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Hay momentos en que los hechos se confabulan para enviarnos un mensaje. El poder establecido trata de controlarlo todo, y a menudo lo consigue; unas veces lo hace a lo bestia, otras más sutilmente, silenciando lo que resulta incómodo. Ayer, un jurado escapado al control supremo concedió el premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades al filósofo Emilio Lledó. Despistes como este pueden ocurrir, los accidentes siempre son posibles, pero es que a una voz crítica discordante como la del filósofo premiado en los últimos meses le han otorgado varios galardones de mucho peso, uno de ellos el Premio Nacional de las Letras. Está claro que hay una pérdida de control, porque el último premio mencionado es concedido por el Ministerio de Cultura, donde por lo visto no anduvieron finos y nombraron un jurado honesto.

11111111rodin.JPGEn Canarias, el profesor Lledó tiene un especial recuerdo por sus años de fructífera docencia en la Universidad de La Laguna, y nos alegramos de estos reconocimientos porque, además de esta memoria cariñosa, está su obra y su voz siempre en vanguardia, y que en más de una ocasión han tratado de acallar. El mensaje que estas señales nos da es que hay que estar siempre alerta, porque el dominio, por muy monolítico que crea ser, siempre tiene fisuras que podremos convertir en brechas de libertad y progreso. Y ese poder, al que la justicia del galardón a Emilio LLedó le ha venido en el momento más inoportuno, sabe que eso significa una oportunidad para los que vigilan sus despistes. Esta evocación del sabio profesor y eminente filósofo y su pensamiento crítico debiera hacer que nos sentáramos a pensar sobre las elecciones del próximo domingo, y como consecuencia esta vez votemos bien, no como hace cuatro años.


Pocos como Antonio Machado han definido España, desde pintarla como "Charanga y pandereta" hasta plasmar la terrible idea de las dos Españas. También hubo dos Francias, dos Alemanias, dos Holandas, porque siempre existieron ricos y pobres, amos y servidores, aristócratas y plebeyos. Esto cambió sustancialmente en Europa con las revoluciones burguesas del siglo XVIII, y aunque sigue habiendo de todo, las diferencias se fueron reduciendo poco a poco. En España no, aquí esa revolución no sucedió, porque el país contemporáneo fundado por Las Cortes de Cádiz en la Constitución de 1812 fue laminado por el absolutismo fernandino, y se perpetuó con el caciquismo provinciano, la maledicencia programada, los nacionalismos galdoss11.JPGexcluyentes y la utilización del miedo, con la religión como aliada. Y si Machado definió a España, antes Galdós la había retratado, con una fotografía permanente porque no se mueve; más de un siglo después, esta sigue siendo una sociedad galdosiana. Hay una plutocracia que lo maneja todo con el poder del dinero y el látigo del miedo. Debe creer que el poder le pertenece por derecho divino, y cuando no tiene el poder nominal actúa como si quienes lo consiguieron en las urnas fuesen unos usurpadores. Ellos nunca pierden, porque siguen siendo los propietarios de casi todo (también quieren robarnos la dignidad), pero cuando el pueblo les dice que los suyos no tendrán la manija del poder político se remueven ofendidos, porque quienes no sean ellos son unos impostores. Se arrogan la bandera nacional, el escudo, el himno y la etiqueta de patriotas, como si esos símbolos no fuesen de todos. Luego critican que no haya apego general a esa simbología después de que ellos la hayan acaparado en exclusiva. Ocurre hasta en el deporte, que cuando los que se creen elegidos de los dioses no ganan es que ha habido una conspiración, porque no reconocerán jamás que el otro fue mejor. Llevamos dos siglos de insultos, desprecios e infamias; lo más triste es que muchos de los que tratan de alcanzar el poder utilizan el mismo lenguaje. España es un país de revanchas y venganzas pendientes, y tengo la impresión de que, de tanto practicar el vocabulario de la corrupción moral ya se ha incorporado a nuestro ADN. Cuando entran en política personajes como Ángel Gabilondo, Luis García Montero o la jueza Carmena, que simplemente actúan como demócratas europeos, casi son objeto de burla. ¿Qué puede esperarse de un país en el que se exige a un inmigrante ganar 1.250 euros al mes para traer a su hijo menor, mientras el salario mínimo es de 757 euros, hay un bar por cada 165 habitantes y un investigador por cada 15.000?


