero cuando... Ya saben.

Pero esto ya me parece de una ingenuidad candorosa. Es tan increíble, que a lo mejor mañana tengo que envainármela porque el mismísimo Obama se está echando un café en Los Paragüitas. Puede ser; pero en lo poco que yo conozco, invitar nada más y nada menos que al Presidente Electo de Estados Unidos es una osadía tan disparatada que lo mismo el tío va y acepta.

Como si Barak no tuviera trabajo, pues ahora resulta que no sólo es amigo de Zapatero, sino que su gente se tutea con Moratinos. (Aznar con los pies sobre la mesa junto a Bush va a ser un juego de niños). Porque puede que Obama quiera intensificar relaciones con Canarias, realizando hermanamientos cojonudos: Oklahoma y Trisquivijate, Nebraska y Valle Guerra, Idaho y La Matula, y, por supuesto, Alaska y Los Pegamoides, Dinarama y Fangoria de una tacada. ¡Ay, Señor!

Aunque hoy no se cumplen cifras cerradas, parece que los medios están empeñados en volver por enésima vez sobre los días alrededor de la muerte de Franco, con una dedicación que raya el morbo. Esto se une a la constatación jurídica por parte de Garzón de que Franco está muerto -vaya novedad- y que toda la escandalera que montó queda en casi nada, porque finalmente deja en la manos de los jueces locales las decisiones que trataba de coordinar desde la Audiencia Nacional. Es decir, estamos como estábamos antes de que Garzón abriera el proceso que acaba de cerrar sobre sí mismo.

can.jpgPor otra parte, parece que el 20-N tiene connotaciones propias, y sé de algunos que han evitado en estos años realizar cualquier acto importante en esta fecha, fuese una boda, un bautizo o incluso una fiesta de cumpleaños. Hay quien se ha sonreído cuando les he dicho que mi nuevo libro se presentará hoy, 20-N. Y es que, a estas alturas, hay que empezar a normalizar las cosas, y el 20 de noviembre es una fecha como otra cualquiera, y las connotaciones históricas no nos pueden mediatizar para seguir adelante. Por esa misma regla de tres, procuraríamos evitar el 11-S, el 11-M o el 13 de abril, que es la fecha de hundimiento del Titanic.

A partir de hoy, recordaré el 20-N como el día en que presenté mi libro Tríptico de fuego.

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(He puesto una foto de uno de los perros de la Plaza de Santa Ana, seguramente porque entronca acon el mundo de perros, Bardinia, que está en mis novelas, y que da título a este blog)

Portada de TRIPTICO DE FUEGO.jpgMañana, a las ocho de la tarde, se presenta en la Sala Ámbito Cultural de El Corte Inglés de Las Palmas de Gran Canaria mi libro de narrativa TRÍPTICO DE FUEGO, un volumen que contiene tres novelas cortas que forman parte de un mismo espacio literario y que incluso es posible que, aún siendo tres novelas distintas, formen parte de una misma propuesta, ya que el fuego es determinante en las tres historias.

Hoy, en la edición impresa de Canarias7, se publica un fragmento de una de ellas, y como el espacio físico del suplemento Pleamar no da para más, les propongo en esta entrada un fragmento más amplio de cada una de las novelas que son:

1. El baile de San Pascual
2. El as de espadas
3. Almizcle


Espero que les atraiga tanto como para decidirse a leer el libro completo.

Gracias.

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CAPÍTULO DE LA NOVELA

EL BAILE DE SAN PASCUAL

CONTENIDA EN EL LIBRO

TRÍPTICO DE FUEGO

Emilio González Déniz
(Canarias 2008)

Los perros ladraron desde sus confortables casetas. Conocían a Marina pero estaban acostumbrados a anunciar con su ferocidad cualquier llegada a la casa. Los perro siempre ladran, es su oficio. El jardinero la acompañó hasta el porche de columnatas y friso triangular con el escudo secular de la familia propietaria de Pozo Grande esculpido en mármol. Aquella deferencia le indicó que Don Pablo debió haber dado instrucciones expresas y que se la iba a tratar como una visita; tuvo oportunidad de suponerlo cuando el capataz en persona fue a buscarla a su casa. Percibir que se la esperaba con cierta solemnidad la puso aun más nerviosa y exacerbó su timidez.

El jardinero tocó la aldaba del portalón principal y Pino, el ama de llaves, la criada más antigua de la casa, la hizo pasar a una habitación pequeña, blanca y cegadora, con ventanas luminosas y cortinas de gasa. La expresión de adustez de la criada eran esta vez puro desafío, seguramente incómoda por tener que hacer los honores a una muchacha que a diario estaba bajo sus órdenes. Cuando Pino se marchó, Marina logró pensar que aquella era la habitación más hermosa que había visto en toda su vida. Durante los años que había trabajado en la casa nunca había entrado allí, seguramente porque aquel era el santuario de Don Pablo y el ama de llaves en persona se encargaría de tenerla siempre a punto. Había oído hablar del gabinete blanco de Don Pablo, pero nunca pensó que fuera tan hermoso.

Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que aquel cuarto levemente amueblado en blanco no era sino la antesala del verdadero gabinete, que se entreveía por la puerta entornada de uno de los lados de la habitación. La curiosidad la llevó hasta el umbral y la hizo empujar la puerta, también blanca. Ante sus ojos apareció una enorme sala donde hasta el objeto más nimio era blanco. Se diría que para entrar en aquella habitación había que vestirse de blanco para hacer juego con los muebles, el piano, los floreros y el mármol del suelo. Marina nunca había visto ni imaginado un mausoleo clásico, pero el frío que la invadió al cruzar aquella puerta debió hacerle intuir la idea.

De espaldas a ella, sentado en un sofá inmenso, Don Pablo leía con aparente despreocupación. Al notar su presencia, el anciano soltó el libro -único objeto de color en la estancia y sin duda traído de otra habitación puesto que allí no había lugar para libros- y se incorporó. El rectángulo marrón de las tapas del volumen hería la vista entre las manos de Don Pablo: él también vestía absolutamente de blanco.

-Pasa, pasa, no tengas miedo- dijo el viejo con tono magnánimo muy distinto al que empleara el día que la hizo subir a su Ford.

En Pozo Grande, recomendar ausencia de temores significaba que había algo que temer; lo sabía Marina desde niña, y por eso tuvo miedo al anciano que la miraba desde el sofá blanco. Don Pablo también debía saberlo cuando ponía en su boca semejantes palabras. De nuevo, los verdes e insondables cristales de las gafas del Amo salieron de uno de sus bolsillos y se interpusieron entre su mirada y la joven. La distancia era más larga aun, por más que el tono quisiera ser paternal y conciliador. En regio, elegante y parsimonioso gesto cortesano, impropio del lugar y la situación, Don Pablo se despojó de las gafas y fue a ponerlas sobre el piano de cola que permanecía cerrado acaso desde que Doña Irina murió. Prescindía con ello de una barricada que le protegía, pero él no necesitaba protección ante Marina, una aparcera, demasiado joven para contravenir la autoridad que desde siempre el Amo tuvo sobre su gente. Marina estaba en total indefensión.

-Cierra la puerta- dijo Don Pablo mientras se dirigía a una especie de bar clásico donde ya tenía servido un coñac. Su voz, no por tenue y amigable era menos autoritaria.

