«Este proceso de llegar a concebir a los demás seres humanos como "uno de nosotros", y no como "ellos", depende de una descripción detallada de cómo son las personas que desconocemos y de una redescripción de cómo somos nosotros.»
Richard Rorty, Contingencia, ironía y solidaridad
No hay nada que iguale más a los seres humanos que la capacidad de sentir dolor. Como si se tratara de un espejo que nos devuelve nuestra propia mirada herida y maltratada, nos sentimos íntimamente interpelados en esa lágrima que cae por una mejilla, mientras una voz trémula como la luz de una vela desgrana el desasosegante relato que ha marcado una existencia cualquiera.
Decía Jorge Semprún que tardó media vida en lograr abrir las compuertas del miedo y del horror que le atenazaban debido a la huella que el nazismo había dejado en su vida. Sólo se atrevió a publicar El largo viaje en 1963, un libro empezado casi veinte años después del Holocausto.
En el discurso que escribió con motivo de la concesión del Premio de la Paz, Semprún dijo lo siguiente: «Entiéndase, no era imposible escribir: habría sido imposible sobrevivir a la escritura (...) Tenía que elegir entre la escritura y la vida, y opté por la vida». A menudo, para poder vivir es necesario el olvido.
Sólo cuando la distancia es la adecuada es posible darle una salida al dolor a través de las palabras. Una vez abiertas las compuertas, Jorge Semprún ya no pudo dejar de escribir para exorcizar los demonios que le atormentaban. El número 44904 que le asignaron en el campo de concentración de Buchenwald le persiguió como un obstinado fantasma el resto de su vida.
Conocemos el testimonio de Jorge Semprún, que llegó a tener una vida pública intensa -incluso fue nombrado Ministro de Cultura entre 1988 y 1991 durante el Gobierno socialista de Felipe González- y a ser un escritor mundialmente reconocido. Pero en realidad esto le ocurrió a la mayoría de las víctimas del nazismo. Muchos supervivientes tardaron bastante tiempo en poder expresar públicamente el horror de su experiencia.
De ahí la importancia que tienen documentales como Soah, en el que no son segundas o terceras personas, sino las propias víctimas las que relatan su calvario. Porque la experiencia del dolor es personal e intransferible, y una de las mejores maneras de exorcizarla es a través de la palabra.
Rorty define a los "ironistas liberales" como aquellas personas que «entre esos deseos imposibles de fundamentar incluyen sus propias esperanzas de que el sufrimiento ha de disminuir, que la humillación de seres humanos por obra de otros seres humanos ha de cesar». Un "ironista liberal" es una persona lo suficientemente historicista y nominalista como para reconocer la contingencia de sus creencias y sus deseos más íntimos y para saber que sus convicciones fundamentales no pueden ser remitidas a algo más allá del tiempo y del azar.
Por eso, según Rorty, la solidaridad depende menos de la creencia en una supuesta naturaleza humana común -algo que únicamente es admisible desde un punto de vista metafísico o religioso-, que de la capacidad imaginativa de ver a los otros como compañeros en el sufrimiento.
De ahí que la solidaridad no se descubra, sino que se construye «incrementando nuestra sensibilidad a los detalles particulares del dolor y de la humillación». Sólo si somos capaces de contemplar al "otro" no como "otro-diferente-a-mí" sino como "uno-de-nosotros", podremos vislumbrar la inquietante imagen de la fragilidad humana a través de esa voz huidiza y temblorosa que nos habla del dolor.

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