Jonás Meneses es una nueva voz narrativa que se da a conocer con la novela Salacot, en la que juega nítidamente con el espacio y de manera más alambicada con el tiempo, usándolo hasta reducirlo a la nada en el instante que es el punto crucial de la novela. Luego lo fuerza para moverse en otros estadios difícilmente explicables en este trabajo, porque pertenecen a la lógica interna de la obra, y hacerlo es, además de complejo, destripar el argumento. La ciencia-ficción es un género en el que se puede jugar con la imaginación, y a veces de manera arbitraria se fuerzan leyes físicas que los ortodoxos no se atreverían a tocar. Jonás Meneses trata la conjuración del espacio con naturalidad, y aunque aparentemente es el espacio lo que a ojos vista se trangrede en la novela, es el tratamiento del tiempo lo que la hace realmente interesante, no el tiempo en la estructura literaria, sino como concepto moldeable a voluntad en la línea de la teoría de los agujeros de gusano.

imagensalacot5.JPGLas relaciones espacio-tiempo son fundamentales en la conciencia individual y colectiva, si bien han sido traspasadas desde siempre por dioses, héroes y sibilas que trafican con el pasado y, lo más fascinante, con el futuro. Kant retuerce la visión newtoniana de que el tiempo es una percepción; afirma que es al revés: no puede existir percepción si esta no se da en el tiempo. Es decir, nada existe sin el tiempo, y su relación con el espacio es primordial, pues determina velocidad, distancia y otros parámetros a partir siempre del tiempo y el espacio. Aunque ya la literatura jugaba con esas magnitudes a la buena de Dios desde finales del siglo XIX con Un yanqui en la corte del rey Arturo de Mark Twain o buena parte de Julio Verne, y, por supuesto, con La máquina del tiempo de H.G. Welles, llega Einstein y viene a decir con su muy nombrada y también muy desconocida Teoría de la relatividad que la literatura puede usar argumentos cercanos a la ciencia, y esa relación espacio-tiempo intrínseca a toda novela empieza a saltar por los aires desde los albores del siglo XX. Es palpable no solo en novelas que claramente apuestan por el género, de autores como Asimov, Sawyer o Leinster, sino también en la literatura en general, desde los juegos de flashback de Francis Scott Fitzgerald hasta la combinación de otras dimensiones que hacen autores como Juan Rulfo.

Jonás Meneses juega con todo eso, usando para ello su formación científica, y es probable que alguno de sus profesores de materias relativas a la física se habrán echado las manos a la cabeza al ver cómo él trata la ciencia, lógica por definición, precisamente para romper esa simetría clásica entre el espacio y el tiempo, y seguramente le pasará como a los científicos a los que alude Stephen Hawking, a los que no les agradó la idea de que el universo hubiese tenido un principio. Salacot es una lectura amena y desde luego inquietante, y si algún pero hay que oponerle yo diría que el autor estuvo más pendiente de no perder el pulso de su propuesta que de sus personajes, a los que tal vez debió dejarlo más sueltos, aunque también es cierto que cada uno de sus movimientos son tributarios de la idea central del relato; los conflictos latentes solo se esbozan, asunto que por otra parte agradecerán los lectores que se vean arrastrados por la intriga de lo que está sucediendo y no entienden porque rompe toda la lógica que consideramos normalidad.