Los pocos años de Marina fueron insuficiente oposición ante la omnipotencia del viejo que la invitaba a sentarse con ademanes que hasta a Marina le parecieron exagerados. Las gafas verdes ya no estaban; sin embargo, la mirada directa del viejo, lejos de tranquilizarla, hacía palpitar cada vez con más fuerza su corazón joven pero atemorizado.

-Te he hecho venir, Marina... ¿no es ese tu nombre? para entregarte mi regalo de boda. Tu padre fue a verme y me dijo que deseas casarte con Juan. Sabes que tengo por costumbre hacer un regalo a las muchachas de Pozo Grande cuando son desposadas como Dios manda. Es mi deseo que, además del obsequio que siempre hago a las chicas, tú recibas otro muy especial, porque me caes bien y porque estimo mucho a tu padre.

Marina comenzó a tranquilizarse, aunque pensó por un instante que si estimaba mucho a Damián debía ser él el destinatario de sus regalos. Pero fue un instante, y volvió a la realidad más apacible porque en la voz del Amo creyó encontrar un halo de sinceridad. Entonces ella no sabía que la sinceridad se confunde a menudo con la hipocresía. Don Pablo le entregó dos enormes cajas forradas en celofán, llenas de manteles ribeteados que eran una ofensa para la humilde mesa donde ella los extendería; había también toallas para un cuarto de baño que ella no vería nunca ni en el cine, juegos de sábanas para una cama que acaso debiera llevar dosel... Luego otra caja más pequeña, semiabierta y con tapa transparente a través de la cual se podía ver un blanquísimo traje de novia como el que Marina había visto alguna vez en alguna vieja revista de figurines que su hermano le había traído de la ciudad. Por aquellos años, las aparceras se casaban con traje corto y negro; con mayor razón si, como era el caso de Marina, recordaban a una madre muerta pocos años atrás. Aunque no llevasen luto de continuo, el traje de boda sería negro.

-No, señor, esto no puedo ponérmelo, mi padre se ofendería -dijo ella con timidez insolente que casi molestó al viejo.

-Tu madre se alegrará al verte desde el cielo tan hermosa con ese vestido -argumentó Don Pablo-; en cuanto a Damián, déjalo de mi cuenta, no rechistará si sabe que es mi voluntad que te cases de blanco.

Marina lloró. Pensaba en su madre, en lo bella que estaría con aquel vestido, en la cara de Juan cuando la viese vestida como las novias de los figurines, pensó en su futura felicidad que comenzaría dentro de aquel traje largo y precioso.

-Vamos, vamos, déjate de lágrimas -la intentó tranquilizar Don Pablo- no llores, que no hay motivo.

Marina respiró hondo y logró contener el llanto, aunque por dentro seguía emocionada, sobre todo cuando recordaba a su madre y la entereza de su padre al que ella le intuía una vida corta, pues no en vano se le empezaban a notar los estragos de la enfermedad.

-Así me gusta -dijo el dueño de Pozo Grande-, ahora pruébatelo por si hay que hacerle algún ajuste, ya sabes que estos vestidos deben ser hechos a medida.

La muchacha no se atrevió a dar una negativa. Sentía miedo, emoción y agradecimiento. Pasó con resolución a una habitación contigua en aquel laberinto de estancias que era Pozo Grande y se metió en aquella fronda de gasas, encajes, tules y rasos. En el espejo se encontró realmente más bella que cualquier figurín que ella hubiera visto. El traje le quedaba justo, como si lo hubiesen cortado para ella. Parecía una princesa de los cuentos de hadas que la hija del mayordomo leía y ella deletreaba. Regresó a la sala donde Don Pablo la esperaba; estaba enrojecida por el rubor de la timidez y el sofoco de la emoción. Nuevas lágrimas fluyeron a sus ojos. Don Pablo, cual caballero albo de uno de los cuentos que ella imaginaba, la rodeó de palabras paternales, le secó el llanto con un finísimo pañuelo de olor masculino y francés y la besó en la frente. Fue entonces cuando Marina empezó a sentir un explosivo sentimiento, que era mezcla de ternura, sumisión y respeto. Tembló.

Siguió inmóvil, con los ojos cerrados y los brazos caídos. Don Pablo reanudó sus caricias, apenas interrumpidas. La besó en el cuello. Marina quiso decir algo pero los labios del viejo acallaron los suyos. Pensó revolverse, pero ¿cómo rebelarse ante la omnipotencia? Pensó, pensó, pensó. Luego sólo pensó que debía pensar, y llegó un momento en que hasta el pensamiento se le aquietó. Otra vez la noria de sensaciones y pensamientos la paralizaban como la noche en que sacó a bailar a Juan. Las expertas manos de Don Pablo la condujeron a un estado nuevo para ella. Casi le despertó el deseo. Era un estado involuntario pero placentero. Acaso no pudo darse cuenta -o no quiso- de que estaba desnuda, tendida sobre el sofá inmaculado. Asistía como en el cine destechado del pueblo a la excitación de una muchacha en brazos de un viejo que la envolvía con su rito amoroso, exacto, científico. Después, la chica de la película desapareció bajo el rugoso cuerpo del anciano que la quemaba con su piel discontinua y ardiente. No vio más.

Nunca pudo recordar los detalles. Los minutos que transcurrieron entre aquella escena y la que le mostraba a la chica en el camino de regreso a su casa desaparecieron de su memoria. La muchacha andaba por la orilla de la carretera rodeada de un silencio de corcho, de una quietud absoluta que le había parado la reflexión. Llevaba bajo el brazo dos enormes cajas envueltas en celofán y otra más pequeña, con tapa transparente, suelta encima de las otras. Los chiquillos reunían leña para el fuego y cacharros para ir a coger ranas al charco del desaguadero del pozo. Y así acabaría la jornada, en silencio, como si hubiera perdido el alma.

Juan llegaría al atardecer. Marina, de espaldas a la pared, miraría el fuego mientras él, respetuoso pero intuyendo que algo extraño sucedía, intentaría acariciarla poniendo en su hombro aquella mano fuerte con permanente olor a azufre.

-Cosas mías, Juan, cosas mías- le diría ella cuando él se atreviera a preguntarle por su ausente y nuevo modo de estar.

-Cosas mía, Juan, cosas mías, haces unas preguntas...

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CAPÍTULO DE LA NOVELA

EL AS DE ESPADAS

CONTENIDA EN EL LIBRO

TRÍPTICO DE FUEGO

Emilio González Déniz
(Canarias 2008)

De cada una de las viviendas salió una luz. Las veredas confluían en el paso del camino real. Pronto todo el valle fue un rosario de faroles, linternas, hachones y luces de carburo que enseguida se dieron cita en la plaza. Cada uno de los vecinos venía pertrechado de un arma, ya fuera escopeta de caza, cuchillo labrador o simple hoz de acero templado por Quintín. Otros enarbolaban crucifijos, medallas de San Miguel Arcángel, escapularios de la Virgen del Carmen o cualquier otro exvoto que gozara de su devoción. Las mujeres y los niños también acudían a una cita que nadie había convenido pero a la que todos se sentían invitados. Sólo Natalia Castilla y Paulina Chazna estarían ausentes de la asamblea, empeña-das como estaban en reanimar a Olimpia.

