El pinar en Gran Canaria es como un acordeón. Fue frondoso en tiempos, luego las montañas centrales quedaron casi peladas, y fue en la segunda mitad del siglo XX cuando las repoblaciones forestales reverdecieron el paisaje insular. No en todo, ni siquiera en todo lo ecológico, cualquier tiempo pasado fue mejor.
Y ese avance boscosos es irrenunciable, de manera que hay que buscar el modo de combinar las tecnologías forestales más modernas con los conocimientos tradicionales, porque estoy convencido de que la verdad total no está en ninguno de los dos extremos, sino en la conjunción de ambos. Hemos tomado la costumbre de hacer una ley para cada cosa, que es lo que procede en un Estado de Derecho, pero hay que tener cuidado cuando estas leyes se hacen y sobre todo cuando se aplican, porque una mala interpretación de la misma puede ocasionar el efecto contrario del deseado cuando fue hecha.
Dicen que nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena, y cada verano reflexionamos sobre las masas forestales porque hay peligro de incendio. Pero es la poca o la inadecuada prevención la que hace posible la catástrofe, porque incendios siempre los habrá, y por lo tanto, además de ser eficaces cuando arde el monte hay que prepararlo previamente para que estas actuaciones puedan hacerse lo más rápidamente posible. Los árboles son nuestra vida.

Escribir un comentario