Esta novela es muy recomendable. Plantea un argumento muy original y desarrollado con soltura, lo que significa que pone a su autor en la tesitura de un desafío, porque si Truman Capote decía que toda novela debe comenzar con un asesinato y de ahí para arriba, Salacot comienza con la aparición de un extraño objeto sobresaliendo de la tierra y sigue subiendo. ¿Qué asunto va a proponernos ahora Jonás Meneses? Puede incluso que su próxima novela no tenga nada que ver con las leyes físicas.


Ya es bien sabido que la deriva económica de Occidente -especialmente de Europa- se fraguó en los años 80 del siglo pasado por un entramado cuyas cabezas más visibles fueron Reagan, Thatcher y el papa Juan Pablo II, pieza fundamental para el primer gran paso, que era el desmoronamiento del sistema soviético, que empezó en Polonia. La secuencia se ha ido desarrollando ante nuestras narices, y cuando alguien advertía lo que se estaba maquinando lo acusaban de cualquier cosa que lo desautorizara o que oliera a azufre demoníaco. La idea era volver a tiempos pasados, acabar con el estado de bienestar que caminaba hacia un reparto más justo y apoderarse no solo de los medios de producción sino también de las vidas hipotecadas de las personas. Primero lo hicieron soterradamente, hablando de globalización, luego fueron un poco más claros y se habló de deslocalización y finalmente, al rebufo de unaimagentalento.JPG crisis económica inducida, dieron un puñetazo sobre la mesa para dejar muy claro quién manda aquí. En esas estamos, porque la crisis visible surgió en 2008 pero el proceso empieza a enseñar las orejas desde la huelga de mineros ingleses (1984-85), que curiosamente coincide en España con lo que llamaron reconversión industrial, y que no era otra cosa que la preparación de los sectores públicos para que pudieran ser privatizado, cosa que sucedió en las décadas siguientes.

Todo lo que un estado debe garantizar a favor de la ciudadanía, como la energía, el transporte, las finanzas y las comunicaciones, ya está en manos privadas, y ahora tratan de privatizar sanidad y educación, como ya sin careta expresó ayer mismo el presidente de la patronal española. Y no se ruborizan personajes como Aznar cuando se arrogan méritos económicos, que seguramente son aplaudidos por quienes se llevan los beneficios de esas subidas del PIB, pero que condenan a la inmensa mayoría al paro o a salarios casi de esclavitud. Con estas premisas, tendríamos que mirar con lupa a quien votamos en los diferentes comicios de este año, porque hemos visto que en el último cuarto de siglo los gobiernos y la política en general han estado al servicio de quienes hacen su fortuna profundizando en la desigualdad. Van tan sobrados, que mienten a sabiendas de que conocemos sus mentiras, pero siguen por ahí, amenazado a quienes les echan en cara sus abusos ("Me he quedao con tu cara", dice una candidata a una ciudadana que le niega la mano) galopando una corrupción que hasta creo que les parece legítima, porque ellos son el poder y cualquier intento de equilibrar la sociedad lo consideran una blasfemia económica, porque por lo visto, como los tronos medievales, el dinero también proviene de Dios.
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(La Ilustración está tomada del blog Empleo & Talento)


En España la palabra CULTURA siempre desencadena alergia. Artista es una palabra que solo tiene sentido respetable entre la farándula del tablao; fuera de ahí suena a menosprecio. Como de alguna manera hay que llamar a quienes se ocupan de lo no tangible, se ha decidido llamarlos intelectuales, con lo que la palabra ya suena como un insulto, y cuando se habla de intelectuales y artistas surge una maliciosa sonrisa social aprendida de Patán, el perro de dibujos animados de Pierre Nodoyuna. Esto siempre ha sido así en España, aunque ahora rindan homenajes, pongan estatuas y rotulen calles con sus nombres, tampoco en el pasado la gente de la cultura gozó del respeto ciudadano, consecuencia seguramente de que nunca tuvo el institucional. Sin embargo, desde que doblamos la esquina del siglo y el milenio, atacar, destruir y degradar la cultura se ha convertido en deporte olímpico. Por esos años, surgió la expresión "rebelión de los iletrados" como anuncio de lo que empezaba a ser una realidad, y se ha generalizado hasta el punto que hay en la red un blog crítico con ese nombre. Importa poco resaltar la evidencia de que los países que cuidan y promueven la cultura, y por ende el respeto a quienes trabajan en ella, son los más avanzados del planeta; tampoco importa decir que la cultura es un factor económico que, a pesar de las penurias y persecuciones encubiertas, aporta el 3,5% del PIB y que es un nicho de empleo sobre todo a partir de pymes y autónomos; da igual que en Europa todo el sector de la cultura genere más empleo que todas las grandes corporaciones energéticas, financieras y de telecomunicaciones juntas (son cifras de la propia UE); todo eso se desprecia, porque a quienes pueden resolverlo no les importa el desempleo, y de paso se promueve una imagen negativa de los artistas e intelectuales como arma destinada al embrutecimiento general.