Gabriel Hernández miraba la llegada de los ríos desembocando el mar de confusión que era la plaza. La complacencia que se reflejaba en su rostros parecía más la de un jugador que acaba de ganar una partida que la de un hombre temeroso de Dios, y por ende del demonio, que según su parecer se había personado en el valle. Pocos faltaban a la cita, y eso era conveniente según El Monje porque así habría más espíritus para luchar contra el diablo. Se hacía tan necesaria la sabiduría más experta como el rezo del más inocente de los niños. Allí estaban todos, desde el más joven al más anciano, todos a una igual que aquel lejano domingo en que, a la salida de misa, se reunieron para rezar juntos el Angelus y desear suerte a Gabriel en su expedición espeleológica a la Cueva del Infierno.

Después de muchos años, Gabriel había vuelto a ser el hombre entero al tiempo que insondable que siempre había atemorizado de algún modo a los vecinos de Arigua; aquella noche acaso también estaban todos allí para no contradecirse con él. A medida que se llenaba la plaza fueron aumentando los murmullos, las exclamaciones y los paseos en círculo. Una vez que El Monje estimó que era el momento, alzó las manos y lanzó un grito que desgarró el rumor monótono y el miedo de los lugareños; un grito que en cualquier otra situación hubiera levantado risas por ridículo y anacrónico, pero que en tales circunstancias sobrecogió el corazón de los presentes:

-¿¡Quién como Dios!?- clamó El Monje, presa ya de tal convencimiento que no le era necesario interpretar.

Aquel grito había sido repetido cada año desde el altar por Don Arcadio, en cada una de las funciones solemnes del día de San Miguel Arcángel. Nunca había sonado tan real, como si el propio Jefe de los ángeles se hubiera encarnado en Gabriel, nombre de ángel anunciador, para reclutar desde su garganta espíritus armados para vencer al maligno. En aquel momento la sangre se heló en las venas de los presentes cuando desde sus oídos atónitos percibieron acaso el sonido de una trompeta que provenía del camino real. El tararí sonó nítido, y se engrandeció en los corazones del miedo. Ninguno de los presente hubiera podido jurar que la oyó pero todos actuaron como si aquella hubiera sido la señal. Aún hoy es difícil separar lo que ocurrió realmente y lo que aconteció en el miedo colectivo de los presentes.

-¡Es la trompeta del Juicio Final! -gimió temerosa Luisa Toledo, cuyo miedo al infierno era infinitamente mayor que el que le inspiraba su marido Fabio Rey, quien por una vez no la recriminó porque acaso no pudo escucharla desde su pánico.

Ya el miedo era pavor incontrolado cuando Julián Chazna volvió a entrar en la plaza a lomos de su montura, soplando su vieja trompeta Fergusson & Fergusson. El grupo se hizo más compacto; los jornaleros de Don Celso Monagas hicieron una piña en torno a Dacio Rey; los pequeños propietarios, celosos de su independencia, quisieron retirarse hasta la puerta de la tienda de Simeón Castilla, intermediario y defensor de sus cosechas en la capital. A la izquierda, amarrado a un horcón de palo virgen, el secular alazán creado por Dios para el servicio de Julián Chazna intentaba hociquear la hierba reseca incomodado por el barbuquejo.

Sentado junto al patriarca de Arigua, Doramas Toledo compartía el tabaco entre su pipa artesanal y la vieja cachimba inglesa que el viejo había comprado en La Habana el mismo día que emprendió el retorno. A la desesperada, Quintín Silva pudo al fin hacerse oír por los vecinos. Su voz, afónica y casi ininteligible, sonaba con cansancio pero firme. Medía sus palabras para que no dejasen resquicio por donde El Monje pudiera rebatirlas.

-Amigos: -comenzó diciendo en tono apacible para dar idea de su seguridad frente al histerismo de Gabriel- yo no creo en Dios, por lo tanto tampoco en el diablo. No es la primera vez que en este barranco suceden cosas aparentemente inexplica-bles y que en seguida han sido tachadas de sobrenaturales. De todas ellas, acaso la que más fácil explicación tenga es la que nos ha congregado aquí esta noche porque creo que es una simple acción criminal de la cual desconocemos su autor. No es racional que cada vez que algo malo sucede y no se sepa enseguida quién ha sido el causante se le eche las culpas al diablo de los infiernos. No sé qué es lo que realmente ha pasado, pero sé que puede explicarse después de que las autoridades lo investiguen. Sé que me tiene por hereje, pero también los herejes, los ateos y los comunistas tienen cabeza con la que pensar. Yo no creo que Olimpia y Camilo hayan estado nunca poseídos por el demonio; la muchacha está enferma y el chico es corto de entendimiento y cerrado en sus mientes. Si ahora abrimos la puesta de la ermita y registramos bien los restos de la imagen que dicen está hecha trizas, tal vez encontremos también una explicación lógica. Y si no la encontramos yo les aseguro que la tiene.

-Quien de verdad existe y ahora mismo lo estamos percibiendo es el demonio- dijo El Monje sin más argumentos que su idea fija, inamovible por cualquier razón externa.

-Ciertamente es una desgracia que violenten a una muchacha en la víspera de su boda -prosiguió Quintín haciendo caso omiso a las palabras de Gabriel-, pero no causada por el maligno. Que yo sepa, quienes fuerzan a las mujeres suelen ser hombres de carne y hueso como usted y como yo.

Esta comparación no pareció agradar mucho al Monje a juzgar por la mueca de su rostro.

-Los espíritus, buenos o malos, se dedican a otros menesteres -continuó el forjador-; además, he oído que carecen de cuerpo. Pero será mejor que les explique este extremo el joven seminarista que Don Arcadio nos ha enviado para preparar la función de mañana.

Me cogió por sorpresa la indicación de Quintín Silva. Ante aquella turba descompuesta no sabía cómo encauzar mis palabras para que hicieran regresar la razón a aquellas mentes enloquecidas de pura confusión. El Monje no opuso resistencia porque sabía que si yo fallaba, cosa bastante probable dada mi corta experiencia y nulo conocimiento en el trato con muchedumbres enardecidas, su victoria sería indiscutible. Sabía que debía decir cosas que hicieran bajar la disputa a términos terrenales; yo sí creía en Dios y por ende en Lucifer pero me veía en la obligación de aliarme con el ateo Quintín Silva. No encontraba por ninguna parte razones para creer que el diablo tuviera algo que ver en el asunto. Para no echarme encima a la multitud, me remití a los poderes terrenos y eclesiásticos que debían intervenir en la solución de aquel enredo.

-Es posible que el diablo haya estado aquí esta tarde -dije para ver si lograba llevar a la gente de la locura a la razón-; es posible también que haya sido él mismo o alguien poseído por su maldad quien haya hecho el acto criminal que a todos nos indigna. En realidad, a nosotros lo único que nos cumple en este momento es poner los hechos en conocimiento del párroco de Canales y de las autoridades. Si el hecho es terrenal, será resuelto por guardias y jueces, si es sobrenatural Don Arcadio dispondrá. La Iglesia es muy cuidadosa en asuntos de esta índole, y tendría que ser el obispado el que iniciara cualquier vía. Por favor, esperemos y actuemos rápidamente en dar los avisos a la costa.

