Estoy seguro de que muchos de los que vean por primera vez una obra de Robert Rauschenberg experimentarán una mezcla de risa y perplejidad, pero lo cierto es que tuvo el atrevimiento de darle una vuelta de tuerca al mismísimo Marcel Duchamp.
Y se ha muerto Rauschenberg en la cálida Florida a la edad de 82 años, sesenta años después de haber prendido una mecha que revolucionó todo el mundo de las artes plásticas de la postguerra. De golpe, convirtió en clásicos del pasado remoto a Matisse, a Dalí y al propio Picasso, y abrió nuevas puertas a la expresión artística en una Nueva York tan grisácea como aparece en las novelas actuales de Paul Auster y a la vez tan divertida como un concierto de Jerry Le Lewis.
No sé si darle las gracias por su osadía y su talento o echarle una bronca por dejar en el aire el malentendido de que cualquier cosa es arte, y ahora lo sufrimos todos tratando de separar la paja del grano. Arte no es cualquier cosa, y eso lo sabía bien quien acaba de dejarnos, que es una referencia obligada del arte en el siglo XX.

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