imagen-patan.JPGMe he tomado la molestia de echarle horas al repaso de los programas de todos los partidos políticos, viejos, nuevos y mediopensionistas, y no he encontrado en ninguno una sola idea que indique que se respeta la cultura en cualquiera de sus vertientes, sea como fuente de empleo, generador de economía o respiración y alma de un país. Los más osados hablan de reducir la terrible carga fiscal que ahora pesa sobre la cultura, pero esa es solo una parte del asunto, y no la más importante. Los programas están llenos de lugares comunes, frases hechas y ambiguas declaraciones de intenciones. Y desde luego, entran en este sector tan fundamental la enseñanza y la investigación. Mal vamos cuando un estado saca pecho porque en los últimos cuatro años ha logrado reducir un 21% su "gasto" en educación; en primer lugar, no es un gasto, es una inversión, y no es desdeñable el esfuerzo en desmantelar un sistema y convertirlo en fábrica de autómatas al modo de los epsilones que aparecen en la novela Un mundo feliz de Aldous Huxley. Por eso, unos adrede y otros por inercia, todos participan en la voladura controlada de la cultura de este país. De Canarias en particular ni hablo, navego entre la pena, el asco y la indignación.


Los años finales de la década del sesenta y los primeros de la del setenta pillaron la metamorfosis completa de mi generación, y empezamos a entender que el mundo tenía entonces en los Estados Unidos su centro de gravedad. Aunque en España había una dictadura que ni siquiera olía las urnas democráticas, las informaciones sobre lo que sucedía en USA llegaban sin trabas, fueran elecciones (no importaba, votaban muy lejos) y sobre todo los hechos que configuraron toda una época, de la que buena parte se fraguó en aquel país del que hasta entonces, y por obra del cine, llegamos a creer que fue fundado por John Wayne y Gary Cooper a pique de espuelas y golpe de revólver. Pero ya había nacido el Rock -y antes el Jazz-, y aquellas cosas se nos transmitían en primera instancia con la voz de Cirilo Rodríguez a través de Radio nacional, y casi al final de la década quedaban fijadas por las imágenes que nos anunciaba Jesús Hermida, un tipo con un peinado muy peculiar, y una manera de hablar más peculiar aún, pues era en sí mismo una contradicción periodística, ya que quien tiene que transmitir datos no debería andarse con circunloquios a menudo exaperantes.

zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzimagenhermida.JPGDetrás de tan personal flequillo aparecían siempre los rascacielos neoyorkinos, y luego las imágenes de aquello que nos marcó, fueran hechos políticos de gran impacto como la escalada en la guerra de Vietnan, y el final de esta, los asesinatos de Bob Kennedy y Martin Luther King o el escándalo Watergate, o bien eventos que dividieron las aguas como el macroconcierto de Woodstocks o el que dieron en California los Rolling Stone en el que encargaron a los Hells Angel (Los Angeles del Infierno) la seguridad a cambio de cervezas; así acabó como acabó. Las primeras imágenes en movimiento de Bob Dylan, Janis Joplin o Jimmy Hendrix nos llegaron precedidas por un comentario interminable de Hermida. Pero sobre todo, Jesús Hermida es el hombre que nos comentó por televisión la primera imágenes de la llegada del hombre a La Luna. Aunque al principio fuera en diferido (a Canarias, las emisiones vía satélite llegaron en los años setenta) todas aquellas informaciones nos dieron una imagen de un país convulso y a la vez influyente, y con esa tendencia que tenía a contar y recontar, fue creando imágenes colectivas sobre los hippies, o sobre hechos que sucedieron antes de que él fuera corresponsal (muerte de Marylin, asesinato de Malcon X, crisis de los misiles). Hermida ejerció durante décadas de experto oficial sobre cualquier asunto norteamericano, y es curioso cómo nuestra memoria nos regatea y se le relaciona más con John Kennedy que con Nixon, cuando la realidad es que vivió de pleno la presidencia y caída del segundo y que llegó a Nueva York cinco años después del magnicidio de Dallas. Tengo la impresión de que el propio Hermida quedó atrapado en ese ejercicio; tal era su fascinación por Estados Unidos, que parecía que no acabó nunca de creer su propia corresponsalía. Aplicaba en cualquier tiempo sus conocimientos de una sociedad que dejó de existir justo cuando llegó Reagan a la Casa Blanca y él regresó a España. De lo que no hay duda es de que, por oportunidad y por estilo, desde siempre fue un mito de la televisión. Como todo lo intangible, no era bueno ni malo, era Jesús Hermida, el hombre que nos contó La Luna y el Watergate (Neil Amstrong y Richard Nixon eran solo personajes de sus relatos).


En muchas ciudades españolas, entre ellas Las Palmas de Gran Canaria, se celebra en estos días la Feria del Libro. Y el nombre está bien puesto, porque en un libro cabe todo, y en realidad tendríamos que llamarla Feria del Formato Libro, donde abarcan desde la filosofía más rigurosa hasta libros de chistes, pasando por sesudos estudios de matemáticas, biología o química, libros de autoayuda, recopilaciones de chismorreo o biografías de futbolistas de 25 años. Y los libreros se frotan las manos, y está bien, porque son pequeñas y medianas empresas que tienen que sobrevivir y hay muchas personas a las que les interesan los títulos que hacen buenas cajas.

imagen feriali.JPGEl caso es que estamos ante un evento comercial más que cultural. Porque una cosas son los libros y otra la literatura, la filosofía o la historia. El problema es que en las ferias las llamadas artes intelectuales son las parientes pobres, porque no pueden competir con volúmenes de otras estirpes. También es cierto que resulta muy difícil establecer la frontera entre lo que es literatura y lo que no lo es, porque los títulos que se venden mucho son casi el merchandising de una película, una serie de televisión o el último invento de las redes sociales, y pueden ser a la vez buena literatura; no es lo frecuente, pero a veces ocurre, porque incluso libros de prestigiosos nombres de gran mercado son considerados bet-sellers por los libreros, que nos presentan torres altísimas y escaparates repletos con la misma portada.

No todo lo que se edita encuadernado es literatura en la misma medida que no todo lo que sube a un escenario es teatro (ni siquiera arte escénica) aunque se venda como tal. Ignoro qué tirón tendría una Feria de Literatura, entendiendo esta en sentido amplio de temas y géneros, pero lo que sí está claro es que las actuales ferias del libro son el reflejo del mercado editorial, en el que el criterio que manda es el número de ejemplares vendidos, y así vemos cómo nos inundan con títulos firmados por estrellas de la televisión, actores graciosos o cocineros mediáticos. Con estas premisas, poco mercado tiene una novela, un poemario o un ensayo firmado por alguien que no es presentador de un noticiario, actriz o modelo de éxito o un nombre literario bendecido por las grandes editoras multinacionales. De toda esta confusión solo se puede sacar en claro que los libros son una cosa y la literatura solo un parte de los libros.