Y se me acabaron las palabras. Era terrible que en aquellos momentos de tensión fuera yo el máximo representante de la Santa Madre Iglesia. En asuntos tan directos y controvertidos me hu-biera gustado ver al Santo Padre (debe perdonarme Su Ilustrísima este atrevimiento pero eso es lo que pensé en aquel momento de impotencia).

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CAPÍTULO DE LA NOVELA

ALMIZCLE

CONTENIDA EN EL LIBRO


TRÍPTICO DE FUEGO

Emilio González Déniz
(Canarias 2008)

La noche se había enfriado con la madrugada. Algunos aguantaron hasta que el cielo empezó a enrojecer. Después se fueron todos a tomar chocolate con churros a una cafetería cercana a la plaza del mercado. Me sentía tan borracho que decidí no acompañarles. Cuando me quedé solo opté por dormir hasta que regresaran y luego irme a casa. Antes de cinco minutos dormía profundamente en la cama de Octavio.

Un ruido que debió ser el giro de la llave en la cerradura me despertó. Unos segundos después, contra las primeras luces del alba, se recortaba en la puerta del dormitorio la excitante figura de una mujer morena, perfecta casi como Electra, vestida a la usanza aborigen, con ropa de arpillera y sandalias de piel de cabra. Llevaba el pelo suelto, hecho bucles naturales sobre los hombros, uno de los cuales lucía desnudo. Ceñía su frente con una diadema de conchas marinas; no pude ver su rostro, que se adivinaba hermoso, porque lo llevaba oculto tras una capa de pintura azulada con dibujos de purpurina plateada. Sus ojos se escondían bajo un antifaz azul y plata. Su elegancia evocaba la nobleza de las naturales durante la conquista de la isla por los castellanos del siglo XV. Sin duda era una princesa.

-¿Duermes todavía?- dijo la aparición con voz impostada para que no la reconociera.

-¿Dónde está Octavio?- pregunté a mi vez.

-Por ahí, levántate, haré café.

Seguí acostado; al poco tiempo volvió de la cocina, más enigmática que antes, con dos tazas de café. Le pregunté su nombre; ella, que seguramente no había pensado mantener indefinidamente el anonimato, al ver que no la reconocía, se mantuvo en su papel y en su voz de falsete:

-Soy Tara, princesa de esta isla.

-No, es serio, dime quien eres.

-Ya te lo he dicho, oh navegante del reino de Isis. Soy una princesa aborigen que se te ofrece como obsequio de esta tierra de palmeras. No me tomes por objeto de placer sino como ser vivo, regalo de la naturaleza, el mismo regalo que tú significas para mí.

-Sin bromas, dime tu nombre.

-Tara.

-Vale, vale- dije ya siguiéndole la chanza- tú eres Tara y yo Kalikatres.

Aceptó el juego, aunque ella llevaba ventaja porque sabía quien era yo. Como en un sueño, Tara se despojó de sus ropas de arpillera, tiró muy lejos las sandalias y se quitó con cuidado su diadema de conchas. Luego hizo que yo le bajase la anacrónica ropa interior que ceñía sus caderas; contemplé su cuerpo desnudo y deseé ver su rostro.

Me lo impidió:

-No descubras mi faz o caerá sobre ti la más terrible de las maldiciones -dijo con solemnidad que ya no me pareció broma carnavalesca.

Entregado al placer de aquel cuerpo, al sabor agridulce de unos labios que se escapaban de la máscara de purpurina, olvidé hasta mi nombre y pude culminar mis ansias en las entrañas de una mujer por vez primera hasta entonces. No pensé en Electra; fui sólo un hombre entregado al placer con una princesa, tal vez otra diosa, que gemía también de gozo carnal. El sol nos encontró abrazados, haciendo un alto para luego reemprender el camino del amor. Volví a entregarme una y otra vez a Tara; mis fuerzas, lejos de agotarse se renovaban. Por fin dormimos hasta el mediodía. Tal vez Octavio llegó durante el sueño y volvió a marcharse. El calor nos hizo despertar sudando, y más sudamos cuando volvimos a entrar uno en el otro por última vez. Nos duchamos por turnos. Yo pasé primero y regresé al dormitorio en busca de mis ropas normales. Tara se duchó el cuerpo, pero dejó en su cara la máscara de pintura, ya destrozada pero que le salvaguardaba la identidad. Tampoco entonces me dijo quien era realmente y nunca lo he sabido; empiezo a creer que en verdad fue una aparición, tal vez un bello sueño.

Salimos juntos a la calle.

-Dime ahora quién eres -insistí.

-Tara- y advertí una sonrisa debajo de su máscara. Salió corriendo detrás de un taxi que pasaba a marcha lenta. El coche se detuvo y ella subió. Antes de cerrar la puerta volvió a besarme ante la incomodidad escandalizada del taxista.

-Kalikatres -me dijo-: cuando llegues a Menfis saluda a Ramsés II de mi parte.

El taxi arrancó. No tenía remedio, sólo era Tara ... de pronto reaccioné:

-¡Pero si Ramsés II no es de la IV Dinastía!

isa 2.jpgNo sé por qué, el 18 de noviembre me recuerda a celebración. Debe ser porque, cuando era niño, mi abuela paterna decía que era su santo. Deduje que era día de Isabel, Isabela, Jezabel, Bella, Elisabeth y de todas las variantes latinas, anglosajonas y judías que podamos encontrar. Pero resulta que no, que pasa rozando, porque en el santoral hay una Santa Isabel el 5 de noviembre, otra el 19 y otra, la más popular, Santa Isabel de Hungría, es el 17. Noviembre es por lo tanto el mes de las Isabeles, pero no precisamente el día 18.

Sin embargo, sí hay una Isabel que se celebra cada 18 de noviembre. Es decir, se celebra más, porque cualquier día del año en ella es una celebración. Por lo tanto, hoy es día de fiesta, un día en el que esa mujer debe recibir regalos, y sé que el regalo que más le gusta es regalar. Por ello he enviado a las más altas instancias la solicitud de que el 18 de noviembre sea declarado fiesta, pero no local, autonómica o nacional. Tampoco mundial. Debe ser Fiesta Universal de la gente que se regala a sí misma a los demás. Por ello hay que felicitar a la persona que es el origen de que, a partir de hoy, el 18 de noviembre es festivo.

pecato.jpgHay que agradecer a los inmovilistas el empuje publicitario que dan a las iniciativas que pretenden cambiar las cosas. En Milán una ONG ha hecho un cartel para alertar sobre la violencia contra las mujeres, coincidiendo con la celebración de dicha fecha el 25 de noviembre. Hizo 500 carteles, para repartirlos por escaparates y corcheras, y si somos realistas, se trataría de una modesta campaña, porque Milán es muy grande y, por desgracia, habría pasado casi desapercibida.

Pero resulta que el concejal del asunto ha puesto el grito en el cielo porque dice que el cartel es una ofensa para los católicos, puesto que representa a una mujer en clara referencia a Jesús Crucificado. Si hay algo que tiene paralelismo con el dolor, la injusticia, la crueldad y la intolerancia es el relato de la Pasión y Muerte de Cristo. Representar una injusticia que lleva muchas veces a la muerte y la humillación con una referencia cristiana no puede ser nunca una ofensa, pero la cerrazón ve siempre fantasmas por todas partes. El cartel es magnífico para mi gusto, porque representa todo el sufrimiento y la violencia de que son víctimas las mujeres.

Estoy harto de que confundan el culo con las témporas, pues se dicen cristianos y contradicen claramente los mensajes de Cristo recogidos en los cuatro Evangelios canónicos (por no hablar de los apócrifos, ricos también en pensamiento), se llaman católicos y pasan por encima de la propia doctrina romana. Mejor sería que fueran a las fuentes, es decir, los textos, y dejaran de seguir a propagandistas que sólo predican confusión. Quien dice que el mensaje del cartel milanés contra la violencia de género no es cristiano demuestra desconocer la base del cristianismo (el amor), y desde luego no ha leído ni por el forro el Evangelio de San Mateo (*).

Como saben, no soy lo que se llama un católico practicante al uso, más bien me calificarían muchos como descreído, agnóstico e incluso ateo. Allá ellos, pero es que me tienen cansado, porque se dedican a provocar confusión cambiando las reglas durante el partido. Son o no son cristianos. Estos no lo son aunque se lo llamen.

Y es que, además, junto a su intolerancia, exhiben su torpeza, pues convierten en mundial una campaña que habría sido local y probablemente con poca incidencia. Y ya ven: todo el mundo habla de ella y el cartel circula reproducido en centenares de medios.

(*) Mateo, 7:

1.- No juzguéis y no seréis juzgados.

2.- Todas las cosas que quisiérais que hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos.

Veintiún aviones presidenciales volando hacia Washington, con tripulación y seguridad a bordo; docenas de habitaciones en los más lujosos hoteles a orillas del río Potomac; un despliegue de seguridad tremendo en la capital americana; centenares de diplomáticos, traductores, secretarios, camareros, cocineros y asesores... Tanto gasto para llegar a este resultado: un texto de una docena de páginas que me malicio estaba redactado con anterioridad.

g20.jpgComunicados oficiales no es precisamente lo que más me gusta leer, pero he hecho un esfuerzo, dada la supuesta importancia de asunto, y lo he leído detenidamente, buscando por algún recoveco alusiones a la economía productiva, llamadas a la responsabilidad de las empresas para que no se aprovechen de rum-rum y hagan engrosar las filas del paro o una sola palabra que destilase humanidad, ilusión o una brizna de esperanza. No se habla ni una sola vez de los trabajadores, no se menciona el desempleo, y hay párrafos y párrafos hablando de mercados financieros, órganos reguladores o gestión de riesgo.

Lo que se esperaba: capitalismo puro y duro, y a la economía productiva, que es la que crea riqueza, que la parta un rayo. Me queda la remota esperanza de que, en los maletines de la legión de técnicos y asesores que ayer nublaban Washington, haya informes en letra pequeña que contengan algo práctico, porque como no enseñen más cartas que ese mísero comunicado, esa reunión ha sido un farol.

pt.jpgParece que este es un día en el que los políticos se ponen de acuerdo para fijar memorias que luego se recuerdan durante décadas. Para los palestinos es el Día de la Independencia, para los brasileños el de la República y para los saharahuis el de la traición, porque fue un 15 de noviembre de 1975 cuando se firmó el Pacto Tripartito de Madrid por el que España entregaba de facto la administración de su antigua provincia del Sahara a Marruecos.

Treinta y tres años después, el pueblo saharaui sigue confinado en los campamentos de Tinduf, a la espera de que Naciones Unidas haga valer de una vez por todas su autoridad moral, muy mermada por los intereses de Estados Unidos y Francia. Yo no sé si tendrá relación, pero el asiento que Sarkozy ha cedido a Zapatero para lo de Washinton probablemente haga enmudecer a España durante mucho tiempo en su política sobre el Sahara (tampoco es que hubiera política hasta ahora, pues se Moratinos se limita a decir una y otra vez ambigüedades que a nada comprometen).

Y ahora hay que apuntar otro 15 de noviembre. Dicen que es el de la refundación del capitalismo, lo cual tampoco es para tirar voladores, puesto que ya hemos visto lo que ha hecho este sistema desde su refundación más reciente (ya existía antes como doctrina) en el lejano Congreso de Viena, en 1815, cuando los gerifaltes vencedores de Napoleón se reunieron para programar casi 200 años de historia. Y hemos llegado hasta aquí, esperemos que los errores del pasado sirvan para aprender, aunque, conociendo el ganado con el que toreamos, no tengo muchas esperanzas.

destino.jpgHe visto la noticia en la Agencia EFE, y la reproduzco tal cual:

"Una mujer brasileña murió al ser golpeada por el ataúd de su marido en un accidente de tráfico cuando el coche fúnebre se dirigía al cementerio, informaron medios locales. Marciana da Silva Barcelos, de 67 años, viajaba en el asiento del copiloto cuando un turismo que circulaba en el mismo carril alcanzó al coche fúnebre por atrás haciendo que el ataúd se desplazase y golpease a la mujer, según fuentes policiales. El coche transportaba el ataúd desde la localidad de Tapes, donde la pareja vivía, hasta Alvorada, en donde el fallecido sería enterrado, ambas localidades del estado de Río Grande do Sul, en el sur de Brasil y fronterizo con Argentina y Uruguay".

Es una noticia impresionante y que da lugar a que vuele la inventiva, puesto que nada sabemos del tipo de relación que mantenían en vida Marciana y su marido. Está claro que por mucha mente científica que se tenga, cosas así nos mueven a pensar en conceptos como el destino, la casualidad... Por lo que yo sé, ignoro cuáles son las reglas del destino, y por otra parte hay quien asegura que las casualidades no existen.

nnnn.jpgAyer hubo de todo, entre alarmante, incalificable y gracioso. Es alarmante que el Consejo General de Poder Judicial tome en consideración hacer un estudio para retirar del servicio a jueces que tengan mermadas sus facultades. Yo creía que era de cajón que alguien que no esté en sus cabales no puede realizar una función de tanta responsabilidad. Pero da la impresión que sí, y por lo que se ve no están bien engrasados los mecanismos que tendrían que retirar inmediatamente a cualquiera que estuviese en esas circunstancias.

No sé cómo calificar la actitud delo diputados, que en un 90% brillaban por su ausencia en el hemiciclo del Congreso precisamente el día en que se debatía la que se supone es la ley más importante de cada año, la de Presupuestos. Está claro que todo se da por debatido, y lo único que importa es votar, para sumar lo que ya está acordado anteriormente. Ya va siendo hora de que cambie el Reglamento del Congreso, y sea más vivo. Ya no merece la pena ver un debate parlamentario, porque sabemos de antemano qué va a decir cada uno... de los que hablan. Habría que cambiarle el nombre, porque Parlamento viene de hablar.

La gracia estuvo en que Zapatero perdiera un zapato (parece un juego de palabras) entre en tumulto de los periodistas. No estoy muy puesto en etiqueta, pero para quien lleva un traje de alpaca, una camisa de seda y una corbata de muchos euros, tal vez unos mocasines se quedan cortos, digo yo. Pues Zapatero llevaba mocasines.