El 26 de abril es una fecha con dos caras, una muy oscura que nos recuerda el bombardeo de Guernica en 1937, la primera bomba de hidrógeno en el atolón de Bikini o el accidente de Chérnobil (este día parece tener una fijación nuclear), y otra muy luminosa que nos recuerda que 1924 y 1931 fueron publicados El proceso de Kafka y Las olas de Virginia Wolf, aunque no fueran precisamente obras optimistas. Pero un libro siempre es una buena noticia, y ya que hablo de escritura y estamos en época de celebración del libro, me encuentro con que esta jornada tiene una referencia que es a la vez negativa y positiva, puesto que en una decena de países de América (en otros tantos la celebran en otras fechas) hoy es el Día de la Secretaria, una conmemoración muy curiosa y con claros tintes machistas, que tiene su origen en que fue un 26 de abril cuando, según la leyenda, la norteamericana Liliam Sholes utilizó por primera vez el prototipo de máquina de escribir que había desarrollado su padre, Christopher Sholes, inventor oficial del ingenio. Como la mayor parte de los inventos, siempre hay antecedentes, pasos y avances que van aportando detalles y resolviendo problemas hasta que finalmente se convierte en útil. Con la máquina de escribir ocurrió también, y hay distintas referencias de intentos desde al menos un siglo antes de ese 26 de abril de 1872 en que fue posible teclear directamente un documento en tipografía de imprenta.imagen-remington.JPG Su inventor vendió la patente a E. Remington, afamado fabricante de armas y máquinas de coser, que comercializó el artilugio y lo fue perfeccionando en sucesivas modificaciones, hasta que en 1878 consiguió el estándar que hoy conocemos y cuya disposición de teclado sigue siendo la que hoy tienen los modernos ordenadores.

Muy pronto el aparato llamó la atención de los escritores, que a menudo tenían muchos problemas con los editores porque estos no entendían bien su caligrafía e imprimían palabras distintas a las escritas con pluma. Al ser un invento norteamericano, los primeros en acercarse fueron los autores de allí, y parece ser que está generalmente aceptado que fue Mark Twain el primer escritor de prestigio que creó literatura en máquina de escribir, y el libro que se certifica como el pionero es La vida en el Mississippi, un volumen de memorias, puesto que ya sus más afamados relatos habían sido publicados mucho antes. Ocurrió lo mismo con León Tolstoi y Lewis Carroll, que se incorporaron a la mecanografía a finales de la década de 1880, y escribieron a partir de entonces sus obras mecanográficamente (Tolstoi dictaba a su hija), aunque, igual que Tom Sawyer, Alicia, Anna Karenina y Natasha Rostov habían nacido con letras escritas a mano antes de la comercialización del nuevo aparato. Mientras los escritores norteamericanos aceptaron casi de forma general la nueva manera de escribir, los europeos fueron más reacios. Pensemos que, por ejemplo, nuestro Galdós, podría haber mecanografiado la mayor parte de su obra, puesto que comenzó su actividad literaria por los mismos años en que se comercializó la máquina de escribir. El que se entusiamó con este avance hasta casi la obsesión fue el filósofo Friedrich Nietzsche, y en su caso sí que mecanografió dos de sus obras más cruciales: Así habló Zaratustra y Más allá del bien y del mal. Truman Capote decía de las malas novelas que eran solo mecanografía, aunque también lo son las buenas. Finalmente, el 26 de abril, con luces y sombras, tiene mucho que ver con la escritura literaria y filosófica aunque, todavía hoy, siga habiendo autores que, al menos en primer borrador, escriban a mano.