La fascinación europea por Hemingway se ha ido diluyendo en favor de Paul Auster, un buen escritor que es como el Woody Allen de la novela, pues Nueva York es su punto fuerte, que atrae a millones de lectores como si fuese un ocasional escritor de bet-sellers. Pero yo iba a hablar de Hemingway, que ha dado más notoriedad a Pamplona que los Sanfermines.

hemingway.jpgEs evidente que para los anglosajones Pamplona es la cuarta ciudad española en su conocimiento cronológico, después de Madrid, la capital, Jerez, donde los propios ingleses inventaron el Sherry, y la ciudad del Betis, de la cual Georges Bernard Shaw decía en su Pigmalión que la lluvia en Sevilla es una pura maravilla, y encima le tocó en Sevilla jugar a los ingleses la fase inicial del Mundial de fútbol del 82. Diez años después, en el 92, conocerían Barcelona, cuando medio mundo creyó que el pebetero de la llama olímpica fue encendido por un arquero español que lanzó una flecha encendida.

Muchos son los que han sido cautivados por la fuerza vital de Hemingway, mitad sombra del Caribe cubano, mitad borrachuzo pamplonica en los julios de los años treinta y cuarenta del siglo pasado. No dejo de reconocer que me apasiona releer su libro crepuscular El viejo y el mar, que en mi adolescencia tomé como signo de rebeldía republicana tragarme ¿Por quién doblan las campanas?, que me entusiamé y me entusiasma Adiós a las armas y que me aburrió Al otro lado del río, entre los árboles, una novela de la que parece que hasta el título está puesto de mala gana.

No seré yo quien ponga en duda la calidad literaria de Hemingway, aunque descubrí el Kilimanjaro cuando me lo mostraron Ava Gardner y Gregory Peck, y supe que París era una fiesta cuando estuve en el viejo mercado de Les Halles, donde Patrick Suskin sitúa el comienzo de su novela El Perfume, un mercado que ya no existe porque en su lugar han construido un centro comercial con el mismo nombre, armado con estructuras de aluminio y escaleras mecánicas que semejan un laberinto.

Se lo cargaron en los años setenta, al mismo tiempo que metieron ese motor de explosión que es el Centro Pompidou al final de la prostibular calle de St. Denis, porque es bien sabido que en París esta profesión está muy bien diferenciada: las putas de St. Denis y Chatêlet, junto a Nôtre-Dame, para los pobres arrastrados del extinto mercado, hoy para los inmigrantes africanos que orinan en la calle; las prostitutas de Montparnasse y el Barrio Latino, para artistas, intelectuales y gozadores de la noche sin dinero; las cabareteras en Pigalle, para turistas americanos y franceses de provincias; y las señoritas de compañía del distrito 16, al oeste del Arco del Triunfo, para ejecutivos con tarjeta Visa.

París es machista, una ciudad femenina hecha para el goce de los hombres, un gran lupanar en el que hasta los creps de fresa de la Plaza de St. Michel son un objeto de deseo rumbo a la Rue Huchette donde hay un teatrito con dos docenas de butacas en el que cada noche se representa desde hace medio siglo La Cantante calva, de Ionesco. ¿Por qué‚ hablo de París mezclándola con Pamplona? Porque Pamplona es igual que París, pero todo revuelto, una ciudad donde el encierro está prohibido a mujeres, que en mi opinión tienen el mismo derecho que los hombres a cometer la estupidez de jugarse la vida delante de un mihura, subiendo la calle de La Estafeta, de amanecida, con borrachera y cansancio, es decir, en plena forma para morir ensartado.

Y claro que toca hablar de Hemingway.

Su literatura nace del periodismo y va al grano. Aprendió mucho en el Kansas City Star, un periódico que lo envió como corresponsal de guerra a la España del fratricidio. Y se quedó con Pamplona. Me gusta lo que escribe, y normalmente a los escritores que amo los trato de tú, pero a Hemingway lo trato de usted, porque no me cae bien, detesto su chulería, su pose de autor consagrado que cada día a la una en punto llegaba a la Bodeguita de Enmedio de La Habana y se ponía a escribir de pie en la barra. Siempre escribía de pie porque tenía un problema en la rodilla y cuando la doblaba le dolía mucho.

En realidad era un exhibicionista, un bravucón, bebedor, tahúr y mujeriego de mala pinta, un mito que bien supo fabricarse, aunque seguramente perdió casi todas las peleas, cazó menos leones de los que dice, aguantaba menos alcohol del que aseguran y ligaba menos que Martin Felman. Vamos, que la leyenda de Hemingway es su mejor obra literaria, bruñida en unos Sanfermines más literarios que reales. Supongo que ya lo cogió mayor y tocado de la rodilla y no correría ningún encierro.
Pero finalmente, como pasa con Cela, queda la obra, y ambos autores tienen libros por encima de los cuales no se puede pasar, hay que pararse.

Es evidente que por cronología no conocí a Hemingway y no tengo la impresión directa. A Cela sí, y es la demostración clara de que a menudo la obra está por encima del escritor, o puede ser que en el fondo son como sus libros y les da vergüenza que los demás lo sepan. Hay muchos escritores que juegan a ser bohemios parisinos de antaño, pero ya ni siquiera París es el mismo, y la exigencia que los envuelve les impide ser ni siquiera la sombra de lo que representan. Hemingway es el último verdadero de todos ellos, y a lo mejor ni eso. Lo que sí es verdad es que fue un gran novelista.

(*) Publicado hoy en el suplemento Pleamar de la edición impresa de Canarias7.

Saviano.jpgDesde siempre ha habido relaciones entre los intelectuales y el poder, cualquier poder. Los escribas egipcios, los dramaturgos griegos y los petas y filósofos latinos tuvieron una relación cercana al poder, cuando no eran el mismo poder como Julio César o Marco Aurelio.

El Renacimiento y el Barroco fueron posibles a la sombra de poderes civiles, reales o eclasiásticos, y sólo empieza a hacerse más libre la creación después de la Revolución Francesa, aunque el poder siempre ha querido tener a su lado a los artistas, o los ha perseguido cuando el poder ha sido totalitario y estos se le oponían.

Esto viene a cuento por la sentencia de muerte que la Camorra napolitana ha decretado para el escritor Roberto Saviano, por haber desvelado en su libro Gomorra los más oscuros secretos de esa mafia sureña que condiciona la ciudad de Nápoles y toda su comarca. Saviano anda escondido, pero matar es fácil, y cada uno tiene el miedo que quiere o puede soportar. Depende del carácter de cada cual, pero hoy Saviano, como ayer Pamuk, Gelman y tantos otros, nos dicen con su actitud valiente que ser un escritor de verdad es mucho más que escribir bien.

muro.jpgLa noche del 9 al 10 de noviembre tendrá durante décadas una significación especial para Alemania y para el mundo. Es el haz y el envés del binomio intolerancia/libertad. Al caer la tarde del 9 de noviembre de 1938, comenzó la detención de judíos en Alemania, Austria y Checoeslovaquia, y se los llevaron a los campos de concentración por orden de la SS. Fueron asesinadas docenas de personas de raza judía o de culto judaico, y significó el silbato de un nuevo éxodo, del que no pudieron librarse los seis millones de judíos que murieron en el holocausto que se desarrolló durante siete años (1938-1945), aunque muchos creen que sólo comenzó cuando se determinó la llamada "solución final". La mañana del 10 de noviembre de hace setenta años amaneció negra, sin esperanza, teñida de odio.