El 23 de abril es Día del Libro, pero algunos querrían que se celebrase el Día del Documento, del Pasaporte, del Título, del Contrato. Un solo papel, sin necesidad de encuadernación. No lo expresan, pero con sus actos vienen a decirnos que el libro es una antigualla inútil, también los que se leen en otros soportes, que las pantallitas se hicieron para juguetear o comunicar banalidades urbi et orbe. Incluso en la era de la informática, el mundo se va componiendo sobre papeles, está muy claro. No hacen falta libros para dejar que barcos llenos de inmigrantes se hundan sin ayuda; tampoco para dejar sin protección a los ancianos, sin medicinas a los enfermos y sin sanción a los usureros. No se necesitan libros para dejar sin techo a los deudores insolventes, sin trabajo a los desempleados y sin acogida a los que huyen de una muerte segura. zzzquijottt.JPGPor el contrario, un pasaporte, un permiso, una carta de pago o una receta tienen un poder inmenso, como si fuesen varitas mágicas. Un carnet puede establecer la diferencia entre poder o no poder disponer de tu propio dinero en un banco.

Para quienes tratan de combatirlos, los libros presentan dos problemas; el primero es que pueden transmitir reflexiones y enseñanzas, incluso desde el mundo de la ficción. la segunda dificultad es más grave: ejercita a la gente en pensar por cuenta propia, en comparar y por lo tanto en decidir por sí mismos. Y eso les supone un grave contratiempo. Se destierra de las aulas todo lo que sirva de adiestramiento intelectual; la filosofía, la historia, la literatura, las Humanidades en suma, son un inconveniente para establecer un pensamiento único. Se hace un test de selectividad con pruebas objetivas, que por lógica se referirá a datos concretos, pero no se evalúa la capacidad de reflexión y expresión del alumnado. No hace falta, en el mundo que se propone basta con hacer lo que se les diga.

En conclusión, con papeles tienes patente de corso para "dejar de hacer"; con el libro el mandato indirecto es el contrario: hacer. Esa es la causa por la que es tan fácil dejar de respetar los Derechos Humanos, dejar que haya esclavitud infantil, dejar que personas (especialmente mujeres) sean vendidas como ganado. De ahí viene ese odio secular de cualquier poder hacia el conocimiento, la imaginación y el debate. Nos engañan cada año declarando un Día del Libro, con El Quijote al fondo, al que ya tienen controlado y hasta domesticado; si faltaba algo, la Real Academia de la Lengua publica una edición mutilada (ellos dicen que resumida), por supuesto, con pasajes escogidos por el mediático Pérez-Reverte. Por todo esto, creo que sin libros volveremos a las cavernas. Feliz fiesta del Libro; pero no solo el 23 de abril, sino todos los días, porque los libros se me antojan como una de las pocas formas de rebelión, y la literatura la más eficaz.


aracatacaa.JPGCuando no es una cosa es otra, y desde Rio Bravo a Tierra de Fuego, América Latina es siempre lugar de conflicto, herencia de la mala descolonización, del caudillismo heredado de los virreyes y de la idea de que siempre tiene que haber un salvador. En Europa hablamos de conservadores, liberales, socialdemócratas y hasta de nacionalistas, pero allá siempre está en la cima y en el nombre un caudillo, de un lado o de otro: zapatismo, porfirismo, sandinismo, peronismo, castrismo, chavismo... El ambiente político no ha variado desde las guerras civiles de Varela y Taboada en Argentina, de Páez y Santander en tiempos de Bolívar, de Carranza, Villa, Zapata y Obregón en la romántica revolución mexicana que finalmente sólo sirvió para imponer otra oligarquía, como en Cuba, en Nicaragua o en Colombia. La culpa ya no se sabe de quién es, como cuando las parejas se enconan en un mal divorcio. América Latina lleva casi dos siglos de guerra civil, conviven los muertos y los vivos como en Pedro Páramo, es el lugar espectral de las Casas muertas de Otero Silva, es el desprecio indígena del británico Borges. Nos seguimos preguntando con Pedro Gómez Valderrama cuál es La otra raya del tigre. Instalados en el fanatismo, siempre está más cerca la violencia que el acuerdo, y ya no sé qué pensar, pero es seguro que sobran espadones. García Márquez se equivocó en el cálculo, son doscientos, no cien, los años de soledad de América Latina.

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