Y es precisamente la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 cuando cayó el Muro de Berlín, símbolo de otro modo de intolerancia, que fue levantado también en noviembre de 1960. Yo prefiero quedarme con este último 10 de noviembre, un día en el que fue vencido el miedo y resurgió la esperanza. Los intransigentes que creen tener el designio de ostentar siempre el poder amenazan constantemente con una guerra si no gobiernan ellos. También serán vencidos por la voz de los pueblos, porque ninguna clase social, ninguna persona, tiene más derechos que los demás. Hay quien sigue creyéndolo, pero llegará otro 10 de noviembre en el caerá el último muro y tendrán que acatar de una vez por todas lo que es justo.

cecilia].jpgHoy quiero hacer una concesión a la nostalgia, porque aunque ya no es lo que era -que dijera la actriz francesa Simone Signoret en sus memorias- hay nostalgias necesarias porque tienen que ver con un cambio de época y la evolución de las sociedades.

Cecilia fue una cantante que pasó fugazmente por todos nosotros en los años setenta, y nos marcó con su querida España, porque decía con música y versos aquello que nosotros queríamos expresar y no sabíamos. Sus canciones calaron en toda una generación, y cualquiera de ellas es como un himno: Dama, dama, Amor de medianoche y, sobre todo, Un ramito de violetas, una canción que nos descubre que la sensibilidad a veces se enmascara en el silencio. Años después, Manzanita hizo una versión aflamencada que también es fantástica, y que la recordamos como otra época importante de nuetras vidas y nuestra sociedad, los primeros años ochenta, aquellos en que todo era ilusión. Por eso hoy, 9 de noviembre, me acuerdo del ramito de violetas de Cecilia.

Ya saben: cada nueve de noviembre le enviaba de forma anónima un ramito de violetas.

(La foto es de César Lucas)

cv.JPGA una semana de la dichosa reunión de Washington (todavía no sabemos si se ha de llamar G-20, G-23 o G-cualquiera sabe) resulta patético el baile de la silla que se están montando los dirigentes europeos que no han sido invitados de primera mano, entre ellos Zapatero, que lleva tres semanas buscando apoyos y no sé si finalmente se conformará con las migajas que Chequia ha cogido al aceptar un asiento en la delegación francesa.

Me parece que ni ellos tienen claro a qué van a Washington, pero toca hacerse una foto, y todos quieren estar, seguramente porque piensan que en el futuro será una imagen histórica como la de la Conferencia de Yalta al final de la II Guerra Mundial o el Congreso de Viena en 1915, cuando los estado europeos que acaban de derrotar a Napoleón diseñaron una Europa que duró cien años. Que yo sepa, tanto en Yalta como en Viena había propuestas concretas de personajes de grueso calibre y probada inteligencia. ¿Va a ser Sarkozy el Churchill de la nueva era que pretenden alumbrar el próximo sábado? ¿Quiénes serán los equivalentes al Príncipe de Metternich, el zar Alejandro I, el naturalista Hummbolt o el Duque de Wellington? ¿Acaso el aprovechado de Gordon Brown, el festivalero Berluconi o el convidado de piedra Zapatero? Y otra cosa: Obama tendrá algo que decir, supongo.

Hace ya bastantes años, el profesor Béthencourt Massieu bm.jpgafirmó públicamente que los políticos canarios que redactaron el Estatuto de Autonomía no sabían Historia, porque, de haberla conocido, hubiesen hecho un texto más acorde con los cinco siglos de relaciones de Canarias con el Estado.

Ahora que se vuelve a hablar de nacionalidades históricas, basándose en fueros y privilegios centenarios, hay que decir que Canarias también tiene Historia, y tiene cédulas, provisiones reales y franquicias seculares tan especiales como las que puedan argumentarse desde Cataluña o Euskadi. La provincia única es un disparate, la división provincial, otro, y parece que nadie se ha dado cuenta de que Canarias es primero siete islas y después un archipiélago.

¿Para qué demonios están entonces los cabildos? ¿Por qué tanta pega a la cabildización? ¿Por qué tanto miedo al Estado Federal? La Historia es implacable si no se aprende de ella, y esto es lo que enseña la Historia de Canarias.

Y la de España.

Yma.jpgAl saber de la muerte de Yma Súmac a los 86 años, me vuelven a la memoria los años setenta, en los que un amigo, que se dejó la vida prematuramente en una carretera de Fuerteventura, me enseñó uno de los discos de la cantante peruana. Aprendí mucho con aquel joven (murió a los 29 años) sobre América Latina y sobre la música, cualquier tipo de música, pues lo mismo rasgueaba un charango que un xicus o la endiablada quena andina, una supuesta flauta que ni siquiera tiene pito.

El asombro ante la cantante Yma Súmac era su voz. Ya sé que hay cantantes que tienen una voz magnífica, pero generalmente cada cual en su tesitura. Se habla de la versatilidad de María Callas porque, lo mismo bordaba una Carmen, que es para mezzo, que fascinaba con cualquier personaje escrito para tesitura de soprano. Siempre se ha considerado algo extraordinario que una voz abarque dos octavas y media. Pero lo de Yma Súmac era un prodigio de la naturaleza, puesto que su voz se paseaba por cinco octavas, algo que nunca ha sido conocido antes de ella y tampoco se ha conocido después. Pasaba de agudos de flauta a graves de contrabajo en segundos, y siempre fue cantante de culto. Decía proceder del Inca Atahualpa y la verdad es que se comportaba como una diva, hasta el punto de decir en una entrevista que nadie podía competir con ella. Y era cierto, por ese don que tenía en la garganta, pero no queda muy elegante que uno lo diga de sí mismo. Y esa mujer prodigiosa acaba de dejarnos, pero la técnica nos permite seguir asombrándonos con su voz

Ha sido muy largo y duro el recorrido de la sociedad americana desde que en 1955 Rosa Parks, una mujer negra, se negó a dar el sitio en el autobús a un blanco en la sureña ciudad de Montgomery. En ese tremendo camino ha habido importantes hitos y personajes, como la Administración Kennedy y especialmente Robert Kennedy en su defensa de la Ley de Derechos Civiles, el reverendo Jesse Jackson, James Meredith, Edgard Nixon, el Black Power en los Juegos Olímpicos de México-68, escritoras como Tony Morrisson e incluso iconos del espectáculo que han servido a la causa dando tintes de normalidad al color de su piel: Sidney Poitiers, Morgan Freeman, Areta Franklin, Denzel Washington...

barack.jpgEn ese camino han dejado su sangre Martin Luther King, Malcom X, Medgar Evers y cientos de asesinados por una organización tan siniestra como el Ku Klux Klan. Que estados como Ohio, Indiana y Carolina del Norte hayan votado a un presidente negro es algo sorprendente e increíble hace apenas una décadas; pero la guinda es la victoria de Obama en Virginia, estado que fue el corazón de los Estados Confederados durante la Guerra de Sececión, y cuya capital, Richmond, lo fue también del Sur. Virginia es, incluso más que Georgia y Alabama, la bandera del racismo estadounidense.

Es evidente que la mentalidad americana ha ido cambiando, y Obama ha tenido la inteligencia de presentarse como alternativa, no como un negro que quiere ir a la Casa Blanca. Pero finalmente es eso, un negro en el despacho Oval, y creo que eso es verdaderamente importante. Y ya que los españoles somos tan buenísimos y abiertos, me pregunto si aquí seríamos capaces de dar nuestro voto para que un negro llegase a La Moncloa, a Ajuria Enea o a la Generalitat (no acaba de gustarles que Montilla sea andaluz). Obama será bueno, malo, regular o mediopensionista, pero sin duda su elección es una lección de la sociedad norteamericana. Ojalá se cumpla el sueño de Martin Luther King.

oval.jpgHoy, primer martes después del primer lunes de noviembre (mira que son enredadores los yanquis), es el día en el que una aparte del planeta decide quién dirigira los destinos que influirán en todos nosotros durante los próximos cuatro años. Las elecciones norteamericanas siempre han llamado mucho la atención fuera, por la importancia que tienen para el resto del mundo y porque los americanos se lo montan todo en plan espactacular, desde Los Oscars hasta el Derby de Kentuky.

Parece que Obama tiene ventaja, pero no hay que fiarse demasiado de las encuestas, pues ya pasó en 1948 que, con una situación estadística parecida, contra todo pronóstico ganó Truman. Luego siempre han ganado los favoritos, porque ni Gore ni Kerry fueron favoritos ante Bush, pues llegaron a las urnas con empate técnico. Luego está el reparto de victorias por Estados, y en la mayoría, el gana, aunque sea sólo por una papeleta, se lleva todos lo votos electorales. Es decir, que si se gana por poco en muchos Estados y el adversario arrasa en otros, pudiera suceder que el perdedor tenga más votos y sin embargo menos delegados. Por eso los porcentajes nacionales de las encuestas son engañosos.

Y luego están las estadísticas curiosas, que tan bien saben forzar los americanos. Siempre ha ganado el candidato más alto si ambos tienen el mismo color de pelo, y si tienen la misma talla gana el más gordo. Si tienen pelajes distintos, gana el rubio, y los calvos siempre pierden, salvo en el caso de Eisenhower. De manera que, leyendo las estadísticas de manera tan sesgada, se puede interpretar cualquier cosa. Por ejemplo, Obama es más alto, pero McCain es tan rubio...

La posible victoria de Obama tiene un gran significado para este tipo de estdísticas, porque hasta que ganó Kennedy hace casi medio siglo, ningún católico había ocupado la Casa Blanca. Ahora puede que lo haga un negro por primera vez. Faltan una mujer, un hispano y un homosexual conocido. Si cada uno de los pasos tarda medio siglo, ya pueden imaginar que la "normalización" llegará dentro de siglo y medio. Menos da una piedra.

breda.jpgAznar ha perdido la enésima oportunidad para callarse acusando a Zapatero de hacer mala política exterior. Que Moratinos y su jefe no lo han hecho bien es evidente, pero precisamente Aznar no es el más indicado para hacer esa acusación, después de los desplantes que hizo a dirigentes de la UE o embarcándose en la guerra de Irak. Yo creo que Aznar se equivocó cuando envió tropas a Irak y Zapatero también erró en la forma de retirarlas.

Pero eso no es nuevo. España siempre se ha distinguido por hacer una política exterior nefasta. Nunca se nos ha dado bien la diplomacia. Por poner sólo algunos ejemplos, Felipe II se las ingenió para tener enfrentamientos con Francia y con Inglaterra (casi nada), Felipe V sostuvo una guerra imposible con los británicos y eso nos costó Gibraltar (Menorca se recuperó después), Carlos IV y Godoy erraron al aliarse con Napoleón y Franco se equivocó de bando, lo que nos dejó muchos años fuera de lo que él llamaba el concierto de las naciones. Por no hablar del "¿Por qué no te callas?"

Para gallitos los españoles. Como dijo Jordi Pujol hace unos días, lo que no se puede hacer es llamar despectivamente gabachos a los franceses y luego ir a pedirle al entonces Presidente Chirac apoyo para no sé qué asunto en la UE. Y eso lo hizo Aznar. Así que yo creo que la política exterior española debería contratarse a una empresa de imagen, o dejar que la haga directamente mi tocayo Botín, que ese sí que sabe tenérselas por ahí fuera. Pero como somos así, llegado el caso, le harían el encargo a Luis Aragonés o a Fernando Alonso, siempre haciendo amigos.

(No se extrañen de que, en el caballo de la derecha del cuadro, Velázquez quisiera representar a la diplomacia española, dando el c... la espalda a la historia)

panteón.jpgQue nadie se engañe, que el Día de Difuntos no es el Hallowen de los americanos. Aquí se celebra con castañas, anís y cazalla, y llevando flores a los cementerios. Pero los muertos ya no están en las tumbas, sino en la memoria de quienes los recuerdan, lo del cementerio es un tributo externo que recuerda a las viandas que ponían en las tumbas de los faraones y que, por supuesto, no se comían. Eso me ha llamado siempre la atención; cuando encuentras una tumba centenaria o milenaria, da prestigio porque es arqueología y ciencia. Cuando se abre una tumba reciente es profanación. O lo que es lo mismo, por muchas flores que lleves al cementerio y por mucho que pagues el nicho, dentro de mil años alguien profanará esas tumbas y hará una tesis universitaria.

Otra cosa que me ha llamado la atención siempre es el olvido absoluto de las sepulturas de los personajes ilustres que hay en España. Mientras en Europa son incluso una atracción turística las tumbas de los cementerios parisinos (Jim Morrisson, Sartre, Napoleón, Baudelaire, Edit Piaf...), vieneses (Beehetoven, Strauss...), londinenses (Marx, Freud...), en España pocos saben dónde están enterrados Galdós, Baroja, Canalejas... España es diferente.

(Foto del Panteón de hombres Ilustres de París).

sofia.jpgLa Reina ha hablado, o dicen que ha hablado. Pues claro que habla, que yo sepa no es muda. Y tiene opiniones. Pues vale. Es más; sin que hubiera salido el libro de Pilar Urbano ya podíamos suponer qué pensaba La Reina, por edad, por posición y porque ese es el pálpito que da.

Ahora resulta que La Reina no es perfecta. Bienvenida al club. La que se ha armado parece un coro de fariseos, clamando por el papel institucional de La Corona. Niego la mayor: El Jefe del Estado es El Rey, y punto. Su familia -exceptuando al Príncipe de Asturias, que es el heredero- carece de papel institucional alguno, y el que se le da es de simple cortesía. La Reina no es otra cosa que la esposa de un Jefe de Estado, como Claudia Bruni; y que nadie se rasgue las vestiduras por la comparación, porque, si por títulos es, ambas merecen el mismo respeto institucional, pues si una es Reina de España la otra es Primera Dama de Francia.

Ya sé que la monarquía es un status especial, pero quien tiene que medir sus palabras es El Rey. Y no entiendo muy bien las críticas que le están cayendo a doña Sofía, porque cuando don Juan Carlos mandó callar a Chávez (que será lo que será, pero es el Jefe de un Estado soberano) sí que fue una metedura de pata en toda regla, y esos mismos fariseos se pusieron a aplaudir. Aquello fue un error institucional, esto es una anécdota.

De todas formas, yo no sé quien está llevando el gabinete de imagen de la Casa Real, pero lo que está claro es que, desde que se fue de La Zarzuela Sabino Fernández-Campos, los errores se suceden. Y, la verdad, entrar en ese debate ahora mismo es como lo de la nación canaria, fuegos artificiales cuando lo que se necesita es emplear todas las energías para afrontar los malos tiempos que se avecinan.

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